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miércoles, 12 de febrero de 2014

De dioses y de santos



Y de martirios y justicia divina...

La obsesión por atribuir a la Iglesia católica la exclusividad en la comisión de algunos males en la historia, particularmente, la persecución religiosa y la pederastia, alcanza a veces ribetes grotescos. Ello así, más allá obviamente de que tal exclusividad parece ignorar al Sanedrín y los sacerdotes que pidieron a Pilatos que “suelte a Barrabás”, si nos atenemos al Evangelio de Juan; o a los protestantes calvinistas que entre otras lindezas teológicas quemaron en la hoguera en Ginebra al médico (la misma profesión que San Valentín) Miguel Servet, que había tenido la mala idea de sugerir que la sangre circulaba por el cuerpo; o al Islam por hechos tan contemporáneos como públicos y notorios; o a la última de las religiones, el marxismo, y sus 100 millones de muertos. Tampoco le asiste, lamentablemente, exclusividad en el segundo de los vicios mencionados, y los matrimonios mormones con niñas de 10 años, o con niñas aún menores en Yemen, las violaciones de niñas cristianas en el mundo musulmán, las violaciones de niñas en la India o algunas prácticas rituales vinculadas con el pene de los párvulos en la circuncisión, hacen de la centralización de tal ominosa cuestión en una sola institución eclesiástica un cliché sesgado, que no sólo no elimina el flagelo, sino que permite encubrir su incidencia en todos los demás ámbitos no imputados.

Constantino presidiendo el Concilio de Nicea.
 
Sea como fuere, y a gusto de cada consumidor, el elegir el criterio de la exclusividad católica o bien amerarlo con la generalidad con que otras instituciones semejantes incurren en los mismos abusos, lo cierto es que, indudablemente, Geraldine Mitelman en su artículo Amando publicado en la última revista Viva (Clarín, domingo 9 de febrero de 2014), se pasó de la raya al relatar, en un apartado biográfico sobre San Valentín (pág. 22) que “nos referimos a la historia de un mártir ejecutado por la Iglesia católica en el año 270 d.C., durante el reinado del emperador Claudio II”. Evidentemente, Mitelman ignora que Roma no fue católica hasta mucho después. Tras la batalla de Puente Milvio (312 d.C.), que le permitió a Constantino el Grande (que vendría a ser o bien bisnieto, o bien sobrino-nieto –según las diversas fuentes- de Claudio II Gótico; y que para los ortodoxos, grandes tolerantes también, es San Constantino) deshacerse de Majencio e ir consolidando el poder en forma individual, supuestamente con los auspicios de la Cruz, y sobre todo del Edicto de Milán (313 d.C., 44 años después del martirio de San Valentín), el cristianismo pasó a ser aceptado como culto legítimo. Aunque en realidad, a partir de entonces su carácter privilegiado determinó que pronto se pusiera a perseguir a las religiones paganas (mitraísmo, Sol Invictus, etc.), pese a que Constantino en el año 321 dispusiese la observancia, para cristianos y no cristianos, del “venerable día del Sol”. Finalmente, ya rendido ante la insistencia monoteísta, en 326 el emperador dispuso la destrucción de todas las imágenes de dioses y la confiscación de los bienes de los templos (muchos de los cuales fueron ese mismo año también destruidos). 

