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lunes, 30 de junio de 2014

Le génie

Leyendo a Saint Pol Roux (Ideorrealidades. Poemas y papeles dispersos de la obra futura, Ed. Descierto, Buenos Aires, 2013, pág. 92-3; Trad.: Violeta Percia), me encuentro, dentro de sus Pensées Inédites (Pensamientos Inéditos), con este fragmento, que quizás explique muchas cosas:

Le génie est un désordre qui produit de l'ordre.

El genio es un desorden que produce el orden.

Se aplica a muchas cosas, a muchos planos de la vida y a sectores y actividades, a todos esos microsistemas en que se fragmenta y compone el barullo que llamamos sociedad, y que algunas raras veces suena como una sinfonía.

Se aplica a muchas cosas, y explica otras tantas. Explica sobre todo carencias, ausencias, orfandades. Explica el marasmo de la mediocridad omnipresente, ominosa, triunfante y hegemónica.

Es que claramente,

Le génie c'est l'erreur pour les hommes, et c'est la vérité pour les dieux.

El genio es el error para los hombres, y es la verdad para los dioses.

 Y el programa propuesto dice que

Il faut cesser d'être quelqu'un pour être quelque chose. On était dieu, on devient homme. Il faudra cesser d'être un homme pour redevenir un dieu.

Hace falta dejar de ser alguien para ser alguna cosa. Éramos dios, devinimos hombre. Hará falta dejar de ser hombre para redevenir dios.

(págs. 94-5) 


lunes, 3 de febrero de 2014

Lecturas porteñas

Acabo de leer "La Guitarra Encantada" (1902) de Godofredo Daireaux, que creo que ejemplifica claramente el carácter relativo de la riqueza -similar al de la felicidad-. Sustancialmente, se resume en una pequeña propiedad rural, con algunas más cabezas de ganado para comer bien y vender de vez en cuando, los instrumentos de labranza para trabajar la tierra, ropa decente, vivienda y una guitarra para tañer sus cuerdas por las noches. El resto, si se goza del don de la salud, sobra. Algo parecido atisbó Chesterton en su propuesta del igualitarismo agrario. Él sostenía que la propiedad es función de la libertad, y que los sistemas político-económicos modernos tenían una tenaz inclinación por suprimirla. Para que la propiedad pueda satisfacer los requisitos de la vida digna y sin sobresaltos (autonomía de la familia en su parcela: vivienda, alimentación, vestido, ajuar, salud y libros), la palabra clave -desconocida o abominada por las "economías de la potencia" (Bertrand de Jouvenel), por la lógica del crecimiento constante- es moderación.
También leí "Un terrible experimento" (1908) de Roberto J. Payró. Un científico sale a hacer una prueba de campo para probar el carácter "artificial y efímero" de la honradez (que él sostiene que sólo se mantiene por influencias externas al individuo mismo). Consigue conchabo como mayoral de tranvía, y va al trabajo humildemente vestido y con los bolsillos repletos de monedas. Cuando subió el primer pasajero y le dio una moneda de 20 centavos por un boleto de 10, él le devolvió otra moneda de 20, y el pasajero se hizo el distraído y la guardó. El siguiente pasajero le pagó con el cambio justo, pero él nuevamente le devolvió inadecuadamente, esta vez, una moneda de 10 centavos, y el segundo pasajero también se hizo el sonso y la guardó. Y así sucesivamente, absolutamente todos los pasajeros se aprovecharon de la ocasión para quedarse con el cambio mal habido. También dejó pasar sin boletos a otros tantos pasajeros, y nadie lo llamó. Cuando pasó el inspector, le "mangueó" módicos 50 centavos, conceptuando que los que viajaban gratis respondían a la corruptela personal del mayoral. El colmo lo produjo una señora mayor que, al recibir el cambio desproporcionado e injusto en su provecho, no contenta con los 20 centavos que acababa de "ligar" de chiripa, se consideró de araca, y empezó a vociferar que el mayoral le había dado una moneda falsa, así que éste, para sosegarla, aceptó la moneda falsa que le dio la vieja, y se la cambió por una real. Al cabo de una jornada provechosa (aunque económicamente costosa), el científico había probado empíricamente lo que se propusiera: la honestidad es función de una influencia externa. Y eso, ya en 1908 era evidencia.
 
 

viernes, 31 de enero de 2014

Chestertoniana (2)

Otra vez sobre el onano-progresismo:

"El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

"De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco de una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana". [G.K.C., Ibídem, p. 22]

****      

Y otra vez sobre el relativismo (¡termina coincidiendo con el concepto de "último hombre"!):

"Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón y la fe. La razón en sí misma es un objeto de fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pensamiento no tiene relación alguna con la realidad". [pág. 25]. 


 

Contra el relativismo

[Contra el relativismo obsesivo, neurótico, desmesurado y nihilista. Dirás que, con tanto relativizarlo todo, ya se ha negado hasta a sí mismo. Cierto. Sin embargo, qué tremenda agonía debemos padecer en términos prácticos los mortales, envueltos en la trama siniestra de la onano-progresía, su afán de destrucción y su admiración libidinosa por todo lo abyecto, lo retorcido, lo feo y lo dañino.] 


