viernes, 27 de noviembre de 2009

Argumentum ad verecundiam





El humanismo sigue confiando ciegamente en la capacidad del hombre de conjurar todos los males que acarrea la existencia. El humanismo del progreso y del crecimiento indetenible, que consume recursos a un ritmo varias veces múltiplo del ciclo de renovación natural; y el humanismo verde, que confía en que un hombre ludita e irenista es el único capacitado para evitar los cambios que operan espontáneamente en el mundo, y garantizar un vergel perpetuo para las futuras generaciones. El humanismo, para decirlo claramente, confía demasiado en el hombre. Luego de derribar el teocentrismo, ha puesto al hombre en el lugar de redentor protagónico. Lo que por otro lado es una gran responsabilidad, entiendo, para la que el hombre no está ni nunca estuvo ni estará preparado. Para los unos, la responsabilidad conservacionista, frente al desmesurado crecimiento demográfico. Para los otros, la responsabilidad cientificista de aportar las soluciones a los problemas. De crear una bacteria que se coma a la basura pero que se detenga sólo en ella. De crear carne artificial para alimentar el mundo (“chuletas de cerdo sin cerdo”, como me dijo alguien alguna vez); de conjurar quién sabe cómo, el desequilibrio en la composición de la atmósfera que aportan los millones de toneladas de carbono arrojadas día a día por miles de millones de automóviles, de chimeneas, de seres humanos; de desalinizar el agua por algún método que no insuma tanta energía como los actuales….

Todo el mundo parece haber sido humanizado, poseído, objetivado, apropiado utilitariamente, parcelado hasta en la más ínfima o ridícula porción (hoy día la lupa de la apropiación se dirige hacia las explotaciones del lecho marino de profundidad en aguas internacionales, que permiten la exclusividad para el explotador de parcelas de 10.000 km2). Y el humanismo se ha apropiado del mundo, al punto que todas las querellas, la delimitación de los bandos en oposición, las ideas alternativas, se dan exclusivamente en su ámbito, y cada vez ese ámbito es más restringido, más pequeño, siempre en camino a la unicidad. La unicidad de lo científico.

El humanismo se soporta en la ciencia, que no es lo mismo que la tecnología. La tecnología es un factor tan natural como el cuerpo. Coexiste con todos los animales desde las colmenas, los hormigueros, los diques de los castores… Modernamente, como claramente expresa John Gray en Perros de Paja (Paidós, Barcelona, 2003, pág. 25), “Las ciudades no son más artificiales que las colmenas de abejas. Internet es tan natural como una tela de araña. Según han escrito Margulis y Sagan, nosotros mismos somos artilugios tecnológicos inventados por antiguas comunidades bacterianas como modo de supervivencia genética… Concebir nuestros cuerpos como naturales y nuestras tecnologías como artificiales es dar demasiada importancia al accidente de nuestros orígenes”.

En cambio la ciencia es una creencia, equiparable a cualquier otra. A la religión o a la moral. Es la creencia en el valor supremo de la razón como parámetro de verdad. Pero la razón es tan limitada como el ser humano que la contiene y la forma. La razón está limitada a lo que el ser humano puede representar del mundo, mediante la limitada captación de sus sentidos. Aquello que está sobre el violeta o bajo el rojo es invisible para el hombre. Como ha reflexionado sabiamente Georg Simmel en el primer ensayo de Intuición de la vida (Caronte, Terramar, ISBN-9789876170024), los límites humanos están en permanente expansión, pero la expansión de los límites nunca implica supresión de ellos, sino la consolidación provisoria de un nuevo límite. Obsérvese que en ese contexto, cada nuevo avance es contemplado como una sólida verdad inconmovible, que luego, años o siglos después, incluso será vista con desprecio, si no con hilaridad o “cruel benevolencia”. Uno puede leer hoy día que la ciencia establece, con un margen de error del 1,5%, la antigüedad del universo (por un proceso de regresión del movimiento centrífugo de las galaxias desde el Big-Bang). O que el número de galaxias es de entre 200.000 y 300.000, y no puede evitar sentirse como en el mundo que Lisa Simpson creó con una muela en un vaso de plástico.

