jueves, 3 de diciembre de 2009

La Cordillera de la Vida







La realidad duerme sola en la mentira

Y en sus bolsillos tiene amor y alegría

Un dios de fantasía

La guerra y la poesía.

La colina de la vida. Creo que en la versión de León Gieco decía que la realidad “baila sola”, y que “en un bolsillo tiene”. Pero yo prefiero la versión de Las Pelotas, que me resulta realmente conmovedora.

La frase no es casual. Trasunta una concepción ideológica y espiritual, una cosmovisión que ha calado hondo en el mundo, quizás desde la formulación mosaica de mandato divino, pero con seguridad, desde el enseñoramiento del judeocristianismo en Occidente. “La realidad duerme sola en la mentira”, no es otra cosa que la reflexión a la que arribara San Anselmo luego de su argumento ontológico acerca de la existencia de Dios: Dios existe y es la pura existencia. Luego, la vida es ilusión, el mundo presente y concreto es mentira.

Curiosamente, Guillermo de Occam y Roger Bacon, fueron dos de sus principales críticos. Y fue, previsiblemente, Descartes, quien con mayor entusiasmo analizara el argumento ontológico de San Anselmo, y luego lo tradujera a sus propios procesos lógicos en el Discurso del Método. La proposición primera es esclarecedora: Cualquier cosa que percibo clara y distintivamente contenida en la idea de algo, debe ser cierta. Luego, lo percibido por la idea es lo verdadero. Luego, lo verdadero es la idea, y lo falso es lo no razonado, lo que excede la capacidad de imaginar (en los términos de Anselmo de Aosta o de Bec) del hombre.

Un mundo falso no merece ser vivido, y sólo se lo transcurre como un mal impuesto exteriormente, una prueba a superar, para arribar al mundo verdadero.

La revolución del Renacimiento, que entronizó al humanismo como la cosmovisión unánime en Occidente, y a partir de su poder, prácticamente universal, efectuó un corrimiento, que puso al hombre (o mejor dicho, a la humanidad) en el lugar de Dios. Pero no modificó las bases de esa concepción judeocristiana subyacente, que consideran que el mundo presente es falso. Lo que ocurre es que empezó a creer en la capacidad de la humanidad de proveer por sí misma a la buena venturanza en esta vida, hasta terminar por matar finalmente a ese viejo Dios que agonizaba (muerte crapulosa o ignorantemente atribuida al emisario, justamente, uno de los más grandes impugnadores del humanismo, que fue Federico Nietzsche). “Un dios de fantasía”.

En ese decurso, y en el contexto de los países nórdicos, siempre envueltos en la niebla y la bruma, con un Sol esquivo y esporádico, es lógico que fuera allí donde tuviera el epicentro la Aufklärung, la ilustración, que literalmente debe ser entendida antes bien como “esclarecimiento”, “iluminación”. La necesidad de echar luz sobre todo, de que todo el mundo quedara comprendido por la razón humana, apropiado, poseído, diseccionado. Por oposición a los países del Mediodía, del Salvaje Sur, que tostados al pleno Sol de las pinturas de Sorolla, valoraban la nocturnidad, las tardes a la sombra, los templos sin ventanas, los oráculos enclavados en la piedra. Los países latinos y helenos que hacían culto del misterio y del secreto.

Debemos nuevamente abrevar en Nietzsche (La Gaya Ciencia) para comprender, justamente desde esta interpretación contextual, al bueno de Emanuel Kant, nacido, criado, vivido y muerto bajo el ominoso cielo de mármol casi permanente de Königsberg. Ese Kant que tanto ha influido al humanismo y configurado la forma de pensar del mundo moderno.

El imperativo categórico no es otra cosa que el reflejo de la abominación subyacente por el mundo real que proviene de la matriz judeocristiana. El mundo que es, es falso. El verdadero es el mundo que debe ser. El mundo que queremos que sea. A partir de allí, el hombre ha de vivir una realidad disociada. Un desprecio absoluto por su presente, por su lugar y circunstancia y un anhelo desmedido en un mañana venturoso, que la misma humanidad, con su sapiencia y capacidad, habrá de proveernos.

