Mostrando entradas con la etiqueta Antropología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antropología. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de agosto de 2013

Curiosamente




"El Papado tendrá nuevas normas. Lo malo de ayer dejará de serlo. La misa será protestante, sin serlo. Los protestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en viajes y llegará a América, en tanto la humanidad caerá".
Benjamín Solari Parravicini (que también es argentino), profecía de 1938 


Es curioso que la mayor parte (y la más bullanguera) de quienes propugnan por una “apertura” progresista de la Iglesia sean asimismo personas completamente alejadas de la religión católica. Bien profesantes de otros cultos, bien ateos. Siempre pendientes de novedades concernientes antes al plano político-material de la vida terrena, que al plano sacerdotal-espiritual que debería regular y orientar la vida de la institución eclesiástica.
Decimos que es curioso, porque siglos ha insumido al pensamiento moderno consagrar la separación definitiva de la Iglesia respecto de los asuntos del mundo. Desde la reserva interior que aceptaba Spinoza para el súbdito (innovando así respecto de Hobbes, que esperaba de éste la adhesión integral de cuerpo y alma), a la progresiva independencia de las monarquías respecto del papado (llegando a los extremos de las iglesias nacionales, de las que la anglicana es el ejemplo paradigmático), a la libertad de culto y la creación de instituciones civiles laicas en los Estados nacionales, a la directa indiferencia del poder político respecto de todos los cultos, e incluso, a la prohibición de cualquier alusión religiosa en los asuntos públicos de que hacen gala los más recientes avances (eliminación de crucifijos y de cruces de banderas, juzgados, edificios educativos, de la invocación de Dios como fórmula documental, etc.).
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con ese axioma táctico la Iglesia avanzó en la antigua Roma, para obtener primero la tolerancia hacia la desobediencia de los fieles respecto de cualquier exigencia de juramento a la autoridad política, luego la propia consagración como autoridad religiosa oficial con Constantino, y un siglo después, con la prohibición de los cultos paganos y su persecución con Teodosio. Con la debacle e implosión final del Imperio Romano de Occidente, la Iglesia ocupó el pináculo de la auctóritas, pasó a ser fuente y fundamento del poder terrenal. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había de ser consagrado y entronizado por la autoridad católica para gozar de legitimidad, cuestión que luego se prolongó a las monarquías que cobraban progresivo vigor como fuerzas de unificación nacional: París bien vale una misa, dijo con pragmatismo el austero protestante Enrique de Navarra, al convertirse al catolicismo para acceder a la corona de Francia.


En fin, luego las guerras de religión, e incluso la contrarreforma, adunarán el concepto de separación de Iglesia y Estado, y la progresiva detracción de la Iglesia de los asuntos públicos, como también en Occidente, la decisión del Estado de apartarse absolutamente de la esfera de actuación clerical (concordato de 1966, reconocimiento de la educación libre, o sea religiosa, luego del intento secular de publicizarla en la mayor medida, etc.).
El poder político y la sociedad civil (en tanto sujeto político) se encontraban entonces ya libres y emancipados de la tutela eclesiástica. La Iglesia debía renunciar a su influencia terrena para centrarse en su misión espiritual, que en todo caso, redundaría mediatamente en regulación social de las conductas, estableciendo valores y reglas extra-jurídicas para sus fieles.
Esos valores y reglas, primeramente, fueron aceptados por el poder terrenal como idónea guía ética (en tanto guía del comportamiento ordenado) para la regulación social: recordemos que el peronismo, la principal fuerza política de la historia argentina moderna, reivindica sus raíces humanistas cristianas, y lo mismo hace la mayor parte del antiperonismo, que ha atacado a aquél con un fervor "cruzado" en 1955, si bien entonces hubo asimismo englobado a amplios sectores de ateísmo militante.
En cambio el progresismo, que como el liberalismo en los ’90 ocupa en exclusividad desde el año 2000 el panorama ideológico argentino (tanto en lo relativo a los consensos como en cuanto a los temas de agenda, las cuestiones que a todo el arco político le resultan relevantes), no hesita en proclamarse contrario a esos valores y reglas. En tanto superador (la visión progresista de la historia supone la superioridad moral de lo posterior en el tiempo, la idea de que la humanidad se encamina mecánicamente, por el mero giro de las manecillas del reloj, hacia una mayor madurez, sabiduría, bondad, unidad y capacidad para solucionar problemas) es negador. En tanto relativista, es enemigo de cualquier esquema normativo, sea éste jurídico, sea religioso. Por más que resulte polémico (frente a la utopía progresista que aspira a la supresión del conflicto y a la composición irenista de un tranquilo estanque social de aguas quietas como el aceite, donde la indiferenciación sustituya las discordias nacidas del individualismo o las corporaciones), hay que decirlo: cuando se suprimen las reglas de exclusión, las reglas que condicionan y delimitan las fronteras de las instituciones, éstas desaparecen.
Con la desaparición de las reglas desaparecen las instituciones. De nada sirve postular que “familia” como unidad celular es tanto un grupo constituido por padre-madre-hijos como un grupo constituido por amigos-compañeros de trabajo-un sobrino-el vecino de enfrente. Los márgenes se difuminan, la particularidad diferenciante de la institución se diluye en el estanque. Esta evidencia no obedece a ninguna moralina apriorística. No estamos en contra de que se considere familia, por ejemplo, a todo el grupo de personas que habita bajo un mismo techo, aunque ello habrá de deparar nuevas polémicas. La familia es una construcción social. En las sociedades matriarcales todos los hijos son de todas las mujeres, que viven aisladas de los hombres y los crían hasta cierta edad, en que los varones pasan a vivir en los colegios masculinos. En esas sociedades, la familia es el conjunto de las mujeres, mientras que los colegios masculinos (generalmente, constituidos bajo la invocación totémica de alguna divinidad) son otras instituciones separadas, dedicadas a la caza y a la guerra y al culto particular. Precisamente la Iglesia ha tomado prestados conceptos organizacionales semejantes a los de los colegios masculinos, y también lo han hecho las órdenes monásticas budistas por ejemplo. 