De forma tal que el hombre es de naturaleza limitado, y cada progreso, que al comienzo es interpretado como liberador, sólo conduce a la decepción del hallazgo del nuevo límite.

El hombre está limitado originalmente por su misma vida. Es decir, tiene una vida limitada. Y por más que la humanidad pueda acopiar la memoria, el archivo suficiente como para superar a los restantes animales (como decía Nietzsche, hace miles de años que todos los días, al despertar, el tigre comienza a ser tigre), nunca podrá evadirse de sí misma y de los propios límites que signan al hombre. Esos límites, como han observado pensadores más preclaros, denominados arbitrariamente como antirracionalistas, superhumanistas, etc., están marcados por la propia naturaleza del hombre. Por eso la inscripción en la puerta del templo de Apolo en Delfos, luego adoptada por Sócrates: “Conócete a ti mismo”. Y no está de más recordar que Apolo es el padre de todas las ciencias.

Siempre detrás de todo presupuesto, de todo postulado, y sobre todo, de todo camino de investigación y/o de desarrollo, hay un interés prerracional, instintivo, que rige soberano. La inversión de la barbaridad soberbia del cartesianismo, aquello del Je pense, donc je suis”. Más bien sucede lo contrario. Yo soy, con mis limitaciones, y actúo, y luego procuro explicar y explicarme por qué actué de esa manera.

El límite de la vida, por ejemplo, constituye hoy por hoy y desde hace un tiempo uno de los desvelos más tenaces de la ciencia, que restituyendo la utopía de Condorcet, pretende procurar la inmortalidad en esta vida, luego de haber demolido el concepto de la vida ultraterrena. Distintas técnicas empiezan a aparecer en el horizonte, desde la clonación a la reproducción de la mente —y de la personalidad, cuestión algo más álgida— en un soporte virtual, siempre asociadas con ese desmesurado prestigio que se le da a la razón en orden a la existencia humana. Pero la razón, que es hija de la consciencia, también ha logrado encontrar otro límite. Su propio límite. El hombre realiza una milésima parte de sus acciones cotidianas de forma consciente. El cerebro controla simultáneamente un millón de funciones, del nivel muscular, orgánico, celular, etc., y de ese millón sólo una es consciente. Si la vida se reduce entonces a la razón, o sea a la consciencia, entonces es muy poco vida (una millonésima parte de vida). Tan así son las cosas, que desde antiguo el hombre ha recurrido a distintos métodos para sustraerse de la consciencia en el camino del autoconocimiento. Y acaso, ¿no intenta el psicoanálisis horadar por sobre la mascarada de la consciencia para encontrar los procesos que la conforman?

La prolongación de la vida, que es el camino provisorio en la meta de la eternidad en este mundo que se ha propuesto la ciencia contemporánea, no es otra cosa que la obediencia ciega, prerracional, primigenia y por tanto prioritaria, a un impulso y a un temor: el que surge de la convicción que el humanismo tiene de que después de la muerte no hay nada. Y como el humanismo es por esencia individualista, el impulso es el mismo que acomete a las personas en situación de vida o muerte: el egoísmo. El querer quedarse no implica otra cosa que el no aceptar que uno debe irse en algún momento para dejar paso a los que vienen después, y así renovar el ciclo de la vida. Entonces, la vida eterna no es otra cosa que la negación de la vida, y si la vida está negada, la eternidad es la de la nada… De modo tal, que al cabo de semejante procedimiento híper científico, nos encontramos en el punto de partida. La consecuencia de la eternidad es la nada, o sea, la muerte. Como en Ubik, de Philip K. Dick, nos encontramos encerrados en nuestra vida prolongada, en nuestro estado de “semivida”, pero estamos irremediablemente muertos, y nuestras “experiencias” son “reproducciones” de nuestra vida, recuerdos y conceptos transformados y deformados, como los sueños. Porque no tenemos capacidad de crear nuevas vivencias, ya que ellas no provienen de la razón sino de todo aquello más profundo, más inasible, más ajeno a nuestros sentidos y por tanto irrepresentable.

