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lunes, 19 de diciembre de 2011

Mitos

En honor, sobre todo y por siempre, al mito más hermoso, el mito de la libertad.

El mito es una intuición prerracional, un reconocimiento de la incapacidad movilizadora de la razón como fuente de los impulsos humanos, un postulado apriorístico que, con el avance de la neurociencia, ha demostrado su verdad: la razón aparece siempre detrás de la acción, justificándola, llenándola de sentido –racional-, creando en el sujeto la ilusión del autocontrol, de la autodeterminación. No hay nada más perturbador ni más sombrío que la certeza de nuestras limitaciones en punto a nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra circunstancia y nuestro destino. A ese hallazgo llegó Sorel a partir de Marx y de Bergson. Apoyándose en el segundo, y revisando al primero, con esa obsesión meticulosa nacida de su firme pertenencia marxista original, enfrentada a una condición constitutiva de su más íntimo ser: la necesidad de ser sincero y verosímil, de ajustar el viejo esquema de mediados del siglo XIX a la realidad dinámica y arrasadora de la Europa de la primera mitad del siglo XX.



De ese viejo esquema, como de las capas de la cebolla, fue desembarazándose el pensador de Cherburgo principiando por los postulados económicos. La llamada “teoría económica marxista”, hija ingenua, esquemática y tal vez demasiado ortodoxa de las vetustas concepciones manchesterianas, de la utopía del mercado puro a la cual la utopía comunista refleja casi con la fidelidad de un bruñido espejo. Liberada la cebolla de esa primera capa, poco tiempo podía esperar la segunda para seguirla en el sumidero de esa cocina en frenético trabajo de reelaboración teórica. Me refiero al economicismo marxista. Al materialismo dialéctico, tan calculador y elemental, que poco tenía que ver con la pasión revolucionaria que desde la actividad sindical encendía las calles y las mentes en esas primera y segunda décadas del vigésimo siglo. Mientras los ojos empezaban a enrojecerse en el despanzurramiento de la cebolla, de ese marxismo revisado, tras todas las capas desechadas, no quedaba ya más que un diminuto núcleo de potencialidad explosiva: el mito de la lucha de clases. Y como mito, debía encender los corazones, con la fuerza que Hölderlin atribuía a los dioses de antaño.

Al no haber ya más lastre racional (y por tanto, esencialmente falaz e hipócrita), la intuición es predisposición a la acción, y la acción es reveladora de verdad. A más de algo peronista, diría Evola que hay algo profundamente medieval en todo eso. Esa visión mítica y metafísica del trabajador como la nueva figura epocal en los términos del primer Jünger, se acerca ciertamente más al caballero andante que a cualquier otro arquetipo. Y completando la idea, la visión mítica y metafísica que del sindicato tiene el sindicalismo revolucionario de Sorel y Lagardelle se emparienta antes con las órdenes ascético-caballerescas medievales que con cualquier organización más reciente, sea ella alguna corporación comercial, alguna hansa, o una cámara empresaria, una bolsa de comercio, o incluso un trust transparente o secreto.



Hace ya mucho que en el ámbito universitario público no hay mucho para elegir, en términos de pluralidad de orientaciones ideológicas. Se debe confiar en la capacidad crítica y en la inteligencia de los estudiantes, en aquel aguijón de rebeldía que suele acicatear a quienes se hartan de la unanimidad activa y vigilante. Será por ello que son pocos, y en tanto pocos, buenos, los que van generando un criterio propio, al margen de la ideología hegemónica que domina desde el CBC, sobre todo, a las Humanidades.



En el reducto de Marcelo T. de Alvear 2.230, siempre enchastrado, empapelado, grafiteado, pintados sus ventiluces con aerosol… Plástica popular para el Cortázar paseandero del París de los ‘60, y bastante alejada de la plástica popular de un Berni, un Guttero, un Spilimbergo (para la suerte de nosotros, los criollos de acá lejos), por ejemplo; y cuya poética popular, siguiendo con el piadoso eufemismo, se repite en unos escuetos versos tan rancios en su modernismo cuanto predecibles en su vehemencia, en los objetivos de sus invectivas, en las proclamas evangélicas evangelizadoras… No hay nada más gracioso y patético a la vez, que lo moderno que envejece, una pendeviejada de carmela y peluquín. En el reducto de Marcelo T. al dosmildoscientos, decía, puede que haya libertad de cátedra, pero no libertad de cátedras, como el chiste de las tres peras.