Bertrand Russell estimaba (Matrimonio y Moral, 1929) que en un futuro el Estado suplantaría la figura del padre (como educador, proveedor, preceptor, inspirador e ideólogo) y Aldous Huxley fue aún más lejos en Un mundo feliz (1932), al predecir la desaparición definitiva de la familia a través del monopolio del Estado en la reproducción mediante manipulación extrauterina y la prohibición absoluta de la monogamia: un mundo de individuos que viven una vida despreocupada, matizada de frecuentes relaciones fugaces.
Si la familia es una construcción social, es entonces artificial, y si es artificial, entonces puede ser suprimida. Dentro de ese razonamiento de índole progresista, que parte siempre desde la relativización genealógica de raigambre nietzscheana, pero empleada con propósitos de mera demolición, toda institución es, en cuanto elemento diferenciante, una engorrosa herencia vestigial, que la progresiva iluminación de la razón en el hombre habrá de suprimir.
Hay en ello una drástica diferencia, tanto con el pensamiento tradicional, cuanto con el superhumanismo nietzscheano que detectó su agonía. En ambos órdenes, la institución, como toda creación humana –de por sí, dificultosa, ardua y prolongada por muchas generaciones- era valorada como un tesoro. Un tesoro a preservar en el caso de la tradición; un tesoro que cimentara una evolución, que motivara su perfeccionamiento, en el caso de Nietzsche (quien se tomó el trabajo en Genealogía de la Moral -1887- de recordarle al mundo lo penoso y hasta tortuoso que fue el proceso de domesticación del hombre, para lograr de él una conducta civilizada que hoy puede parecer espontánea, pero que siempre corre el riesgo de perderse: “mata el miedo que guarda el animal, limpia el cuerpo pues dentro de él estás”. [Víd. este artículo]
La artificialidad de las instituciones en cuanto construcciones sociales, debe entonces servir para tomar consciencia de su fragilidad, de la necesidad de preservarlas, antes que para justificar su eliminación. El corrimiento progresivo de la frontera de denotación (qué cosas entran dentro del concepto y cuáles permanecen –todavía- afuera), que va de la mano de la flexibilización en la regulación de las instituciones, es un evidente sistema de dilución de la particularidad en el estanque de la indiferenciación, y por tanto, un mecanismo “poco traumático” de eliminación. La familia es una institución arcaica, vetusta, el último bastión corporativo (el término es usado, como siempre en nosotros, con su acepción clásica o durkheiminiana, es decir, como cuerpo social intermedio -víd. acá-) a ser derribado para dejar desnudo al individuo.
Pero, para preocupación de este esquema tan plano, debemos decir que el individuo también es una construcción social, y entonces también puede ser suprimido. Un individuo formado a partir de la familia como transmisora primaria de valores, y contenido por otras instituciones también axiomáticas, guarda una particularidad que choca contra la pretensión homogeneizadora y minimalista de la modernidad progresista (que pretende la suave superficialidad del homo consumens: ¿la vida despreocupada del “mundo feliz”?). Pero la desindividuación paradójica que esconde la eliminación de las instituciones, ¿acaso no deja nuevamente al descubierto esa animalidad descarnada, o sea, no deshumaniza

                                                                                               Imagen de Banksy, artista callejero británico.
 
Tenemos por un lado al marginal delincuente, generado a los ponchazos, al margen de cualquier atisbo de institución familiar (a lo sumo, la difusa figura monoparental de una madre casi ausente, que colecciona hijos de distinta procedencia y que no tiene la capacidad para criarlos), que se define casi excluyentemente en cuanto consumidor, viviendo el día a día "jugado", sin la mínima capacidad de ahorro ni de previsión, y que carece en absoluto de empatía porque desconoce las bases formativas del amor humano (también artificial). Por eso golpea a los viejos, por eso dispara al vientre de las embarazadas, por eso mata al padre delante de sus hijos.
Por el otro lado, al hedonista centrado en su progreso material, en la disponibilidad de íconos de consumo, electrónica de última generación, autos rimbombantes, viajes exóticos, mujeres de exhibición, esclavizado por el apego material que determina que hasta los hijos sean una adquisición caprichosa, y casi siempre, avergonzado y distante de su familia de origen.
Lo postula Norman O. Brown en El cuerpo del amor (1966): para lograr la universalización total, el paso definitivo hacia la indiferenciación y el igualitarismo, hay que eliminar tanto al individuo cuanto a la fraternidad (que es el concepto a través del cual él abarca tanto a las instituciones como a las corporaciones y también a las naciones, etnias y otras formas de agrupación opuestas al universalismo). Para eliminar al individuo no hace falta más que despojarlo de todo su “ornamento superestructural” (evidente y expresa inspiración marxista en su pensamiento): alma, espíritu, mente individual, personalidad. Despojarlo de todos esos elementos diferenciantes para desnudar su naturaleza animal. Como animales los hombres desindividuados formarían espontáneamente un ser superior, la Humanidad, como las abejas forman la colmena o las hormigas el hormiguero. Ese libro influyó definitivamente en el movimiento hippie. Aunque a título anecdótico, debemos consignar que, previamente a su carrera universitaria en casas de estudio de poco renombre (Róchester y Santa Cruz), Brown perteneció a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. No consta que haya ocurrido en algún momento su desvinculación de la compañía.  
Es curioso entonces también cómo el progresismo, que confía tanto en la capacidad del hombre de auto-iluminarse y alcanzar la perfección y la armonía en una sociedad sin conflictos y sin diferencias, desprecie en tanto artificial, a toda creación humana, y tan sólo valore los fundamentos “naturales”. Toda creación humana, por ese mismo hecho de haber sido creada por el hombre, puede ser eliminada por el hombre. Hemos visto que, si puede ser eliminada, para el progresismo debe ser eliminada para dar paso a lo nuevo, en una suerte de renovación constante, similar al fenómeno tecnológico. Ampliando los límites hasta que los límites abarquen el todo, y entonces el fenómeno particular desaparezca.
Es decir, lo artificial señala la particularidad, diferencia, discrimina, separa las aguas, clasifica… conspira contra la igualdad natural (un principio apriorístico común a todo el pensamiento moderno). Destruyendo entonces todo lo humano, descarnando el muñeco de Dios hasta el tuétano, se llega al paraíso humano. Tiene su lógica: a todo paraíso se accede después de la muerte.
Todos los argumentos que sostienen la ampliación/dilución de los límites respecto de cualquier particularidad diferenciante se sostienen en la autoridad de la Naturaleza. Curiosamente, la autoridad de la Naturaleza (como creación de Dios) fue invocada tantas veces por la Iglesia como fundamento de sus regulaciones civiles. Pasando la Naturaleza de ser creación de Dios a ser creación de la Ciencia, es comprensible que la Ciencia entonces señale o respalde el nuevo paradigma anti-normativo. Pero el problema está, como siempre, en la cuestión ontológica: si el hombre es hijo de la Naturaleza o es su padre. Como hijo de Dios, vendría a ser lo primero, y entonces en todo caso el teólogo sería el naturalista. Pero como padre de la Ciencia, en cambio sería lo segundo. Y en ese segundo caso, solamente un solipsismo cartesiano puede fundar el criterio de Verdad en el sujeto, y ya no hay objeto.
Es el mismo solipsismo característico de la modernidad que funda la utopía de la supresión absoluta y definitiva de las diferencias, de la dilución total en el estanque, en criterios que por subjetivos son artificiales.
Destruir las diferencias por haber detectado en ellas su germen artificial, para conseguir la igualdad en la indiferenciación que procede de un deseo, de un concepto, de una visión, que por tanto es artificial, nos devuelve, en su paradoja, a la sensatez.
Ocurre que mentar a la Naturaleza como fundamento de Verdad es una falacia. Nada hay en el hombre de natural. Todo en él es creación. Si su cuerpo no ha sido por él creado, sí lo ha sido la consciencia y reflexión sobre su cuerpo. El límite de la percepción humana está en la percepción humana. El hombre sólo puede comprender al mundo como hombre y en tanto hombre. Todo lo demás lo excede y lo niega. El mundo entonces, en tanto construcción humana, es artificial. ¿Destruirá entonces el hombre al mundo? En pos del logro de la igualdad absoluta a través de la indiferenciación, eso es posible, si no es ya un proceso en marcha.
Pero volvamos a nuestro tema del principio: el desvelo de aquellos que no son católicos, o que son sólo nominalmente católicos y son progresistas (ésos que no creen ya en ningún dogma, ni obedecen ningún precepto, ni pisan jamás una iglesia, pero que de vez en cuando se persignan, o dicen que “creen en Dios” como un concepto genérico y difuso) es el proceso de apertura de la Iglesia. Cruzan los dedos ante cada posibilidad de un anuncio, ponderan la posibilidad de un cambio, extractan (¿descontextualizan?) cualquier referencia que pueda esperanzarlos… Nos preguntamos acerca del sentido final de esa nerviosa expectativa. ¿Se convertirán en católicos quienes no lo eran y volverán a la Iglesia los que alguna vez lo fueron si la Iglesia difumina (aún más) los límites entre lo que admite y lo que no admite en su seno, hasta hacerlos desaparecer? Y en tal caso, ¿qué diferencia habría entre ser católico y no serlo?
El Concilio Vaticano II (1962-65) avanzó decididamente en ese esquema de apertura. Felipe Pigna, en el último número de Viva, elogia entusiasta a Juan XXIII como “el mejor Papa” que ha tenido la Iglesia. Ya hemos dicho (aquí y aquí), empero, que las opiniones de ese autor son casi una pauta exegética infalible… por opción contraria. Pigna, que evidentemente no es católico, llega a esa calificación por la decisión y convocatoria a ese concilio ecuménico, que él considera (y no está solo en esa apreciación) antecedente del movimiento tercermundista que afectó a Latinoamérica poco después. Lo que nadie dice, pero todos ven, es que muy pocos habrán retornado a la Iglesia por esa apertura sesentista, pero una evidente estadística señala que más bien la Iglesia no ha dejado desde entonces de perder fieles.
En Europa los templos católicos son casi exclusivamente monumentos y museos sostenidos con fines turísticos, mientras una religión fuerte y dogmática como el Islam gana camino a pasos agigantados recabando crecientes adhesiones, ya no sólo de los inmigrantes magrebíes o árabes, sino de los propios europeos de muchas generaciones. Nos enteramos hace poco de la furia que acometió a Frank Ribéry (rubio descendiente de galos o de francos) cuando en un festejo del Bayern Múnich lo bañaron en cerveza. Recién pudieron calmarlo cuando le aseguraron (¿le mintieron?) que la cerveza del festejo no tenía alcohol. Es que Bilal Yusuf Mohammed se convirtió en 2009 a la religión que ya es la mayoritaria en Francia (país en donde hay más mezquitas que en Marruecos y Túnez juntos, incluyendo la que el Estado francés ha ayudado financieramente a construir en Poitiers, la ciudad en que Carlos Martel frenó en 732 la conquista de Europa por el Islam). 

