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martes, 16 de octubre de 2012

Consumo Personal

«Si se quiere alterar o anular una pirámide de números en relación serial, se altera o se elimina el número base. Si queremos aniquilar la pirámide de la droga, tenemos que empezar por la base de la pirámide: el adicto de la calle, y dejarnos de quijotescos ataques a los llamados "de arriba", que son todos reemplazables de inmediato. El adicto de la calle que necesita la droga para vivir es el único factor insustituible en la ecuación de la droga. Cuando no haya adictos que compren droga, no habrá tráfico. Pero mientras exista necesidad de droga, habrá alguien que la proporcione». [Resaltado en el original]


William S. Burroughs
El almuerzo desnudo 
(Nked Lunch, 1959)
Anagrama, Barcelona, 1996.
ISBN: 978-84-339-2008-9


viernes, 9 de septiembre de 2011

Practicamos tiro al pichón


Cuando yo era muy chico mi abuelo me enseñó los consejos del Viejo Vizcacha, gran manantial de la sabiduría popular argentina. Lo recuerdo sentado en su banquito sin respaldo, en la vereda, a la tardecita, después de la siesta, y yo a sus pies. Un caso (luego comprobé que algo inusual) de tradición oral. Al constatar que, unos 35 años después, conservo en la memoria literales aquellos consejos, surge a mis ojos la evidente utilidad de dos herramientas olvidadas: 1) la inmensa capacidad de aprendizaje y memoria de los niños pequeños; 2) la eficacia de la poesía, del ritmo y de la rima, para garantizar la tradición fiel de generación en generación de aquello que es cultura viva. Mi abuelo era un hombre de campo, del que ya hablé acá, que honraba todavía esa forma de cultura viva. Yo me sorprendo de ver tantos ejemplares del Martín Fierro, algunos forrados en cuero de vaca y otras exquisiteces, expuestos en las mesitas ratonas de livings rústicos-a-todo-trapo, frente al hogar y al ventanal que refleja verde, y tan poca gente que los haya leído con un poco de detenimiento, alguito mayor a la hojeada formal y forzada de la escuela secundaria.

El Viejo Vizcacha de la Plaza Varela, en la querida Montevideo.

Para que exista tradición oral, dijimos, tiene que haber cultura viva que transmitir, y para ello, tiene que haber pueblo, es decir, una comunidad de personas con un pasado común, un conjunto de valores compartidos, y un deseo firme de formar parte de esa comunión también en el futuro; de afrontar juntas el mismo destino.

El pueblo es una construcción paciente y sacrificada, que como toda cosa que existe, orilla siempre, con esa fascinación de los abismos, la posibilidad de exinguirse, de ya no ser. De transformarse en vulgo, en masa amorfa de descastados, parias girando como zombies en redondo, sostenidos tan sólo por el afán, ese fuego de la necesidad sin objeto, de la urgencia sin motivo, del egoísmo, del "salvarse" solo.

Pero bueno, pueblo o no pueblo, el Martín Fierro es nuestro libro nacional. Eso no implica, naturalmente, ninguna exclusividad. Tan sólo, supongo que resultará de más difícil comprensión, por cuestiones de contexto, de historia y de idiosincracia, para los lectores de las tantas otras lenguas en que fue traducido. O incluso, de la lengua castellana, pero que no sean argentinos ni uruguayos ni gaúchos.

Recuerdo un consejo del Viejo Vizcacha:

Las armas son necesarias
Pero naides sabe cuándo;
Ansina si andás pasiando,
Y de noche, sobre todo,
Las debés llevar de modo
Que al salir salgan cortando.

"Que al salir salgan cortando". Ello quiere decir, sencillamente, que el hombre que lleva arma, debe llevar un arma idónea y en estado para su uso inmediato. Si no, mejor que no lleve. Ni qué hablar de un cuchillo de madera o de hojalata. Lo mismo puede decirse de una réplica de un arma de fuego.

El delincuente muerto en Chacarita, seguramente no conocía el consejo del Viejo Vizcacha. Seguramente, incluso, no sabía nada acerca de un libro llamado Martín Fierro (al que nuestra gran Maestra Ciruela, suponemos, llamaría "el José Hernández", compañero de estante en la biblioteca del "Cervantes", ese delirante caballero andante fuera de época...).

Aunque la prensa es renuente a abordar el tema de la nacionalidad, sabemos que en Villa Fraga (lo dice el curita villero en el video que pegamos al final) casi toda la población es recién llegada, en el término de 5 años de esplendor kirchnerista. El 50% del Perú; el 30% de Paraguay; y el 20% restante, de un difuso "Noroeste", que comprende argentinos y bolivianos.


Pero detengámonos un minuto para contextualizar, porque si no, no se entiende de qué estamos hablando. Ocurre que dos jóvenes, uno de ellos de 24 años (lo sabemos porque es el que cayó en acción), se movilizaban en bicicleta por la céntrica zona de la tranquila barriada que coexiste de un lado y del otro de los lindes de Chacarita y Colegiales. Zona agradable, propicia para los paseos sabatinos y domingueros (lo digo porque los hago, y los hice acompañado de chicos pequeños, de mujer embarazada, etc.), o para la tentadora visita nocturna, con los muchachos y su apetito de viquingos, al mítico Albamonte.

Desde que está la villa, la gente vive más refugiada, cierto, pero a nadie parece importarle. Importan más las taras ideológicas y el control del comisariato de lo políticamente correcto, que indica que cualquiera puede vivir donde quiera, y hacer de ese lugar elegido el séptimo infierno, si así se le antoja. Apenas atardece, por esas cuadras sombreadas por los árboles añosos, no se anima a caminar ni un alma en pena. Las paradas de colectivo están de adorno, y curiosamente para una Buenos Aires atestada de automóviles, a nadie se le ocurre parar el auto ahí ni siquiera para cambiar de radio.

Hirientes paradojas de un pregón dañino y disolvente. Nueva gran feria del progreso y el optimismo: Delincuentópolis...



Bueno, volvamos a detenernos, que no completamos la escena. La secuencia comienza con los dos jóvenes villeros de raid en bicicleta por la zona comercial, pleno mediodía. Entran con una pistola 9 mm (que luego resultó ser una réplica, aunque de impecable factura) a una tienda de ropa interior masculina. Reducen a las dos empleadas mujeres. Empujón, puteada, la guita guacha de mierda, cachetazo, más gritos, una patada y encerradas en el bañito de 1x1. Salen tranquilos, con una mochila rebosante de medias y calzoncillos, y más o menos una luca de cash. Pueden enfilar para la villa, que está ahisito nomás, a unas 4 cuadras.

Pero cebados como estaban, no tienen mejor idea que atracar, en Concepción Arenal y Lemos, 6 cuadras de la villa, una de Corrientes, a un gilito que volvía del laburo, con bolso en mano. Eran las 13 hs., pero cuando hay impunidad, no es necesaria la nocturnidad (además, como dijimos, en el barrio a partir del atardecer todo el mundo se refugia). El asaltado, que es un policía de civil de 30 años de edad, inicialmente no se resiste, y les da el bolso y la billetera, pero como los chorizos estaban cebados, comienza la franela vejatoria, y pese a la intimidación que genera tener un cañón de 9 mm apuntándole, finalmente saca la suya (habrá pensado que, si lo seguían revisando y le encontraban el arma, lo mataban ahí mismo como un perro por cobani) y le pega un tiro en la mejilla. El otro ladrón se da a la fuga. El que tenía el arma se queda boca abajo tirado en la vereda.