"Los modernos maestros de la ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de la religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, comenzaron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existencia de la mancha".

"Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos. Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el gato...".

Gilbert. K. Chesterton, Ortodoxia, Editorial Porrúa, México, 2007 (1ª Ed.: 1908), p. 8.   


Esta gatita se llama Venus, y es real.
  

viernes, 19 de julio de 2013

Unidad de los Vencidos

VAE VICTIS

"¡Ay de los vencidos!", contaban los romanos que dijo el caudillo galo Brenno en 387 a.C., luego de incendiar Roma, cuando al exigir a los romanos un elevado rescate en metálico, ante la queja de éstos porque las balanzas estaban amañadas, puso su pesada espada sobre la bandeja de contrapeso, para hacer el pago aun más gravoso para los vencidos. 



"Todo había cambiado con la pérdida. Nadie estaba ileso. No sólo las casas se habían transformado en ruinas. Con el reverso de la guerra, la paz, salían crímenes a la luz, que ahora se invertían y, con violencia a posteriori, hacían de los culpables víctimas". Günther Grass, Pelando la cebolla, Alfaguara, Buenos Aires, 2007, pág. 255.

"La antigua lucha agónica era entre hermanos; se desarrollaba con arreglo a normas; limitada en objetivos, y limitada en el tiempo, en una alternación necesaria de paz y de guerra; los hermanos se necesitan entre sí a fin de volver a combatir otro día.
"La nueva guerra es total: aspira a poner fin a la guerra, un fin a la fraternidad". Norman O. Brown, El cuerpo del amor, Planeta-Agostini, Barcelona, 1986, pág. 27.


EN UNIÓN Y LIBERTAD

"Nothing can be sole or whole
"That has not been rent"

[Nada puede estar íntegro o entero
si no ha estado roto]. William Butler Yeats, Juana la Loca: "Crazy Jane Talks with the Bishop".

A veces los lemas nacionales contienen un programa. "Por la razón o la fuerza" fue puesto en práctica en la Guerra del Pacífico. "Orden y Progreso" aparece como un contrapeso volitivo, casi tozudo, contra las naturales tendencias a la molicie y a la simpática anarquía que propicia el clima tropical y la dulzura de la fruta, de la música, del idioma, de la pinga... diría José Ingenieros.

Nuestro "en unión y libertad" tiene entonces mucho que ver con la reflexión de Yeats: hemos estado rotos tanto tiempo, esparcidos en fragmentos de los que ni siquiera coinciden las rebarbas de la fractura, como para siquiera pensar en volver a unirnos. Sin embargo, la unión es el primer principio de nuestro programa. Aun a nuestro propio pesar, aun en contra de la natural tendencia a odiarnos apasionadamente, a derramar generosamente toda la sangre que fuere posible.

Nuevamente Brown (op. cit., p. 28): "La lucha civil es desmembramiento".

"O let me teach you how to knit again
"This scattered corn into one mutual sheaf,
"These broken limbs again into one body."

[Ah, permíteme enseñarte a enlazar nuevamente
este grano esparcido en un haz solidario,
estos miembros dispersos nuevamente en un cuerpo.] William Blake, Night I, 1-21.

Cómo volver a la antigua contienda fraternal. O sea, cómo recuperar la fraternidad, que lejos está de la paz absoluta de los vencedores absolutos (la paz de los sepulcros). Las peleas (o amores) de gatos que mentaba Perón, en lugar del exterminio meticuloso e implacable de la política de "el tiro en la nuca", como decía Trotski.

En primer lugar, recuperando la autoridad. Auctoritas viene de augeo: crecer. Margaret Mead (Sex and Temperament/Sexo y temperamento en las sociedades primitivas, Laia, Barcelona, 1973, pág. 65) nos precisa ese significado etimológico: La autoridad de uno se adquiere haciendo crecer al otro. Siempre la autoridad será reflejo de los "padres de crianza", y sólo tendrá virtualidad cuando la criatura crece, si evoluciona, si se hace adulta, culta, responsable, idónea, si desarrolla su intelecto que es también el desarrollo (¿la gestación?) de su alma.

En otra parte, ya hace unos años atrás, hemos evocado a Marco Denevi, creo que en las crónicas de Trapalanda. Hemos hablado allí de la "adolescentización". Del permanente retraso madurativo que nos caracteriza como sociedad. Será por ello que no podemos construir como pueblo autoridad, y debemos en cambio soportar pequeños déspotas gritones, niñeras del montón que no soportan y maltratan a las criaturas a su cargo... 

En segundo lugar, restableciendo la unidad. Para ello, hay que deshacerse de los turbios engendros que han medrado de la lucha civil, es decir, aquéllos intrínsecamente implicados en el desmembramiento, que son desmembrados en sí mismos, disociados, bígamos, solapados, hipócritas, dobles... Los delatores, los traidores, los obsecuentes y los conversos.


viernes, 23 de septiembre de 2011

DALINAL


En un mundo serio, solemne, circunspecto, absoluto, controlado, gris, eufemístico, insincero, hipócrita, sin sentido del humor, con la lengua mordida, con el secreto habitando los cajones de una consciencia cada vez más encriptada, viene bien de vez en cuando reflotar a los genios que iluminaron nuestros primeros pasos de pensamiento libre e incondicionado, que nos animaron a ir en contra de la corriente, a clavar los talones en el suelo, y abandonar el paso uniforme y marcial del ejército de los mediocres y los complacientes, pegar media vuelta, y abandonarse a la llanura inmensa en soledad. 


