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jueves, 8 de agosto de 2013

Curiosamente




"El Papado tendrá nuevas normas. Lo malo de ayer dejará de serlo. La misa será protestante, sin serlo. Los protestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en viajes y llegará a América, en tanto la humanidad caerá".
Benjamín Solari Parravicini (que también es argentino), profecía de 1938 


Es curioso que la mayor parte (y la más bullanguera) de quienes propugnan por una “apertura” progresista de la Iglesia sean asimismo personas completamente alejadas de la religión católica. Bien profesantes de otros cultos, bien ateos. Siempre pendientes de novedades concernientes antes al plano político-material de la vida terrena, que al plano sacerdotal-espiritual que debería regular y orientar la vida de la institución eclesiástica.
Decimos que es curioso, porque siglos ha insumido al pensamiento moderno consagrar la separación definitiva de la Iglesia respecto de los asuntos del mundo. Desde la reserva interior que aceptaba Spinoza para el súbdito (innovando así respecto de Hobbes, que esperaba de éste la adhesión integral de cuerpo y alma), a la progresiva independencia de las monarquías respecto del papado (llegando a los extremos de las iglesias nacionales, de las que la anglicana es el ejemplo paradigmático), a la libertad de culto y la creación de instituciones civiles laicas en los Estados nacionales, a la directa indiferencia del poder político respecto de todos los cultos, e incluso, a la prohibición de cualquier alusión religiosa en los asuntos públicos de que hacen gala los más recientes avances (eliminación de crucifijos y de cruces de banderas, juzgados, edificios educativos, de la invocación de Dios como fórmula documental, etc.).
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con ese axioma táctico la Iglesia avanzó en la antigua Roma, para obtener primero la tolerancia hacia la desobediencia de los fieles respecto de cualquier exigencia de juramento a la autoridad política, luego la propia consagración como autoridad religiosa oficial con Constantino, y un siglo después, con la prohibición de los cultos paganos y su persecución con Teodosio. Con la debacle e implosión final del Imperio Romano de Occidente, la Iglesia ocupó el pináculo de la auctóritas, pasó a ser fuente y fundamento del poder terrenal. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había de ser consagrado y entronizado por la autoridad católica para gozar de legitimidad, cuestión que luego se prolongó a las monarquías que cobraban progresivo vigor como fuerzas de unificación nacional: París bien vale una misa, dijo con pragmatismo el austero protestante Enrique de Navarra, al convertirse al catolicismo para acceder a la corona de Francia.


En fin, luego las guerras de religión, e incluso la contrarreforma, adunarán el concepto de separación de Iglesia y Estado, y la progresiva detracción de la Iglesia de los asuntos públicos, como también en Occidente, la decisión del Estado de apartarse absolutamente de la esfera de actuación clerical (concordato de 1966, reconocimiento de la educación libre, o sea religiosa, luego del intento secular de publicizarla en la mayor medida, etc.).
El poder político y la sociedad civil (en tanto sujeto político) se encontraban entonces ya libres y emancipados de la tutela eclesiástica. La Iglesia debía renunciar a su influencia terrena para centrarse en su misión espiritual, que en todo caso, redundaría mediatamente en regulación social de las conductas, estableciendo valores y reglas extra-jurídicas para sus fieles.
Esos valores y reglas, primeramente, fueron aceptados por el poder terrenal como idónea guía ética (en tanto guía del comportamiento ordenado) para la regulación social: recordemos que el peronismo, la principal fuerza política de la historia argentina moderna, reivindica sus raíces humanistas cristianas, y lo mismo hace la mayor parte del antiperonismo, que ha atacado a aquél con un fervor "cruzado" en 1955, si bien entonces hubo asimismo englobado a amplios sectores de ateísmo militante.
En cambio el progresismo, que como el liberalismo en los ’90 ocupa en exclusividad desde el año 2000 el panorama ideológico argentino (tanto en lo relativo a los consensos como en cuanto a los temas de agenda, las cuestiones que a todo el arco político le resultan relevantes), no hesita en proclamarse contrario a esos valores y reglas. En tanto superador (la visión progresista de la historia supone la superioridad moral de lo posterior en el tiempo, la idea de que la humanidad se encamina mecánicamente, por el mero giro de las manecillas del reloj, hacia una mayor madurez, sabiduría, bondad, unidad y capacidad para solucionar problemas) es negador. En tanto relativista, es enemigo de cualquier esquema normativo, sea éste jurídico, sea religioso. Por más que resulte polémico (frente a la utopía progresista que aspira a la supresión del conflicto y a la composición irenista de un tranquilo estanque social de aguas quietas como el aceite, donde la indiferenciación sustituya las discordias nacidas del individualismo o las corporaciones), hay que decirlo: cuando se suprimen las reglas de exclusión, las reglas que condicionan y delimitan las fronteras de las instituciones, éstas desaparecen.
Con la desaparición de las reglas desaparecen las instituciones. De nada sirve postular que “familia” como unidad celular es tanto un grupo constituido por padre-madre-hijos como un grupo constituido por amigos-compañeros de trabajo-un sobrino-el vecino de enfrente. Los márgenes se difuminan, la particularidad diferenciante de la institución se diluye en el estanque. Esta evidencia no obedece a ninguna moralina apriorística. No estamos en contra de que se considere familia, por ejemplo, a todo el grupo de personas que habita bajo un mismo techo, aunque ello habrá de deparar nuevas polémicas. La familia es una construcción social. En las sociedades matriarcales todos los hijos son de todas las mujeres, que viven aisladas de los hombres y los crían hasta cierta edad, en que los varones pasan a vivir en los colegios masculinos. En esas sociedades, la familia es el conjunto de las mujeres, mientras que los colegios masculinos (generalmente, constituidos bajo la invocación totémica de alguna divinidad) son otras instituciones separadas, dedicadas a la caza y a la guerra y al culto particular. Precisamente la Iglesia ha tomado prestados conceptos organizacionales semejantes a los de los colegios masculinos, y también lo han hecho las órdenes monásticas budistas por ejemplo. 


