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viernes, 31 de enero de 2014

Chestertoniana (2)

Otra vez sobre el onano-progresismo:

"El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

"De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco de una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana". [G.K.C., Ibídem, p. 22]

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Y otra vez sobre el relativismo (¡termina coincidiendo con el concepto de "último hombre"!):

"Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón y la fe. La razón en sí misma es un objeto de fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pensamiento no tiene relación alguna con la realidad". [pág. 25]. 


 

Contra el relativismo

[Contra el relativismo obsesivo, neurótico, desmesurado y nihilista. Dirás que, con tanto relativizarlo todo, ya se ha negado hasta a sí mismo. Cierto. Sin embargo, qué tremenda agonía debemos padecer en términos prácticos los mortales, envueltos en la trama siniestra de la onano-progresía, su afán de destrucción y su admiración libidinosa por todo lo abyecto, lo retorcido, lo feo y lo dañino.] 


"Los modernos maestros de la ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de la religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, comenzaron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existencia de la mancha".

"Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos. Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el gato...".

Gilbert. K. Chesterton, Ortodoxia, Editorial Porrúa, México, 2007 (1ª Ed.: 1908), p. 8.   


Esta gatita se llama Venus, y es real.
  

jueves, 8 de agosto de 2013

Curiosamente




"El Papado tendrá nuevas normas. Lo malo de ayer dejará de serlo. La misa será protestante, sin serlo. Los protestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en viajes y llegará a América, en tanto la humanidad caerá".
Benjamín Solari Parravicini (que también es argentino), profecía de 1938 


Es curioso que la mayor parte (y la más bullanguera) de quienes propugnan por una “apertura” progresista de la Iglesia sean asimismo personas completamente alejadas de la religión católica. Bien profesantes de otros cultos, bien ateos. Siempre pendientes de novedades concernientes antes al plano político-material de la vida terrena, que al plano sacerdotal-espiritual que debería regular y orientar la vida de la institución eclesiástica.
Decimos que es curioso, porque siglos ha insumido al pensamiento moderno consagrar la separación definitiva de la Iglesia respecto de los asuntos del mundo. Desde la reserva interior que aceptaba Spinoza para el súbdito (innovando así respecto de Hobbes, que esperaba de éste la adhesión integral de cuerpo y alma), a la progresiva independencia de las monarquías respecto del papado (llegando a los extremos de las iglesias nacionales, de las que la anglicana es el ejemplo paradigmático), a la libertad de culto y la creación de instituciones civiles laicas en los Estados nacionales, a la directa indiferencia del poder político respecto de todos los cultos, e incluso, a la prohibición de cualquier alusión religiosa en los asuntos públicos de que hacen gala los más recientes avances (eliminación de crucifijos y de cruces de banderas, juzgados, edificios educativos, de la invocación de Dios como fórmula documental, etc.).
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con ese axioma táctico la Iglesia avanzó en la antigua Roma, para obtener primero la tolerancia hacia la desobediencia de los fieles respecto de cualquier exigencia de juramento a la autoridad política, luego la propia consagración como autoridad religiosa oficial con Constantino, y un siglo después, con la prohibición de los cultos paganos y su persecución con Teodosio. Con la debacle e implosión final del Imperio Romano de Occidente, la Iglesia ocupó el pináculo de la auctóritas, pasó a ser fuente y fundamento del poder terrenal. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había de ser consagrado y entronizado por la autoridad católica para gozar de legitimidad, cuestión que luego se prolongó a las monarquías que cobraban progresivo vigor como fuerzas de unificación nacional: París bien vale una misa, dijo con pragmatismo el austero protestante Enrique de Navarra, al convertirse al catolicismo para acceder a la corona de Francia.


En fin, luego las guerras de religión, e incluso la contrarreforma, adunarán el concepto de separación de Iglesia y Estado, y la progresiva detracción de la Iglesia de los asuntos públicos, como también en Occidente, la decisión del Estado de apartarse absolutamente de la esfera de actuación clerical (concordato de 1966, reconocimiento de la educación libre, o sea religiosa, luego del intento secular de publicizarla en la mayor medida, etc.).
El poder político y la sociedad civil (en tanto sujeto político) se encontraban entonces ya libres y emancipados de la tutela eclesiástica. La Iglesia debía renunciar a su influencia terrena para centrarse en su misión espiritual, que en todo caso, redundaría mediatamente en regulación social de las conductas, estableciendo valores y reglas extra-jurídicas para sus fieles.
Esos valores y reglas, primeramente, fueron aceptados por el poder terrenal como idónea guía ética (en tanto guía del comportamiento ordenado) para la regulación social: recordemos que el peronismo, la principal fuerza política de la historia argentina moderna, reivindica sus raíces humanistas cristianas, y lo mismo hace la mayor parte del antiperonismo, que ha atacado a aquél con un fervor "cruzado" en 1955, si bien entonces hubo asimismo englobado a amplios sectores de ateísmo militante.
En cambio el progresismo, que como el liberalismo en los ’90 ocupa en exclusividad desde el año 2000 el panorama ideológico argentino (tanto en lo relativo a los consensos como en cuanto a los temas de agenda, las cuestiones que a todo el arco político le resultan relevantes), no hesita en proclamarse contrario a esos valores y reglas. En tanto superador (la visión progresista de la historia supone la superioridad moral de lo posterior en el tiempo, la idea de que la humanidad se encamina mecánicamente, por el mero giro de las manecillas del reloj, hacia una mayor madurez, sabiduría, bondad, unidad y capacidad para solucionar problemas) es negador. En tanto relativista, es enemigo de cualquier esquema normativo, sea éste jurídico, sea religioso. Por más que resulte polémico (frente a la utopía progresista que aspira a la supresión del conflicto y a la composición irenista de un tranquilo estanque social de aguas quietas como el aceite, donde la indiferenciación sustituya las discordias nacidas del individualismo o las corporaciones), hay que decirlo: cuando se suprimen las reglas de exclusión, las reglas que condicionan y delimitan las fronteras de las instituciones, éstas desaparecen.
Con la desaparición de las reglas desaparecen las instituciones. De nada sirve postular que “familia” como unidad celular es tanto un grupo constituido por padre-madre-hijos como un grupo constituido por amigos-compañeros de trabajo-un sobrino-el vecino de enfrente. Los márgenes se difuminan, la particularidad diferenciante de la institución se diluye en el estanque. Esta evidencia no obedece a ninguna moralina apriorística. No estamos en contra de que se considere familia, por ejemplo, a todo el grupo de personas que habita bajo un mismo techo, aunque ello habrá de deparar nuevas polémicas. La familia es una construcción social. En las sociedades matriarcales todos los hijos son de todas las mujeres, que viven aisladas de los hombres y los crían hasta cierta edad, en que los varones pasan a vivir en los colegios masculinos. En esas sociedades, la familia es el conjunto de las mujeres, mientras que los colegios masculinos (generalmente, constituidos bajo la invocación totémica de alguna divinidad) son otras instituciones separadas, dedicadas a la caza y a la guerra y al culto particular. Precisamente la Iglesia ha tomado prestados conceptos organizacionales semejantes a los de los colegios masculinos, y también lo han hecho las órdenes monásticas budistas por ejemplo. 


