jueves 19 de noviembre de 2009

Movimiento Nacional / Categorías Internacionales

De los comentarios del post anterior, hubo uno de Almafuerte, que como dicen los jóvenes de hoy en día, “me hizo ruido”. O sea, me llamó la atención, me motivó a sacar del armario mi costado didáctico, intentar ordenar un poco las propias ideas (benéfica consecuencia de la interrelación dialéctica), y esbozar, en prieta e improvisada síntesis, el texto que ahora presento en forma de post.

A esta decisión, ayudó bastante la opinión de Destouches, la cual valoro especialmente, así que, tal cual anticipé en los comentarios de marras, ahora cumplo. También ayuda la víspera de un acontecimiento trascendente. Me refiero a la conmemoración, el día de mañana, 20 de noviembre, de la Soberanía Nacional. Término hoy día vaciado de sentido, vilipendiado por los internacionales que no dudan en engancharse como vagón de cola de cualquier tren externo que pase, a cambio de algunas valijas de petrodólares o de lo que sea (a veces a cambio de nada, por cholulos, nomás). Los internacionales que aplauden cualquier intromisión en nuestra jurisdicción penal, que por definición, es improrrogable, exclusiva e irrenunciable, a favor de intereses de afuera que no siempre son sanctos, pero que en todo caso, siempre son, precisamente, de afuera, o sea, ajenos a nosotros, por más que en los fines se compartan. Porque si compartimos con el vecino que la patrona necesita de atención, de un mimo, de una caricia, no por ello vamos a permitir que el vecino nos la manosee… ¿o sí? Los antinacionales que hacen abandono de sus hermanos, los condenan al desamparo, la marginalidad, la droga y el delito. La droga, precisamente, el nuevo imperialismo trasnacional, definitivamente afincada, promovida, protegida, y después protectora y promotora, y así el ciclo se retroalimenta. Los que estimulan el asentamiento indiscriminado y promiscuo de inmigrantes marginales, en detrimento de los propios nacionales que no tienen ni trabajo, para modificar la base electoral. Porque hay en todo ello un profundo egoísmo. El de juntar para uno, para después abandonar el barco destruido, como parásitos. Reñido hasta la exasperación con las muestras de noble sacrificio y valentía de Mancilla, Chilavert, Alzogaray, Brown, Palacios, Cortina, Thorne

En fin, que casi me voy de tema. Almafuerte escribió en el mentado comentario lo siguiente:

Estupenda nota. Deslumbrante el comienzo con la alusión al microclima ajeno a la sociedad.
Ahora bien, desde un lugar muy ajeno al peronismo y más que nada a la veneración de la abominable década del 70, pregunto: ¿tan difícil es definir el contenido ideológico de un partido? ¿tan difícil era decir claramente: "No, flaco, ESO NO ES PERONISMO, NO ME JODAN MAS"?
Cada vez que leo a los amables peronistas de Perón emocionarse con la extraordinaria visión política y estratégica del líder, no puedo dejar de pensar que por muy brillante que haya sido Perón como estratega, él es el responsable de esta debacle de identidad peronista que padecemos desde hace 40 años.
Más aún, no solo generó la confusión, sino que cuando percibió el desastre no supo enmendarlo. Y no es poca cosa, porque este conflicto de identidad del peronismo tal vez sea uno de los principales factores de nuestra actual decadencia.

La cuestión no es menor. Porque la crisis de identidad aludida tal vez no sea la del peronismo sino la de la Argentina toda. Porque como la identidad es también una decisión, tal vez el problema sea que la Argentina se decidió a no ser. Es decir, suprimió su voluntad de ser como nación y se limitó a emular, a traspolar, a diluirse en conceptos impuestos por otros, al punto que los otros son más importantes que los unos, que desfallecen y se diluyen irremediablemente en la otra orilla de la Laguna Estigia de la historia.

A continuación, la respuesta:



Qu’est-ce que c’est le péronisme ?

Es muy largo y complejo el tema para tratarlo en un comentario. Tan sólo me limitaré a decir que en la base doctrinaria del justicialismo, está el movimiento y no el partido (que es solamente una herramienta con fines electorales, que es una parte de la película; la otra, la única importante, es la de gobernar). Ello nos indica, por un lado, que el justicialismo es un sistema de gobierno, y no un partido político en el clásico sentido demoliberal del término. Como partido, se agota con la contienda electoral, y por ello el partido es una entelequia descartable cuando el justicialismo está en el gobierno.

Como movimiento, diseñado para gobernar (conducir), no puede por definición ser sectario o responder a los intereses de un grupo o facción, puesto que el gobierno debe comprender a la totalidad de los gobernados.

Como movimiento nacional (y ahí tiene usted una de las definiciones que reclama), tiene como clara meta para su acción los intereses nacionales.

Si hablamos de un partido “nacional” nos referimos a una capacidad de cobertura territorial en todos o la mayor parte de los distritos, de una maquinaria puesta al servicio de obtener representatividad nacional, y de acceder al gobierno nacional.

En cambio, al hablar de movimiento nacional (no olvidar que el nombre oficial es Movimiento Nacional Justicialista -MNJ-), se está hablando de una visión estratégica y una definida vocación política. Será entonces, en su carácter nacional, necesariamente tercerista, es decir, imposible de ser encuadrado (alineado) en el contexto de las grandes doctrinas internacionales (que desde 1945 y hasta 1991, guardaron la forma de imperialismos). Por derivación, se ganará como sus más fervientes, constantes y tenaces enemigos, a los internacionalismos (a los que el peronismo califica como “sinarquía”). La actitud de Braden, o la del Partido Comunista (embajada de la URSS en la Argentina), vienen a demostrarlo.

Como movimiento nacional, no admite entonces ningún tipo de dogmatismo, ni de sectarismo, puesto que su doctrina consiste justamente en la movilidad (de ahí, movimiento), acorde y sincronizada con la movilidad de los intereses tácticos de una Nación. En cuanto a los intereses estratégicos, ellos son menos movibles, y el justicialismo los ha definido sobre tres pilares: Independencia Económica (es decir, desarrollo autosostenible y capacidad para autoabastecerse; que deriva de las privaciones sufridas por efecto de la Segunda Guerra Mundial, durante y tras la cual faltaron neumáticos, gasolina, insumos industriales, etc.); Soberanía Política (vinculado con el no alineamiento, es a la Nación lo que la libertad es al individuo); y Justicia Social (como único camino a la unidad, que es el gran fin estratégico y el gran desafío que se le presenta a la Argentina desde sus inicios; no olvidemos que el lema de nuestro escudo patrio, desde 1813, es “en Unión y Libertad”, y que la unión ha sido el bien menos disfrutado por los argentinos en toda nuestra historia).