Bertrand Russell estimaba (Matrimonio y Moral, 1929) que en un futuro el Estado suplantaría la figura del padre (como educador, proveedor, preceptor, inspirador e ideólogo) y Aldous Huxley fue aún más lejos en Un mundo feliz (1932), al predecir la desaparición definitiva de la familia a través del monopolio del Estado en la reproducción mediante manipulación extrauterina y la prohibición absoluta de la monogamia: un mundo de individuos que viven una vida despreocupada, matizada de frecuentes relaciones fugaces.
Si la familia es una construcción social, es entonces artificial, y si es artificial, entonces puede ser suprimida. Dentro de ese razonamiento de índole progresista, que parte siempre desde la relativización genealógica de raigambre nietzscheana, pero empleada con propósitos de mera demolición, toda institución es, en cuanto elemento diferenciante, una engorrosa herencia vestigial, que la progresiva iluminación de la razón en el hombre habrá de suprimir.
Hay en ello una drástica diferencia, tanto con el pensamiento tradicional, cuanto con el superhumanismo nietzscheano que detectó su agonía. En ambos órdenes, la institución, como toda creación humana –de por sí, dificultosa, ardua y prolongada por muchas generaciones- era valorada como un tesoro. Un tesoro a preservar en el caso de la tradición; un tesoro que cimentara una evolución, que motivara su perfeccionamiento, en el caso de Nietzsche (quien se tomó el trabajo en Genealogía de la Moral -1887- de recordarle al mundo lo penoso y hasta tortuoso que fue el proceso de domesticación del hombre, para lograr de él una conducta civilizada que hoy puede parecer espontánea, pero que siempre corre el riesgo de perderse: “mata el miedo que guarda el animal, limpia el cuerpo pues dentro de él estás”. [Víd. este artículo]
La artificialidad de las instituciones en cuanto construcciones sociales, debe entonces servir para tomar consciencia de su fragilidad, de la necesidad de preservarlas, antes que para justificar su eliminación. El corrimiento progresivo de la frontera de denotación (qué cosas entran dentro del concepto y cuáles permanecen –todavía- afuera), que va de la mano de la flexibilización en la regulación de las instituciones, es un evidente sistema de dilución de la particularidad en el estanque de la indiferenciación, y por tanto, un mecanismo “poco traumático” de eliminación. La familia es una institución arcaica, vetusta, el último bastión corporativo (el término es usado, como siempre en nosotros, con su acepción clásica o durkheiminiana, es decir, como cuerpo social intermedio -víd. acá-) a ser derribado para dejar desnudo al individuo.
Pero, para preocupación de este esquema tan plano, debemos decir que el individuo también es una construcción social, y entonces también puede ser suprimido. Un individuo formado a partir de la familia como transmisora primaria de valores, y contenido por otras instituciones también axiomáticas, guarda una particularidad que choca contra la pretensión homogeneizadora y minimalista de la modernidad progresista (que pretende la suave superficialidad del homo consumens: ¿la vida despreocupada del “mundo feliz”?). Pero la desindividuación paradójica que esconde la eliminación de las instituciones, ¿acaso no deja nuevamente al descubierto esa animalidad descarnada, o sea, no deshumaniza? 

                                                                                               Imagen de Banksy, artista callejero británico.
 
Tenemos por un lado al marginal delincuente, generado a los ponchazos, al margen de cualquier atisbo de institución familiar (a lo sumo, la difusa figura monoparental de una madre casi ausente, que colecciona hijos de distinta procedencia y que no tiene la capacidad para criarlos), que se define casi excluyentemente en cuanto consumidor, viviendo el día a día "jugado", sin la mínima capacidad de ahorro ni de previsión, y que carece en absoluto de empatía porque desconoce las bases formativas del amor humano (también artificial). Por eso golpea a los viejos, por eso dispara al vientre de las embarazadas, por eso mata al padre delante de sus hijos.
Por el otro lado, al hedonista centrado en su progreso material, en la disponibilidad de íconos de consumo, electrónica de última generación, autos rimbombantes, viajes exóticos, mujeres de exhibición, esclavizado por el apego material que determina que hasta los hijos sean una adquisición caprichosa, y casi siempre, avergonzado y distante de su familia de origen.
Lo postula Norman O. Brown en El cuerpo del amor (1966): para lograr la universalización total, el paso definitivo hacia la indiferenciación y el igualitarismo, hay que eliminar tanto al individuo cuanto a la fraternidad (que es el concepto a través del cual él abarca tanto a las instituciones como a las corporaciones y también a las naciones, etnias y otras formas de agrupación opuestas al universalismo). Para eliminar al individuo no hace falta más que despojarlo de todo su “ornamento superestructural” (evidente y expresa inspiración marxista en su pensamiento): alma, espíritu, mente individual, personalidad. Despojarlo de todos esos elementos diferenciantes para desnudar su naturaleza animal. Como animales los hombres desindividuados formarían espontáneamente un ser superior, la Humanidad, como las abejas forman la colmena o las hormigas el hormiguero. Ese libro influyó definitivamente en el movimiento hippie. Aunque a título anecdótico, debemos consignar que, previamente a su carrera universitaria en casas de estudio de poco renombre (Róchester y Santa Cruz), Brown perteneció a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. No consta que haya ocurrido en algún momento su desvinculación de la compañía.  
Es curioso entonces también cómo el progresismo, que confía tanto en la capacidad del hombre de auto-iluminarse y alcanzar la perfección y la armonía en una sociedad sin conflictos y sin diferencias, desprecie en tanto artificial, a toda creación humana, y tan sólo valore los fundamentos “naturales”. Toda creación humana, por ese mismo hecho de haber sido creada por el hombre, puede ser eliminada por el hombre. Hemos visto que, si puede ser eliminada, para el progresismo debe ser eliminada para dar paso a lo nuevo, en una suerte de renovación constante, similar al fenómeno tecnológico. Ampliando los límites hasta que los límites abarquen el todo, y entonces el fenómeno particular desaparezca.
Es decir, lo artificial señala la particularidad, diferencia, discrimina, separa las aguas, clasifica… conspira contra la igualdad natural (un principio apriorístico común a todo el pensamiento moderno). Destruyendo entonces todo lo humano, descarnando el muñeco de Dios hasta el tuétano, se llega al paraíso humano. Tiene su lógica: a todo paraíso se accede después de la muerte.
Todos los argumentos que sostienen la ampliación/dilución de los límites respecto de cualquier particularidad diferenciante se sostienen en la autoridad de la Naturaleza. Curiosamente, la autoridad de la Naturaleza (como creación de Dios) fue invocada tantas veces por la Iglesia como fundamento de sus regulaciones civiles. Pasando la Naturaleza de ser creación de Dios a ser creación de la Ciencia, es comprensible que la Ciencia entonces señale o respalde el nuevo paradigma anti-normativo. Pero el problema está, como siempre, en la cuestión ontológica: si el hombre es hijo de la Naturaleza o es su padre. Como hijo de Dios, vendría a ser lo primero, y entonces en todo caso el teólogo sería el naturalista. Pero como padre de la Ciencia, en cambio sería lo segundo. Y en ese segundo caso, solamente un solipsismo cartesiano puede fundar el criterio de Verdad en el sujeto, y ya no hay objeto.
Es el mismo solipsismo característico de la modernidad que funda la utopía de la supresión absoluta y definitiva de las diferencias, de la dilución total en el estanque, en criterios que por subjetivos son artificiales.
Destruir las diferencias por haber detectado en ellas su germen artificial, para conseguir la igualdad en la indiferenciación que procede de un deseo, de un concepto, de una visión, que por tanto es artificial, nos devuelve, en su paradoja, a la sensatez.
Ocurre que mentar a la Naturaleza como fundamento de Verdad es una falacia. Nada hay en el hombre de natural. Todo en él es creación. Si su cuerpo no ha sido por él creado, sí lo ha sido la consciencia y reflexión sobre su cuerpo. El límite de la percepción humana está en la percepción humana. El hombre sólo puede comprender al mundo como hombre y en tanto hombre. Todo lo demás lo excede y lo niega. El mundo entonces, en tanto construcción humana, es artificial. ¿Destruirá entonces el hombre al mundo? En pos del logro de la igualdad absoluta a través de la indiferenciación, eso es posible, si no es ya un proceso en marcha.
Pero volvamos a nuestro tema del principio: el desvelo de aquellos que no son católicos, o que son sólo nominalmente católicos y son progresistas (ésos que no creen ya en ningún dogma, ni obedecen ningún precepto, ni pisan jamás una iglesia, pero que de vez en cuando se persignan, o dicen que “creen en Dios” como un concepto genérico y difuso) es el proceso de apertura de la Iglesia. Cruzan los dedos ante cada posibilidad de un anuncio, ponderan la posibilidad de un cambio, extractan (¿descontextualizan?) cualquier referencia que pueda esperanzarlos… Nos preguntamos acerca del sentido final de esa nerviosa expectativa. ¿Se convertirán en católicos quienes no lo eran y volverán a la Iglesia los que alguna vez lo fueron si la Iglesia difumina (aún más) los límites entre lo que admite y lo que no admite en su seno, hasta hacerlos desaparecer? Y en tal caso, ¿qué diferencia habría entre ser católico y no serlo?
El Concilio Vaticano II (1962-65) avanzó decididamente en ese esquema de apertura. Felipe Pigna, en el último número de Viva, elogia entusiasta a Juan XXIII como “el mejor Papa” que ha tenido la Iglesia. Ya hemos dicho (aquí y aquí), empero, que las opiniones de ese autor son casi una pauta exegética infalible… por opción contraria. Pigna, que evidentemente no es católico, llega a esa calificación por la decisión y convocatoria a ese concilio ecuménico, que él considera (y no está solo en esa apreciación) antecedente del movimiento tercermundista que afectó a Latinoamérica poco después. Lo que nadie dice, pero todos ven, es que muy pocos habrán retornado a la Iglesia por esa apertura sesentista, pero una evidente estadística señala que más bien la Iglesia no ha dejado desde entonces de perder fieles.
En Europa los templos católicos son casi exclusivamente monumentos y museos sostenidos con fines turísticos, mientras una religión fuerte y dogmática como el Islam gana camino a pasos agigantados recabando crecientes adhesiones, ya no sólo de los inmigrantes magrebíes o árabes, sino de los propios europeos de muchas generaciones. Nos enteramos hace poco de la furia que acometió a Frank Ribéry (rubio descendiente de galos o de francos) cuando en un festejo del Bayern Múnich lo bañaron en cerveza. Recién pudieron calmarlo cuando le aseguraron (¿le mintieron?) que la cerveza del festejo no tenía alcohol. Es que Bilal Yusuf Mohammed se convirtió en 2009 a la religión que ya es la mayoritaria en Francia (país en donde hay más mezquitas que en Marruecos y Túnez juntos, incluyendo la que el Estado francés ha ayudado financieramente a construir en Poitiers, la ciudad en que Carlos Martel frenó en 732 la conquista de Europa por el Islam). 