Ese rasgo signa todas las estructuras del pensamiento moderno. A partir de él, los marxistas, por ejemplo, vivirán en un mundo de tinieblas, oprimidos por infraestructuras económicas artificiales, y esperarán venturosos que un avatar (en su caso, no Dios, ni la humanidad, sino el proletariado) los conduzca al mundo verdadero, que resplandecerá en el futuro.

En todo Occidente, desde hace casi dos mil años, el hombre vive en el futuro. Y desconoce, aparta de sí, sufre, el presente. Esperando la redención celestial, o la redención terrenal en algunas de sus múltiples facetas.

Con el humanismo cartesiano-kantiano, el hombre que oraba todas las mañanas, guardaba silencio y vivía una existencia circunspecta y austera esperando la salvación en la muerte y en la ulterior “vida verdadera”, se transforma en el hombre cautivo de otro deber: el de construir —porque en él mismo radica la salvación— el futuro venturoso. Para el marxista, a través del compromiso revolucionario, tan solemne y circunspecto como el del monje. Para el burgués, el compromiso productivo. La vida se llena de contenido, hasta asfixiar. Se completa de utilidad. Cada hora debe ser útil y productiva. Ni el sexo escapa de esta lógica de la producción: sexo para más producción, para la reproducción. El otium se tranforma en neg-otium, su opuesto, y entonces toda actividad humana comienza a ser mensurable, cuantificable económicamente, numéricamente. En el mayor PBI estará la mayor felicidad de las naciones.

La sociedad se uniformiza. Se uniformizan las rutinas laborales, los ámbitos sociales (véase el análisis de las instituciones totales reflejadas en el lay-out industrial que hacen Massimo Pavarini y Darío Melossi en Cárcel y Fábrica, o Ervin Goffman en Internados, por ejemplo), las calles de las ciudades comienzan a ser rectas, dibujadas con escuadra, los frentes y las casas y edificios adquieren todos un corte racionalista. Una ciudad racional, como la que prefiguró el Barón Haussmann, con avenidas rectas y diagonales que conducen a rond-points ordenadores, es una ciudad dimensionada para una lógica de la movilidad productiva. Un mundo en movimiento. Las carreteras, y luego las autopistas, permiten acelerar la circulación de los bienes y servicios, incrementar el intercambio, facilitar la reproducción incesante. Cada vez más lejos del otium, cada vez más apurado, el hombre no tiene tiempo de vivir esta vida que sueña en la mentira. Debe soslayar categóricamente el presente, y concentrarse rigurosamente en el futuro.

Una construcción conceptual tan fabulosamente machacona, que ha taladrado todos los poros del espíritu humano (o que ha entrado en el espíritu por todos los poros de la cotidianeidad), estructura la mente de una forma bastante rígida como para luego no comprender los fenómenos que exceden o desafían ese modelo varias veces secular.

Las numerosas versiones del neotribalismo que ha apuntado Michel Maffesoli, por ejemplo, demuestran hasta qué punto la pluralidad inmanente del ser humano, tan polimorfo como la vida misma de la que reniega, vuelve a florecer a cada paso, y como pluralidad, siempre de una forma amenazante, incomprensible, irracional.

Como dije hace no mucho, la humanidad en su vértigo de progreso se ha olvidado cada vez más del hombre. Cada vez nos cuesta un poco más seguirle el paso a tan acelerado ritmo. Consumir lo suficientemente rápido, internalizar las nuevas tecnologías antes de que se transformen en vetustas, acostumbrarnos a las sucesivas novedades sociales, que reemplazándose frenéticamente, apenas podemos pestañear sin perdérnoslas. Mantenernos actualizados, capacitados, en guardia permanente para no bajarnos del ritmo productivo, para poder seguir en el mundo humano, el mundo verdadero, y poder acceder a ese futuro anhelado.

¿Qué pasa, en cambio, con los que ya se cayeron del bólido del progreso? Si a nosotros los incluidos, nos cuesta tanto seguir aferrados del pasamanos, ¿qué decir de aquellos que han quedado atrás? En segundos se han empequeñecido al tamaño de una pulga, y en otros segundos ya no son ni recuerdos. Sin embargo, ello ocurre en un plano, el virtual, el del mundo humano, hiperrealista y por tanto irreal. Pero en el mundo de lo real, los que quedaron a la vera del camino están allí, junto a nosotros, con nosotros.