Para conseguir afianzar una senda dirigida hacia esos objetivos estratégicos, el dogmatismo (tara unánime de las ideologías del siglo XX) no sólo es inconveniente, sino que es directamente disfuncional. Atrapados en dogmas, en definiciones, en camisetas y en banderas (por eso la bandera del justicialismo es la bandera argentina), es imposible cumplir con los objetivos nacionales, y siempre se cumplirán los objetivos de un grupo o facción (como ocurre en los liberalismos y los socialismos). Y la consecución de los objetivos de un grupo o facción necesariamente implica la frustración de los objetivos de una Nación, en tanto superación de esas facciones a favor de la unidad.

Ésa es la doctrina, y es bien clarita. Perón, como profesor que era, siempre fue bien didáctico al respecto. Para combatir al sectarismo no se puede ser sectario y trazar una línea en el piso, sino que debe convocarse a todos a deponer sus dogmas e integrarse a la unidad que es la Nación. Gente cabal lo ha comprendido, y así buena parte de los comunistas del ‘40 se hicieron peronistas (v.gr., Borlenghi), y caminaron junto a radicales (Jauretche, Manzi), nacionalistas católicos, conservadores populares y hasta liberales. Deponiendo sus dogmas a favor de la unidad en pos de los objetivos supremos de la Nación.

La Nación es, como todo colectivo, una complejidad inmanente. Una Nación tiene aspectos socialistas, aspectos comunistas, aspectos liberales, aspectos conservadores. Pero es mucho más que esos aspectos o humores. Es una totalidad, o por lo menos, así lo entiende un movimiento nacional, que aloja a todos y en donde todos no sólo deben sino que primeramente pueden vivir en paz y en unidad.

Los dogmatismos aspiran a conseguir la paz imponiendo un grupo o facción sobre los demás, e imponiendo en consecuencia una praxis y una ideología en cada aspecto de la vida nacional. Logran así la paz de los sepulcros, y la unidad del único.

El peronismo es, doctrinariamente, lo opuesto.

Claro que ha quedado prisionero de las presiones de los internacionalismos operadas sobre las mentalidades de la gente, o de alguna gente, mejor dicho, para ser justos. Las presiones por definirse, por pronunciarse, por adquirir una ideología, por hacer flamear un dogma. Entonces, algunos de los mismos peronistas, cuando la acción de gobierno ya no podía soslayar las incertidumbres en esas definiciones internacionalistas, comenzaron a definirse: que si somos de derecha, o de izquierda, o de centro [Y fíjese usted, que muerto Perón, ese desvelo por definirse en términos internacionales continúa: Menem incorporó el PJ a la Democracia Cristiana, Duhalde lo sacó de allí, y dijo que el peronismo era de centro-izquierda; etc.]. Que si somos socialistas, o fascistas, o nacionalistas. Y cada uno fue en busca del oráculo, a ratificar en la opinión del General su propio punto de vista. Y volvían contentos cada uno con la frasecita que les venía mejor para lo que pensaban de antemano. Perón nunca quiso convencer a nadie de una idea. No era un profeta, ni un predicador de la buena nueva, ni un misionero ni un militante (suerte de beatitud ético-política setentista ahora remasterizada).

Siempre Perón les habló a todos los peronistas, y a todos los argentinos, desde los intereses estratégicos de la Nación. Siempre habló para los argentinos, y si identificó enemigos, no lo era por su carácter de antiperonistas sino de antiargentinos, en su concepto, claro está, de Nación.

Por todo ello, no se pudo durante sus 30 años de acción política, ni luego, durante sus 35 años de ausencia física, ni ahora se puede, ni mañana se podrá, establecer un dogma peronista en sentido partitocrático. Porque, como bien dijo Alejandro Tarruela, desde lo doctrinario Perón era crítico de la Revolución Francesa y de las consecuencias de división (principiando, por las izquierdas y derechas) que ella ocasionó en el tejido social. Y si me apura, era crítico del sistema de representación demoliberal burgués.

Cuando aceptó los innovadores principios de la acción política que se imponían en el mundo desde los procesos de descolonización, lo hizo estrictamente desde su costado práctico, como vías para acceder al poder. O sea, les dio el mismo lugar que le dio en su momento al Partido Laborista, y después, al Partido Justicialista. El carácter instrumental y menor de lo táctico.

Lo que ocurre es que grupos o facciones intentaron luego imponer sus intereses sectarios desde el gobierno. Eso motivó que Perón debiera intervenir, tuviera que volver a calzarse la banda presidencial, siendo ya octogenario, y tratar de encauzar y pacificar. Toda esa acción, en un hombre anciano y enfermo, no hizo más que precipitar su muerte. Creo que es injusto decir que Perón fue “incapaz” de controlar “lo que él mismo desató”.

Un hombre que, siendo militar, siempre deploró la violencia, y que encima tuvo escasos 6 ó 7 meses, en los cuales por ejemplo, desenmascaró a los infiltrados para que la sociedad pudiera verlos sin sus caretas, e hizo la reforma del Código Penal instituyendo condenas a las acciones terroristas, como lo fue la figura de la asociación ilícita (razón de la salida del justicialismo de muchos diputados de la “tendencia revolucionaria”), así como sancionó a los militares de ejército que negociaban con Montoneros su incorporación a las fuerzas nacionales en carácter de milicias (lo que ahora hizo Chávez).

Perón identificó a la juventud que vendría a operar el recambio generacional, y a ella le dio su testamento político. Esa juventud estaba encuadrada mayormente en Guardia de Hierro. En tanto, a los revoltosos que hablaban de “Patria socialista”, esos jóvenes a los que él confiaba “nacionalizar” como había hecho en el pasado con tantos comunistas por ejemplo, les confió inicialmente el Ministerio de Bienestar Social, “para que cambiaran fusiles por frazadas”, como alguien dijo por allí.

