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sábado, 13 de agosto de 2011

Barba Azul y las lecciones de Landrú


Juan Carlos Colombres, el humorista porteño más conocido como Landrú (seudónimo que remitía al "Barba Azul de Gambais", el célebre asesino serial de viudas pudientes francesas, que fue guillotinado el 25 de febrero de 1922, o sea 10 meses y 3 semanas antes del nacimiento de Colombres), se destaca por la elegancia y sobriedad de su humor, que cuando se centra en el empleo de terminología específica por segmentos etarios, o socioeconómicos, o profesionales, o políticos, recuerda el similar que Adolfo Bioy Casares evidenciara en su célebre Diccionario del Argentino Exquisito

Henri Désiré Landru (1869-1922)


Conscientes de la veda electoral y de sus alcances (proselitismo a favor o en contra de algún o algunos candidatos, o sus agrupaciones políticas o sus plataformas), aprovechamos estos días de sosiego para abordar cuestiones conexas con tan trascendente ejercicio de ciudadanía, sin que las mismas comporten el abordaje directo de nuestra actualidad.

Es por ello que en esta ocasión aprovecharemos una de las lecciones extractada de Las Clases Magistrales de Landrú (Ed. Merlin, Buenos Aires, 1972, pp. 55 y 56), que como surge de sus datos bibliográficos, procede de la época de Lanusse, muy alejada en todos sus términos de las actuales circunstancias, y por tanto, suponemos que desvinculada de las costumbres y características de los gobernantes de hoy en día.



¿QUIERE SER DEMAGOGO?

"Trate de conservar su dentadura perfecta, para enseñársela a la población cada vez que sonría (tres veces cada medio minuto).

"Sólo se pondrá muy serio para acusar a sus opositores de monstruos entreguistas.

"Para decir discursos no es indispensable que se acompañe con una guitarra. Pero si al pronunciarlos puede tocar como fondo musical el viril tema "Argentino hasta los tuétanos", el éxito será triple.

"Cada vez que se dirija a la población no olvide de anunciar un aumento general de sueldos de un ochenta por ciento.

"Búrlese siempre de sus opositores. Puede bautizarlos para dejarlos en ridículo con estos originalísimos calificativos: vendepatrias, contreras, gringos, argentinos a la violeta, traidores, mercenarios, antipatria, bribones, parásitos saprófitas, reptiles, renacuajos, insectos fósiles y orangutanes.

"Cada vez que hable al pueblo anuncie la creación de un nuevo feriado. Con esto aumentará su popularidad.

"Cada quince días dirija un mensaje en cadena por radio y TV. Recuerde que si deja de pedalear puede caerse de la bicicleta.

"Cuando en un discurso meche un chiste, no deje de acompañarlo con un simpático guiño.

"Si algo en su gobierno no anda bien, tenga a mano a alguien a quien echarle la culpa. No vaya a ser que alguno vaya a pensar que usted es el responsable.

"Una cuenta en un banco suizo es indispensable, pues nadie sabe lo que puede pasar."  


lunes, 8 de agosto de 2011

Un cucú en el nido del pueblo



Hace un tiempo atrás Relato del Presente (que hoy cumple 3 años, y aprovechamos esta ocasión para saludarlo y felicitarlo) publicó un artículo al que ilustró, entre otras, con una de esas curiosas fotos que enriquecen su archivo con pintoresquismo y mucha bizarría (en el sentido anglo-francés del término).

En la foto, jóvenes “militantes” de $ 40.000 per cápita al mes pagados por Juan Pueblo, junto a un variopinto espectro de personajes del elenco estable de Buenos Aires La Provincia, practican el gesto ridículamente gastado e hipócrita de la “V” de “Perón Vuelve” (justamente, la situación menos deseada por el inspirador del nombre de la agrupación juvenil, y la banda de imberbes que se había enquistado en la Administración pública a partir del 25 de mayo de 1973, a la que la vuelta del viejo líder de masas vino justamente a aguarles el asado).

Uno de ellos, llama particularmente la atención. Y ello así, porque luce una remera con la imagen del Brigadier General y General de Campaña de la Provincia de Buenos Aires, Restaurador de las Leyes y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Don Juan Manuel de Rosas.



