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miércoles, 3 de septiembre de 2014

King Friendly

No. No está relacionado con su condición de país avanzado en su legislación igualitaria, en la dilusión de las figuras jurídicas tradicionales para la ampliación de derechos de algunos colectivos. No está relacionado con su nueva condición de meca del turismo friendly, de la hotelería friendly, de la noche friendly o del Registro Civil friendly que anda casando igualitarios ejemplares eslavos poco caros a los afectos de Putin (lo que de por sí ya es gracioso).

No está relacionado con la bandera del arco iris que ahora ondea en los aleros de hoteles, bares o restaurantes, o en raves y fiestas masivas; y que ha obligado a que el neo-indigenismo deba adoptar la huipala (en su versión más anglófila, escríbase "wiphala") más compleja de los 49 cuadraditos, adoptada en 1945 por el Primer Congreso Indigenal Boliviano (liderado por Monrroy Block, Lanza Ordóñez y Velasco), de la etiqueta de la bebida "Champancola" inventada por los italianos Salvietti y Bruzzone. (Ante la dificultad para su confección, posteriormente se había optado por simplificarla en barras horizontales con los 7 colores del arco iris -añadiendo el blanco al medio y eliminando el añil-, pero luego, para diferenciarse de la insignia LGBTT, volvió al esquema de los cuadritos).

Nos referimos al Rey de los Amistosos. El que manda en las estadísticas cuando los contendientes se olvidaron los porotos y se ponen a jugar para pasar el rato, para cobrar unos buenos mangos en derechos de televisación y para probar jugadores, o desempolvar viejos esquemas tácticos que ni borrachos usarían en partidos en serio.



Otra cosa, claro, es cuando se juega por los puntos. Allí la presión reduce el tamaño del arco rival, los nervios traicionan, la cabeza (esa bendita aliada para el concepto, pero maldita boicoteadora para la espontaneidad y la resolución decidida) pone dudas entre el ejecutor y su objetivo... Allí vuelve a ser patente ese latiguillo europeo que dice que "En el fútbol puede ganar cualquiera, pero siempre ganan los alemanes".


 
  

 

viernes, 29 de julio de 2011

Tres ejemplos

Intencionalidades, equívocos, tergiversaciones y prostitución semántica, forman parte de nuestro sistema de pensamiento colectivo. En un país y un momento especialmente afines al “relato”, a la forma de contar las cosas, a la forma de calificar los hechos, vayan en esta ocasión tres casos bastante difundidos, y que merecen una sucinta reflexión:


1) Sensación de inseguridad.

Cuando se habla de “sensación de inseguridad”, más allá de la inescrupulosa sugerencia que formula el inventor de la frase, inmoral si se tiene en cuenta que el causante ha sido el encargado de velar por la seguridad ciudadana por tantos y tantos años, en realidad no se está diciendo otra cosa que “inseguridad”. En efecto, esa construcción semántica, que no es más que otra evidencia de la promiscuidad de palabras que inunda el universo del discurso, no tiene significado alguno disímil de aquél que pretende enervar. “Sensación de inseguridad”, por más que pretenda emplearse como herramienta efectista para rebatir “inseguridad”, es simplemente, su confirmación.

La inseguridad no es otra cosa que la falta de seguridad. La seguridad, para el idioma castellano, es la certeza. Para que haya inseguridad no tiene que estar presente una situación de anarquía y guerra civil como en Bagdad o en Trípoli. Alcanza nomás con que el ser humano tenga incertidumbre acerca de su destino inmediato, por más que tome todo los recaudos normales y habituales y respete las normas convencionales. Es decir, si el ciudadano, aun cuando cierra la puerta de calle, o pone alarma al auto, o evita circular por un callejón oscuro en madrugada, o evita los descuidos sobre sus objetos personales, igualmente vive con miedo, es porque ese ciudadano se siente inseguro. Se trata de una percepción, y como tal, está vinculada con la subjetividad. Ahora bien, una percepción generalizada, en todo caso estará vinculada con una subjetividad también general, lo que en las sociedades modernas constituye un estado de situación colectivo, y por tanto, un criterio de verdad en términos sociológicos.