Bertrand Russell estimaba (Matrimonio y Moral, 1929) que en un futuro el Estado suplantaría la figura del padre (como educador, proveedor, preceptor, inspirador e ideólogo) y Aldous Huxley fue aún más lejos en Un mundo feliz (1932), al predecir la desaparición definitiva de la familia a través del monopolio del Estado en la reproducción mediante manipulación extrauterina y la prohibición absoluta de la monogamia: un mundo de individuos que viven una vida despreocupada, matizada de frecuentes relaciones fugaces.
Si la familia es una construcción social, es entonces artificial, y si es artificial, entonces puede ser suprimida. Dentro de ese razonamiento de índole progresista, que parte siempre desde la relativización genealógica de raigambre nietzscheana, pero empleada con propósitos de mera demolición, toda institución es, en cuanto elemento diferenciante, una engorrosa herencia vestigial, que la progresiva iluminación de la razón en el hombre habrá de suprimir.
Hay en ello una drástica diferencia, tanto con el pensamiento tradicional, cuanto con el superhumanismo nietzscheano que detectó su agonía. En ambos órdenes, la institución, como toda creación humana –de por sí, dificultosa, ardua y prolongada por muchas generaciones- era valorada como un tesoro. Un tesoro a preservar en el caso de la tradición; un tesoro que cimentara una evolución, que motivara su perfeccionamiento, en el caso de Nietzsche (quien se tomó el trabajo en Genealogía de la Moral -1887- de recordarle al mundo lo penoso y hasta tortuoso que fue el proceso de domesticación del hombre, para lograr de él una conducta civilizada que hoy puede parecer espontánea, pero que siempre corre el riesgo de perderse: “mata el miedo que guarda el animal, limpia el cuerpo pues dentro de él estás”. [Víd. este artículo]
La artificialidad de las instituciones en cuanto construcciones sociales, debe entonces servir para tomar consciencia de su fragilidad, de la necesidad de preservarlas, antes que para justificar su eliminación. El corrimiento progresivo de la frontera de denotación (qué cosas entran dentro del concepto y cuáles permanecen –todavía- afuera), que va de la mano de la flexibilización en la regulación de las instituciones, es un evidente sistema de dilución de la particularidad en el estanque de la indiferenciación, y por tanto, un mecanismo “poco traumático” de eliminación. La familia es una institución arcaica, vetusta, el último bastión corporativo (el término es usado, como siempre en nosotros, con su acepción clásica o durkheiminiana, es decir, como cuerpo social intermedio -víd. acá-) a ser derribado para dejar desnudo al individuo.
Pero, para preocupación de este esquema tan plano, debemos decir que el individuo también es una construcción social, y entonces también puede ser suprimido. Un individuo formado a partir de la familia como transmisora primaria de valores, y contenido por otras instituciones también axiomáticas, guarda una particularidad que choca contra la pretensión homogeneizadora y minimalista de la modernidad progresista (que pretende la suave superficialidad del homo consumens: ¿la vida despreocupada del “mundo feliz”?). Pero la desindividuación paradójica que esconde la eliminación de las instituciones, ¿acaso no deja nuevamente al descubierto esa animalidad descarnada, o sea, no deshumaniza

                                                                                               Imagen de Banksy, artista callejero británico.
 