Alfredo Guttero, Feria, 1929.

Comenzando la carrera de Sociología, por ejemplo, uno se encontraba con una sola opción para la materia Filosofía: Cátedra Rubén Dri, un ex sacerdote del Tercer Mundo que, compromiso va, compromiso viene, decidió finalmente dejar los hábitos, en lugar de arremangárselos un poquito, y en los tiempos de ocio entre libro y libro, “hacer hablar a la boca del fusil” (preferiblemente, del fusil de los otros), fuente de toda verdad y justicia para la monada universitaria inquieta de los ’70. Cuando yo lo conocí, seguía pareciendo un sacerdote, con sus lentes culo de botella que le disminuían los ojitos al tamaño de una lenteja, mientras vestía un eterno pulóver azul marino, una camisa gris o a cuadros que de su cuello redondo asomaba, un pantalón gris de vestir y franciscanas de cuero marrón con medias azules de strech.

En Sociología General, la otra materia obligatoria e ineludible al ingresar, ya que de ella dependen todas las correlatividades, había dos cátedras, pero no competían en el mismo segmento horario. En resumidas cuentas, si uno laburaba, tenía que elegir la de Lucas Rubinich. Me acuerdo que allí, en carácter de Jefe de Trabajos Prácticos, daba clases, en todo lo referido al marxismo, el Lic. Christian Castillo, últimamente candidato a Vicepresidente de la Nación por el Partido Obrero. En ese momento, muchos años más joven que ahora, se parecía al Muñeco Gallardo. Ahora, por lo que he visto en afiches y en la tele, tiene más pinta de Jairo. En verdad, el Partido Obrero resulta una usina de la docencia plural argentina, y en particular, en la Facultad de Sociales. No olvidemos que Pablo Rieznik, un importante referente de ese espacio, monopoliza en el mismo ámbito la cátedra de Economía. Lo cierto es que el joven Christian se autoadjudicaba el carácter de “marxista marxiólogo, experto en Economía Marxista”. Por ese entonces, teniendo yo ya 7 años de educación universitaria pública sobre el lomo, y 2 años de docencia en el mismo ámbito (y dando clases sobre temas en los que la doctrina marxista estaba siempre presente, tanto en bibliografía como en debates y ponencias), era la primera vez que escuchaba algo así como “Economía Marxista”. Algo así como un oxímoron. Sin desmerecer, naturalmente, entendía que la economía era sencillamente economía, es decir, una disciplina humana con pretensiones cientificistas, con unos 2 siglos de existencia, y que en la óptica sociológica marxista las diversas formas de organización social eran estudiadas bajo su lupa, más allá de su morfología. De hecho, siempre me pareció que el marxismo (al menos, el político) postulaba, dentro de su utopía emancipadora del individuo, la supresión de la economía a través de la gestión totalizada, centralizada y planificada, supresión que en su lógica conduciría al fin de la conflictividad social. Una sociedad sin clases es una sociedad sin necesitados y por tanto, sin necesidades a las que atender económicamente.


Jacques Gouverneur nos enseña, con sólo postular el título de su libro, que el marxismo es, como teoría económica, un análisis económico de la economía capitalista. El Seminario Latinoamericano de Economía Marxista realizado en la Universidad Bolivariana de Venezuela (picar en la imagen para ampliar) aborda un tema, el tema central, el gran y único tema para el análisis económico marxista: "Crisis capitalista: causas y consecuencias".