 
 
Y el Islam gana adeptos de forma irreversible, con una velocidad arrolladora, ocupando una creciente proporción en toda Europa y también en los EE.UU. (donde se ha duplicado la cantidad de mezquitas en los 12 años que pasaron desde el 11-S), con sus preceptos rígidos y estrechos como un corsé, con su liturgia en árabe desde Al-Adhan, con sus prohibiciones absolutas, la exigencia de renunciamientos, de reclusiones (en el hogar o dentro de los vestidos desde la coronilla a la punta de los pies), de ascetismo, de la renuncia a las tentaciones materiales del mundo… su censura al hedonismo y su intolerancia para con los desvíos.
Mientras tanto, la Iglesia, con su complaciente apertura, obedeciendo a una presión obstinada y casi exclusivamente concentrada sobre ella, se ha transformado en una ONG más de buenos propósitos humanitarios. La apertura ha acercado la Iglesia a su entorno local (a través del empleo exclusivo del idioma local, y la adopción de música popular ligera en la liturgia, palmas arriba, moviendo las caderas, las actividades colectivas, los fogones, etc.) y a su entorno social (el trabajo de caridad, los voluntariados en villas y hogares de necesitados, etc.), pero la ha hecho víctima del proceso general de desacralización del mundo que experimenta Occidente. 
Reflexionábamos días atrás, a propósito de este artículo acerca de la necesidad de recuperar el misterio como factor movilizador. El misterio que se ha perdido con las órdenes iniciáticas, pero que increíblemente se sostiene en algunos mitos populares, retoños insospechados de un árbol de paganismo que se creía seco.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Karma


Tanto se habla del karma, que uno se ve necesitado de hacer un aporte testimonial, que radicará en una anécdota pequeña, nimia, pero que resalta por su ejemplaridad, la que por otra parte resulta adunada por el funcionamiento casi mecánico del sistema de balance universal: inmediato, inevitable, proporcional, cuando no simétrico.

Resulta que en la noche de ayer, casi 22 horas, voy con mi hermano a hacer una compra de emergencia al supermercado chino más cercano. Se hacía necesario agregar dos vinos espumantes (que si son de Champagne, se llaman “champagnes”, y si son de España se les dice “cavas”) a los que se enfriaban ya en la heladera, habida cuenta que a las razones de siempre para brindar se sumaba que mi hermano había ganado un concurso muy importante en el sistema de salud pública, obteniendo al efecto puntaje perfecto en el examen. Pavada de hermano tiene uno por ahí, y henchido de orgullo de primogénito bajé de las estanterías las dos más primorosas: un brut rosé y un brut nature.