Si una familia iba con el auto los fines de semana a visitar a sus parientes del conurbano, y estacionaba por la mañana y se retiraba a la tardecita, luego de una demorada despedida en la vereda; y luego ocurre a dos cuadras un homicidio con ocasión de robo de automotor, y a la semana siguiente, un secuestro exprés cruzando un vehículo a otro que venía circulando, y días después un tiroteo cuando la policía intenta liberar a un rehén, con ejecución del rehén incluida, todo en el mismo barrio que se acostumbraba visitar, y entonces la familia decide primero no ir más con el auto, y finalmente, espaciar las visitas, porque tampoco es demasiado seguro movilizarse en dos colectivos o en tren y en colectivo, es porque esa familia se siente insegura, por más que pudiera tener la suerte de haberse salvado personalmente hasta el momento de un crimen trágico.

No hace falta falsear estadísticas (que de por sí son esencialmente falsas, desde que la capacidad de aprehender la realidad desde los sistemas de control social formal –estadísticamente incluso- nunca excede del 10% de la realidad en sí misma). No hace falta ejemplificar con ampulosas razzias y operativos. La inseguridad es un hecho social, y como tal, su erradicación un desafío terriblemente arduo, que exige constancia, orden, paciencia y presencia. Y sobre todo, decisión y abandono del efectismo, del electoralismo y de la demagogia. Demasiado. Sobre todo, cuando siempre es más fácil destruir que construir, y un solo hecho violento puede destruir todo el proceso de generación de confianza que se hubo llevado adelante.

Para ello, en el entendimiento íntimo de que la bota de potro no es para cualquiera, y que “cualquiera” preferirá evitar los sabañones, los callos, el pie de trinchera o las piedritas, parece que es más sencillo decirle a la sociedad que está equivocada, que no está insegura sino que se siente insegura, cuando en realidad, como explicamos, se trata exactamente de lo mismo.

Estar enamorado y sentirse enamorado conducen generalmente a cometer los mismos gratificantes errores, o bien por abstenerse, a afrontar las mismas ingratas frustraciones. Estar con miedo y sentirse con miedo nos hace correr bien rápido y sin mirar hacia atrás, evitando perder el tiempo, sobre todo, en disquisiciones inoperantes, propias de quien tiene tiempo, dinero, posición y seguridad suficiente como para no estar ni sentir…


2) Fútbol federal.

Hablar de la necesidad de hacer federal el fútbol aparece como un argumento válido para sostener la decisión de hacer un campeonato con 40 equipos, y en términos generales, mediocrizar aún más la calidad de la competencia. Como ocurriría (y mejor no dar ideas), si al Ministerio de Educación se le ocurriere fusionar el Colegio Secundario con la Universidad.

Pero se omite en cambio considerar que a partir de este campeonato el Fútbol de Primera División va a ser el más federal de toda la historia, desde los Nacionales de Valentín Suárez. En efecto, al terminar el Clausura 2011 descendieron 4 equipos del Gran Buenos Aires (Quilmes, Gimnasia, River y Huracán) y ascendieron 4 del Interior (Rafaela, Unión, San Martín de San Juan y Belgrano), completando un total de 7 equipos del Interior sobre 20 totales, es decir, del 35%. Casualmente también, el último torneo arroja un resultado “perturbador”: Con sólo 3 equipos del Interior en ese certamen, y considerando que si bien Colón tuvo un desempeño irregular, hace tiempo que viene siendo un sólido animador en la Primera; hay que mencionar que Godoy Cruz salió 3º y Olimpo 4º.

No sea cosa que en poco tiempo la AFA deba sufrir la experiencia de que un club del Interior finalmente se consagre campeón de la elite del fútbol argentino por primera vez en la historia. Es decir, se asiste a un proceso decidido de crecimiento de las instituciones de las provincias y de decadencia del fútbol metropolitano. Ese proceso se comenzó a evidenciar hace ya unos cuantos años en el Nacional B, que arrancó, a partir de 2003 con 20 equipos, 10 del Interior y 10 de la AFA. Al poco tiempo, los únicos que descendían o iban a promoción eran los de la AFA. Entonces la AFA decidió que los del Interior, en materia de descensos, jugaran su propio torneo, y otro tanto los metropolitanos. Llegó a darse el caso de que el club metropolitano que descendía fuera el 20º de la tabla general, y el metropolitano que jugaba la promoción fuera el 19º. En tanto, el del Interior que descendía fuese el 14º de la tabla general, y el que jugaba la promoción contra un equipo del Argentino A fuera el 12º. Y eso que estamos hablando siempre de promedios.

¿Por qué en ese momento la AFA no dejó que descendieran los que tenían que descender, lo que hubiera federalizado mucho más el Nacional B, y por tanto, aumentado también más las posibilidades de tener un fútbol de Primera División más equilibrado?