 
 
Y el Islam gana adeptos de forma irreversible, con una velocidad arrolladora, ocupando una creciente proporción en toda Europa y también en los EE.UU. (donde se ha duplicado la cantidad de mezquitas en los 12 años que pasaron desde el 11-S), con sus preceptos rígidos y estrechos como un corsé, con su liturgia en árabe desde Al-Adhan, con sus prohibiciones absolutas, la exigencia de renunciamientos, de reclusiones (en el hogar o dentro de los vestidos desde la coronilla a la punta de los pies), de ascetismo, de la renuncia a las tentaciones materiales del mundo… su censura al hedonismo y su intolerancia para con los desvíos.
Mientras tanto, la Iglesia, con su complaciente apertura, obedeciendo a una presión obstinada y casi exclusivamente concentrada sobre ella, se ha transformado en una ONG más de buenos propósitos humanitarios. La apertura ha acercado la Iglesia a su entorno local (a través del empleo exclusivo del idioma local, y la adopción de música popular ligera en la liturgia, palmas arriba, moviendo las caderas, las actividades colectivas, los fogones, etc.) y a su entorno social (el trabajo de caridad, los voluntariados en villas y hogares de necesitados, etc.), pero la ha hecho víctima del proceso general de desacralización del mundo que experimenta Occidente. 
Reflexionábamos días atrás, a propósito de este artículo acerca de la necesidad de recuperar el misterio como factor movilizador. El misterio que se ha perdido con las órdenes iniciáticas, pero que increíblemente se sostiene en algunos mitos populares, retoños insospechados de un árbol de paganismo que se creía seco.


lunes, 31 de octubre de 2011

Abriendo los ojitos



1) El sobrino.

El 23 de octubre pasado, mientras todos hacíamos los aprestos sin entusiasmo para salir de casa a votar, y a la vuelta agradecíamos que no tuvimos que hacer cola, con lo que la ominosa ceremonia de gestualidad escritural (la 4ta en pocos meses) al menos se limitaba a un frío trámite, el verdadero "sobrino del Tío", es decir, Mario Cámpora, sobrino del ex presidente Héctor J. Cámpora, nos dejaba las siguientes reflexiones comparativas entre los comicios del 11 de marzo de 1973 y los que acaban de sucedernos:

«Los procesos electorales de 1973 y 2011 son por lo pronto la foto de dos Argentina bien distintas: en 1973 menos del 8% de los argentinos era pobre, la indigencia apenas superaba el 2%, y aun en un clima de enfrentamiento político violento y permanente, la Argentina atesoraba su mayor conquista para proteger a los más humildes: la esperanza cierta de la movilidad social ascendente.

«La situación es hoy bien diferente: uno de cada cuatro argentinos es pobre y ocho años de crecimiento económico a tasas altísimas sólo han servido para consolidar inmensos bolsones de pobreza en la periferia de nuestras ciudades. Nuestro país ya no es el de 1973: las evaluaciones educativas internacionales demuestran que la escuela pública ha dejado de ser un instrumento de igualdad social a pesar de que el gasto por alumno es el más alto de la región.

«En este contexto, se evidencia la mediocridad del debate público protagonizado por nuestros políticos.

«Y aunque asistamos anestesiados al relato incesante del modelo K, lo cierto es que llegamos a las elecciones de este domingo sin haber debatido problemas de evidente notoriedad como son la pobreza que padece la cuarta parte del pueblo argentino, las sistemáticas denuncias de corrupción en el manejo de fondos estatales, la inseguridad frente al delito, la pérdida de jerarquía de la Argentina en el mundo, la extranjerización y depredación de recursos naturales, el corrimiento descontrolado de la frontera agropecuaria o la sospecha ciudadana del crecimiento silencioso del narcotráfico, apañado por estructuras políticas y de seguridad del Estado.

«Debemos a los K haber desconectado el discurso político de los debates públicos que delinearán la Argentina del futuro. En este sentido, su vocación por vaciar de contenido la política se opone a las luchas por democratizar los procesos de toma de decisiones a los que aspiraba la primavera de 1973.