Nos dirigimos a la única caja que estaba abierta, en donde, mientras una persona descargaba sus productos, otra (un señor con un cochecito con un niño) esperaba su turno, y dos pibes más atrás también. O sea, había tres compradores adelante.

En un momento, al señor con el cochecito que estaba en segundo lugar, se le sumó una señora algo nerviosa hablando fuerte, lamentándose de que la fiambrería ya hubiera cerrado, y trayendo una canasta de plástico llena de productos alimenticios con apariencia de ésos que son “para salir del paso”.



De inmediato, la otra empleada china que estaba acomodando las verduras, para apresurar el ritmo de atención, y habida cuenta de la hora de cierre, procedió a abrir una segunda caja. Los muchachos que estaban en tercer lugar, a continuación del matrimonio de la señora nerviosa, se fueron hacia esa nueva boca de atención, con los dos o tres artículos que tenían en la mano (a las 22 hs., generalmente todos van al mercadito chino a comprar un par de cositas que necesitan, con lo que el asunto se hace bastante rápido).

Mientras en una caja la china de las verduras atendía a los muchachos, en la otra (la primigenia) se demoraba el proceso de cobro por motivos desconocidos. Supongo que quien estaba comprando tuvo la ocurrencia de pagar con tarjeta de débito. La señora nerviosa comenzó a apretarse contra la señora que presumiblemente pagó con tarjeta de débito, para mostrarle su apuro con el aliento en la nuca, mientras comenzaba a descargar sus comestibles sobre el mostrador de la caja.

En tanto, los muchachos, habiendo terminado con su menester, se alejaban de la segunda caja, que quedaba despejada. Al percibir esa situación, yo miré a la señora nerviosa que me precedía y que se encontraba enfrascada en presionar a la señora de la tarjeta de débito para que finiquite su parsimoniosa compra y, esperando todavía algunos segundos, me dirigí a la caja que había quedado vacía. De repente, una voz chillona y subida de tono me paró en seco:

—¡A dónde vas! Yo estaba primero.

—Usted —yo no tuteo a la gente que no conozco— está esperando en la otra caja…

—No, yo estoy esperando para ambas cajas. La cola es como una y griega. La primera que se desocupa es para el que está esperando primero.

—Así que la cola es una y griega… Primera vez que lo escucho en un supermercado.

—Sí, la cola es una y griega, y vos sos un irrespetuoso.

—Bueno, no sea peleadora. De todos modos, la iba a dejar pasar si me lo pedía.

—Yo no soy peleadora, y no te voy a pedir nada si yo estoy primera, ¡estúpido!

Dicho esto, impetuosa agarró la canasta y sus comestibles apoyados en la primera caja y cruzó el pasillo hacia la segunda caja de la china verdulera, mientras el marido que asía el cochecito miraba el techo con esa expresión inanimada y silenciosamente sufriente de los santos de las iglesias.

Poco tiempo después, la señora de la tarjeta terminó de firmar el papelito y se retiró, dejando la caja original disponible. Yo me adelanté, todavía masticando el insulto, porque por más que ya he ingresando a una senda metafísico-aristocrática algo zen en mis propósitos, sigo conservando un acendrado orgullo occidental-competitivo, que instintivamente me compele a apropiarme de la última palabra. Pero me sofrené, conté hasta diez, y con la mejor sonrisa me dirigí a la empleada china, para que me cobrara mis dos botellas de espumante y cinco botellas de agua mineral que también llevaba aprovechando la compañía de mi hermano.



No miré hacia atrás, pero intuí alguna mirada de soslayo de la nerviosa compradora de la caja vecina. Advertí por unos segundos un denodado afán de su parte por despachar primero su trámite y salir antes que yo del mercadito. Tal vez sólo impresión personal. Pero lo cierto es que en ese momento pude ver que a la derecha de mi mano derecha había una bolsa con ciruelas, una caja de puré de tomate y algún producto comestible más, que en el empecinamiento agresivo por cruzarse de caja, dejó allí olvidados.

La china que a mí me atendía, y que evidencia una inmigración muy reciente, le advirtió a su compañera, la verdulera, en chino, de esa circunstancia. Y la verdulera intentó en vano detenerla a la señora nerviosa, cuando en un veloz movimiento de mawashi-geri (o tal vez de unsu, para entendidos), recibía su vuelto y con el marido sufriente y el cochecito a cuestas, en un santiamén daba la vuelta y escapaba rauda por la puerta de calle.



Pensé por un segundo, para fortalecer mi propio karma, en salir a la calle y advertirle del olvido, que probablemente sería crucial para la preparación de su cena tan tardía como improvisada. Pero, después de todo, un occidental que se sumerge en una cascada metafísica de budismo zen sigue siendo, aun mojado por fuera, un occidental porteño y jodido. Así que terminé de realizar mi compra, lentamente salí en compañía de mi querido hermano por la puerta, miré hacia ambos lados de la cuadra para constatar que la señora nerviosa y su séquito ya no tuvieran oportunidad de regresar, y mientras detrás de nosotros las persianas metálicas empezaban a bajar, me invadió ese beneplácito ligeramente maligno, marcadamente occidental, típicamente porteño, ciertamente jodido, del que todos nos avergonzamos cuando hablamos del karma.



miércoles, 28 de septiembre de 2011

Divina TV Führer


La televisión es ese aparato que apareció, en formato voluminoso, muchas veces dentro de armario de madera con puertitas, transmitiendo parpadeantes imágenes en blanco y negro, a mediados del siglo pasado para suplantar a la radio, para decepcionar a las señoras y señoritas radioescuchas acerca de la correspondencia de las voces de galanes y doncellas de los radioteatros con sus caras (como todavía nos decepciona, a los amantes de los libros, la casi totalidad de sus transcripciones al cine o a las miniseries).

La televisión, cuando apareció, ocupó ese lugar central que ocupaba la radio en la sala del hogar, según la famosa ilustración de Westinghouse: el papá en el sillón individual de la derecha, fumando su pipa y leyendo un libro, la lámpara de pie, la radio gigantesca en forma de arco románico en su mesita ad hoc, la nena y la mamá en el sofá de tres cuerpos mirando al vacío y suspirando extasiadas. Por ese entonces, la tele se prendía exclusivamente para ver determinado programa a determinada hora, como una ceremonia familiar, una suerte de teatro doméstico.