Caídos del bólido del progreso, del mundo del deber ser, algunos serán captados por otros generadores de imágenes del futuro, y seguirán soslayando el presente, tal vez embelezados por las imágenes fotoshopeadas de un Cristo evangélico, o regresando con entusiasmo a sus antiguas religiones, a poblar esos templos que parecían museos, tal vez a hacerlo aun con un mayor fervor que el “razonable”, esgrimiendo la kipá, el chador, el burka o la mantilla, antes como orgullosa pertenencia que como retrógrada imposición.

Otros muchos se tribalizarán en organizaciones comunitarias en donde el individuo ya no tiene más el prestigio humanista. Donde lo importante es solamente la pertenencia al colectivo. Delimitarán su geografía en su propio cuerpo, a través de indumentaria, tatuajes, perforaciones, mutilaciones... Se distinguirán del resto, y se identificarán con su grupo. Esa “regresión” (leída desde la lógica del progreso lineal y continuo) a formas arcaicas, esa pluralidad de reagrupamientos supraindividuales, es probable que, ya sin Dios y sin Hombre, abandone la idea del otro mundo, de la alteridad de la realidad, y se complazca en vivir en un presente sin reflexión. Vivir el presente siempre es vivirlo intensamente, sin cortapisas, sin la “coraza de las emociones” de que habla Norbert Elias. Comerse la vida a bocanadas. No especular ni hacer planes. Hacer cada cosa de una forma definitiva, hasta las últimas consecuencias.

En su proceso de formación, una revolución como la que se atisba (especialmente, a través de la preclaridad de Maffesoli) desde la ética de la estética de la tribalidad posmoderna, y contra la moral del deber ser, es especialmente incomprensible para las categorías racionales clásicas. Por lo tanto, es particularmente irracional y violenta, impulsiva y nihilista.

Quizás lo peor del ser humano aflore en esta transición, como el peor, más cruel y explotador capitalista apareció con la revolución industrial en la primera mitad del siglo XIX.

La tribalidad, la fragmentación de la sociedad individualista-universalista en una pluralidad cultural, no es sólo un rebrote atávico, o una consecuencia indeseada, del humanismo progresista. Es una realidad que ha excedido las previsiones. Precisamente, porque encarna en gran medida el retorno de la realidad al mundo humano. Como tal, difícilmente, a no ser con un fuerte adoctrinamiento y un control social de tipo neocolonial, de fuerte imposición y presencia coactiva, pueda ser moderada y acotada a márgenes manejables en la sociedad de la producción.

Las tribus que ostentan, dentro de las especies neotribales postmodernas, la cultura criminal (que ya no puede ser asumida como subcultura, porque no reconoce pertenencia con el sistema de producción al que no pretende integrarse, ni como contracultura, porque no desafía al sistema de producción para generar cambios, sino que le es autónoma y se rige por su propia normatividad), proponen un verdadero desafío a la capacidad de respuesta del sistema, desde que sus propios rasgos culturales implican el ejercicio de una violencia distintiva, valorativa, irracional, definitoria.

Las respuestas del progresismo, tan difusas y elusivas como nos tiene acostumbrados, han caído, obviamente, dentro del saco de la ideología del progreso. Aunque el nivel cualitativo y cuantitativo de violencia ya exceda la explicación proveniente de cualquier postulado racionalista, de cualquier teoría estructuralista o sistémica, el progresismo elige otra vez escapar del mundo de la realidad presente, porque la realidad duerme en la mentira. Entonces sólo el futuro nos puede proporcionar ese bálsamo de verdad reconfortante, que radica en los propios deseos del progresismo: trabajo para todos, educación para todos, igualdad material real, etc., etc.

Cada vez que un marginado de la sociedad de la producción decide robar para comprar la droga con la que vive voluptuosamente el presente, cada vez que, obtenido el botín (el cual casi siempre es cedido, si no voluntariamente, con una simbólica resistencia), decide descerrajar varios disparos sobre el pecho y la cabeza de la víctima, para obtener prestigio tribal, para colgar otra cabellera en el cinto; el progresismo del deber ser efectúa una lectura racional, que se amolde a su estrecha comprensión del universo, y considera entonces que, quienes viven en un presente-que es sólo presente, deben ser considerados en función de un futuro-que es sólo futuro. En función del mundo de lo verdadero. Es decir, no de éste, en el que vivimos como podemos, y en tanto no nos maten, que es el mundo de la mentira, sino aquel otro en el cual nos gustaría vivir. El paraíso terrenal de la justicia social absoluta, en donde los seres humanos, sin distinciones, hermanados en un amor natural y absoluto, compartimos el mate y amasamos juntos las tortas fritas. Y lo que es peor de tanta pequeñez: ¿quién acaso puede oponerse a esos buenos deseos?

