miércoles, 9 de diciembre de 2009

Virgen, Madre, Diosa

ALGO ASÍ COMO UNA GENEALOGÍA

Robert Graves nos cuenta en “Los Mitos Griegos, Volumen 1” (The Greek Myths, Volume 1, editado originalmente en 1955, revisado en 1960, y publicado en español por Alianza Editorial a partir de 1985 –yo tengo la edición impresa en Madrid en 2001) que la religión matriarcal primitiva de los pelasgos (los primitivos habitantes de la Grecia prearia), y en consecuencia, todo su orden social, estaba incardinada en torno a la Triple Diosa, en cuanto creadora y motor casi exclusivo del mundo. La Triple Diosa, asimismo, se identificaba con la Luna, a la que se le otorgaban poderes gravitantes para el crecimiento de los seres vivos, en particular, los cereales, y más en particular aun, la sagrada cebada.

A la Luna se le adjudicaba la potencia para hacer llover, la generación del rocío, y se emparentaban los ciclos de crecimiento de los vegetales con sus etapas: un crecimiento moderado en la luna nueva, un crecimiento decidido con la luna llena, y una detención del crecimiento con la luna menguante. Esas tres etapas eran las que daban lugar a las tres personificaciones de la divinidad: doncella, ninfa y vieja fea. El tres fue el número sagrado, tres eran las estaciones (al comienzo del año boreal aparecen las hojas y capullos, en su esplendor las flores y luego los frutos, y finalmente sobre el final deja de producir) y tres también las personificaciones alternativas de la Diosa, como doncella del aire superior, ninfa de la tierra y las aguas y anciana del mundo subterráneo.

Edvard Munch, Las tres edades de la mujer (1894)

Rápidamente, se emparentó esa potencia maternal primigenia con la supremacía natural, social y política de la mujer sobre el hombre, y se identificó el ciclo menstrual (por lo común, de 28 días) con el ciclo lunar, así como el período de preñez también halló coincidencia plena con los 10 meses lunares ó 40 semanas. De tal forma, al año solar de 364 días, se lo podía dividir fácilmente en 13 meses lunares iguales de 28 días. Esa disposición de 13 meses persistió en ciertas poblaciones rurales aún un milenio después de haberse implantado en toda Europa el calendario juliano de 12, y todavía puede rastrearse en la Gran Bretaña medieval. El mes treceavo era el mes de la muerte del Sol (cuando su presencia declina a su mínima expresión, previo al solsticio de invierno, el día más corto del año), y por lo tanto, desde esos remotos orígenes, el 13 se ha emparentado con la desgracia o la mala suerte.

Como el ciclo de rotación de la Tierra alrededor del Sol, en realidad tiene 365 días y unas horas, el día adicional se intercaló entre el último día del último mes y el primer día del mes que daba inicio al nuevo año. En ese día, se elegía al rey sagrado que iba a acompañar a la reina y sacerdotisa de la Triple Diosa por un año (a veces, podía ser solamente por 6 meses, hasta el solsticio de verano, a veces hasta 2 años), y se sacrificaba al rey saliente, que como el Sol, tenía una muerte ritual, con degollamiento, descuartizamiento y dispersión de sus partes y su sangre por los surcos hechos en la tierra para la siembra. Cuando el rey, por algún motivo, o por la gracia de la sacerdotisa, sobrevivía un tiempo más que cada ceremonia de siembra o de cosecha, se sacrificaba a un niño en su lugar, que a efectos rituales, era designado como su gemelo.

Al sexo masculino se lo identificaba con el Sol, hijo de la Triple Diosa, y la raíz de su inferioridad estaba dada porque el Sol declina y muere cada año, mientras la Luna se mantiene siempre igual, respondiendo sólo a sus ciclos mensuales, sin perder por el transcurso de los meses su intensidad y presencia. Por esa misma naturaleza, mientras la menor de las hijas mujeres de la sacerdotisa se transformaba en su sucesora, y el resto de la hijas mujeres en ninfas de los principales colegios, todos los hijos varones de la sacerdotisa y de las ninfas vivían solamente hasta el primer solsticio de invierno, y eran en él (al cabo de un año como máximo) sacrificados, descuartizados y devorados crudos por el resto de las autoridades religiosas femeninas que acompañaban a la sacerdotisa o a las ninfas.