Luego la televisión se hizo más pequeña (de hecho, fue chic que la televisión fuera pequeña; comenzaron a competir las marcas para ofrecer cajitas cada vez más portátiles, para seguir la programación en la sala, en el comedor, en la pieza), llegó el color con el Mundial 78, más tarde los controles remotos, primero con manguera, luego con botonera. Ya para entonces, la TV estaba prendida muchas horas. Pasaba a ser la compañera sonora con los teleteatros mejicanos de la señora cuando aseaba el hogar, y luego a la noche quedaba a disposición del marido, que al llegar del trabajo, elegía los noticieros o los programas políticos. Los chicos tenían “su hora” televisiva, más o menos establecida a las 5 ó 6 de la tarde, luego de las actividades diurnas (escuela, más algún deporte, más barrio) y antes de apagarse para hacer los deberes.

Luego llegó el cable, y ya pareció que habría programas variados e interesantes todo el tiempo. La verdad es que no. Muchísimas veces no hay nada de nada para ver, aun recurriendo a los canales del 400 para arriba, pero igual seguimos pasando de uno a otro con el botoncito del control, y en ese mecánico itinerario nos perdemos las horas. Si el Fútbol para Todos nos propone 6 horas diarias de Viernes a Lunes (si hay fecha a mitad de semana, en verdad es de Lunes a Viernes) de balompié y de bajada de línea electoral, aun durante la transmisión del partido, porque la militancia y el compromiso llegan hasta al cronista que está junto a los bancos de suplentes; luego los canales de cable y las polémicas de veteranos ex jugadores y ex árbitros nos robarán otras 3 horas de reiteraciones, reportajes, reiteraciones, opiniones, reiteraciones, comentarios, reiteraciones, tablas y fixture… Si Tinelli nos atrapa durante 2 horas y media de Lunes a Sábados, con excepción de los Miércoles, las repercusiones de los puteríos, delaciones y agresiones verbales y físicas, nos insumirán otras 10 horas diarias al menos durante toda la semana, con Rial, con la Canosa, con AM, con PM, con Desayuno Americano, y hasta con largos extractos que Crónica reproduce como si fuera la noticia fundamental para los argentinos (y quizás lo sea).


¿Habrán sido 613?


En fin, lo cierto es que la tele (las teles, porque la época nos trajo los televisores delgados como una lámina, y la obligación de disponer de uno en casi todos los ambientes) permanece encendida casi todo el día. Desde las 7 de la mañana para saber el clima y los cortes de calles y piquetes programados, hasta las 2 de la mañana del día siguiente, en que uno demoradamente, después de haber dado vueltas por Candela, la explosión de Esteban Echeverría, la polémica de la Ritó con Zaira Nara, etc., decide morosamente apretar el switch e irse a dormir, reprochándose por ser tan boludo.

La tele acompaña, sus estridencias (cada vez más chillones todos, con mayores cortinas de bocinas, sirenas, gritos y efectos de sonido), sus culos, sus guarangadas, sus obscenidades casi sin tapujos, están todo el día llenando el espacio, evitando a las personas el recogimiento y el silencio, la angustiosa situación de quedarse a solas entre ellas, o peor, a solas consigo mismas.

En fin, anoche en Animales Sueltos Alejandro Fantino, quien en su impostada humildad es un formador de opinión, se salía de la vaina por sumergir a su distinguido panel de gatos y figurines en una polémica definida de antemano: Jorge Jacobson había hostigado a Florencia de la V (otra vez) con su sexualidad. Coco Silly apuntó acertadamente que el comentario, acerca de que la hostigada hacía pipí de parada, era gratuitamente agresivo. Es cierto que bien puede cualquiera, sin importar su genitalidad, hacer pipí sentada o sentado.



Lo que llamaba la atención era la forma en que Fantino introdujo la cuestión, y que reiteró, como argumento, una y otra vez: “estamos en el siglo XXI”, “estamos por lanzar una sonda tripulada a Marte”, y todavía hay gente que piensa (en realidad, que observa) como Jacobson. Como si el pensamiento (la mirada) “evolucionara” o “debiera evolucionar” en un determinado sentido prefijado de antemano. ¿Prefijado por quién? ¿Por Dios? No, ya nadie cree en Dios, y menos en sus instituciones y representantes, con lo que Dios no tiene poder normativo. ¿Por una suerte de consciencia universal, que señala lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso? Puede ser, entendiendo que por “universal” se concibe solamente una parte del hemisferio occidental, soslayando las opiniones y concepciones de los resabios católicos en retroceso (por vecindad inmediata), ortodoxos, musulmanes, hinduístas, confusionistas, sintoístas… O sea que se trata, en todo caso, de una suerte de consciencia correspondiente a un estrato o grupo sociocultural occidental, de formación cristiana pero secularizado, con determinado background educativo y el acceso y compromiso con un cierto mensaje massmediático.

Demasiado sesgada esa “consciencia universal” para escapar al mote de etnocentrismo, que no es otra cosa que una forma más de colonialismo o de evangelización del aborigen nacida de la convicción en la propia y natural superioridad sobre la ignorancia de los demás.

Ese etnocentrismo, por su posición progresista, debe ser asimismo considerado, como lo fue originalmente el cristianismo respecto del judaísmo y del paganismo, un cronocentrismo: su superioridad se sustenta en su posterioridad en el tiempo, en su actualidad frente al pasado. Todo lo que pertenece al pasado está perimido por ese solo hecho, sin que sea necesaria siquiera la más elemental evaluación de resultados sociológicos empíricos. La gran familia romana sometida a la potestas absoluta del páter es superada por la pequeña familia burguesa tipo, y ésta asimismo, por las familias pluriparentales (de los tuyos, los míos y los nuestros) de a partir de los ’70. (En Argentina, léase todo agregando una década). Para luego acercarnos, progresistas, a las “familias” monoparentales y, más propiamente, a la prole propia como derecho del individuo a cumplir con su deseo vital. Es decir, ya no como concierto de voluntades de dos personas en someterse a un plexo de deberes de por vida hacia hijos que se han de tener, sino como derecho individual a tener, además de autos, motos, TV planas, casas y vacaciones, un par de hijos que mostrar y a los que llevar a Disney. En tal sentido, los casos de Ricky Martin o de Ricardo Fort parecen más alejados de la idea de familia que el de Flor de la V y su discreto marido. Será un desafío para Florencia, de 24 horas, de 365 días al año, el enfatizar su aspecto femenino en la intimidad hogareña, y el evitar situaciones paradójicas como las que imagina Jacobson.

La psicología infantil nos enseña que el niño vivencia el acto sexual adulto como un abuso, como una violencia del hombre sobre la mujer, y que esa experiencia puede llevarlo a conductas sádicas en su propia vida adulta. Es entonces recomendable evitar a toda costa que el niño presencie ciertas cosas. Lo mismo cabe para algunas otras, sobre todo, porque los roles de los miembros de una familia son referencias imprescindibles para un desarrollo sano de la psiquis y para la formación de las personas. Si obviamos esta evidencia, es porque a nosotros tampoco nos interesa lo más mínimo la infancia, como hace tiempo nos dejó de interesar la vejez, porque somos simplemente unos monstruos egoístas cerrados en nuestra propia existencia, que pretendemos pasarla bien, no atormentarnos con cuestiones existenciales (como las que nos platea esta posmodernidad de los valores en conflicto permanente) y hacer de nuestra vida una experiencia tan confortable y hedonista cuanto anodina y hueca.

