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lunes, 8 de agosto de 2011

Un cucú en el nido del pueblo



Hace un tiempo atrás Relato del Presente (que hoy cumple 3 años, y aprovechamos esta ocasión para saludarlo y felicitarlo) publicó un artículo al que ilustró, entre otras, con una de esas curiosas fotos que enriquecen su archivo con pintoresquismo y mucha bizarría (en el sentido anglo-francés del término).

En la foto, jóvenes “militantes” de $ 40.000 per cápita al mes pagados por Juan Pueblo, junto a un variopinto espectro de personajes del elenco estable de Buenos Aires La Provincia, practican el gesto ridículamente gastado e hipócrita de la “V” de “Perón Vuelve” (justamente, la situación menos deseada por el inspirador del nombre de la agrupación juvenil, y la banda de imberbes que se había enquistado en la Administración pública a partir del 25 de mayo de 1973, a la que la vuelta del viejo líder de masas vino justamente a aguarles el asado).

Uno de ellos, llama particularmente la atención. Y ello así, porque luce una remera con la imagen del Brigadier General y General de Campaña de la Provincia de Buenos Aires, Restaurador de las Leyes y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Don Juan Manuel de Rosas.



A partir de Juan José Hernández Arregui, y su intento de amalgamar el socialismo revolucionario marxista (internacional) con el nacionalismo argentino aparece, en esa juventud católica acomodada y acomplejada de procedencia claramente gorila que luego sería el famoso entrismo en el peronismo (el de “Perón y Evita, la Patria socialista”), la revisión de la figura del Restaurador en la historia nacional, que en el nacionalismo ya contaba para entonces, principios de los ’70, con una erudita, documentada y lujosa trayectoria.

En efecto, la historiografía liberal que había literalmente borrado al “Tirano” de la historia, reescribiéndola a partir de Caseros, y sobre todo con Mitre, encontró en el socialismo y el comunismo y los demás partidos tradicionales que integraron el contubernio de la Década Infame, a fervorosos adherentes, que en común consolidaron una historia oficial que no admitía disenso.

Postulado el trío San Martín – Rosas – Perón por el peronismo, y anatematizado Perón como “el Tirano sangriento” luego de la Reacción Libertadura en 1955 (al punto que era obligatorio llamarlo así), el 16 de septiembre de 1955 pasó a ser el equivalente cíclico del 3 de febrero de 1852, y los golpistas a asimilarse a los federales traidores y los unitarios que acompañaron a los brasileros para la derrota nacional en los campos de Morón.

Resultaba el camino evidente para lubricar el proceso de entrismo en un movimiento popular que les era ajeno y a veces incomprensible, la sobreactuación del revisionismo histórico. Así, el término “montoneros” evocaba las montoneras federales que resistieron el proceso centralizador posterior a Pavón, y el empleo de la estrella federal (punzó de ocho puntas) pasó a ser parte de la iconografía obligatoria, en emblemas y grafitos de los grupos marxistas como las FAR.



Hoy día, en este proceso de caretismo e impostura, las consignas y los dibujitos se repiten sin reflexión y en la mayor ignorancia. Aunque, claro está, no falto de intencionalidad, ese método publicitario berreta sostenido en la apropiación de un revisionismo venerable, llevado adelante por grandes y serios historiadores que siempre han perseguido el objetivo exactamente opuesto al de los usurpadores, es decir, la unidad y la nación frente al sectarismo y la facción; a veces es digerido con notable dificultad y litros de Reliverán. Léase al respecto como botón de muestra, la reacción visceral y diarreica del pateta de Horacio González ante el reconocimiento oficial del Día de la Soberanía, en el Boletín Oficial/12 de ese entonces.

El pájaro cucú es el pata de lana de la naturaleza, por lo menos, en la ornitología. Él pone sus huevos en los nidos de otros pájaros, para que éstos los empollen y luego alimenten a los pichones. Para hacerlo impunemente, primero desplaza del nido la misma cantidad de huevos que los que va a depositar en reemplazo, porque los pájaros saben contar. Además, elige especies más pequeñas, de modo tal que cuando el pequeño cucú nace, al poco tiempo arroja para abajo a sus “hermanastros”, para concentrar todas las atenciones de sus involuntarios tutores, a veces de un tercio del tamaño del pichón vividor.

Así venimos alimentando con cantidades ingentes de recursos a los pichones cucúes que prepotentes demandan nuestro atencioso servicio. Pero, claro está, no podemos, más allá de soportar estoicos semejante afrenta, desconocer la evidencia de la impostura. Podemos ser cornudos (de hecho, en varias lenguas, como el francés, se hace mención al cucú cuando se alude a esa infortunada condición), pero no podemos permitirnos al menos manifestar que lo sabemos, y que no lo aceptamos. Si no lo sabemos a esta altura, además de cornudos somos estúpidos. Si lo sabemos y lo aceptamos, somos cornudos conscientes.

Todo pichón de cucú ignora o no comparte esos mismos emblemas, símbolos, epónimos y personalidades con los que disfraza su condición alógena. Con los que decora sus remeras, sus banderas, sus pintadas callejeras. Cuando decimos que “ignora o no comparte”, decimos que “si no ignorara no compartiría”, eso está claro.



Yendo a un aspecto más elemental del intrusaje, detengámonos un momento en el asunto de lo popular. Allí apreciamos una desviación tan enorme que está en el plano de lo antitético.

El concepto de lo popular de Rosas (un gobernante indudablemente popular), por ejemplo, está vinculado con una idea de excelencia, que parte del reconocimiento de las propias esencia, capacidad e historia del pueblo, para potenciar, a través de la organización y la disciplina, las mejores virtudes de ese pueblo.