A partir de Juan José Hernández Arregui, y su intento de amalgamar el socialismo revolucionario marxista (internacional) con el nacionalismo argentino aparece, en esa juventud católica acomodada y acomplejada de procedencia claramente gorila que luego sería el famoso entrismo en el peronismo (el de “Perón y Evita, la Patria socialista”), la revisión de la figura del Restaurador en la historia nacional, que en el nacionalismo ya contaba para entonces, principios de los ’70, con una erudita, documentada y lujosa trayectoria.

En efecto, la historiografía liberal que había literalmente borrado al “Tirano” de la historia, reescribiéndola a partir de Caseros, y sobre todo con Mitre, encontró en el socialismo y el comunismo y los demás partidos tradicionales que integraron el contubernio de la Década Infame, a fervorosos adherentes, que en común consolidaron una historia oficial que no admitía disenso.

Postulado el trío San Martín – Rosas – Perón por el peronismo, y anatematizado Perón como “el Tirano sangriento” luego de la Reacción Libertadura en 1955 (al punto que era obligatorio llamarlo así), el 16 de septiembre de 1955 pasó a ser el equivalente cíclico del 3 de febrero de 1852, y los golpistas a asimilarse a los federales traidores y los unitarios que acompañaron a los brasileros para la derrota nacional en los campos de Morón.

Resultaba el camino evidente para lubricar el proceso de entrismo en un movimiento popular que les era ajeno y a veces incomprensible, la sobreactuación del revisionismo histórico. Así, el término “montoneros” evocaba las montoneras federales que resistieron el proceso centralizador posterior a Pavón, y el empleo de la estrella federal (punzó de ocho puntas) pasó a ser parte de la iconografía obligatoria, en emblemas y grafitos de los grupos marxistas como las FAR.



Hoy día, en este proceso de caretismo e impostura, las consignas y los dibujitos se repiten sin reflexión y en la mayor ignorancia. Aunque, claro está, no falto de intencionalidad, ese método publicitario berreta sostenido en la apropiación de un revisionismo venerable, llevado adelante por grandes y serios historiadores que siempre han perseguido el objetivo exactamente opuesto al de los usurpadores, es decir, la unidad y la nación frente al sectarismo y la facción; a veces es digerido con notable dificultad y litros de Reliverán. Léase al respecto como botón de muestra, la reacción visceral y diarreica del pateta de Horacio González ante el reconocimiento oficial del Día de la Soberanía, en el Boletín Oficial/12 de ese entonces.

El pájaro cucú es el pata de lana de la naturaleza, por lo menos, en la ornitología. Él pone sus huevos en los nidos de otros pájaros, para que éstos los empollen y luego alimenten a los pichones. Para hacerlo impunemente, primero desplaza del nido la misma cantidad de huevos que los que va a depositar en reemplazo, porque los pájaros saben contar. Además, elige especies más pequeñas, de modo tal que cuando el pequeño cucú nace, al poco tiempo arroja para abajo a sus “hermanastros”, para concentrar todas las atenciones de sus involuntarios tutores, a veces de un tercio del tamaño del pichón vividor.

Así venimos alimentando con cantidades ingentes de recursos a los pichones cucúes que prepotentes demandan nuestro atencioso servicio. Pero, claro está, no podemos, más allá de soportar estoicos semejante afrenta, desconocer la evidencia de la impostura. Podemos ser cornudos (de hecho, en varias lenguas, como el francés, se hace mención al cucú cuando se alude a esa infortunada condición), pero no podemos permitirnos al menos manifestar que lo sabemos, y que no lo aceptamos. Si no lo sabemos a esta altura, además de cornudos somos estúpidos. Si lo sabemos y lo aceptamos, somos cornudos conscientes.

Todo pichón de cucú ignora o no comparte esos mismos emblemas, símbolos, epónimos y personalidades con los que disfraza su condición alógena. Con los que decora sus remeras, sus banderas, sus pintadas callejeras. Cuando decimos que “ignora o no comparte”, decimos que “si no ignorara no compartiría”, eso está claro.



Yendo a un aspecto más elemental del intrusaje, detengámonos un momento en el asunto de lo popular. Allí apreciamos una desviación tan enorme que está en el plano de lo antitético.

El concepto de lo popular de Rosas (un gobernante indudablemente popular), por ejemplo, está vinculado con una idea de excelencia, que parte del reconocimiento de las propias esencia, capacidad e historia del pueblo, para potenciar, a través de la organización y la disciplina, las mejores virtudes de ese pueblo.