Por el contrario, cuando el proceso de federalización se da naturalmente, por los cauces ya normados desde hace tiempo, y comienza a presenciarse una Primera División con amplia participación del Interior, sale de la galera este engañoso argumento.


3) Las organizaciones sociales.

141 años pasaron desde la sanción de la Constitución Nacional hasta que se reconocieron en ésta los partidos políticos como sujetos del sistema político. Como ya hemos dicho en otros momentos, su reconocimiento fue concomitante con su definitiva decadencia. Ya en las elecciones de 1995 una nueva fuerza que era un rejunte bastante variopinto, el FrePaSo, fue la que disputó la presidencia con el PJ (que a su vez estaba sufriendo disidencias y nuevas incorporaciones desde sectores tradicionalmente no afines, como Oscar Alende, el MPL o la Ucedé, si bien el PI se acercó al “peronismo sin Perón” en la época del Frecilina, que no era un remedio; y el MPL, siendo FIP, acompañó la fórmula Perón-Perón en el ‘73), mientras que la UCR llevó una propuesta casi testimonial, que arrimó un 16% del electorado. Con el Congreso de Lanús, se pone definitivamente la lápida al PJ, que a partir de entonces, más allá de su intervención judicial, se transforma en una confederación de caudillazgos provinciales acomodaticios, dirigida por un poder central gubernamental progresivamente más fuerte y unitario.

Pero más allá de todo eso, lo cierto es que los partidos políticos, a diferencia de los movimientos nacionales o cualquier otro sistema de representación, son, como dice la palabra, “partidos”, es decir, fraccionamientos, parcialidades que, si bien pueden perseguir objetivos generales, lo hacen desde las visiones sesgadas de sus propias plataformas e ideologías. Ello no es ni bueno ni malo. Es así. Es el sistema liberal de organización de la representación que se da en gran parte de Occidente.

Lo que sí trasuntan con su accionar es, en primer lugar, una intencionalidad política parcial, y en segundo lugar, un interés electoral, pues eso hace a la propia esencia de su existencia. Incluso los partidos que nunca ganaron una elección siquiera municipal, y que muy probablemente nunca lo hagan, están concebidos y estructurados para ese fin, y por lo menos persiguen el acceso a algún cargo electivo y sobre todo, al reparto de dinero por votos obtenidos.

Lo importante es que cuando un partido político impulsa una movilización, un reclamo, una denuncia, etc., cuando proyecta su accionar hacia la opinión pública, está obrando “políticamente”, es decir, con un interés concreto por el poder. Dentro del discurso del bienpensantismo, obrar políticamente, obrar en función del poder, es malo, o por lo menos, digno de generar recelo o desconfianza.

De un tiempo a esta parte, esporádicamente durante los ’90, y sistemáticamente en la década pasada, comenzó a denominarse “organizaciones sociales” a los distintos grupos de piqueteros que amuchaban jubilados, desocupados, sin techo, etc. En fin, como no había denominación para esos intereses sectoriales, se optó por una tan equívoca.

Lo cierto es que esas “organizaciones sociales” persiguen fines concretos vinculados con el interés de sus integrantes (planes sociales o su aumento, viviendas gratuitas, escrituración de terrenos, urbanización de villas, dinero en efectivo, etc.), pero también persiguen, aquellas más aventajadas, un fin político, vinculado con la conservación de una situación de hecho favorable. Concretamente, la continuación del gobierno que les otorga los privilegios. De tal forma, también con su accionar público persiguen un fin político y funcional al poder.

Mientras tanto, las “organizaciones sociales” menos aventajadas intentan extorsionar al poder de turno, o acordar con opciones de poder alternativas, o ambas cosas, para obtener los beneficios que ya tienen las aventajadas. Es decir, también operan con su accionar “políticamente”.

Independientemente de ello, el término “organizaciones sociales” ha sido asumido como menos parcial, intencional y electoral que el término “partidos políticos”. Antes bien, su empleo parecería sugerir la ostentación de un reclamo legítimo (aun cuando el adjetivo sea innecesario, como veremos), sustentado en la legitimidad de la necesidad, es decir, en el axioma de “una necesidad, un derecho”. Si una necesidad = un derecho, su reclamo = legítimo. Todo reclamo de una “organización social” deviene legítimo per se, sin consideración acerca de la condición moral o de utilidad social o de contexto normativo de ese derecho. Mientras haya una necesidad insatisfecha, hay un derecho que reconocer, y con ello es suficiente. Se consagra la autonomía de los derechos subjetivos respecto del Derecho objetivo y por tanto, respecto de la moral, de la política y del interés colectivo.

