miércoles, 12 de febrero de 2014
De dioses y de santos
jueves, 10 de mayo de 2012
Caloi y el ridículo
La aculturación (y las "liberaciones" dictadas por las influencias foráneas).
La transculturación (que se manifiesta en una uniformización de los medios de expresión, para acercarse a un pretendido "universal", que en realidad, siempre responde al patrón etnocéntrico mundialmente dominante).
La intelectualidad abstrusa y pomposa (para levantarse minitas, para tapar la mediocridad y la falta de ideas propias)
Los fumadores de hierba, un especimen que empezaba a aparecer por esos tiempos.
- Facultad
- Juventud influenciable
- Humor gráfico (bastante precario)
- Imperialismo estéril
- Detalle disonante
- Humor gráfico (Quino y Picasso)
- Descarrilando
- Argentinidad
- Progresos y otros inconvenientes
- Juventud rebelde
- Quino y la burocracia
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Divina TV Führer

La televisión, cuando apareció, ocupó ese lugar central que ocupaba la radio en la sala del hogar, según la famosa ilustración de Westinghouse: el papá en el sillón individual de la derecha, fumando su pipa y leyendo un libro, la lámpara de pie, la radio gigantesca en forma de arco románico en su mesita ad hoc, la nena y la mamá en el sofá de tres cuerpos mirando al vacío y suspirando extasiadas. Por ese entonces, la tele se prendía exclusivamente para ver determinado programa a determinada hora, como una ceremonia familiar, una suerte de teatro doméstico.
Luego la televisión se hizo más pequeña (de hecho, fue chic que la televisión fuera pequeña; comenzaron a competir las marcas para ofrecer cajitas cada vez más portátiles, para seguir la programación en la sala, en el comedor, en la pieza), llegó el color con el Mundial 78, más tarde los controles remotos, primero con manguera, luego con botonera. Ya para entonces, la TV estaba prendida muchas horas. Pasaba a ser la compañera sonora con los teleteatros mejicanos de la señora cuando aseaba el hogar, y luego a la noche quedaba a disposición del marido, que al llegar del trabajo, elegía los noticieros o los programas políticos. Los chicos tenían “su hora” televisiva, más o menos establecida a las 5 ó 6 de la tarde, luego de las actividades diurnas (escuela, más algún deporte, más barrio) y antes de apagarse para hacer los deberes.
Luego llegó el cable, y ya pareció que habría programas variados e interesantes todo el tiempo. La verdad es que no. Muchísimas veces no hay nada de nada para ver, aun recurriendo a los canales del 400 para arriba, pero igual seguimos pasando de uno a otro con el botoncito del control, y en ese mecánico itinerario nos perdemos las horas. Si el Fútbol para Todos nos propone 6 horas diarias de Viernes a Lunes (si hay fecha a mitad de semana, en verdad es de Lunes a Viernes) de balompié y de bajada de línea electoral, aun durante la transmisión del partido, porque la militancia y el compromiso llegan hasta al cronista que está junto a los bancos de suplentes; luego los canales de cable y las polémicas de veteranos ex jugadores y ex árbitros nos robarán otras 3 horas de reiteraciones, reportajes, reiteraciones, opiniones, reiteraciones, comentarios, reiteraciones, tablas y fixture… Si Tinelli nos atrapa durante 2 horas y media de Lunes a Sábados, con excepción de los Miércoles, las repercusiones de los puteríos, delaciones y agresiones verbales y físicas, nos insumirán otras 10 horas diarias al menos durante toda la semana, con Rial, con la Canosa, con AM, con PM, con Desayuno Americano, y hasta con largos extractos que Crónica reproduce como si fuera la noticia fundamental para los argentinos (y quizás lo sea).
¿Habrán sido 613?
En fin, lo cierto es que la tele (las teles, porque la época nos trajo los televisores delgados como una lámina, y la obligación de disponer de uno en casi todos los ambientes) permanece encendida casi todo el día. Desde las 7 de la mañana para saber el clima y los cortes de calles y piquetes programados, hasta las 2 de la mañana del día siguiente, en que uno demoradamente, después de haber dado vueltas por Candela, la explosión de Esteban Echeverría, la polémica de la Ritó con Zaira Nara, etc., decide morosamente apretar el switch e irse a dormir, reprochándose por ser tan boludo.