El concepto de lo popular de estos improvisados populistas, parte de un desconocimiento elemental del pueblo al que pretenden subyugar y seducir a través de sobornos y dádivas, y que por tanto se transforma en una profundización de sus defectos. El camino facilista, que invariablemente potencia las tendencias entrópicas. Lo contrario del adagio peronista de “los hombres son buenos, pero si se los controla, son mejores”. Así entonces, serán “populares” la jarra loca, la promiscuidad irresponsable, la música apologética del delito, la vagancia, el escarnio del que trabaja y del que estudia (el “gil”), la subcultura tumbera, la subcultura villera, la subcultura inmigrante… todos aquellos fenómenos disgregantes del pueblo, a favor de la masa informe y caótica de gente desarraigada y sin destino.

Ilustremos esta reflexión, frente a las actuales lamentables circunstancias, en las que por ejemplo, sólo se puede censar en las villas durante la mañana porque es cuando los malandras duermen, y en que se fomenta deliberadamente la holganza, con las instrucciones para los capataces en el Reglamento de Estancias de Juan Manuel de Rosas de 1825:

“Los capataces de las haciendas deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador, no sirve por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos. Deben levantarse en verano, otoño y primavera un poco antes de venir el día, para tener tiempo de despertar su gente, hacer ensillar a todos y luego tomar su mate y estar listos para salir al campo, al aclarar. En invierno deben levantarse mucho antes del día, pero no saldrán al campo hasta que aclare bien. En aclarando bien, ya deben salir. Si niebla no saldrán hasta que se quite, y en el acto de irse quitando, ya saldrán. En tanto no se quita la niebla, los entretendrán a los peones en lo que haya que hacer en las casas, si es que hay, y si no, les harán reparar las huascas y defectos que tengan sus recados”.



Y ya que hablamos de entropía, enunciaremos brevemente el otro equívoco basal: El que parte de confundir Justicia Social con Igualdad, grave equívoco lamentablemente muy difundido por nuestra creciente incultura política. Para tantos “Mordisquitos” que ofician de pichones de cucúes, vayan entonces estos versos de un cabal peronista, que había entendido y expresado claramente esa esencial diferencia y ese recelo para con la igualdad entrópica, y que consta en el que fuera durante décadas el Himno Social Argentino:

Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor...

Ignorante, sabio o chorro,

generoso o estafador.

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro

que un gran profesor!

No hay aplazaos

ni escalafón,

los inmorales

nos han igualao.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura,

colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!

Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1934.







viernes, 17 de diciembre de 2010

De abuelos, bisabuelos, tatarabuelos...

"Mateando al sol", foto de Gustavo Depaoli


El mito del progreso nos permite escapar hacia adelante. Recuerdo todavía el largo chiste del chaqueño Landriscina en que un turista norteamericano, con espíritu emprendedor, aborda a un colla que está durmiendo bajo un árbol a la vera de un huellón de tierra en el Norte argentino, mientras pastan sus cabras entre los yuyos duros, y sin comprender su pachorra, le propone vender algunas cabras, con el producido comprar una camioneta, luego una granja, producir carne de cabra congelada para exportación, productos lácteos de cabra para colocar como delicatessen en diversas ciudades, etc. Y el colla a cada nuevo progreso productivo le pregunta: "y para qué". Y al final de la larga perorata, que lo coloca en el sitial de un poderoso empresario, el yanqui le dice: "porque así usted podrá finalmente dedicarse a descansar", a lo que el otro responde: "¿y qué estoy haciendo?".

Algo parecido ocurre con los mitos de la modernidad. Mientras que los griegos comprendieron nuestra tragedia como humanos, seres dotados de la increíble bendición de la previsión, de la capacidad de anticiparse (que los científicos coinciden en que es el rasgo humano distintivo), que paralelamente -como es natural- es una maldición, la de ser los únicos seres de la existencia que conocemos el final de la película, que sabemos que nuestro destino es la muerte, que la vida es una permanente y segura derrota, y que en esa lucha con final trágico inevitable, en la forma en que se lleva adelante, en la dignidad con que se batalla para perder con estilo, está la clave de todas las cosas (y sólo así uno se explica la gesta de las Termópilas, por ejemplo); los modernos prefieren hacer de cuenta que la muerte no existe, o que ella es evitable y se conjura con el progreso.

Ya desde Condorcet, en los albores del pensamiento moderno, nuestra utopía verdadera, sincera y última pasó a ser la de suprimir la muerte, en sucesivos avances que siempre son postergaciones: la idea de que progresivamente vamos a vivir más, hasta llegar a una instancia en que seremos eternos... De todo esto ya he hablado (cliquear) en otra parte (cliquear), así que no me extenderé.