Claro que en algunas partes de ese mundo bastante uniforme, que comprendía en sus costumbres y la adoración universal a la Triple Diosa, no sólo Pelasguia (la actual Grecia) sino también Creta, Chipre, Palestina, Judea, Lidia, Libia y se prolongaba hasta Babilonia y Egipto (conocida como Ishtar, Astarté, Inanna, Astaroth, Cibeles, Isis, etc.); y por Occidente, a casi todo el Mediterráneo insular y peninsular; tan severas normas se relajaban un poco, y las sacerdotisas y ninfas buscaban en secreto, encariñadas con su varón, alguna hija entre las campesinas para adoptar, a la que daban a cambio su pequeño vástago, o reemplazaban a la víctima propiciatoria por un pequeño cabrito, al que envolvían en las mantas del bebé y calzaban con sus sandalias. Sin embargo, esos engaños eran severamente penados por la Diosa Madre, con una severidad tal que podía determinar el hambre, la peste y la desgracia a toda una tribu.

El otro argumento de superioridad en este mundo matriarcal, que tuvo vigencia casi hasta la llegada desde las llanuras del Danubio, por el Norte, de la tribu aria de los aqueos (hacia el 1.800 a.C.), con sus armas de hierro, sus caballos y carros y sus dioses varones, radicaba en la capacidad de fecundación “espontánea” de la mujer, por acción del viento, o de un río, o de un insecto que se metió accidentalmente por su boca. Avanzada la observación de los fenómenos naturales, se pudo establecer que, en realidad, solamente las yeguas ibéricas tenían esa capacidad de ser fecundadas por el viento (como todos los caballos en el mundo de la Triple Diosa, tienen un carácter divino, pues las marcas que huellan en la tierra en forma de media luna, son precisamente, el signo de la divinidad).

En cambio, la mujer necesita del hombre para crear vida. Aunque claro, su necesidad es menor, y siendo el hombre claramente inferior, sojuzgado en el terror supersticioso por la fuerza de esa Luna tan temida y presente, y por las muecas y máscaras de Gorgona que utilizaban las sacerdotisas y los poderes sobre la vida, la muerte, el hambre y la enfermedad que tenían con sus artes y con la inspiración y el favor de la Diosa, era para todo el proceso solamente un instrumento, tal como un mondadientes o un peine, sin voluntad y sin sello distintivo.

En fin, admitida oficialmente la relación entre el coito y el parto, el estatus masculino, más allá de las disquisiciones que efectuaban las sacerdotisas para perpetuar su sagrado poder, comenzó a mejorar gradualmente. A partir de entonces, fue que comenzó a seleccionarse un marido sagrado anual para sacerdotisas y ninfas, que surgía de pujas o campeonatos, y que, como se dijo, era sacrificado al cabo de su reinado solar.

Desde mucho antes de ello, la organización matriarcal determinaba que los hombres vivieran agrupados en colegios, cada uno bajo el auspicio de un tótem animal (los centauros en la Hermandad del Caballo, los sátiros en la Hermandad de la Cabra, los hombres-león, los hombres-leopardo, los hombres-delfín, los hombres-foca, etc.), y las mujeres agrupadas, separadas de los hombres, en sus propias hermandades (por ejemplo, el Colegio de las Ninfas de los Peces). En cada fiesta agraria, las mujeres bajaban a los valles y se citaban con alguna de las hermandades (cuidando de distribuir sus favores de manera equitativa entre los colegios totémicos a lo largo del año, de forma tal de evitar enfrentamientos). Allí tenía lugar una orgía, en la cual cada mujer seleccionaba a sus ocasionales amantes, los que en general no eran menos de media docena en esa noche de frenesí, de forma tal, que era siempre imposible determinar el padre de la criatura. Una vez nacida la criatura, si era mujer, quedaba en el colegio de las mujeres; y si era hombre, se le daba para su educación al colegio de los hombres que hubiera correspondido en la fiesta en que se produjo la fecundación (con la excepción de las víctimas propiciatorias ya mencionadas, hijos varones de la sacerdotisa o de sus hijas-ninfas).

La Triple Diosa, como en las religiones del Medio Oriente, se representaba en forma anicónica, es decir, prescindiendo de figuración. Sin embargo, en esa primitiva época, la representación por lo común consistía en un cono de color blanco (difundido principalmente por el omphalos del Oráculo de Delfos, conocido como el ombligo del mundo), a veces redondeado en su vértice, o mocho, que no es más que la transcripción simbólica de las representaciones originarias: “un montón de cenizas blancas cubriendo el carbón al rojo, que es la forma más sencilla de mantener el fuego sin humo. Más tarde se identificó pictóricamente con el montón encalado bajo el cual se escondía el muñeco protector de la cosecha del maíz, que se sacaba ya germinado en primavera, y con el montículo de conchas marinas, cuarzo o mármol bajo el cual se enterraba a los reyes” (Graves, op. cit., p. 15). Esa forma cónica, por lo común coronada por el círculo de oro que representaba a la Luna, ha pervivido en la iconografía europea por más de cinco milenios, probablemente más de seis también.