Perfil de Claudio II Gótico en una moneda
 
Lo cierto es que, si seguimos al erudito historiador judeo-austríaco en lengua inglesa Walter Ullmann, en su obra Escritos sobre Teoría Política Medieval (Eudeba, Bs.As., 2003), que compila sus artículos más medulosos producidos en Cambridge, y a su par francés, no menos erudito en historia medieval, Georges Duby (El Matrimonio en la Sociedad de la Alta Edad Media, en Obras Selectas, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, p. 278 y ss.), el matrimonio fue muy mal visto por el cristianismo primitivo, que es justamente aquél que clandestinamente y no tanto se desenvolvía durante el reinado de Claudio II Gótico. En realidad, tal institución era de raigambre pagana, provenía de las “viejas y venerables costumbres” que el cristianismo, con su vocación revolucionaria, venía a destruir. Su esencia era de naturaleza nítidamente genital, es decir, orientada a la estirpe, y de carácter fáctico, más allá de los diversos rituales y tipos de matrimonio que coexistieron o se fueron sucediendo en el milenio de romanidad. Nos dice Duby que en esos primeros tiempos (que fueron más largos de lo que suele pensarse) “la vertiente ascética… la lleva (a la Iglesia) a condenar el matrimonio, culpable de ser a la vez impureza, turbación del alma, obstáculo a la contemplación, en virtud de argumentos y referencias a las Escrituras que en su mayoría están reunidos ya en el Adversus Jovinianum de San Jerónimo” (p. 283). En fin, la naturaleza termina por imponerse sobre la convicción y el fanatismo de los primeros cristianos (sobre todo, las primeras cristianas, que recién convertidas a la fe que pregonaba el inminente fin del mundo, se negaban a mantener relaciones sexuales con sus maridos), y para moderar las pasiones de la carne, la Iglesia termina por aceptar y regular al matrimonio como un mal menor. Ello ocurre progresivamente, aunque de una forma difusa y demorada. En los primeros tiempos de las invasiones bárbaras, la Iglesia no pudo más que “ignorar” piadosamente las turbulentas pasiones de los reyes guerreros germanos, supongo que más por necesidad de sobrevivir que por indolencia. En medio de esa situación bastante libre, en la cual tallaban tanto las costumbres ancestrales romanas cuanto las germanas, los doctrinarios se limitaban a murmurar letanías condenatorias, que no trascendían el ámbito de los monasterios. La regulación, aunque parezca mentira, recién se impone socialmente para el siglo IX, y alrededor del año 1000 el matrimonio cristiano termina por proliferar en todos los ámbitos de la vida civil europea.
También es cierto que el emperador pagano Claudio II Gótico había prohibido el matrimonio (romano) a sus soldados, entendiendo que la vida militar estaba reñida con las obligaciones familiares, y con el objetivo de regenerar una auténtica casta guerrera, que tuviera esa función como norte y centro de la vida militar. Sin embargo, esa prohibición, como vimos, no entraba en contradicción con los preceptos de la Iglesia primitiva, sino antes bien coincidía con la prescripción de “ascetismo para todos” que el cristianismo imponía, y que pronto se haría moda también entre los paganos, de la mano del neo-platonismo.
Así que la cuestión del martirio de San Valentín se nos pone bastante confusa, si vamos a seguir sosteniendo, por empezar, que este médico romano casaba a los soldados en contravención a la prohibición imperial. En realidad, lo que se nos pone confuso no es el asunto ése del martirio –ya que la consecuencia natural de semejante transgresión probablemente fuera la de morir-, sino el tema de la canonización. O sea, por qué un médico romano que casaba bajo algún rito a jóvenes soldados devino en santo. A eso hay que sumar la circunstancia de que, a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica no reconoce a Valentín como santo, simplemente porque pone en duda incluso su existencia histórica.
Probablemente un médico romano haya sido ajusticiado a mediados de febrero de 269 por contravenir una prohibición imperial. También es altamente probable que la Iglesia primitiva, en ese momento en la clandestinidad y en pleno proceso de expansión revolucionaria, haya aprovechado cada muerto del sistema penal romano para proselitismo en beneficio propio.
En fin, no está de más mencionar que el notable emperador que fue Claudio II Gótico durante su breve reinado le valió la divinización apenas muerto (junio de 270), como a su antecesor y tocayo. De modo tal que el Divino Claudio II dispuso como dispuso en vida con la clarividencia de un dios, y ello transforma la muerte del médico Valentín en algo aún más complicado en términos religiosos.          

jueves, 10 de mayo de 2012

Caloi y el ridículo

Todos los que me conocen saben desde siempre de mi admiración hacia Caloi (Carlos Loiseau), que junto a Quino (Joaquín Lavado), me parecen no solamente los dos más grandes humoristas gráficos / dibujantes satíricos de la Argentina, sino también del mundo [tal vez, para no ser tan parcial y extremo, agregaría a Caran D'Ache, pero ahí paro de contar]. Será porque el humor constituye un signo cultural que, más allá de su capacidad expansiva y abarcadora, radica de una manera profundamente particularizada en cada pueblo, al punto de significar para mí uno de los datos identitarios más sugerentes y explicativos de los pocos que nos constituyen o nos permiten reconocernos entre nosotros mismos. 

Ambos pasarán a la historia por sus personajes más difundidos: Clemente y Mafalda. Cotidianamente seguidos por millones de personas a través de tiras en los diarios o por la televisión, son para mí, por esa exigencia permanente y esa producción acelerada y casi industrial, tal vez los puntos menos interesantes de sus inigualables talentos, creatividades y capacidades de observación.

Ya hace unas dos décadas que llegó hasta mí una parte importante de su producción humorística gráfica referida a chistes y/o reflexiones unitarios, ajenos al formato de historieta y con una mayor complejidad tanto en las ilustraciones como en los mensajes. He escogido de mi biblioteca al azar (si ello es posible) el Aquí me pongo a cantar... (Buenos Aires, 1975), que contiene algunos de los momentos culminantes de su obra. Valgan entonces, ante la proliferación de evocaciones más superficiales y/o contingentes, esta pequeña selección a modo de sincero y emotivo homenaje. Se lo debo. 

Porque siendo todavía un pibe, y como tal inacabado, maleable y dúctil, en un medio corrosivo y cosmopolita, su franca y simple capacidad de pensar, sentir y vivir lo nacional me acercó a la espontaneidad y la alegría de lo nuestro, de lo natural y fluido, de lo que llevamos con nosotros porque mamamos desde chicos; así como me alejó de lo fútil y de lo estéril, de las abigarradas ornamentaciones inútiles, de los pretenciosos trasplantes intelectualoides, de los disfraces, las pantomimas, las imposturas, las morisquetas robadas del proyector del mainstream... Me preservó del ridículo.

Con el ridículo, precisamente, construyó gran parte de su mejor humor, y van aquí algunos ejemplos elocuentes. Que los disfruten. [Picar sobre las fotos para ampliar]

La aculturación (y las "liberaciones" dictadas por las influencias  foráneas).



La transculturación (que se manifiesta en una uniformización de los medios de expresión, para acercarse a un pretendido "universal", que en realidad, siempre responde al patrón etnocéntrico mundialmente dominante).