Recuerdo un pibe en la cátedra de Filosofía de Rubén Dri, que tenía que hablar (bien) de la razón cartesiana, como soporte de las ulteriores razones kantiana y hegeliana… hasta llegar, claro está, a la suprema razón marxista, que es aquella que Sorel tiró al sumidero cuando decidió salvar algo de aquel vetusto legado museológico (pobre Sorel, el único revolucionario leal a un esqueleto que los políticos abandonaban, el único revolucionario que quedaba en un mundo occidental que se iba haciendo cínico y reformista, preludio de tantos Zapateros sin zapatos). El pibe, un honesto auxiliar docente, arrancó con esa consideración tan cronocéntrica de la modernidad, que abarca con un galicismo (el ancien régime) 5.000 años de historia del hombre, una somera introducción que, para la Sociología que nos provee la educación pública, no debe insumir más de 20 minutos. Entonces habló de los mitos, en el sentido más convencional del término. O sea, como leyendas e imágenes conceptuales de las antiguas religiones. Pero como estábamos en Filosofía, y la filosofía es dialéctica al menos desde Sócrates, yo me permití respetuosamente intervenir, para señalarle que aun la modernidad y el racionalismo (y sobre todo, la modernidad y el racionalismo) están soportados sobre la figura del mito. Y ejemplifiqué con los dos primeros fenómenos que se me vinieron a la mente: la ciencia como esperanza soteriológica de la humanidad, como patrón de verdad y por tanto como Deus ex machina neutral e infalible; y la lucha de clases… Para qué. Una joven desde la otra punta del aula me increpó con una voz tan estridente cuanto indignada: “¿Cómo decís que la lucha de clases es un mito?”. Enseguida, un coro de rumores aprobatorios de su valiente intervención. Y mi respuesta, tal vez demasiado piadosa, que intentaba explicar lo evidente. O sea, que la lucha de clases es un mito porque constituye un sistema ideal y apriorístico de acción política, nunca una situación empíricamente demostrable en cualquier ámbito, lugar o tiempo. La cancha de fútbol, las tribus musicales, o la eficacia convocante de los nacionalismos (incluso del estalinismo, que debió apelar a la figura nacional y patriótica de la Madre Rusia en los momentos más aciagos para movilizar a su pueblo… ni qué hablar de nuestro socialismo nacional) vienen a patentizar esa verdad. Pero ya no había lugar para el diálogo. La pregunta que formuló la joven era retórica. No pedía explicaciones, sino que daba pie a una rebelión patotera. Enseguida el diálogo se trasladó a una presunta interna dentro de ese grupo, entre “radicales y moderados”: “-Bueno, tranquilizate, es un gorila forro boludo, que quiere provocar”. “-¡Qué me voy a tranquilizar! ¿No ves que es un hijo de puta? ¿Qué hace acá?”.

Pluralismo, universidad pública, libertad de cátedra… En medio del alboroto, el docente auxiliar, entre las exclamaciones de odio y anatema, se encontraba en mis ojos y reconocía la naturalidad inocente del concepto apuntado, lejos, en un mundo medianamente racional, de cualquier intención polemógena. Las aspiraciones explícitas de la cátedra eran liberales en cuanto a favorecer, incluso propiciar, el intercambio irrestricto de las ideas (supongo), pero la imposición dogmática de “las bases” impedía a los profesores, presas del “consenso”, la “legitimación horizontal” y la “reversión autoritaria”, garantizar esa “libertad de cátedra”… Recuerdos de gobiernos débiles o cómplices (a efectos de sus resultados, tal o cual son lo mismo) frente a los terrorismos, sobre todo cuando los atentados casualmente sirvieron para desembarazarse de algunos oponentes incómodos. En el terreno de las ambigüedades, de las medias tintas, de la clandestinidad y las falsas banderas, o sea en el río revuelto, lo más sensato es mirar el panorama de las lanchas que regresan a puerto, y advertir cuáles vienen atiborradas de pescados. Cuáles son los pescadores que ganaron con el tole tole.


Disfrazados de obreros. "La ridiculez también es revolucionaria".

En fin, yo por esa época trabajaba en dos lugares distintos a la vez, y daba clases en otra facultad de la misma universidad (que al estar más vinculada al mercado del trabajo, tal vez fuera considerada por estos niños de clase media mantenidos, como más reaccionaria y oligárquica), además de prestar en ese marco ciertos servicios profesionales gratuitos para las personas sin recursos. En todos esos ámbitos, por una cuestión de respeto y responsabilidad, tenía que vestirme como un profesional universitario. Tenía que comportarme como tal, tenía que saludar con corrección, ceder el asiento, abrir la puerta del ascensor a las damas, mantener la mesura y el respeto al otro, por más que la situación no implicara reciprocidad. No está en el juramento que se hace al recibir el diploma. No está demasiado claro en los plexos normativos de ética profesional. Pero las obligaciones más interesantes y venerables son aquéllas que uno se impone a sí mismo porque cree que son correctas. Como ha dicho Alain de Benoist alguna vez, sólo es libre aquél que aprende a ser señor de sí mismo.