«A conciencia, ellos han silenciado el debate sobre nuestros desafíos futuros y miserias presentes, escudándose en cortinas de humo basadas en consignas ya antiguas del campo nacional y popular.»

Recuerdo al preclaro editor de Todos Gronchos cuando, el 23 de marzo de 2010, agregaba a esta reflexión -también suya-:

Esta explicación:

«Había trabajo, buenos ingresos (un obrero con seis sueldos se compraba un cero kilómetro), todos salían de vacaciones (ahora MDQ es un éxito si entran 200 mil autos, mientras que en los '70, hacia el 15 de enero ya había alojados 2 millones de personas -dos palos-).

«El analfabetismo era funcional (superábamos hasta a los EE.UU. y Canadá en América). Las convenciones colectivas funcionaban. Estábamos cerca del 50-50. Las obras sociales funcionaban, igual que la salud pública.

«La desocupación no existía (fijate en el video de Palito de la película "Los muchachos de mi barrio") que Minguito (Altavista) era el único pobre pero lo era por opción ("Fatiga: laburás, te cansás, ¿qué ganás?!").

«Estaba en marcha una reforma agraria sobre la tierra improductiva, la crisis del petróleo ni nos tocó porque eramos productores autoabastecidos.

«Para mí, los '70 fueron "Los Campanelli", la familia feliz, trabajando y estudiando, produciendo, creando artísticamente.


«El sueño de la Argentina Potencia que en sólo dos años había puesto Perón en marcha desde su llamado a la unidad nacional, sin rencores ("Vuelvo descarnado, casi sin piel, como un león hervíboro"), dejando el pasado atrás para poner este país en movimiento.


«Pero también sé que vivimos en medio de la Guerra Fría, con los yanquis y los rusos disputándose el control territorial del mundo.

«Como ejercicio, humildemente (de verdad) te pido que preguntes a los viejos cómo era la vida en los '70, si era una buena vida o no, si eran personal y socialmente felices o no».


2) El sindicalista.

El Secretario Adjunto del Sindicato de Camioneros, Pablo Moyano, nos dejó el pasado 29 de octubre de 2011 (según consigna La Nación de esa fecha, pp. 1 y 10) la frase más contundente del fin de semana:

«Te da bronca, porque firmás un aumento por equis valor y a fin de año te lo sacan por el impuesto a las ganancias. No es justo. Al final trabajás para el Estado» [declaraciones a Radio El Mundo].



Ha debido pasar algún (largo) tiempo y alguna (re) reelección para que desde el sector trabajador se comenzaran a dar cuenta de la impronta social que deviene de la aplicación estricta del esquema de Hübberk, de la paradoja de Myrdal, de la forma de bancar el festival previsional (que desde hace años, y con un unánime beneplácito, no beneficia prioritariamente a los ancianos, ni siquiera, remotamente, a los ancianos que además de haber trabajado, aportaron), o de aquello que se lee en el comentado diálogo con Alexandre Moreira de Freitas.


lunes, 17 de octubre de 2011

Volando al Guinness




Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas
Atahualpa Yupanqui


Así como en el Libro Guinness de los Récords de 1987 figuraba la empresa estatal argentina Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) como la empresa que más dinero perdía por año en todo el mundo, este proceso de reestatización de gigantes de pies de barro etiquetado bajo el mote de "modelo", no tardará en volver a colocarnos en la incómoda posición en que nos encontrábamos al terminar la década de 1980.

Sólo hace falta para ello que se agote la bonanza internacional sobre productos primarios (el único sostén real para tanto verso), y entonces experimentaremos cómo se derrumba sobre nuestras cabezas tanta ficción, tanta prebenda, tanta deuda social. Si en los '90 el ajuste de la fiesta de las empresas públicas -como siempre- se efectuó en las prestaciones sociales del Estado, o sea, sobre unos 4 millones de jubilados que se limitaron a ir a tirar los miércoles huevos podridos al Anexo Diputados, el próximo derrumbre implicará que se le corte la canilla a unos 13 millones de beneficiarios de planes, plancitos, asistencias varias, generosas ayudas, gráciles limosnas... Y entonces, a agarrarse, porque cualquiera puede inferir, prescindiendo de la calculadora, que la correlación de fuerzas se ha distorsionado considerablemente, tanto respecto de 1989 como de 2001, y que la anarquía y la devastación puede alcanzar ribetes de guerra abierta. Tal vez pueda verse materializado el sueño de aquel materialismo que postula a la guerra civil como el vehículo mesiánico hacia un nuevo sistema de dominación diferente del actual, quién sabe...


Sin embargo, el orden de dominación diferente, nos lo ha demostrado la experiencia, sitúa en la cúspide de la pirámide del poder político y económico a una Nomenklatura de funcionarios que maneja la caja de un Estado omnipotente, asociada a un grupo de empresarios privilegiados, dueños de todos los contratos, provisiones, obras y concesiones que emergen de esa omnipotente caja estatal. O sea, que no es necesario llegar a ninguna guerra abierta para encontrarnos con el panorama en el que ya estamos. Lo que pasa es que a las guerras no siempre se llega voluntariamente. Si no, revísese la etiología de las grandes tragedias humanas, y se verá qué opinable es el papel de la voluntad humana en el desencadenamiento y desarrollo de los procesos. Nadie niega su fuerza protagónica. Sí en cambio el control de su dirección, la correlación entre objetivos y resultados.

De la fiesta desenfrenada en Aerolíneas y Austral, llevada adelante por la nueva juventud maravillosa, ya han dado cuenta los diversos medios periodísticos la semana pasada, al consignar, por ejemplo, que los ejecutivos de la empresa estatizada (gerentes y subgerentes) ganan salarios de $ 82.000, o tienen cláusulas contra el despido, que obligan a la empleadora (a todos los contribuyentes argentinos) a indemnizarlos con un equivalente a 10 años de servicios, y otras lindezas semejantes. (Link)

Lo que nos debe enorgullecer, como país de la desmesura, es la posibilidad que año a año se acrecienta, de recuperar un sitial en el Libro Guinness, capítulo "Estatismo ridículo-ineficiencia obscena". Por lo pronto, ya en 2010, el déficit de AA se posicionó tercero a nivel mundial, detrás de Air India y muy cerquita de Kuwait Airways. De hecho, con el déficit de US$ 700 millones proyectado para fin de este año, AA "sigue ganando altura" y se situaría para la Navidad en el vertiginoso segundo lugar.