El imperialismo culturalmente estéril.






La intelectualidad abstrusa y pomposa (para levantarse minitas, para tapar la mediocridad y la falta de ideas propias)






El furor religioso hacia al Psicoanálisis como panacea.







Los fumadores de hierba, un especimen que empezaba a aparecer por esos tiempos.





Los revolucionarios que hacen de su medio una letrina.






La Facultad, transformada en una pila de basura.

(Un hombre le dice a los basureros, que lo miran con sorna y escepticismo: "En serio, muchachos, yo soy el Decano. Les juro que ahí debajo hay una Facultad").


Algunas entradas relacionadas (aunque sea un poquito):

- Facultad
- Juventud influenciable
- Humor gráfico (bastante precario)
- Imperialismo estéril
- Detalle disonante
- Humor gráfico (Quino y Picasso)
- Descarrilando
- Argentinidad 
- Progresos y otros inconvenientes
- Juventud rebelde
- Quino y la burocracia






miércoles, 28 de septiembre de 2011

Divina TV Führer


La televisión es ese aparato que apareció, en formato voluminoso, muchas veces dentro de armario de madera con puertitas, transmitiendo parpadeantes imágenes en blanco y negro, a mediados del siglo pasado para suplantar a la radio, para decepcionar a las señoras y señoritas radioescuchas acerca de la correspondencia de las voces de galanes y doncellas de los radioteatros con sus caras (como todavía nos decepciona, a los amantes de los libros, la casi totalidad de sus transcripciones al cine o a las miniseries).

La televisión, cuando apareció, ocupó ese lugar central que ocupaba la radio en la sala del hogar, según la famosa ilustración de Westinghouse: el papá en el sillón individual de la derecha, fumando su pipa y leyendo un libro, la lámpara de pie, la radio gigantesca en forma de arco románico en su mesita ad hoc, la nena y la mamá en el sofá de tres cuerpos mirando al vacío y suspirando extasiadas. Por ese entonces, la tele se prendía exclusivamente para ver determinado programa a determinada hora, como una ceremonia familiar, una suerte de teatro doméstico.

Luego la televisión se hizo más pequeña (de hecho, fue chic que la televisión fuera pequeña; comenzaron a competir las marcas para ofrecer cajitas cada vez más portátiles, para seguir la programación en la sala, en el comedor, en la pieza), llegó el color con el Mundial 78, más tarde los controles remotos, primero con manguera, luego con botonera. Ya para entonces, la TV estaba prendida muchas horas. Pasaba a ser la compañera sonora con los teleteatros mejicanos de la señora cuando aseaba el hogar, y luego a la noche quedaba a disposición del marido, que al llegar del trabajo, elegía los noticieros o los programas políticos. Los chicos tenían “su hora” televisiva, más o menos establecida a las 5 ó 6 de la tarde, luego de las actividades diurnas (escuela, más algún deporte, más barrio) y antes de apagarse para hacer los deberes.

Luego llegó el cable, y ya pareció que habría programas variados e interesantes todo el tiempo. La verdad es que no. Muchísimas veces no hay nada de nada para ver, aun recurriendo a los canales del 400 para arriba, pero igual seguimos pasando de uno a otro con el botoncito del control, y en ese mecánico itinerario nos perdemos las horas. Si el Fútbol para Todos nos propone 6 horas diarias de Viernes a Lunes (si hay fecha a mitad de semana, en verdad es de Lunes a Viernes) de balompié y de bajada de línea electoral, aun durante la transmisión del partido, porque la militancia y el compromiso llegan hasta al cronista que está junto a los bancos de suplentes; luego los canales de cable y las polémicas de veteranos ex jugadores y ex árbitros nos robarán otras 3 horas de reiteraciones, reportajes, reiteraciones, opiniones, reiteraciones, comentarios, reiteraciones, tablas y fixture… Si Tinelli nos atrapa durante 2 horas y media de Lunes a Sábados, con excepción de los Miércoles, las repercusiones de los puteríos, delaciones y agresiones verbales y físicas, nos insumirán otras 10 horas diarias al menos durante toda la semana, con Rial, con la Canosa, con AM, con PM, con Desayuno Americano, y hasta con largos extractos que Crónica reproduce como si fuera la noticia fundamental para los argentinos (y quizás lo sea).


¿Habrán sido 613?


En fin, lo cierto es que la tele (las teles, porque la época nos trajo los televisores delgados como una lámina, y la obligación de disponer de uno en casi todos los ambientes) permanece encendida casi todo el día. Desde las 7 de la mañana para saber el clima y los cortes de calles y piquetes programados, hasta las 2 de la mañana del día siguiente, en que uno demoradamente, después de haber dado vueltas por Candela, la explosión de Esteban Echeverría, la polémica de la Ritó con Zaira Nara, etc., decide morosamente apretar el switch e irse a dormir, reprochándose por ser tan boludo.

La tele acompaña, sus estridencias (cada vez más chillones todos, con mayores cortinas de bocinas, sirenas, gritos y efectos de sonido), sus culos, sus guarangadas, sus obscenidades casi sin tapujos, están todo el día llenando el espacio, evitando a las personas el recogimiento y el silencio, la angustiosa situación de quedarse a solas entre ellas, o peor, a solas consigo mismas.