En minutos el policía es detenido y llevado a la comisaría de la Federal. Luego es trasladado a Gendarmería Nacional, que es la nueva fuerza de control de las policías, mientras Garré y el CELS, al unísono, claman por venganza. "Nos preocupa siempre todo lo que puede ser un exceso policial", proclama la ministra, y se olvida del adverbio que pide pista en todos los lectores: "exclusivamente".

El muerto "tenía numerosos antecedentes por hechos delictivos, en su mayoría por robo con armas. En una causa había sido condenado a la pena de tres años de prisión" (La Nación).

Concurrieron al caso dos cuestiones ya advertidas por el Viejo Vizcacha: la ya mentada de las armas, y la comprendida en estas otras reflexiones:

El primer cuidao del hombre
Es defender el pellejo.

No dejes que hombre ninguno
Te gane el lao del cuchillo.

Lo que los yanquis, más burdamente, pero sin menor eficacia, designan con su célebre You fucked with the wrong bull.

Sin embargo, en la tierra de la desmesura, en el realismo mágico desbordado, un descerebrado maltrazado que se encontró con su destino casi como con una moraleja, termina por acreer también al cada vez más dudoso hábito del martirologio, y estando tan jodidos como estamos, pagaremos todos, calladitos y sin protestar, los desmanes ocasionados por 50 okupas que, reconociendo que el muerto era ladrón, que estaba "trabajando", que utilizó su arma de imitación, argüían algún nivel de exceso de parte del asaltado que se defendió.



Yo creo que es eso lo que da genuina e infinita bronca. La diferencia injusta marcada incluso en la asunción de las pérdidas. Si un pibe pasa a buscar a la novia por Devoto, toca bocina y se queda esperando en su auto, llama la atención a dos malvivientes que andaban al boleo, que le pegan un tiro en la cabeza, y la familia debe resignarse, la novia debe llorar en silencio, todos debemos aceptar que Devoto está muy cerca de la Gral. Paz, y entonces de Fuerte Apache, y bueh...

Ahora, si un chorro que anda de gira, dejando un tendal aquí y allá, absolutamente pasado de rosca como un hurón en un gallinero, se encuentra con una bala, debemos también resignadamente asistir a que la comunidad delincuente que vive del delincuente, que lo ayuda a ser delincuente, que lo oculta y lucra de sus delitos, salga a romper y quemar todo, como advirtiendo a la comunidad no delincuente para que no se le ocurra repetir la osadía de intentar pararlos. El famoso "tenemos derecho", que se ha pegado como una muletilla "neutralizadora" (diría Edwin Sutherland), sin detenerse, claro, en el derecho de los demás.

***

Encontré este mensaje en una botella en el ciberocéano, que ya tiene algún tiempo, y por supuesto, ninguna solución. Argentina es un país cinematográfico, sí, pero no sólo porque sus avatares parecen guionados por una mente muy imaginativa, sino sobre todo porque sus habitantes parecemos condenados al lugar de espectadores de las desdichas, sin que nada que hagamos o digamos pueda jamás influir en el decurso de la trama.

Insert de Facebook: No al crecimiento de la villa de fraga entre chacarita y colegiales

El asentamiento de la calle Fraga al 900 del barrio de Chacarita crece día a día y no es noticia.

El predio pertenece al Estado Nacional y está ubicado detrás del paredón de la Estación Federico Lacroze del Ferrocarril Urquiza.

Los que conocemos la zona vimos cómo en los últimos años casas de madera y chapa se fueron transformando en delicados edificios de cemento de más de 10 metros de altura
... que no paran de crecer.

Los vecinos de Chacarita y Colegiales estamos alertados a raíz del incremento de robos en la zona y esto no es coincidencia.

Colegiales, según un estudio del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (CEDLAS), es el barrio con mejor calidad de vida.

No queremos que a raíz de esto se pierda la armonía en la que se vive, mucho menos que el valor de las propiedades decaiga como está ocurriendo.

Qué paradoja, si notan que alguien tiene medio centímetro modificado dentro del plano de su vivienda tiene que pagar la diferencia de ABL retroactivo. No obstante tiene que ver cómo los habitantes de la villa día tras día edifican más alto, tienen conexiones clandestinas de electricidad y no pagan sus impuestos.

Este grupo no es para generar conflicto alguno; todo lo contrario, se apunta a la no urbanización del terreno y sí a la reubicación de los habitantes. No queremos que ocurra como en la villa 31 y que se tenga que llegar a lo peor.




viernes, 29 de julio de 2011

Tres ejemplos

Intencionalidades, equívocos, tergiversaciones y prostitución semántica, forman parte de nuestro sistema de pensamiento colectivo. En un país y un momento especialmente afines al “relato”, a la forma de contar las cosas, a la forma de calificar los hechos, vayan en esta ocasión tres casos bastante difundidos, y que merecen una sucinta reflexión:


1) Sensación de inseguridad.

Cuando se habla de “sensación de inseguridad”, más allá de la inescrupulosa sugerencia que formula el inventor de la frase, inmoral si se tiene en cuenta que el causante ha sido el encargado de velar por la seguridad ciudadana por tantos y tantos años, en realidad no se está diciendo otra cosa que “inseguridad”. En efecto, esa construcción semántica, que no es más que otra evidencia de la promiscuidad de palabras que inunda el universo del discurso, no tiene significado alguno disímil de aquél que pretende enervar. “Sensación de inseguridad”, por más que pretenda emplearse como herramienta efectista para rebatir “inseguridad”, es simplemente, su confirmación.

La inseguridad no es otra cosa que la falta de seguridad. La seguridad, para el idioma castellano, es la certeza. Para que haya inseguridad no tiene que estar presente una situación de anarquía y guerra civil como en Bagdad o en Trípoli. Alcanza nomás con que el ser humano tenga incertidumbre acerca de su destino inmediato, por más que tome todo los recaudos normales y habituales y respete las normas convencionales. Es decir, si el ciudadano, aun cuando cierra la puerta de calle, o pone alarma al auto, o evita circular por un callejón oscuro en madrugada, o evita los descuidos sobre sus objetos personales, igualmente vive con miedo, es porque ese ciudadano se siente inseguro. Se trata de una percepción, y como tal, está vinculada con la subjetividad. Ahora bien, una percepción generalizada, en todo caso estará vinculada con una subjetividad también general, lo que en las sociedades modernas constituye un estado de situación colectivo, y por tanto, un criterio de verdad en términos sociológicos.