Más adelante, definitivamente establecido el sistema patriarcal, con los dioses olímpicos y la entronización absoluta de Zeus, el culto de la Triple Diosa persistió de manera clandestina, o bien marginal, en los confines de la zona de influencia griega, pero fuertemente arraigado por su carga mágica directa, vinculada con la fecundación, la prosperidad, la tierra y la salud. En la costa Norte y Este del Mar Negro, por ejemplo, más al Oriente de Troya, y hasta Cólquide, se levantaban hasta en épocas históricas templetes octogonales que albergaban a la imagen cónica blanca, ya con rostro, envuelta en un manto azul, que simboliza el dominio del cielo, y con la aureola dorada de la Luna en su vértice, tal como nos lo cuenta el mismo Graves en otra obra muy recomendable, titulada El Vellocino de Oro, y que narra las querellas entre los sistemas matriarcal y patriarcal que se dieron entre los pelasgos y los griegos.

El octógono es una figura de enorme difusión en el mundo europeo tradicional, y resulta retomada por la Iglesia Católica, como forma arquitectónica resultante de la unión con líneas rectas de todos los vértices de una cruz equilátera. También llamada, precisamente, "cruz griega". El Baptisterio de San Juan en Florencia, a las puertas de la Basílica de Santa Maria dei Fiori, es un ejemplo claro al respecto.



A propósito de esa mención, la soberbia cúpula del Duomo florentino consagrado a la Virgen, diseñada por Miguel Ángel, es otro ejemplo suficientemente ilustrativo.



En el panteón que finalmente se acordó para el Olimpo, en el cual los aqueos impusieron su poder militar, se negoció una distribución equitativa de lugares entre dioses masculinos y femeninos. Sin embargo, los femeninos, que eran en todos los casos diversas manifestaciones de la Triple Diosa, quedaron subordinados al poder de los masculinos, a veces incluso con bastante mala fe: por ejemplo, Afrodita, que representa a la Triple Diosa en su personalidad de ninfa o luna llena, fue casada por la fuerza con el contrahecho forjador y dios de la metalurgia Hefesto (afectado de envenenamiento crónico por arsénico, lo que genera cáncer en la piel y deformaciones óseas, y que se utilizaba para endurecer el bronce, de forma tal que era una enfermedad generalizada en el gremio de los herreros).

La Triple Diosa en su forma anciana o luna menguante, es transformada en Hera, la celosa, implacable, despechada y bastante odiosa esposa de Zeus, patrona de los héroes (como el caso de Heracles, hijo de un amorío de Zeus, y por lo tanto, hijo del dios padre pero ajeno a Hera, al que sin embargo la diosa amamantó dormida o contra su voluntad, pero como el pequeño succionó demasiado fuerte, se formó un río de leche que dio origen a la Vía Láctea).


No hace falta aclarar demasiado en cuanto a la atribución de semejante carácter y recelo para con la Triple Diosa en su función más sacerdotal. Finalmente, la Triple Diosa en su personificación como doncella o luna nueva, que en muchos lugares era conocida como Marianne, fue transformada en Ártemis o Artemisa, la diosa virgen de la caza, y adorada asimismo como diosa de la fertilidad y de los partos, porque según algunos mitos había ayudado a su madre Leto en el nacimiento de su hermano gemelo, Apolo.

En muchas partes, y sobre todo en Asia Menor, el culto de Artemisa alcanzó gran reputación, y fue motivo de turbación de los primeros predicadores cristianos, por ejemplo, ante la ardorosa y decidida defensa de la diosa que hicieron los herreros efesios, según cuenta San Pablo en Hechos:19:28: “Cuando oyeron estas cosas se llenaron de ira, y gritaron, diciendo: «¡Grande es Diana (Artemisa) de los efesios!».”


Como curiosidad, podemos citar que Marianne es, en la mitología laica de la República Francesa, la figura alegórica que personifica la madre patria, y que por tanto goza de las características de fogosa, guerrera, pacífica, alimentadora y protectora. Se la simboliza con un gorro frigio en la cabeza.

Modernamente esa representación, se ha intentado, comprenda la simbolización de la Europa Unida, como lo ha hecho la producción fotográfica de la revista alemana Der Spiegel Nº 22 del 29 de mayo de 2000.