"¿Usted padece angustia intelectual periódica? ¿Depresión estética, fatiga, asco de la vida, depresión maníaca, mediocridad congénita, cretinismo gelatinoso, piedras de diamante en los riñones, impotencia, frigidez? Tome DALINAL, el fuego artificial del espíritu que le devolverá las ganas de vivir".

En este post trataremos de encontrar los ingredientes secretos de ese balsámico remedio.

María del Carmen Mosterio y Humberto Sabatini nos aportan un valioso indicio, cuando consignan en Dalí Monumental (Demart Pro Arte B.V. Daniel Adrián Kipper, Buenos Aires, 1999, p. 39) los famosos "a favor" y "en contra" del gran Salvador en su Diario de un genio, a través de un didáctico cuadro sinóptico:

EN CONTRA DE

A FAVOR DE

La simplicidad

La complejidad

La uniformidad

La diversidad

El igualitarismo

La jerarquía

Lo colectivo

Lo individual

La política

La metafísica

La música

La arquitectura

La Naturaleza

La estética

El progreso

La perennidad

El mecanismo

El sueño

La abstracción

Lo concreto

La juventud

La madurez

El oportunismo

El fanatismo

El cine

El teatro

Buda

El marqués de Sade

Oriente

Occidente

El Sol

La Luna

La revolución

La tradición

Miguel Ángel

Rafael

Rembrandt

Vermeer

Los objetos salvajes

Los objetos civilizados

El arte moderno africano

El Renacimiento

La filosofía

La religión

La medicina

La magia

La montaña

El litoral

Los fantasmas

Los espectros

Las mujeres

Gala

Los hombres

Mí mismo

El tiempo

Los relojes blandos

El escepticismo

La Fe

El cristianismo

El catolicismo

La democracia

La monarquía



"La única cosa de la que el mundo nunca se va a cansar es de la exageración".

"Comienza por aprender a dibujar y a pintar como los antiguos maestros. Después, haz lo que quieras; todos te respetarán".


Si eres uno de los que piensan que el arte moderno ha superado a Vermeer y a Rafael, no leas este libro y sigue sumergido en la idiotez".

"No vomites sobre tu cuadro, porque el cuadro puede vomitar sobre ti después de que estés muerto".

"¡No a las obras de arte que no requieren esfuerzo!"


viernes, 12 de agosto de 2011

Otras definiciones




Respetando la veda electoral, y rescatando del olvido al gran criollo que fuera Tito Saubidet (Vocabulario y Refranero Criollo, Letemendia, Bs. As., 2006), que atisbara ya hace 70 años ese declive final y definitivo de todo aquello que de original, creativo y singular tuvo la cultura argentina, volvemos a su sapiencia nacida de la experiencia directa y entusiasta en los pagos de Tapalqué y más al Sur, y agregamos nuevas llamadas a la acostumbrada sección de este blog dedicada al idioma.

Amadrinado. Animal yeguarizo que sigue fielmente a la yegua madrina y a la tropilla. (Tb., Amadrinao).

Amadrinar. Acto de acostumbrar a un cierto número de animales a andar juntos siguiendo fielmente a una yegua madrina, cuando se trata de una tropilla de caballos, y a un madrino cuando se refiere al señuelo de animales vacunos. (Madrino: Buey manso que lleva cencerro o campanilla, al que siguen los demás del señuelo).

Amadrinarse. Andar juntos los caballos de una tropilla y seguir todos a la yegua que les sirve de madrina. Amadrínanse mejor los caballos si la yegua madrina tiene potrillo.



Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban a su alrededor. Se manearon las madrinas de las tropillas; cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda yerba.
LUCIO V. MANSILLA 

sábado, 25 de junio de 2011

Los pueblos mercaderes

Querés escribir, murmuró, ¿pero para qué? Bueno, supongamos que quiero ser famoso. ¡Famoso!, un argentino y provinciano por añadidura; ¿pero crees de veras que el mundo está mirando ansioso hacia nuestras playas para descubrir un genio desconocido? Un argentino tiene que ser hacendado, chacarero, corredor de automóviles o jugador de fútbol, pero el mundo no necesita para nada escritores argentinos. Mire, don Benito, diga usted lo que diga, hay escritores argentinos traducidos al francés, al inglés... hay algunos que pasan las fronteras y quedarán en las letras universales. Sí... sí... murmuró don Benito con ojos perdidos. Hubo un silencio y luego gritó: ¡Infeliz! Sí, dije: ¡infeliz! ¿No se te ocurrió nunca que sin duda en Cartago había dos imbéciles como vos o como yo? ¿Y qué hay con eso? ¿Cómo se llamaban esos imbéciles? No sé. Claro que no lo sabés y yo tampoco y nadie lo sabe. Porque de Cartago no quedó nada. De los pueblos mercaderes no queda nada. Y de tu obra por buena que sea no quedará nada. Y ahora andate que tengo que sentarme y terminar mi libro... pero vos que todavía estás a tiempo...