Si una familia iba con el auto los fines de semana a visitar a sus parientes del conurbano, y estacionaba por la mañana y se retiraba a la tardecita, luego de una demorada despedida en la vereda; y luego ocurre a dos cuadras un homicidio con ocasión de robo de automotor, y a la semana siguiente, un secuestro exprés cruzando un vehículo a otro que venía circulando, y días después un tiroteo cuando la policía intenta liberar a un rehén, con ejecución del rehén incluida, todo en el mismo barrio que se acostumbraba visitar, y entonces la familia decide primero no ir más con el auto, y finalmente, espaciar las visitas, porque tampoco es demasiado seguro movilizarse en dos colectivos o en tren y en colectivo, es porque esa familia se siente insegura, por más que pudiera tener la suerte de haberse salvado personalmente hasta el momento de un crimen trágico.

No hace falta falsear estadísticas (que de por sí son esencialmente falsas, desde que la capacidad de aprehender la realidad desde los sistemas de control social formal –estadísticamente incluso- nunca excede del 10% de la realidad en sí misma). No hace falta ejemplificar con ampulosas razzias y operativos. La inseguridad es un hecho social, y como tal, su erradicación un desafío terriblemente arduo, que exige constancia, orden, paciencia y presencia. Y sobre todo, decisión y abandono del efectismo, del electoralismo y de la demagogia. Demasiado. Sobre todo, cuando siempre es más fácil destruir que construir, y un solo hecho violento puede destruir todo el proceso de generación de confianza que se hubo llevado adelante.

Para ello, en el entendimiento íntimo de que la bota de potro no es para cualquiera, y que “cualquiera” preferirá evitar los sabañones, los callos, el pie de trinchera o las piedritas, parece que es más sencillo decirle a la sociedad que está equivocada, que no está insegura sino que se siente insegura, cuando en realidad, como explicamos, se trata exactamente de lo mismo.

Estar enamorado y sentirse enamorado conducen generalmente a cometer los mismos gratificantes errores, o bien por abstenerse, a afrontar las mismas ingratas frustraciones. Estar con miedo y sentirse con miedo nos hace correr bien rápido y sin mirar hacia atrás, evitando perder el tiempo, sobre todo, en disquisiciones inoperantes, propias de quien tiene tiempo, dinero, posición y seguridad suficiente como para no estar ni sentir…


2) Fútbol federal.

Hablar de la necesidad de hacer federal el fútbol aparece como un argumento válido para sostener la decisión de hacer un campeonato con 40 equipos, y en términos generales, mediocrizar aún más la calidad de la competencia. Como ocurriría (y mejor no dar ideas), si al Ministerio de Educación se le ocurriere fusionar el Colegio Secundario con la Universidad.

Pero se omite en cambio considerar que a partir de este campeonato el Fútbol de Primera División va a ser el más federal de toda la historia, desde los Nacionales de Valentín Suárez. En efecto, al terminar el Clausura 2011 descendieron 4 equipos del Gran Buenos Aires (Quilmes, Gimnasia, River y Huracán) y ascendieron 4 del Interior (Rafaela, Unión, San Martín de San Juan y Belgrano), completando un total de 7 equipos del Interior sobre 20 totales, es decir, del 35%. Casualmente también, el último torneo arroja un resultado “perturbador”: Con sólo 3 equipos del Interior en ese certamen, y considerando que si bien Colón tuvo un desempeño irregular, hace tiempo que viene siendo un sólido animador en la Primera; hay que mencionar que Godoy Cruz salió 3º y Olimpo 4º.

No sea cosa que en poco tiempo la AFA deba sufrir la experiencia de que un club del Interior finalmente se consagre campeón de la elite del fútbol argentino por primera vez en la historia. Es decir, se asiste a un proceso decidido de crecimiento de las instituciones de las provincias y de decadencia del fútbol metropolitano. Ese proceso se comenzó a evidenciar hace ya unos cuantos años en el Nacional B, que arrancó, a partir de 2003 con 20 equipos, 10 del Interior y 10 de la AFA. Al poco tiempo, los únicos que descendían o iban a promoción eran los de la AFA. Entonces la AFA decidió que los del Interior, en materia de descensos, jugaran su propio torneo, y otro tanto los metropolitanos. Llegó a darse el caso de que el club metropolitano que descendía fuera el 20º de la tabla general, y el metropolitano que jugaba la promoción fuera el 19º. En tanto, el del Interior que descendía fuese el 14º de la tabla general, y el que jugaba la promoción contra un equipo del Argentino A fuera el 12º. Y eso que estamos hablando siempre de promedios.

¿Por qué en ese momento la AFA no dejó que descendieran los que tenían que descender, lo que hubiera federalizado mucho más el Nacional B, y por tanto, aumentado también más las posibilidades de tener un fútbol de Primera División más equilibrado?

Por el contrario, cuando el proceso de federalización se da naturalmente, por los cauces ya normados desde hace tiempo, y comienza a presenciarse una Primera División con amplia participación del Interior, sale de la galera este engañoso argumento.


3) Las organizaciones sociales.

141 años pasaron desde la sanción de la Constitución Nacional hasta que se reconocieron en ésta los partidos políticos como sujetos del sistema político. Como ya hemos dicho en otros momentos, su reconocimiento fue concomitante con su definitiva decadencia. Ya en las elecciones de 1995 una nueva fuerza que era un rejunte bastante variopinto, el FrePaSo, fue la que disputó la presidencia con el PJ (que a su vez estaba sufriendo disidencias y nuevas incorporaciones desde sectores tradicionalmente no afines, como Oscar Alende, el MPL o la Ucedé, si bien el PI se acercó al “peronismo sin Perón” en la época del Frecilina, que no era un remedio; y el MPL, siendo FIP, acompañó la fórmula Perón-Perón en el ‘73), mientras que la UCR llevó una propuesta casi testimonial, que arrimó un 16% del electorado. Con el Congreso de Lanús, se pone definitivamente la lápida al PJ, que a partir de entonces, más allá de su intervención judicial, se transforma en una confederación de caudillazgos provinciales acomodaticios, dirigida por un poder central gubernamental progresivamente más fuerte y unitario.

Pero más allá de todo eso, lo cierto es que los partidos políticos, a diferencia de los movimientos nacionales o cualquier otro sistema de representación, son, como dice la palabra, “partidos”, es decir, fraccionamientos, parcialidades que, si bien pueden perseguir objetivos generales, lo hacen desde las visiones sesgadas de sus propias plataformas e ideologías. Ello no es ni bueno ni malo. Es así. Es el sistema liberal de organización de la representación que se da en gran parte de Occidente.

Lo que sí trasuntan con su accionar es, en primer lugar, una intencionalidad política parcial, y en segundo lugar, un interés electoral, pues eso hace a la propia esencia de su existencia. Incluso los partidos que nunca ganaron una elección siquiera municipal, y que muy probablemente nunca lo hagan, están concebidos y estructurados para ese fin, y por lo menos persiguen el acceso a algún cargo electivo y sobre todo, al reparto de dinero por votos obtenidos.

Lo importante es que cuando un partido político impulsa una movilización, un reclamo, una denuncia, etc., cuando proyecta su accionar hacia la opinión pública, está obrando “políticamente”, es decir, con un interés concreto por el poder. Dentro del discurso del bienpensantismo, obrar políticamente, obrar en función del poder, es malo, o por lo menos, digno de generar recelo o desconfianza.