Don Cosme está agonizante, tiene un tumor grande como una mandarina, y hay que operarlo de urgencia, y aún así, no es nada seguro que sobreviva, primero a la operación, segundo a su atroz enfermedad. Entonces aparece el comedido que opina, y rápidamente se gana la simpatía de todos: “Ojalá que Don Cosme viva para siempre”. Y una vez muerto Don Cosme, todos, habiendo catado el gesto de benevolencia en las intenciones del generoso comedido, que a todos les desea lo mejor, todos digo, lo terminan eligiendo Director del Hospital. Por ahí de tanto desearlo, y habiendo elegido al mejor deseador de todos, todos terminen viviendo para siempre con una salud de hierro.

La cultura del delito no es un producto contextual o sintomático de ciertas desigualdades. O mejor dicho: es tan contextual como la fragmentación social en grupos de pertenencia disociados entre sí. Su contexto no es la pobreza sino que lo es la sociedad de la producción y del progreso, y su ritmo permanentemente acelerado. La adhesión de sus miembros a las diversas tribus delictuales es plenamente voluntaria (en tanto concibamos a la voluntad dentro de sus acotadas posibilidades, claro). La cultura se va formando progresivamente, por factores endógenos del grupo (familia, experiencia, amigos, entorno, pautas de prestigio, valores comunes) y por factores exógenos (límites urbanos, ideologías dominantes, mutación en el papel del Estado, estratificación social y alienación de los estratos, dinámica de la producción).

Una vez se generó y fomentó una cultura del trabajo, simplemente porque el trabajo sobraba y había necesidad de él en todas sus formas y calificaciones. Hoy se ha generado una cultura del delito, porque el trabajo no puede sobrar más en una sociedad de la producción autocontradictoria, que produce para liberar al hombre de su esclavitud para con el deber, y llevarlo al mundo verdadero de la dicha plena, pero que liberando y liberando, va eliminando progresivamente fuentes de trabajo, reemplazadas por la maquinización y la automatización.

La ética vitalista del vivir el presente exige, por lo demás, un alto mantenimiento. Un adicto al paco consume entre 40 y 300 dosis por día. A $ 8 la dosis, son entre $ 320 y $ 2.400 diarios. Un estándar de necesidades de ese tipo no puede ser ni siquiera pensado desde la lógica de la producción y la retribución por el trabajo útil. A eso hay que sumarle otros símbolos de prestigio: la posibilidad de llegar al ámbito tribal cada día en un auto nuevo, la de tener las zapatillas más extravagantes, los celulares más completos y modernos, la mejor pistola o incluso, de ser posible, una escopeta recortada, una automática o un FAL. Y por qué no, los costados más sombríos de esa forma absoluta de vivir el presente: la adrenalina del riesgo, y sobre todo, el furor frenético que, como en los lobos o en los chimpancés, o en cualquier mamífero gregario en general, provoca la muerte de otro, del “gil”, más como símbolo, como proyección hacia el grupo, que como íntimo regocijo (la diferencia entre la violencia colectiva y el delito serial solitario).

El mundo del futuro, del deber ser, el de los grandes planificadores, los meticulosos productores, ahorristas, inversionistas, es el mundo del deseo. El que confía en el progreso. Es el mundo de liberales y de progresistas de izquierda (que en otros países se llaman socialdemócratas), de los neocon y de la tercera vía también. Ese mundo está siendo amenazado por el mundo de los que ya no planifican, ni ahorran, ni invierten, ni les interesa un pepino el futuro. Que no desean otra cosa que pasarla bien el día de hoy. Que utilizan el dinero como vía de acceso a un placer transitorio que con la intensidad tratan de hacer definitivo, y no como vía de acceso al progreso. Que gastan. Gastan proporcionalmente mucho más, y de forma también proporcionalmente más arbitraria y obscena, que un play boy como Ricardo Fort. El mundo del deber ser está siendo contrastado con el mundo del es.