El concepto de lo popular de estos improvisados populistas, parte de un desconocimiento elemental del pueblo al que pretenden subyugar y seducir a través de sobornos y dádivas, y que por tanto se transforma en una profundización de sus defectos. El camino facilista, que invariablemente potencia las tendencias entrópicas. Lo contrario del adagio peronista de “los hombres son buenos, pero si se los controla, son mejores”. Así entonces, serán “populares” la jarra loca, la promiscuidad irresponsable, la música apologética del delito, la vagancia, el escarnio del que trabaja y del que estudia (el “gil”), la subcultura tumbera, la subcultura villera, la subcultura inmigrante… todos aquellos fenómenos disgregantes del pueblo, a favor de la masa informe y caótica de gente desarraigada y sin destino.

Ilustremos esta reflexión, frente a las actuales lamentables circunstancias, en las que por ejemplo, sólo se puede censar en las villas durante la mañana porque es cuando los malandras duermen, y en que se fomenta deliberadamente la holganza, con las instrucciones para los capataces en el Reglamento de Estancias de Juan Manuel de Rosas de 1825:

“Los capataces de las haciendas deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador, no sirve por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos. Deben levantarse en verano, otoño y primavera un poco antes de venir el día, para tener tiempo de despertar su gente, hacer ensillar a todos y luego tomar su mate y estar listos para salir al campo, al aclarar. En invierno deben levantarse mucho antes del día, pero no saldrán al campo hasta que aclare bien. En aclarando bien, ya deben salir. Si niebla no saldrán hasta que se quite, y en el acto de irse quitando, ya saldrán. En tanto no se quita la niebla, los entretendrán a los peones en lo que haya que hacer en las casas, si es que hay, y si no, les harán reparar las huascas y defectos que tengan sus recados”.



Y ya que hablamos de entropía, enunciaremos brevemente el otro equívoco basal: El que parte de confundir Justicia Social con Igualdad, grave equívoco lamentablemente muy difundido por nuestra creciente incultura política. Para tantos “Mordisquitos” que ofician de pichones de cucúes, vayan entonces estos versos de un cabal peronista, que había entendido y expresado claramente esa esencial diferencia y ese recelo para con la igualdad entrópica, y que consta en el que fuera durante décadas el Himno Social Argentino:

Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor...

Ignorante, sabio o chorro,

generoso o estafador.

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro

que un gran profesor!

No hay aplazaos

ni escalafón,

los inmorales

nos han igualao.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura,

colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!

Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1934.







viernes, 15 de abril de 2011

Alguien alguna vez en alguna parte



Complemento del post anterior.

Alguien me ha sugerido la necesidad de complementar y profundizar la línea esbozada en el post anterior. Vamos a ver si esta vez tenemos suerte. Juega de nuestra parte la inminencia del fin de semana, que permite un mayor detenimiento en la lectura. Y nos obliga sobre todo la proximidad, a dos semanas y monedas, del Día del Trabajo. Mucho se dirá al respecto, mucho se moverá con diversos propósitos con ocasión de esa fecha. Ésta es nuestra perturbadora contribución.




Hoy estuve de excursión laboral por una localidad del segundo cordón del Conurbano. Parece mentira cómo todos los centros de esas localidades se parecen tanto, con la calle comercial, angosta y saturada de vehículos circulando a paso de hombre y de vehículos estacionados paragolpe con paragolpe contra ambas aceras. Esas veredas cubiertas por un movimiento constante de hormigas, entorpecido por las columnas de los toldos y por algunos puestos ambulantes montados sobre caballetes, ofreciendo relojes Rolez y anteojos Raiband. Sobre el cielo se recortan, como un mosaico de Mondrian, los carteles que contienen pomposas marcas, franquicias de cadenas de electrodomésticos o marcas ignotas –seguramente, locales- pero con apariencia, tanto fonética como estilística, con pomposas marcas. De esos centros comerciales de frenética actividad las estaciones ferroviarias siempre están cerca. Antes de meterse en el pasaje subterráneo que pasa la vía para el otro lado, una inmensa batea con cientos de títulos en DVD, la música al mango de un extraño aunque se ve que difundido reguetón-cumbia-hip-hop, unos muñecos inflables espantosamente chillones y algo deformados de Backyardigans y héroes de dibujito japoneses. Al lado del vendedor, hablando un poco a los gritos por el estruendo musical, un policía presencia la oferta de productos truchos, y ambos hombres se acompañan para sobrellevar la monotonía de la rutina.

Cada lugar y cada momento se combinan de formas diversas para componer un cuadro que cambia con las horas y con las personas. Hay paisajes de tango, hay paisajes de blues, hay paisajes de bolero, hay paisajes de milonga surera… En este lugar y a la mañana, acercándonos al mediodía, el paisaje era de reguetón-cumbia-hip-hop, con teclados electrónicas y voces distorsionadas hacia los agudos, con otras distorsiones provenientes de parlantes saturados… bien podría ser un paisaje de música de calesita.