La confianza ciega en nuestras propias capacidades (y sobre todo, en nuestras reales posibilidades) ha llevado a sostener el mito del progreso. La idea de que cualquier cosa es solucionable, y de que absolutamente todos los detalles que componen nuestra circunstancia están sometidos a la ley de la causa y el efecto. Eso por otro lado conlleva a una nueva obligación ineludible y apremiante: debemos estar híper informados. Debemos conocer todas las causas para potenciar o conjurar los efectos.

Ningún deicidio es gratuito. Es más: suele tener consecuencias catastróficas para cualquier civilización. Los romanos lo pagaron con su desaparición de la faz de la Tierra, y el único que se demostró auténticamente preocupado por nuestro destino cuando el Dios-que-ha-muerto ya empezaba a despedir mal olor, fue Nietzsche.

La secularización que plantea nuestra modernidad compendia los peores males del dogmatismo monoteísta, que la liturgia y los sucesivos parches doctrinales eclesiásticos habían aplacado, a la par que laiciza conceptos escatológicos y soteriológicos. Los últimos, a través de la redención grupal materializada en condiciones de bienestar y confort. Los primeros, implicando el establecimiento de un sistema de castigos y merecimientos. Si la vida después de la vida se diluyó como esperanza con la muerte de Dios, la redención individual se da en la "vida más larga". El que se muere es porque se lo merece, porque pecó. "¿Sabés que Fulano tuvo un ACV?" "Y claro, también con la vida que llevaba..."

Seres súper-informados, cuidándose obsesivamente de pecar, a cada paso, viviendo con una constante presión, un desvelo casi histérico, su vida y la de los suyos. Miles de análisis, de diagnósticos, informaciones nutricionales, vitaminas (pero sin abusar), hipocondrías...

Yo digo, aunque es probable que me equivoque (igual, no más ni menos que otros oráculos mediáticamente sostenidos), que la generación más longeva es y será la que se está muriendo ahora. Los abuelos octogenarios, las abuelas nonagenarias. Aquéllos que nacieron en la primera y segunda décadas del siglo XX, tal vez en la tercera. Antes de la urbanización masiva, de la mecanización total, de las ciudades del automóvil, de los cálculos impositivos, de la bancarización, de los plásticos y la vida apurada. Aquéllos que se pelaban las rodillas jugando en calles de tierra, que no echaban llave a la puerta de calle, que tomaban mate en la vereda, y conocían a todos sus vecinos. Que no tenían miedo a todo, recelo, desconfianza, pánico, terror. Ellos disfrutaron de las bondades de un gran salto en la medicina. De los antibióticos, los rayos X, la salud pública y los protocolos antisépticos. Pero antes del colesterol, los oligominerales, los radicales libres, la dieta macrobiótica, los alimentos transgénicos, la masificación de los productos, los supermercados...

A continuación, les presento una canción de unos quebecoises brillantes, Mes Aïeux, que grafica perturbadoramente las consecuencias del mito del progreso. Que la disfruten.




"Es el espectáculo y la compañía de las cosas vivientes en nuestra infancia lo que nos predispone a gozar de la vida, mientras que unas calles antipáticas, cuyo único atractivo son los escaparates comerciales, predisponen a concentrar la atención en el poder de compra, predisposición que postula, como su complemento natural, una educación orientada hacia las condiciones de adquisición del poder de compra: entonces la mejor educación será aquella que permita comenzar con los salarios más elevados, con las mejores perspectivas de hacer carrera. Los placeres ofrecidos por la naturaleza son gratuitos, y en la existencia rural no había necesidad de preservar «espacios verdes» constantemente amenazados por usos del suelo más rentables. También eran gratuitos, en la existencia urbana los placeres de la calle, en tanto podía ser lugar de conversaciones, barridas ahora por el rodar y el trepidar de los automóviles. Son éstas unas pérdidas cuyo índice de crecimiento no puede, al ser índice de desarrollo, llevar signo negativo", y "vienen a acentuar la desigualdad, pierden placeres que estaban al alcance del pobre (...) y posiblemente, de estos placeres los pobres sabían disfrutar mejor que los ricos".

Bertrand de Jouvenel, La civilización de la potencia.

jueves, 14 de octubre de 2010

"Peor es trabajar"



Escultura Canto al Trabajo (Paseo Colón e Independencia), de Rogelio Yrurtia. 14 personas arrastrando una pesada roca. Simboliza que la unión y el esfuerzo en el trabajo son capaces de superar las mayores dificultades.