Hasta ahora, no conozco salida alguna a esta cuestión que no repose en la diferenciación, es decir, que avance en el pluralismo hacia nuevas formas de eticidad que hagan la convivencia al menos viable. Ello implica, lógicamente, abandonar el ideal, el deseo, igualitario. La dinámica del progreso lo único que ha provisto empíricamente al respecto es una aceleración en la diferencia. Una respuesta realista debe conducir al manejo de la diferencia hacia unos cauces pacíficos y benévolos.

A la solución cínica que plantearon los “trilaterales” (los grandes poderosos del mundo, que año a año se reúnen para acordar los caminos por los que se desenvolverá el desarrollo y el poder mundiales) en 1995, a través de la fórmula del 20/80 (20% de la población integrada al mundo de la producción, y el 80% sobrante, supernumerario, mantenido adormecido en el tittytainment o “entetanimiento”, respecto del cual la droga es lógicamente funcional, siempre que se lleve por determinados cauces a la calma introspectiva o lobotómica y no a la estimulación), y que deriva en la propuesta “realista” de que sea el Estado, en conjunción con las grandes corporaciones, el encargado de suministrar gratuitamente la droga para bajar el delito; puede oponérsele la propuesta denominada arqueofuturista, acerca de un retorno a los valores arcaicos, que generará una economía de la doble velocidad, en que coexistan dos tipos de comunidades: una de carácter tradicional y arcaico, volcada a la tierra y la producción primaria, y otra en la que subsista el esquema de desarrollo tecnocientífico, volcada al cielo, pero también tamizada por una recuperación de los valores arcaicos, de armonía con el entorno, de restitución de lo que se consume, de restauración ambiental, de mesura y autocontrol en los deseos y en las expansiones, que sea la encargada de proveer a la otra de los avances que sean útiles para una vida más sencilla; pero siempre desde una concepción cíclica y aleatoria de la historia, que desate las mayores libertades creativas en el hombre, pero alejándolo de las tentaciones utopistas del progreso.

En fin, las soluciones pueden ser muchas, y el debate recién se ha abierto. El colapso de un sistema está próximo, y ya desde hace tiempo se hacen visibles los signos del agotamiento. El paradigma individualista-universalista, igualitario-progresista ha de dejar paso a otra cosa. Y ello no es una cuestión de decisión, y es tiempo de que el hombre se humildice (“humille” es un poco fuerte, aunque es el verbo que nos proporciona el español para hablar de adquirir humildad) un poco más en cuanto a su protagonismo en los grandes procesos de la historia, de los que es objeto pero raramente generador. Que se vuelque sobre el mundo de lo real, y abandone el mundo de lo deseado. Que como en Matrix, elija tomar la pastilla roja, y finalmente abra los ojos.

Nuestro país es muy propicio para un retorno a lo concreto. Para un retorno a la tierra. Enormes extensiones permanecen inexplotadas. Las llamamos áridas, las denominamos desiertos, como un siglo y medio atrás llamábamos a nuestras actuales feraces llanuras agrícolas. Sólo se trata de formas de mirar. Lo han comprobado sobradamente los israelíes en el Néguev, y año a año se multiplican los hallazgos de la botánica acerca de especies propicias para crecer en ambientes hostiles y generar ecosistemas protectivos de otras especies más sensibles, así como también los avances en aprovechamientos del agua y en uso de energías alternativas que abundan en esas regiones. De una vez por todas debemos elegir dejar de copiar modelos en decadencia, y ponernos a la cabeza en la gestación de un nuevo sistema. Un sistema que realmente, y no idealmente, nos contemple y nos contenga a todos.

12 comentarios:

goolian dijo...