Tenemos por un lado al marginal delincuente, generado a los ponchazos, al margen de cualquier atisbo de institución familiar (a lo sumo, la difusa figura monoparental de una madre casi ausente, que colecciona hijos de distinta procedencia y que no tiene la capacidad para criarlos), que se define casi excluyentemente en cuanto consumidor, viviendo el día a día "jugado", sin la mínima capacidad de ahorro ni de previsión, y que carece en absoluto de empatía porque desconoce las bases formativas del amor humano (también artificial). Por eso golpea a los viejos, por eso dispara al vientre de las embarazadas, por eso mata al padre delante de sus hijos.
Por el otro lado, al hedonista centrado en su progreso material, en la disponibilidad de íconos de consumo, electrónica de última generación, autos rimbombantes, viajes exóticos, mujeres de exhibición, esclavizado por el apego material que determina que hasta los hijos sean una adquisición caprichosa, y casi siempre, avergonzado y distante de su familia de origen.
Lo postula Norman O. Brown en El cuerpo del amor (1966): para lograr la universalización total, el paso definitivo hacia la indiferenciación y el igualitarismo, hay que eliminar tanto al individuo cuanto a la fraternidad (que es el concepto a través del cual él abarca tanto a las instituciones como a las corporaciones y también a las naciones, etnias y otras formas de agrupación opuestas al universalismo). Para eliminar al individuo no hace falta más que despojarlo de todo su “ornamento superestructural” (evidente y expresa inspiración marxista en su pensamiento): alma, espíritu, mente individual, personalidad. Despojarlo de todos esos elementos diferenciantes para desnudar su naturaleza animal. Como animales los hombres desindividuados formarían espontáneamente un ser superior, la Humanidad, como las abejas forman la colmena o las hormigas el hormiguero. Ese libro influyó definitivamente en el movimiento hippie. Aunque a título anecdótico, debemos consignar que, previamente a su carrera universitaria en casas de estudio de poco renombre (Róchester y Santa Cruz), Brown perteneció a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. No consta que haya ocurrido en algún momento su desvinculación de la compañía.  
Es curioso entonces también cómo el progresismo, que confía tanto en la capacidad del hombre de auto-iluminarse y alcanzar la perfección y la armonía en una sociedad sin conflictos y sin diferencias, desprecie en tanto artificial, a toda creación humana, y tan sólo valore los fundamentos “naturales”. Toda creación humana, por ese mismo hecho de haber sido creada por el hombre, puede ser eliminada por el hombre. Hemos visto que, si puede ser eliminada, para el progresismo debe ser eliminada para dar paso a lo nuevo, en una suerte de renovación constante, similar al fenómeno tecnológico. Ampliando los límites hasta que los límites abarquen el todo, y entonces el fenómeno particular desaparezca.
Es decir, lo artificial señala la particularidad, diferencia, discrimina, separa las aguas, clasifica… conspira contra la igualdad natural (un principio apriorístico común a todo el pensamiento moderno). Destruyendo entonces todo lo humano, descarnando el muñeco de Dios hasta el tuétano, se llega al paraíso humano. Tiene su lógica: a todo paraíso se accede después de la muerte.
Todos los argumentos que sostienen la ampliación/dilución de los límites respecto de cualquier particularidad diferenciante se sostienen en la autoridad de la Naturaleza. Curiosamente, la autoridad de la Naturaleza (como creación de Dios) fue invocada tantas veces por la Iglesia como fundamento de sus regulaciones civiles. Pasando la Naturaleza de ser creación de Dios a ser creación de la Ciencia, es comprensible que la Ciencia entonces señale o respalde el nuevo paradigma anti-normativo. Pero el problema está, como siempre, en la cuestión ontológica: si el hombre es hijo de la Naturaleza o es su padre. Como hijo de Dios, vendría a ser lo primero, y entonces en todo caso el teólogo sería el naturalista. Pero como padre de la Ciencia, en cambio sería lo segundo. Y en ese segundo caso, solamente un solipsismo cartesiano puede fundar el criterio de Verdad en el sujeto, y ya no hay objeto.
Es el mismo solipsismo característico de la modernidad que funda la utopía de la supresión absoluta y definitiva de las diferencias, de la dilución total en el estanque, en criterios que por subjetivos son artificiales.
Destruir las diferencias por haber detectado en ellas su germen artificial, para conseguir la igualdad en la indiferenciación que procede de un deseo, de un concepto, de una visión, que por tanto es artificial, nos devuelve, en su paradoja, a la sensatez.
Ocurre que mentar a la Naturaleza como fundamento de Verdad es una falacia. Nada hay en el hombre de natural. Todo en él es creación. Si su cuerpo no ha sido por él creado, sí lo ha sido la consciencia y reflexión sobre su cuerpo. El límite de la percepción humana está en la percepción humana. El hombre sólo puede comprender al mundo como hombre y en tanto hombre. Todo lo demás lo excede y lo niega. El mundo entonces, en tanto construcción humana, es artificial. ¿Destruirá entonces el hombre al mundo? En pos del logro de la igualdad absoluta a través de la indiferenciación, eso es posible, si no es ya un proceso en marcha.
Pero volvamos a nuestro tema del principio: el desvelo de aquellos que no son católicos, o que son sólo nominalmente católicos y son progresistas (ésos que no creen ya en ningún dogma, ni obedecen ningún precepto, ni pisan jamás una iglesia, pero que de vez en cuando se persignan, o dicen que “creen en Dios” como un concepto genérico y difuso) es el proceso de apertura de la Iglesia. Cruzan los dedos ante cada posibilidad de un anuncio, ponderan la posibilidad de un cambio, extractan (¿descontextualizan?) cualquier referencia que pueda esperanzarlos… Nos preguntamos acerca del sentido final de esa nerviosa expectativa. ¿Se convertirán en católicos quienes no lo eran y volverán a la Iglesia los que alguna vez lo fueron si la Iglesia difumina (aún más) los límites entre lo que admite y lo que no admite en su seno, hasta hacerlos desaparecer? Y en tal caso, ¿qué diferencia habría entre ser católico y no serlo?
El Concilio Vaticano II (1962-65) avanzó decididamente en ese esquema de apertura. Felipe Pigna, en el último número de Viva, elogia entusiasta a Juan XXIII como “el mejor Papa” que ha tenido la Iglesia. Ya hemos dicho (aquí y aquí), empero, que las opiniones de ese autor son casi una pauta exegética infalible… por opción contraria. Pigna, que evidentemente no es católico, llega a esa calificación por la decisión y convocatoria a ese concilio ecuménico, que él considera (y no está solo en esa apreciación) antecedente del movimiento tercermundista que afectó a Latinoamérica poco después. Lo que nadie dice, pero todos ven, es que muy pocos habrán retornado a la Iglesia por esa apertura sesentista, pero una evidente estadística señala que más bien la Iglesia no ha dejado desde entonces de perder fieles.
En Europa los templos católicos son casi exclusivamente monumentos y museos sostenidos con fines turísticos, mientras una religión fuerte y dogmática como el Islam gana camino a pasos agigantados recabando crecientes adhesiones, ya no sólo de los inmigrantes magrebíes o árabes, sino de los propios europeos de muchas generaciones. Nos enteramos hace poco de la furia que acometió a Frank Ribéry (rubio descendiente de galos o de francos) cuando en un festejo del Bayern Múnich lo bañaron en cerveza. Recién pudieron calmarlo cuando le aseguraron (¿le mintieron?) que la cerveza del festejo no tenía alcohol. Es que Bilal Yusuf Mohammed se convirtió en 2009 a la religión que ya es la mayoritaria en Francia (país en donde hay más mezquitas que en Marruecos y Túnez juntos, incluyendo la que el Estado francés ha ayudado financieramente a construir en Poitiers, la ciudad en que Carlos Martel frenó en 732 la conquista de Europa por el Islam). 

 
 
Y el Islam gana adeptos de forma irreversible, con una velocidad arrolladora, ocupando una creciente proporción en toda Europa y también en los EE.UU. (donde se ha duplicado la cantidad de mezquitas en los 12 años que pasaron desde el 11-S), con sus preceptos rígidos y estrechos como un corsé, con su liturgia en árabe desde Al-Adhan, con sus prohibiciones absolutas, la exigencia de renunciamientos, de reclusiones (en el hogar o dentro de los vestidos desde la coronilla a la punta de los pies), de ascetismo, de la renuncia a las tentaciones materiales del mundo… su censura al hedonismo y su intolerancia para con los desvíos.
Mientras tanto, la Iglesia, con su complaciente apertura, obedeciendo a una presión obstinada y casi exclusivamente concentrada sobre ella, se ha transformado en una ONG más de buenos propósitos humanitarios. La apertura ha acercado la Iglesia a su entorno local (a través del empleo exclusivo del idioma local, y la adopción de música popular ligera en la liturgia, palmas arriba, moviendo las caderas, las actividades colectivas, los fogones, etc.) y a su entorno social (el trabajo de caridad, los voluntariados en villas y hogares de necesitados, etc.), pero la ha hecho víctima del proceso general de desacralización del mundo que experimenta Occidente. 
Reflexionábamos días atrás, a propósito de este artículo acerca de la necesidad de recuperar el misterio como factor movilizador. El misterio que se ha perdido con las órdenes iniciáticas, pero que increíblemente se sostiene en algunos mitos populares, retoños insospechados de un árbol de paganismo que se creía seco.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Karma


Tanto se habla del karma, que uno se ve necesitado de hacer un aporte testimonial, que radicará en una anécdota pequeña, nimia, pero que resalta por su ejemplaridad, la que por otra parte resulta adunada por el funcionamiento casi mecánico del sistema de balance universal: inmediato, inevitable, proporcional, cuando no simétrico.

Resulta que en la noche de ayer, casi 22 horas, voy con mi hermano a hacer una compra de emergencia al supermercado chino más cercano. Se hacía necesario agregar dos vinos espumantes (que si son de Champagne, se llaman “champagnes”, y si son de España se les dice “cavas”) a los que se enfriaban ya en la heladera, habida cuenta que a las razones de siempre para brindar se sumaba que mi hermano había ganado un concurso muy importante en el sistema de salud pública, obteniendo al efecto puntaje perfecto en el examen. Pavada de hermano tiene uno por ahí, y henchido de orgullo de primogénito bajé de las estanterías las dos más primorosas: un brut rosé y un brut nature.

Nos dirigimos a la única caja que estaba abierta, en donde, mientras una persona descargaba sus productos, otra (un señor con un cochecito con un niño) esperaba su turno, y dos pibes más atrás también. O sea, había tres compradores adelante.

En un momento, al señor con el cochecito que estaba en segundo lugar, se le sumó una señora algo nerviosa hablando fuerte, lamentándose de que la fiambrería ya hubiera cerrado, y trayendo una canasta de plástico llena de productos alimenticios con apariencia de ésos que son “para salir del paso”.