En fin, no voy a detenerme en una descripción que supongo bien conocida por la leal concurrencia. Simplemente apuntaré un detalle que, en un paisaje ya conocido, y ciertamente invariable en la variación de colores y de modas, una suerte de coral que siempre es el mismo y siempre es diferente, ha llamado mi atención. No porque no pueda explicarlo, sino más bien por lo contrario. No porque en sí mismo genere sorpresa, sino porque genera desasosiego. En medio de esa calle comercial tan típica, está situada una sucursal del Banco Nación, también más o menos típica. Lo que llama la atención es la cola escalofriantemente multitudinaria que sale de la entidad bancaria y se prolonga, ocupando todo el ancho de la vereda, 50 metros hacia la esquina, y luego cien metros más dando la vuelta por la calle lateral, hasta perderse por la otra esquina. Una cola que es la misma en su densidad y longitud a las 11 de la mañana, a las 12 del mediodía, a la 1 de la tarde… Una cola que es la misma, y sin embargo, siempre es diferente, como el río heraclíteo, porque la clientela se renueva, y el ritmo de atención evidencia incluso alguna celeridad. En esa cola conviven transitoriamente algunas personas mayores, otras ancianas (que son empero el grupo etario minoritario), mucha gente de mediana edad, muchos jóvenes. Los jóvenes, todos con gorrita blanca y pantalones de gimnasia abuchonados, charlan animadamente con las jóvenes, de pantalón de jean ajustado, cinturón de tachas y chaleco o campera corta, estilo “inflado”, de color blanco también. Si uno no supiera de qué se trata, y viniera evolucionando por las terrazas y las nubes en una máquina del tiempo hasta aterrizar en el medio de la calle comercial, diría que se trata de las “blancas palomitas” de Jacinta Pichimahuida, aggiornadas al siglo XXI. Muchas madres, pocos chicos, lo que resulta razonable después de todo, ya que la espera nunca es grata, ni siquiera para entrar al cine. También algunos cuantos señores de treinta-cuarenta y pico. Los hay incluso de saco y corbata, de trajes algo vetustos y mucho más baqueteados, con preponderancia de los tonos marrones. Y de las camisas amarillas. Seguramente gestores…

Es 15 de abril, o sea, la mitad exacta del mes. Para alguien cuya única relación con el Estado es la impositiva, es decir, que pone pero no accede a ningún beneficio de esas arcas, la fecha resulta un día como cualquier otro. Viernes, encima. Tentación de rajarse temprano y comenzar el fin de semana medio día antes, como hacen los europeos. Sin embargo, oculta un significado especial para un conglomerado importantísimo de personas en esa y en tantísimas otras localidades del conurbano. Alguien no lo sabe, pero cae de maduro, es fácil de inferir hasta para un distraído. Alguien invirtió dos horas y media de su mañana para llegarse hasta allí e invertirá otras dos horas y media de su tarde para volverse, luego de haber acometido algunas diligencias impuestas por su trabajo. Ciertamente, para alguien el programa no resultaba grato, ni siquiera cuando se comprometió, una semana atrás (pensando que el haber demorado 7 días la travesía era algo parecido a haber eludido el compromiso… una ilusión tan frecuente y leve como la vida misma). Sobre todo porque alguien, al perderse 5 horas in transitu, se perdía también 5 horas de trabajo. Y, créanme, alguien está lejos de ser un workoholic (al menos, en estos días).

Pero esas 5 horas de trabajo efectivo aportarían sustentabilidad al fin de semana de alguien, como para otros (como alguien ahora comprobaba) esa sustentabilidad la aporta exactamente la actitud contraria: la de perderse las horas de la mañana, y tal vez algunas horas de la tarde, en una cola que reportará a esos otros los mismos beneficios que las horas de trabajo efectivo hubiera aportado a alguien.

En fin, parece complicado, pero es bien sencillo. Lo que a alguien le despierta curiosidad, por su anticuada formación familiar, y hasta educativa, es que ese modelo funcione (y ahora comienza a entenderse el post anterior, espero). Que perder el tiempo funcione, reporte alguna utilidad. Y repito –y también remito al post anterior- que cuando hablo de perder el tiempo no hablo del ocio, al que yo atribuyo innumerables y valiosísimas cualidades. Hablo del no-ocio, y del no-trabajo. De ese limbo de negatividad y de negación que se compone tan sólo de perder el tiempo; o sea, del derroche absurdo del bien más preciado que se le otorga a una criatura mortal al nacer. El único bien auténticamente escaso, irrecuperable, que se pierde desde que se recibe, y que uno debe administrar con sapiencia y responsabilidad, si quiere, simplemente, que la aventura de vivir (esa aventura tan prestigiada por la sensiblería pero tan despreciada por la moderna cosmovisión), al final, haya valido la pena.

Para que perder el tiempo depare alguna utilidad (¡quién no habrá soñado desde chico con que le pagarían por hacer una cola en el banco! La utopía se ha cumplido, y ya sabemos quién va a beneficiarse de su propaganda), alguien debe pagar la fiesta. Es decir, sabemos que la paga el Estado, que lo hace mayormente desde los recursos que la ANSeS “administra” para los jubilados de hoy y de mañana. Pero también sabemos que el Estado no produce nada, salvo déficits y gastos. Y cuando se pone a producir, mejor agarrarse la cabeza, como en el caso del Correo, que pierde centenares de millones de pesos al año mientras la escasa correspondencia que sigue circulando por sus carriles llega siempre abierta y depredada (un poco más de socialismo real para nostálgicos). O como en el caso de Aerolíneas, que le sale a cada argentino que eventualmente usa su servicio alguna vez en toda su vida al menos un millar de pesos al año.

No voy a caer en la perorata del contribuyente, aunque mucha justicia tendría que enfoque la cuestión desde ese lado, sobre todo, no porque el contribuyente pague mucho, sino porque paga siempre de más. No sólo paga fortunas por todo lo que consume, por la aplicación de los impuestos indirectos de naturaleza regresiva (por si no se entiende: anti-redistributivos… no se deje engañar, señora), antipolítica que se beneficia de la inflación. Sino porque paga educación que luego debe procurarse en establecimientos privados porque los públicos están en las más patéticas condiciones de abandono (antes espiritual y académico que edilicio).

Y paga salud que luego debe recobrar a través de sistemas de medicina prepaga, también privados. Y paga transporte público, al que no sólo no puede subirse, sino que justifica que adicionalmente le apliquen “medidas disuasorias” a la movilidad privada, restándole espacio para la circulación, aumentándole los impuestos al combustible, los costos de estacionamiento, las patentes, los seguros.