Después de tanto indagar, se ha llegado a la certeza de que lo que nos mata es lo que nos hace vivir: el oxígeno. Nos oxidamos, por eso envejecemos y luego morimos. Vivir sólo cuesta vida. Inclusive, una línea de investigación, una teoría biológica, conduce a sostener que la cantidad de latidos es la que condiciona la duración de la vida, y a postular entonces, además de una vida hipocalórica, austera por demás, una vida sumamente quieta. Actualmente se están desarrollando diversas drogas que intentarán, en el breve plazo, conjurar algunos efectos de los radicales libres para ralentizar el envejecimiento. Pero, ¿para qué queremos, en este mundo tan utilitario, sino sólo para respetar el capricho egoísta de algunos favorecidos por permanecer, tener una enorme población de gerontes gimnásticos, frente a la atroz superpoblación, la marginalidad y exclusión que la maquinización genera, la contaminación ambiental y la escasez de recursos naturales? Lo dicho otra vez. No hay razonamiento lógico que acompañe el paso decidido de la ciencia, y entonces, según los propios criterios de verdad que le otorgan su prestigio, la ciencia es falsa, es un artificio tan respetable (o tan poco respetable, según quién mire) como el mito o la religión.

Nuevamente cito a John Gray (op. cit., pp. 26-27): “Los fundamentalistas científicos aseguran que la ciencia es la búsqueda desinteresada de la verdad. Pero cuando la ciencia es representada de ese modo, se obvian las necesidades humanas a las que sirve. Entre nosotros, la ciencia satisface dos necesidades: la de esperanza y la de censura. Sólo la ciencia sirve actualmente al mito del progreso. Si las personas se aferran a la esperanza del progreso, no es tanto por una creencia genuina como por el miedo a lo que puede venir si abandonan esa esperanza.

[…]

“Y sólo la ciencia tiene el poder para silenciar a los herejes. Hoy en día, es la única institución que puede afirmar esa autoridad. Al igual que la Iglesia en el pasado, tiene poder para destruir o marginar a los pensadores independientes. De hecho, la ciencia no proporciona ninguna imagen fija de las cosas, pero al censurar a aquellos pensadores que se aventuran más allá de las actuales ortodoxias, preserva la confortante ilusión de una única cosmovisión establecida. Puede que sea desafortunado desde el punto de vista de alguien que valore la libertad de pensamiento, pero es indudablemente la principal fuente del atractivo de la ciencia. Para nosotros, la ciencia es un refugio que nos protege de la incertidumbre y que promete —y en cierta medida, consigue— el milagro de librarnos del pensamiento, en la misma medida en que las iglesias se han convertido en santuarios de duda”.

¿Cómo es que la ciencia silencia a los herejes? Uno de los métodos preferidos es el control de círculo áulico de las “publicaciones de prestigio”, y de las universidades y centros de investigación “oficiales”. Actuando como una camarilla el grupo de científicos que ostenta determinada posición “oficial”, va a cerrar el acceso a aquéllos que intentan refutarla, o simplemente, divergen de esa posición. En el mundo de la ciencia, no hay lugar para las discusiones. Como vehículo de acceso a la verdad (y en ello la ciencia sigue plenamente a la teología, que también considera que la verdad es un concepto inmanente que gobierna al mundo, y que el hombre sólo puede acceder a ella por la fe en Dios/en la ciencia) la ciencia es sólo una. No admite divisiones ni discrepancias. Porque a diferencia de las mentiras, que son muchas, la verdad sólo puede ser una. Entonces, a diferencia de lo que ocurre —debería ocurrir— en otros ámbitos de la actividad humana, como la política, las artes, el derecho, el deporte, en el ámbito científico no hay lugar para el debate, y por tanto para el disenso. O se comparte con quien detenta el poder de fijar la verdad, o se es réprobo e inmediatamente segregado de los ámbitos de privilegio y excluido de los cenáculos prestigiosos.

A propósito del Climagate, el diario digital chileno El Ciudadano publica, en un recomendable artículo, el siguiente extracto, bajo el título “Conspiración para no dejar publicar a los escépticos”:

“Uno de los más repetidos mantras de los climatólogos creyentes consiste en que los escépticos no publican en revistas científicas respetables, las llamadas peer-reviewed, y ellos sí. Pero parece que en parte esto sucede por un esfuerzo concertado para que así sea. Uno de los intercambios de correos desvelado se indigna ante la publicación de un par de papers científicos de los escépticos en la revista Climate Research y promueve un boicot contra la misma.