En el siguiente cuadro, se grafica la performance empresaria de los muchachos de La Cámpora, que han demostrado a esta Argentina cavernícola y neoliberal (link) los beneficios comparativos de la militancia como herramienta para generar talentosos, honestos, creativos y exitosos empresarios:


Debe aclararse que el déficit de 2008 es menor a los $ 1.000 millones, porque la gestión estatal abarcó solamente los últimos 5 meses. A mediados de julio de 2008 nosotros apuntábamos que el déficit operativo de la empresa rondaría los US$ 200 millones por semestre. Ya por entonces, los entusiastas jóvenes prestos a hacer de la "patriada" de Ricardo Jaime una lección de eficacia de la administración estatal de las empresas comerciales, nos tildaban de agoreros, de tremendistas, de animosos, mientras llenaban las notebooks con coloridos power points de planes de negocios, de eficiencias teóricas y proyecciones optimistas, que más o menos indicaban que en 2 años el déficit iba a ser una palabra desconocida en la aeronavegación argentina. En cambio, a 3 años y monedas de ese trascendente cambio de manos, del millón de dólares diarios que perdía la aerolínea, hemos pasado a los dos millones de dólares diarios. Otro ejemplo del crecimiento sostenido, que demuestra que, en este país generoso, sólo es ciego el que no quiere ver.

"Vuela un jet
hacia el sur
la cósmica cintura hacia el folklórico ataúd de un DC-10
que se hace estrellas contra el suelo
Hoy estoy como un jet
perdido entre las nubes
sin señales para ver adónde voy..."

viernes, 9 de septiembre de 2011

Practicamos tiro al pichón


Cuando yo era muy chico mi abuelo me enseñó los consejos del Viejo Vizcacha, gran manantial de la sabiduría popular argentina. Lo recuerdo sentado en su banquito sin respaldo, en la vereda, a la tardecita, después de la siesta, y yo a sus pies. Un caso (luego comprobé que algo inusual) de tradición oral. Al constatar que, unos 35 años después, conservo en la memoria literales aquellos consejos, surge a mis ojos la evidente utilidad de dos herramientas olvidadas: 1) la inmensa capacidad de aprendizaje y memoria de los niños pequeños; 2) la eficacia de la poesía, del ritmo y de la rima, para garantizar la tradición fiel de generación en generación de aquello que es cultura viva. Mi abuelo era un hombre de campo, del que ya hablé acá, que honraba todavía esa forma de cultura viva. Yo me sorprendo de ver tantos ejemplares del Martín Fierro, algunos forrados en cuero de vaca y otras exquisiteces, expuestos en las mesitas ratonas de livings rústicos-a-todo-trapo, frente al hogar y al ventanal que refleja verde, y tan poca gente que los haya leído con un poco de detenimiento, alguito mayor a la hojeada formal y forzada de la escuela secundaria.

El Viejo Vizcacha de la Plaza Varela, en la querida Montevideo.

Para que exista tradición oral, dijimos, tiene que haber cultura viva que transmitir, y para ello, tiene que haber pueblo, es decir, una comunidad de personas con un pasado común, un conjunto de valores compartidos, y un deseo firme de formar parte de esa comunión también en el futuro; de afrontar juntas el mismo destino.

El pueblo es una construcción paciente y sacrificada, que como toda cosa que existe, orilla siempre, con esa fascinación de los abismos, la posibilidad de exinguirse, de ya no ser. De transformarse en vulgo, en masa amorfa de descastados, parias girando como zombies en redondo, sostenidos tan sólo por el afán, ese fuego de la necesidad sin objeto, de la urgencia sin motivo, del egoísmo, del "salvarse" solo.

Pero bueno, pueblo o no pueblo, el Martín Fierro es nuestro libro nacional. Eso no implica, naturalmente, ninguna exclusividad. Tan sólo, supongo que resultará de más difícil comprensión, por cuestiones de contexto, de historia y de idiosincracia, para los lectores de las tantas otras lenguas en que fue traducido. O incluso, de la lengua castellana, pero que no sean argentinos ni uruguayos ni gaúchos.

Recuerdo un consejo del Viejo Vizcacha:

Las armas son necesarias
Pero naides sabe cuándo;
Ansina si andás pasiando,
Y de noche, sobre todo,
Las debés llevar de modo
Que al salir salgan cortando.

"Que al salir salgan cortando". Ello quiere decir, sencillamente, que el hombre que lleva arma, debe llevar un arma idónea y en estado para su uso inmediato. Si no, mejor que no lleve. Ni qué hablar de un cuchillo de madera o de hojalata. Lo mismo puede decirse de una réplica de un arma de fuego.

El delincuente muerto en Chacarita, seguramente no conocía el consejo del Viejo Vizcacha. Seguramente, incluso, no sabía nada acerca de un libro llamado Martín Fierro (al que nuestra gran Maestra Ciruela, suponemos, llamaría "el José Hernández", compañero de estante en la biblioteca del "Cervantes", ese delirante caballero andante fuera de época...).

Aunque la prensa es renuente a abordar el tema de la nacionalidad, sabemos que en Villa Fraga (lo dice el curita villero en el video que pegamos al final) casi toda la población es recién llegada, en el término de 5 años de esplendor kirchnerista. El 50% del Perú; el 30% de Paraguay; y el 20% restante, de un difuso "Noroeste", que comprende argentinos y bolivianos.


Pero detengámonos un minuto para contextualizar, porque si no, no se entiende de qué estamos hablando. Ocurre que dos jóvenes, uno de ellos de 24 años (lo sabemos porque es el que cayó en acción), se movilizaban en bicicleta por la céntrica zona de la tranquila barriada que coexiste de un lado y del otro de los lindes de Chacarita y Colegiales. Zona agradable, propicia para los paseos sabatinos y domingueros (lo digo porque los hago, y los hice acompañado de chicos pequeños, de mujer embarazada, etc.), o para la tentadora visita nocturna, con los muchachos y su apetito de viquingos, al mítico Albamonte.

Desde que está la villa, la gente vive más refugiada, cierto, pero a nadie parece importarle. Importan más las taras ideológicas y el control del comisariato de lo políticamente correcto, que indica que cualquiera puede vivir donde quiera, y hacer de ese lugar elegido el séptimo infierno, si así se le antoja. Apenas atardece, por esas cuadras sombreadas por los árboles añosos, no se anima a caminar ni un alma en pena. Las paradas de colectivo están de adorno, y curiosamente para una Buenos Aires atestada de automóviles, a nadie se le ocurre parar el auto ahí ni siquiera para cambiar de radio.

Hirientes paradojas de un pregón dañino y disolvente. Nueva gran feria del progreso y el optimismo: Delincuentópolis...



Bueno, volvamos a detenernos, que no completamos la escena. La secuencia comienza con los dos jóvenes villeros de raid en bicicleta por la zona comercial, pleno mediodía. Entran con una pistola 9 mm (que luego resultó ser una réplica, aunque de impecable factura) a una tienda de ropa interior masculina. Reducen a las dos empleadas mujeres. Empujón, puteada, la guita guacha de mierda, cachetazo, más gritos, una patada y encerradas en el bañito de 1x1. Salen tranquilos, con una mochila rebosante de medias y calzoncillos, y más o menos una luca de cash. Pueden enfilar para la villa, que está ahisito nomás, a unas 4 cuadras.