Y paga deporte que luego tiene que ver con pésima calidad de dirección y precarias coberturas, con patéticos relatores y peores comentaristas baja-línea política, mientras lo saturan con martilleante propaganda estalinista del estilo de 1984 (al libro de Orwell, me refiero), debiendo a cambio privarse de ir a la cancha y llevar a sus pibes como hacía su viejo con él mismo y que fuera la experiencia que evoca cada vez que desempolva del último cajón la camiseta que ya no puede ponerse, si es que valora mínimamente su integridad física. Y de tal forma, no yendo ya a la cancha, y cortando también la cuota social por un espectáculo que ya no disfruta, tampoco contribuye con las arcas del club, que debe depender cada vez más del trajinar mendicante en los pasillos de la política.

Y paga seguridad de la que mejor ni hablar, mientras blinda puertas, enreja ventanas, pone alarmas, paga una garita de vigilancia en la cuadra, cambia el auto por algún cascajo modelo noventa y pico para no llamar la atención…

No voy entonces a caer en la tentación de hablar del contribuyente medio, que es el argentino medio, el que yuga todos los días y se lamenta cuando pierde 5 horas de trabajo que son 5 horas de efectivo, pero se lamenta más cuando los precios dispersos de los supermercados crean una sensación realmente apremiante en su billetera.

Voy a hablar más macro, desde un horizonte sistémico. De dónde viene la plata, el excedente que permite sostener a tanta gente perdiendo el tiempo.

Todos sabemos que proviene, principalmente, de los commodities que produce la Argentina y cuyo precio ha crecido impetuoso por demandas internacionales de alimento. Esas demandas internacionales demandan materias primas. Ni se nos ocurra elaborar algo más que aceite, porque de ello se encargan las industrias de los países compradores, y si no nos gusta, comprarán a Brasil, o a EE.UU. También ha crecido la producción, es evidente. Cuando un producto vale mucho, se lo producirá hasta en las macetas. Ese producto, de cultivo latifundista por su propia naturaleza, demanda el trabajo de una sola persona para atender varios miles de hectáreas (a diferencia de la carne, que ya no deja tanto, y por eso se ha achicado la cabaña, pero que emplea a muchas familias por campo). Y la mayor parte de los millones de hectáreas puestos a producir ese monocultivo está concentrada en pocas manos, mientras los productores menores también siembran del oro verde, para ver si pueden pelecharla.

Pero aun más concentrado está el mercado de la intermediación, el bendito “sector exportador”, que es el verdadero fijador de precios internos. Hablamos de media docena de gigantes, todos de extranjera titularidad.

A ese complejo (y a otros menos importantes, pero con funcionamientos idénticos) el Estado le aplica impuestos, a los que no les dice impuestos, pero ése es otro cantar… Como la base imponible está expresada en moneda extranjera, esos ingresos del Estado son en moneda fuerte, lo que le permite al Estado emitir ingentes cantidades de circulante para el mercado interno, que a su vez deprecian el valor real de la moneda local, con lo que diluyen los beneficios sociales que ostentosamente otorga como generosas dádivas humanitarias. Y así se van pedaleando las degenerativas condiciones de viabilidad a futuro. Alguien lo pagará mañana.

En ningún momento, entre tanto bicicletear, el Estado detuvo su pedaleo para levantar la cabeza y planificar mínimamente los próximos 3 ó 4 kilómetros de viaje. Como si se tratara de un emirato emplazado sobre un gigantesco mar de petróleo.

Si a eso le sumamos el deterioro progresivo de la clase media (en inquietante y acelerado proceso de proletarización, al punto de que hoy la mayoría de los analistas coincide en que “clase media” es antes bien un autoconcepto psicológico-cultural de pertenencia, que una entidad o un estrato socioeconómico), parecería que, efectivamente, se está aplicando a nuestro país, un modelo.

Un modelo en el que el Estado distribuye sobre una masa humana cuantitativa y cualitativamente cada vez más dependiente, aquellos excedentes devenidos de actividades híperconcentradas en las manos de un puñado de poderosos, que exige para la prosecución de sus actividades en el país de una regulación laxa (si es posible, incluso inexistente), de la prescindencia de mano de obra y de un mediano control social, que asegure que esas actividades no son perturbadas. Desde esa dimensión es más fácil atisbar el descalabro medular, la amenaza profunda y estructural, que produjo al modelo el conflicto nacional y social de 2008, y que lo llevó a mesurar los embates que, igualmente, se siguen produciendo con menor tenor, mayor dispersión y planos de actividad menos sensibles.

Todavía ese modelo no ha podido encontrar una forma de concentrar y simplificar la matriz del transporte de cargas. Y ello explica el peso y capacidad obstructiva que conserva esa actividad, la única que tiene todavía entidad de actor sociopolítico trascendente.        