En fin, ya sabemos el resto de la historia.

El artículo aquí posteado no hace más que poner de resalto la tozudez de esos facciosos, y su fuerte convicción ideológico-dogmática, de corte internacionalista (además de su filiación a la OLAS, como el resto de las guerrillas castristas que operaron en Latinoamérica).

Pero no me parece que en ningún momento Perón no haya sido claro. Lo que ocurre es que, aquél que no persigue buenas intenciones, suele hacerse el otario cuando escucha cosas que no quiere oír. Pajarito Grabois, dirigente del FEN (Frente de Estudiantes Nacionales), de orientación marxista, cuando se unió a Guardia de Hierro hizo este comentario que creo que es bastante claro (cito de memoria, así que no es textual): Es incomprensible que, viniendo de afuera, vos te quieras plegar a un movimiento, y luego quieras que el movimiento haga lo que a vos te parece. Cuando uno se incorpora a cualquier institución, organización, movimiento, lo hace porque comulga con sus fines y sus sistemas. Nadie se une para poner todo patas para arriba. Ésa es la clave para definir el criterio de “infiltrado”, o “topo”, si queremos estar bien a la moda de la tan frecuente praxis marxista de la época.

Mis cordiales saludos, y perdón por la extensión e improvisación de estas líneas.


miércoles 18 de noviembre de 2009

Actualización para desactualizados

Luciano, en Desierto de Ideas, publicó el 22 de enero de 2009, el excelente artículo que pego a continuación. Ciertamente, podría haberme limitado a poner el link (que por cierto es: La vara que se quiebra bajo el agua). Sin embargo, creo que de esta manera, lo rescato de la transitoriedad propia de la dinámica blogueril, y lo reinstalo para su lectura, en vistas de su absoluta vigencia (que seguirá siendo la misma mientras Perón y el peronismo constituyan los salvoconductos elegidos por advenedizos, demagogos, entristas, simuladores y crápulas varios, para llegar a ese pueblo al que no entienden y al que en el fondo desprecian profundamente). Que lo disfruten.



La Vara que se Quiebra bajo el Agua.

¿Qué ves cuando me ves? Comprender la política y actuarla eficazmente compromete a la tarea diaria de disolver la ilusión del microclima (la ideología, la rosca, la interna de la línea interna, la reunión partidaria-comiteril, el folklorismo consignista de plenario). Un ambiente que prisioniza la mirada, la embota. La desvía. No es fácil abstraerse asépticamente de lo microclimático dado su inherencia al quehacer político, pero en la virtud de no embriagarse con el elixir de las cantatas y los catecismos reside en buena medida la posibilidad de visiones más ajustadas a la realidad.

Se habla de lo que dijo Perón. Las aparentes definiciones tajantes, “la bendición al proyecto montonero”. Corrijo: lo que se quiso entender. Pero muchos todavía me dicen: “Y, con lo que dijo Perón en Actualización doctrinaria, cómo no queres que la jotapé se haya cebado!” Y yo contesto: que de Actualización política y doctrinaria para la toma de poder no se deduce un Perón guevarista, franzfanonista, o hochiminhista.

La conjunción de la figura de Perón con los textos emancipatorios que regían el clima de época como parte de una “natural” construcción teórica no estuvo a cargo de Perón, precisamente.

Más que entender lo que Perón dice, los entrevistadores se afanan en lograr que el líder diga lo que ellos quieren escuchar. Es notorio. Cada pregunta busca que Perón se asuma como ideológicamente revolucionario a la usanza sesentista. Algo que nunca iba a suceder, ni debía. Cuando habla de revolución, Perón la llama nacional, justicialista, la fija en lo ya acontecido en el pasado e interrumpido en 1955. No postula la adopción de ningún paradigma revolucionario preexistente. El peronismo funda su perdurabilidad, su supervivencia, su popularidad y su éxito en la carencia de paradigma.

Pero Solanas busca definiciones, “titulares de tapa”: Argentina será Cuba, Vietnam o Argelia. Perón abraza el neoleninismo. Pero no. Perón dice: “Nuestras banderas de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política son inamovibles, POR LO MENOS POR UN LARGO PERÍODO DE NUESTRA HISTORIA serán inamovibles. Luchamos por eso (…)

Situado en 1971, Perón linkea a 1945-1955, al pasado nacional, y no a La Habana 1959, a Argel 1962 o a Hanoi en la víspera.

Conceptualmente y políticamente (ideológicamente), Perón es coherente: dice lo que dijo siempre, no hace ninguna pirueta de ocasión. Conducción, estrategia, organización, táctica, liberación. Una cosmovisión de la política. Propia. Inamovible.

Releo aquel reportaje-película del grupo Cine Liberación y sigo captando las mismas sensaciones. Perón desgranando sus conceptos medulares. Aquellos forjados entre clases en la Escuela de Guerra, la estadía italiana, una pertenencia militar pero no aristocrática. Los apuntes de la historia militar en el origen de la experiencia política, para luego concebir los textos fundacionales, los erróneamente desdeñados por la tendencia revolucionaria. Porque el clima de época ordenaba pensar que Perón encabezaría la toma del Palacio de Invierno. ¿En que octubre se pensaba? ¿Cuál era la base práctica de aquella teoría?

Y sin embargo se sigue escuchando: “¡Vos viste lo que dijo Perón en Actualización Doctrinaria!”.

Solanas-Getino, desesperados. ¿Pero el justicialismo es socialista, socialista “de verdad”, no General? Natural, m´hijo. Socialista en cuanto la justicia social es la bandera irrenunciable del proyecto nacional. ¡Pero la puta madre! Otro link al ´45.

¡Pero nosotros queremos Cuba, General! Pero m´hijo, ud. que quiere, ¿paradigma dogmático de la revolución o revolución nacional justicialista? Esteee…

Lo interesante del reportaje es que anticipa algunos de los luego crecientes desencuentros entre Perón y la izquierda peronista: Perón explica la centralidad de la conducción en el movimiento. Solanas pregunta si la llegada de un nuevo conductor NO ESTARÍA REÑIDA con el proyecto de una organización revolucionaria. Perón contesta que no, que el conductor siempre necesita a la organización. Solanas-Getino insisten sobre la imprescindibilidad de la orga(nización). En la persistente pregunta de Cine Liberación se esboza el desajuste interpretativo de Montoneros: el menosprecio de la figura del conductor para en su lugar colocar la hegemonía de la orga vanguardista.