“Ese intento de acallar las publicaciones científicas escépticas alcanza al IPCC, el macroinforme de la ONU que se supone contiene toda la información relevante sobre la ciencia del clima. Pues bien, otro de los correos muestra a estos científicos indicando que harán todo lo que puedan para evitar que un estudio contrario a sus teorías llegue al IPCC, incluso aunque sea a costa de ‘redefinir lo que significa un estudio peer-reviewed’”.

Constituye un verdadero peligro para la libertad de pensamiento que diversas disciplinas no exactas, concretamente, las llamadas “ciencias del hombre”, queden atrapadas en esta maraña teológica de verdad única. Concretamente, resulta perturbador comprobar la extensión de esas prácticas de exclusión y boicot para con la Historia, que es una disciplina que, por su propia naturaleza, configura el devenir político y espiritual de los años futuros.

Yo he tenido oportunidad de comprobar el sistema de discriminación que se establece en el CONICET respecto de los historiadores-investigadores que discrepan de las posiciones oficiales del círculo hermético de los conservadores de las verdades oficiales. Un dictamen del año 2005 explica —con bastante objetividad y sinceridad, por otra parte, circunstancia infrecuente en estas censuras— el porqué de la denegación de una solicitud de ascenso de un laureado investigador con muchos años de experiencia, doctorados, libros y publicaciones en su haber, al grado superior: “…no me refiero a este caso particular; tengo más bien en mente como ejemplo otros, en que una promoción fue denegada a investigadores brillantes por similares criterios, aun contra el juicio de las Comisiones Asesoras. Con el criterio que señalo, más allá de mi apreciación personal de la obra de …, creo que es difícil considerar que el volumen de su labor no corresponda a la categoría que solicita. En cambio, si se aplica el criterio restrictivo…”

El “criterio restrictivo” tenía que ver con un requerimiento extra legal, vinculado con determinadas actividades dentro del organismo que por supuesto los guardianes de las promociones reservan exclusivamente para sí. Pero sin embargo, es el que resultó aplicado, y a nuestro ingenuo postulante se le vedó el acceso a su merecido ascenso y, en la consideración que las publicaciones “de prestigio” y otros cenáculos por el estilo se hace de su carrera e/o idoneidad, el susodicho estará en inferioridad respecto de sus colegas que se promocionan exclusivamente entre sí en un fregadero de recíprocas alabanzas.

Todo ello abre la puerta a una de las armas de descalificación del hereje más comunes en el mundo científico, sobre todo aquél que por versar sobre las “ciencias del hombre”, es por naturaleza polemógeno, y es el argumentum ad verecundiam, que “implica refutar un argumento o una afirmación de una persona aludiendo al prestigio de la persona opuesta que sustenta el argumento contrario y el descaro del que se atreve a discutirlo, en lugar de considerar al argumento por sí mismo. Como tal es lo que vulgarmente se denomina una descalificación, ya que pretende menguar la categoría de un argumento mediante la apelación a la escasa formación o prestigio de quien lo sostiene en comparación con el de su oponente”.

12 comentarios:

Mensajero dijo...

Excelente artículo Occam.
Pero por favor, no comente con nadie que me gustó.
Temo que llegado el momento no se me permita descargar mi conciencia en un soporte de silicio ni enviar mi ADN al espacio para crear una colonia espacial.

Occam dijo...

Muchas gracias, amigo Mensajero.

Pero no tema. Por el contrario, el derecho a conservar su mente en una placa de silicio, a ser conservado el cuerpo, o aunque sea el cerebro, en un depósito bajo supervisión pública, y previo pago de expensas, el de generar un doble digital que viva en un mundo virtual, y a partir de descargársele información por años, pueda reproducir una consciencia artificial de usted mismo (o mejor: de lo que usted quiere ser, tener o hacer), pronto será consagrado como derecho humano. No me queda ninguna duda al respecto. Como derecho moderno, no traduce una necesidad sino un deseo. Así que, si la humanidad desea la vida eterna, pronto habrá un derecho humano a vivir eternamente.

Un abrazo.

Todos Gronchos dijo...