En fin, anoche en Animales Sueltos Alejandro Fantino, quien en su impostada humildad es un formador de opinión, se salía de la vaina por sumergir a su distinguido panel de gatos y figurines en una polémica definida de antemano: Jorge Jacobson había hostigado a Florencia de la V (otra vez) con su sexualidad. Coco Silly apuntó acertadamente que el comentario, acerca de que la hostigada hacía pipí de parada, era gratuitamente agresivo. Es cierto que bien puede cualquiera, sin importar su genitalidad, hacer pipí sentada o sentado.



Lo que llamaba la atención era la forma en que Fantino introdujo la cuestión, y que reiteró, como argumento, una y otra vez: “estamos en el siglo XXI”, “estamos por lanzar una sonda tripulada a Marte”, y todavía hay gente que piensa (en realidad, que observa) como Jacobson. Como si el pensamiento (la mirada) “evolucionara” o “debiera evolucionar” en un determinado sentido prefijado de antemano. ¿Prefijado por quién? ¿Por Dios? No, ya nadie cree en Dios, y menos en sus instituciones y representantes, con lo que Dios no tiene poder normativo. ¿Por una suerte de consciencia universal, que señala lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso? Puede ser, entendiendo que por “universal” se concibe solamente una parte del hemisferio occidental, soslayando las opiniones y concepciones de los resabios católicos en retroceso (por vecindad inmediata), ortodoxos, musulmanes, hinduístas, confusionistas, sintoístas… O sea que se trata, en todo caso, de una suerte de consciencia correspondiente a un estrato o grupo sociocultural occidental, de formación cristiana pero secularizado, con determinado background educativo y el acceso y compromiso con un cierto mensaje massmediático.

Demasiado sesgada esa “consciencia universal” para escapar al mote de etnocentrismo, que no es otra cosa que una forma más de colonialismo o de evangelización del aborigen nacida de la convicción en la propia y natural superioridad sobre la ignorancia de los demás.

Ese etnocentrismo, por su posición progresista, debe ser asimismo considerado, como lo fue originalmente el cristianismo respecto del judaísmo y del paganismo, un cronocentrismo: su superioridad se sustenta en su posterioridad en el tiempo, en su actualidad frente al pasado. Todo lo que pertenece al pasado está perimido por ese solo hecho, sin que sea necesaria siquiera la más elemental evaluación de resultados sociológicos empíricos. La gran familia romana sometida a la potestas absoluta del páter es superada por la pequeña familia burguesa tipo, y ésta asimismo, por las familias pluriparentales (de los tuyos, los míos y los nuestros) de a partir de los ’70. (En Argentina, léase todo agregando una década). Para luego acercarnos, progresistas, a las “familias” monoparentales y, más propiamente, a la prole propia como derecho del individuo a cumplir con su deseo vital. Es decir, ya no como concierto de voluntades de dos personas en someterse a un plexo de deberes de por vida hacia hijos que se han de tener, sino como derecho individual a tener, además de autos, motos, TV planas, casas y vacaciones, un par de hijos que mostrar y a los que llevar a Disney. En tal sentido, los casos de Ricky Martin o de Ricardo Fort parecen más alejados de la idea de familia que el de Flor de la V y su discreto marido. Será un desafío para Florencia, de 24 horas, de 365 días al año, el enfatizar su aspecto femenino en la intimidad hogareña, y el evitar situaciones paradójicas como las que imagina Jacobson.

La psicología infantil nos enseña que el niño vivencia el acto sexual adulto como un abuso, como una violencia del hombre sobre la mujer, y que esa experiencia puede llevarlo a conductas sádicas en su propia vida adulta. Es entonces recomendable evitar a toda costa que el niño presencie ciertas cosas. Lo mismo cabe para algunas otras, sobre todo, porque los roles de los miembros de una familia son referencias imprescindibles para un desarrollo sano de la psiquis y para la formación de las personas. Si obviamos esta evidencia, es porque a nosotros tampoco nos interesa lo más mínimo la infancia, como hace tiempo nos dejó de interesar la vejez, porque somos simplemente unos monstruos egoístas cerrados en nuestra propia existencia, que pretendemos pasarla bien, no atormentarnos con cuestiones existenciales (como las que nos platea esta posmodernidad de los valores en conflicto permanente) y hacer de nuestra vida una experiencia tan confortable y hedonista cuanto anodina y hueca.

Leemos en Materna: “A los 2 o 3 años, no registran la distinción de sexo, en términos del aparato genital. A esta altura, sólo saben que hay varones y nenas. Así, empiezan a imitar a su mamá o a su papá, disfrazándose con su ropa y reproduciendo conductas propias de cada género”, explica la psicóloga María José Correa, y agrega: “Recién a los 4 o 5 años, los chicos advierten que no todos tenemos el mismo cuerpo y que hay órganos sexuales propiamente masculinos y otros propiamente femeninos”.

Y luego en Pediatra al Día: La desnudez. Desvestirse para despejar la curiosidad de los niños no es lo apropiado, pero si ocurre naturalmente, o las situaciones son cotidianas dentro del núcleo familiar, no hay ningún inconveniente. Si un niño le pregunta a la mamá ‘me puedo bañar contigo’, no se le puede responder, ‘sí, pero espera que me ponga el traje de baño’”.