¡Pero m ´hijo , esto es un movimiento nacional, no un partido de clase!

En el 1971 madrileño se preludia el 73-74 argentino.

En Actualización…, Perón cita a Mao, menciona a la revolución rusa…pero tan sólo a los efectos operativos, ejemplificatorios de una modalidad de la acción política, y no para adoptar contenidos político-ideológicos de esas experiencias como propias e incorporables al peronismo. El clima de época parece haber conspirado contra el entendimiento de estas cuestiones.

Cuando se homologó a Perón con Guevara, Ho Chi Minh o Mao y se lo colocó en el Olimpo equivocado, ay, ay… no fue el propio Perón quién eligió situarse allí.

La juventud maravillosa quería Marx, Lenin, Fidel, Fanon, Giap, Camilo Torres.

Perón habló de la concepción justicialista y mentó otras bibliotecas menos taquilleras: Licurgo, Bonaparte, Ibáñez o Rojas Pinilla, Von der Goltz, Toynbee, Helder Cámara.

Pero cuando vemos lo que “queremos” ver…

¿En que parece haberse sustentado “la traición” de Perón, la no opción por la izquierda peronista; aquello que se ha transformado en la interpretación oficial de un irresponsable bonassismo que vilipendia la figura de Perón porque “al final era de derecha” (¿no suena familiar?), “un maquiavélico aprovechador de jóvenes idealistas que querían la revolución”, discurso que abonó malamente el terreno de la disputa ideológica para desprestigiar al Viejo, simplificando el tema Triple A a costa de muchos otros silencios que involucran los numerosos “muertos en el placard” del montonerismo?

Un discurso oficializado que cierto peronismo de izquierda devenido hoy en progresismo pontífice que imposta virginalidad, atesora como la más preciosa verdad histórica. Ese discurso resentido que define a Perón como traidor tiene un pueril origen: el hecho de que el Viejo no haya aceptado la biblioteca (“nuestras lecturas”) revolucionaria neoleninista sesentista. Perón no se unió al microclima. No acató “nuestras ideas”, las que asimilaron infantilmente a Argentina con Argelia. Solanas y Pontecorvo en el mismo programa cinematográfico e histórico. Una errada función en continuado.

Todo lo que “no decimos” para no ser “funcionales a la derecha”.


A propósito de todo el texto transcripto, también hay otro muy interesante sobre la cuestión aquí.

viernes 13 de noviembre de 2009

Catarsis

En esta Argentina-potencia, de la producción y el trabajo, vive un gil que tiene que quedarse en la oficina hasta esta hora, porque no puede volver a su casa, ya que no sólo no hay luz desde el aguacero de las 5 de la tarde, sino que se agotaron también las luces de emergencia del edificio, y tiene entonces que subir 12 pisos por escalera, llamar al delivery por celular, bajar a abrir y volver a subir por escalera con la comida (porque encima su cordial familia prefiere quedarse refugiada en la cueva neolítica, argumentando el cansancio semanal que suele llegar los viernes a su apogeo, pero que parece que se hace insostenible comiendo en un restaurante de forma más o menos decente).

Compro urgente.

El gil no se encuentra sorprendido, ni siquiera por la actitud de su familia, que se sustenta por cierto en determinadas reglas del decoro y/o de la coquetería, según se mire, ya que nadie se puede bañar porque el termotanque es eléctrico, y entonces no puede nadie tampoco estar presentable para salir a comer afuera.

Pero menos sorprendido se encuentra el gil aun por este corte de luz, ya que la misma situación se ha repetido en los dos aguaceros anteriores. Y como Buenos Aires no padece de sequías, como lamentablemente sufren las regiones en donde el agua sí es necesaria (porque ni suerte para eso tenemos, y si la Argentina fue santacrucificada como calificara acertadamente Jorge Asís hace ya tiempo, su clima fue, sin dudas, patagonizado, lo que derribará próximamente las módicas aspiraciones que los discursos trillados y ominosos sostienen en esa "capacidad de alimentar a 400 millones de personas"; habrá que apurarse, porque los millones de cabezas de ganado muerto de hambre y sed se pudren rápido...)



Decía que, como en Buenos Aires son frecuentes estos chubascos, todos rápidamente comprenderán que el gil se queda sin luz al menos una vez por semana. Y al día siguiente, o algo así, ve a la cuadrilla diligentemente trabajadora, overol, casco amarillo, concentración y solemnidad, trabajando en cierta fosa que se volvió a inundar por enésima vez, con capacidad para secar lo que se seca solo e incapacidad para evitar que se moje otra vez lo que siempre se moja.

Pero para no dejar en esto solo la catarsis que me he propuesto, contaré algunas cositas más de esta bienaventurada aventura cotidiana.

1) Tras haberse informado de piquetes, calles en reparación, cambio de sentido de circulación, restricciones de toda índole, etc., el distraído paseante, con su paciencia oriental al hombro, decide, en hora-valle (que es la forma casi bucólica con que se denominan aquellos lapsos en los cuales el tránsito es menos intenso) tomarse un taxi en pleno barrio residencial, tranquilo, aburrido casi. Hace dos cuadras, y el tráfico se intensifica hasta abrumarlo. ¿Qué pasó? ¿Por qué ese atolladero infernal, con cada uno tratando de pasar por el más pequeño resquicio, trabando entre todos cualquier opción de escape, como un tetris endemoniado? Resulta que al Gobierno de la Ciudad se le ocurrió cortar por entero una calle, y le pareció que lo más razonable era indicar dicha circunstancia directamente cruzando unas cintas de plástico amarillo con la letra H entre esquina y esquina. ¿Para qué gastar el dinero de los contribuyentes en poner un par de cartelitos con 200 metros de antelación previniendo a los automovilistas de que se están metiendo en un callejón sin salida?
Fuente: Lorenafrost.blogspot.com

2) Roto el microondas de 10 años de antigüedad, que ya no conservaba ninguna virtud, a no ser, la de calentar hasta el rojo-blanco la vajilla, la feliz familia de clase media se dispone a comprar en Frávega uno nuevo. Para ello recurre al prestigio de la casa que vende y al prestigio de la marca que compra: Electrolux. Paga taca taca y se lleva el flamante microondas Electrolux a su casa. Luego de 1 mes y medio, y de utilizarlo para calentar vianditas de comida dietética, a razón de 3 minutos por día, el microondas, sin siquiera avisar, y en medio de uno de esos rutinarios calentamientos, palma. Que enchufarlo y desenchufarlo, mirarlo por los cuatro costados pero sin tocarlo, porque está estrictamente prohibido abrir la tapa, la familia de clase media llega a la conclusión de que el microondas está irremisiblemente roto. Y teniendo en cuenta que tiene 1 hora y 40 minutos exactos de uso, comienza a sospechar que ha sido estafada.