Silvina Bullrich
, Triunfo Literario, en Historias inmorales, Sudamericana, Buenos Aires, 3ª ed., 1966, pp. 14-15.

jueves, 16 de junio de 2011

Bloomsday (insatisfacción y engaño)


En un principio, lo divino estaba en cada uno, y cada uno podía todo comprenderlo, todo realizarlo, con la absoluta naturalidad y destreza. En un principio, el principio fundamental e irrenunciable fue el fuego de la verdad.



En el Ulises de James Joyce, publicado en 1922, se narran las aventuras de un pequeño burgués irlandés por la ciudad de Dublín, transcurridas durante el día 16 de junio de 1904. El protagonista se llama Leopold Bloom, lo que ha motivado que los admiradores de Joyce celebraran en lo sucesivo esa fecha como "El día de Bloom" o Bloomsday, en un juego de palabras con la expresión inglesa Doomsday, "Día del Juicio".
   
Dietrich Schwanitz nos presenta una tan prieta como ilustrativa interpretación del libro (La Cultura. Todo lo que hay que saber, Punto de Lectura, Madrid, 2006, p. 37): 

"El protagonista de la novela es judío, pero los episodios de aquel día siguen el modelo de la Odisea. De este modo Joyce quiere recordarnos que nuestra cultura es un país atravesado y bañado por dos ríos: uno de ellos nace en Israel, el otro en Grecia. Y los ríos son dos textos fundamentales que alimentan nuestra cultura con ricas historias.

"Pues, al fin y al cabo, una cultura es el conjunto de historias que da cohesión a una sociedad. Entre ellas están también los relatos sobre los propios orígenes, esto es, la biografía de una sociedad (la descripción de su vida), que le dice lo que es.

"Los dos textos fundamentales de la cultura europea son:
- la Biblia hebrea;
- la doble epopeya griega de la invasión de Troya -la Ilíada (en griego, Troya se dice Ilión)- y la Odisea, el viaje del astuto Ulises desde la destruida Troya hasta su casa, al encuentro de su esposa Penélope.

"El autor de estos dos poemas épicos es Homero; el de la Biblia, Dios. Ambos autores tienen rasgos mitológicos: Homero no podía ver; Dios no podía ser visto -estaba prohibido hacerse una imagen de él-".     

La Grecia actual, que nada conserva ya de la Hélade que con el tiempo y la desacralización del mundo va absorbiéndose (saludablemente) en el mito, saliendo de la Historia, atraviesa una crisis típicamente moderna, con un impacto moral muy significativo sobre el resto de Europa.

El mundo hebreo conoció una crisis en el período comprendido entre los siglos VII y VI a.C., conmoción que afectó a tantas civilizaciones en esa época y que dio lugar a que Gore Vidal situara por entonces su imprescindible Creación, novela en la cual concurren cronológicamente grandes creadores de religiones (el Buda, como principio de reacción de la nobleza respecto de las tendencias panteístas del sustrato de los asura, un Zarathustra reformador, que reafirma el principio tradicional del Irán, aunque probablemente Zarathustra sea una figura antes que un personaje real, y puede atisbarse el primero de ellos como procedente de la boreal Ayrianem-vaejo, bajo el tipo del atharvan, "señor del fuego sagrado", "hombre de la ley primordial", Lao TseConfucio en China, ambos contemporáneos también en el siglo VI, etc.). La crisis referida está vinculada al decaimiento de la suerte militar de Israel, y en la interpretación de las derrotas y la decadencia como el castigo divino por un "pecado", lo que motivó una vocación de expiación que permitiera que Jehová (YHVH) volviese a asistir a su pueblo y devolverle la potencia (Jeremías y el segundo Isaías). Como nada de ello aconteció, al "profetismo" de los nebbin -que ya por entonces había reemplazado en un giro involutivo a la figura de un tipo más elevado del "vidente", roeh (Samuel, IX, 9)- le sucedió el mito apocalíptico-mesiánico en la visión fantástica de un Salvador que rescatará a Israel. 



Iniciado entonces un proceso de disgregación, donde vino a menos el elemento viril del antiguo culto a Jehová y el ideal guerrero del Mesías (tomado de la figura heroica irania de Saoshianc, manifestación del "Dios de los Ejércitos"), todo aquello que provenía del componente tradicional se convirtió en un formalismo ritualista y se hizo más abstracto y desapegado de la vida. A todo ello, además, se agregan las ciencias sacerdotales del culto caldeo, lo que abona sucesivamente el pensamiento abstracto y también matemático en el hebraísmo, y sobre todo, en su aspecto esotérico. 

La composición entre ese desapego, esa ritualización y ese proceso de progresiva abstracción, de ajenidad frente a realidades ya inasibles, da lugar a un tipo espiritual -profundamente arraigado en Occidente, como pone de resalto Joyce- que "para mantener firmes valores que no sabe realizar y que toman pues un carácter abstracto y utópico, se siente impaciente e insatisfecho frente a cualquier orden positivo existente y a cualquier forma de autoridad, de modo de ser un permanente fermento de agitación y de revolución" (G. Evola, Rivolta, II, VIII, b), característica que desde los primeros trasplantes en la Roma antigua es atisbada con sorpresa por Celso, luego con alarma por Juliano, y finalmente con dolor, salvando milagrosamente la cabeza, por Quinto Aurelio Símaco.  