Leemos en Materna: “A los 2 o 3 años, no registran la distinción de sexo, en términos del aparato genital. A esta altura, sólo saben que hay varones y nenas. Así, empiezan a imitar a su mamá o a su papá, disfrazándose con su ropa y reproduciendo conductas propias de cada género”, explica la psicóloga María José Correa, y agrega: “Recién a los 4 o 5 años, los chicos advierten que no todos tenemos el mismo cuerpo y que hay órganos sexuales propiamente masculinos y otros propiamente femeninos”.

Y luego en Pediatra al Día: La desnudez. Desvestirse para despejar la curiosidad de los niños no es lo apropiado, pero si ocurre naturalmente, o las situaciones son cotidianas dentro del núcleo familiar, no hay ningún inconveniente. Si un niño le pregunta a la mamá ‘me puedo bañar contigo’, no se le puede responder, ‘sí, pero espera que me ponga el traje de baño’”.

El tema se pone un poco más arduo (y me ha pasado personalmente) cuando, por ejemplo, en el descuido de la televisión prendida de fondo omnipresente, en un adelanto en el corte comercial, o en un extracto traído a determinado programa con ánimo burlesco, ante la aparición de Zulma Lobato, un niño de 3 años pregunta: “¿Por qué ese señor está vestido como una mujer?”.

Es claro, el niño ignora que en la posmodernidad el deseo ha reemplazado a la realidad, que el deber-ser ha terminado con el ser, que hay un acuerdo social generalizado en hacer como que, en simular situaciones como si fueran reales. ¿Hay que contestarle al niño que está equivocado en su percepción, que no se trata de un señor vestido de mujer, sino de una mujer que parece un señor vestido de mujer? Desde el conflictivo mundo de los valores, ¿qué valor se impone sobre nuestra misión paternal? ¿El de respetar ese pacto social generalizado para ver las cosas como quisiéramos que fueran? (Sobre todo, como el individuo que acude en procura del reconocimiento de un derecho quiere que el resto vea que las cosas son para él). ¿O bien, el de educar al niño en la verdad de las cosas que se oculta detrás de la apariencia? ¿Es un valor preponderante la Verdad, o lo es el Deseo? Es claro que la sugestión todo lo puede, y que de tanto repetirlo, controlarlo y censurarlo, es muy probable que la sociedad termine por ver el artificio como algo real. ¿Pero es ello bueno? O mejor, para no entrar en cuestiones de valoración absolutas (tan urticantes a la posmodernidad): ¿Es ello preferible, a la verdad?

La televisión es, sin dudas, un sistema complejo y totalizante de creación de virtualidad, y de reforzamiento de esa virtualidad mediante la asignación de roles virtuales, y la generación de situaciones que ingresan a los hogares y deben ser resueltas, tal como recién ejemplificara, con la sabia guía de la propia televisión. Es por ello que, sobre todo, es un permanente soporte del sistema de valores que debe primar para sostener la virtualidad, y al efecto, no son ya propicios los comunicadores más idóneos, más versados, más sólidos intelectualmente. No es tarea para Pancho Ibáñez, ni para María Laura Santillán, ni para Canela… ni siquiera para Osvaldo Quiroga. El lugar para ese menester lo ocupan los presentadores del montón, los chimenteros más básicos, los todólogos de la pavada, acompañados por un coro de figurines, figurones, gatos, perros, contadores de chistes, “mediáticos” e ilusionistas. Paradójicamente, esa mediocrización del comunicador aumenta la eficacia del mensaje. El objetivo no es persuadir, sino encuadrar, incorporar al receptor a la masa, demostrarle que la gente común, la gente de pata al suelo, es la que piensa así, mientras que cualquier disidencia pasa al incómodo escuadrón marginal de los “viejos vinagres”, los “dinosaurios” que no se aggiornaron a los nuevos tiempos, los “Enriques antiguos” de la TV blanco y negro que muchas veces se disimulaba en un armario con puertitas.



***

No puedo sustraerme a la tentación de recomendar este artículo (que es tan necesario como difícil, no apto ni para impacientes ni para turistas), mientras aprovecho un extracto como colofón:

“El Estado (neo)constitucional procura la autorrealización del individuo según su plan biográfico, manifestada en los derechos de última generación (la misma imagen de las sucesivas generaciones sugiere su expansión indefinida) –derecho a la disposición del propio cuerpo, a la mutación antropológica en el “género”, a la locura, a la felicidad sexual, etc. Se ha llegado al extremo deconstructivo de la relación entre sujeto y objeto, escamoteándose este último, como señalamos más arriba. La posmodernidad opera ahora sobre un sujeto transeúnte, huérfano sin ombligo, portador de derechos aún antes de entrar en relación con otros sujetos, cuya identidad resulta de su propia voluntad, pura construcción cultural. Esta construcción y reconstrucción incesante del sujeto, ocupante exclusivo del escenario jurídico, cuyo autocumplimiento requiere la diseminación indefinida de sus derechos subjetivos fundamentales, se concreta por medio del activismo judicial y de la agitación de los actores sociales coadyuvantes (ONGs, etc.)”.


jueves, 4 de agosto de 2011

De antiguos pájaros y perpetuos fantasmas



“El kakuy es un ave que frecuenta los bosques (...) Kakuy era el antiguo nombre de ese territorio, que los primeros exploradores deletrearon por error ‘Jujuy’, nombre corrupto que por fin le había quedado”.


Guillermo Enrique Hudson, Marta Riquelme.






Escena 1.