Llama entonces a Frávega para hacer el reclamo, y una semana después se lo pasan a buscar por la casa, aclarando el personal que lo retira que los Electrolux parece que vinieron casi todos fallados, porque ese mismo día ya retiraron varios con el mismo problema de muerte súbita prematura. Entonces se les pregunta a los retiradores qué es lo que piensan hacer con el artefacto trucho, ya que al estar en garantía, y dado el escueto tiempo transcurrido desde la compra, lo lógico sería que les dieran un aparato nuevo, y no el fallado reparado, porque de lo contrario, en realidad uno estuvo comprando como nuevo un cachivache reparado. Le contestan, como temían y de antemano en realidad sabían, que lo único que se puede hacer en estos casos es reparar el artefacto viciado, y agua y ajo. Que cualquier cosa hablaran con Frávega.

Fuente: Capusitalinda.blogspot.com

Se llama a Frávega, se amenaza con denunciar en Lealtad Comercial, se aceptan las risotadas de los interlocutores por semejante ingenuidad (leer la letra chica de la garantía)... y se comienza una larga y paciente espera. Cual menonitas hartos del progreso, la familia de clase media comienza a rescatar los viejos valores de la cocina artesanal y del baño maría, y espera, espera... Hace un mes que espera. Resultado del chiste: paga un aparato nuevo, en realidad obtiene un cachivache fallado, lo usa 1 mes y medio y lo espera (hasta ahora) otro mes y medio sin posibilidades de otra cosa que agua y ajo a baño maría. Mención aparte merece el personal de atención telefónica de Frávega, mezcla en dosis similares de oligofrenia tenaz y de robotización generación Arturito.

Arturito-tacho de basura.

3) Año y medio atrás, situación similar, pero con la cocina. También opción nacional (no recuerdo la marca, pero prometo agregarla en algún comentario), porque simplemente es lo único que se consigue. Al mismo precio que antes se compraban las cocinas italianas (o por lo menos, con la misma gravitación en el poder adquisitivo de la familia de clase media), ahora nos llevamos felices la cocina de industria nacional, sabiendo que le damos trabajo a compatriotas responsables e idóneos y que contribuimos a ubicar a la Argentina dentro de los 150 países más industrializados del planeta. ¡Lloren Yibuti y Botswana, lloren!

También en Frávega (mala costumbre de la familia de clase media, que demuestra que el argentino es un animal de hábitos, muy dispuesto a tropezar 100 veces con la misma piedra... y a comer sus alimentos crudos, por cierto).

Cuando vamos a usar el horno, resulta que a la industria nacional ese día le faltó un abnegado trabajador, y se había entonces olvidado de hacer los agujeritos por los que sale el gas. Llamado el plomero de siempre, éste viene, mira y nos dice: "yo le haría los agujeritos con la agujereadora (máquina eléctrica que hace agujeritos simétricos), pero mejor llamen al sérvice oficial, y que vengan ellos y le cambien directamente la pieza, porque si no, el día de mañana por ahí le hacen problema con la garantía".

Viene el señor del sérvice oficial. Abre la puerta del horno, se acuclilla y mira, se rasca la barbilla, va hasta su caja de herramientas y... ¡saca un clavo y un martillo! El sérvice oficial hizo a ojo, y artesanalmente, una serie de agujeritos asimétricos, más o menos alineados, con un clavo y un martillo. Hizo firmar una planilla, saludó y se fue.

La familia de clase media se quedó entonces feliz y tranquila, sabiendo que el comprar productos de la industria nacional, efectivamente, da trabajo a mucha gente.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Humo gay

En La Nación, Rolando Hanglin clava otra vez la pica en Flandes, como afortunadamente nos tiene acostumbrados en estos últimos tiempos, proponiendo, no sin fina ironía, y adjuntando fundamentos políticamente correctos, que la institución del matrimonio se reserve solamente a las parejas gays: El matrimonio, sólo para gays.

El planteo es brillante, y haciendo uso de una estricta lógica, parece irrefutable. Comentando hoy el asunto con un amigo a través del correo-e, se me ocurrieron las siguientes reflexiones al respecto:

"Pero en el caso de que el matrimonio se reservara solamente a ellos, los gays se sentirían discriminados, pensarían que hay gato encerrado, y entonces ninguno de ellos se casaría y menos adoptaría crío alguno.

"Es curioso cómo aquel grupo sociológico (antes que sexual, seguramente, puesto que hay y siempre hubo una importante proporción de homosexuales perfectamente integrados a la sociedad de consenso, que reniegan de las actitudes "plumíferas" y provocativas de la subcultura proclamada como orgullosa) que se autodenomina "gay" (o sea, alegre, divertido), por oposición al mundo de los heterosexuales, a los que denominan "paquis" (de paquidermo, pesado, rutinario, aburrido), termina por presionar a favor de su inclusión en instituciones marcadamente conservadoras y por sumarse a conductas a las que ellos mismos defenestran, claramente rutinarias y burguesas, como acontece siempre que hay matrimonio e hijos de por medio.

Como en una dialéctica hegeliana, o mejor, como un yin-yang sui generis, va a llegar un momento en que a la facción conservadora de la sociedad van a pertenecer todos los anteriores innovadores (que por llegar tarde, valoran instituciones que al resto ya no importan mucho que digamos). Algo parecido a los "espaldas mojadas" que consiguieron la green card: ahora son los republicanos más reaccionarios y los que más demandan un cierre de fronteras a la inmigración ilegal en los EE.UU.