De un tiempo a esta parte, esporádicamente durante los ’90, y sistemáticamente en la década pasada, comenzó a denominarse “organizaciones sociales” a los distintos grupos de piqueteros que amuchaban jubilados, desocupados, sin techo, etc. En fin, como no había denominación para esos intereses sectoriales, se optó por una tan equívoca.

Lo cierto es que esas “organizaciones sociales” persiguen fines concretos vinculados con el interés de sus integrantes (planes sociales o su aumento, viviendas gratuitas, escrituración de terrenos, urbanización de villas, dinero en efectivo, etc.), pero también persiguen, aquellas más aventajadas, un fin político, vinculado con la conservación de una situación de hecho favorable. Concretamente, la continuación del gobierno que les otorga los privilegios. De tal forma, también con su accionar público persiguen un fin político y funcional al poder.

Mientras tanto, las “organizaciones sociales” menos aventajadas intentan extorsionar al poder de turno, o acordar con opciones de poder alternativas, o ambas cosas, para obtener los beneficios que ya tienen las aventajadas. Es decir, también operan con su accionar “políticamente”.

Independientemente de ello, el término “organizaciones sociales” ha sido asumido como menos parcial, intencional y electoral que el término “partidos políticos”. Antes bien, su empleo parecería sugerir la ostentación de un reclamo legítimo (aun cuando el adjetivo sea innecesario, como veremos), sustentado en la legitimidad de la necesidad, es decir, en el axioma de “una necesidad, un derecho”. Si una necesidad = un derecho, su reclamo = legítimo. Todo reclamo de una “organización social” deviene legítimo per se, sin consideración acerca de la condición moral o de utilidad social o de contexto normativo de ese derecho. Mientras haya una necesidad insatisfecha, hay un derecho que reconocer, y con ello es suficiente. Se consagra la autonomía de los derechos subjetivos respecto del Derecho objetivo y por tanto, respecto de la moral, de la política y del interés colectivo.

Así entonces, las “organizaciones sociales” obran, para la opinión pública y para los periodistas y cronistas, cada vez intelectualmente más pobres y borreguizados, de una forma siempre legítima, lo que implica: objetiva, aséptica, franca, útil y veraz. La disconformidad podrá plantearse con el medio elegido para la protesta, pero nunca nadie osará, so pena de anatema, plantear objeciones respecto de la legitimidad del reclamo, porque todo reclamo es legítimo.

Lo ridículo de semejante dogma circular (que se suma a otros tantísimos en el nuevo canon surgido al amparo de la “libertad” –otra palabra digna de ser analizada, aunque el espacio y el tiempo en esta ocasión no lo permitan-), es que, hoy por hoy, al periodismo ya le ha dado por bautizar como “organización social” a cualquier grupo de personas que efectúe un reclamo. Por más que ese grupo de personas se embandere con denominaciones inequívocas, más concretamente, invoque la pertenencia a un partido político.

Hoy por ejemplo, sin ir más lejos: Un grupo de personas se aglutinó en las inmediaciones del Obelisco reclamando por la represión policial sobre unos usurpadores de la CCC y de la milicia indigenista Tupac Amaru (más de $ 330 millones en subsidios del Estado Nacional desde 2003), liderada por Milagro Sala, vinculada con los resabios de Sendero Luminoso, las FARC y otras lindezas, que habían intentando colonizar unos terrenos de propiedad del Ingenio Ledesma en Jujuy. Sin importar que el llamado “Combate de Ledesma” (un bautismo romántico, a la manera de los que en los ’70 gustaban tanto a la revista Estrella Roja) fue bastante parejo, y que el saldo recuerda aquél de “murieron 4 romanos y 5 cartagineses” (4 de los 9 heridos de bala son policías, 1 de los muertos por bala también, y 2 de los muertos no-policías lo fueron por balas de armas no-policiales), si uno atiende solamente el juego del Antón Pirulero mediático, imagina un atropello bestial de parte de la policía jujeña frente a tímidos necesitados de viviendas, que casi sin saberlo, pusieron su carpita en ese campo (y que continúan en él después del tole tole). Detrás de esas dos “organizaciones sociales”, se podían ver claramente los carteles del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), el Partido Obrero (PO) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR). Pues bien, tal parece que ciertos partidos políticos especialmente quilomberos, pero sin poder de convocatoria como para plantear opciones electorales respetables, y sobre todo, populares, merecen ahora ser llamados “organizaciones sociales”, y sus reclamos por tanto, ser considerados legítimos, desinteresados, objetivos, veraces, etc.




viernes, 20 de mayo de 2011

Archivo ¿al pedo?



No vamos a hacer ahora una semblanza de León Arslanián, quien fuera entre otras cosas Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires en 1998-1999 y 2004-2007, mandato este último durante el cual implementó la Policía 2 y el 911, y llevó adelante una numerosa "purga policial" (según sus propias palabras a La Nación, el 13 de junio de 2004), tecnologizando los medios de espionaje interno de la fuerza (las famosas escuchas telefónicas del aún vigente Hugo Matzkin, desde 2011, Coordinador General de Seguridad de la Bonaerense), y dando de baja a más de un millar de efectivos en pocos meses, que se sumaron a los 300 que exoneró en 1998.


Para semblanza me resulta la más curiosa (aunque no inverosímil), la que apuntan Marcelo Larraquy y Roberto Caballero en su libro Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA (Biografía No Autorizada), Grupo Editorial Norma, Bs. As., 2000. En la página 15 puede leerse:

"Terminamos hablando de la reforma policial bonaerense y (Rodolfo Galimberti) recordó una anécdota sobre el doctor León Arslanián: 'Tuvimos una reunión y mientras me habla veo que se va inclinando despacio, despegando el culo del asiento hasta que se larga un pedo, y siguió hablando como si nada. ¿Qué confianza se puede tener en un tipo así?', se quejó".


Tampoco conozco mucho de su entorno, y sólo puedo mencionar que, cuando fue Ministro de Justicia de Carlos Menem (1991-1993) hizo ingresar en esa cartera, más precisamente en la Dirección Nacional de Política Criminal, a alguna gente académicamente muy preparada, pero con una visión criminológica marginal hasta respecto del garantismo más ultraísta. Muchachos que cómodamente, café de por medio, se permitían calificar a Eugenio Zaffaroni de "facho" por enriquecer sus disertaciones en los '90 con la mención (ya de por sí encomiable, cuando le hubiera resultado más cómodo el plagio) de ciertos autores alemanes de difícil acceso para la comunidad de habla castellana.  

El 13 de mayo de 1999 el Instituto de Seguridad Pública de la Fundación Novum Millenium (una suerte de think tank del entonces promisorio Recrear, dirigido por el Dr. Adolfo Sturzenegger) realizó la Jornada sobre Delito Urbano y Seguridad Institucional. En ese evento disertó Arslanián sobre Reforma Policial en la Provincia de Buenos Aires. Todo lo allí hablado quedó luego inmortalizado (para mortificación de alguno de los disertantes) en una publicación que realizara la Fundación y distribuyera gratuitamente 3 meses después. 