La tele acompaña, sus estridencias (cada vez más chillones todos, con mayores cortinas de bocinas, sirenas, gritos y efectos de sonido), sus culos, sus guarangadas, sus obscenidades casi sin tapujos, están todo el día llenando el espacio, evitando a las personas el recogimiento y el silencio, la angustiosa situación de quedarse a solas entre ellas, o peor, a solas consigo mismas.
En fin, anoche en Animales Sueltos Alejandro Fantino, quien en su impostada humildad es un formador de opinión, se salía de la vaina por sumergir a su distinguido panel de gatos y figurines en una polémica definida de antemano: Jorge Jacobson había hostigado a Florencia de la V (otra vez) con su sexualidad. Coco Silly apuntó acertadamente que el comentario, acerca de que la hostigada hacía pipí de parada, era gratuitamente agresivo. Es cierto que bien puede cualquiera, sin importar su genitalidad, hacer pipí sentada o sentado.
Lo que llamaba la atención era la forma en que Fantino introdujo la cuestión, y que reiteró, como argumento, una y otra vez: “estamos en el siglo XXI”, “estamos por lanzar una sonda tripulada a Marte”, y todavía hay gente que piensa (en realidad, que observa) como Jacobson. Como si el pensamiento (la mirada) “evolucionara” o “debiera evolucionar” en un determinado sentido prefijado de antemano. ¿Prefijado por quién? ¿Por Dios? No, ya nadie cree en Dios, y menos en sus instituciones y representantes, con lo que Dios no tiene poder normativo. ¿Por una suerte de consciencia universal, que señala lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso? Puede ser, entendiendo que por “universal” se concibe solamente una parte del hemisferio occidental, soslayando las opiniones y concepciones de los resabios católicos en retroceso (por vecindad inmediata), ortodoxos, musulmanes, hinduístas, confusionistas, sintoístas… O sea que se trata, en todo caso, de una suerte de consciencia correspondiente a un estrato o grupo sociocultural occidental, de formación cristiana pero secularizado, con determinado background educativo y el acceso y compromiso con un cierto mensaje massmediático.
Demasiado sesgada esa “consciencia universal” para escapar al mote de etnocentrismo, que no es otra cosa que una forma más de colonialismo o de evangelización del aborigen nacida de la convicción en la propia y natural superioridad sobre la ignorancia de los demás.
Ese etnocentrismo, por su posición progresista, debe ser asimismo considerado, como lo fue originalmente el cristianismo respecto del judaísmo y del paganismo, un cronocentrismo: su superioridad se sustenta en su posterioridad en el tiempo, en su actualidad frente al pasado. Todo lo que pertenece al pasado está perimido por ese solo hecho, sin que sea necesaria siquiera la más elemental evaluación de resultados sociológicos empíricos. La gran familia romana sometida a la potestas absoluta del páter es superada por la pequeña familia burguesa tipo, y ésta asimismo, por las familias pluriparentales (de los tuyos, los míos y los nuestros) de a partir de los ’70. (En Argentina, léase todo agregando una década). Para luego acercarnos, progresistas, a las “familias” monoparentales y, más propiamente, a la prole propia como derecho del individuo a cumplir con su deseo vital. Es decir, ya no como concierto de voluntades de dos personas en someterse a un plexo de deberes de por vida hacia hijos que se han de tener, sino como derecho individual a tener, además de autos, motos, TV planas, casas y vacaciones, un par de hijos que mostrar y a los que llevar a Disney. En tal sentido, los casos de Ricky Martin o de Ricardo Fort parecen más alejados de la idea de familia que el de Flor de la V y su discreto marido. Será un desafío para Florencia, de 24 horas, de 365 días al año, el enfatizar su aspecto femenino en la intimidad hogareña, y el evitar situaciones paradójicas como las que imagina Jacobson.
La psicología infantil nos enseña que el niño vivencia el acto sexual adulto como un abuso, como una violencia del hombre sobre la mujer, y que esa experiencia puede llevarlo a conductas sádicas en su propia vida adulta. Es entonces recomendable evitar a toda costa que el niño presencie ciertas cosas. Lo mismo cabe para algunas otras, sobre todo, porque los roles de los miembros de una familia son referencias imprescindibles para un desarrollo sano de la psiquis y para la formación de las personas. Si obviamos esta evidencia, es porque a nosotros tampoco nos interesa lo más mínimo la infancia, como hace tiempo nos dejó de interesar la vejez, porque somos simplemente unos monstruos egoístas cerrados en nuestra propia existencia, que pretendemos pasarla bien, no atormentarnos con cuestiones existenciales (como las que nos platea esta posmodernidad de los valores en conflicto permanente) y hacer de nuestra vida una experiencia tan confortable y hedonista cuanto anodina y hueca.