A fines de los '80, principios de los '90, estaban los grasas que iban a las bailantas a escuchar las cumbias melódicas de ese entonces, y que conformaban un mundo periférico todavía muy plural. Cuando me refiero a pluralidad, hablo de la pluralidad etaria. En los galpones de un club de barrio, con una iluminación de bombitas de colores, que pronto fue dejando lugar a "efectos" un poco más jugados, como la bola de espejos, se sorteaba un Fitito '73 con la entrada y se tomaba mucha cerveza en vasos de plástico, en torno a mesas de plástico, mientras la monada mostraba su plasticidad para el baile y la franela en la pista. A esos bailongos iba toda la familia: la mamá gorda, el papá cansado, las nenas pintarrajeadas en minifaldas o pantalones blancos, y también los precoces nietitos, regalos tempranos de algunas de las nenas para que la mamá gorda renovara su vocación de mamá gorda por una generación más. A veces, si no había con quién dejarla, también se sumaba la abuela con su vestido floreado y su imponente y exánime busto... tan imponente como el de Lía Crucet, que hacía las delicias de chicos y grandes. Los chicos, evocando su reciente idílica etapa de mamíferos, los más grandes, soñando con flotar entre esas nubes de blandura sudorosa. Todo el bailongo, puliendo las baldosas negras de la cancha de básquet y de handball, reproducía una sana escena de casorio y de cumpleaños de 15, con éxitos innumerables de las 9 docenas de discos de los Wawancó y los Palmeras. Gente de trabajo, de trabajos pesados, o sucios, ingratos, de trabajos de mierda, con diversiones al alcance de su billetera, pero también al alcance de sus pretensiones, módicas y sencillas.


Entonces se empezaron a diferenciar los bailes, aunque en el interior eso llegó más tarde. Ya la vieja no acompañaba a sus hijas, y los jóvenes se congregaban en algunos clubes de barrio, mientras los viejos (los "treintones", los "cuarentones", como se les decía por entonces a los cincuentones y los sesentones) iban a otros clubes de barrio.


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los chetos. Ésos iban a los boliches de calidad, que a las infaltables bolas de espejos sumaban la infalible luz negra en los lentos, los flashes que nos hacían ver a todos como en una secuencia de movimiento-cuadro-por-cuadro, las barredoras y otros artilugios giratorios parecidos a platos voladores. La pista, en un boliche bueno, siempre tenía que estar bien diferenciada del resto del piso, generalmente en desnivel, y por supuesto, se desaconsejaba que hubiera mesas, las que eran reemplazadas por sillones bajos propicios para el manoseo clandestino, cuya zona de emplazamiento se conocía como "reservados" (y que luego se propagó a la jerga cabaretera, aunque con un sentido más comercial -DRAE, XXIIª ed., 7ª acepción). Allí los chetos escuchaban la música de moda, y con intensa devoción y apasionamiento pasaban de ser fans de Depeche Mode a fans de Guns & Roses, a fans de Bob Marley, de Soda Stéreo, de Charly García, de los Redondos o de Los Pericos. Con la altísima volatilidad de las modas pasajeras, las habitaciones se transformaban en inmensas bateas de variadísimos géneros, con un solo disco por grupo, gastado durante un año a lo más, para no volverlo luego a escuchar en la puta vida, generalmente Greatest Hits o el que pegó en la radio. Los chetos se uniformaban: con la chomba Lacoste (fundamental el cocodrilo, si no, mejor que ni te pusieras una chomba), con los cardigans, con el suéter al cuello, con los zapatitos náuticos, con el jean de marca... cuando llegó el grunge, con camisa a cuadros escoceses, etc., etc. Claro, para estar al día, era muy difícil ver entre éstos a pibes laburantes. Eran todos estudiantes, hijos de papis que podían mantenerles tan exigente handicap.