Al momento del Debate posterior a las disertaciones, se le preguntó al orador acerca de ciertos datos estadísticos que había proporcionado. Concretamente, había dicho en su relato: "El fenómeno que observamos en la Provincia de Buenos Aires es que existen 400 villas de emergencia, incluso un solo departamento tiene 49. En las villas miseria han nacido, vivido, multiplicado, envejecido y muerto generaciones. Quienes viven allí están totalmente al margen de lo que es la sociedad de consumo, al margen de las posibilidades de satisfacer las necesidades mínimas. Es evidente que este grupo -3.000.000 de personas según el INDEC- no tiene ninguna razón para respetar el pacto social..." 

Reproducimos a continuación ese intercambio, porque nos resulta particularmente interesante, no solamente desde lo discursivo (12 años, evidentemente, son un tiempo largo en la Argentina), sino sobre todo desde lo lógico. No nos detengamos mucho explicándolo, y vayamos al texto:

Pregunta: Esos 3 millones de personas que estarían en condiciones inferiores a la mínima, ¿están en las 400 villas o las exceden?

Dr. Arslanián: Para plantearlo en otros términos. ¿Son delincuentes todos los que viven en las villas? Esta sería la pregunta. Pienso que no. Hay mucha gente que no vive en una villa, que a lo mejor vive en cualquier tipo de asentamiento, en la vía pública, y también delinque.

Como decía San Agustín, no podemos exigir de la miseria la virtud y me consta por haber ido en mis operativos a villas. En las villas se establece un sistema bastante complejo mediante el cual gente que no delinque se ve cuando menos compelida a encubrir, ya sea colaborando en la reducción, receptando los objetos del robo, por temor a alguna consecuencia. En su interior se cobran peajes, una serie de historias.

El fenómeno tiene un grado de generalidad muy importante. No quiero entrar a etiquetar, pero ésta es la realidad que uno ve cuando concurre a lugares de esas características. Además, todos los episodios que la crónica diaria registra en la Ciudad de Buenos Aires, son cometidos por gente de condición misérrima que vive en las villas. A la Villa 31 inexplicablemente situada todavía a 200 metros del Patio Bulrich, van los jóvenes que arrebatan en el Microcentro, Recoleta y la zona del Obelisco.



***

Para terminar, dejo este artículo, que puede llegar a interesar a algún lector (por cuestiones técnicas, no está linkeado directamente, sino que debe copiarse la dirección y pegarla en una ventana nueva del navegador):

http://publicaronline.net/2011/02/27/cristina-quiere-que-arslanian-garre-y-verbitsky-manejen-la-seguridad-bonaerense/


miércoles, 9 de febrero de 2011

Descarrilando

Cuando al caer la tardecita aquel niño vadea la puerta de la casa de adentro hacia fuera es que ya ha llegao a adulto. Llegar a muchacho era para uno la no tan aliviada época de ganarse el puchero en serio. Sin embargo hoy pienso que, casi casi, uno ya se ganaba la sopa, y tal vez un poco más, mucho antes de saber por qué. Hacer una changuita a los 7 u 8 años era cosa que no asustaba a nadie. Cortar yuyos, acompañar al turco vendedor de ropa por las estancias, juntar el ramerío de la poda y mil tareas más, eran la forma más sencilla de arrimarle fideos a la olla.

Testimonia José Larralde en la hermosa milonga Galpón de Ayer, que pinta las imágenes de la orilla de un tiempo pasado, “que de tan hace poco, no son historias todavía”.



Yo tuve un tío al que quise mucho, de origen calabrés, nacido en Pompeya y criado en Villa del Parque cuando casi no era Buenos Aires, pasando los andurriales del Maldonado, y bastante más también. Su padre, Don Pepe, iba y volvía todos los días a y de La Boca, en donde trabajaba como jornalero, caminando para ahorrarse el tranvía. Su madre lavaba para afuera. Él ya de muy chico empezó con las changuitas, casi sin darse cuenta. Como mandadero del carnicero de la cuadra, llevaba a su casa algún churrasco de vez en cuando. Y por las noches acompañaba a su hermano un poco mayor, que cantaba tangos por los bares mientras él pasaba la gorra.

Yo tuve un abuelo al que quise mucho, de origen calabrés, nacido en un pueblo pequeño que todavía hoy es un pueblo pequeño, a orillas del Paraná, y huérfano de madre desde los 8 años. El padre se mataba trabajando de sol a sol para criar a sus nueve hijos. No había demasiado tiempo ni para el amor, ni para la contención, ni para el apoyo escolar. Con uno de sus hermanos, a veces con dos, cargaban el trabuco naranjero con carozos y le tiraban a las copas de los árboles, luego de disponer una red atada entre dos o más troncos en el monte. Caían pajaritos que luego ellos vendían en la estación ferroviaria, para amenizar la polenta. Todos ellos no sólo resultaron gente de trabajo, sino que prosperaron con sus respectivos oficios y alcanzaron un módico pero aún hoy recordado reconocimiento, cada uno con lo suyo. Hace muy poquito falleció el último, el benjamín, y ya sus vidas parecen más cercanas a la leyenda que a la realidad. Sin embargo, todos fueron habitantes del mismo siglo en el que nací y viví la mayor parte de mi vida.



Hace un par de día, en La Plata, una banda de chicos de entre 7 y 9 años asaltó a una señora que atendía en un kiosco. No sólo la desvalijaron, sino que también la golpearon e insultaron. Al día siguiente (creo que fue anteayer) un chico de 8 años atacó a una joven que atendía en una pañalera de barrio, también en La Plata. La amenazó con un cuchillo, la golpeó sádicamente en la cara y la cabeza, y protestó porque ella no tenía en la caja billetes grandes. Sospechaba que le estaba mezquinando el botín, y eso lo cebaba para pegarle un poco más.

Hace un par de días también, unos marginales provenientes de la villa De La Cárcova (que no es un accidente geográfico, como suponen casi todos los burros periodistas, sino el apellido del pintor de Sin pan y sin trabajo) hicieron descarrilar un tren (hay quienes sostienen que el tren descarriló solo, por el mal estado de las vías, lo que no extrañaría considerando que el concesionario es TBA –ver el historial de TBA en materia de descarrilamientos por falta de mantenimiento y renovación de vías-; pero lo cierto es que es el cuarto descarrilamiento en un mes y medio, y sugestivamente, siempre en el mismo lugar), y saquearon uno de los contenedores que componían el convoy. El tren venía casi por completo cargado de golosinas. ¿Qué cosa gusta más a los pibes que las golosinas? Sin embargo, el único contenedor que saquearon traía autopartes.



El año pasado nomás, en la villa De La Cárcova se encontraron 250 carrocerías de autos robados.

La policía se tiroteó con algunos malvivientes que los recibieron a los tiros, para cubrir la operación de saqueo, y de resultas de ese enfrentamiento resultaron dos víctimas fatales. No se sabe aún si las víctimas estaban armadas y participaron del tiroteo, pero sí se sabe que estaban allí, en el desmadre colectivo. Sus familiares sostienen que estaban mirando, como quien mira un partido de fútbol. Por ahora debemos conformarnos con escuchar cada 10 minutos en la televisión que “quedaron atrapados en el fuego cruzado”.