Sur de Etiopía, 2007. Una meseta árida, moteada de arbustos achaparrados bajo un sol calcinante, 50ºC a las 3 de la tarde. Una tribu nómada de raza sudanesa, sus pieles de brilloso ébano cubiertas por telas de color naranja, sus pies descalzos, sus frentes perladas de sudor, sus cuerpos extremadamente delgados, constituidos puramente por huesos, nervios y fibra. Sus ocupaciones principales son la caza y el pastoreo. Migran constantemente en busca de mejores pastos para el magro ganado y sobre todo, al ritmo de las presas, antílopes y gacelas, que a su vez van siguiendo el humor de las aguadas y de los cursos de agua esporádicos que se forman con las lluvias también esporádicas. Sus chozas de ramas son por tanto harto precarias, casi simbólicas. Tan sólo proporcionan un poco de sombra para guarecerse de la furia del sol omnipresente en un cielo vacío. Un anciano (tendrá 40 años a lo sumo, la piel cuarteada, las arrugas dibujando una profusa cartografía urbana, tres o cuatro dientes en el comedor) está contento porque pronto va a casar a su hija. El pretendiente es un cazador (como todos los hombres jóvenes de la tribu), y por lo tanto la dote está constituida por dos cabras y un AK-47 Kaláshnikov



Fusil de asalto soviético, fue el arma reglamentaria de los ejércitos rojos durante la Guerra Fría, e inundaron el África en las guerras civiles revolucionarias del siglo XX, otorgando mejores medios a los africanos para matarse en números impresionantes. Teniendo en cuenta que hoy día se trafica profusamente en el mercado negro, es el arma de fuego más utilizada en el mundo. Su difusión es tal, que incluso su silueta engalana una bandera nacional: la de Mozambique. También aparece en el escudo de dicho país, en el de Timor Oriental y en el de Zimbabwe, así como en la bandera del Hezbollah.

En América es arma empleada por las fuerzas armadas de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba y Venezuela, por las FARC de Colombia, y por los carteles narco de México, que la llaman “cuerno de chivo”, por la forma curva de su cargador. También la usan las bandas narco de las favelas de Brasil, y por derivación, la empleó tiempo atrás el Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE) que las combate.



Vuelvo a Etiopía. Cazadores nómadas aislados de la civilización le tiran a las gacelas con AK-47, que ha sustituido a las jabalinas y a las flechas, consideran a ese poderoso fusil un buen elemento para una dote matrimonial, y supongo que cualquier aventurero que cruce la meseta en una 4x4 se puede ver en un engorro si no lleva intérprete… Pero bueno, Etiopía es uno de los países más atrasados del mundo, como su vecina Somalía (o los pedazos que quedan de ella).


Escena 2.

Por oposición, Argentina es uno de los países más progresistas del mundo, siempre presto a consolidar avances normativos de primer mundo, siempre entre los 6 ó 7 primeros países que reconocen nuevos derechos, etc. Lo que naturalmente no quiere decir que sea un país desarrollado, siquiera en lo tecnológico. Mucho menos en lo humano. Altísimas tasas (silenciadas, lo que indica una nula esperanza de solución) de desnutrición y mortandad infantil, de morbilidad general en centenares de miles de habitantes de las provincias del Norte Grande, de marginalidad, analfabetismo, criminalidad y violencia… En el Gran Buenos Aires, a donde fluyen los contingentes de desgraciados expulsados de su tierra de origen, las proporciones más altas de consumo de drogas en población juvenil de toda Latinoamérica.

Pero hemos hablado de “progresismo” y de “silenciar estadísticas”. Ambos términos tienen bastante en común, por más que parezcan en una primera mirada, antitéticos. En efecto, a la progresía le encanta aturdir con números para soportar argumentos. Sin embargo, o quizás por ello mismo, tiene una tendencia irrefrenable a hacer de los números elementos esencialmente manipulables, a mentir con los números. A poner el acento en los números más fútiles para solapar los más acuciantes. Que hay tanto por ciento de fumadores, que el promedio de vida de un fumador es 7 años menor que el de un no fumador, que un fumador pasivo tiene tantas más probabilidades de contraer cáncer del pulmón que… (Hay interesantes trabajos acerca de la preocupante omisión de factores ambientales concomitantes en esas capturas, tales como la presencia de azufre industrial en el aire, plomo, emisiones tóxicas, etc.). Pero no nos interesa abundar. Lo que sí resulta menester poner de resalto es que se aplican las consabidas recetas prohibicionistas sobre una población que por su hábito o vicio padece trastornos mayormente en la vejez, cuando la accidentología, por ejemplo, señala la inmensa mayoría de muertos e impedidos de por vida menores de 35 años por siniestros viales. Como hemos dicho en otra parte, ese más angustiante problema es encarado, en cambio, con gestualidades publicitarias, que poco y nada contribuyen a afrontar el fenómeno: siguen por rutas muy malas y de doble mano circulando catraminas y camiones en pésimo estado, conductores alcoholizados, cruces con caminos vecinales de tierra, etc. Salir a la ruta es para el automovilista más diligente el mismo peligroso albur que hace 30 años, quizás incluso peor, por el crecimiento exponencial del parque automotor.



Sin embargo, tanto progresismo con que se solazan la mediocracia y la intelectualidad porteñas, ha contribuido a instalar la idea general de que hay asuntos que ya han sido superados, que la Argentina “ha evolucionado”. Las constataciones fácticas entonces devienen inconducentes. Basta con aplaudir de pie la ley o el cartelito o el discurso. Como si la sanción de la ley de matrimonio igualitario haya eliminado la angustia social, familiar, existencial, de tantas personas que se intuyen o se saben homosexuales. O haya dado una solución a la orfandad de tantos niños de la calle. Como si una ley de permisión del aborto impida que las pibas sigan quedando embarazadas a los 13 ó 14 años, o la legalización de la falopa haga que los consumidores (rebeldes de la vida, transgresores de novela de Kerouac) pierdan interés en consumir, porque siendo legal pierde atractivo. No importa. Se resuelve la cuestión del reclamo de los grupos activistas, ya no vociferan en la TV, ya no cortan una calle, y por tanto el problema ya no está. No lo vemos, no lo escuchamos: no está.

Consecuencias de una sociedad de la información, que late al pulso de los issues periodísticos. Si no está en los diarios, no existe. Sólo es “actualidad” (o sea, realidad sociológica), sólo se comenta, se discute, preocupa, entusiasma, lo que está en función de las noticias procesadas y difundidas mediáticamente. Hace un tiempo unos mineros chilenos quedaron atrapados en una mina. Gran incertidumbre. Gran emoción por un rescate de película. A los pocos días, una nena se cayó en un pozo en Florencia Varela. Otro rescate, más módico e improvisado, pero con cámaras en vivo y gobernador incluidos. Luego de ello, ya las minas y los pozos, el inframundo subterráneo, dejaron de ser noticia. Con lo que ya la sociedad supone que no hay pozos ciegos, canteras al aire libre rellenadas de agua, socavones riesgosos, minas peligrosas, grisú explosivo, etc.



Escena 3.