Durante este Año 2009, el 8 de diciembre fue el último día de la luna nueva, o de la doncellez de la Luna. A partir de hoy, la luna comienza a crecer, y vuelve a su infancia recién el último día de este año. El 25 de septiembre fue el último día de la luna llena, o sea, de la Luna ninfa o mujer fértil, a partir del cual comenzó a languidecer. El 8 de mayo fue el último día de la luna menguante, o sea, de la vejez de la Luna, a partir de cuando comenzó nuevamente su infancia.



El 25 de septiembre es el día de la Virgen del Rosario de San Nicolás, la última que hizo su aparición en la Argentina, en 1983. Ese año, el 25 fue domingo, y regía la luna nueva o Luna doncella. El 8 de mayo es el día de Nuestra Señora de Luján, patrona de la Argentina, aparecida en 1630 y coronada en 1887. En su representación icónica en los vitrales de la Basílica, aparece con la luna a sus pies.



En la Argentina, el culto mariano tiene una enorme relevancia, por momentos mayor que la de cualquier culto patriarcal, que se proyecta, incluso, a una de las teorías sobre la inspiración original de la bandera en su manto azul sobre vestido blanco.


17 comentarios:

Destouches dijo...

¿Qué decir? Un post soberbio por su erudición y agudeza. Uno de los aspectos más encantadores y apasionantes de la obra de Graves es comprobar hasta qué punto se encuentra omnipresente en los dramas humanos antiguos (y en los modernos también) esa imperecedera rivalidad entre hombres y mujeres. "Los Mitos Griegos" es una obra imprescindible. Confieso que no he leído aún "El Vellocino de Oro", que me fue recomendado con énfasis. Voy a ver si lo consigo en alguna librería (tarea que anticipo bastante ardua). Un abrazo.

Occam dijo...

Destouches: Muchas gracias por su comentario. Es interesante apreciar cómo el matrimonio es una creación de las sociedades patriarcales, a efectos de garantizar la descendencia patrilineal, mientras que las matriarcales se manejaban socialmente por grupos homosexuales (en el sentido sociológico del término, aunque algo de la pervivencia de las viejas costumbres se ha visto en Lesbos ya en épocas históricas), que sólo se encontraban con sus complementarios esporádicamente y al solo efecto reproductivo.

Un abrazo, y no deje de leer el Vellocino. Le va a gustar.

Almafuerte dijo...

Fascinante la evolución desde la historia hacia la forma.

Desconocía por completo este vínculo primitivo, pese a que en historia de la arquitectura uno se cansa de ver, analizar y dibujar los templos octogonales, la planta en cruz griega, las cúpulas, etc.

Me pregunto cuántas formas clásicas tendrán una génesis primitiva similar. Por lo general desde la teoría arquitectónica se hace más hincapié en relacionar el contexto cultural con la tecnología disponible en cada época, como mucho. Pero ésto es misterioso y fascinante, porque son trazos de una antigüedad perdida con la que aún hoy estamos conviviendo sin saberlo: "y la virgen pasó haciendo aladelta".

Saludos!

Muñeco de Basural dijo...

Este estupendo post me hace acordar a la película Zeitgeist. No la vi todavía tranquilo y entera, pero los que consideran es un ataque a la Santa Iglesia Católica se tienen que esmerar mucho para refutar las conexiones que hace en su primera parte, cuando explica la relación entre la simbología zodiacal con la simbología cristiana.

Me gustaría mucho saber cuál es tu opinión respecto a esta película, que al no haberla visto completa no la puedo clasificar como "chamuyo" o "turbadora".

Saluti,
Muñeco

Occam dijo...

Almafuerte: Muy bueno su comentario. Esconde un trasfondo poético, que es lo que en verdad anima a toda pasión por adentrarse en el vértigo de la forma. Es la poesía, el símbolo, y no la materia, el origen de la forma.

Mis cordiales saludos.

Occam dijo...

Muñeco: Yo todavía no la vi ni completa ni incompleta. Es más: acabo de enterarme por su comentario de la existencia de la película. Voy a tratar de verla próximamente, para poder opinar al respecto.

Mis cordiales saludos, y gracias por su comentario.

Mensajero dijo...

Hermoso recorrido de uno de los arquetipos más antiguos de la humanidad.
Un símbolo que se ha materializado en incontables formas (y lo seguirá haciendo) a lo largo del tiempo.
Muy interesante el derrotero que nos presenta, desde la era de los primeros dioses hasta su discreta reencarnación argentina.
La Triple Diosa sobrevivirá a sus lamentables banalizaciones.
Ha sido la bandera de grupos feministas, es uno de los tantos caballitos de batalla de mediocres escritores new age, e imagino que habrá más de una terapia de autoayuda o neoreligión basado en él.
A partir de su post se me ocurrió guglear "graves+jung" y encontré esto:
http://www.jstor.org/pss/3847346
Una puntita que me dejó con ganas de manotear la tarjeta.
Saludos.