jueves, 14 de abril de 2011

Un modelo así


Dicen algunos que, a mediados de los ’80 ciertos cenáculos influyentes de ambos lados de la Cortina de Hierro, conjuntamente con representantes del poder financiero internacional, comenzaron a plantearse, en un tono estrictamente confidencial y secreto, el escenario de un nuevo orden planetario. A tal efecto, el nuevo esquema de dominación-administración del orbe preveía un orden económico capitalista súper concentrado en megamonopolios privados que garantizaran la inversión y un orden social de corte socialista, que había probado mayor eficacia en términos de sumisión y control. Esa amalgama resultó casualmente coincidente con la evolución mundial verificada con posterioridad a la caída del comunismo en Europa del Este. Lejos de resultar (justificadamente) defenestrado como cruel totalitarismo asesino y aniquilador de los espíritus, a excepción de los países que acababan de salir de la pesadilla y que no querían saber más acerca de cualquier cosa de color rojo, el comunismo fue presentado a Occidente como el bálsamo moral que reconforta como guía axiológica, como “utopía” o faro del humanismo, que orienta y corrige los desbordes del capitalismo globalizado. La intelectualidad de izquierda, sobre todo la proveniente del comunismo, perdió de pronto la vergüenza por su pasado turbio y pasó a monopolizar las usinas oficiales, paraoficiales y mayoritarias de la opinión mediática. Sobre todo, recuperando los antiguos vicios (no sólo estalinistas, como tantas veces hemos visto y vemos), a pontificar y ejercer el control de la opinión general, a censurar y perseguir, a señalar a los peligrosos y a aislar su mensaje, y de ser posible, a aislar personal y profesionalmente a los enemigos señalados, condenándolos a un definitivo ostracismo.

La declinación del comunismo, su claudicación frente a Occidente, no implicó de manera alguna la occidentalización de la barbarie tártara (Thomas Mann dixit). Si algo se perdió luego de 1991 fue cualquier ilusa aspiración al liberalismo social, es decir, el desvelo del individuo por asegurar su libertad de acción y su intimidad.

La intimidad fue suprimida de plano del nuevo orden social, no sólo como valor sino como realidad. Desde lo valorativo, es mal vista cualquier actitud que sugiera reserva, porque la reserva es apreciada como inautenticidad, como solapamiento. También es mal vista cualquier actitud que sugiera recato, porque el recato es apreciado como cobardía, como falta de sinceridad o como claudicación burguesa a las imposiciones sociales. Desde lo real, se promueve tanto desde lo tecnológico como desde lo social (planos que tienden a identificarse) una suerte de promiscuidad del vínculo. Los “amigos” se multiplican hasta diluirse el concepto en una indeterminación cercana a la generalidad. Es decir, la amistad se hace pública, y por tanto deja de ser amistad, que por definición siempre es íntima y privada. Con esa publicización de la personalidad, el individuo deja de actuar particularizadamente respecto de sus semejantes para actuar públicamente respecto, precisamente, de un público indeterminado. Se publican las fotos de los hijos, los acontecimientos cotidianos, las pequeñas anécdotas, los más nimios desvelos. Se comunica todo, se exterioriza todo. Se produce una reversión del proceso espiritual, por naturaleza, reflexivo e introspectivo. De tal forma, empobrecido el espíritu por la hiperactividad de la exteriorización hacia un público genérico, finalmente se empobrece el mensaje. La gente comunica y comunica, se hace pública hasta en sus facetas más triviales (o sobre todo en sus facetas más triviales). Y luego finalmente no comunica nada relevante, porque nada relevante produce desde su interior. Los mensajes tienden entonces a uniformizarse, a achatarse y mediocrizarse. La diversidad es lo que se pierde. La igualdad de autómatas desangelados, de tiernos espectros sin consciencia es lo que se consigue. Un control social definitivamente propio de la experiencia socialista. Perdida la intimidad, se pierde la libertad, porque nadie es dueño de lo que no posee, y la libertad sólo puede ser si hay un ámbito personal e íntimo, espiritual y privado, para su desarrollo.

El modelo capitalista monopólico súperconcentrado, por otra parte, nos permite asistir a una economía mundial que emplea entre el 14% y el 10% de la mano de obra disponible. Circunstancia que, combinada con la carrera tecnológica hacia la automatización y la maquinización, implica una tendencia hacia un progresivo decrecimiento de esa participación. En Perros de Paja John Gray llega a pronosticar para los tiempos que corren que, de encontrarse empleada la totalidad de la población económicamente activa, cada trabajador necesitaría laborar por tan sólo 30 minutos diarios. La ecuación del desarrollo conduce a desembarazar al hombre de esa “condena bíblica” que es el trabajo. Ahora bien, ¿qué le depara un mundo sin dioses, sin mitos, sin fantasías, sin desafíos, sin misterios y sin deberes, al hombre? ¿No es acaso el hombre una función de la deidad, un hacedor y perpetuador (un eterno repetidor) de mitos, una imaginación fantástica, el permanente retador de la autoridad de los dioses y del poder de la Naturaleza, un misterio en su propia esencia, para sí, para los demás y para su propio proceso cognoscitivo, una criatura del deber en tanto consciente y libremente electora? ¿Qué queda entonces del hombre, después del huracán del humanismo? ¿Tan sólo una corteza muerta, de raíces podridas, una fisiología animal y una conducta borreguil siquiera soliviantadas por el hálito del instinto? No son tiempos éstos propensos a la filosofía, menos aun a la metafísica, paisajes conocidos en la antigüedad a través del camino del ocio. Y el ocio es malo, ha sido declarado proscripto por el mundo del negocio, de la negación del ocio. ¿Cómo puede ocuparse al hombre en un mundo en el cual el trabajo es una condena progresivamente suprimida, y donde el ocio es un pecado mayúsculo? ¿Estará entonces el hombre frente a un destino de Sísifo, como le anticipara Camus?