Reforma agraria !
Expropiación de tierras malvendidas a extranjeros !
Creación de chacras pequeñas para reubicar grupos familiares del conurbano bonarense !
Una hectárea por cada arma entregada !
Revivir a los hermanos Graco !
Es casi una utopía anarquista pero no sé si la solución no está tan lejos de eso.
Yo no veo al Iluminismo como algo malo, usted me parece que lee mucho al último Heidegger.
Después de todo las primeras filosofías materialistas, como el atomismo de Demócrito de Abdera y el hedonismo de Epicuro, mal entendido ya que era un abrazar el presente con alegría; fueron inventos de la tierra de las aceitunas, las playas y el sol del Egeo. Pero el platonismo primero y el cristianismo después se ocuparon muy bien de ocultar y perseguir.
Como bien apunta Michel Onfray en su genial "contrahistoria de la filosofía".
EL pluralismo exacerbado de las "tribus" también puede ser pensado como una reacción frente a la monocultura que impone la globalización de la economía. Un sólo producto, más sencillo y un sólo consumidor más tonto, hacen que se vendan Big Macs en Detroit y en Beijing.
Pienso en el movimiento "slow food" o "slow life" o el france´s Boubé como respuestas a eso.
Pero la delincuencia de nuestro país, que se parece cada vez más a las "maras" centroamericanas, es una cultura tribal que si bien también me parece reactiva tiene su costado siniestro.
El vivir el presente para consumir paco no es ser un maestro zen, es ser un perejil de descarte para del sistema o en el mejor de los casos un votante del clientelismo.
Hay que volver al federalismo, hay que reformular la distribución agraria, hau que bregar por un laicismo absoluto con educación científica para todos.
ME parece bah!

El Torrero dijo...

Estimadísimo Inceptor:

Sus entradas en el blog nunca defraudan; esta última resulta admirable. Don Manolo Kant, que alguien llamó "dentólogo furioso", no sólo no sacó de nuestro único mundo para llevarnos al del deber ser, donde su Yo trascendental obraría como un rey filósofo capaz de dictar la constitución global ideal, el "derecho cosmopolítico" (est es, el que actualmente sufrimos), sino que también nos colocó en el camino progresivo y progresista de la perfección, salvo la enorme minucia de que nunca nos dijo en qué consiste esa perfección, surgida en su universo de apariencias, que deja a moralistas y juristas colgados del gancho de una idea del deber porque sí, es decir, suspendidos de la Nada. Fritz Nietzsche llegó después para revelarnos que la Nada, y el nihilismo que se empeña en hacerla algo, serían el tema permanente de nuestro tiempo. La Europa poscristiana de nuestro tiempo -con su Corte de Estrasburgo que se empeña en descolgar crucifijos de las escuelas italianas, porque la visibilidad de cualquier fe molesta a su tolerancia- demuestra que Fritz también vio claro al describir al nihilismo como un subproducto del cristianismo. Y todo eso lo desarrolla su post precisa y sintéticamente, para ejemplificar una de las subsidiarias de tal proceso: las tribus del delito. Excelente

Muñeco de Basural dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Muñeco de Basural dijo...

Excelente, como siempre. Tus escritos son exigentes, se necesita estar muy lúcido para analizarlo.

Amigo Goolian, tanto tiempo!. Estoy de acuerdo con su propuesta de una reforma agraria y descomprimir el conurbano, enviando grupos familiares a cultivar la tierra.

Por supuesto, nos enfrentamos al problema de siempre: lo urgente y lo importante.

Gente sin conocimiento, necesita un soporte en tal empresa, que un Estado "presente" podría dar. Guiando a los nuevos colonos en la comprensión de los arcanos agroganaderos. Básicamente, aprender que sin agua la lechuga se muere, y que metiendo dos chanchos de diferente género (macho y hembra, of course) en un chiquero, por algún motivo genera una piara a unos cuantos meses.

Si para un anarquista esta solución con apoyo estatal no es válida, podemos aprovechar los conocimientos de los agrogarcas. No un Grobocopatel que está en otra cosa, aunque podría poner la guita seguramente.

Estoy pensando en chacareros, voluntarios de las cooperativas agrícolas que pueblan nuestra Pampa. Y que tengan ganas de enseñar a un villero (tanto los laburantes como los ex-vagos, ex-Plan Trabajar, ex-adictos) a trabajar la tierra y ganarse el mendrugo.

Difícil, pero no imposible.

Una variante sería esta: entrar a la villa y preguntar quién quiere ir a trabajar al campo, recibiendo tierra, semilla, herramientas, asistencia técnica de ing agrónomos y veterinarios, etc.

A los que aceptan se los sube a un colectivo a colonizar. Y al resto se lo prende fuego, por vago. (No es muy progre...)

Saluti,
Muñeco

Destouches dijo...