En cuanto a la línea helénica del acervo, debe ponerse de resalto que la Guerra de Troya significa nada menos que el final del Ciclo Heroico (aquél que Hesíodo interpoló entre el Ciclo de Bronce y la Edad Oscura o Ciclo de Hierro, que acontece luego del oscurecimiento de los dioses, como última reacción uránico-solar frente a la declinación que se aceleraba). Como final, puede entenderse tal vez también como culminación, como el día con mayor luz del sol es también el que señala que en adelante cada día será más corto. En el Ciclo Heroico, resaltan Heracles, Gilgamesh, Teseo, Belerofonte, Aquiles, Ajax, Rostam... Según Hesíodo, Zeus creó, entre razas cuyo destino era ya el de "apagarse sin gloria en el Hades", una estirpe mejor, la de los "héroes" que, al examinar el conjunto de los mitos helénicos y los de otras tradiciones, tiene profunda afinidad con la de los titanes: "son los audaces de una misma aventura trascendente, que a pesar de todo puede lograrse o abortar" (ibíd., II, VII). Después de todo, Prometeo es liberado por Heracles, en alianza con el propio Zeus, y en retribución señala al héroe la vía para alcanzar el fruto de la inmortalidad (el jardín de las Hespérides). Una vez que el héroe pretende llevarse el fruto para el beneficio de todos los humanos, Atenea -la sabiduría olímpica- lo obliga a volverlo a su lugar, evidenciando que aquella conquista está reservada a la estirpe a la cual corresponde y no debe ser profanada en servicio del ser humano, como pretendió antaño hacer Prometeo.



Es nuestro mundo entonces el resultado cruzado de una alienación (espíritu y materia, cuerpo y alma, poder y sacerdocio, etc.) que genera frustración en lo imperfecto, insatisfacción y angustia por lo inalcanzable por un lado, y el límite final puesto a los héroes, como última posibilidad de trascendencia, por el otro, que deja entonces como única alternativa la del engaño: Troya es conquistada con el engaño, Ulises sale de múltiples aprietos (y Penélope también) con el engaño...

Es claro, la insatisfacción, la consciencia de la propia impotencia, son vectores del mecanismo del engaño, pero del propio engaño. 


sábado, 4 de junio de 2011

Sueño y caída



El amigo Mensajero, en su muy recomendable Gobierno Paralelo, publicó hace dos días un excelente relato de Auguste Villiers de L'Isle Adam (1838-1889), recopilado por André Breton en su Antología del Humor Negro, titulado El asesino de cisnes (cuyo personaje es Tribulat Bonhomet, un melómano similar a como Jean Baptiste Grenouille era un "perfumómano"), y que supongo integra originalmente sus célebres Cuentos Crueles (o los Nuevos Cuentos Crueles, quizás). Breton ha dicho del humor negro que "...es enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado -el eterno sentimentalismo sobre fondo azul- y de una cierta fantasía del corto vuelo, que se toma demasiado a menudo por poesía..." Como la poesía es un paisaje que atravesamos de vez en vez, con variable (falta de) éxito, no podemos dejar de complacernos con la definición, que tantas veces puede cabernos pese al escándalo general. Pongamos un pequeño ejemplo:


Bárbaros

Seríamos otra vez los guerreros primitivos
desafiando la puesta del sol en el horizonte
pisando las sonrisas desdentadas,
acariciando la tierra.
Seríamos quienes devoran la distancia
sin sosegar hasta el reviente de las cabalgaduras,
un magma incandescente, calcinando la llanura,
saqueando vida de corazones tenues.
Seríamos tal vez los arquitectos del espacio
dibujando constelaciones por capricho,
regando de estrellas las siluetas
sacrificando tiempo al desvarío
borrando sombras con luces que proyectan sombras,
opacando luces con el brillo de nuestro desafío.
Seríamos la usina del planeta,
el rotor que provoca las noches.
Con sólo echar a rodar... el resto es cuestión de inercia
y tal vez de voluntad de olvido.
Podríamos suprimir el universo,
secar las flores, detener los ríos,
desvanecer las montañas en lejanos nubarrones
y éstos en un cielo limpio,
ahogar el cielo en las mareas,
evaporar los mares por el fuego de nuestro ímpetu,
encerrar nuestra energía en una caja de yesca...
con sólo cerrar los ojos.


En fin, a esa entrada mencionada hice el siguiente comentario, que motiva el presente artículo:

Hermoso relato del asesinato como forma de arte. Comprendo que me cuesta comprender, aunque coincido en que probablemente no haya color más bello que el de la sangre fresca que mana. Hay muchos indicios que permitirían sostener que lo más sublime de la vida está justamente en los límites que suponen su negación o su término. Recuerdo que Luca Prodan refería el concepto del orgasmo como "una pequeña muerte". El reciente finado Sábato teorizaba que los sueños son momentos en que efectivamente se vive en la ultratumba, antes aun que anticipos del Más Allá, de modo tal que el dormir también sería un morir de alguna forma. Ahora bien, quienes más duermen son los que más vida tienen, comenzando por los recién nacidos, y se ha dicho que la sensación de caída que se produce al entrar el sueño en el cuerpo es un resabio de la que siente el que está por nacer al ser forzado a ver la luz. Algo he escrito hace tiempo al respecto, y creo que voy a rescatarlo de entre desordenados papeles. Apenas lo encuentre, claro. Porque perder las cosas en el desorden es también una manera de asesinarlas.