Leemos en Materna: “A los 2 o 3 años, no registran la distinción de sexo, en términos del aparato genital. A esta altura, sólo saben que hay varones y nenas. Así, empiezan a imitar a su mamá o a su papá, disfrazándose con su ropa y reproduciendo conductas propias de cada género”, explica la psicóloga María José Correa, y agrega: “Recién a los 4 o 5 años, los chicos advierten que no todos tenemos el mismo cuerpo y que hay órganos sexuales propiamente masculinos y otros propiamente femeninos”.
Y luego en Pediatra al Día: “La desnudez. Desvestirse para despejar la curiosidad de los niños no es lo apropiado, pero si ocurre naturalmente, o las situaciones son cotidianas dentro del núcleo familiar, no hay ningún inconveniente. Si un niño le pregunta a la mamá ‘me puedo bañar contigo’, no se le puede responder, ‘sí, pero espera que me ponga el traje de baño’”.
El tema se pone un poco más arduo (y me ha pasado personalmente) cuando, por ejemplo, en el descuido de la televisión prendida de fondo omnipresente, en un adelanto en el corte comercial, o en un extracto traído a determinado programa con ánimo burlesco, ante la aparición de Zulma Lobato, un niño de 3 años pregunta: “¿Por qué ese señor está vestido como una mujer?”.
Es claro, el niño ignora que en la posmodernidad el deseo ha reemplazado a la realidad, que el deber-ser ha terminado con el ser, que hay un acuerdo social generalizado en hacer como que, en simular situaciones como si fueran reales. ¿Hay que contestarle al niño que está equivocado en su percepción, que no se trata de un señor vestido de mujer, sino de una mujer que parece un señor vestido de mujer? Desde el conflictivo mundo de los valores, ¿qué valor se impone sobre nuestra misión paternal? ¿El de respetar ese pacto social generalizado para ver las cosas como quisiéramos que fueran? (Sobre todo, como el individuo que acude en procura del reconocimiento de un derecho quiere que el resto vea que las cosas son para él). ¿O bien, el de educar al niño en la verdad de las cosas que se oculta detrás de la apariencia? ¿Es un valor preponderante la Verdad, o lo es el Deseo? Es claro que la sugestión todo lo puede, y que de tanto repetirlo, controlarlo y censurarlo, es muy probable que la sociedad termine por ver el artificio como algo real. ¿Pero es ello bueno? O mejor, para no entrar en cuestiones de valoración absolutas (tan urticantes a la posmodernidad): ¿Es ello preferible, a la verdad?
La televisión es, sin dudas, un sistema complejo y totalizante de creación de virtualidad, y de reforzamiento de esa virtualidad mediante la asignación de roles virtuales, y la generación de situaciones que ingresan a los hogares y deben ser resueltas, tal como recién ejemplificara, con la sabia guía de la propia televisión. Es por ello que, sobre todo, es un permanente soporte del sistema de valores que debe primar para sostener la virtualidad, y al efecto, no son ya propicios los comunicadores más idóneos, más versados, más sólidos intelectualmente. No es tarea para Pancho Ibáñez, ni para María Laura Santillán, ni para Canela… ni siquiera para Osvaldo Quiroga. El lugar para ese menester lo ocupan los presentadores del montón, los chimenteros más básicos, los todólogos de la pavada, acompañados por un coro de figurines, figurones, gatos, perros, contadores de chistes, “mediáticos” e ilusionistas. Paradójicamente, esa mediocrización del comunicador aumenta la eficacia del mensaje. El objetivo no es persuadir, sino encuadrar, incorporar al receptor a la masa, demostrarle que la gente común, la gente de pata al suelo, es la que piensa así, mientras que cualquier disidencia pasa al incómodo escuadrón marginal de los “viejos vinagres”, los “dinosaurios” que no se aggiornaron a los nuevos tiempos, los “Enriques antiguos” de la TV blanco y negro que muchas veces se disimulaba en un armario con puertitas.