Pero cebados como estaban, no tienen mejor idea que atracar, en Concepción Arenal y Lemos, 6 cuadras de la villa, una de Corrientes, a un gilito que volvía del laburo, con bolso en mano. Eran las 13 hs., pero cuando hay impunidad, no es necesaria la nocturnidad (además, como dijimos, en el barrio a partir del atardecer todo el mundo se refugia). El asaltado, que es un policía de civil de 30 años de edad, inicialmente no se resiste, y les da el bolso y la billetera, pero como los chorizos estaban cebados, comienza la franela vejatoria, y pese a la intimidación que genera tener un cañón de 9 mm apuntándole, finalmente saca la suya (habrá pensado que, si lo seguían revisando y le encontraban el arma, lo mataban ahí mismo como un perro por cobani) y le pega un tiro en la mejilla. El otro ladrón se da a la fuga. El que tenía el arma se queda boca abajo tirado en la vereda.

En minutos el policía es detenido y llevado a la comisaría de la Federal. Luego es trasladado a Gendarmería Nacional, que es la nueva fuerza de control de las policías, mientras Garré y el CELS, al unísono, claman por venganza. "Nos preocupa siempre todo lo que puede ser un exceso policial", proclama la ministra, y se olvida del adverbio que pide pista en todos los lectores: "exclusivamente".

El muerto "tenía numerosos antecedentes por hechos delictivos, en su mayoría por robo con armas. En una causa había sido condenado a la pena de tres años de prisión" (La Nación).

Concurrieron al caso dos cuestiones ya advertidas por el Viejo Vizcacha: la ya mentada de las armas, y la comprendida en estas otras reflexiones:

El primer cuidao del hombre
Es defender el pellejo.

No dejes que hombre ninguno
Te gane el lao del cuchillo.

Lo que los yanquis, más burdamente, pero sin menor eficacia, designan con su célebre You fucked with the wrong bull.

Sin embargo, en la tierra de la desmesura, en el realismo mágico desbordado, un descerebrado maltrazado que se encontró con su destino casi como con una moraleja, termina por acreer también al cada vez más dudoso hábito del martirologio, y estando tan jodidos como estamos, pagaremos todos, calladitos y sin protestar, los desmanes ocasionados por 50 okupas que, reconociendo que el muerto era ladrón, que estaba "trabajando", que utilizó su arma de imitación, argüían algún nivel de exceso de parte del asaltado que se defendió.



Yo creo que es eso lo que da genuina e infinita bronca. La diferencia injusta marcada incluso en la asunción de las pérdidas. Si un pibe pasa a buscar a la novia por Devoto, toca bocina y se queda esperando en su auto, llama la atención a dos malvivientes que andaban al boleo, que le pegan un tiro en la cabeza, y la familia debe resignarse, la novia debe llorar en silencio, todos debemos aceptar que Devoto está muy cerca de la Gral. Paz, y entonces de Fuerte Apache, y bueh...

Ahora, si un chorro que anda de gira, dejando un tendal aquí y allá, absolutamente pasado de rosca como un hurón en un gallinero, se encuentra con una bala, debemos también resignadamente asistir a que la comunidad delincuente que vive del delincuente, que lo ayuda a ser delincuente, que lo oculta y lucra de sus delitos, salga a romper y quemar todo, como advirtiendo a la comunidad no delincuente para que no se le ocurra repetir la osadía de intentar pararlos. El famoso "tenemos derecho", que se ha pegado como una muletilla "neutralizadora" (diría Edwin Sutherland), sin detenerse, claro, en el derecho de los demás.

***

Encontré este mensaje en una botella en el ciberocéano, que ya tiene algún tiempo, y por supuesto, ninguna solución. Argentina es un país cinematográfico, sí, pero no sólo porque sus avatares parecen guionados por una mente muy imaginativa, sino sobre todo porque sus habitantes parecemos condenados al lugar de espectadores de las desdichas, sin que nada que hagamos o digamos pueda jamás influir en el decurso de la trama.

Insert de Facebook: No al crecimiento de la villa de fraga entre chacarita y colegiales

El asentamiento de la calle Fraga al 900 del barrio de Chacarita crece día a día y no es noticia.

El predio pertenece al Estado Nacional y está ubicado detrás del paredón de la Estación Federico Lacroze del Ferrocarril Urquiza.

Los que conocemos la zona vimos cómo en los últimos años casas de madera y chapa se fueron transformando en delicados edificios de cemento de más de 10 metros de altura
... que no paran de crecer.

Los vecinos de Chacarita y Colegiales estamos alertados a raíz del incremento de robos en la zona y esto no es coincidencia.

Colegiales, según un estudio del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (CEDLAS), es el barrio con mejor calidad de vida.

No queremos que a raíz de esto se pierda la armonía en la que se vive, mucho menos que el valor de las propiedades decaiga como está ocurriendo.

Qué paradoja, si notan que alguien tiene medio centímetro modificado dentro del plano de su vivienda tiene que pagar la diferencia de ABL retroactivo. No obstante tiene que ver cómo los habitantes de la villa día tras día edifican más alto, tienen conexiones clandestinas de electricidad y no pagan sus impuestos.

Este grupo no es para generar conflicto alguno; todo lo contrario, se apunta a la no urbanización del terreno y sí a la reubicación de los habitantes. No queremos que ocurra como en la villa 31 y que se tenga que llegar a lo peor.




viernes, 2 de septiembre de 2011

Tricolore

الحرية ، المساواة ، الإخاء


“Libertad, igualdad, fraternidad (o la muerte)” fue el lema de los revolucionarios franceses de 1789, y luego pasó a un discreto olvido, por su marcada reminiscencia al Terror. Volvió a cundir con las revoluciones liberales de 1830 y 1848, y actualmente es el lema oficial de la República Francesa. Alguien lo asoció a los colores de la bandera francesa, que casualmente son 3, como los principios abstractos invocados en el lema. ¿La libertad es azul, como el océano, que evoca con su amplitud ese afán de irrestricción e incondicionalidad? ¿La igualdad es blanca, como la muerte, del no color que todo lo comprende y asimila, de la luz cegadora que elimina en su ímpetu los detalles y difumina las identidades? ¿La fraternidad es roja, porque roja es la sangre de toda una humanidad a la que se pretende hermanar a partir de su común pertenencia biológica? Sin embargo, la bandera revolucionaria de Francia tenía el rojo al asta, como las actuales banderas de las provincias de Santa Fe y de Córdoba. Fue recién en 1794 que el triunfo interno, en el seno de los revolucionarios, de la Derecha sobre la Izquierda determinó que el azul fuera a ocupar el distinguido sitial junto al asta. Simbológicamente, ésa era la forma de distinguirse entre la Droit (feuillants y girondinos) y la Gauche (jacobinos y cordeliers), las dos facciones demoliberales de la Asamblea.



Entonces, genéticamente, cabe reformular: ¿La libertad es roja, por la sangre derramada para conseguirla, sustrayéndose de “las cadenas de la monarquía”? ¿Y la fraternidad es azul, color de la lealtad y de la franqueza, los dos atributos de la amistad?