Por lo pronto, tenemos ya a un hombre muy ocupado, pero en creciente tendencia al no-trabajo (que no es ocio, insisto). Un hombre que debe hacer muchos trámites, contestar muchos correos electrónicos, mantenerse permanentemente actualizado con las novedades tecnológicas, con las modas, con los hábitos de consumo, con los viajes y los compromisos de una agenda repleta de contactos y de reclamos. Supongo que un hombre tan ocupado no tiene demasiado tiempo para perder trabajando… mucho menos pensando. En un contexto así, para Gray (op. cit.) la droga es un camino plausible. Pocas cosas mantienen al hombre tan ocupado como la droga. Cuando no está allá alto, está muy bajo y ansioso y preocupado por conseguirla. Pero siempre en movimiento. En el movimiento inútil e insensato de la existencia más llana e intrascendente. La metáfora del Hades que figuraron los griegos. O la del Hell de los viquingos. Vagando los espíritus en círculos y en silencios, en oscuridades crecientes progresivamente atenuándose hasta finalmente diluirse, sin ruidos y sin pompas. Para Gray también, curiosamente el negocio de la droga es el más crudamente capitalista de todos. Hípercapitalista, súpermoderno, no se constriñe a las regulaciones estatales, tiende naturalmente a la concentración, tiene mercados cautivos, crece hasta abarcarlo todo.

Un modelo así dice que el consumo debe ser generalizado pero la producción debe ser concentrada. En tales circunstancias, se alcanzan las antípodas del pensamiento de Thorstein Veblen. El economista norteamericano clasificaba el mundo entre productores (los que trabajan) y parásitos (los que no trabajan). Pero en un modelo así el que produce es el parásito y los que consumen no trabajan. La negación del trabajo, luego de la negación del ocio, implica la muerte del último paradigma clásico, y tal vez la muerte del último de los dioses, si escuchamos tenuemente a Jünger… En un modelo así el Estado se debe transformar en el gran dador, en el único dador de dinero para el consumo. A tal efecto, recabará recursos, por medios fiscales, de los productores capitalistas concentrados, y los distribuirá entre los súbditos para que ellos consuman lo que ya no producen. Se consuma definitivamente el divorcio entre producción y consumo. Si en las economías tradicionales cada uno consumía lo que producía, y en las economías liberales ya el individuo producía dinero con su trabajo para consumir lo que otros producían, en un modelo así el individuo no trabaja y por tanto no produce dinero. Solamente consume. Y lo primero que consume con vehemencia es, tristemente, un modelo así.


jueves, 14 de octubre de 2010

"Peor es trabajar"



Escultura Canto al Trabajo (Paseo Colón e Independencia), de Rogelio Yrurtia. 14 personas arrastrando una pesada roca. Simboliza que la unión y el esfuerzo en el trabajo son capaces de superar las mayores dificultades.



A fines de los '80, principios de los '90, estaban los grasas que iban a las bailantas a escuchar las cumbias melódicas de ese entonces, y que conformaban un mundo periférico todavía muy plural. Cuando me refiero a pluralidad, hablo de la pluralidad etaria. En los galpones de un club de barrio, con una iluminación de bombitas de colores, que pronto fue dejando lugar a "efectos" un poco más jugados, como la bola de espejos, se sorteaba un Fitito '73 con la entrada y se tomaba mucha cerveza en vasos de plástico, en torno a mesas de plástico, mientras la monada mostraba su plasticidad para el baile y la franela en la pista. A esos bailongos iba toda la familia: la mamá gorda, el papá cansado, las nenas pintarrajeadas en minifaldas o pantalones blancos, y también los precoces nietitos, regalos tempranos de algunas de las nenas para que la mamá gorda renovara su vocación de mamá gorda por una generación más. A veces, si no había con quién dejarla, también se sumaba la abuela con su vestido floreado y su imponente y exánime busto... tan imponente como el de Lía Crucet, que hacía las delicias de chicos y grandes. Los chicos, evocando su reciente idílica etapa de mamíferos, los más grandes, soñando con flotar entre esas nubes de blandura sudorosa. Todo el bailongo, puliendo las baldosas negras de la cancha de básquet y de handball, reproducía una sana escena de casorio y de cumpleaños de 15, con éxitos innumerables de las 9 docenas de discos de los Wawancó y los Palmeras. Gente de trabajo, de trabajos pesados, o sucios, ingratos, de trabajos de mierda, con diversiones al alcance de su billetera, pero también al alcance de sus pretensiones, módicas y sencillas.


Entonces se empezaron a diferenciar los bailes, aunque en el interior eso llegó más tarde. Ya la vieja no acompañaba a sus hijas, y los jóvenes se congregaban en algunos clubes de barrio, mientras los viejos (los "treintones", los "cuarentones", como se les decía por entonces a los cincuentones y los sesentones) iban a otros clubes de barrio.


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los chetos. Ésos iban a los boliches de calidad, que a las infaltables bolas de espejos sumaban la infalible luz negra en los lentos, los flashes que nos hacían ver a todos como en una secuencia de movimiento-cuadro-por-cuadro, las barredoras y otros artilugios giratorios parecidos a platos voladores. La pista, en un boliche bueno, siempre tenía que estar bien diferenciada del resto del piso, generalmente en desnivel, y por supuesto, se desaconsejaba que hubiera mesas, las que eran reemplazadas por sillones bajos propicios para el manoseo clandestino, cuya zona de emplazamiento se conocía como "reservados" (y que luego se propagó a la jerga cabaretera, aunque con un sentido más comercial -DRAE, XXIIª ed., 7ª acepción). Allí los chetos escuchaban la música de moda, y con intensa devoción y apasionamiento pasaban de ser fans de Depeche Mode a fans de Guns & Roses, a fans de Bob Marley, de Soda Stéreo, de Charly García, de los Redondos o de Los Pericos. Con la altísima volatilidad de las modas pasajeras, las habitaciones se transformaban en inmensas bateas de variadísimos géneros, con un solo disco por grupo, gastado durante un año a lo más, para no volverlo luego a escuchar en la puta vida, generalmente Greatest Hits o el que pegó en la radio. Los chetos se uniformaban: con la chomba Lacoste (fundamental el cocodrilo, si no, mejor que ni te pusieras una chomba), con los cardigans, con el suéter al cuello, con los zapatitos náuticos, con el jean de marca... cuando llegó el grunge, con camisa a cuadros escoceses, etc., etc. Claro, para estar al día, era muy difícil ver entre éstos a pibes laburantes. Eran todos estudiantes, hijos de papis que podían mantenerles tan exigente handicap.