Claro está que mediocre e ineficaz resulto hasta para el oficio de asesino, con lo que... voici ma promesse:

Cuando comenzamos a soñar tenemos una repentina sensación de súbita caída, que nos estremece en una fugaz convulsión en las piernas y nos devuelve por un momento a la vigilia. Dicen que esa sensación (o percepción) es un vestigio de los primeros miedos, que se presentan tempranamente, en brazos de la madre, en la posibilidad que ella deje al niño caer. Empero, difícil y raramente ocurra esa posibilidad, la que entonces demuestra una percepción no basada en la experiencia sino en la previsión, lo cual no deja de resultar perturbador, desde que la capacidad de prever resultados futuros a partir de situaciones presentes no es una cualidad característica del lactante, y va aflorando con la evolución del intelecto, justamente más o menos a partir de que el niño abandona los brazos de la madre, al menos como hábito permanente, y de forma muy paulatina.

Puede bien sostenerse que, una vez alcanzada cierta capacidad de previsión, el sujeto efectúa una revisión de sus experiencias y descubre que existió la posibilidad de la caída; y en todo caso, si ésta existió fehacientemente, intuir que puede volver a suceder. Ahora bien, entonces resulta difícil sostener que esa percepción que nos acompaña toda la vida cuando la consciencia se aletarga, es un vestigio de la primera etapa de nuestra infancia. En todo caso, resultará de nuestra racionalización ulterior referida a esa etapa, pero entonces aparece la posición aun más insostenible, desde que la razón forma parte de la consciencia, y la percepción de la caída, de su aletargamiento, del ingreso al mundo profundo y no consciente.

Así las cosas, es probable que la percepción inconsciente de la caída obedezca efectivamente a una experiencia verificada, y no a una potencialidad. Esa experiencia no puede ser otra que el parto, y todo su trabajo previo. La posición erguida del ser humano ocasiona el parto, lo impulsa con una premura mayor que la de la Naturaleza. (Si el hombre naciera en término, sería con el precio de la muerte segura del que está por nacer o de la madre, o de ambos a la vez. El feto emplea 8 semanas para el desarrollo de su sistema nervioso, mientras que el chimpancé precisa de sólo 2 semanas. Es claro que el sistema neuronal humano es doblemente complejo que el del primate, y el cerebro, unas cuatro veces mayor. Sin embargo, el término de gestación es sólo un mes más prolongado en el hombre que en el chimpancé. Y por la sabiduría evolutiva, entre la trigésima y la cuadragésima semanas se ralentiza notablemente el crecimiento fetal, que luego recupera el ritmo original, una vez nacida la criatura. V. Nuestros orígenes, el hombre antes del hombre, de
Herbert Thomas, Gallimard, 1994 / Ediciones B S.A. para el mundo de habla hispana, Barcelona, 1997, especialmente pp. 142-145).

Por eso decimos que los humanos somos una especie prematura, caracterizada por esa perpetua inmadurez e incompletitud de la neotenia. En fin, lo cierto es que la gravedad impele con su fuerza irresistible al feto de cabeza hacia abajo, y cuando esa cabeza se encaja en el canal de parto, el sujeto -aún antes de nacer- experimenta su primera percepción de la caída, la que luego se hace efectiva en la traumática salida al mundo exterior, ese inmenso espacio de indefensión y hostilidad en el que reina la fuerza de la gravedad en su patencia más sórdida.

Supongo que el parto en cuclillas, antigua usanza que ahora tiende a regresar, y que facilita todo el proceso, debe consolidar la percepción del caso, pero no me atrevo a sostener que agrave el bajorrelieve esculpido en el inconsciente.

Lo expuesto conduce a reforzar el carácter traumático de nuestra llegada al mundo, el cual no puede ser enervado por nuestra experiencia vital posterior, y se manifiesta en forma de fantasías como el paraíso perdido, o en realidades como el sexo, el bienestar de la inmersión en el agua, la fascinación por el mar, y la protección de dormir bajo techo. Lo expuesto tal vez otee sin mayor claridad ni dirección en el horizonte inalcanzable de la trascendencia y de la preexistencia. No hay mirada más restringida que la que comienza en nosotros mismos.


lunes, 30 de mayo de 2011

Prólogo de Godofredo

Empieza Godofredo a relatar esto, con la certeza que le otorga tan nobiliario y caballeresco nombre de pila, con la ventura propia de aquéllos que navegaron hacia el Naciente del Mediodía para devolver a la Cruz las paupérrimas tierras de aquellos pastores harapientos que han pasado a la historia como visionarios profetas, o al menos, como sensibles poetas. Y como Godofredo espera enriquecerse de las paupérrimas lajas en que entierra su simiente, por vocación de caballero andante –de escritor diletante- y por esa suicida inconsciencia de que algunos gozan para confiar, simplemente, en su estrella.