Primeramente, la cantinela estúpidamente ideologizada insinuó que se trató de “la masacre de José León Suárez”, estableciendo un paralelismo de mal gusto con los fusilamientos de 1956 que describiera Rodolfo Walsh al año siguiente en Operación Masacre. Pero bueno, esta Argentina berreta de la Biblia y el calefón, y esas usinas de repetidores y comiqueros animosos del monopolio del discurso, nos tiene acostumbrados. Todavía recuerdo esos mosaicos de imágenes icónicas del “campo nacional y popular” en que convivían Ernesto Guevara con Eva Perón, Santucho con Juan Manuel de Rosas, Rosa Luxemburgo con el gaucho Martín Fierro...

Luego se comprobó, por un video que empezó a circular, que del lado de los asaltantes, hubo al menos tres que dispararon sus armas de fuego. También se aprecia claramente en ese video, que un pibe chiquito junta los casquillos que salen expulsados de la pistola de uno de los delincuentes al mismo tiempo que éste tira, para limpiar toda evidencia.

El 15 de diciembre del año pasado, escribí un artículo en el que hablaba claramente de la situación, de la mano de obra que los narcos emplean para crecer y desafiar al Estado. Ahora ya estamos escuchando, sin voces disonantes (lo que para este caso es todo un milagro), de los mismos habitantes de la villa, que se trata de una banda de narcos llamada “los transas”, que se dedican adicionalmente al robo de autos, su desarme y venta de autopartes, y que tienen a sus vecinos amenazados y coaccionados permanentemente.

En un mundo así, ya no hay lugar para changuitas. Ni para golosinas.


martes, 1 de febrero de 2011

De autopistas y caminos sin salida


Regreso al país del estraperlo.



Durante unos cuantos y necesarios días de restauración, estuve recuperando la esperanza en nuestra aquí discutible (o ya ni siquiera eso) capacidad de auto-organizarnos y gobernarnos, de generarnos las condiciones de bienestar, de unidad y de seguridad mínimamente dignas de la palabra civilización.

Debo aclarar que no me fui de la Argentina, no recalé en los parajes balsámicos primermundistas, aunque a veces parecía que no estaba en este país. El lector ya habrá adivinado, porque los testimonios de viajeros proliferan al respecto: Estuve veraneando en el Estado Libre Asociado de San Luis.

Ingresar por el sur de la Provincia, esperando empalmar, desde la RN 188 con una RP 55 estrecha y de doble mano, que discurre por "los llanos" (un inmenso desierto plano y despoblado) casi sin sentido (el tráfico principal se da por las RRNN 7 y 8), y encontrame en lugar de ello con una flamante autopista de factura impresionante, recién inaugurada, que hace 256 km entre Villa Mercedes y Arizona (nombre más que significativo para describir ese sur de San Luis), fue ya para mí una iluminación.

Autopista 55, Tramo 2 (Buena Esperanza - Nueva Galia), vista de uno de los puntos de retome.


Esperaba de antemano, naturalmente, transitar por las ya tan mentadas autopistas con alumbrado público, canteros con flores, forestación con paisajismo y monumentos embellecedores cada 5 km, una vez que empalmara con la RN 7 (que en San Luis, obviamente, también es autopista), para vincularme con todos los puntos turísticos principales de la Provincia: Potrero de los Funes, Estancia Grande, El Trapiche, La Punta, Villa de Merlo... Pero jamás me imaginé que el sistema vial puntano había alcanzado tal nivel de desarrollo, como para no ya aspirar a cubrir las necesidades presentes e inmediatas, sino como para ser vector de desarrollo a futuro, para fomentar el poblamiento y la inversión en zonas ahora poco habitadas, para bajar los costos logísticos de la producción agropecuaria sureña y hacerla más competitiva, para asegurar el crecimiento equitativo y la igualdad de oportunidades a todas las regiones del territorio.


La sorpresa fue mayor cuando, informándome un poco, me enteré de que la inversión total por esa obra ascendió a $ 512,6 millones, es decir, a $ 2 millones (US$ 0,5 millones) por kilómetro, una sexta y hasta una décima parte de lo que le sale al inoperante Estado Nacional hacer rutas, que encima inaugura muchas veces y nunca termina (de paso, hay que decir que, pese a la última inauguración, con clase magistral y engoladas manifestaciones de soberbia que hizo la presidenta de la Autopista Rosario - Córdoba en diciembre pasado, ésta sigue sin estar terminada, y hay que desviarse por Bell Ville, en un engorroso tramo de 35 km lleno de pozos, semáforos y camiones, pese a que DOS años atrás faltaban nada más que 60 km para su finalización).


También uno cae en la cuenta de que esa inversión representa más de un 6% del Producto Bruto Geográfico de la Provincia, y que anualmente se destina a ese tipo de obras casi un 10% del PBG. Sin embargo, ese volumen, que desde la cantinela envidiosa de los inútiles, puede ser tildado como derroche, no impide que el Estado provincial haya construido 55.000 viviendas, lo que implica que el 50% de la población sanluiseña vive en casas construidas por su Estado (las que son siempre pagadas, en cuotas dispuestas de acuerdo con los ingresos de sus habitantes), y que por ende no existan las villas miseria, ni los okupas. Como tampoco existe la desocupación, y ello se plasma en la ausencia de graffiti ensuciando los puentes y paredones, en la escrupulosa pintura de cada obra pública, en el cuidado del césped y los canteros de todos los espacios públicos, en la higiene urbana, etc. Tampoco le impide al Estado provincial hacer colosales monumentos, edificios, estadios, circuito internacional de Fórmula 1 con hospital de alta complejidad incluido, complejos de canchas de polo para el próximo mundial a desarrollarse en Estancia Grande este mismo año, aeropuertos internacionales, experimentación con vegetación resistente al fuego, o nutrida por hidrogel, energías alternativas, etc.



Saliendo de las taras impuestas, de esas "verdades" que de tan repetidas y machacadas nadie ya cuestiona en su origen, la evidencia es diametralmente opuesta a los perversos caminos de la resignación, avalados aquí tanto por el discurso oficial, como por el discurso opositor y el discurso mediático... por el discurso único: Siempre hay trabajo, nadie es descartable, siempre hay cosas por hacer.

La mejor excusa de los inútiles y de los venales homúnculos que conforman nuestro establishment radica siempre en una suerte de imposibilidad impuesta, superior, endógena e indomeñable. Una suerte de condena divina, o un acto macabro del colonialismo, o una falla estructural del sistema mundial, o la patraña que convenga al discurso... Siempre discurso, siempre cháchara, siempre incompetencia ornada de exquisita palabrería de intelectual universitario de café.

Bueno, en fin, me explayé demasiado. (Seguramente lo seguiré haciendo en otras entregas, más emparentadas con las crónicas de viaje, y por lo tanto más entretenidas).

Ahora, vuelto al fárrago siniestro de nuestra realidad (local, aunque ingenuamente pensemos que es global) de lobos y corderos, me encuentro con los temas calientes de siempre, que se empeñan en sacarme de cualquier burbuja de ilusión y en golpearme bien fuerte los dientes contra los muros de nuestro destino clausurado.