Qué decir! A veces pienso que ser hereje hoy, hace 500 u 800 años puede sonar a maldición, pero sólo transitiva. En algún tiempo y espacio serán vengados, como le llegó al viejo Galileo.

Es cierto que la ciencia tal cual la interpretan sus dueños, es decir los que le confieren rango de Verdad, está muriendo. Agoniza en manos de los dogmas, contra los cuales se erigieron, pero también víctima de los celos y el divismo. Todos los ámbitos están infectados de un fundamentalismo cegador y asesino de la faz creativa del hombre.

Me quedo con su espléndida frase: El humanismo confía demasiado en el hombre. Me cago en Satanás.



PD: Nunca confié en el CONICET. demasiados contratos dando vueltas en manos de mediocres.

Todos Gronchos dijo...

Me olvidaba: Gracias por el texto, es un festival para los sentidos.

Saludos!

Gilberto dijo...

Estimado Occam, puede que esto ocurra en las "ciencias del hombre", pero lo veo jodido en las exactas. Lo del clima me parece más bien excepcional, ya que la toma de datos e interpretaciones es, a mi juicio, muy inexacta y manipulable (personalmente desconfío de la climatología). Bueno, tal vez se vea algo por el estilo en relación a la beatificación/demonización de los transgénicos. Son ejemplos con mucha guita de por medio.

Igualmente, está claro que hay manganetas de todo tipo en las revistas, pero por cuestiones un poco más mundanas que una refutación de dogma. Y si te frenan una publicación, eventualmente se reenvía a una revista de menor impacto, salvo que la manganeta haya sido frenarte para que un amigote, o el propio reviewer, llegue a publicar sobre tu mismo tema ante una eventual competencia (cuando se sabe de conflictos de intereses, es posible sugerir al editor quien NO querés como reviewer). En ese caso tu laburo perdió originalidad, y cagaste.

Creo que debe ocurrir algo parecido en los ascensos en CONICET. Me parece dificil que ese "criterio restrictivo" pueda aplicarse a un biólogo molecular como a alguien de las "ciencias del hombre". Pero si es cierto que las amistades y favores (o vendettas) son universales, y determinantes para inclinar estas decisiones.

Amigo Groncho, no me queda claro si ud se refiere a quienes dirigen al CONICET (parte responsable de otorgar esos "contratos", que entiendo son las becas doctorales, ingresos a carrera o ascensos) o a todos sus integrantes. En el último caso, ud sabrá que engloba a prácticamente todos los científicos argentinos, ya que el ámbito privado absorbe poco y nada (al menos desde mi ámbito, la biología). En ese caso, esa mediocridad puede ser bastante discutible. No en lo que a mí respecta, por supuesto, ya que científicamente soy un verdadero groncho.

Occam dijo...

Gilberto: En un mundo ordenado en función del mito del progreso, la Historia adopta un carácter protagónico y un prestigio superior al resto de las ciencias. Se erige prácticamente como el basamento de todo el conocimiento humano. Desde el materialismo histórico de Marx, o la teoría de la evolución de Darwin, todo el método está estructurado en función de la historia, y siempre de una historia lineal y bastante esquemática, en donde es preciso cristalizar conceptos para generar estratos cronológicos que permitan poner a uno a continuación de otro.
En un universo sin límites, no son aplicables los límites de un mundo limitado. Los arriba y abajo, los lejos y cerca, los grandes y pequeños. Un púlsar promedio tiene el tamaño de Buenos Aires, pero la masa del Sol. Un agujero negro es antimateria, pero más poderoso y convincente que cualquier materia, absorbe hasta la luz y genera gases. Las clasificaciones son absolutamente arbitrarias, y permanentemente desafiadas.
La Historia es tiempo, y el tiempo es un concepto humano. Pero la historia rebasa los límites del concepto, a un punto que tal vez sólo los griegos, y luego Nietzsche, han llegado a atisbar. Su topología, por así decirlo, no es lineal, sino esférica, tridimensional, y como el universo, tiene tendencia a girar, es decir, al ciclo, pero también a ir progresivamente derivando, de forma tal que cada ciclo es diferente del anterior y también semejante a todos los otros ciclos. Así nos podemos encontrar con "accidentes", conexiones, casualidades, etc., realmente inexplicables... salvo para el hombre, que las categorizará de manera coherente a como dé lugar. Pero ello, claro está, no es parámetro de verdad alguno.
Uno de los conceptos que maneja el mito del progreso es el de cristalizar los eventos, hacerlos indiscutibles, neutros, artículos de fe, para preconfigurar el futuro, y sobre todo, sostener el mismo mito del progreso. Todo el estudio del clima, como el estudio de los fenómenos políticos, bélicos, filosóficos, etc., etc., es un estudio de índole histórica, pero al que además, al parecer le falta el insumo básico que surge de la observación metodológica. De forma que, literalmente, estamos en bolas. Tanta verosimilitud guarda la convicción en la capacidad del hombre de influir o cambiar el clima como la contraria. Tanta verosimilitud guarda la teoría del calentamiento como la del enfriamiento. O sea: ninguna.
[sigue]