De inmediato, la otra empleada china que estaba acomodando las verduras, para apresurar el ritmo de atención, y habida cuenta de la hora de cierre, procedió a abrir una segunda caja. Los muchachos que estaban en tercer lugar, a continuación del matrimonio de la señora nerviosa, se fueron hacia esa nueva boca de atención, con los dos o tres artículos que tenían en la mano (a las 22 hs., generalmente todos van al mercadito chino a comprar un par de cositas que necesitan, con lo que el asunto se hace bastante rápido).

Mientras en una caja la china de las verduras atendía a los muchachos, en la otra (la primigenia) se demoraba el proceso de cobro por motivos desconocidos. Supongo que quien estaba comprando tuvo la ocurrencia de pagar con tarjeta de débito. La señora nerviosa comenzó a apretarse contra la señora que presumiblemente pagó con tarjeta de débito, para mostrarle su apuro con el aliento en la nuca, mientras comenzaba a descargar sus comestibles sobre el mostrador de la caja.

En tanto, los muchachos, habiendo terminado con su menester, se alejaban de la segunda caja, que quedaba despejada. Al percibir esa situación, yo miré a la señora nerviosa que me precedía y que se encontraba enfrascada en presionar a la señora de la tarjeta de débito para que finiquite su parsimoniosa compra y, esperando todavía algunos segundos, me dirigí a la caja que había quedado vacía. De repente, una voz chillona y subida de tono me paró en seco:

—¡A dónde vas! Yo estaba primero.

—Usted —yo no tuteo a la gente que no conozco— está esperando en la otra caja…

—No, yo estoy esperando para ambas cajas. La cola es como una y griega. La primera que se desocupa es para el que está esperando primero.

—Así que la cola es una y griega… Primera vez que lo escucho en un supermercado.

—Sí, la cola es una y griega, y vos sos un irrespetuoso.

—Bueno, no sea peleadora. De todos modos, la iba a dejar pasar si me lo pedía.

—Yo no soy peleadora, y no te voy a pedir nada si yo estoy primera, ¡estúpido!

Dicho esto, impetuosa agarró la canasta y sus comestibles apoyados en la primera caja y cruzó el pasillo hacia la segunda caja de la china verdulera, mientras el marido que asía el cochecito miraba el techo con esa expresión inanimada y silenciosamente sufriente de los santos de las iglesias.

Poco tiempo después, la señora de la tarjeta terminó de firmar el papelito y se retiró, dejando la caja original disponible. Yo me adelanté, todavía masticando el insulto, porque por más que ya he ingresando a una senda metafísico-aristocrática algo zen en mis propósitos, sigo conservando un acendrado orgullo occidental-competitivo, que instintivamente me compele a apropiarme de la última palabra. Pero me sofrené, conté hasta diez, y con la mejor sonrisa me dirigí a la empleada china, para que me cobrara mis dos botellas de espumante y cinco botellas de agua mineral que también llevaba aprovechando la compañía de mi hermano.



No miré hacia atrás, pero intuí alguna mirada de soslayo de la nerviosa compradora de la caja vecina. Advertí por unos segundos un denodado afán de su parte por despachar primero su trámite y salir antes que yo del mercadito. Tal vez sólo impresión personal. Pero lo cierto es que en ese momento pude ver que a la derecha de mi mano derecha había una bolsa con ciruelas, una caja de puré de tomate y algún producto comestible más, que en el empecinamiento agresivo por cruzarse de caja, dejó allí olvidados.

La china que a mí me atendía, y que evidencia una inmigración muy reciente, le advirtió a su compañera, la verdulera, en chino, de esa circunstancia. Y la verdulera intentó en vano detenerla a la señora nerviosa, cuando en un veloz movimiento de mawashi-geri (o tal vez de unsu, para entendidos), recibía su vuelto y con el marido sufriente y el cochecito a cuestas, en un santiamén daba la vuelta y escapaba rauda por la puerta de calle.



Pensé por un segundo, para fortalecer mi propio karma, en salir a la calle y advertirle del olvido, que probablemente sería crucial para la preparación de su cena tan tardía como improvisada. Pero, después de todo, un occidental que se sumerge en una cascada metafísica de budismo zen sigue siendo, aun mojado por fuera, un occidental porteño y jodido. Así que terminé de realizar mi compra, lentamente salí en compañía de mi querido hermano por la puerta, miré hacia ambos lados de la cuadra para constatar que la señora nerviosa y su séquito ya no tuvieran oportunidad de regresar, y mientras detrás de nosotros las persianas metálicas empezaban a bajar, me invadió ese beneplácito ligeramente maligno, marcadamente occidental, típicamente porteño, ciertamente jodido, del que todos nos avergonzamos cuando hablamos del karma.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Mitos

En honor, sobre todo y por siempre, al mito más hermoso, el mito de la libertad.

El mito es una intuición prerracional, un reconocimiento de la incapacidad movilizadora de la razón como fuente de los impulsos humanos, un postulado apriorístico que, con el avance de la neurociencia, ha demostrado su verdad: la razón aparece siempre detrás de la acción, justificándola, llenándola de sentido –racional-, creando en el sujeto la ilusión del autocontrol, de la autodeterminación. No hay nada más perturbador ni más sombrío que la certeza de nuestras limitaciones en punto a nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra circunstancia y nuestro destino. A ese hallazgo llegó Sorel a partir de Marx y de Bergson. Apoyándose en el segundo, y revisando al primero, con esa obsesión meticulosa nacida de su firme pertenencia marxista original, enfrentada a una condición constitutiva de su más íntimo ser: la necesidad de ser sincero y verosímil, de ajustar el viejo esquema de mediados del siglo XIX a la realidad dinámica y arrasadora de la Europa de la primera mitad del siglo XX.



De ese viejo esquema, como de las capas de la cebolla, fue desembarazándose el pensador de Cherburgo principiando por los postulados económicos. La llamada “teoría económica marxista”, hija ingenua, esquemática y tal vez demasiado ortodoxa de las vetustas concepciones manchesterianas, de la utopía del mercado puro a la cual la utopía comunista refleja casi con la fidelidad de un bruñido espejo. Liberada la cebolla de esa primera capa, poco tiempo podía esperar la segunda para seguirla en el sumidero de esa cocina en frenético trabajo de reelaboración teórica. Me refiero al economicismo marxista. Al materialismo dialéctico, tan calculador y elemental, que poco tenía que ver con la pasión revolucionaria que desde la actividad sindical encendía las calles y las mentes en esas primera y segunda décadas del vigésimo siglo. Mientras los ojos empezaban a enrojecerse en el despanzurramiento de la cebolla, de ese marxismo revisado, tras todas las capas desechadas, no quedaba ya más que un diminuto núcleo de potencialidad explosiva: el mito de la lucha de clases. Y como mito, debía encender los corazones, con la fuerza que Hölderlin atribuía a los dioses de antaño.

Al no haber ya más lastre racional (y por tanto, esencialmente falaz e hipócrita), la intuición es predisposición a la acción, y la acción es reveladora de verdad. A más de algo peronista, diría Evola que hay algo profundamente medieval en todo eso. Esa visión mítica y metafísica del trabajador como la nueva figura epocal en los términos del primer Jünger, se acerca ciertamente más al caballero andante que a cualquier otro arquetipo. Y completando la idea, la visión mítica y metafísica que del sindicato tiene el sindicalismo revolucionario de Sorel y Lagardelle se emparienta antes con las órdenes ascético-caballerescas medievales que con cualquier organización más reciente, sea ella alguna corporación comercial, alguna hansa, o una cámara empresaria, una bolsa de comercio, o incluso un trust transparente o secreto.