***
No puedo sustraerme a la tentación de recomendar este artículo (que es tan necesario como difícil, no apto ni para impacientes ni para turistas), mientras aprovecho un extracto como colofón:
“El Estado (neo)constitucional procura la autorrealización del individuo según su plan biográfico, manifestada en los derechos de última generación (la misma imagen de las sucesivas generaciones sugiere su expansión indefinida) –derecho a la disposición del propio cuerpo, a la mutación antropológica en el “género”, a la locura, a la felicidad sexual, etc. Se ha llegado al extremo deconstructivo de la relación entre sujeto y objeto, escamoteándose este último, como señalamos más arriba. La posmodernidad opera ahora sobre un sujeto transeúnte, huérfano sin ombligo, portador de derechos aún antes de entrar en relación con otros sujetos, cuya identidad resulta de su propia voluntad, pura construcción cultural. Esta construcción y reconstrucción incesante del sujeto, ocupante exclusivo del escenario jurídico, cuyo autocumplimiento requiere la diseminación indefinida de sus derechos subjetivos fundamentales, se concreta por medio del activismo judicial y de la agitación de los actores sociales coadyuvantes (ONGs, etc.)”.
viernes, 23 de septiembre de 2011
DALINAL


| EN CONTRA DE | A FAVOR DE |
| La simplicidad | La complejidad |
| La uniformidad | La diversidad |
| El igualitarismo | La jerarquía |
| Lo colectivo | Lo individual |
| La política | La metafísica |
| La música | La arquitectura |
| La Naturaleza | La estética |
| El progreso | La perennidad |
| El mecanismo | El sueño |
| La abstracción | Lo concreto |
| La juventud | La madurez |
| El oportunismo | El fanatismo |
| El cine | El teatro |
| Buda | El marqués de Sade |
| Oriente | Occidente |
| El Sol | La Luna |
| La revolución | La tradición |
| Miguel Ángel | Rafael |
| Rembrandt | Vermeer |
| Los objetos salvajes | Los objetos civilizados |
| El arte moderno africano | El Renacimiento |
| La filosofía | La religión |
| La medicina | La magia |
| La montaña | El litoral |
| Los fantasmas | Los espectros |
| Las mujeres | Gala |
| Los hombres | Mí mismo |
| El tiempo | Los relojes blandos |
| El escepticismo | La Fe |
| El cristianismo | El catolicismo |
| La democracia | La monarquía |


miércoles, 31 de agosto de 2011
Lo lingüísticamente correcto
Como se trata de un documento cuya finalidad es la difusión de mano en mano, o de correo en correo, creo que al agregarle este medio de publicidad contribuyo con su objeto, tal vez más que tomándome la molestia de reenviarlo a todos mis contactos. Aquí van algunas de las diapositivas entonces (click sobre cada imagen para ampliarla):
viernes, 12 de agosto de 2011
Otras definiciones


lunes, 16 de mayo de 2011
Devorando el sol

Un corral para los lobos
Ignoro por qué la polémica que semejante idiotez debió haber suscitado en 2003 se traslada a 2011, 8 años después. Tal vez porque no tenemos nada mejor sobre lo que discutir. Tal vez porque en esos tímidos comienzos de la “epopeya” hegemonista (es decir, una aventura cuyo único fin es la hegemonía, que puramente no puede ser nunca epopeya, desde que nada heroico hay que merezca, en esa trivial aventura doméstica de cazafortunas, ser cantado para las generaciones venideras) convenía la indulgencia del silencio. Como ahora conviene el aspaviento del ruido, ante una yerma planicie desolada en el horizonte de los proyectos, ante una exasperante falta de imaginación para la acción (que es el vector de la política), pero ante también la necesidad retórica de “profundizaciones” insondables.