Lo que está claro, es que el reconocimiento universal de derechos (que algún día, hará extensivo el día femenino a todos los mortales) no suprime las desigualdades, sino que las acentúa. Los derechos diferenciados apuntan justamente a enmendar desigualdades y nivelar los puntos de partida: que una persona casada tenga derecho a asignación familiar, porque tiene mayores gastos y responsabilidades que una soltera, que una madre parturienta tenga 3 meses de licencia con goce de sueldo, etc., hacen a garantizar la igualdad atendiendo diferenciadamente los casos particulares. En cambio, ¿cuál sería el integrante de la pareja gay que tendría 3 meses de licencia paga por maternidad cuando adopta? ¿O les corresponde a los dos? ¿O a ninguno?

En fin, temas siempre ríspidos. Sin embargo, hay que considerar que en crecientes sectores del turismo, del comercio y de los servicios, el público gay es preferente, puesto que está constituido por dos integrantes con ingresos, sin hijos y con costumbres hedonistas. O sea, gastan mucho. Y ello ha conducido a todo un giro en la política hotelera. Mientras hay cada vez más hoteles (y restaurantes) de categoría que impugnan a los niños como a los perros, y por tanto ahuyentan a las familias (generalmente, más gasoleras y de gustos menos refinados por presión de los infantes), hay también una creciente actividad de captación del público gay y de la "agenda gay" en las ciudades turísticas receptoras. Cualquier lugar que apunte a facturar en divisas fuertes, debe rápidamente ingresar en alguna guía especializada del sector y aclarar lo más claro posible que se trata de un sitio "friendly". Hasta marcas y líneas exclusivas han torcido toda su imagen de mercadeo para apuntar a ese segmento.

En fin, da la impresión de que la cuestión ésta del matrimonio entre personas del mismo sexo y la libre adopción son antes banderas de unificación de un estrato transnacional en pleno fervor político, una suerte de "empresas colectivas sectoriales", que de verdaderas reivindicaciones útiles y conducentes para un universo de gente a la que se pretende aunar tan sólo por sus gustos de alcoba.

Y también da la impresión de que, otra vez, nos ponen una cortina de humo delante de los ojos, para evitar que se traten con seriedad las cuestiones realmente apremiantes en una sociedad en disgregación y creciente violencia, enajenación y miserias de todo tipo (no sólo económicas, aunque de ésas, muchísimas).

martes 3 de noviembre de 2009

RODEADOS


[Click en la foto para ampliar]

Nos queda, claro está, la opción del helicóptero... Por lo menos, hasta que se compren las armas de los narcos de Morro dos Macacos.

viernes 30 de octubre de 2009

Día de Brujas: Estado CSI

[O cómo terminar por parecerse a lo que uno detesta]


Fuente: img.arrebatadora.com.


Es muy difícil determinar la preeminencia de un derecho sobre otro, cuando acaece un conflicto entre dos bienes jurídicos protegidos. En Derecho penal, que es en general aquél en donde se presenta más frecuentemente este problema, hay señeras jurisprudencia y doctrina que echar mano para resolver algunas situaciones.

Un caso paradigmático de laboratorio es aquél que se presenta en un naufragio, cuando dos personas intentan asirse al único objeto que flota y que sólo puede suspender a una de ellas. En tal caso, el Derecho ha resuelto que, quien violentamente desaferra al otro náufrago, determinando su muerte, para salvar el propio pellejo, es pasible de reproche penal (es condenado por homicidio) pero no de la aplicación de la pena (es mandado de vuelta a su casa). Es decir, es imputable pero no punible.

Ello resulta así, ante el conflicto de dos bienes jurídicos de igual jerarquía, en el entendimiento de que allí juega el instinto de supervivencia, y que el individuo hará lo que sea necesario para salvar su propia vida. Cuando se trata de una vida por otra, y no mediando agresión, la solución es ésa. En cambio, si el otro náufrago tenía consigo, por ejemplo, a un bebé, y ambos terminan por ahogarse por nuestro afán de aferrarnos al madero o al salvavidas, el autor de homicidio terminará siendo detenido y privado de la libertad. Es decir, su conducta será penada.


Fuente: rostamazadi.blogspot.com

Hasta ahí, todo clarito. Ahora bien, como dije al principio, el problema se presenta ante la colisión de dos bienes jurídicos de distinta jerarquía. Si un delincuente entra o intenta entrar en nuestra casa, armado, y nosotros le damos muerte para asegurar la seguridad de nuestra familia, allí el derecho que tiene preeminencia es sin dudas el nuestro, y estamos ante una hipótesis de legítima defensa. Para explicitarlo más claramente, el ordenamiento exige que la fuerza empleada para repeler la agresión sea razonablemente proporcional a la capacidad de daño del agresor. Es decir, si el delincuente es un joven enclenque que viene a robarnos a puño desnudo, y uno es un patovica de 120 kilos, experto en artes marciales, no se puede argumentar legítima defensa si se le descerrajan al delincuente tres tiros en el pecho.

Existiendo legítima defensa, no hay reproche penal alguno, y la persona resulta absuelta (o sea, inocente). Lo mismo ocurre ante el caso de estado de necesidad. Cuando se causa un mal para evitar otro mayor que uno no generó. Por ejemplo, ante una emergencia médica en que está comprometida la vida de un tercero, alguien se sube a un auto que no es suyo y conduce al necesitado a un hospital, o toma un celular ajeno y hace una llamada al SAME.

En los casos de colisión de valores de distinta jerarquía, cuando uno de esos valores es la vida humana, la solución parece bastante sencilla. No ocurre lo mismo respecto de prácticamente la totalidad del resto de los bienes jurídicos protegidos, y siempre se entra en un terreno árido donde las ideologías y las escalas morales comienzan a jugar un papel determinante.

Uno de los criterios que se ha empleado es el de la escala de graduación de las penas que hace el Código Penal. Pero como dicho código no es otra cosa que el producto de coyunturas sociales cambiantes a lo largo del tiempo, a veces de necesidades específicas de política criminal, ese criterio no resulta del todo apropiado. Por ejemplo, en cierto momento del siglo pasado, ante una oleada de delitos que temían las autoridades fuera indetenible, al robo de automotores empleando armas se le atribuyó un mínimo de pena de 9 años, es decir, superior al del homicidio simple.

