De los comentarios del post anterior, hubo uno de Almafuerte, que como dicen los jóvenes de hoy en día, “me hizo ruido”. O sea, me llamó la atención, me motivó a sacar del armario mi costado didáctico, intentar ordenar un poco las propias ideas (benéfica consecuencia de la interrelación dialéctica), y esbozar, en prieta e improvisada síntesis, el texto que ahora presento en forma de post.
A esta decisión, ayudó bastante la opinión de Destouches, la cual valoro especialmente, así que, tal cual anticipé en los comentarios de marras, ahora cumplo. También ayuda la víspera de un acontecimiento trascendente. Me refiero a la conmemoración, el día de mañana, 20 de noviembre, de

En fin, que casi me voy de tema. Almafuerte escribió en el mentado comentario lo siguiente:
Estupenda nota. Deslumbrante el comienzo con la alusión al microclima ajeno a la sociedad.
Ahora bien, desde un lugar muy ajeno al peronismo y más que nada a la veneración de la abominable década del 70, pregunto: ¿tan difícil es definir el contenido ideológico de un partido? ¿tan difícil era decir claramente: "No, flaco, ESO NO ES PERONISMO, NO ME JODAN MAS"?
Cada vez que leo a los amables peronistas de Perón emocionarse con la extraordinaria visión política y estratégica del líder, no puedo dejar de pensar que por muy brillante que haya sido Perón como estratega, él es el responsable de esta debacle de identidad peronista que padecemos desde hace 40 años.
Más aún, no solo generó la confusión, sino que cuando percibió el desastre no supo enmendarlo. Y no es poca cosa, porque este conflicto de identidad del peronismo tal vez sea uno de los principales factores de nuestra actual decadencia.
La cuestión no es menor. Porque la crisis de identidad aludida tal vez no sea la del peronismo sino la de la Argentina toda. Porque como la identidad es también una decisión, tal vez el problema sea que la Argentina se decidió a no ser. Es decir, suprimió su voluntad de ser como nación y se limitó a emular, a traspolar, a diluirse en conceptos impuestos por otros, al punto que los otros son más importantes que los unos, que desfallecen y se diluyen irremediablemente en la otra orilla de
A continuación, la respuesta:

Qu’est-ce que c’est le péronisme ?
Es muy largo y complejo el tema para tratarlo en un comentario. Tan sólo me limitaré a decir que en la base doctrinaria del justicialismo, está el movimiento y no el partido (que es solamente una herramienta con fines electorales, que es una parte de la película; la otra, la única importante, es la de gobernar). Ello nos indica, por un lado, que el justicialismo es un sistema de gobierno, y no un partido político en el clásico sentido demoliberal del término. Como partido, se agota con la contienda electoral, y por ello el partido es una entelequia descartable cuando el justicialismo está en el gobierno.
Como movimiento, diseñado para gobernar (conducir), no puede por definición ser sectario o responder a los intereses de un grupo o facción, puesto que el gobierno debe comprender a la totalidad de los gobernados.
Como movimiento nacional (y ahí tiene usted una de las definiciones que reclama), tiene como clara meta para su acción los intereses nacionales.
Si hablamos de un partido “nacional” nos referimos a una capacidad de cobertura territorial en todos o la mayor parte de los distritos, de una maquinaria puesta al servicio de obtener representatividad nacional, y de acceder al gobierno nacional.
En cambio, al hablar de movimiento nacional (no olvidar que el nombre oficial es Movimiento Nacional Justicialista -MNJ-), se está hablando de una visión estratégica y una definida vocación política. Será entonces, en su carácter nacional, necesariamente tercerista, es decir, imposible de ser encuadrado (alineado) en el contexto de las grandes doctrinas internacionales (que desde 1945 y hasta 1991, guardaron la forma de imperialismos). Por derivación, se ganará como sus más fervientes, constantes y tenaces enemigos, a los internacionalismos (a los que el peronismo califica como “sinarquía”). La actitud de Braden, o
Como movimiento nacional, no admite entonces ningún tipo de dogmatismo, ni de sectarismo, puesto que su doctrina consiste justamente en la movilidad (de ahí, movimiento), acorde y sincronizada con la movilidad de los intereses tácticos de una Nación. En cuanto a los intereses estratégicos, ellos son menos movibles, y el justicialismo los ha definido sobre tres pilares: Independencia Económica (es decir, desarrollo autosostenible y capacidad para autoabastecerse; que deriva de las privaciones sufridas por efecto de
Para conseguir afianzar una senda dirigida hacia esos objetivos estratégicos, el dogmatismo (tara unánime de las ideologías del siglo XX) no sólo es inconveniente, sino que es directamente disfuncional. Atrapados en dogmas, en definiciones, en camisetas y en banderas (por eso la bandera del justicialismo es la bandera argentina), es imposible cumplir con los objetivos nacionales, y siempre se cumplirán los objetivos de un grupo o facción (como ocurre en los liberalismos y los socialismos). Y la consecución de los objetivos de un grupo o facción necesariamente implica la frustración de los objetivos de una Nación, en tanto superación de esas facciones a favor de la unidad.