Hace ya mucho que en el ámbito universitario público no hay mucho para elegir, en términos de pluralidad de orientaciones ideológicas. Se debe confiar en la capacidad crítica y en la inteligencia de los estudiantes, en aquel aguijón de rebeldía que suele acicatear a quienes se hartan de la unanimidad activa y vigilante. Será por ello que son pocos, y en tanto pocos, buenos, los que van generando un criterio propio, al margen de la ideología hegemónica que domina desde el CBC, sobre todo, a las Humanidades.



En el reducto de Marcelo T. de Alvear 2.230, siempre enchastrado, empapelado, grafiteado, pintados sus ventiluces con aerosol… Plástica popular para el Cortázar paseandero del París de los ‘60, y bastante alejada de la plástica popular de un Berni, un Guttero, un Spilimbergo (para la suerte de nosotros, los criollos de acá lejos), por ejemplo; y cuya poética popular, siguiendo con el piadoso eufemismo, se repite en unos escuetos versos tan rancios en su modernismo cuanto predecibles en su vehemencia, en los objetivos de sus invectivas, en las proclamas evangélicas evangelizadoras… No hay nada más gracioso y patético a la vez, que lo moderno que envejece, una pendeviejada de carmela y peluquín. En el reducto de Marcelo T. al dosmildoscientos, decía, puede que haya libertad de cátedra, pero no libertad de cátedras, como el chiste de las tres peras.


Alfredo Guttero, Feria, 1929.

Comenzando la carrera de Sociología, por ejemplo, uno se encontraba con una sola opción para la materia Filosofía: Cátedra Rubén Dri, un ex sacerdote del Tercer Mundo que, compromiso va, compromiso viene, decidió finalmente dejar los hábitos, en lugar de arremangárselos un poquito, y en los tiempos de ocio entre libro y libro, “hacer hablar a la boca del fusil” (preferiblemente, del fusil de los otros), fuente de toda verdad y justicia para la monada universitaria inquieta de los ’70. Cuando yo lo conocí, seguía pareciendo un sacerdote, con sus lentes culo de botella que le disminuían los ojitos al tamaño de una lenteja, mientras vestía un eterno pulóver azul marino, una camisa gris o a cuadros que de su cuello redondo asomaba, un pantalón gris de vestir y franciscanas de cuero marrón con medias azules de strech.

En Sociología General, la otra materia obligatoria e ineludible al ingresar, ya que de ella dependen todas las correlatividades, había dos cátedras, pero no competían en el mismo segmento horario. En resumidas cuentas, si uno laburaba, tenía que elegir la de Lucas Rubinich. Me acuerdo que allí, en carácter de Jefe de Trabajos Prácticos, daba clases, en todo lo referido al marxismo, el Lic. Christian Castillo, últimamente candidato a Vicepresidente de la Nación por el Partido Obrero. En ese momento, muchos años más joven que ahora, se parecía al Muñeco Gallardo. Ahora, por lo que he visto en afiches y en la tele, tiene más pinta de Jairo. En verdad, el Partido Obrero resulta una usina de la docencia plural argentina, y en particular, en la Facultad de Sociales. No olvidemos que Pablo Rieznik, un importante referente de ese espacio, monopoliza en el mismo ámbito la cátedra de Economía. Lo cierto es que el joven Christian se autoadjudicaba el carácter de “marxista marxiólogo, experto en Economía Marxista”. Por ese entonces, teniendo yo ya 7 años de educación universitaria pública sobre el lomo, y 2 años de docencia en el mismo ámbito (y dando clases sobre temas en los que la doctrina marxista estaba siempre presente, tanto en bibliografía como en debates y ponencias), era la primera vez que escuchaba algo así como “Economía Marxista”. Algo así como un oxímoron. Sin desmerecer, naturalmente, entendía que la economía era sencillamente economía, es decir, una disciplina humana con pretensiones cientificistas, con unos 2 siglos de existencia, y que en la óptica sociológica marxista las diversas formas de organización social eran estudiadas bajo su lupa, más allá de su morfología. De hecho, siempre me pareció que el marxismo (al menos, el político) postulaba, dentro de su utopía emancipadora del individuo, la supresión de la economía a través de la gestión totalizada, centralizada y planificada, supresión que en su lógica conduciría al fin de la conflictividad social. Una sociedad sin clases es una sociedad sin necesitados y por tanto, sin necesidades a las que atender económicamente.


Jacques Gouverneur nos enseña, con sólo postular el título de su libro, que el marxismo es, como teoría económica, un análisis económico de la economía capitalista. El Seminario Latinoamericano de Economía Marxista realizado en la Universidad Bolivariana de Venezuela (picar en la imagen para ampliar) aborda un tema, el tema central, el gran y único tema para el análisis económico marxista: "Crisis capitalista: causas y consecuencias".

Recuerdo un pibe en la cátedra de Filosofía de Rubén Dri, que tenía que hablar (bien) de la razón cartesiana, como soporte de las ulteriores razones kantiana y hegeliana… hasta llegar, claro está, a la suprema razón marxista, que es aquella que Sorel tiró al sumidero cuando decidió salvar algo de aquel vetusto legado museológico (pobre Sorel, el único revolucionario leal a un esqueleto que los políticos abandonaban, el único revolucionario que quedaba en un mundo occidental que se iba haciendo cínico y reformista, preludio de tantos Zapateros sin zapatos). El pibe, un honesto auxiliar docente, arrancó con esa consideración tan cronocéntrica de la modernidad, que abarca con un galicismo (el ancien régime) 5.000 años de historia del hombre, una somera introducción que, para la Sociología que nos provee la educación pública, no debe insumir más de 20 minutos. Entonces habló de los mitos, en el sentido más convencional del término. O sea, como leyendas e imágenes conceptuales de las antiguas religiones. Pero como estábamos en Filosofía, y la filosofía es dialéctica al menos desde Sócrates, yo me permití respetuosamente intervenir, para señalarle que aun la modernidad y el racionalismo (y sobre todo, la modernidad y el racionalismo) están soportados sobre la figura del mito. Y ejemplifiqué con los dos primeros fenómenos que se me vinieron a la mente: la ciencia como esperanza soteriológica de la humanidad, como patrón de verdad y por tanto como Deus ex machina neutral e infalible; y la lucha de clases… Para qué. Una joven desde la otra punta del aula me increpó con una voz tan estridente cuanto indignada: “¿Cómo decís que la lucha de clases es un mito?”. Enseguida, un coro de rumores aprobatorios de su valiente intervención. Y mi respuesta, tal vez demasiado piadosa, que intentaba explicar lo evidente. O sea, que la lucha de clases es un mito porque constituye un sistema ideal y apriorístico de acción política, nunca una situación empíricamente demostrable en cualquier ámbito, lugar o tiempo. La cancha de fútbol, las tribus musicales, o la eficacia convocante de los nacionalismos (incluso del estalinismo, que debió apelar a la figura nacional y patriótica de la Madre Rusia en los momentos más aciagos para movilizar a su pueblo… ni qué hablar de nuestro socialismo nacional) vienen a patentizar esa verdad. Pero ya no había lugar para el diálogo. La pregunta que formuló la joven era retórica. No pedía explicaciones, sino que daba pie a una rebelión patotera. Enseguida el diálogo se trasladó a una presunta interna dentro de ese grupo, entre “radicales y moderados”: “-Bueno, tranquilizate, es un gorila forro boludo, que quiere provocar”. “-¡Qué me voy a tranquilizar! ¿No ves que es un hijo de puta? ¿Qué hace acá?”.