He debido hurgar bastante para hallar algo de novedoso e interesante en las columnas políticas de la blogósfera. Finalmente, he dado con un artículo de Desierto de Ideas, en el cual el autor aborda la cuestión de la edad de imputabilidad para el pibechorrismo asesino y descontrolado, que parece ser el latiguillo sobre el que se ha montado el gobernador bonaerense para pasarse este año electoral más o menos tranquilo, lamentándose para las cámaras de que los legisladores no le den pelota, y consolando a las viudas y los huérfanos cotidianos con (¿qué otra cosa puede ser?)... la imposibilidad impuesta, superior, endógena e indomeñable...

En fin, allí he dejado un comentario que aquí reproduzco, porque creo que permitirá algún módico debate acerca de una cuestión enorme, cada vez más grande, que creciendo y creciendo, al ignorarla, no demuestra en nosotros otra cosa que el tamaño de nuestra pequeñez. Aquí va:

1. Inimputabilidad de los menores.

Si consideramos al menor un inimputable, es decir, una persona incapaz de discernir y de dirigir su vida en consecuencia, y si encima a eso le adunamos una segunda condición de inimputabilidad, signada por circunstancias socio-vitales deterministas, no podemos luego abandonar el papel rector y director sobre el curso de la vida de ese menor. En otras palabras, si ese menor es poco menos que un idiota en términos de capacidad de dirigir su conducta, preso de circunstancias que no le son disponibles (edad, condición social, etc.), el problema y desafío para el Estado conduce a atender y apuntar a esas circunstancias.

Flaco favor se le hace al sentido común y al papel regulador social del Estado lavándose las manos, diciendo simplemente que delinque porque es chico y no comprende y devolviéndoselo a la familia que es parte del problema. El delito desnuda dos alternativas: a) O bien delinque por la familia que tiene, y entonces esa familia es responsable por lo que hace el polluelo (como lo considera desde siempre el Código Civil); o b) delinque pese a su familia, y entonces esa familia se demuestra automáticamente incapaz de contener y educar a su vástago.

Ambas situaciones conducen al mismo punto: la necesidad de sacar al menor del entorno nocivo y asumir su tutela con carácter responsable y eficiente, sea en granjas de tratamiento contra la drogadicción, sea enseñándole a trabajar en un medio rural no contaminado, mediante la imposición (recordemos que estamos ante un inimputable, o sea, de nada sirve su opinión al respecto porque no tiene voluntad valedera), o educándolo de prepo, en una férrea disciplina (acotación ídem la anterior).

Ésa sería la consecuencia buena leche de la aplicación del actual paradigma. A mí no me disgusta, pero a los gobernantes que se esconden en el "progresismo" de pacotilla careta y dañino para no hacer una mierda, parece que les alcanza con abrazar el postulado, pero no hacerse cargo de las impuestas consecuencias del mismo. El problema entonces, para variar, no es tanto ideológico como práctico. Una inimputabilidad como la legalmente consagrada transfiere la imputabilidad directamente al Órgano Administrativo, antes aun que al Judicial, ciertamente.

2. Imputabilidad de los menores.

La otra opción, ahora tan en boga, la de bajar la edad de imputabilidad, implica asumir que el menor es responsable por sus actos, y de inmediato institucionalizarlo en el sistema penitenciario actual. Pero ya no para aislarlo del entorno nocivo y buscarle uno nuevo mejor, educarlo y hacerlo trabajar de prepo, hacerse cargo de su destino en definitivas, sino tan sólo para "hacer la penitencia", que sabemos, actualmente es más bien un curso de posgrado acelerado en la carrera criminal.

Tal vez la solución, como siempre, tenga un poco de ambas cosas. Coincido en que hay pibes chorros tan manifiestamente podridos y sumergidos en la maldad que no pueden entrar ya en ningún esquema de esos que almibaran los sueños escapistas del progresismo, y a los que habrá que aislar definitivamente, mientras que hay muchos otros recuperables, si se hacen las cosas bien, con responsabilidad, disciplina y firmeza. Es decir, si se hace algo realmente efectivo, digno y serio, por incluirlos.

3. La paja, el trigo, el sentido común y la justicia pretoriana.

Pero para eso debe primar el sentido común y la responsabilidad individual de los funcionarios y magistrados (muy propensos a lavarse las manos, cobardes y omisos). Salir de las férreas y siempre arbitrarias estipulaciones legalistas, e ir hacia un sistema más pretoriano, que distinga las situaciones en virtud de cada caso particular, como en el Derecho anglosajón. Los romanos llamaban testis a los testigos porque para que su palabra fuera tenida en cuenta debían acreditar la pubertad. Es decir, ante el magistrado debían levantarse la toga y mostrar sus testículos (testis-culus, pequeños testigos: acreditan la virilidad, es decir, la adultez y la credibilidad del que testimonia). No ocurría eso a los 10, ni a los 12, ni a los 14. Ocurría cuando ocurría. Así de simple. Así es la naturaleza. Así somos cada uno de nosotros de diferentes, como diferentes son nuestras acciones, como diferentes deben ser sus consecuencias.



martes, 21 de diciembre de 2010

Centinela de lo que queda...



Reza la ley de creación de la Gendarmería Nacional (Nº 12.367, del 28 de julio de 1938), que la misión de ese cuerpo sería la de "contribuir decididamente a mantener la identidad nacional en áreas limítrofes, a preservar el territorio nacional y la intagibilidad del límite internacional".

La razón de ser de su creación estuvo vinculada a una necesidad pública: la de garantizar la seguridad de los colonos y pobladores de las regiones alejadas, lo que llevó a que el cuerpo se asentara en los territorios nacionales de entonces, como resguardo fronterizo.

Por esos tiempos, el Estado Nacional tenía una política migratoria. Tanto respecto de las migraciones internas como de las inmigraciones de ultramar y limítrofes. La consigna pretendía poblar el extenso territorio de la República, generar colonias agrícolas, fomentar el establecimiento, crecimiento y consolidación de nuevas ciudades, propender a la descentralización y distribución demográfica, y aprovechar el trabajo de los recién llegados para enriquecer las tierras que se les confiaban para su cultura.

Ayer debimos presenciar la reasignación de tareas a 6.000 gendarmes, que pasarán a reforzar al ya nutrido número que está patrullando en el Gran Buenos Aires, intentando dar un poco de seguridad a una tierra de nadie, asolada por la droga y la delincuencia violenta y sin códigos, con facilidades para la movilidad, una población aterrorizada y paralizada, y numerosos eficaces refugios en las siempre crecientes e impenetrables villas.


Ya en el pasado reciente asistimos a la conformación de un cordón de control de parte de los gendarmes sobre el complejo conocido como Fuerte Apache, y también a las agresiones de que fueron objeto de parte de los grupos de criminales que allí se aguantan, con balaceras todas las noches y el saldo de un gendarme muerto (29 Octubre 2008), y su presunto asesino, un delincuente de 18 años que integraba una de las 30 bandas armadas que habitan el complejo.

Cabo Omar Roberto Centeno, salteño, 28 años, casado, dos hijos (de un año y de un mes al momento de ser asesinado). Fuente: Gendarmería Nacional.