En esas condiciones, era muy difícil concurrir de noche, cansado luego de arduo trajín, a un ámbito en el que la borregada cursaba con pantalón de jogging cortado a media canilla, zapatillas de lona, polerones apolillados o canguros con la chala verde en el pecho, que fumaba en clase, con las patas sobre el respaldo del asiento de adelante, y que lo detectaba a uno como la jauría al cordero, lo miraba con los ojos inyectados de furia, y estaba al salto de cualquier gesto, el que desde ya, antes de ser, era censurado a partir del prejuicio. Una borregada sostenida por los papis (en ningún laburo hubieran admitido la facha con que iban a la facu), que se llenaba la boca con las viejas consignas del trabajador explotado, la alienación de aquél que vende su fuerza laboral, etc., en un mundo que encima estaba yendo en el rumbo de la maquinización y tecnificación intensivas… un mundo concebido a partir de la condena bíblica del “ganarás tu pan con el sudor de la frente”, y por tanto un mundo que para liberar al hombre de su carga, progresivamente expulsa la fuerza laboral sencillamente porque ya no la necesita, porque el descanso, el entretenimiento y el consumo, son salud.



En fin, así como el mundo expulsa al hombre del trabajo en procura de la automatización, así terminé yo saliendo de Sociales, para favorecer el bálsamo pacifista de la unanimidad ideológica y militante. Terminando primero, y con la máxima calificación, las materias que había empezado (y llevándome una nutrida bibliografía para seguir con aquello desde la autodidáctica y el disfrute solitario). Sin una violencia explícita y acuciante, claro está. Es más, sin que esa violencia generara en uno algo más allá de la diversión. Pero es incómodo, convengamos, ir a un lugar en donde todos te miran feo, todos putean antes de escuchar tus argumentos, los asientos están sucios y rotos, las paredes y los pasillos también, hay olores y vahos, y colas eternas para fotocopias, y tantas cosas que ya uno no soporta. Probablemente en realidad, uno ya se estuviera volviendo burgués. Consecuencias no deseadas (¿o sí?) del ingreso pleno al mundo del trabajo. Y entonces ya no tuviera paciencia para bancarse (otra vez) las folklóricas vejaciones de la “universidad para todos”. Sobre todo para morderse la lengua, tomar apuntes y dejar pasar una, dos, tres, cien, mil, todas, haciendo íntima objeción de conciencia, estableciendo la frontera del cuerpo y del silencio como el único y último baluarte de libertad.





Muchos Mitos, Las Pelotas con el inolvidable Alejandro Sokol.




viernes, 23 de septiembre de 2011

DALINAL


En un mundo serio, solemne, circunspecto, absoluto, controlado, gris, eufemístico, insincero, hipócrita, sin sentido del humor, con la lengua mordida, con el secreto habitando los cajones de una consciencia cada vez más encriptada, viene bien de vez en cuando reflotar a los genios que iluminaron nuestros primeros pasos de pensamiento libre e incondicionado, que nos animaron a ir en contra de la corriente, a clavar los talones en el suelo, y abandonar el paso uniforme y marcial del ejército de los mediocres y los complacientes, pegar media vuelta, y abandonarse a la llanura inmensa en soledad. 


"¿Usted padece angustia intelectual periódica? ¿Depresión estética, fatiga, asco de la vida, depresión maníaca, mediocridad congénita, cretinismo gelatinoso, piedras de diamante en los riñones, impotencia, frigidez? Tome DALINAL, el fuego artificial del espíritu que le devolverá las ganas de vivir".

En este post trataremos de encontrar los ingredientes secretos de ese balsámico remedio.

María del Carmen Mosterio y Humberto Sabatini nos aportan un valioso indicio, cuando consignan en Dalí Monumental (Demart Pro Arte B.V. Daniel Adrián Kipper, Buenos Aires, 1999, p. 39) los famosos "a favor" y "en contra" del gran Salvador en su Diario de un genio, a través de un didáctico cuadro sinóptico:

EN CONTRA DE

A FAVOR DE

La simplicidad

La complejidad

La uniformidad

La diversidad

El igualitarismo

La jerarquía

Lo colectivo

Lo individual

La política

La metafísica

La música

La arquitectura

La Naturaleza

La estética

El progreso

La perennidad

El mecanismo

El sueño

La abstracción

Lo concreto

La juventud

La madurez

El oportunismo

El fanatismo

El cine

El teatro

Buda

El marqués de Sade

Oriente

Occidente

El Sol

La Luna

La revolución

La tradición

Miguel Ángel

Rafael

Rembrandt

Vermeer

Los objetos salvajes

Los objetos civilizados

El arte moderno africano

El Renacimiento

La filosofía

La religión

La medicina

La magia

La montaña

El litoral

Los fantasmas

Los espectros

Las mujeres

Gala

Los hombres

Mí mismo

El tiempo

Los relojes blandos

El escepticismo

La Fe

El cristianismo

El catolicismo

La democracia

La monarquía



"La única cosa de la que el mundo nunca se va a cansar es de la exageración".