El tema se pone un poco más arduo (y me ha pasado personalmente) cuando, por ejemplo, en el descuido de la televisión prendida de fondo omnipresente, en un adelanto en el corte comercial, o en un extracto traído a determinado programa con ánimo burlesco, ante la aparición de Zulma Lobato, un niño de 3 años pregunta: “¿Por qué ese señor está vestido como una mujer?”.

Es claro, el niño ignora que en la posmodernidad el deseo ha reemplazado a la realidad, que el deber-ser ha terminado con el ser, que hay un acuerdo social generalizado en hacer como que, en simular situaciones como si fueran reales. ¿Hay que contestarle al niño que está equivocado en su percepción, que no se trata de un señor vestido de mujer, sino de una mujer que parece un señor vestido de mujer? Desde el conflictivo mundo de los valores, ¿qué valor se impone sobre nuestra misión paternal? ¿El de respetar ese pacto social generalizado para ver las cosas como quisiéramos que fueran? (Sobre todo, como el individuo que acude en procura del reconocimiento de un derecho quiere que el resto vea que las cosas son para él). ¿O bien, el de educar al niño en la verdad de las cosas que se oculta detrás de la apariencia? ¿Es un valor preponderante la Verdad, o lo es el Deseo? Es claro que la sugestión todo lo puede, y que de tanto repetirlo, controlarlo y censurarlo, es muy probable que la sociedad termine por ver el artificio como algo real. ¿Pero es ello bueno? O mejor, para no entrar en cuestiones de valoración absolutas (tan urticantes a la posmodernidad): ¿Es ello preferible, a la verdad?

La televisión es, sin dudas, un sistema complejo y totalizante de creación de virtualidad, y de reforzamiento de esa virtualidad mediante la asignación de roles virtuales, y la generación de situaciones que ingresan a los hogares y deben ser resueltas, tal como recién ejemplificara, con la sabia guía de la propia televisión. Es por ello que, sobre todo, es un permanente soporte del sistema de valores que debe primar para sostener la virtualidad, y al efecto, no son ya propicios los comunicadores más idóneos, más versados, más sólidos intelectualmente. No es tarea para Pancho Ibáñez, ni para María Laura Santillán, ni para Canela… ni siquiera para Osvaldo Quiroga. El lugar para ese menester lo ocupan los presentadores del montón, los chimenteros más básicos, los todólogos de la pavada, acompañados por un coro de figurines, figurones, gatos, perros, contadores de chistes, “mediáticos” e ilusionistas. Paradójicamente, esa mediocrización del comunicador aumenta la eficacia del mensaje. El objetivo no es persuadir, sino encuadrar, incorporar al receptor a la masa, demostrarle que la gente común, la gente de pata al suelo, es la que piensa así, mientras que cualquier disidencia pasa al incómodo escuadrón marginal de los “viejos vinagres”, los “dinosaurios” que no se aggiornaron a los nuevos tiempos, los “Enriques antiguos” de la TV blanco y negro que muchas veces se disimulaba en un armario con puertitas.



***

No puedo sustraerme a la tentación de recomendar este artículo (que es tan necesario como difícil, no apto ni para impacientes ni para turistas), mientras aprovecho un extracto como colofón:

“El Estado (neo)constitucional procura la autorrealización del individuo según su plan biográfico, manifestada en los derechos de última generación (la misma imagen de las sucesivas generaciones sugiere su expansión indefinida) –derecho a la disposición del propio cuerpo, a la mutación antropológica en el “género”, a la locura, a la felicidad sexual, etc. Se ha llegado al extremo deconstructivo de la relación entre sujeto y objeto, escamoteándose este último, como señalamos más arriba. La posmodernidad opera ahora sobre un sujeto transeúnte, huérfano sin ombligo, portador de derechos aún antes de entrar en relación con otros sujetos, cuya identidad resulta de su propia voluntad, pura construcción cultural. Esta construcción y reconstrucción incesante del sujeto, ocupante exclusivo del escenario jurídico, cuyo autocumplimiento requiere la diseminación indefinida de sus derechos subjetivos fundamentales, se concreta por medio del activismo judicial y de la agitación de los actores sociales coadyuvantes (ONGs, etc.)”.


viernes, 23 de septiembre de 2011

DALINAL


En un mundo serio, solemne, circunspecto, absoluto, controlado, gris, eufemístico, insincero, hipócrita, sin sentido del humor, con la lengua mordida, con el secreto habitando los cajones de una consciencia cada vez más encriptada, viene bien de vez en cuando reflotar a los genios que iluminaron nuestros primeros pasos de pensamiento libre e incondicionado, que nos animaron a ir en contra de la corriente, a clavar los talones en el suelo, y abandonar el paso uniforme y marcial del ejército de los mediocres y los complacientes, pegar media vuelta, y abandonarse a la llanura inmensa en soledad. 


"¿Usted padece angustia intelectual periódica? ¿Depresión estética, fatiga, asco de la vida, depresión maníaca, mediocridad congénita, cretinismo gelatinoso, piedras de diamante en los riñones, impotencia, frigidez? Tome DALINAL, el fuego artificial del espíritu que le devolverá las ganas de vivir".