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los rolingas, una subcultura levemente marginal del conurbano y de los barrios de zona Sudoeste de la Capital, proveniente de gente de clase media y clase media baja, en general trabajadora, que recalaba en los lugares de rock, de Flores o de Bánfield. Por ese entonces casi todos llevaban el pelo largo, usaban camperas de jean llenas de prendedores y la inflatable tuquera colgada al cuello entre numerosos talismanes y el pañuelo grasoso. Fundamentales eran el porro y la birra, y también saber bailar rocanrol. Musicalmente eran definitivamente clásicos, reactivos a cualquier innovación y mucho más al empleo de tecnología o implementos que suplieran al clásico voz-guitarra-batería y bajo (que sólo admitía los "caños" en ocasiones). Salirse cuatro milímetros de un canon musical cuadradito y con canciones clonadas era "venderse", y en esa consideración no importaba la certeza de que los admirados Rolling Stones no eran más que una gigantesca máquina de producir dinero, sin pruritos para adaptarse a las contingencias de las modas para mantenerse en el candelero. Siendo una subcultura juvenil, sus exponentes eran trabajadores de mayor precariedad, generalmente lanzados al sector servicios (cadetes, mozos, comerciantes de almacén o de kiosco) o al sector industrial (aprendices en imprentas, en textiles, en talleres mecánicos).


A fines de los '80 y principios de los '90 también estaban los punks, los metaleros, y toda una movida más pesada y marginal, por la que sin embargo comenzaban a colarse los nuevos sonidos de la música alternativa. De lo más pesado y más marginal, destacaban los punks de cresta y los skinheads, todos del conurbano (aunque también había skinheads chetos de Belgrano, pero no ahondemos en las excepciones, porque nos distraeríamos del objeto principal), antisociales, quilomberos, destructores y agresivos, enfundados en pantalones chupines y borcegos de punta de acero, para hacer daño, para bancarse un pogo sanguinario y acercarse en medio de una maraña de empujones, trompadas y patadas al escenario para escupir bien en la jeta del cantante idolatrado. Los nombres de las bandas ya eran de por sí bastante explícitos: Rigidez Cadavérica, Conmoción Cerebral, División Autista, Meada Corrosiva, Flema, H.D.P. Y las letras también eran corrosivas, vinculadas al descontrol, al caos, y también a una pulsión de muerte o a imágenes de terror muchas veces divertidas, como puede verse en El Féretro o en Abre la Celda de Todos Tus Muertos, o en Cáncer de Flema: "Cuando ya se te va la vida / entrás en un sanatorio con ganas de morirte / sangran tu nariz y tu boca / provocan mucho asco / te dejan para la autopsia. / Cáncer, quiero, quiero cáncer / tengo, tengo cáncer / voy a morir de cáncer". Todos, unánime y enfáticamente, cantaban contra la policía, inspirados desde afuera por The Clash o por The Exploited y sus Cop Cars, o incluso por Titas y su Polícia (para quem precisa). Así Comando Suicida con Yuta, o Todos Tus Muertos con Gente que No, o los Defensa y Justicia de Varela con Ratis... y nos detendremos en esa pieza musical, porque es sugestiva para lo que exponemos: "Me levanto a la mañana, me voy a trabajar / jornada de trabajo, caos laboral / el sol calienta los cerebros y encima hay que aguantar / que vengan los ratis, a molestar. / ¡Allá vienen los ratis!".


Esa misma banda, abordando otro de los temas predilectos del palo, cual es la cultura cabaretera (como también Comando Suicida con Cabaret del Suburbio), cantaba en Fucky-Fucky: "Salimos del trabajo a las tres de la tarde / veintiocho grados de calor / tomamos cerveza en el camino / y nos vamos todos a la Isla Maciel".

Todos los grupos subculturales en que se dividía el divertimento nocturno (y también el diurno) tenían como rasgo común el de odiar a los chetos (aunque no por ello dejaban de odiarse entre ellos, ciertamente, y cuanto más afines, cuanto mayor la posibilidad de coincidir en el mismo espacio, como pasaba con punks y skinheads y trashers, eso era más marcado). La cuestión radicaba en que los chetos eran los mantenidos, los que no tenían que trabajar, como lo expresa Comando Suicida (skinheads) en Grito Proletario:

[Preámbulo relatado]
"Sonó el despertador.. ya son las 7.. afuera llueve y hace frío.. hoy no quiero ir a trabajar... pero si no voy.. no como. Mientras tanto yo sé que, mientras yo estoy entre esa lluvia y ese frío trabajando, muchos otros están en sus casas, con la mucama sirviendo el té, la hermana en la universidad con sus pensamientos psicobolches, el padre demoliberal burgués. Somos sus esclavos, nos explotan los que nunca trabajaron, los delincuentes de guante blanco, para ellos somos asesinos... somos basura... y nuestro único pecado es haber nacido pobres..."