"Comienza por aprender a dibujar y a pintar como los antiguos maestros. Después, haz lo que quieras; todos te respetarán".


Si eres uno de los que piensan que el arte moderno ha superado a Vermeer y a Rafael, no leas este libro y sigue sumergido en la idiotez".

"No vomites sobre tu cuadro, porque el cuadro puede vomitar sobre ti después de que estés muerto".

"¡No a las obras de arte que no requieren esfuerzo!"


miércoles, 27 de abril de 2011

Arte y propaganda

Hemos hablado en otra ocasión del compromiso revolucionario volcado como imperativo de partido a la actividad artística, y sus lamentables resultados en términos estéticos, e incluso en cuanto a la riqueza, consistencia, complejidad y finura del contenido.


No era ése ciertamente el caso del famoso Guernica de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso (más conocido, simplemente por Pablo Picasso: "si yo me llamara así, pintaría como Picasso", decía con picardía el agudo Salvador Dalí... picardía que no por ingeniosa puede leerse como peyorativa, porque, al igual que nosotros, guardaba un genuino respeto y admiración por el pintor malagueño). En efecto, siendo ese enorme lienzo con propósitos murales una obra propagandística, una suerte de afiche único y exclusivo, detenta, al contrario de la enormidad de casos que corroboran la inconveniencia de su utilización como vehículo de propaganda, una cualidad inigualable, una factura equilibrada y proporcionada, una dinámica interna verdaderamente rítmica y un incomparable uso de los grises, de las luces y de las sombras, reconcilia la innovación con la mejor tradición negra española, con la tauromaquia, con los penitentes, con Goya y con Velázquez. Nada menos.


Esa característica excepcional del Guernica, como una exótica pieza en la que, finalmente, podían convivir y alimentarse mutuamente el arte y el compromiso, es quizás lo que despierta en la obra mayor interés. No creo que solamente de nuestra parte. Creo que todo el mundo ha quedado realmente fascinado porque una pintura con bajada de línea e intencionalidad políticas pudiera llegar a semejante grado de excelsitud... Y en ese "todo el mundo" anteponemos sobre todo a aquéllos que han hecho de la obra maestra un símbolo y una bandera. Después de todo, habiendo tantas y tantas producciones pictóricas generadas por el imperativo de la lid política de los titanes totales del siglo XX, sólo ella convoca a multitudes, en el recinto especialmente emplazado para su exhibición, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Multitudes que, por lo general, pasan displicentes frente a los coloridos afiches de brazos levantados, puños cerrados, fusiles y bayonetas caladas, saludos "agarrándose el cuerno" y estrellas rojas que cuelgan de las paredes de los salones contiguos.

Sin embargo, el periódico Levante-El Mercantil Valenciano, consignaba en la página 20 de su edición del Jueves 4 de septiembre de 1997, la siguiente nota, que reproduzco en imagen, y que debe ser ampliada para su lectura (cliquear sobre la imagen):

Cliquear sobre la imagen para leer la nota.


Un 27 de abril como hoy, pero de 1937, se producía el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica, cuyas circunstancias, propagandísticamente noveladas en un escenario bucólico, y sus consecuencias, propagandísticamente amplificadas, son tomadas como inspiración y motivo (formales, como hemos visto) de la obra de arte que se expuso con ese nombre en la Exposición Internacional de París de 1937, en el stand de la II República Española.