Como sea, poco o nada ha de dejar de próspero en la página blanca que dispone a manchar con arabescos garrapateados desprolijamente si primero no aclara dos circunstancias: la primera, que siempre hay que escribir desprolijamente, evitando los ornamentos y la simetría, como evitando de tal forma providencial la mariconería o la pacatería (¿o no existe acaso una horadación detectivesca del escritor a través de su biografía, como existe la misma incisiva y mediocre forma de ignorar lo escrito a través del estudio de los caracteres de la escritura?); la segunda, que siempre hay que lanzarse a la escritura con frenética irresponsabilidad, como deslizándose con un carrito con rulemanes por una empinada pendiente de cuarenta y cinco grados (uno se imagina así las que conducen desde Reconquista al Bajo cuando es chico), es decir, sin detenerse a analizar meticulosamente ni la forma ni el contenido, para no llegar a la penosa conclusión de que lo que se escribe, obviamente, no sólo es prescindible sino que casi siempre es censurable… Porque, después de todo, reflexiona Godofredo, qué gran utilidad se habría prestado la Humanidad a sí misma si hubiera recurrido a la humildad o a la pereza de los presocráticos, y modestamente se hubiera censurado a sí misma, en lugar de iniciar el tortuoso camino de las reivindicaciones hacia la libertad de expresión, jalonado de películas o representaciones teatrales interpretadas por actores del matiz trágico de Ulises Dumont, y su tijera.



De los presocráticos, ciertamente más coherentes que los socráticos, poco y nada queda, e incluso hay quienes llegaron a pensar que los fragmentos perdidos de Heráclito nunca fueron escritos, como las ingeniosas reflexiones de Diógenes el Perro. En cambio, desde la infeliz invención de Guttemberg que los mortales no paramos de llenar hojas y hojas de papel con la ingenua aspiración de alcanzar la inmortalidad literaria, seguramente porque confiamos en que la vamos a ver desde arriba, y nos vamos a solazar junto a nuestros deudos con cada venta que se registre en librerías. Nosotros, más propensos a solazarnos desde la confortable y espumosa comodidad y molicie de los nimbos, esbozaremos sonrisas hasta en las cuevas de saldos de la calle Corrientes; incluso, en los criminosos desvíos de las fotocopiadoras de democráticos Centros de Estudiantes, en los cuales cientos de militantes holgazanean y toman mate… ¡como los presocráticos! Pero sin ríos heraclíteos ni cínicas desnudeces… Y mientras contemplamos con placer la mecánica rutina del fotocopiado de nuestra obra inmortal, y un nene lleno de granos matea con Bakunin y con una nena muy bolche y muy fuerte y piensa en la cantidad de polvos militantes que le podría echar si la nena decidiera entregar su revolucionario trasero al putsh popular, y le importa tres bolas el inmortal contenido de nuestra pluma inquietante; nuestros deudos, más materialistas y menos históricos, se indignarán con tales desvíos, suplicando en cambio porque no nos saquen de vidriera en las librerías de shoppings, a las que hemos llegado por nuestro cautivante y trágico deceso, y que nos sigan valorizando a diez centavos por página, doce si es tapa cartoné. Entretanto, como los presocráticos, el nene con granos comienza a ver cínicamente desnuda a la nena militante, y el río de mate parece heraclíteo porque no deja de correr, aun en los días en que no hay clase por toma de la Facultad en protesta porque el ordenanza del turno tarde fue lustrabotas en los setenta y en la recova de Paseo Colón una vez le lustró los zapatos a Martínez de Hoz, y encima le aceptó propina.

Godofredo comienza irresponsablemente a recordar sus años de estudiante ante el embate de estas reflexiones, en vez de comenzar irresponsablemente a escribir. Rápidamente un bocinazo proveniente de la calle lo devuelve a la realidad, y a sus preocupaciones existenciales por trascender, por lograr que su discreto volumen de elucubraciones pueda ser localizado con la brújula celestial a través del buscador “nubesdeubeda.com” algún día de ésos, sobre todo, cuando acaezca el providencial y trágico accidente que prive a la raza humana –o al menos a los lectores en lengua castellana- de su talento explosivo. Porque la existencia de un libro, como la devoción en la escucha de un casete pirata, depende en gran medida de la biografía del autor (o de los barbitúricos o el vómito asfixiante sufridos por el artista), tal como Godofredo comenzó a esbozar como prólogo platónico de esa obra que todavía no empieza. ¿Quién no evoca en este momento al desafortunado John Kennedy Toole, y su infausta decisión de suicidarse en la flor de la edad, con tan sólo dos novelas escritas y la más mínima perspectiva de publicarlas? Claro que Godofredo ha dudado desde siempre de ese muchacho malogrado, y aferrado a las teorías conspirativas y a las extravagancias que signan el éxito de un libro en los Estados Unidos, ha sostenido la hipótesis de la impostura, que asimismo diverge en un doble escenario: o bien, que La conjura de los necios fue escrita por la madre, o bien por el hijo, que finalmente recurrió a semejante ficción escaldado por la serie de frustraciones que había tenido al intentar publicar con las editoriales; o bien, que dicho acierto literario (que mereció luego el Pullitzer) obedece directamente a la estrategia de una editorial y al talento anónimo de un amanuense. Claro que Godofredo no ignora que la primera posibilidad choca precisamente con la premisa incontrastable del ego del escritor como motivación supina de la obra literaria, en la que también ha venido pensando irresponsablemente desde que decidió sentarse a contemplar la hoja en blanco y en caer en la magnética atracción mimética que esa blancura ejerce en la mente del escriba. La vigencia de la premisa debería haber conducido, más temprano que tarde, al descubrimiento del velo y la aparición con vida del talentoso escritor.