Occam dijo...

Se plantea un urgente cambio de paradigma, que pasa por un cambio en el hombre. Un cambio en su cosmovisión, que claramente repercutirá en un cambio en las ciencias, para ubicarlas en su exacta dimensión: como subsidiarias de una naturaleza que las excede y las anticipa, y a la que hay que volver a contemplar con respeto y cautela, a la que hay que volver espiritualmente a integrarse para conocerla, casi en un proceso de introspección complejo, similar al autoconocimiento.
El sujeto cognoscente moderno es un hombre paradójicamente alejado de su propia naturaleza, integrado a una abstracción universal que traduce un deseo históricamente contingente. Ese hombre alienado, ajeno, concibe por ende a la Naturaleza como un "otro". La filosofía debe ser nuevamente ubicada en la cúspide del conocimiento. El paradigma científico premoderno, por ejemplo, pretendía hallar los conceptos por métodos de similitud, analogía, etc., como explica Foucault en un brillante ensayo titulado "Marx, Freud y Nietzsche". Hoy día nos burlamos de ese método. Pero el universo, a cada paso que damos, se parece más a nuestra mente, a sus inextricables conexiones, a su falta de temporalidad y la relatividad de su materialidad, que a lo que nuestra razón prefiere pensar de la psiquis que la alberga. Nuestra mente es universo y la consciencia (y por ende, la razón), un mundo limitado.
Los griegos han sido los científicos más preclaros, y a la par los más grandes filósofos. Cuando se rescataron los jirones de su acervo que sobrevivieron a tantas bibliotecas quemadas (sobre todo, por obra de los árabes), se restituyó a tientas el método científico, pero aislado del ingenio holístico, de la filosofía, que lo creó.

La historia debe ser abierta a debate, deben derrumbarse todos los dogmas, todos los preconceptos no científicos que encubren un saber ideológica y políticamente sesgado y lleno de ocultamientos, interpretaciones arbitrarias y silenciamientos inaceptables desde el principio de la libertad de pensar y de saber.

Mis cordiales saludos.

Occam dijo...

Mr. Groncho: Claramente, la ciencia debe reubicarse en su entorno definitivamente humano, y reconocer su falibilidad, su capricho, su humanidad, antes que ofrecerse como un parámetro de verdad, de certeza, absolutamente externo y neutral. Hay que comenzar a desconfiar decididamente de los cenáculos, y de los académicos y revistas "de prestigio". Adoptar una posición revisionista, que es la única realmente fecunda para alcanzar la Verdad, o sea, el movimiento, el vértigo, la incertidumbre.

John Gray, op. cit. Cap. 8: "En todos sus usos prácticos, la ciencia contribuye a afianzar el antropocentrismo. Nos anima a creer que nosotros podemos desentrañar los secretos del mundo natural como ningún otro animal y, por consiguiente, plegarlo a nuestra voluntad.
"Pero, en realidad, la ciencia sugiere una perspectiva de las cosas sumamente incómoda para la mente humana. El mundo, tal y como lo vieron físicos como Erwin Schrödinger o Werner Heisenberg, no constituye un cosmos ordenado. Es un semicaos que los seres humanos sólo podemos esperar comprender en parte. La ciencia no puede satisfacer la necesidad humana de hallar orden en el mundo. Las ciencias físicas más avanzadas sugieren que la causalidad y la lógica clásica pueden no ser intrínsecas a la naturaleza de las cosas. Puede que hasta los detalles más básicos de nuestra experiencia ordinaria sean ilusorios".
[...]
"De hecho, es posible que el valor supremo de la ciencia consista, en realidad, en mostrar que el mundo que los humanos estamos programados para percibir no es más que una quimera".