Lo cierto es que históricamente (y me refiero a la historia de nuestro tiempo breve en el mundo adulto, y no de los siglos de los siglos), la doctrina y la jurisprudencia le han dado mayor valor al derecho a la intimidad y al derecho a la integridad física, que al derecho a la identidad.

Esa tendencia, con el encumbramiento de ciertos factores de poder con intereses diversos que los que estaban aceptados hasta entonces, se ha ido revirtiendo, hasta ubicar al derecho a la identidad en un plano muy trascendente, por encima de casi todos los otros derechos. Y no me refiero al acto en sí de sustraer a un menor de la custodia de los padres, reteniéndolo u ocultándolo o cualquier otra cosa, que desde 1995 tiene una pena de 5 a 15 años (art. 146 CP). Ése es un delito gravísimo, que evidentemente debiera tener la misma protección que la vida humana, pues la vida de los padres es arruinada definitivamente con una acción tan aberrante.

Me refiero, en cambio, el más módico (?) derecho que le asiste a una persona a conocer la identidad de otra.

Yendo para arriba en la escala de los valores, hablaré sucintamente del derecho que le asiste a una persona a conocer la propia identidad. En tal caso, ante la sospecha de determinada paternidad (máxime si la misma procede, por ejemplo, de un futbolista famoso) una persona o su madre o su tutor legal puede iniciar una acción de reconocimiento, y pedir un examen de ADN. Pero el juez no puede, para asegurar ese derecho a la identidad, determinar que compulsivamente se le extraiga sangre, o de cualquier manera se avasalle la intimidad del sospechado de paternidad. En tal caso, se considera al derecho a la intimidad del supuesto padre como preeminente respecto del derecho a la identidad del supuesto hijo.

La ley ha generado, mediante una presunción absoluta, una ficción que aporta la solución a ese conflicto: si el requerido pasible de ser examinado se niega, se presume que efectivamente es el padre. Le pasó al técnico de nuestro seleccionado nacional. Que aunque nunca tuvo bien adentro la aguja de la jeringa hipodérmica que le extrajera la sangre, debió hacerse cargo económicamente, y por una significativa cuota mensual, de cierto italianito que parece que se le parece bastante. Y que chupe esa mandarina…




En cambio, cuando está en juego la identidad de determinado joven sospechado de ser hijo de desaparecidos durante la dictadura militar de 1976, ni siquiera resulta un valor relevante la invocación del derecho a la intimidad del propio beneficiario de la acción conducente a establecer la identidad. Es decir, el propio joven al que se pretende asegurar un derecho. Situación paradójica si las hay. Y que nos conduce a la siguiente conclusión, que no creo que sea liviana o precaria: parece ser que el derecho que tiene preeminencia es el de la presunta abuela, o tal vez ni siquiera; más bien, el derecho de cierta organización que se arroga la representación de determinadas abuelas para conocer la identidad de esas mismas abuelas respecto del joven del caso. Es decir, si efectivamente esas abuelas son abuelas de ese joven. O alguna de ellas pudo haberlo sido. O si el joven pudo tener una abuela diferente que aquéllas que él conoció desde chico.

Muy complicada la cosa. Cualquier juez con mediano sentido común, diría que el derecho de un joven a su intimidad es más importante que el derecho de una señora mayor a saber si es su abuela. Mucho más aun, que el derecho de determinada organización a saber si ese joven tuvo una abuela diferente de las que tiene o tuvo.

Ello resulta más trascendente todavía, si se tiene en cuenta que el joven del caso, tiene a estas alturas, entre 27 y 33 años, y es por lo tanto lo bastante grandecito como para decidir a qué abuelas visitar, o a qué señoras ayudar a cruzar la calle. Y si quiere saber o no saber determinadas cosas de su pasado.

Porque, más allá del incontestable derecho a la intimidad que le asiste, y que ampara a un padre frente a las pretensiones de su hijo pero a este joven no, la colisión de derechos aquí también se produce entre el derecho de una persona a conocer –o no- su identidad y el derecho de otra a conocer la identidad de esa persona.

Uno de los caracteres definitorios del concepto de derecho subjetivo, es que justamente ampara a aquella persona que resulta su titular. Es decir, el derecho a la identidad ampara al joven y no a la presunta abuela u organización reclamante. Caso contrario, no se trataría más de un derecho subjetivo, puesto que no hay sujeto que resulte su titular. El otro gran carácter definitorio del derecho subjetivo, es que su titular (otra vez: el joven) tiene la libertad de ejercerlo o de no hacerlo. Si no tuviera esa libertad, no se trataría ya de un derecho sino de una obligación.



En tal caso, no podría hablarse jamás de colisión de derechos sino de la colisión entre un derecho y una obligación.

El principio constitucional del equitativo reparto de las cargas públicas indica, para esa situación, que si el joven del caso tiene la obligación de conocer y dar a conocer su identidad al mundo ante el reclamo de cualquier persona u organización, todos los demás habitantes de la Argentina deberían cargar con una obligación semejante. O sea, al presunto padre futbolista de éxito, por ejemplo, también lo deberían compeler a sacarse sangre o a someterse a cualquier procedimiento semejante ante el pedido de cualquier madre o de cualquier niño. Y a cualquiera de nosotros cualquier tercero por cualquier causa también nos podría obligar a hacernos una pasadita por el laboratorio para “aclarar ciertos puntos” que el peticionante tenía oscuros o sospechados por sus personales motivos.

Porque a los derechos subjetivos que tenemos a la libertad, a la intimidad, a la identidad, ocurre que los ha solapado un más solemne y trascendente derecho celestial a la Verdad Verdadera, que transforma todos nuestros derechos preexistentes en ilusorios, y nos devuelve en cambio una concreta realidad: la obligación de someternos a una pesquisa de orden superior, a pedido de los custodios de las puertas del Cielo.

Entramos en una hipótesis, el lector claramente ya lo pudo atisbar, de un Estado policial de carácter totalitario, en el cual cualquiera puede reclamar de cualquiera que se preste a policiales pesquisas sobre cosas que no son del interés del pesquisado.

