lunes, 3 de febrero de 2014

Lecturas porteñas

Acabo de leer "La Guitarra Encantada" (1902) de Godofredo Daireaux, que creo que ejemplifica claramente el carácter relativo de la riqueza -similar al de la felicidad-. Sustancialmente, se resume en una pequeña propiedad rural, con algunas más cabezas de ganado para comer bien y vender de vez en cuando, los instrumentos de labranza para trabajar la tierra, ropa decente, vivienda y una guitarra para tañer sus cuerdas por las noches. El resto, si se goza del don de la salud, sobra. Algo parecido atisbó Chesterton en su propuesta del igualitarismo agrario. Él sostenía que la propiedad es función de la libertad, y que los sistemas político-económicos modernos tenían una tenaz inclinación por suprimirla. Para que la propiedad pueda satisfacer los requisitos de la vida digna y sin sobresaltos (autonomía de la familia en su parcela: vivienda, alimentación, vestido, ajuar, salud y libros), la palabra clave -desconocida o abominada por las "economías de la potencia" (Bertrand de Jouvenel), por la lógica del crecimiento constante- es moderación.
También leí "Un terrible experimento" (1908) de Roberto J. Payró. Un científico sale a hacer una prueba de campo para probar el carácter "artificial y efímero" de la honradez (que él sostiene que sólo se mantiene por influencias externas al individuo mismo). Consigue conchabo como mayoral de tranvía, y va al trabajo humildemente vestido y con los bolsillos repletos de monedas. Cuando subió el primer pasajero y le dio una moneda de 20 centavos por un boleto de 10, él le devolvió otra moneda de 20, y el pasajero se hizo el distraído y la guardó. El siguiente pasajero le pagó con el cambio justo, pero él nuevamente le devolvió inadecuadamente, esta vez, una moneda de 10 centavos, y el segundo pasajero también se hizo el sonso y la guardó. Y así sucesivamente, absolutamente todos los pasajeros se aprovecharon de la ocasión para quedarse con el cambio mal habido. También dejó pasar sin boletos a otros tantos pasajeros, y nadie lo llamó. Cuando pasó el inspector, le "mangueó" módicos 50 centavos, conceptuando que los que viajaban gratis respondían a la corruptela personal del mayoral. El colmo lo produjo una señora mayor que, al recibir el cambio desproporcionado e injusto en su provecho, no contenta con los 20 centavos que acababa de "ligar" de chiripa, se consideró de araca, y empezó a vociferar que el mayoral le había dado una moneda falsa, así que éste, para sosegarla, aceptó la moneda falsa que le dio la vieja, y se la cambió por una real. Al cabo de una jornada provechosa (aunque económicamente costosa), el científico había probado empíricamente lo que se propusiera: la honestidad es función de una influencia externa. Y eso, ya en 1908 era evidencia.