En este post trataremos de encontrar los ingredientes secretos de ese balsámico remedio.

María del Carmen Mosterio y Humberto Sabatini nos aportan un valioso indicio, cuando consignan en Dalí Monumental (Demart Pro Arte B.V. Daniel Adrián Kipper, Buenos Aires, 1999, p. 39) los famosos "a favor" y "en contra" del gran Salvador en su Diario de un genio, a través de un didáctico cuadro sinóptico:

EN CONTRA DE

A FAVOR DE

La simplicidad

La complejidad

La uniformidad

La diversidad

El igualitarismo

La jerarquía

Lo colectivo

Lo individual

La política

La metafísica

La música

La arquitectura

La Naturaleza

La estética

El progreso

La perennidad

El mecanismo

El sueño

La abstracción

Lo concreto

La juventud

La madurez

El oportunismo

El fanatismo

El cine

El teatro

Buda

El marqués de Sade

Oriente

Occidente

El Sol

La Luna

La revolución

La tradición

Miguel Ángel

Rafael

Rembrandt

Vermeer

Los objetos salvajes

Los objetos civilizados

El arte moderno africano

El Renacimiento

La filosofía

La religión

La medicina

La magia

La montaña

El litoral

Los fantasmas

Los espectros

Las mujeres

Gala

Los hombres

Mí mismo

El tiempo

Los relojes blandos

El escepticismo

La Fe

El cristianismo

El catolicismo

La democracia

La monarquía



"La única cosa de la que el mundo nunca se va a cansar es de la exageración".

"Comienza por aprender a dibujar y a pintar como los antiguos maestros. Después, haz lo que quieras; todos te respetarán".


Si eres uno de los que piensan que el arte moderno ha superado a Vermeer y a Rafael, no leas este libro y sigue sumergido en la idiotez".

"No vomites sobre tu cuadro, porque el cuadro puede vomitar sobre ti después de que estés muerto".

"¡No a las obras de arte que no requieren esfuerzo!"


miércoles, 31 de agosto de 2011

Lo lingüísticamente correcto


Me llegó por segunda vez por correo-e una presentación .pps que aborda claramente taras lingüísticas reiteradas, y sobre todo, reiteradas desde el poder y el monopolio del "decir bien" en nuestra sociedad, es decir, imposiciones tan prepotentes cuanto arbitrarias, que con su repetición martilleante, han terminado por lastimar mi susceptibilidad, fraguada por la lectura, la escritura y la plática, y por qué no, por el aprecio genético y visceral por nuestro rico idioma. Un "decir bien" que es "decir mal", y por tanto, si seguimos a Unamuno y aceptamos que sólo se piensa en palabras, un "decir bien" que no conduce a un "pensar mal", sino a un "pensar menos" (aunque, o tal vez por ello mismo, ocupando más espacio en el disco rígido).

Como se trata de un documento cuya finalidad es la difusión de mano en mano, o de correo en correo, creo que al agregarle este medio de publicidad contribuyo con su objeto, tal vez más que tomándome la molestia de reenviarlo a todos mis contactos. Aquí van algunas de las diapositivas entonces (click sobre cada imagen para ampliarla):










viernes, 12 de agosto de 2011

Otras definiciones




Respetando la veda electoral, y rescatando del olvido al gran criollo que fuera Tito Saubidet (Vocabulario y Refranero Criollo, Letemendia, Bs. As., 2006), que atisbara ya hace 70 años ese declive final y definitivo de todo aquello que de original, creativo y singular tuvo la cultura argentina, volvemos a su sapiencia nacida de la experiencia directa y entusiasta en los pagos de Tapalqué y más al Sur, y agregamos nuevas llamadas a la acostumbrada sección de este blog dedicada al idioma.

Amadrinado. Animal yeguarizo que sigue fielmente a la yegua madrina y a la tropilla. (Tb., Amadrinao).

Amadrinar. Acto de acostumbrar a un cierto número de animales a andar juntos siguiendo fielmente a una yegua madrina, cuando se trata de una tropilla de caballos, y a un madrino cuando se refiere al señuelo de animales vacunos. (Madrino: Buey manso que lleva cencerro o campanilla, al que siguen los demás del señuelo).

Amadrinarse. Andar juntos los caballos de una tropilla y seguir todos a la yegua que les sirve de madrina. Amadrínanse mejor los caballos si la yegua madrina tiene potrillo.



Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban a su alrededor. Se manearon las madrinas de las tropillas; cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda yerba.
LUCIO V. MANSILLA 

lunes, 16 de mayo de 2011

Devorando el sol



Un corral para los lobos

Hace unos diez días que se me viene insistiendo, dada mi humilde versación vexilológica, para que opine sobre el infeliz artículo de José Pablo Feinmann (apellido que, proviniendo del alemán, supongo que debe ser entendido como una ironía, aunque también puede tratarse de una de esas paradojales evoluciones del linaje, que da resultados opuestos a lo que designaban originalmente sus nombres[1]) publicado en Página 12 el 15 de noviembre de 2003 bajo el título “Una bandera para el siglo XXI”.