Occam dijo...

Mensajero: La página que usted recomienda es ciertamente sugestiva. Conocía esas objeciones que desde el estudio de las antiguas religiones (al que le llaman mitología) le han hecho a las figuras giegas tomadas por Freud.
Yo soy particularmente respetuoso de aquellos fenómenos o entidades que trascienden tan fuertemente los tiempos, las épocas y hasta las cosmovisiones imperantes.
El catolicismo es la única religión moderna y "monoteísta" que conserva una deidad femenina, es decir, una manifestación del principio femenino en el universo. En tal sentido, se demuestra particularmente respetable y atractivo.
Ha sabido decir Dalí, en una aguda observación, que él era católico pero no cristiano, advirtiendo los profundos cimientos de las primitivas religiones europeas que subyacen a los dogmas religiosos formales.
Yo por lo pronto, manifiesto un profundo sentimiento tanto por la Virgen de Luján como por la Virgen del Rosario de San Nicolás. A ambas las he visitado este año.

Mi cordial saludo.

El Torrero dijo...

Estimado Inceptor (ahora revelado):
Muy buen post, con su mordiente incluido. No conocía esa obra de Graves. Como dice bien Destouches (ahora también revelado) la oposición masculino/femenino recorre toda la peripecia humana. Me parece imprescindible traer a colación, en este punto, a Bachofen (con todos los ajustes que requiere), cuando estableció tres presupuestos: a) para comprender el derecho, y más ampliamente cualquier manifestación de la cultura de un pueblo, hay que rastrear sus sueños originarios (sus mitos; ) los símbolos a través de los cuales se expresan los mitos representan experiencias primigenias de lo sacro; c) entre esos símbolos, se destacan ante todo los que corresponden a la oposición masculino/femenino. El matrimonio como forma jurídica toma relevancia no por el objetivo de procreación (que obviamente no lo requiere) sino por el establecimiento ya matrilinear ya ptrilinear del parentesco y, por lo tanto, la fijación anticipada de la pertenencia y el status de las generaciones venideras (de allí que romper esa forma abre profundas consecuencias). Jung, más tarde, convirtió estos "principios" masculino/femenino de Bachofen en arquetipos, postulando el ánimus como principio masculino en la mujer y el ánima como principio femenino en el hombre. Ambos determinarían la atracción recíproca entre los sexos, en que se expresa una tenedencia a la complementación de ambos principios. La mujer se orienta -según Bachofen- hacia lo sobrenatural y milagroso, incluso como manifestación misma de la ley divina, donde las deidades, bajo distintas advocaciones, resultan otros nombres de una Magna Mater (de allí la boutade de Dalí, me parece). Del principio materno deriva la idea de la hermandad universal. Salidos del vientre materno, todos somos hermanos, y alimentados por la madre tierra, tenemos "derecho" a un reparto igualitario de sus frutos. Nuestro pueblo tiene un fuerte ascendienmte matriarcal, rastreable en las tribus indígenas, las huestes conquistadoras y el grueso de la inmigración de cuño mediterráneo. No suficientemente equilibrado con el patriarcal,aquel componente vuelve a nuestra Madre una madre primitiva, que tiende a viciar a su hijos, y éstos a mantenerse en una suerte de pubertad permanente, de puer aeternus, con su zona luminosa de rebelión, entusiasmo, intuición creativa, pero también con una Sombra creciente de facilismo, exhibicionismo, vanidad, desprecio de la mujer y tenedencia al maradoniano exceso. Una eterna promesa (el "destino de grandeza") destinada a no hacerse nunca realidad. Es evidente que, en Occidente, estamos pasando de una organización predominantemente masculina a una predominantemente femenina, e incluso a superra ambas en la indistinción. La separación entre sexo y procreación a través de la fecundación extracorpórea, la aparición de la maternidad por procuración (madre portadora) y los intentos de obtener una seudo gravidez masculina señalan que podríamos estar a las puertas de una real y caótica promiscuidad o indiferencia entre sexos. Y dejo en este punto porque el comentario ya de ha alargado por demás.

Occam dijo...

Estimado Torrero: Interesantísima óptica. Me parece evidente la preeminencia matriarcal por estos pagos, y sus consecuencias son por usted agudamente apuntadas.

No conocía la obra de Bachofen, por lo que agradezco el dato.

Como usted bien dijo, la cuestión está en tratar de encontrar el equilibrio (que generalmente, es tan fugaz como el presente: si éste es una transición entre pasado y futuro, aquél es una transición entre dos desequilibrios en que continuamente la historia pendula) y la complementariedad. Ideas ambas que son puestas en crisis a través de la entrópica eliminación de las diferencias y de la rica diversidad de la vida.