Y de hegemonía cultural se trata, nos dice el autor, aunque no se esfuerza mucho por diferenciar hegemonismo de totalitarismo, pese a que gasta la primera mitad del artículo para hablar del totalitarismo yanqui (y no nos queda bien claro con qué propósito… ah, sí, para decir que, aunque es una mierda, después de todo resulta necesario que tengamos una bandera). Pero no nos dilatemos más, y vayamos en concreto a la transcripción de la parte medular de su propuesta:
“Porque HOY es que hay que librar la ardua lucha (hegemónicamente cultural) de la identidad de este territorio que habitamos. Si alguien quiere conservar la azul y blanca y si –más aún– la quiere conservar con ese sol en el centro, ese sol enceguecedor que identifica a la bandera como bandera de guerra, que la conserve. Pero para los actos militares o, a lo sumo, para algunos protocolos oficiales. Aquí, desde estas líneas, tenemos una propuesta que debiera ser casi inapelable. El único símbolo nacional glorioso, universalmente aceptado, honrado e incorporado por otros países como símbolo de la más pura de las luchas, la de lucha por los derechos humanos es el pañuelo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Para este siglo XXI, para esta lucha de hoy contra la globalización del Uno Imperial, necesitamos otra bandera. Que sea azul y que sea blanca, como la anterior. De acuerdo. Pero le sacamos ese sol de la guerra y ahí, en ese lugar, reemplazándolo, ponemos el pañuelo blanco de las Madres y la Abuelas, el pañuelo de la paz, el de la vida, el de nuestro más genuino, verdadero orgullo”.
Cuando me pasaron por correo electrónico esta gansada, pensé que se trataba de una de las tantas falsificaciones que circulan por ese medio. Tuve que recurrir al Google para dar con el original, que para quien tenga estómago e hígado suficientes, está en este sitio.
Lo primero que se me ocurrió apuntar sobre el caso, nace del más elemental sentido común, que es sentido estético también, sobre todo cuando lo aplicamos a una bandera. Así, en forma de telegrama, contesté en ese momento (5 de mayo pasado):
“Nulo concepto estético y cromático: ¿Cómo va a poner un pañuelo blanco sobre la franja blanca? Por otra parte, me acabo de enterar de que el sol era un símbolo de guerra. Siempre supuse que era un símbolo de vida, porque la vida nace y germina con el sol. Y en nuestro caso, un sol indígena encima, incaico. Otros soles 'guerreros': el agresivo Uruguay, el temible Kirguizistán y el expansionista Malawi”.
Dicho sea de paso, obsérvese cómo la bandera de Kiribati (un archipiélago compuesto de 33 atolones que suman en total cuatro veces la superficie de la Capital Federal, con 100.000 pacíficos habitantes micronesios) “inspiró” a la que durante la gobernación Kirchner se adoptó para la Provincia de Santa Cruz:
Años atrás (más o menos por la misma época en que Feinmann salía a escribir este disparate) se me ocurrió hacer hincapié, en un artículo vexilológico, en el sol como elemento primordial de una bandera para Latinoamérica (o América Románica, como quizás sea el nombre más correcto). A continuación, reproduzco lo que en esa oportunidad ensayé:
«La utilización del sol representa el acervo cultural aborigen, y por tanto el sincretismo religioso y la miscigenación lingüística y étnica que signa la particularidad de la región. Es por lo demás un símbolo utilizado en toda Latinoamérica, con perseverancia y hondo contenido simbólico. En efecto, así como es sabida la utilización del sol con rasgos humanos por Argentina (32 rayos) y Uruguay (16 rayos)[2], también ha sido utilizado de exacta manera por la República de Perú del Sur (integrada por Arequipa, Puno, Ayacucho y Cuzco, y que duró entre 1836 y 1839, integrada en la Confederación Peruano-Boliviana), por el movimiento independentista del Perú previo a la llegada del ejército argentino-chileno liderado por San Martín (sol amarillo sin rostro sobre fondo uniforme azul, 1820), como parte del escudo peruano que señoreaba en medio de la bandera de San Martín (amarillo sin rostro), en medio de la bandera peruana de 1822 (tres franjas horizontales iguales roja-blanca-roja, con sol con rostro humano aindiado en el medio de 16 rayos) y en medio de la bandera peruana que rigió entre 1823 y 1825 (tres franjas verticales –para evitar la confusión con la bandera española a la distancia- iguales roja-blanca-roja, con sol rojo en el medio de 32 rayos).
Asimismo, en el año 1823 la logia francmasónica de los “Soles y Rayos de Bolívar”, que operaba en Cuba con conexiones con el Libertador colombiano, y de acuerdo con otras sociedades secretas de la isla, organizó una conspiración para derrocar la dominación española y fundar la República de Cubanacán. Por el sumario que se instruyó contra la frustrada conspiración se sabe que fueron encontradas 395 escaparelas de los colores rojo, azul, y amarillo junto con “tres banderas de seda de tafetán sencillo, cada una con dos y media vara de largo y una y media de ancho, el centro azul turquí, y en el punto medio, estampado un sol grande con sus rayos, como esmaltado, color plateado con claros y oscuros, y en la circunferencia una faja de media tercia de color carmesí”. Se aprecia un evidente desacuerdo entre la descripción sumarial y el diseño vexilológico encontrado, pues en éste el sol es dorado o amarillo y no plateado, como se indica (lo que por otra parte coincide con los colores de las escarapelas, y con los de la Gran Colombia bolivariana).