Si bien fue publicitada por el gobierno republicano como una auténtica masacre contra la población civil, destinada a minar la moral combatiente, lo cierto es que los más modernos y exhaustivos estudios precisan la cifra de muertos en 126, menos del uno por mil (1 ‰) de la población presente en ese momento en la localidad (unos 5.000 habitantes más un gran número de tropas que iba en camino de Bilbao para su defensa): Vicente del Palacio y José Ángel Etxaniz, historiadores de la Asociación Gernikazarra, Diario El Correo, 27-04-2008; y Jesús Salas Larrazábal, la opinión más autorizada e irrefutada sobre la materia, que sin embargo atribuye a esa cifra "de máxima" de 126 víctimas fatales la probabilidad de que esté engordada con un par de decenas de decesos no atribuibles al bombardeo. Los importantes daños materiales (el 71% de los edificios destruido por el fuego durante la noche), en cambio, son menos atribuibles a los aciertos de la aviación germana (una hora luego del ataque sólo el 18% de la villa estaba en llamas) que a la inoperancia de los bomberos de Bilbao, que tardaron varias horas en recorrer los 30 km que los separaban de la zona de catástrofe, y estuvieron presentes sólo por un rato, retirándose sugestivamente cuando la mayoría de lo que estaba incendiándose seguía ardiendo.

Al respecto, consigna Pío Moa que, al revés de las demás estafas históricas de propaganda, ésta tuvo su origen en la derecha conservadora británica, preocupada por azuzar a la opinión pública inglesa en contra de las tendencias pacifistas de los laboristas, y atribuyendo (atinadamente) a Alemania el carácter de peligro principal para Inglaterra. Un indicio claro de ese origen sobre la cuestión lo aporta el corresponsal británico C. L. Steer, que además de exagerar notablemente el episodio e inventarse unos cuantos cientos de muertos de más en la publicación del diario conservador The Times, "negó la participación de aviones italianos, que sí intervinieron en Guernica, y, mintiendo deliberadamente, atribuyó a los alemanes el bombardeo de Durango, de autoría italiana y que causó más víctimas" [Un mes antes, casi 300 muertos]. Por ese entonces, mientras el conservadurismo británico tenía una recelosa actitud hacia Alemania, en cambio miraba con simpatía hacia la Italia fascista.

Sea como fuere, el número y el mito suelen ser dos componentes esenciales de la propaganda de guerra, y suelen inflarse sincronizadamente. Así las víctimas, sucesivamente, pasaron a ser 850, luego 1.500... e incluso 3.000, si atendiéramos la proclama inflamada de los nacionalistas vascos.

También explica Salas Larrazábal que "irónicamente, en Guernica se fabricaban bombas incendiarias del mismo tipo que las que la destruyeron [y que contribuyeron también a amplificar el incendio]. Había tres cuarteles de gudaris, uno por batallón; y existían siete refugios antiaéreos, prueba en sí misma del reconocimiento de Guernica por parte de los defensores de su carácter militar... Guernica era objetivo militar" (Ed. Rialp, Madrid, 1987). También en el artículo pertinente de Wikipedia puede leerse que "(Guernica) de hecho constituía un objetivo militar vital en ese momento (cortar la retirada y aprovisionamiento de las tropas del frente popular en la campaña de Vizcaya). Sin embargo, gracias a la calificación como 'ataque a la población civil', la repercusión internacional que alcanzó este bombardeo, unida a su utilización propagandística, ha hecho que sea una masacre mundialmente conocida y considerada como un icono antibélico".


Sólo comprendiendo ahora el verdadero sentido del cuadro, como una escena de tauromaquia pintada en virtud de un encargo hecho en México en 1935, luego adornada y matizada con los propósitos propagandísticos que la hora y la filiación política le exigían al pintor en 1937, puede entenderse en su verdadera dimensión, la siguiente frase, formulada con una cándida intención exaltatoria y apologética:

"Cuando Picasso comienza a pintar, de su cabeza y de su mano van a surgir en tropel cientos de ideas, de sentimientos, su propia historia, sus tradiciones, sus mitos y sus temas preferidos. Lo más chocante del cuadro es que Guernica no muestra la guerra, sólo el nombre puede asociarse a un hecho de la guerra de España. No representa un bombardeo, ni hay armas convencionales, no hay soldados, no hay vencidos ni vencedores. Hay un toro cuyo rostro representa las facciones de Picasso, un caballo herido por una lanza, la cabeza y los brazos de un hombre con una espada rota, una madre con su hijo muerto, una mujer corriendo, otra mujer en llamas y una tercera que alumbra la escena desde una ventana. ¿Como, entonces, puede tener esa extraordinaria potencia? ¿Cómo es capaz de recordar en toda su magnitud el drama? Este es uno de los misterios más sugestivos del cuadro".