En verdad, la bandera francesa es una amalgama entre la bandera de París (dividida verticalmente en dos campos iguales, uno azul y otro rojo) y la bandera tradicional francesa (blanca con flores de lis doradas; el blanco, color de la virginidad de María y color de Juana de Arco, es adoptado como el color del Reino de Francia desde el siglo XVII). De modo tal, que el azul y el rojo simbolizan al centralismo unitario (que es una característica organizativa típicamente burguesa, por sus principios de administración y de dominación territorial; y típicamente jacobina, por sus principios igualitarios de corte racionalista y nacionalista, que niegan cualquier identidad regional), y el blanco simboliza a la tradición, o si se quiere, al principio de continuidad del Estado más allá de las características políticas de los regímenes de gobierno. Su creación se atribuye al Marqués de Lafayette, héroe de la Independencia de los EE.UU. y general del ejército revolucionario francés y –cómo no- jefe de la Guardia Nacional de París.

Curiosamente, el lema “libertad, igualdad, fraternidad” es también el oficial en la República de Haití (una ex colonia francesa bajo el régimen del esclavismo, que se emancipó en un tortuoso proceso que fue de 1791 a 1804); y los colores del Estado insular americano coinciden con la conformación de la bandera de Francia: el paño dividido horizontalmente en dos campos iguales, el superior azul, el inferior rojo, y un cuadrado en el medio de color blanco, con escudo a la moda (de una palmera coronada con gorro frigio salen banderas rojiazules para los costados, y delante de ellas, dos cañones y sus balas, hachas, anclas, trompetas y cadenas, y por detrás de las banderas, bayonetas). Difícil es ciertamente, asegurar la consecución de conceptos abstractos. Más difícil es asegurar la consecución simultánea de esos conceptos, cuando en alguna medida resultan contrapuestos. Demasiado se ha hablado de la tensión insoluble entre igualdad y libertad. Lo cierto es que en Haití, país flagelado por la guerra civil entre bandas armadas, por el hambre y la depredación ecológica, falta tanto de lo uno como de los otros, aunque ciertamente si algo se ha conseguido en mayor medida, es la igualdad: la igualdad en la miseria y la igualdad de los sepulcros.



En tanto, en la bandera francesa la igualdad progresivamente deja de reflejarse en la disposición de los colores. La bandera naval tiene una proporción 30:33:37, azul-blanco-rojo respectivamente. Ello así, porque a la distancia todo lo que está colocado junto al mástil tiene mayor visibilidad que el batiente. De tal forma, la disposición asimétrica y progresiva tiende a equilibrar el efecto visual. Por lo mismo, el sol de la bandera argentina estuvo situado en varios períodos del siglo XIX, y en numerosos diseños, más cerca del asta, y no al centro como en la actualidad. Asimismo, hay una nueva bandera, en la cual la franja central blanca se ha reducido considerablemente, acercando mucho el rojo al azul, y que se emplea en los mensajes oficiales televisivos. Su argumento reside en que, como bandera de ceremonia que descansa sin ondear, el único color que se ve de la cintura para arriba del orador, es el azul, y ello conduce a confusión con la bandera supranacional de la Unión Europea, también de uso obligatorio en esos eventos televisados.



El 28 de agosto pasado apareció publicado un artículo, que se ha difundido por diversas redes de información, que da cuenta de que ya, a estas tempranas alturas (los cálculos que en su momento fueron tachados de “alarmistas” advertían sobre la certeza de esta ocurrencia recién para 2025), el Islam es la religión más practicada en Francia. Reproducimos a continuación la nota:

El arzobispo emérito de Smirne, Giuseppe Germano Bernardini, narra la conversación que tuvo con un líder islámico: “Gracias a vuestras leyes democráticas, os invadiremos. Gracias a nuestras leyes religiosas, os dominaremos”.

El Hudson Institute publica un informe en el que asegura que el Islam es la religión que más se practica en Francia. En el país galo se construyen más y con más frecuencia mezquitas islámicas que iglesias católicas, y hay más practicantes musulmanes que católicos.



Actualmente, están en construcción alrededor de 150 nuevas mezquitas en Francia, que acoge a la mayor comunidad islámica de Europa. Los proyectos se encuentran en diferentes estadios de ejecución, según Mohamed Moussaoui, presidente del Consejo Musulmán francés, que proporcionó estos datos en una entrevista con la Radio RTL el 2 de agosto pasado.

La cantidad total de mezquitas en Francia ya se ha duplicado, superando las dos mil en los últimos diez años, según una investigación titulada: Construir mezquitas: El gobierno del islam en Francia y en Holanda. El líder islámico francés más conocido, Dalil Boubakeur, rector de la Gran Mezquita de París, recientemente hipotetizaba que, para satisfacer la creciente demanda, la cantidad total de mezquitas deberá (nuevamente) duplicarse hasta llegar a cuatro mil.

Por el contrario, la Iglesia católica ha construido en Francia sólo veinte nuevas iglesias en los últimos diez años, y ha cerrado formalmente más de sesenta, muchas de las cuales podrían convertirse en mezquitas, según una investigación llevada a cabo por el periódico católico francés La Croix.

Si bien el 64% de la población francesa (41,6 millones de personas sobre 65 millones de habitantes) se define católica, sólo el 4,5 % (aproximadamente 1.900.000 personas) es católica practicante, según el Instituto Francés de la Opinión Pública (IFOP).

Siempre en el campo de las comparaciones, el 75% (4,5 millones) de los alrededor de 6 millones de musulmanes norteafricanos y subsaharianos en Francia se identifica como “creyente”, y el 41% (aproximadamente 2,5 millones) sostiene ser “practicante”, según un informe sobre el islam en Francia publicado por el IFOP el 1 de agosto pasado. La investigación afirma que más del 70% de los musulmanes franceses dice cumplir con el Ramadán en el 2011.

Reuniendo estos elementos, estos datos proporcionan una evidencia empírica de la tesis según la cual el islam se encuentra en vías de superar al catolicismo como religión dominante en Francia. Desde el momento en que los números crecen, los musulmanes en Francia se están volviendo más audaces que antes. Un caso a modo de ejemplo: grupos musulmanes en Francia están pidiendo a la Iglesia católica el permiso para utilizar sus iglesias vacías como instrumento para resolver los problemas de tránsito provocados por los miles de musulmanes que rezan en las calles.



En un comunicado del 11 de marzo pasado, dirigido a la Iglesia de Francia, la Federación Nacional de la Gran Mezquita de París, el Consejo de Musulmanes Democráticos de Francia y un grupo islámico llamado Collectif Banlieues Respect pidieron a la Iglesia católica, con espíritu de solidaridad interreligiosa, que permitiera que las iglesias vacías fueran utilizadas por los musulmanes para la oración del viernes, de modo que “no se vean obligados a rezar en la calle” o “sean tenidos como rehenes por los políticos”.

Cada viernes, miles de musulmanes en París y en otras ciudades francesas bloquean calles y aceras (y, como consecuencia, bloquean el comercio local y dejan atrapados a los residentes no islámicos en las casas y en las oficinas) para ubicar a los fieles que no logran entrar en la mezquita para la oración del viernes.