Mis cordiales saludos.

goolian dijo...

Robert Graves fue un excelente escritor y poeta. "Los mitos griegos" es una obra imprescindible.
En "La diosa blanca", también publicado por Alianza, se centra más en la idea de una vieja Europa adoradora de la Diosa como figura divina de la tierra neolítica dadora de vida. Para Graves, que lo mira desde un punto de vista literario, la adoración de la deidad femenina fue la fuente de la poesía.
Un trabajo más riguroso sobre el mismo tema, la europa antigua neolítica y matriarcal invadida por pueblos patriarcales poseedores de armas de bronce y hierro despúes; fue ampliamente tratado por la lituano americana Marija Gimbutas.
Trabajos de Mircea Eliade y Joseph Campbell y Huston Smith más modernamente corroboran la noción de la diosa suplantada por los indoeuropeos adoradores del sol padre.
Se puede ver la historia de la mitologías como la lucha entre "papá" y "mamá" divinos.
El cristianismo al nacer como secta judía conservó muchas cosas orientales que a medida que se iba difundiendo hacia el Occidente y ganado en poder; fue perdiendo.
LA fiesta de NAvidad fue colocada en forma tardía de forma de superònerla a la ya sincrética fiesta romana del "sol invictus", festividad pagana, celta y de otras etnias tendiente a preservar la vida ante el invierno que se avecinaba.
Las pascuas judías y cristianas no coinciden por eso. El calendario judío continúa siendo lunar y así calculan Pesaj. Para el cristianismo la Pascua es el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera boreal. El cálculo cristiano es mixto y por eso no coincide con el judío del que proviene.

goolian dijo...

Sigo, si no les molesta.
Hubo muchisimo sincretismo en el cristianismo al expandirse por europa y buena parte del santoral son reformulaciones de viejos dioses celtas o germánicos. El colmo del sincretismo es San Josafat que no es otro que Sidharta Gautama.
El culto mariano si bien tiene extraños antecedentes heréticos, como los árábigos del coliridianismo que veían en María una diosa; es relativamente moderno.
Las antífonas marianas de canto gregoriano y por ende su culto comienzan a partir del siglo XI y no antes. Se expanden muy rápidamente y en unos siglos llegamos a la incorporación al dogma de la inmaculada concepción, que es muy moderno, de 1854. Finalmente Juan Pablo II hace unos pocos años la proclamó "Corredentora de la humanidad".
Con lo cual la afirmación de Occam de que el catolicismo es la única religión occidental con una diosa femenina es muy atinada.
Monoteísmo real es el islam o el judaísmo.
Será la "diosa blanca" un arquetipo de la humanidad más que su redentora ? Será una imagen del inconsciente colectivo de la que no podemos desembarazarnos por más mundo tecnológico en el que vivamos ?
Seremos tan parecidos a los europeos neolíticos impresionados por la agricultura que renacía con cada primavera ?

goolian dijo...

sin ánimo de ofender y con sumo respeto, ustedes realmente creen en la Inmaculada Concepción y en las apariciones de la Virgen ?

Occam dijo...