Pluralismo, universidad pública, libertad de cátedra… En medio del alboroto, el docente auxiliar, entre las exclamaciones de odio y anatema, se encontraba en mis ojos y reconocía la naturalidad inocente del concepto apuntado, lejos, en un mundo medianamente racional, de cualquier intención polemógena. Las aspiraciones explícitas de la cátedra eran liberales en cuanto a favorecer, incluso propiciar, el intercambio irrestricto de las ideas (supongo), pero la imposición dogmática de “las bases” impedía a los profesores, presas del “consenso”, la “legitimación horizontal” y la “reversión autoritaria”, garantizar esa “libertad de cátedra”… Recuerdos de gobiernos débiles o cómplices (a efectos de sus resultados, tal o cual son lo mismo) frente a los terrorismos, sobre todo cuando los atentados casualmente sirvieron para desembarazarse de algunos oponentes incómodos. En el terreno de las ambigüedades, de las medias tintas, de la clandestinidad y las falsas banderas, o sea en el río revuelto, lo más sensato es mirar el panorama de las lanchas que regresan a puerto, y advertir cuáles vienen atiborradas de pescados. Cuáles son los pescadores que ganaron con el tole tole.


Disfrazados de obreros. "La ridiculez también es revolucionaria".

En fin, yo por esa época trabajaba en dos lugares distintos a la vez, y daba clases en otra facultad de la misma universidad (que al estar más vinculada al mercado del trabajo, tal vez fuera considerada por estos niños de clase media mantenidos, como más reaccionaria y oligárquica), además de prestar en ese marco ciertos servicios profesionales gratuitos para las personas sin recursos. En todos esos ámbitos, por una cuestión de respeto y responsabilidad, tenía que vestirme como un profesional universitario. Tenía que comportarme como tal, tenía que saludar con corrección, ceder el asiento, abrir la puerta del ascensor a las damas, mantener la mesura y el respeto al otro, por más que la situación no implicara reciprocidad. No está en el juramento que se hace al recibir el diploma. No está demasiado claro en los plexos normativos de ética profesional. Pero las obligaciones más interesantes y venerables son aquéllas que uno se impone a sí mismo porque cree que son correctas. Como ha dicho Alain de Benoist alguna vez, sólo es libre aquél que aprende a ser señor de sí mismo.

En esas condiciones, era muy difícil concurrir de noche, cansado luego de arduo trajín, a un ámbito en el que la borregada cursaba con pantalón de jogging cortado a media canilla, zapatillas de lona, polerones apolillados o canguros con la chala verde en el pecho, que fumaba en clase, con las patas sobre el respaldo del asiento de adelante, y que lo detectaba a uno como la jauría al cordero, lo miraba con los ojos inyectados de furia, y estaba al salto de cualquier gesto, el que desde ya, antes de ser, era censurado a partir del prejuicio. Una borregada sostenida por los papis (en ningún laburo hubieran admitido la facha con que iban a la facu), que se llenaba la boca con las viejas consignas del trabajador explotado, la alienación de aquél que vende su fuerza laboral, etc., en un mundo que encima estaba yendo en el rumbo de la maquinización y tecnificación intensivas… un mundo concebido a partir de la condena bíblica del “ganarás tu pan con el sudor de la frente”, y por tanto un mundo que para liberar al hombre de su carga, progresivamente expulsa la fuerza laboral sencillamente porque ya no la necesita, porque el descanso, el entretenimiento y el consumo, son salud.



En fin, así como el mundo expulsa al hombre del trabajo en procura de la automatización, así terminé yo saliendo de Sociales, para favorecer el bálsamo pacifista de la unanimidad ideológica y militante. Terminando primero, y con la máxima calificación, las materias que había empezado (y llevándome una nutrida bibliografía para seguir con aquello desde la autodidáctica y el disfrute solitario). Sin una violencia explícita y acuciante, claro está. Es más, sin que esa violencia generara en uno algo más allá de la diversión. Pero es incómodo, convengamos, ir a un lugar en donde todos te miran feo, todos putean antes de escuchar tus argumentos, los asientos están sucios y rotos, las paredes y los pasillos también, hay olores y vahos, y colas eternas para fotocopias, y tantas cosas que ya uno no soporta. Probablemente en realidad, uno ya se estuviera volviendo burgués. Consecuencias no deseadas (¿o sí?) del ingreso pleno al mundo del trabajo. Y entonces ya no tuviera paciencia para bancarse (otra vez) las folklóricas vejaciones de la “universidad para todos”. Sobre todo para morderse la lengua, tomar apuntes y dejar pasar una, dos, tres, cien, mil, todas, haciendo íntima objeción de conciencia, estableciendo la frontera del cuerpo y del silencio como el único y último baluarte de libertad.





Muchos Mitos, Las Pelotas con el inolvidable Alejandro Sokol.




viernes, 2 de septiembre de 2011

Tricolore

الحرية ، المساواة ، الإخاء


“Libertad, igualdad, fraternidad (o la muerte)” fue el lema de los revolucionarios franceses de 1789, y luego pasó a un discreto olvido, por su marcada reminiscencia al Terror. Volvió a cundir con las revoluciones liberales de 1830 y 1848, y actualmente es el lema oficial de la República Francesa. Alguien lo asoció a los colores de la bandera francesa, que casualmente son 3, como los principios abstractos invocados en el lema. ¿La libertad es azul, como el océano, que evoca con su amplitud ese afán de irrestricción e incondicionalidad? ¿La igualdad es blanca, como la muerte, del no color que todo lo comprende y asimila, de la luz cegadora que elimina en su ímpetu los detalles y difumina las identidades? ¿La fraternidad es roja, porque roja es la sangre de toda una humanidad a la que se pretende hermanar a partir de su común pertenencia biológica? Sin embargo, la bandera revolucionaria de Francia tenía el rojo al asta, como las actuales banderas de las provincias de Santa Fe y de Córdoba. Fue recién en 1794 que el triunfo interno, en el seno de los revolucionarios, de la Derecha sobre la Izquierda determinó que el azul fuera a ocupar el distinguido sitial junto al asta. Simbológicamente, ésa era la forma de distinguirse entre la Droit (feuillants y girondinos) y la Gauche (jacobinos y cordeliers), las dos facciones demoliberales de la Asamblea.



Entonces, genéticamente, cabe reformular: ¿La libertad es roja, por la sangre derramada para conseguirla, sustrayéndose de “las cadenas de la monarquía”? ¿Y la fraternidad es azul, color de la lealtad y de la franqueza, los dos atributos de la amistad?