Ignoro por qué la polémica que semejante idiotez debió haber suscitado en 2003 se traslada a 2011, 8 años después. Tal vez porque no tenemos nada mejor sobre lo que discutir. Tal vez porque en esos tímidos comienzos de la “epopeya” hegemonista (es decir, una aventura cuyo único fin es la hegemonía, que puramente no puede ser nunca epopeya, desde que nada heroico hay que merezca, en esa trivial aventura doméstica de cazafortunas, ser cantado para las generaciones venideras) convenía la indulgencia del silencio. Como ahora conviene el aspaviento del ruido, ante una yerma planicie desolada en el horizonte de los proyectos, ante una exasperante falta de imaginación para la acción (que es el vector de la política), pero ante también la necesidad retórica de “profundizaciones” insondables.



Y de hegemonía cultural se trata, nos dice el autor, aunque no se esfuerza mucho por diferenciar hegemonismo de totalitarismo, pese a que gasta la primera mitad del artículo para hablar del totalitarismo yanqui (y no nos queda bien claro con qué propósito… ah, sí, para decir que, aunque es una mierda, después de todo resulta necesario que tengamos una bandera). Pero no nos dilatemos más, y vayamos en concreto a la transcripción de la parte medular de su propuesta:

“Porque HOY es que hay que librar la ardua lucha (hegemónicamente cultural) de la identidad de este territorio que habitamos. Si alguien quiere conservar la azul y blanca y si –más aún– la quiere conservar con ese sol en el centro, ese sol enceguecedor que identifica a la bandera como bandera de guerra, que la conserve. Pero para los actos militares o, a lo sumo, para algunos protocolos oficiales. Aquí, desde estas líneas, tenemos una propuesta que debiera ser casi inapelable. El único símbolo nacional glorioso, universalmente aceptado, honrado e incorporado por otros países como símbolo de la más pura de las luchas, la de lucha por los derechos humanos es el pañuelo de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Para este siglo XXI, para esta lucha de hoy contra la globalización del Uno Imperial, necesitamos otra bandera. Que sea azul y que sea blanca, como la anterior. De acuerdo. Pero le sacamos ese sol de la guerra y ahí, en ese lugar, reemplazándolo, ponemos el pañuelo blanco de las Madres y la Abuelas, el pañuelo de la paz, el de la vida, el de nuestro más genuino, verdadero orgullo”.

Cuando me pasaron por correo electrónico esta gansada, pensé que se trataba de una de las tantas falsificaciones que circulan por ese medio. Tuve que recurrir al Google para dar con el original, que para quien tenga estómago e hígado suficientes, está en este sitio.

Lo primero que se me ocurrió apuntar sobre el caso, nace del más elemental sentido común, que es sentido estético también, sobre todo cuando lo aplicamos a una bandera. Así, en forma de telegrama, contesté en ese momento (5 de mayo pasado):

“Nulo concepto estético y cromático: ¿Cómo va a poner un pañuelo blanco sobre la franja blanca? Por otra parte, me acabo de enterar de que el sol era un símbolo de guerra. Siempre supuse que era un símbolo de vida, porque la vida nace y germina con el sol. Y en nuestro caso, un sol indígena encima, incaico. Otros soles 'guerreros': el agresivo Uruguay, el temible Kirguizistán y el expansionista Malawi”.



Dicho sea de paso, obsérvese cómo la bandera de Kiribati (un archipiélago compuesto de 33 atolones que suman en total cuatro veces la superficie de la Capital Federal, con 100.000 pacíficos habitantes micronesios) “inspiró” a la que durante la gobernación Kirchner se adoptó para la Provincia de Santa Cruz:




Años atrás (más o menos por la misma época en que Feinmann salía a escribir este disparate) se me ocurrió hacer hincapié, en un artículo vexilológico, en el sol como elemento primordial de una bandera para Latinoamérica (o América Románica, como quizás sea el nombre más correcto). A continuación, reproduzco lo que en esa oportunidad ensayé:

«La utilización del sol representa el acervo cultural aborigen, y por tanto el sincretismo religioso y la miscigenación lingüística y étnica que signa la particularidad de la región. Es por lo demás un símbolo utilizado en toda Latinoamérica, con perseverancia y hondo contenido simbólico. En efecto, así como es sabida la utilización del sol con rasgos humanos por Argentina (32 rayos) y Uruguay (16 rayos)[2], también ha sido utilizado de exacta manera por la República de Perú del Sur (integrada por Arequipa, Puno, Ayacucho y Cuzco, y que duró entre 1836 y 1839, integrada en la Confederación Peruano-Boliviana), por el movimiento independentista del Perú previo a la llegada del ejército argentino-chileno liderado por San Martín (sol amarillo sin rostro sobre fondo uniforme azul, 1820), como parte del escudo peruano que señoreaba en medio de la bandera de San Martín (amarillo sin rostro), en medio de la bandera peruana de 1822 (tres franjas horizontales iguales roja-blanca-roja, con sol con rostro humano aindiado en el medio de 16 rayos) y en medio de la bandera peruana que rigió entre 1823 y 1825 (tres franjas verticales –para evitar la confusión con la bandera española a la distancia- iguales roja-blanca-roja, con sol rojo en el medio de 32 rayos).