También podría establecerse, como en el caso de las reclamaciones de paternidad, una presunción absoluta ante la negativa del sujeto a prestarse a la pesquisa que le reclama un extraño o una organización colectiva. Pero esa solución evidentemente no sirve a los intereses de esas organizaciones colectivas, puesto que, lo más que puede presumirse en tal caso, es que el joven es hijo de desaparecidos. Nunca de quién de los desaparecidos es hijo, y por tanto, de qué abuela es nieto. No sirve a los efectos del supremo bien absoluto del derecho celestial a la Verdad.

Además, esa solución no conforma, puesto que el joven que se rehúsa a someterse a semejante examen, de alguna forma, ya ha expresado su sentir y parecer respecto de la cuestión, y una presunción legal no torcerá un ápice su posición espiritual o sus convicciones en relación con ese asunto.



Entonces, llegamos a esta perturbadora propuesta. Que se obligue compulsivamente al sujeto a someterse a la extracción de ADN para nutrir un banco de datos o para contrastar con los datos ya recolectados del mismo banco. Se ha llegado a decir que, ante una negativa firme, y para evitar el uso de la violencia física, bien puede la autoridad irrumpir en su intimidad, e incautar el cepillo de pelo para extraer el ADN de los cabellos adheridos, y yendo más lejos en esta pesquisa policíaca estilo CSI, incautar las sábanas para encontrar baba o poluciones nocturnas que puedan servir a esos efectos.



Ya llegados a este punto, nos encontramos con la expulsión de una ya añosa miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), por expresarse públicamente en un sentido similar al de este artículo. O sea, que quienes protegen los derechos humanos, “sin distinción de credos o ideologías” han decidido echar de sus filas a una afiliada que invocó, en esta opinable liza del conflicto de bienes jurídicos protegidos, el derecho a la intimidad, al derecho a la propia identidad subjetiva, el derecho a la igualdad, y finalmente, el derecho de la propia invocante, a opinar como le parezca.

Ya hace tiempo que todo el entramado de los derechos humanos se fue desnaturalizando. Pero no debemos olvidarnos nunca de su antecedente más concreto: el de los derechos del hombre en cuanto ciudadano. Es decir, los derechos subjetivos que amparan al ciudadano, y que lo protegen de los abusos que cualquier poder o cualquier colectivo quieran provocarle, invocando más genéricos dogmas, ajenos al individuo. Entre esos dogmas, herramientas para los avasallamientos de los derechos de los individuos en cuanto ciudadanos, ha aparecido un nuevo haz de consagraciones difusas, y por tanto peligrosamente totalitarias, bajo el equívoco mote de “derechos a la verdad y a la memoria”.

Pero un Estado de Derecho, y tampoco hay que olvidarlo, halla la verdad asegurando los derechos de sus ciudadanos y su memoria en las leyes que le dieron origen y fundamento, principiando por la absolutamente ignorada y mancillada Constitución Nacional.


En fin, me pareció un tema propicio para el día de brujas…


Fuente: mastersport.blogspot.com

miércoles 28 de octubre de 2009

Fútbol para todos (los de acá)

La imagen con las Toritas persigue un obvio efecto marketinero de parte de este blog. [Fuente: Taringa]


A mí, que por motivos ya explicados un año y medio atrás, seguí la campaña de Olimpo de Bahía Blanca en Primera División en 2005-2006, esta nueva bombeada de Lunati a favor de Vélez no me sorprende (minuto 48 del segundo tiempo, ingreso al área de Zárate e increíble piletazo que sólo un tipo con mucha mala leche puede sancionar como penal).

En aquella ocasión, también jugando de visitante, el equipo de Liniers fue vergonzosamente favorecido por esa caricatura de árbitro, que no cobró un grosero penal a favor del equipo bahiense cuando estaba ganando 2-1, que adicionó luego 7 minutos, hasta que Vélez lo empató con un gol en off side. Ese año Olimpo descendió, luego de hacer -pese a los boicots arbitrales- una muy buena campaña, de sumar 49 puntos y desplegar un fútbol vistoso y fino. Ese año Lunati, que recién estaba empezando en Primera, fue promocionado, y pasó a arbitrar partidos importantes.

Tal vez la condición para ser promovido por la AFA sea hacer de vez en cuando algún dirty work... Como éste de anoche, favoreciendo a Vélez, uno de los más grandes favorecidos que he visto en mi vida (Gareca diciendo que ellos tienen por política no quejarse de los arbitrajes; pregunto yo: ¿de qué se pueden quejar, si hasta un campeonato obtuvieron por decisiones absurdamente parciales a su favor?). Claro está, el encumbramiento de Vélez no es casual: institución modelo, buen trabajo de inferiores, hinchada blandita que no hace destrozos ni aprieta...

Lo que temo es que tampoco sea casual la terrible manera de perjudicar a Atlético Tucumán. A los equipos de Capital y GBA les molesta sobremanera tener que viajar para jugar partidos, y entonces la AFA, que es su títere, arbitra las medidas necesarias para que los equipos del interior estén el menor tiempo posible en Primera. Y sobre todo, que no haya más de dos por vez. Atlético vino a sustituir a San Martín, y a su vez será sustituido por Unión, o por Rafaela. Y Godoy Cruz es probable que también descienda al cabo de este año futbolístico.

No resulta importante la constatación de las impresionantes convocatorias de público de los equipos del interior, de la auténtica pasión que despierta su participación en las grandes ligas, de los esfuerzos que deben hacer para armar un equipo competitivo y viajar decenas de miles de kilómetros al año, pagando hoteles y pasajes fecha por medio.

En la fecha anterior, también una "desafortunada" decisión arbitral signó el triunfo de Estudiantes de la Plata contra los tucumanos (también por penal que no fue), y antes le pasó lo mismo en Tucumán con Independiente. Porque encima lo perjudican en su propia casa, aprovechando el natural pacífico de la parcialidad local, alejada (por ahora) de los vicios más frecuentes en los equipos de la megalópolis.

En fin, no sé por qué cuento esto, que acabo de ver en un resumen de ESPN. Cada vez estoy más susceptible a las injusticias.