En verdad, la bandera francesa es una amalgama entre la bandera de París (dividida verticalmente en dos campos iguales, uno azul y otro rojo) y la bandera tradicional francesa (blanca con flores de lis doradas; el blanco, color de la virginidad de María y color de Juana de Arco, es adoptado como el color del Reino de Francia desde el siglo XVII). De modo tal, que el azul y el rojo simbolizan al centralismo unitario (que es una característica organizativa típicamente burguesa, por sus principios de administración y de dominación territorial; y típicamente jacobina, por sus principios igualitarios de corte racionalista y nacionalista, que niegan cualquier identidad regional), y el blanco simboliza a la tradición, o si se quiere, al principio de continuidad del Estado más allá de las características políticas de los regímenes de gobierno. Su creación se atribuye al Marqués de Lafayette, héroe de la Independencia de los EE.UU. y general del ejército revolucionario francés y –cómo no- jefe de la Guardia Nacional de París.

Curiosamente, el lema “libertad, igualdad, fraternidad” es también el oficial en la República de Haití (una ex colonia francesa bajo el régimen del esclavismo, que se emancipó en un tortuoso proceso que fue de 1791 a 1804); y los colores del Estado insular americano coinciden con la conformación de la bandera de Francia: el paño dividido horizontalmente en dos campos iguales, el superior azul, el inferior rojo, y un cuadrado en el medio de color blanco, con escudo a la moda (de una palmera coronada con gorro frigio salen banderas rojiazules para los costados, y delante de ellas, dos cañones y sus balas, hachas, anclas, trompetas y cadenas, y por detrás de las banderas, bayonetas). Difícil es ciertamente, asegurar la consecución de conceptos abstractos. Más difícil es asegurar la consecución simultánea de esos conceptos, cuando en alguna medida resultan contrapuestos. Demasiado se ha hablado de la tensión insoluble entre igualdad y libertad. Lo cierto es que en Haití, país flagelado por la guerra civil entre bandas armadas, por el hambre y la depredación ecológica, falta tanto de lo uno como de los otros, aunque ciertamente si algo se ha conseguido en mayor medida, es la igualdad: la igualdad en la miseria y la igualdad de los sepulcros.



En tanto, en la bandera francesa la igualdad progresivamente deja de reflejarse en la disposición de los colores. La bandera naval tiene una proporción 30:33:37, azul-blanco-rojo respectivamente. Ello así, porque a la distancia todo lo que está colocado junto al mástil tiene mayor visibilidad que el batiente. De tal forma, la disposición asimétrica y progresiva tiende a equilibrar el efecto visual. Por lo mismo, el sol de la bandera argentina estuvo situado en varios períodos del siglo XIX, y en numerosos diseños, más cerca del asta, y no al centro como en la actualidad. Asimismo, hay una nueva bandera, en la cual la franja central blanca se ha reducido considerablemente, acercando mucho el rojo al azul, y que se emplea en los mensajes oficiales televisivos. Su argumento reside en que, como bandera de ceremonia que descansa sin ondear, el único color que se ve de la cintura para arriba del orador, es el azul, y ello conduce a confusión con la bandera supranacional de la Unión Europea, también de uso obligatorio en esos eventos televisados.



El 28 de agosto pasado apareció publicado un artículo, que se ha difundido por diversas redes de información, que da cuenta de que ya, a estas tempranas alturas (los cálculos que en su momento fueron tachados de “alarmistas” advertían sobre la certeza de esta ocurrencia recién para 2025), el Islam es la religión más practicada en Francia. Reproducimos a continuación la nota:

El arzobispo emérito de Smirne, Giuseppe Germano Bernardini, narra la conversación que tuvo con un líder islámico: “Gracias a vuestras leyes democráticas, os invadiremos. Gracias a nuestras leyes religiosas, os dominaremos”.

El Hudson Institute publica un informe en el que asegura que el Islam es la religión que más se practica en Francia. En el país galo se construyen más y con más frecuencia mezquitas islámicas que iglesias católicas, y hay más practicantes musulmanes que católicos.



Actualmente, están en construcción alrededor de 150 nuevas mezquitas en Francia, que acoge a la mayor comunidad islámica de Europa. Los proyectos se encuentran en diferentes estadios de ejecución, según Mohamed Moussaoui, presidente del Consejo Musulmán francés, que proporcionó estos datos en una entrevista con la Radio RTL el 2 de agosto pasado.

La cantidad total de mezquitas en Francia ya se ha duplicado, superando las dos mil en los últimos diez años, según una investigación titulada: Construir mezquitas: El gobierno del islam en Francia y en Holanda. El líder islámico francés más conocido, Dalil Boubakeur, rector de la Gran Mezquita de París, recientemente hipotetizaba que, para satisfacer la creciente demanda, la cantidad total de mezquitas deberá (nuevamente) duplicarse hasta llegar a cuatro mil.

Por el contrario, la Iglesia católica ha construido en Francia sólo veinte nuevas iglesias en los últimos diez años, y ha cerrado formalmente más de sesenta, muchas de las cuales podrían convertirse en mezquitas, según una investigación llevada a cabo por el periódico católico francés La Croix.

Si bien el 64% de la población francesa (41,6 millones de personas sobre 65 millones de habitantes) se define católica, sólo el 4,5 % (aproximadamente 1.900.000 personas) es católica practicante, según el Instituto Francés de la Opinión Pública (IFOP).

Siempre en el campo de las comparaciones, el 75% (4,5 millones) de los alrededor de 6 millones de musulmanes norteafricanos y subsaharianos en Francia se identifica como “creyente”, y el 41% (aproximadamente 2,5 millones) sostiene ser “practicante”, según un informe sobre el islam en Francia publicado por el IFOP el 1 de agosto pasado. La investigación afirma que más del 70% de los musulmanes franceses dice cumplir con el Ramadán en el 2011.

Reuniendo estos elementos, estos datos proporcionan una evidencia empírica de la tesis según la cual el islam se encuentra en vías de superar al catolicismo como religión dominante en Francia. Desde el momento en que los números crecen, los musulmanes en Francia se están volviendo más audaces que antes. Un caso a modo de ejemplo: grupos musulmanes en Francia están pidiendo a la Iglesia católica el permiso para utilizar sus iglesias vacías como instrumento para resolver los problemas de tránsito provocados por los miles de musulmanes que rezan en las calles.



En un comunicado del 11 de marzo pasado, dirigido a la Iglesia de Francia, la Federación Nacional de la Gran Mezquita de París, el Consejo de Musulmanes Democráticos de Francia y un grupo islámico llamado Collectif Banlieues Respect pidieron a la Iglesia católica, con espíritu de solidaridad interreligiosa, que permitiera que las iglesias vacías fueran utilizadas por los musulmanes para la oración del viernes, de modo que “no se vean obligados a rezar en la calle” o “sean tenidos como rehenes por los políticos”.

Cada viernes, miles de musulmanes en París y en otras ciudades francesas bloquean calles y aceras (y, como consecuencia, bloquean el comercio local y dejan atrapados a los residentes no islámicos en las casas y en las oficinas) para ubicar a los fieles que no logran entrar en la mezquita para la oración del viernes.