América es un mundo signado por el fenómeno más terrorífico que pueda generar el ser humano: la guerra civil, o sea, la matanza de vecinos con vecinos, hermanos con hermanos, padres con hijos. La guerra sin códigos, sin soldados, el partisanismo. Los infiltrados, la acción psicológica, la quintacolumna, los golpes de efecto, las represalias, la justicia por mano propia, el terror como método, las vidas como moneda de cambio y de contabilidad lúdica…

Pizarro llegó al Perú cuando la guerra civil del bastardo Atahualpa contra el legítimo Huáscar se estaba resolviendo a favor de aquél y comenzaban las purgas y las persecuciones a los vencidos. Cortés llegó a México y desató una rebelión de pueblos sojuzgados por los Aztecas, sanguinarios señores venidos del Norte con un carnicero concepto de la mercancía humana. Luego Pizarro corrió a Almagro, y los asunceños a Álvar Núñez Cabeza de Vaca. La guerra civil americana más importante por su generalización fue la llamada “de emancipación”, en la que se enfrentaron los realistas con los republicanos. Ambos bandos, compuestos casi exclusivamente por americanos. Los criollos tomaron partido en mayor grado por los republicanos, los indios por los realistas, aunque en las dos facciones había de todo. Quizás de lo que menos había en las tropas realistas era de afroamericanos (estrategia plausible de los republicanos para hacerse de un contingente considerable de buenos combatientes, que en general, quedó muerto en el frente). Si bien hubo uniformes y hasta banderas, ello no impidió que se utilizaran las guerrillas, y en un primer momento, se impusiera en el Río de la Plata la política del terror (v.g., Castelli), con fusilamientos sobre el tambor (v.g., Liniers) y persecuciones de vecinos (v.g., Álzaga) por su mera opinión o pensamiento.

En 1816 ya todos los argentinos sabían que la guerra de emancipación había terminado, y se preparaban para nuevos desafíos bélicos. En 1818 Chile también era liberado, y San Martín preparaba la expedición marítima al Perú. Sin embargo, este último hecho hizo que se prolongara la guerra civil de emancipación en la Argentina. Como los argentinos “sabían” que esa guerra había terminado, de hecho ni se enteraron de que en su territorio proseguiría por un buen tiempo y considerables bajas. Bastante lejos de Buenos Aires, es cierto, con lo que no había que darle mucha importancia.

Una vez que el bando de los republicanos se hizo del poder en Chile, se desató la llamada “Guerra a Muerte” contra los focos realistas que, de no ser aniquilados, podrían poner en peligro en el futuro la consolidación del nuevo gobierno. Esos focos estaban integrados por soldados realistas y por numerosos indios, principalmente de las etnias mapuche y pehuenche. A partir de 1818, huyendo de las tropas republicanas, muchos realistas cruzaron la cordillera. En 1819 un contingente de 7.000 vorogas, liderados por los caciques Cañiuquir y Mariano Rondeau, con más de 2.000 guerreros, atacó a los indios pampas argentinos (etnia tehuelche septentrional o günün a künna) en cercanías de Sierra de la Ventana. Curiosamente, en 1824 el héroe de Cancha Rayada (gran derrota republicana en la campaña libertadora de Chile), Gregorio de Las Heras, asumía la gobernación de Buenos Aires, con lo que los protagonistas de aquella guerra de independencia de volvían a encontrar.

Entre 1826 y 1827 la banda de guerrilleros realistas integrada por campesinos de la zona de Chillán, ex oficiales y soldados del Rey y aborígenes trasandinos y liderada por los hermanos Pincheira, también ingresó en territorio pampeano, huyendo de la persecución del Ejército Chileno, y se asentó en Chadileo, asolando la comarca en todas las direcciones, y atacando ferozmente a los indios tehuelches septentrionales, a los que prácticamente aniquiló, en alianza con los belicosos ranqueles (también un grupo heterogéneo, conformado por indios y criollos de frontera, y en ocasiones también por ex soldados y oficiales unitarios, luego de la derrota de Lavalle).



Detrás de los pincheiras llegó una columna del Ejército Chileno, integrada por unas decenas de cazadores de línea al mando del capitán Juan de Dios Montero, y un millar de indios amigos, también vorogas de la familia mapuche, liderados por el legendario cacique Venancio Coñuepán, que por entonces era sargento mayor del Ejército Chileno. Luego de algunas escaramuzas y el rescate de un puñado de cautivas, esa columna se encontró con que los pincheiras junto con otros grupos aborígenes trasandinos les cortaban el camino de regreso a Chile, y pragmáticos y serviciales, se pusieron a las órdenes del gobernador Dorrego bajo bandera argentina, y conformaron el contingente que fundó la ciudad de Bahía Blanca en 1828 (el otro grupo aborigen que colaboró en esa fundación fue el pampa que estaba liderado por el cacique Tetruel, que recibió personalmente a la columna que bajaba desde el Fortín Independencia, actual Tandil, en cercanías de la Laguna Sauce Grande, enarbolando una bandera nacional).



En 1830 los pincheira asesinarían al cacique pampa Tetruel y a toda su gente, y diezmarían a los indios del también amigo Chocorí, determinando el declive definitivo de los pampas (el verdadero “pueblo originario”) en la Argentina. A partir de entonces, los restos de esa etnia se integrarían a la civilización, e incluso algunos grupos pasarían a servir en condición de vasallos de los mapuches hostiles.

Asimismo, en 1836 un ejército de más de 23 caciques y 2.000 guerreros mapuches dirigido por el legendario Calfucurá cruzó la cordillera, y atacó y mató al cacique Venancio y sus vorogas (unos 400 indios amigos). Venancio Coñuepán, gran patriota americano y leal servidor de la Federación, fue amigo personal de O’Higgins y de Rosas, fue ascendido en 1827 por Dorrego al grado de “Teniente Coronel a Guerra al servicio de la Patria”.

César Puliafito, de cuya excelente obra La Bahía Épica (ed. La Nueva Provincia, 2010, ISBN 978-950-881-020-5, p.164) hemos extraído las referencias históricas de esta última parte, apunta sobre ese héroe olvidado y diluido en los simplistas, sensibleros y malintencionados discursos maniqueos de esta aciaga hora, la siguiente descripción: “Si bien el cacique contaba con uniformes para gala y diario, en campaña vestía prendas más cómodas aunque más rústicas, para que aguantaran el gran desgaste que provocaba salir al campo. Vestía una gorra de manga de oficial, una chaqueta corta y los grados militares (teniente coronel). Usaba el sable y un cuchillo ‘verijero’, que además de un lujo era muy práctico para tareas como picar el tabaco o cortar alimentos donde el sable o el facón se hacían incómodos”.


Epílogo

La Historia se impone por la fuerza, y arrasa implacable, como los meteoros, con las buenas voluntades y los olvidos.