[Canción]
"Estás todo el día, sentando en el bar
Por que sos un burgués y no trabajás

Te gastás todo el dinero que te da papá
Cerdo capitalista, qué asco que me das

"Puto mantenido Oi Oi Oi


"Miles de chicos tenemos que trabajar
Porque no somos de tu clase social

Vos sos un enfermo nene de mamá
Que estás todo el día sentado en el bar


"Cobarde mantenido Oi Oi Oi

"Yo no soy como vos yo no soy como vos

"Vos no tenés aguante
Vos sos un burgués vigilante".


La cisura entre los chetos y los demás se producía por el elemento trabajo. El joven que trabajaba no era cheto, era auténtico, era confiable, tenía códigos, se mantenía dentro de una lógica productiva; mientras que el que no trabajaba, era un mantenido, un indolente, un parásito, un burgués. No había posibilidad de negociación alguna entre los grupos sociales compelidos al trabajo (y trabajo era una palabra con una acepción predominantemente manual, física, y siempre asalariada), y aquellos otros con una posición económica más acomodada, que estudiaban sin trabajar, o que trabajaban de camisa y corbata de aprendices en un estudio, por ejemplo. Las especulaciones de los universitarios marxistas, tan preocupados por la condición de los proletarios, en largas discusiones de café, o en "comprometidas" manifestaciones en las calles de Barrio Norte, exasperaban, irritaban a los que trabajaban "de verdad".

Café de debate universitario-socialista.


Esa hermandad del trabajo era asimismo la que superaba las fuertes disensiones entre los subgrupos restantes, a través de un código de respeto. Recuerdo una vez, en la entonces Radio Alfa (106.9), periférica y marginal, en un horario encima más marginal aún, como a las 3 de la mañana, un reportaje al rústico cantante del grupo punk-cresta (hardcore-punk) de Aborto. El tema giraba en torno a la inminente visita a Buenos Aires, Federación Argentina de Box, del grupo británico GBH (ocasión en que la "cresta caravana" hizo estragos, dejando docenas de autos estacionados destruidos). Pero como suele suceder en toda conversación, abarcó otro tipo de asuntos, y terminó desembocando en la conocida "pica" entre los punks y los skinheads, y por supuesto, sufrió la defenestración de los segundos en la opinión del entrevistador, personificados en Comando Suicida. El cantante de Aborto entonces se sintió obligado a efectuar una salvedad, manifestando que a él le constaba que los pibes de Comando "trabajan", que son laburantes de verdad, que él lo había visto a Sergito varias veces en Tigre bien temprano llevando cajones de verduras...



Cuándo y por qué llegamos del "Barrio Obrero-Valentín Alsina" de 2 Minutos a la exaltación de la marginalidad delincuente como nuevo patrimonio subcultural, en el fenómeno de la cumbia villera y del hip hop villero, pero también en el del rock barrial, es una incógnita para mí, que sólo puede encontrar como punta de respuesta una modificación en el mensaje general de la cultura de consenso. Porque las únicas contraculturas que conozco son las realmente autónomas, por soberanía o por aislamiento (como los Amish de La Pampa). Pero las subculturas, como lo dice el prefijo, son subproductos de la cultura general o dominante. Subproductos adaptados a las necesidades o códigos de los grupos sociales, pero siempre funcionales a la cultura dominante, en cuanto se insertan e interactúan con ella.

Una pauta que permite identificar el patrón subcultural, ya la ha anticipado Edwin Sutherland con su teoría de las asociaciones diferenciales, particularmente, a partir de las técnicas de neutralización, que no son más que un esquema moral normativo paralelo de justificación de las conductas delictivas: la sociedad tiene la culpa, robo porque lo necesito, porque necesito algo más que el que lo posee, lo lastimo porque se lo merece, porque es un parásito, porque es rico... robo porque no hay trabajo, porque los trabajos que hay son una mierda, porque no soy un gil.

El trabajador pasó de ser un exponente de una suerte de nueva aristocracia protagonista de la Historia, austera, fuerte y respetable, como la había prefigurado Ernst Jünger, a ser un gil.

Proyecto de Monumento al Trabajador, 1951 (140 metros de altura). Luego del golpe de 1955, se lo descartó, y fue retomado en el gobierno de Isabel Perón, en el mismo lugar, como Altar de la Patria (también fallido).