Ésa es la doctrina, y es bien clarita. Perón, como profesor que era, siempre fue bien didáctico al respecto. Para combatir al sectarismo no se puede ser sectario y trazar una línea en el piso, sino que debe convocarse a todos a deponer sus dogmas e integrarse a la unidad que es
La Nación es, como todo colectivo, una complejidad inmanente. Una Nación tiene aspectos socialistas, aspectos comunistas, aspectos liberales, aspectos conservadores. Pero es mucho más que esos aspectos o humores. Es una totalidad, o por lo menos, así lo entiende un movimiento nacional, que aloja a todos y en donde todos no sólo deben sino que primeramente pueden vivir en paz y en unidad.
Los dogmatismos aspiran a conseguir la paz imponiendo un grupo o facción sobre los demás, e imponiendo en consecuencia una praxis y una ideología en cada aspecto de la vida nacional. Logran así la paz de los sepulcros, y la unidad del único.
El peronismo es, doctrinariamente, lo opuesto.
Claro que ha quedado prisionero de las presiones de los internacionalismos operadas sobre las mentalidades de la gente, o de alguna gente, mejor dicho, para ser justos. Las presiones por definirse, por pronunciarse, por adquirir una ideología, por hacer flamear un dogma. Entonces, algunos de los mismos peronistas, cuando la acción de gobierno ya no podía soslayar las incertidumbres en esas definiciones internacionalistas, comenzaron a definirse: que si somos de derecha, o de izquierda, o de centro [Y fíjese usted, que muerto Perón, ese desvelo por definirse en términos internacionales continúa: Menem incorporó el PJ a
Siempre Perón les habló a todos los peronistas, y a todos los argentinos, desde los intereses estratégicos de
Por todo ello, no se pudo durante sus 30 años de acción política, ni luego, durante sus 35 años de ausencia física, ni ahora se puede, ni mañana se podrá, establecer un dogma peronista en sentido partitocrático. Porque, como bien dijo Alejandro Tarruela, desde lo doctrinario Perón era crítico de
Cuando aceptó los innovadores principios de la acción política que se imponían en el mundo desde los procesos de descolonización, lo hizo estrictamente desde su costado práctico, como vías para acceder al poder. O sea, les dio el mismo lugar que le dio en su momento al Partido Laborista, y después, al Partido Justicialista. El carácter instrumental y menor de lo táctico.
Lo que ocurre es que grupos o facciones intentaron luego imponer sus intereses sectarios desde el gobierno. Eso motivó que Perón debiera intervenir, tuviera que volver a calzarse la banda presidencial, siendo ya octogenario, y tratar de encauzar y pacificar. Toda esa acción, en un hombre anciano y enfermo, no hizo más que precipitar su muerte. Creo que es injusto decir que Perón fue “incapaz” de controlar “lo que él mismo desató”.
Un hombre que, siendo militar, siempre deploró la violencia, y que encima tuvo escasos 6 ó 7 meses, en los cuales por ejemplo, desenmascaró a los infiltrados para que la sociedad pudiera verlos sin sus caretas, e hizo la reforma del Código Penal instituyendo condenas a las acciones terroristas, como lo fue la figura de la asociación ilícita (razón de la salida del justicialismo de muchos diputados de la “tendencia revolucionaria”), así como sancionó a los militares de ejército que negociaban con Montoneros su incorporación a las fuerzas nacionales en carácter de milicias (lo que ahora hizo Chávez).
Perón identificó a la juventud que vendría a operar el recambio generacional, y a ella le dio su testamento político. Esa juventud estaba encuadrada mayormente en Guardia de Hierro. En tanto, a los revoltosos que hablaban de “Patria socialista”, esos jóvenes a los que él confiaba “nacionalizar” como había hecho en el pasado con tantos comunistas por ejemplo, les confió inicialmente el Ministerio de Bienestar Social, “para que cambiaran fusiles por frazadas”, como alguien dijo por allí.
En fin, ya sabemos el resto de la historia.
El artículo aquí posteado no hace más que poner de resalto la tozudez de esos facciosos, y su fuerte convicción ideológico-dogmática, de corte internacionalista (además de su filiación a la OLAS, como el resto de las guerrillas castristas que operaron en Latinoamérica).
Pero no me parece que en ningún momento Perón no haya sido claro. Lo que ocurre es que, aquél que no persigue buenas intenciones, suele hacerse el otario cuando escucha cosas que no quiere oír. Pajarito Grabois, dirigente del FEN (Frente de Estudiantes Nacionales), de orientación marxista, cuando se unió a Guardia de Hierro hizo este comentario que creo que es bastante claro (cito de memoria, así que no es textual): Es incomprensible que, viniendo de afuera, vos te quieras plegar a un movimiento, y luego quieras que el movimiento haga lo que a vos te parece. Cuando uno se incorpora a cualquier institución, organización, movimiento, lo hace porque comulga con sus fines y sus sistemas. Nadie se une para poner todo patas para arriba. Ésa es la clave para definir el criterio de “infiltrado”, o “topo”, si queremos estar bien a la moda de la tan frecuente praxis marxista de la época.
Mis cordiales saludos, y perdón por la extensión e improvisación de estas líneas.
