El misterio, como vimos, se ha develado. Y mientras, nosotros desvelados (aunque no tanto) seguimos esperando las excepciones que confirmen la regla (aunque no tanto)...

Uno de los chistes gráficos más graciosos que conozco (de Joaquín Lavado, "Quino")
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sábado, 15 de noviembre de 2008

El Señor y el Siervo



Un 14 de noviembre como ayer, de 1831, moría en Berlín Georg Wilhelm Friedrich Hegel, filósofo culminante del idealismo alemán, que en su complejidad y oscuridad, descuella fundamentalmente en dos aspectos: 1) La introducción de la contradicción al principio del conocimiento, es decir, la nueva inclusión del tercero excluido a la relación dialéctica entre el ser y su negación (el ser como distinto y comprensivo a la vez de su afirmación y de su negación). 2) Su filosofía de la estética, precursora de las que luego desarrollarían varios autores (en nuestro país, J. M. de Mahieu, Filosofía de la Estética, Universidad Nacional de Cuyo, 1950), que se dirige a sostener la belleza del arte como superior –en tanto producto del espíritu (Geist)- de la belleza de la Naturaleza.

Ante la contemplación de dos circunstancias, a saber, que Hegel accidentalmente, casi por infausta casualidad, ha vuelto a la moda por estos pagos periféricos, de la mano de una dudosa evocación (como argumento de una falsa autoridad intelectual) de parte de nuestra Presidente; y que la carencia actual y local de cualquier atisbo de acción estética de parte de nuestra dirigencia ha transformado al arte de la política en una mera praxis profana e insustancial, se me ha ocurrido reseñar este ejercicio lúdico, pergeñado hace más de una década por este autor que se hace llamar Occam, y que refiere a someter una de las más trascendentes obras de arte de toda la historia, a la visión dialéctica del Señor y el Siervo. Veamos si se disfruta o se padece (problema no atribuible por completo a mi exposición, y en el que el propio Hegel tiene principalísima responsabilidad).



Las doncellas de corte (Las Meninas), de Velázquez a través de la dialéctica del Señor y el Siervo.

Esta pintura, fechada en 1656, constituye una innovación esencial en el arte de Occidente, ya que representa la visión que al momento de ejecutarse tendría el retratado –Felipe IV de España y su esposa- del retratista y su entorno espacial. Se trata propiamente entonces de una inversión en el propósito del cuadro, que deviene en la circunstancia de poder ponerse el espectador en el lugar del retratado (el rey).

En el momento del cuadro, para la dialéctica hegeliana, se estaría produciendo la inversión de la conciencia servil.

El rey Felipe IV es el señor, por cuyo encargo se está pintando el cuadro. Su ser se relaciona con dos momentos: el objeto de sus deseos (el mundo viviente) y el siervo (el pintor), para quien el mundo es esencial e independiente. El señor se relaciona con el siervo por medio del objeto (el mundo y su representación en el cuadro) y con el objeto por medio del siervo (el pintor que representa al mundo en el cuadro).

El pintor depende para su pintura de la cosa sensible, del mundo vivo, que por tanto es el “ser independiente”. El siervo, como autoconciencia en su primer momento universal abstracto, niega el objeto pero, como éste es independiente, no puede consumar su destrucción. La superación que del mundo sensible hace el pintor como autoconciencia se limita a transformar.

Pero el siervo se relaciona con el objeto para el señor. Opera sobre el mundo por encargo del rey. La acción del pintor no es pura, sino que es inesencial. La transformación de la naturaleza que produce el pintor es para el rey. Para el rey, en cambio, la cosa no es nada, la consume, la goza, ejerce puro poder negativo sobre ella, y así logra la satisfacción de su deseo.

El rey cree hallar la verdad de sí mismo en el pintor. Mas, como dijimos, el pintor tiene un cometido inesencial: actúa para el rey, su acto es acto del rey. La verdad de la certeza del rey va a ser entonces la de un siervo dependiente inesencial. No puede autoafirmarse en el reconocimiento, puesto que el siervo lo reconoce, pero él no reconoce al siervo, ya que lo considera inesencial: se trata de un reconocimiento unilateral y desigual. Para llegar a su verdad, el rey debe experimentar el reconocimiento, enfrentar a otro rey. El otro debe tener realmente tal entidad, es decir, debe haberse arriesgado a morir.