Goolian: Muchas gracias por su valiosísimo aporte. Creo que sobre el cristianismo se pone más la lupa que sobre el judaísmo por una cuestión de inmediatez, conexidad y transparencia.
Sin embargo, el judaísmo también ha mutado notablemente con el tiempo, de un politeísmo manifestado en el mismo nombre de Dios, que es el plural del dios fenicio El, y a la utilización de la primera persona del plural en todo el Génesis y en otras partes de la Biblia, a un monoteísmo antropomórfico y tribal, manifestado en una divinidad con forma de hombre de gran estatura, que a veces estaba y otras no (porque no podía estar en varios lugares a la vez), plagado de las debilidades de carácter propias de los humanos (odio, ira, celos), a una suerte de Dios teológico, que recién asoma con las modificaciones efectuadas en el siglo II por los rabinos reformadores en el Talmud, justamente a la luz del colapso que representó el fenómeno del cristianismo.
En esa evolución, se perdieron todas las demás deidades, las femeninas como Astaroth por supuesto también, y lo mismo ocurrió con los árabes, que en su etapa animista previa le prestaban suma atención a la Luna y su calendario.
El cristianismo rescata la entidad femenina en sus primeras confrontaciones espirituales con el mundo griego de Asia, que era justamente el que conservaba mayor veneración por los resabios de la Triple Diosa. Luego, ciertamente, como usted bien apunta, lo deja algo soslayado hasta la Edad Media, tiempo en el cual el sincretismo se acelera e intensifica, de la mano del ingreso al mundo cristiano de los pueblos germanos periféricos.
Siguiendo a Graves y su refutación tanto a Freud como a Jung, no le otorgo relevancia a la teoría del inconsciente colectivo como fundamento de los mitos religiosos. En gran medida, porque Jung, como luego el cristiano F. Max. Müller, consideran que la humanidad evoluciona linealmente como el ser humano animal, y que la edad de bronce y la de hierro coiciden con la infancia de la humanidad, creencia que yo rechazo en absoluto. En gran medida, Max Müller, no pudiendo conciliar sus agudas observaciones y meticulosos estudios de filología comparada con los dogmas de su religión, apunta una observación acerca del idioma que él considera "paradojal": es difícil de entender el grado de complejidad y de avance que tenían las lenguas "primitivas" como el sánscrito, el zend-avesta, el protogermano y el germano antiguo, el lituano, el latín o el griego antiguo, que sugieren un grado perturbadoramente inexplicable de la lengua madre inicial previa a la diáspora de los pueblos indoeuropeos, frente a las simplificaciones y las pérdidas de sentido de diversos conceptos (fundamentalmente, los abstractos) operada en la etapa histórica. Es decir, en ese aspecto, aparentemente, "el niño hablaba como adulto, y hoy el adulto habla como niño", al punto que las modernas creaciones del lenguaje coinciden abrumadoramente con avances tecnológicos, o sea, con la "designación de los juguetes"...

Occam dijo...

Un fenómeno parecido ha ocurrido con la religión, y no puede ello reducirse solamente a la famosa aseveración incomprobable que sostiene -desde Platón- al monoteísmo como un avance sobre el politeísmo, sino que debe extenderse a la profundidad y diversidad de las estructuras míticas, respecto de las religiones que se sustentan sobre la palabra escrita. Siempre, claro está, que el objeto de la religión sea explicar al mundo y a la vida (el mismo objeto que la filosofía). Si en cambio la religión se erige como un medio (y no un fin) de control social o de primacía política, en tal caso las religiones monoteístas del libro serán más eficaces.
Creo que, como en toda la historia subyace la lucha entre sexos, también subyace y se superpone la lucha entre las castas sacerdotal y guerrera. Esto da para profundizar mucho más, y lo haremos en alguna oportunidad más propicia. En esta etapa tan laica, tan escéptica, del humanismo, el triunfo definitivo y evidente, es sin dudas el de la casta sacerdotal.

En cuanto a la cuestión de lo que cada uno cree... Supongo que queda reservada al fuero íntimo de cada uno. Lo único que se puede apuntar, es que hay tantos indicios que sostengan una posición como la contraria. Ello es lo apasionante de la cuestión. Si hablamos de la virginidad como símbolo de la creación sin causa y sin fenómeno generador exógeno, la misma puede resultar refutada por la observación de que la genética funciona con la intervención sexuada, pero ello sólo ocurre en algunos niveles superiores de la vida, persistiendo el hermafroditismo en parte del mundo vegetal, y la generación asexuada en niveles de vida no animales ni vegetales (amebas, bacterias, virus). Aun no está bien claro el principio de la vida, pero parece todavía, a la luz de la ciencia, además de una casualidad muy improbable (aunque la cuestión de las probabilidades cede absolutamente ante la hipótesis de la infinitud del contexto), que en su origen no ha intervenido un "fecundador". De tal forma, que la virginidad, entendida en su sentido simbólico, no está resuelta como problema todavía por la ciencia, o sea, por la razón humana. En tal sentido, es válida su pregunta acerca de si "creemos o no creemos". No hay superioridad racionalista posible en este punto.
Sobre la cuestión de las apariciones, nos manejamos a través de pruebas testimoniales, que es la forma por la que se obtienen todas las certezas históricas y judiciales en los casos más resonantes, últimamente (y hace ya algunas décadas). Claro que yo, para ser consecuente, soy muy remiso a otorgarle mayor valor que el de mero indicio a ese tipo de medios probatorios.

Mis cordiales saludos.

Jordi dijo...

Cada vez somos más los 'cristianos' que tenemos conciencia de que poco hay de histórico en la "historia sagrada", y mucho pertenece al universo mítico. Mezclar historia y mitología es un problema, ciertamente, pues requiere un ejercicio de discernimiento y hermenéutica que pocas veces se ha realizado en el pasado.

Muchos, como yo, no creemos en la inmaculada concepción, ni en la resurrección, la anunciación,... como hechos reales, históricos. Lo encontramos absurdo, no somos tan crédulos, por supuesto. No participamos ya de la llamada 'fe infantil', sino de lo que llamamos 'fe adulta'.