¡Y cuánta paz para nuestra alma perturbada de sospechas tienen las certezas! ¡Qué sencilla resulta la vida cuando creemos que estamos en el camino correcto, que todo el decurso de sufrimientos y malentendidos, de triunfos y derrotas, nos ha conducido a un lugar moral y físicamente superiores!

Mis cordiales saludos.

Destouches dijo...

Interesantísimo artículo. En la entronización de la ciencia como última instancia de la Verdad se encuentra, como bien advierte su artículo, la necesidad humana de dominio incondicionado sobre la naturaleza, que resulta finalmente una derivación de la incapacidad del hombre para aceptar y tolerar el carácter de azar, incertidumbre, ausencia de sentido de la existencia. Hasta que punto es intolerable este carácter lo simboliza el fracaso académico de Schopenauer contrastado con el éxito de Hegel.
En esta esencia humana impera, por lo tanto, un instinto dominante que arrastra al hombre a reducir la naturaleza a lo cognoscible, es decir, a esquemas definidos y dominables por el propio ser humano. Un primer paso en este proceso radica en la instalación del hombre como sujeto representante opuesto al mundo representado ("ego cogito ergo sum" de Descartes). La Verdad toma la configuración de la representación. Como ésta es un producto de la conciencia humana, en última instancia esta verdad se identifica con fenómenos psíquicos del hombre. El raciocinio humano opera con esquemas que suponen una limitación del ser, lo real a lo cognoscible. Esta es la etapa de la realidad objetiva, descripta y decodificada por la ciencia con su específico método, que asegura el dominio humano sobre los acontecimientos a través del encadenamiento de causas y efectos.
Lógicamente, los dioses representan un resabio de misterio e incertidumbre ajeno al poder humano y deben, por tanto, ser sacrificados. Queda explicada la metáfora nietzscheana de "Dios ha muerto".
Sin embargo, pronto adivina el hombre que el mundo no es completamente reductible a sus esquemas, y que el conocimiento científico no es capaz de brindar esa completa certeza que incesantemente se persigue. El repliegue de la ciencia al estudio de la conciencia humana (es decir, a aquéllo que, en última instancia, es cierto y se puede conocer) no arroja resultados decisivos. A este proceso corresponden la caída del sueño en lo psíquico, la consumación de toda metáfora o mito en acto, la internalización de la prohibición, que anteriormente constituía un límite externo al hombre. Vuelve a aparecer la incertidumbre, con sus dosis asociadas de angustia. La realidad objetiva es entonces reemplazada por lo que Baudrillard denominaba la Realidad Integral, concepto que engloba lo que conocemos por realidad virtual.
Incapaz de reducir el mundo al dominio de lo absolutamente cognoscible, incapaz finalmente de dominar el mundo por el camino de la representación, lo que supone hacerlo "real", el hombre decide asesinarlo mediante una sobredosis de realidad. Actualmente la realidad nos circunda de modo inapelable; todo es realidad y nada misterio. Desde el momento que sólo es real lo que el hombre puede representar, nada puede haber más real que el mundo que el hombre "crea" con sus medios técnicos y fundamentalmente informáticos. Lógicamente, en este mundo es abolido el signo, el símbolo, el misterio, los dioses y sólo hay lugar para las cosas, lo real. En este proceso se inscribe la abolición del sexo y la seducción por su correspondiente "real": la pornografía. Sin embargo, Baudrillard observa que lo más propio del hombre es la dualidad, la alteridad, que impide que la Realidad Integral se cristalice en estadio definitivo de la peripecia humana. Por todas partes, empiezan a atisbarse revueltas contra lo real, que muchas veces adoptan formas violentas. La aventura humana engendra un nuevo comienzo: eterno retorno de lo idéntico.

Occam dijo...

Destouches: ¿Qué decir de tan preclaro y erudito comentario? No tengo más que palabras de elogio y agradecimiento, y sería bueno que alguna vez, completado y desarrollado, integrara una pieza filosófica superior que, tengo la certeza, su genio debe darnos a conocer sin pudores.