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los rolingas, una subcultura levemente marginal del conurbano y de los barrios de zona Sudoeste de la Capital, proveniente de gente de clase media y clase media baja, en general trabajadora, que recalaba en los lugares de rock, de Flores o de Bánfield. Por ese entonces casi todos llevaban el pelo largo, usaban camperas de jean llenas de prendedores y la inflatable tuquera colgada al cuello entre numerosos talismanes y el pañuelo grasoso. Fundamentales eran el porro y la birra, y también saber bailar rocanrol. Musicalmente eran definitivamente clásicos, reactivos a cualquier innovación y mucho más al empleo de tecnología o implementos que suplieran al clásico voz-guitarra-batería y bajo (que sólo admitía los "caños" en ocasiones). Salirse cuatro milímetros de un canon musical cuadradito y con canciones clonadas era "venderse", y en esa consideración no importaba la certeza de que los admirados Rolling Stones no eran más que una gigantesca máquina de producir dinero, sin pruritos para adaptarse a las contingencias de las modas para mantenerse en el candelero. Siendo una subcultura juvenil, sus exponentes eran trabajadores de mayor precariedad, generalmente lanzados al sector servicios (cadetes, mozos, comerciantes de almacén o de kiosco) o al sector industrial (aprendices en imprentas, en textiles, en talleres mecánicos).


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los punks, los metaleros, y toda una movida más pesada y marginal, por la que sin embargo comenzaban a colarse los nuevos sonidos de la música alternativa. De lo más pesado y más marginal, destacaban los punks de cresta y los skinheads, todos del conurbano (aunque también había skinheads chetos de Belgrano, pero no ahondemos en las excepciones, porque nos distraeríamos del objeto principal), antisociales, quilomberos, destructores y agresivos, enfundados en pantalones chupines y borcegos de punta de acero, para hacer daño, para bancarse un pogo sanguinario y acercarse en medio de una maraña de empujones, trompadas y patadas al escenario para escupir bien en la jeta del cantante idolatrado. Los nombres de las bandas ya eran de por sí bastante explícitos: Rigidez Cadavérica, Conmoción Cerebral, División Autista, Meada Corrosiva, Flema, H.D.P. Y las letras también eran corrosivas, vinculadas al descontrol, al caos, y también a una pulsión de muerte o a imágenes de terror muchas veces divertidas, como puede verse en El Féretro o en Abre la Celda de Todos Tus Muertos, o en Cáncer de Flema: "Cuando ya se te va la vida / entrás en un sanatorio con ganas de morirte / sangran tu nariz y tu boca / provocan mucho asco / te dejan para la autopsia. / Cáncer, quiero, quiero cáncer / tengo, tengo cáncer / voy a morir de cáncer". Todos, unánime y enfáticamente, cantaban contra la policía, inspirados desde afuera por The Clash o por The Exploited y sus Cop Cars, o incluso por Titas y su Polícia (para quem precisa). Así Comando Suicida con Yuta, o Todos Tus Muertos con Gente que No, o los Defensa y Justicia de Varela con Ratis... y nos detendremos en esa pieza musical, porque es sugestiva para lo que exponemos: "Me levanto a la mañana, me voy a trabajar / jornada de trabajo, caos laboral / el sol calienta los cerebros y encima hay que aguantar / que vengan los ratis, a molestar. / ¡Allá vienen los ratis!".


Esa misma banda, abordando otro de los temas predilectos del palo, cual es la cultura cabaretera (como también Comando Suicida con Cabaret del Suburbio), cantaba en Fucky-Fucky: "Salimos del trabajo a las tres de la tarde / veintiocho grados de calor / tomamos cerveza en el camino / y nos vamos todos a la Isla Maciel".

Todos los grupos subculturales en que se dividía el divertimento nocturno (y también el diurno) tenían como rasgo común el de odiar a los chetos (aunque no por ello dejaban de odiarse entre ellos, ciertamente, y cuanto más afines, cuanto mayor la posibilidad de coincidir en el mismo espacio, como pasaba con punks y skinheads y trashers, eso era más marcado). La cuestión radicaba en que los chetos eran los mantenidos, los que no tenían que trabajar, como lo expresa Comando Suicida (skinheads) en Grito Proletario:

[Preámbulo relatado]
"Sonó el despertador.. ya son las 7.. afuera llueve y hace frío.. hoy no quiero ir a trabajar... pero si no voy.. no como. Mientras tanto yo sé que, mientras yo estoy entre esa lluvia y ese frío trabajando, muchos otros están en sus casas, con la mucama sirviendo el té, la hermana en la universidad con sus pensamientos psicobolches, el padre demoliberal burgués. Somos sus esclavos, nos explotan los que nunca trabajaron, los delincuentes de guante blanco, para ellos somos asesinos... somos basura... y nuestro único pecado es haber nacido pobres..."

[Canción]
"Estás todo el día, sentando en el bar
Por que sos un burgués y no trabajás

Te gastás todo el dinero que te da papá
Cerdo capitalista, qué asco que me das

"Puto mantenido Oi Oi Oi


"Miles de chicos tenemos que trabajar
Porque no somos de tu clase social

Vos sos un enfermo nene de mamá
Que estás todo el día sentado en el bar


"Cobarde mantenido Oi Oi Oi

"Yo no soy como vos yo no soy como vos

"Vos no tenés aguante
Vos sos un burgués vigilante".