Ya Godofredo, lanzado a la desmesura de la especulación, comienza a imaginar una madre asesina, o un profesor universitario asesino, aquel mismo que tuvo el talento de descubrir la genialidad en el manuscrito tantas veces rechazado, el mismo y poderoso talento demiúrgico del Salieri de Milos Forman… Pero bueno, tal vez todas estas especulaciones busquen con afán diluir la tentación de suicidarse, con lo que tan sólo quedará para después la posibilidad del trágico accidente.

O más atractivo aun, porque después de todo nadie asegura la ulterior presencia confortable de las nubes bajo la báquica panza del contemplativo genio malogrado, resulta siempre el plan de la muerte simulada. Claro que en tal caso deberá confiarse en la honestidad de un representante que resista la tentación de llevarse los laureles, y en su capacidad para generar enigmas acerca de la tortuosa vida del talento muerto en su apogeo, y sobre todo, de las diversas alternativas que llevan a que periódicamente aparezca un nuevo e inédito material, desenterrado de un arcón debajo del sótano de la casa materna, o algo por el estilo.

Pero bueno, después de estas largas disquisiciones que ocuparon algunos estériles minutos en la mente de Godofredo, nuestro imaginativo literato se dispone a distraernos con alguna curiosa saga producto de su proverbial inventiva. Así surge preliminarmente la preocupación acerca del tipo de obra a redactar. Godofredo enseguida recuerda su fantástica propensión a la pereza y a la dispersión del pensamiento, lo que en principio le vedaría la posibilidad de encarar una novela, pieza literaria excluyente en el mundo moderno, en el que el negocio de los libros se valúa por página y en el que la importancia de las obras es directamente proporcional a su peso y volumen. Sin embargo, reconoce que una novela es primeramente un inmenso ejercicio de dispersión, si bien que matizado por un hilo conductor que debería llevarla hacia alguna parte… Claro que casi nunca nos deja en ese destino, y comprobamos al cabo de las seiscientas páginas que nos hizo deglutir el genio de algún yanqui que publica cada trimestre, que el destino de la novela era la novela misma, como conclusión de autoayuda, la vida no tiene otro sentido que la vida misma, o el fin de todo camino es el camino mismo; y todos los “mismos” que circularmente dibujen una apariencia paradojal en algo tan simple y tan poco atractivo. Ese tipo de conclusiones, claro, no suelen emerger de nuestra mente práctica, angustiada frecuentemente por la poca disponibilidad de tiempo y la abrumadora presencia de un cúmulo galáctico de libros imprescindibles, que siguen juntando polvo en los estantes más altos de la biblioteca, mientras leemos cientos de páginas al día de diarios, revistas, best-sellers, informes periodísticos clasificados con las noticias más relevantes y otras tantas pilas de vulgaridades mal escritas y absolutamente descartables. No, esas agudas reflexiones, generalmente bien rentadas por la distribuidora de semejantes mamotretos de venta en kioscos, provienen de mentes lúcidas, que tienen la mala idea de manifestarse algunos días después de que uno ya ha cerrado semejante kilométrica obra con el gusto amargo de no saber qué cornos quiso decir su autor, ni siquiera, recordando demasiado bien su contenido. Pero bueno, también aquellas novelas memorables que pasan a la historia deben sin duda conceder páginas a la dispersión creativa del autor, y muchas veces, en esos desvíos sin salida, aparecen las mejores piezas, producto del apartamiento de las exigencias de la coherencia argumental, que da espacio y oportunidad al autor de desatar los caprichos y los demonios escondidos. Y Godofredo recuerda entonces otra vez aquello del ímpetu y la irresponsabilidad de la escritura. También evoca a Borges y a Bioy Casares, que con esa pasión por la brevedad y la austeridad en el uso del lenguaje habían seleccionado unas joyas literarias realmente notables que destacaban por su simpleza que desnudaba, sin mayor ornamento, la belleza de una trama original y perfecta. Narraciones sobre muertes, sobre amores, sobre fábulas, todas extraordinarias, capaces de trascender los siglos y los fallos de la memoria, y sin embargo tan breves, que insumían unos segundos en la vida del lector. Un concepto inversamente proporcional de la duración, como si la brevedad de la vida de una mariposa retumbara en la eternidad como la caída de un imperio.



Y si existe esa posibilidad, entonces, para qué acometer con una empresa tan ímproba y espuria como la de la novela, que tiene nada más que por objeto desposeer al potencial lector de unos cuantos billetes en función de las páginas que compra. Godofredo entiende entonces la necesidad de aclarar al lector ya a esta altura, casi desde el principio, que lamentablemente ha sido engañado, y que deberá recurrir a un lúcido crítico de autoayuda para justificarse en la inútil tarea de seguir recorriendo con sus ávidas pupilas tantas líneas vanas.