El señor busca reconocerse en el pintor para afirmarse como señor. Pero el pintor es inesencial y dependiente. Por lo tanto, la verdad del señor es ser inesencial y dependiente. Y efectivamente así sucede en el cuadro, donde la figura del rey aparece tibiamente reflejada en un espejo lejano.

La verdad del siervo es para él la figura independiente del señor, pero aún es una verdad que no está en él.

El pintor ha experimentado el miedo a la muerte ante el señor absoluto, ante el rey. De tal manera, pierde la fijeza objetual de su condición de pintor, y se pone en movimiento. Ya no es el retratista que reproduce el semblante del retratado, sino que es ser para-sí. Invierte el foco, y él mismo pasa a ser el motivo del cuadro.

Mediante el servicio, el trabajar para el rey, el pintor difiere su angustia al cuadro, traspasa su negatividad a la naturaleza.

Al miedo (Furcht), a la angustia (Angst), lo sucede un segundo momento del para-sí, que es el trabajo.

Mientras el deseo del rey por el objeto consume ese objeto, el deseo del pintor trabaja el objeto (el mundo sensible). Es decir, trabaja el objeto como tal, pero no lo aniquila, porque el objeto para él es independiente. El mundo pasa a ser forma, delimitación permanente. Lo que, para el siglo XVII, e inclusive para una visión artística del mundo, en definitiva es un cuadro: realidad delimitada permanentemente.

Ahora el pintor se ve reflejado en su obra. Allí está Velázquez sobre el margen izquierdo, con paleta y pincel en mano. Su acción negativa sobre el mundo ha “formado” el cuadro, en el cual él se refleja, independiente.

El pintor se ve a sí mismo, entonces, en el cuadro por él pintado.


Felipe IV, por Velázquez, 1655, un año antes de la "inversión" operada en Las Meninas.


Aclaraciones posteriores:

1) La dialéctica del señor y el siervo se ubica en la macro-dialéctica de la autoconciencia, más específicamente, respecto de su independencia.

En la dialéctica de la autoconciencia se dan tres momentos:

a) La autoconciencia es para-sí. Es certeza de sí misma. Se reconoce a sí misma, el mundo permanece fuera como objeto. La autoconciencia es su objeto inmediato. Es el yo-soy-yo, el universal abstracto.

b) Para ser verdad de certeza, debe salir al mundo, debe mediarse en la superación del objeto. Niega al objeto por el deseo (que es vacío, voluntad de ser), pero requiere, para superarlo, que ese objeto a su vez se niegue a sí mismo. Negatividad de la negatividad. El objeto, al negarse, es independiente, por lo que es conciencia. Se produce una relación de autoconciencia a autoconciencia.

c) Retorno a sí mismo como autoconciencia duplicada. Universal concreto.

2) La comunicación de autoconciencias es una negación recíproca, una lucha en la que se arriesga la vida, y en la que la autoconciencia mata todo lo que de biológico hay en ella para ser autoconciencia pura.

La autoconciencia es intersubjetividad, es decir, movimiento duplicado de ambos polos. La perfecta igualdad y perfecta intercomunicación es una utopía. Al principio de este movimiento, la desigualdad es notoria: uno solo es reconocido, y el otro sólo reconoce. Son, respectivamente, el señor y el siervo.

3) En realidad, Velásquez y Felipe IV, además de señor y siervo, fueron grandes amigos, con curiosos destinos semejantes. Ambos viven sesenta años (nacen con 5 de diferencia, y el pintor muere cinco antes que el rey). El rey, fascinado por el arte que para Velásquez era un don natural (nunca realizó un estudio, siquiera un boceto; si no le gustaba alguna perspectiva, directamente la cambiaba sobrepintando en la misma tela; pintaba sólo por necesidad, y en su vida no realizó mucho más de 60 cuadros). Velásquez, fascinado por recuperar la nobleza perdida antaño por su familia, objetivo que consigue en 1658, dos años antes de su muerte, luego de muchas peripecias burocráticas, que le insumen la mayor parte y energías de su vida, que entre otras cosas suponen la presentación de ciento cuarenta y ocho testimonios de la “nobleza”, “limpieza” y “otras calidades” del solicitante. Aun así, fue necesaria la intervención de su soberano para obtener el título de Caballero de la Orden de Santiago.