La cisura entre los chetos y los demás se producía por el elemento trabajo. El joven que trabajaba no era cheto, era auténtico, era confiable, tenía códigos, se mantenía dentro de una lógica productiva; mientras que el que no trabajaba, era un mantenido, un indolente, un parásito, un burgués. No había posibilidad de negociación alguna entre los grupos sociales compelidos al trabajo (y trabajo era una palabra con una acepción predominantemente manual, física, y siempre asalariada), y aquellos otros con una posición económica más acomodada, que estudiaban sin trabajar, o que trabajaban de camisa y corbata de aprendices en un estudio, por ejemplo. Las especulaciones de los universitarios marxistas, tan preocupados por la condición de los proletarios, en largas discusiones de café, o en "comprometidas" manifestaciones en las calles de Barrio Norte, exasperaban, irritaban a los que trabajaban "de verdad".

Café de debate universitario-socialista.


Esa hermandad del trabajo era asimismo la que superaba las fuertes disensiones entre los subgrupos restantes, a través de un código de respeto. Recuerdo una vez, en la entonces Radio Alfa (106.9), periférica y marginal, en un horario encima más marginal aún, como a las 3 de la mañana, un reportaje al rústico cantante del grupo punk-cresta (hardcore-punk) de Aborto. El tema giraba en torno a la inminente visita a Buenos Aires, Federación Argentina de Box, del grupo británico GBH (ocasión en que la "cresta caravana" hizo estragos, dejando docenas de autos estacionados destruidos). Pero como suele suceder en toda conversación, abarcó otro tipo de asuntos, y terminó desembocando en la conocida "pica" entre los punks y los skinheads, y por supuesto, sufrió la defenestración de los segundos en la opinión del entrevistador, personificados en Comando Suicida. El cantante de Aborto entonces se sintió obligado a efectuar una salvedad, manifestando que a él le constaba que los pibes de Comando "trabajan", que son laburantes de verdad, que él lo había visto a Sergito varias veces en Tigre bien temprano llevando cajones de verduras...



Cuándo y por qué llegamos del "Barrio Obrero-Valentín Alsina" de 2 Minutos a la exaltación de la marginalidad delincuente como nuevo patrimonio subcultural, en el fenómeno de la cumbia villera y del hip hop villero, pero también en el del rock barrial, es una incógnita para mí, que sólo puede encontrar como punta de respuesta una modificación en el mensaje general de la cultura de consenso. Porque las únicas contraculturas que conozco son las realmente autónomas, por soberanía o por aislamiento (como los Amish de La Pampa). Pero las subculturas, como lo dice el prefijo, son subproductos de la cultura general o dominante. Subproductos adaptados a las necesidades o códigos de los grupos sociales, pero siempre funcionales a la cultura dominante, en cuanto se insertan e interactúan con ella.

Una pauta que permite identificar el patrón subcultural, ya la ha anticipado Edwin Sutherland con su teoría de las asociaciones diferenciales, particularmente, a partir de las técnicas de neutralización, que no son más que un esquema moral normativo paralelo de justificación de las conductas delictivas: la sociedad tiene la culpa, robo porque lo necesito, porque necesito algo más que el que lo posee, lo lastimo porque se lo merece, porque es un parásito, porque es rico... robo porque no hay trabajo, porque los trabajos que hay son una mierda, porque no soy un gil.

El trabajador pasó de ser un exponente de una suerte de nueva aristocracia protagonista de la Historia, austera, fuerte y respetable, como la había prefigurado Ernst Jünger, a ser un gil.

Proyecto de Monumento al Trabajador, 1951 (140 metros de altura). Luego del golpe de 1955, se lo descartó, y fue retomado en el gobierno de Isabel Perón, en el mismo lugar, como Altar de la Patria (también fallido).



Y como las subculturas desarrollan sus técnicas de neutralización de forma paralela, y no contradictoria, con el mensaje de la sociedad de consenso, resulta evidente que, también para ella, el trabajador resulta evidentemente un gil. Y en eso tiene mucho que ver la clase política con su actitud paternalista y de superioridad. Una clase política que les toca las cabezas cuando baja al conurbano para un acto en que graciosamente les regala unas casas de mierda, ubicadas en una zona de mierda, en calles de barro y abandono, bien lejos de sus mansiones y hábitos fastuosos de consumo (que además ni siquiera se preocupa en ocultar, sino que por el contrario exhibe como trofeos de conquista), para que viajen luego en unos trenes vergonzosos o en remises de la Edad Media, a romperse el lomo por un dinero que día a día vale menos.


Es sencillo: La clase política le ha perdido el respeto al trabajo, y por ende, al trabajador, al que considera un inferior, un pobre boludo que sólo sirve para votar cada dos años. Al que hay que acariciarle la cabeza, y darle un hueso de vez en cuando para que no joda y siga fiel moviedo la colita. En cambio el delincuente, si no es respetado, al menos es temido, lo que en sentido práctico, como diría el personaje de Chazz Palmintieri en Una Luz en el Infierno, incluso es preferible.

Y encima, ese delincuente es justificado, por un contradictorio mensaje emanado desde el poder, que mientras miente y miente abrumando de datos dibujados que hablan de un crecimiento chino y de una pobreza reducida a la insignificancia, argumenta la delincuentización social (que ya no es un fenómeno marginal sino general, en muchos lugares preponderante, y que implica que incluso el que trabaja está muchas veces al límite del descuidismo, de la estafa o del abuso de confianza) en carencias económicas, en la falta de oportunidades, en definitiva, en la necesidad; cuando resulta que claramente, hoy día en la Argentina, la delincuencia no es una necesidad, sino una preferencia, nacida de la más absoluta racionalidad.