Así entonces, las “organizaciones sociales” obran, para la opinión pública y para los periodistas y cronistas, cada vez intelectualmente más pobres y borreguizados, de una forma siempre legítima, lo que implica: objetiva, aséptica, franca, útil y veraz. La disconformidad podrá plantearse con el medio elegido para la protesta, pero nunca nadie osará, so pena de anatema, plantear objeciones respecto de la legitimidad del reclamo, porque todo reclamo es legítimo.

Lo ridículo de semejante dogma circular (que se suma a otros tantísimos en el nuevo canon surgido al amparo de la “libertad” –otra palabra digna de ser analizada, aunque el espacio y el tiempo en esta ocasión no lo permitan-), es que, hoy por hoy, al periodismo ya le ha dado por bautizar como “organización social” a cualquier grupo de personas que efectúe un reclamo. Por más que ese grupo de personas se embandere con denominaciones inequívocas, más concretamente, invoque la pertenencia a un partido político.

Hoy por ejemplo, sin ir más lejos: Un grupo de personas se aglutinó en las inmediaciones del Obelisco reclamando por la represión policial sobre unos usurpadores de la CCC y de la milicia indigenista Tupac Amaru (más de $ 330 millones en subsidios del Estado Nacional desde 2003), liderada por Milagro Sala, vinculada con los resabios de Sendero Luminoso, las FARC y otras lindezas, que habían intentando colonizar unos terrenos de propiedad del Ingenio Ledesma en Jujuy. Sin importar que el llamado “Combate de Ledesma” (un bautismo romántico, a la manera de los que en los ’70 gustaban tanto a la revista Estrella Roja) fue bastante parejo, y que el saldo recuerda aquél de “murieron 4 romanos y 5 cartagineses” (4 de los 9 heridos de bala son policías, 1 de los muertos por bala también, y 2 de los muertos no-policías lo fueron por balas de armas no-policiales), si uno atiende solamente el juego del Antón Pirulero mediático, imagina un atropello bestial de parte de la policía jujeña frente a tímidos necesitados de viviendas, que casi sin saberlo, pusieron su carpita en ese campo (y que continúan en él después del tole tole). Detrás de esas dos “organizaciones sociales”, se podían ver claramente los carteles del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), el Partido Obrero (PO) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR). Pues bien, tal parece que ciertos partidos políticos especialmente quilomberos, pero sin poder de convocatoria como para plantear opciones electorales respetables, y sobre todo, populares, merecen ahora ser llamados “organizaciones sociales”, y sus reclamos por tanto, ser considerados legítimos, desinteresados, objetivos, veraces, etc.




lunes, 18 de julio de 2011

La derrota perpetua

Como organizadores de la Copa América, y habiendo invertido tanto en la construcción de estadios, podríamos haber diseñado campos de juego ovalados, sin esquinas, como el que se muestra arriba.



El fútbol será “para” todos (dudoso efectismo demagógico de un dispendio tan insostenible como impune) pero lo que es seguro, es que no es “de” todos. Hace 32 años que el fútbol es de Julio Grondona y de su familia, porque el vergonzoso grado de autocracia se prorroga cómodamente y sin empacho al resto de la familia. Es a través de uno de los hijos del mandamás, Humbertito (subsecretario Técnico de Selecciones) que nos tuvimos que enterar que Sergio Batista seguirá siendo el DT de la Selección Nacional. Después de la deshonrosa eliminación en Cuartos de Final, de una copa realizada en nuestro país. Tras tres empates (uno de ellos, frente a Colombia, en que claramente nos perdonaron la vida para evitar un escándalo; otro agónico frente a Bolivia…) y una sola victoria, frente a un combinado amateur de Centroamérica. Después de contemplar impotentes la impotencia y la exasperante falta de ideas, de concepto, de estrategia, de una selección que, como su gobierno, derrocha recursos sin estética, ni contundencia, ni resultados.