Un abrazo.

Hermann Heilner Haller dijo...

Es interesante el artículo, pero he encontrado varios errores

"No hay razonamiento lógico que acompañe el paso decidido de la ciencia, y entonces, según los propios criterios de verdad que le otorgan su prestigio, la ciencia es falsa, es un artificio tan respetable (o tan poco respetable, según quién mire) como el mito o la religión."

Pero hay que notar que se parte de una premisa falsa, la ciencia es un método, y un método es falso dependiendo de qué diga que hace, la ciencia pretende descartar verdades falsas para irse acercando a una mejor percepción de la realidad por medio de un método que parte de la duda y la comprobación. Ese método, es simplemente eso, un método, sujeto a la verdad que se quiera descubrir, como quien usa un cuchillo para matar a un ser humano o para cortar frutas, el cuchillo no es falso porque la persona mate, es falso cuando no hace lo que se supone que debería hacer, cortar en este caso. Así que ese argumento es prácticamente una falacia de non sequitur que parte de premisas falsas para decir algo aún más falso.

Fuera de eso, John Gray se equivoca al confundir la ciencia con una institución. Dice: “Y sólo la ciencia tiene el poder para silenciar a los herejes. Hoy en día, es la única institución que puede afirmar esa autoridad. Al igual que la Iglesia en el pasado, tiene poder para destruir o marginar a los pensadores independientes"

La Ciencia no es una institución, la institución de la que habla Gray es la comunidad científica, que tampoco es algo tan homogéneo. Es como decir que la política es corrupta, cuando la política es simplemente la gestión de problemas colectivos, y los conceptos no son corruptos (en el término en que se usa la palabra corrupción) las corruptas son las personas, en este caso, algunos políticos, no la política.

Siguen las fallas conceptuales:
"En el mundo de la ciencia, no hay lugar para las discusiones. Como vehículo de acceso a la verdad (y en ello la ciencia sigue plenamente a la teología, que también considera que la verdad es un concepto inmanente que gobierna al mundo, y que el hombre sólo puede acceder a ella por la fe en Dios/en la ciencia) la ciencia es sólo una. No admite divisiones ni discrepancias. Porque a diferencia de las mentiras, que son muchas, la verdad sólo puede ser una. Entonces, a diferencia de lo que ocurre —debería ocurrir— en otros ámbitos de la actividad humana, como la política, las artes, el derecho, el deporte, en el ámbito científico no hay lugar para el debate, y por tanto para el disenso. O se comparte con quien detenta el poder de fijar la verdad, o se es réprobo e inmediatamente segregado de los ámbitos de privilegio y excluido de los cenáculos prestigiosos."

De nuevo, se confunda la ciencia con la comunidad científica. En la ciencia sí hay lugar para el debate, de hecho la historia de la ciencia ha estado llena de él, sólo es cuestión de revisar la física y ver cómo todos los modelos han surgido de discrepancias y debates, (que si la luz es una onda, o una partícula, o las dos, que si el tiempo es absoluto, o relativo, que si la tierra es redonda, o no lo es, etc.) de hecho por ello las verdades en ciencia son provisionales y no fijas, cosa que sucede muy poco en la religión pues se basa en el dogma y la fé. Si la comunidad científica cae en eso, entonces no hace ciencia, hace pseudociencia, pues pretende mostrarse con carácter científico cuando lo tiene (así como hace la astrología por ejemplo) y contra ello hay que combatir, la comunidad científica es quien se ha adueñado del poder de fijar la verdad haciendo uso de la pseudociencia, y por ello se debe rescatar la ciencia y hundir la pseudociencia, pues hasta ahora no conozco un método mejor que la ciencia para descartar hipótesis falsas y acercarse a la verdad del mundo fenomenológico.
Si el autor conoce un mejor método, me lo puede decir, pero hasta ahora, no conozco un mejor método de saber si mi mujer me es infiel que el de probarlo provisionalmente por medio de un método.

Occam dijo...

Hermann, sin extenderme en la respuesta, solamente diré que, así como usted dice que Gray reduce la ciencia a la comunidad científica, yo creo entender que usted reduce la ciencia al método científico.

Un cordial saludo.