Que no hay voluntad de ir hasta el hueso es una situación demasiado conocida para todos, y toda una fracción de la sociedad que vive de negocios paralelos y clandestinos, como los talleres textiles, las ferias textiles, los desarmaderos de autos, las cocinas de drogas, los prostíbulos y la trata de esclavas, el juego, tanto el ilegal como el crecientemente legalizado, vehículo favorito del sistema para el blanqueo de dinero, etc., está demasiado imbricada en los intereses del poder (véase cómo se financian las campañas electorales de los actuales gobernantes, y los compromisos que condicionan las ulteriores gestiones), como para que nos quedemos seguros de que el estado de cosas delincuencial y marginal va a seguir su cáustico decurso a expensas de una sociedad desarmada y corderil, sitiada desde los hechos por la delincuencia y desde el discurso oficial por un lavado de cerebros machacón y perverso que conduce a la resignación y la auto-mortificación.

Los gendarmes reasignados tienen ahora una misión edulcorada y casi simbólica: la de generar una ilusión de control sobre un territorio cada día más perdido. En definitivas, la de establecerse sobre las nuevas fronteras. No hay ni intenciones ni determinación como para penetrar los territorios sustraídos del control estatal, y ello evidencia que la labor de la Gendarmería será la misma que primitivamente tenía en las zonas de frontera.

Origen de la foto: Aquí

De tal forma, creo que queda claro que lo único que aquí ha ocurrido es que las fronteras se han corrido. Un país indefenso, por el obrar destructivo de la misma ministra que ahora pasa a cumplir su propia e inconfesable misión de destrucción en el área de las fuerzas de seguridad, sin política migratoria y unilateralmente claudicante, que no aplica siquiera el más elemental principio de reciprocidad en el trato inmigratorio, sin política en ningún sentido en definitivas, ha cedido su soberanía (que no es otra cosa que el ejercicio efectivo de una potestad exclusiva y excluyente en el ámbito territorial) a un vacío que pronto va a ser llenado. Después de todo, ya empieza cualquiera a animarse, principiando, naturalmente, por las bandas armadas de los caciquejos militares que, desde la época de L'homme à cheval del genial Pierre Drieu La Rochelle, conforman ese complejo mosaico de warlords que es el Ejército Boliviano, y que comenzaron con sus incursiones clandestinas sobre nuestro Noroeste, cual fieles discípulos del más grande Mariscal Santa Cruz, y por qué no, de los Carabineros corre-mojones de nuestra peculiar guerra fría por los límites de los Andes del Sud, Laguna del Desierto y los Hielos Continentales en las décadas pasadas.



De tal forma, entiendo yo, la misión que he transcripto al principio continúa invariable. Lo que cambió, claramente, es el contexto político argentino, sumido en la más atroz declinación y claudicación, que en su expresión territorial, se plasma en esta nueva frontera, que enmarca un exiguo terruño, el hinterland saturado y contaminado de la ciudad de Buenos Aires.

Dos asuntos para dejar enunciados:

- La reversibilidad de la conflictividad social. Hobbes, que no era ningún sonso, ya había visto la cuestión hace 359 años: para segurar la paz interior es importante que los Estados tengan una clara política exterior, con objetivos y estrategia. Que se comporten entre sí como los Leviathanes que esencialmente son (mal que les pese a los pacifistas). La claudicación en la política exterior, o mejor aun, su lisa y llana ausencia, conduce a una reconducción de la conflictividad hacia el interior de las sociedades. Por eso es que gente más preclara manifestaba la necesidad para las naciones de tener empresas colectivas que superen las pequeñas diferencias de facción. En nuestro contexto contemporáneo, huelga decirlo, ahondar las diferencias de facción y fomentar la conflictividad interna son las formas perversas de realizar política que han signado toda la etapa. Lo difícil es la paz, lo difícil es la unidad. Lo fácil es atizar cualquier rencor, cualquier odio, cualquier resentimiento. Lo venimos presenciando.

Otras colonias como la que está en decidido rumbo de consolidarse la Argentina, de las que pueden mencionarse Panamá o Costa Rica, también han desarmado sus fuerzas armadas, considerándolas un gasto fútil, para conservar solamente fuerzas de seguridad y gendarmerías, que más allá de resultar expresión de la reversibilidad de los conflictos al interior de sus respectivas fronteras, terminan trabajando el doble o el triple que antes, enfrentando maras y narcos, afrontando el desafío de las nuevas fronteras interiores...

- Un poco de geopolítica. Todo el proceso de independencia de América, incluido el de América del Norte, estuvo marcado por la influencia de las diferentes ciudades sobre extensas áreas, que dieron lugar luego a la fragmentación en naciones. La independencia de las colonias americanas estuvo signada por intereses de las respectivas burguesías, o sea, intereses urbanos. La fuerza hegemónica de las grandes ciudades sobre sus territorios inmediatos determinó la conformación de las actuales repúblicas: el Virreinato de Nueva Granada, que Bolívar soñaba con mantener unido, se desmembró de acuerdo con las influencias respectivas de Caracas, Bogotá y Quito (esta última, luego sometida a una no siempre sana competencia interna con Guayaquil). Buenos Aires se expandió lo más que pudo, y aportó lo más grueso de las tropas al efecto, mientras que Asunción por ejemplo, pudo mantenerse independiente, sobre todo, a partir de Caseros y la entronización del proyecto unitario, que buscaba desprenderse de eventuales ciudades competidoras (a las que hay que incluir Montevideo, explícitamente excluida de las Provincias Unidas ya en 1813). San Pablo y Río de Janeiro representaron otro caso similar, cuya fragmentación pudo evitarse por la continuidad del poder imperial, y en épocas republicanas, por la solución intermedia, la creación de un tercero incluido, a la manera de Montreal y Toronto, de Sidney y Melbourne, etc.

En fin, el tránsito del Estado-nación hacia las ciudades-Estado ha sido pronosticado por diversos autores, de los cuales recuerdo a Robert Kaplan y su El retorno de la antigüedad. En ese proceso, no existiendo otras grandes ciudades que puedan ejercer influencia en el área que ocupa la Argentina, y asistiendo al claro proceso de detracción evidenciado, es probable que Buenos Aires y el país que encabeza pase todo a orbitar, en un futuro no muy lejano, de centros de poder más consolidados y eficaces. El que claramente surge con voluntad hegemónica sobre la región, y se manifiesta con creciente imperio (en el más puro sentido del término, véase El Imperio Romano de Pierre Grimal) sobre el Oriente boliviano, el Paraguay y el Uruguay, es el paulista. Aunque tampoco hay que despreciar la consolidación de Santiago, por ahora limitado naturalmente por la cordillera, y culturalmente, por cierto aislacionismo continental.

Dejemos los temas así planteados, y recordemos, una vez más, porque es demasiado explicativo, el texto de la ley de creación de la Gendarmería Nacional en cuanto hace a su misión y razón de ser:

"Contribuir decididamente a mantener la identidad nacional en áreas limítrofes, a preservar el territorio nacional y la intagibilidad del límite internacional"