Y como las subculturas desarrollan sus técnicas de neutralización de forma paralela, y no contradictoria, con el mensaje de la sociedad de consenso, resulta evidente que, también para ella, el trabajador resulta evidentemente un gil. Y en eso tiene mucho que ver la clase política con su actitud paternalista y de superioridad. Una clase política que les toca las cabezas cuando baja al conurbano para un acto en que graciosamente les regala unas casas de mierda, ubicadas en una zona de mierda, en calles de barro y abandono, bien lejos de sus mansiones y hábitos fastuosos de consumo (que además ni siquiera se preocupa en ocultar, sino que por el contrario exhibe como trofeos de conquista), para que viajen luego en unos trenes vergonzosos o en remises de la Edad Media, a romperse el lomo por un dinero que día a día vale menos.


Es sencillo: La clase política le ha perdido el respeto al trabajo, y por ende, al trabajador, al que considera un inferior, un pobre boludo que sólo sirve para votar cada dos años. Al que hay que acariciarle la cabeza, y darle un hueso de vez en cuando para que no joda y siga fiel moviedo la colita. En cambio el delincuente, si no es respetado, al menos es temido, lo que en sentido práctico, como diría el personaje de Chazz Palmintieri en Una Luz en el Infierno, incluso es preferible.

Y encima, ese delincuente es justificado, por un contradictorio mensaje emanado desde el poder, que mientras miente y miente abrumando de datos dibujados que hablan de un crecimiento chino y de una pobreza reducida a la insignificancia, argumenta la delincuentización social (que ya no es un fenómeno marginal sino general, en muchos lugares preponderante, y que implica que incluso el que trabaja está muchas veces al límite del descuidismo, de la estafa o del abuso de confianza) en carencias económicas, en la falta de oportunidades, en definitiva, en la necesidad; cuando resulta que claramente, hoy día en la Argentina, la delincuencia no es una necesidad, sino una preferencia, nacida de la más absoluta racionalidad.



lunes, 20 de septiembre de 2010

Dícelo tú

A pedido de un lector...

jueves, 16 de septiembre de 2010

Dicitencello Vuje

Esta canción napolitana me rondó la cabeza días atrás. La cabeza, coctelera de recuerdos, de sentimientos y de estímulos, generadora de imaginaciones, a veces es un reproductor de música muy perfecto y tenaz, hasta indulgente con los olvidos y las abominables adaptaciones de la fonética.

Los que tienen -tenemos- algunos añitos de más, y también algo de trajín urbano, podemos llegar a atesorar un ejemplar en cassette de los 1.000 que editó Sumo de Corpiños en la Madrugada - edición original (que por imperdonable capricho luego fue reeditado suprimiendo esa joya, titulada en castellano Dícelo Tú), o más probablemente, alguna copia pirata en TDK A-60 ó D-90, de ésas que uno conseguía revolviendo cajas de zapatos en alguna vereda.

Entonces lo podíamos escuchar a Luca Prodan, con su melancolía de inmigrante sin retorno, acompañado solamente por su guitarra y en una toma de aire, arrancar con "viva l'Italia"...

Como después de todo, en Corral de Lobos, somos hijos todos de Luperca, la madre de Roma, y Luca era romano (o sea, era un hermano), acá va, en versión de Mina, una pizca de nostalgia para vuestras propias cocteleras. Espero que la disfruten:



Autores: Fusco-Falvo

Letra:

Dicitencello a 'sta cumpagna vosta
ch'aggio perduto 'o suonno e 'a fantasia...
ch''a penzo sempe,
ch'è tutt''a vita mia...
I' nce 'o vvulesse dicere,
ma nun ce 'o ssaccio dí...

'A voglio bene...
'A voglio bene assaje!
Dicitencello vuje
ca nun mm''a scordo maje.
E' na passione,
cchiù forte 'e na catena,
ca mme turmenta ll'anema...
e nun mme fa campá!...

Dicitencello ch'è na rosa 'e maggio,
ch'è assaje cchiù bella 'e na jurnata 'e sole...
Da 'a vocca soja,
cchiù fresca d''e vviole,
i' giá vulesse sèntere
ch'è 'nnammurata 'e me!

'A voglio bene...
..........................

Na lácrema lucente v'è caduta...
dicíteme nu poco: a che penzate?!
Cu st'uocchie doce,
vuje sola mme guardate...
Levámmoce 'sta maschera,
dicimmo 'a veritá...

Te voglio bene...
Te voglio bene assaje...
Si' tu chesta catena
ca nun se spezza maje!
Suonno gentile,
suspiro mio carnale...
Te cerco comm'a ll'aria:
Te voglio pe' campá!...