Un artículo magnífico y altamente sugestivo. En algún comentario a un post anterior, intenté desarrollar la idea de la transición al mundo de la realidad integral o hiperrealidad, propia de nuestro tiempo (es decir, aquélla que lleva a sus máximas posibilidades las aspiraciones idealistas mediante la "creación" humana del mundo, ya no en el plano metafísico sino en el técnico). La realidad ha ocupado todo intersticio, ha llenado el mundo, pretendiendo abrogar toda alteridad, toda escapatoria a lo material en lo simbólico, lo ritual, en el mito y la metáfora. Se trata de una versión tecnificada de las ilusiones progresistas e iluministas del fin de la historia. En todos los casos, subyace el mismo principio: el deseo de dominar el mundo real para transformarlo de acuerdo a imperativos "humanos", la insatisfacción de la conciencia ante lo que atisba como un fracaso, el rechazo de ese mundo real que no es como debería ser, finalmente la huida de lo real en lo virtual y lo hiperreal.

Lógicamente hay algo irreductible en el hombre: su carácter dual, su necesidad de alteridad. Por eso, por todos lados aparecen manifestaciones de desafío más o menos violentas al proceso de homegeneización en curso. El hombre quiere escapar del mundo "ideal" concebido por los racionalistas del siglo XVIII y llevado a la práctica por todas las ideologías "transformadoras" que han abrevado de esa tradición. Ese neotribalismo que usted menciona es reflejo de esta reacción, que por el momento adopta un carácter esencialmente nihilista, "negativo".

Es posible que el mundo del futuro sea menos normalizado y homogéneo de lo que la ilusión liberal está dispuesta a creer. En ese contexto, creo que es interesante la propuesta de Gray, que él denomina "modus vivendi", según la cual el buen gobierno no puede pretender imponer una justicia absoluta y homogénea, de acuerdo al modelo liberal rawlsiano (y a su correlato, la ideología de los derechos humanos), sino que debe aceptar el hecho de la pluralidad como algo irreductible y volver a la política de gran estilo, caracterizada por la negociación permanente basada en el respeto de las posiciones contrarias. Es decir, menos derecho y más política, para decirlo con una fórmula algo simplificada.

Yo también advierto, como goolian, algunas influencias del último Heidegger, que admito son mis propias influencias. Pero también aquella otra -fundamental- de Nietzsche. En el momento en que el fin de la historia de los marxistas y los liberales se nos empieza a revelar como lo que, en realidad, fue, una ilusión, quizá estemos en condiciones ("maduros" como decía el propio Nietzsche) de comprender su idea fundamental: el eterno retorno, la regeneración permanente de la "tragedia" humana.

Mensajero dijo...

Después de leer este post me llevo tarea para el hogar, mucho para leer, mucho para reflexionar.
Pero vamos con las asociaciones inmediatas:
¿Existirá vida después de la posmodernidad?
¿No será, como intuyeron varios, el objetivo inconciente (tanatos) de la especie su propia destrucción?
Aún esa esperanza de futuro (Eros), en su forma más radicalizada postula el fin, la superación de lo humano.
"Los filósofos transhumanistas argumentan que no solo existe el imperativo ético perfeccionista de tratar de progresar y mejorar la condición humana, también es posible y deseable para la humanidad el entrar en una fase de la existencia posthumana, en la que los humanos controlen su propia evolución. En tal fase, la evolución natural sería reemplazada por el cambio deliberado".
Es verdad que el término filósofo le queda grande a la inteligencia transhumanista (échele un vistazo a la entrada de Wikipedia sobre transhumanismo, se va a divertir), a lo sumo pueden considerarse lobbystas de un futuro.
MIentras tanto yo intento avanzar en una comedia futurista, cruza de "El día de la Bestia" con "Frankenstein" y que puede vislumbrsrse en la siguiente sentencia: debemos crear a Dios o nunca habremos existido.
Que la fuerza nos acompañe.

Occam dijo...