También los estados venezolanos de Apure, Aragua, Barinas, Bolívar, Carabobo, Cojedes, Falcón, Lara, Monagas (medio sol naciente amarillo con rayos), Miranda, Portuguesa, Yaracuy, Zulia (sol completo, siempre amarillo) y Vargas (este último, con rostro humano), el estado colombiano de Sucre (medio sol amarillo con rayos asomando), los estados brasileños de Ceará (en el escudo), Pernambuco y Tocantis (ambos con sol pleno amarillo en el centro –campo blanco- de sus banderas), los estados guatemaltecos de Chiquimula, Escuintla, Huehuetenango, Jutiapa (3/4 de sol rojo con rayos asomando en medio de la bandera) y Retalhuleu (sol rojo muy simplificado con ocho rayos en el cuartel inferior derecho del escudo central de la bandera) y los estados mexicanos de Baja California, Nuevo León (en el escudo, en rojo), Quintana Roo (sol rojo asomando), Yucatán (cuarto de sol amarillo con rayos), Zacatecas (sol rojo con rayos amarillos) y Querétaro (sol amarillo con rayos y rostro humano) contienen el símbolo tan profundamente latinoamericano.
Otras banderas nacionales que lo contienen: El escudo nacional de Costa Rica (medio sol amarillo con rayos asomando por el horizonte marino), el escudo nacional del Ecuador (sol completo con rostro humano, amarillo y con rayos) y el escudo nacional de El Salvador (sin rostro, amarillo y con rayos), todos ellos formando parte de las respectivas enseñas oficiales[3]».
Fenrir atado, en un manuscrito islandés
Los antiguos viquingos sostenían que el fin del mundo, el Ragnarökrr, el oscurecimiento de los dioses, comenzará cuando el lobo Fenrir se libere de sus milenarias ataduras y sus hijos lobos se coman al sol y a la luna. Luego de una cruenta batalla final contra los gigantes, los dioses perecerán. Y es sabido, en todos los conocimientos tradicionales, que la muerte de los dioses (o su retiro de este mundo) deja el lugar a los titanes, las fuerzas primordiales que rigen en el caos. Cronos (el tiempo), el menor de los titanes, se entronizó luego de castrar a Uranos y engendró con su hermana la titánide Rea a los dioses olímpicos, a los que devoraba apenas nacidos para evitar que algún día lo destronasen. Devorar dioses que acaban de nacer, devorar al sol… Pañuelo o no pañuelo, el dibujo propuesto se parece a una gran boca... o un gran agujero.
[1] Fein es “fino” y Mann es “hombre”. Según el DRAE, fino es un adjetivo que designa: 1) Delicado y de buena calidad en su especie; 2) delgado, sutil; 3) dicho de una persona: delgada, esbelta y de facciones delicadas; (…) 9) que hace las cosas con primor y oportunidad.
[2] En la República Oriental del Uruguay el sol aparece también en las banderas de los departamentos de Cerro Largo, Durazno, Lavalleja, Río Negro, Rocha, San José, Tacuarembó y Treinta y Tres. Respecto de la República Argentina, aparece en las banderas de las provincias de Buenos Aires, Chaco, Chubut, Córdoba, Corrientes, Jujuy, La Pampa, Mendoza, San Juan, San Luis, Santa Cruz (como hemos visto), Santa Fe y Santiago del Estero. Por otra parte, al ser un elemento fundamental del símbolo patrio más antiguo (el escudo), también es de apabullante utilización en las banderas municipales.
[3] En Ecuador también tienen sol las banderas de las provincias de Bolívar, Carchi, Los Ríos, Pichincha y Santo Domingo. En Perú también aparece en las banderas de Apurímac, Cajamarca, Callao, Loreto, Moquegua y Tumbes. En Costa Rica, además de en la bandera nacional, aparece en la enseña de la provincia de Puntarenas; y en El Salvador, en la bandera del departamento de La Paz.

