Pues, una vez visto que pertenecen al mundo de la fantasía, nos preguntamos: ¿por qué han aparecido tales relatos? ¿qué llevó a los primeros cristianos a inventarse esas historias?
La cristología, con investigadores como Crossan, ya nos dan explicaciones muy interesantes sobre el tema. Y estudios interdisciplinares(filología-antropología...), incluyendo información como la del interesante artículo del post, hablan de una tradición oral de las primeras cristianas, transmitida proféticamente, pero luego escrita e interpretada por hombres.
Los hombres no crearon esas fantasías, sino las mujeres, y si nos fijamos bien, contienen un trasfondo feminista clarísimo, difícilmente atribuible a ningún varón de su tiempo.

Sólo quiero puntalizar que, de lo explicado en el post, sin embargo, no se sigue que las sociedades matriarcales sean igual de sádicas que la descrita por Graves. Basta con ver la pacífica etnia Mosuo. Si os interesa el tema de los mitos cristianos, o el de los Mosuo, os remito a mi blog:
www.matriarcadocristiano.blogspot.com
(Picando sobre las fotos de la columna derecha: 'Ana profetiza' y 'Los Mosuo')

Me ha parecido muy interesante, tanto el post como los comentarios y el blog.
Saludos cordiales.

Occam dijo...

Jordi: Muchas gracias por su comentario y por sus conceptos para con este espacio de reflexión.
Las sociedades matriarcales han establecido un orden diferente del patriarcal, bastante dirigista si lo vemos desde una óptica moderna, con separación de sexos y sometimiento del varón a través del terror. No escapa, en cambio, la percepción de su "sadismo" (que yo sustituiría por "crueldad") del común de la época protohistórica que se atravesaba, la época de la primera domesticación humana, del comienzo de la moral, como diría Nietzsche. La ley se reafirmaba con severidad, y a ello no han sido ajenas las sociedades complejas de ningún tipo.
Por otra parte, era muy común por esos tiempos el uso de hongos alucinógenos muy potentes para las actividades oraculares y las ceremonias orgiásticas, lo que daba lugar a desenfrenos realmente salvajes. Ése y no otro es el origen de la "ambrosía", por ejemplo.
Claro que con el tiempo, y a medida que la domesticación se consolidaba, los castigos dejaron de ser tan severos y las costumbres en general se atenuaron en intensidad. Prueba de ello, es que en todas partes el patriarcado terminó por desplazar al matriarcado, en el marco de una obtención paulatina de mayores derechos y de una más larga duración en sus cargos de parte de los reyes consortes, que ostentaban poder por delegación de la reina, y que terminaron por rebelarse, como se explica en el mito babilónico de Marduk, cuando parte en dos con su espada a la diosa lunar representada por una paloma. Esa misma diosa babilónica lunar que es Iahu, luego llamada Jahvé por los judíos, pueblo en el cual se experimentó también esa sorda y paulatina revolución.
Lo cierto es que ya nadie ejecuta los contratos en un miembro del cuerpo o en un miembro de la familia del deudor, como lo establecía la protohistórica Ley de las Doce Tablas romana, ni nadie es arrojado al río en una bolsa con un gato y una serpiente por robar dos gallinas, como lo establecía el Código de Hammurabi.
Tampoco hoy día en los carnavales se descontrola la gente durante cuatro días, perdiendo las inhibiciones y luego la consciencia, ni salen los curas y obispos a fornicar alegremente aprovechando los cuatro días "en que Dios cierra los ojos", como explican Norbert Elias y Eric Dunning en La búsqueda de la emoción en el ocio, experiencia que arrojaba, al cabo de semejante bacanal y en plena Edad Media, centenares de cadáveres y grandes destrozos.
El hombre ha desarrollado en su proceso de domesticación una "coraza de las emociones" (ibíd.) que lo hace más estable, más lacónico, más civilizado. Un milenio atrás, para no ir tan lejos, las costumbres del hombre eran inmensamente más brutales, los desenfrenos más descontrolados, las alegrías eran épicas y las tristezas trágicas... No había lugar para la psicología, ni para el estrés, ni para las terapias alternativas.
Ello no tiene que ver con los sistemas sociales, sino con un proceso evolutivo análogo al natural, como lo ha demostrado Konrad Lorenz en sus Consideraciones sobre la conducta animal y humana. La distancia que hay entre el hombre moderno y el antiguo es por momentos similar a la que hay entre un pequinés faldero y un lobo de los bosques.

Otra vez gracias por su intervención, y mis cordiales saludos.