Goolian: Me imaginaba una interpretación así de su parte. Empero, debo decirle que no me he adelantado tanto como para sugerir algo semejante a una reforma agraria. Tan sólo me parece, y por eso lo apunto, que no puede seguir buscándose la solución en una ampliación de las fuentes de trabajo y del sistema educativo metropolitanos para comprender las masivas inmigraciones internas y externas que componen la macrocefálica megaurbe Platense-Porteño-Rosarina, y que tienen además una dinámica de nacimientos acelerada y cuantiosa. Cada vez que hablan de "urbanizar", o de "regularizar", o de construir viviendas en esta megalópolis del tamaño de Bélgica, me da escalofríos.
Los países latinoamericanos han respondido mal, o directamente no han respondido, al proceso de migración del campo a las ciudades, que aquí ha sido más tardío que en otras partes. A movimientos y saturaciones incontroladas no hubo más respuestas que las contingentes, y una industrialización inviable.
Es hora de recuperar el fuego creador de los antiguos tiempos, y volver a fundar ciudades, ganarle al desierto. Gobernar es poblar, dice el adagio. Acá no se puebla; se amontona. Acá no se gobierna tampoco.

Por supuesto que adhiero a su percepción acerca de lo siniestro de la tribalidad delincuente. Sobre tal fenómeno, el de la pluralidad intrasocial, no se hacen juicios de valor (como sí hacen algunos autores, como Giovanni Sartori, en sentido positivo), sino solamente una observación imparcial. Bien que se aclara que, como toda etapa de transición en el cambio, es probable que encuentre algunas manifestaciones de lo peor del hombre.
Ciertamente, que si bien el reencantamiento del mundo es una idea ciertamente hermosa, y una reacción espontánea frente a tanta virtualidad, no toda forma de "vivir el presente" puede ser atractiva o aceptable. Es más: puede ser directamente excecrable. Ello es hoy así, y así ha sido siempre.

Mis cordiales saludos, y gracias por su agudo comentario.

Occam dijo...

Estimado Torrero: Honradísimo por su visita y sus conceptos.

Mis cordiales saludos.

Occam dijo...

Muñeco: Veo que usted está saltando estas etapas engorrosas previas, y ya está puesto de lleno en el diseño conceptual de una alternativa de convivencia y de viabilidad a este desmanejo en que se ha transformado el "desarrollo".
Lo seguiré con entusiasmo en sus evoluciones y correcciones ulteriores. Manténgame al tanto. Por ahí, también se me ocurre alguna cosa que aportar.

Mis cordiales saludos.

Occam dijo...

Destouches: Brillante comentario. Vea usted cómo las contradicciones del progresismo llegan hasta el absurdo. Hablando el otro día con una persona que trabaja en cuestiones asistenciales del menor y la familia, ella me decía que en el mundo actual, hay dos tipos de parias despojados de todo derecho y de toda garantía (principio de inocencia, debido proceso, etc.), que son los sospechados de delitos lesa humanidad y de participaciones, encubrimientos, etc., por un lado, y los sospechados de abusos sexuales o violaciones a menores, por el otro.
Pues bien, el think tank oficial, que se manifiesta a través de Canal 7 y del Canal Encuentro, mientras fustiga grandemente contra los primeros, ha salido últimamente a presionar a la Corte Suprema por el atendimiento a la pluralidad cultural en el caso de las violaciones de niñas/mujeres menores de 12 años en algunas comunidades del Chaco salteño pertenecientes a lo que hoy se denomina "pueblos originarios", con el argumento de que para su cultura la sexualidad no es una cuestión etaria, sino fáctica, que manifiesta la "aptitud" a partir de la menarca.
En Gran Bretaña las comunidades islámicas, que regulan su vida a través de la sharía, están presionando para que se les cree un fuero específico y exclusivo, en atención a las particularidades de su modo de vida, el cual está reñido en gran medida con algunas liberalidades y permisiones de las costumbres occidentales, etc.

Después sigo. Me tengo que ir ahora. Pero le mando un abrazo, y le agradezco su comentario.

Estrella dijo...

Será por todo esto que uno a veces se siente tan inactivo en un mundo en marcha vertiginosa.

Si dan ganas de de ubicarse en un costado, pero la corriente nos arrastra, derecho hacia la contraola.

Quien pudiera hacer la plancha, aunque sea por un rato.

Muy bueno, occam. Para releer y subrayar.

Occam dijo...

Estrella: Muchas gracias por su cordial comentario. Moverse a gran velocidad, evitando el ocio, produciendo, consumiendo, "aprovechando el tiempo", es también una forma (ciertamente, no la más agradable para mí) de hacer la plancha, por lo menos, en este río frenético del progreso.

Mis cordiales saludos.