Algunas mezquitas han comenzado a transmitir sermones y cantos de Allahu Akbar en las calles. Estos inconvenientes han provocado ira y reacciones contrarias, pero a pesar de muchas quejas oficiales, las autoridades no han intervenido hasta ahora, por temor a generar incidentes. La cuestión de las oraciones callejeras alcanzó el lugar de prioridad de la agenda política francesa cuando, en diciembre del 2010, Marine Le Pen, la nueva líder carismática del Frente Nacional, las denunció como “una ocupación sin soldados ni tanques de guerra”.

Durante una reunión en la ciudad de Lyon, Le Pen comparó las oraciones islámicas callejeras con la ocupación nazi. Dijo: “Para aquellos que aman hablar tanto de la Segunda Guerra Mundial, podemos también hablar de este problema [las oraciones islámicas callejeras], porque se trata de una ocupación de territorio. Es una ocupación de secciones de territorio, de distritos en los cuales la ley religiosa entra en vigor. Es una ocupación. Naturalmente, no hay tanques de guerra ni soldados, pero no por eso deja de ser una ocupación que pesa fuertemente sobre los residentes”.



La cuestión de las oraciones islámicas callejeras, publica La Stampa, —y la cuestión más amplia del rol del islam en la sociedad francesa— se ha convertido en un problema de primer orden, en vista de las elecciones presidenciales del 2012. Según un sondeo del IFOP, el 40% de los franceses está de acuerdo con Le Pen en el hecho de que las oraciones callejeras parecen una ocupación. Otro sondeo publicado por Le Parisien demuestra que los votantes ven a Le Pen, que sostiene que Francia ha sido invadida por los musulmanes y traicionada por sus élites, como la mejor candidata para enfrentarse al problema de la inmigración musulmana.

El presidente francés Nicolas Sarkozy, cuya popularidad era en julio del 25% —la cifra más baja registrada para un presidente saliente un año antes de las elecciones presidenciales—, parece, según TNS-Sofres, decidido a no dejarse superar por Le Pen en esta batalla. Recientemente, declaró que las oraciones callejeras son “inaceptables”, y que las calles no pueden convertirse en “una extensión de la mezquita”. Y advirtió que este fenómeno puede minar la tradición laica de Francia de separación entre Estado y religión.



El ministro del Interior, Claude Guéant, dijo a los musulmanes de París, el 8 de agosto, que en lugar de orar en las calles pueden utilizar un cuartel en desuso. “El orar en las calles no es algo aceptable, debe terminar”.

Algunas declaraciones de líderes musulmanes no parecen destinadas a adormecer las preocupaciones de los franceses (y no sólo de los franceses). El primer ministro turco, Tayyp Erdogan, por ejemplo, dio a entender que la construcción de las mezquitas y la inmigración forman parte de una estrategia de islamización de Europa. Y repitió públicamente las palabras de una poesía turca, escrita en 1912, por el poeta nacionalista turco Ziya Gökalp: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, los alminares, nuestras bayonetas, y los fieles, nuestros soldados”.



Propicia es para epilogar esta entrega la reflexión que el gran pensador rumano con larga residencia en Francia, E.M. Cioran, hiciera hace ya 32 años en Desgarradura (Gallimard, 1979; en español, Tercer Mundo en coed. Montesinos, 1989, pp. 12-15):



Una noche en el metro miré atentamente a mi alrededor: todos procedíamos de otro lugar… Entre nosotros, dos o tres figuras de aquí, siluetas azoradas que daban la impresión de pedir perdón por su presencia. El mismo espectáculo en Londres.

Las migraciones no se realizan ya por desplazamientos compactos sino por infiltraciones sucesivas entre los “indígenas”, demasiado exangües y distinguidos para rebajarse a la idea de un “territorio”. Tras mil años de vigilancia, las puertas se abren… Si se piensa en la larga rivalidad que existió entre franceses e ingleses, y franceses y alemanes después, se diría que todos ellos, debilitándose recíprocamente, no tenían más objetivo que precipitar la hora de su hundimiento común para que otros especímenes de humanidad tomaran el relevo. La nueva Völkerwanderung, al igual que la antigua, suscitará una confusión étnica cuyas fases no pueden preverse con claridad. Ante cataduras tan dispares, la idea de una comunidad mínimamente homogénea resulta inconcebible. La posibilidad misma de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ésta ocupe, no existía ya entre los autóctonos, el deseo de salvaguardar ni siquiera una sombra de identidad. Del millón de habitantes que tenía Roma en el siglo III de nuestra era, sólo sesenta mil eran latinos de origen. Cuando un pueblo realiza la idea histórica que tenía la misión de encarnar, se queda sin motivos para preservar sus diferencias, para cuidar su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros.

Después de haber dominado los dos hemisferios, los occidentales se están convirtiendo en el hazmerreír del mundo: espectros sutiles y ultrarrefinados, condenados a una condición de parias, de esclavos claudicantes y lábiles, a la que quizás escapen los rusos, esos últimos blancos. Ellos poseen aún orgullo, el motor, la causa de la historia. Cuando una nación deja de poseerlo y de creerse la razón o la excusa del universo sae excluye a sí misma del porvenir: ha comprendido al fin –por suerte o por desgracia, según la óptica de cada uno. Y si esto desespera al ambicioso, fascina en cambio al meditativo ligeramente depravado. Sólo las naciones peligrosamente avanzadas merecen hoy nuestro interés, sobre todo cuando mantenemos relaciones poco claras con el Tiempo y giramos en torno a Clío por necesidad de castigo, de flagelación. Todos trabajamos contra nuestros propios intereses: no somos conscientes de ello mientras actuamos, pero si analizamos cualquier época advertiremos que nos agitamos y nos sacrificamos siempre por un enemigo virtual o declarado: los protagonistas de la Revolución por Bonaparte, Bonaparte por los Borbones, los Borbones por los Orleáns… Tal vez la historia sólo debiera inspirarnos sarcasmo, quizás no posea objeto… Aunque sí, lo posee, y más de uno incluso, lo que sucede es que los alcanza al revés. El fenómeno es universalmente verificable. Realizamos lo contrario de lo que perseguimos, avanzamos en contra de la hermosa mentira que nos propusimos; de ahí el interés de las biografías, el menos molesto de los géneros dudosos. La voluntad nunca ha servido a nadie: lo más discutible de cuanto producimos es lo que más apreciamos y aquello por lo que nos infligimos mayores privaciones; esto es tan cierto de un escritor como de un conquistador, de cualquiera en realidad. El final de un individuo invita a tantas reflexiones como el final de un imperio o del propio ser humano, tan orgulloso de haber accedido a la posición vertical y tan temeroso de perderla, de volver a su apariencia primitiva y de terminar su carrera como la había empezado: encorvado y velludo. Sobre cada ser pesa la amenaza de un retroceso hacia su punto de partida (como para ilustrar la inutilidad de su recorrido, de todo recorrido) y quien consigue librarse de ella da la impresión de escamotear un deber, de negarse a jugar el juego inventándose un modo de degradarse demasiado paradójico.