También el sol aparece en la actual bandera boliviana, como parte de su escudo, amarillo y con doce rayos, enseñoreando sobre la cordillera de los Andes. También –con un nítido sol amarillo dominando en medio de la enseña y sobre el conjunto de jeroglíficos- aparecía en la roja bandera que el Mariscal Santa Cruz dio a la Confederación Peruano-Boliviana entre 1837 y 1839 (flameó de facto desde 1836).



Asimismo, en el año 1823 la logia francmasónica de los “Soles y Rayos de Bolívar”, que operaba en Cuba con conexiones con el Libertador colombiano, y de acuerdo con otras sociedades secretas de la isla, organizó una conspiración para derrocar la dominación española y fundar la República de Cubanacán. Por el sumario que se instruyó contra la frustrada conspiración se sabe que fueron encontradas 395 escaparelas de los colores rojo, azul, y amarillo junto con “tres banderas de seda de tafetán sencillo, cada una con dos y media vara de largo y una y media de ancho, el centro azul turquí, y en el punto medio, estampado un sol grande con sus rayos, como esmaltado, color plateado con claros y oscuros, y en la circunferencia una faja de media tercia de color carmesí”. Se aprecia un evidente desacuerdo entre la descripción sumarial y el diseño vexilológico encontrado, pues en éste el sol es dorado o amarillo y no plateado, como se indica (lo que por otra parte coincide con los colores de las escarapelas, y con los de la Gran Colombia bolivariana).



También los estados venezolanos de Apure, Aragua, Barinas, Bolívar, Carabobo, Cojedes, Falcón, Lara, Monagas (medio sol naciente amarillo con rayos), Miranda, Portuguesa, Yaracuy, Zulia (sol completo, siempre amarillo) y Vargas (este último, con rostro humano), el estado colombiano de Sucre (medio sol amarillo con rayos asomando), los estados brasileños de Ceará (en el escudo), Pernambuco y Tocantis (ambos con sol pleno amarillo en el centro –campo blanco- de sus banderas), los estados guatemaltecos de Chiquimula, Escuintla, Huehuetenango, Jutiapa (3/4 de sol rojo con rayos asomando en medio de la bandera) y Retalhuleu (sol rojo muy simplificado con ocho rayos en el cuartel inferior derecho del escudo central de la bandera) y los estados mexicanos de Baja California, Nuevo León (en el escudo, en rojo), Quintana Roo (sol rojo asomando), Yucatán (cuarto de sol amarillo con rayos), Zacatecas (sol rojo con rayos amarillos) y Querétaro (sol amarillo con rayos y rostro humano) contienen el símbolo tan profundamente latinoamericano.

Otras banderas nacionales que lo contienen: El escudo nacional de Costa Rica (medio sol amarillo con rayos asomando por el horizonte marino), el escudo nacional del Ecuador (sol completo con rostro humano, amarillo y con rayos) y el escudo nacional de El Salvador (sin rostro, amarillo y con rayos), todos ellos formando parte de las respectivas enseñas oficiales[3]».


Fenrir atado, en un manuscrito islandés


Los antiguos viquingos sostenían que el fin del mundo, el Ragnarökrr, el oscurecimiento de los dioses, comenzará cuando el lobo Fenrir se libere de sus milenarias ataduras y sus hijos lobos se coman al sol y a la luna. Luego de una cruenta batalla final contra los gigantes, los dioses perecerán. Y es sabido, en todos los conocimientos tradicionales, que la muerte de los dioses (o su retiro de este mundo) deja el lugar a los titanes, las fuerzas primordiales que rigen en el caos. Cronos (el tiempo), el menor de los titanes, se entronizó luego de castrar a Uranos y engendró con su hermana la titánide Rea a los dioses olímpicos, a los que devoraba apenas nacidos para evitar que algún día lo destronasen. Devorar dioses que acaban de nacer, devorar al sol… Pañuelo o no pañuelo, el dibujo propuesto se parece a una gran boca... o un gran agujero.




[1] Fein es “fino” y Mann es “hombre”. Según el DRAE, fino es un adjetivo que designa: 1) Delicado y de buena calidad en su especie; 2) delgado, sutil; 3) dicho de una persona: delgada, esbelta y de facciones delicadas; (…) 9) que hace las cosas con primor y oportunidad.

[2] En la República Oriental del Uruguay el sol aparece también en las banderas de los departamentos de Cerro Largo, Durazno, Lavalleja, Río Negro, Rocha, San José, Tacuarembó y Treinta y Tres. Respecto de la República Argentina, aparece en las banderas de las provincias de Buenos Aires, Chaco, Chubut, Córdoba, Corrientes, Jujuy, La Pampa, Mendoza, San Juan, San Luis, Santa Cruz (como hemos visto), Santa Fe y Santiago del Estero. Por otra parte, al ser un elemento fundamental del símbolo patrio más antiguo (el escudo), también es de apabullante utilización en las banderas municipales.

[3] En Ecuador también tienen sol las banderas de las provincias de Bolívar, Carchi, Los Ríos, Pichincha y Santo Domingo. En Perú también aparece en las banderas de Apurímac, Cajamarca, Callao, Loreto, Moquegua y Tumbes. En Costa Rica, además de en la bandera nacional, aparece en la enseña de la provincia de Puntarenas; y en El Salvador, en la bandera del departamento de La Paz.