
El amigo
Mensajero, en su muy recomendable
Gobierno Paralelo, publicó hace dos días un excelente relato de
Auguste Villiers de L'Isle Adam (1838-1889), recopilado por
André Breton en su
Antología del Humor Negro, titulado
El asesino de cisnes (cuyo personaje es
Tribulat Bonhomet, un melómano similar a como Jean Baptiste Grenouille era un "perfumómano"), y que supongo integra originalmente sus célebres
Cuentos Crueles (o los
Nuevos Cuentos Crueles, quizás). Breton ha dicho del humor negro que "...es enemigo mortal del sentimentalismo con aire perpetuamente acorralado -el eterno sentimentalismo sobre fondo azul- y de una cierta fantasía del corto vuelo, que se toma demasiado a menudo por poesía..." Como la poesía es un paisaje que atravesamos de vez en vez, con variable (falta de) éxito, no podemos dejar de complacernos con la definición, que tantas veces puede cabernos pese al escándalo general. Pongamos un pequeño ejemplo:
Bárbaros
Seríamos otra vez los guerreros primitivos
desafiando la puesta del sol en el horizonte
pisando las sonrisas desdentadas,
acariciando la tierra.
Seríamos quienes devoran la distancia
sin sosegar hasta el reviente de las cabalgaduras,
un magma incandescente, calcinando la llanura,
saqueando vida de corazones tenues.
Seríamos tal vez los arquitectos del espacio
dibujando constelaciones por capricho,
regando de estrellas las siluetas
sacrificando tiempo al desvarío
borrando sombras con luces que proyectan sombras,
opacando luces con el brillo de nuestro desafío.
Seríamos la usina del planeta,
el rotor que provoca las noches.
Con sólo echar a rodar... el resto es cuestión de inercia
y tal vez de voluntad de olvido.
Podríamos suprimir el universo,
secar las flores, detener los ríos,
desvanecer las montañas en lejanos nubarrones
y éstos en un cielo limpio,
ahogar el cielo en las mareas,
evaporar los mares por el fuego de nuestro ímpetu,
encerrar nuestra energía en una caja de yesca...
con sólo cerrar los ojos.
En fin, a esa entrada mencionada hice el siguiente comentario, que motiva el presente artículo:
Hermoso relato del asesinato como forma de arte. Comprendo que me cuesta comprender, aunque coincido en que probablemente no haya color más bello que el de la sangre fresca que mana. Hay muchos indicios que permitirían sostener que lo más sublime de la vida está justamente en los límites que suponen su negación o su término. Recuerdo que Luca Prodan refería el concepto del orgasmo como "una pequeña muerte". El reciente finado Sábato teorizaba que los sueños son momentos en que efectivamente se vive en la ultratumba, antes aun que anticipos del Más Allá, de modo tal que el dormir también sería un morir de alguna forma. Ahora bien, quienes más duermen son los que más vida tienen, comenzando por los recién nacidos, y se ha dicho que la sensación de caída que se produce al entrar el sueño en el cuerpo es un resabio de la que siente el que está por nacer al ser forzado a ver la luz. Algo he escrito hace tiempo al respecto, y creo que voy a rescatarlo de entre desordenados papeles. Apenas lo encuentre, claro. Porque perder las cosas en el desorden es también una manera de asesinarlas.

Claro está que mediocre e ineficaz resulto hasta para el oficio de asesino, con lo que... voici ma promesse:
Cuando comenzamos a soñar tenemos una repentina sensación de súbita caída, que nos estremece en una fugaz convulsión en las piernas y nos devuelve por un momento a la vigilia. Dicen que esa sensación (o percepción) es un vestigio de los primeros miedos, que se presentan tempranamente, en brazos de la madre, en la posibilidad que ella deje al niño caer. Empero, difícil y raramente ocurra esa posibilidad, la que entonces demuestra una percepción no basada en la experiencia sino en la previsión, lo cual no deja de resultar perturbador, desde que la capacidad de prever resultados futuros a partir de situaciones presentes no es una cualidad característica del lactante, y va aflorando con la evolución del intelecto, justamente más o menos a partir de que el niño abandona los brazos de la madre, al menos como hábito permanente, y de forma muy paulatina.
Puede bien sostenerse que, una vez alcanzada cierta capacidad de previsión, el sujeto efectúa una revisión de sus experiencias y descubre que existió la posibilidad de la caída; y en todo caso, si ésta existió fehacientemente, intuir que puede volver a suceder. Ahora bien, entonces resulta difícil sostener que esa percepción que nos acompaña toda la vida cuando la consciencia se aletarga, es un vestigio de la primera etapa de nuestra infancia. En todo caso, resultará de nuestra racionalización ulterior referida a esa etapa, pero entonces aparece la posición aun más insostenible, desde que la razón forma parte de la consciencia, y la percepción de la caída, de su aletargamiento, del ingreso al mundo profundo y no consciente.
Así las cosas, es probable que la percepción inconsciente de la caída obedezca efectivamente a una experiencia verificada, y no a una potencialidad. Esa experiencia no puede ser otra que el parto, y todo su trabajo previo. La posición erguida del ser humano ocasiona el parto, lo impulsa con una premura mayor que la de la Naturaleza. (Si el hombre naciera en término, sería con el precio de la muerte segura del que está por nacer o de la madre, o de ambos a la vez. El feto emplea 8 semanas para el desarrollo de su sistema nervioso, mientras que el chimpancé precisa de sólo 2 semanas. Es claro que el sistema neuronal humano es doblemente complejo que el del primate, y el cerebro, unas cuatro veces mayor. Sin embargo, el término de gestación es sólo un mes más prolongado en el hombre que en el chimpancé. Y por la sabiduría evolutiva, entre la trigésima y la cuadragésima semanas se ralentiza notablemente el crecimiento fetal, que luego recupera el ritmo original, una vez nacida la criatura. V. Nuestros orígenes, el hombre antes del hombre, de Herbert Thomas, Gallimard, 1994 / Ediciones B S.A. para el mundo de habla hispana, Barcelona, 1997, especialmente pp. 142-145).
Por eso decimos que los humanos somos una especie prematura, caracterizada por esa perpetua inmadurez e incompletitud de la neotenia. En fin, lo cierto es que la gravedad impele con su fuerza irresistible al feto de cabeza hacia abajo, y cuando esa cabeza se encaja en el canal de parto, el sujeto -aún antes de nacer- experimenta su primera percepción de la caída, la que luego se hace efectiva en la traumática salida al mundo exterior, ese inmenso espacio de indefensión y hostilidad en el que reina la fuerza de la gravedad en su patencia más sórdida.
Supongo que el parto en cuclillas, antigua usanza que ahora tiende a regresar, y que facilita todo el proceso, debe consolidar la percepción del caso, pero no me atrevo a sostener que agrave el bajorrelieve esculpido en el inconsciente.
Lo expuesto conduce a reforzar el carácter traumático de nuestra llegada al mundo, el cual no puede ser enervado por nuestra experiencia vital posterior, y se manifiesta en forma de fantasías como el paraíso perdido, o en realidades como el sexo, el bienestar de la inmersión en el agua, la fascinación por el mar, y la protección de dormir bajo techo. Lo expuesto tal vez otee sin mayor claridad ni dirección en el horizonte inalcanzable de la trascendencia y de la preexistencia. No hay mirada más restringida que la que comienza en nosotros mismos.