Algunas mezquitas han comenzado a transmitir sermones y cantos de Allahu Akbar en las calles. Estos inconvenientes han provocado ira y reacciones contrarias, pero a pesar de muchas quejas oficiales, las autoridades no han intervenido hasta ahora, por temor a generar incidentes. La cuestión de las oraciones callejeras alcanzó el lugar de prioridad de la agenda política francesa cuando, en diciembre del 2010, Marine Le Pen, la nueva líder carismática del Frente Nacional, las denunció como “una ocupación sin soldados ni tanques de guerra”.

Durante una reunión en la ciudad de Lyon, Le Pen comparó las oraciones islámicas callejeras con la ocupación nazi. Dijo: “Para aquellos que aman hablar tanto de la Segunda Guerra Mundial, podemos también hablar de este problema [las oraciones islámicas callejeras], porque se trata de una ocupación de territorio. Es una ocupación de secciones de territorio, de distritos en los cuales la ley religiosa entra en vigor. Es una ocupación. Naturalmente, no hay tanques de guerra ni soldados, pero no por eso deja de ser una ocupación que pesa fuertemente sobre los residentes”.



La cuestión de las oraciones islámicas callejeras, publica La Stampa, —y la cuestión más amplia del rol del islam en la sociedad francesa— se ha convertido en un problema de primer orden, en vista de las elecciones presidenciales del 2012. Según un sondeo del IFOP, el 40% de los franceses está de acuerdo con Le Pen en el hecho de que las oraciones callejeras parecen una ocupación. Otro sondeo publicado por Le Parisien demuestra que los votantes ven a Le Pen, que sostiene que Francia ha sido invadida por los musulmanes y traicionada por sus élites, como la mejor candidata para enfrentarse al problema de la inmigración musulmana.

El presidente francés Nicolas Sarkozy, cuya popularidad era en julio del 25% —la cifra más baja registrada para un presidente saliente un año antes de las elecciones presidenciales—, parece, según TNS-Sofres, decidido a no dejarse superar por Le Pen en esta batalla. Recientemente, declaró que las oraciones callejeras son “inaceptables”, y que las calles no pueden convertirse en “una extensión de la mezquita”. Y advirtió que este fenómeno puede minar la tradición laica de Francia de separación entre Estado y religión.



El ministro del Interior, Claude Guéant, dijo a los musulmanes de París, el 8 de agosto, que en lugar de orar en las calles pueden utilizar un cuartel en desuso. “El orar en las calles no es algo aceptable, debe terminar”.

Algunas declaraciones de líderes musulmanes no parecen destinadas a adormecer las preocupaciones de los franceses (y no sólo de los franceses). El primer ministro turco, Tayyp Erdogan, por ejemplo, dio a entender que la construcción de las mezquitas y la inmigración forman parte de una estrategia de islamización de Europa. Y repitió públicamente las palabras de una poesía turca, escrita en 1912, por el poeta nacionalista turco Ziya Gökalp: “Las mezquitas son nuestros cuarteles, los alminares, nuestras bayonetas, y los fieles, nuestros soldados”.



Propicia es para epilogar esta entrega la reflexión que el gran pensador rumano con larga residencia en Francia, E.M. Cioran, hiciera hace ya 32 años en Desgarradura (Gallimard, 1979; en español, Tercer Mundo en coed. Montesinos, 1989, pp. 12-15):



Una noche en el metro miré atentamente a mi alrededor: todos procedíamos de otro lugar… Entre nosotros, dos o tres figuras de aquí, siluetas azoradas que daban la impresión de pedir perdón por su presencia. El mismo espectáculo en Londres.

Las migraciones no se realizan ya por desplazamientos compactos sino por infiltraciones sucesivas entre los “indígenas”, demasiado exangües y distinguidos para rebajarse a la idea de un “territorio”. Tras mil años de vigilancia, las puertas se abren… Si se piensa en la larga rivalidad que existió entre franceses e ingleses, y franceses y alemanes después, se diría que todos ellos, debilitándose recíprocamente, no tenían más objetivo que precipitar la hora de su hundimiento común para que otros especímenes de humanidad tomaran el relevo. La nueva Völkerwanderung, al igual que la antigua, suscitará una confusión étnica cuyas fases no pueden preverse con claridad. Ante cataduras tan dispares, la idea de una comunidad mínimamente homogénea resulta inconcebible. La posibilidad misma de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ésta ocupe, no existía ya entre los autóctonos, el deseo de salvaguardar ni siquiera una sombra de identidad. Del millón de habitantes que tenía Roma en el siglo III de nuestra era, sólo sesenta mil eran latinos de origen. Cuando un pueblo realiza la idea histórica que tenía la misión de encarnar, se queda sin motivos para preservar sus diferencias, para cuidar su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros.

Después de haber dominado los dos hemisferios, los occidentales se están convirtiendo en el hazmerreír del mundo: espectros sutiles y ultrarrefinados, condenados a una condición de parias, de esclavos claudicantes y lábiles, a la que quizás escapen los rusos, esos últimos blancos. Ellos poseen aún orgullo, el motor, la causa de la historia. Cuando una nación deja de poseerlo y de creerse la razón o la excusa del universo sae excluye a sí misma del porvenir: ha comprendido al fin –por suerte o por desgracia, según la óptica de cada uno. Y si esto desespera al ambicioso, fascina en cambio al meditativo ligeramente depravado. Sólo las naciones peligrosamente avanzadas merecen hoy nuestro interés, sobre todo cuando mantenemos relaciones poco claras con el Tiempo y giramos en torno a Clío por necesidad de castigo, de flagelación. Todos trabajamos contra nuestros propios intereses: no somos conscientes de ello mientras actuamos, pero si analizamos cualquier época advertiremos que nos agitamos y nos sacrificamos siempre por un enemigo virtual o declarado: los protagonistas de la Revolución por Bonaparte, Bonaparte por los Borbones, los Borbones por los Orleáns… Tal vez la historia sólo debiera inspirarnos sarcasmo, quizás no posea objeto… Aunque sí, lo posee, y más de uno incluso, lo que sucede es que los alcanza al revés. El fenómeno es universalmente verificable. Realizamos lo contrario de lo que perseguimos, avanzamos en contra de la hermosa mentira que nos propusimos; de ahí el interés de las biografías, el menos molesto de los géneros dudosos. La voluntad nunca ha servido a nadie: lo más discutible de cuanto producimos es lo que más apreciamos y aquello por lo que nos infligimos mayores privaciones; esto es tan cierto de un escritor como de un conquistador, de cualquiera en realidad. El final de un individuo invita a tantas reflexiones como el final de un imperio o del propio ser humano, tan orgulloso de haber accedido a la posición vertical y tan temeroso de perderla, de volver a su apariencia primitiva y de terminar su carrera como la había empezado: encorvado y velludo. Sobre cada ser pesa la amenaza de un retroceso hacia su punto de partida (como para ilustrar la inutilidad de su recorrido, de todo recorrido) y quien consigue librarse de ella da la impresión de escamotear un deber, de negarse a jugar el juego inventándose un modo de degradarse demasiado paradójico.