Nos hemos cansado de elogiar los planteos de los rivales, la astucia de los técnicos rivales. Todos nos toman el punto. Todos saben cómo jugarnos. Nunca sabemos cómo desactivarlos, cómo plasmar en juego y en resultado esa superioridad de nombres y de cotizaciones. Todos, absolutamente todos, los demás técnicos de la Copa han demostrado ser superiores a nuestro improvisado entrenador. Algunos de ellos, con muy poco, han hecho maravillas. Incluso este Brasil que se fue ayer (y que para nosotros, mediocres y decrépitos, resulta desde hace tiempo nuestro consuelo, olvidándonos convenientemente de que Brasil ganó las últimas dos Copas América, y es pentacampeón del Mundo, con último trofeo hace 9 años, y no hace 25), no puede poner sobre el verde paño de póker ni por asomo los € 600 millones que tiró Argentina del medio para adelante.

Con un hombre de más desde los 38 minutos del primer tiempo, cuando todas las reglas del sentido común aconsejan abrir la cancha y mover la pelota para cansar al rival y abrir los espacios, Argentina se repitió obcecadamente en su intento de demostrar que la materia es penetrable, chocando por el medio con una defensa escalonada que esperó casi sin despeinarse, carente el seleccionado albiceleste de laterales con desborde, de cambio de ritmo, de capacidad colectiva.

Carente –y esto sí que es más que preocupante- del arma que siempre ha distinguido a nuestra Selección: la pelota parada. No hay cabeceadores, no hay altura (si la Selección reflejara un biotipo característico del país que representa, podríamos suponer que la altura media de la Argentina es bastante pobre; cosa que por lo demás se contradice con el notable semillero basquetbolístico y voleybolístico, de modo que más vale evidencia una tara conceptual en todos los mecanismos de detección y promoción de talentos). Los rivales le abren cómodamente los partidos a partir de una pelota parada, de un córner como Bolivia, de un tiro libre como Alemania en 2010 ó como Uruguay anteayer. Por contrapartida, a los rivales les resulta hasta cómodo derribar a nuestros talentosos “bajitos” calesiteros en proximidades de su propia área grande, o concedernos innumerables tiros de esquina, sabedores de las casi utópicas posibilidades de que de esas acciones devenga una situación peligrosa. Además de que no hay cabeceadores, ni hay altura, no hay ejecutores implacables para aprovechar esas pelotas paradas. A tal punto está evidenciada esa pasmosa carencia, que nos maravillamos de la precisión de Arango, que con dos de esos centros envenenados puso ayer a Venezuela en Semifinales.

Parece casi mítico evocar que hace sólo 5 años Argentina se ponía 1-0 frente a la poderosa y goliática Alemania local, con un centro perfecto de Riquelme al primer palo, y un frentazo eficaz de Ayala.

Y si vamos a hablar de ese Mundial de 2006, no podemos dejar de indignarnos por la curiosa aplicación de la demeritocracia que sistemáticamente hace la familia Grondona respecto de los entrenadores de la Selección Nacional. Bielsa se volvió de Corea-Japón en 2002 eliminado en Primera Ronda, con 2 goles a favor (uno de ellos, un penal regalado) y una pasmosa falta de ideas, un vértigo desesperado que chocaba contra un cómodo plateo defensivo, y se lo premió con una prórroga en el cargo. Ahora el turno es de Batista, que tiene que sacar de la galera una “sabiduría” que hasta ahora nunca le hemos comprobado para “evaluar en qué se equivocó”.

El pobre Batista no se equivocó. No tuvo oportunidad de equivocarse. Quien no sabe escribir no puede cometer faltas de ortografía. Los que se equivocaron son los que lo eligieron para tan trascendente función. Una función de la que depende la recuperación de un prestigio perdido, de un prestigio centenario. De la que depende, por qué no, la alegría de un pueblo demasiado castigado por múltiples frustraciones y una imparable decadencia.

Irónicamente, un lúcido amigo, sabedor de fútbol, me apuntaba el día de ayer que, en el caso de que (razonablemente) le dieran el raje a Batista, la AFA seguramente designaría a Houseman, o a Orteguita, para continuar en este proceso de utilización de la Dirección Técnica de la Selección como forma de recuperar a los ídolos de sus adicciones, y de devolverles la autoestima. Antes que buscar un DT que nos oriente, buscamos a un DT que orientar. Curiosa vuelta de tuerca a esa obsesión por manejarlo todo.

El último proceso realmente sensato y meditado fue el de Pekerman. Nadie daba (dábamos) una moneda por él. No tenía un palmarés detrás, no había jugado al fútbol. Sin embargo, ganó todo lo que jugó con las inferiores y descubrió y potenció talentos juveniles, materia prima con la que luego trabajaría en el Seleccionado Mayor. De esa experiencia salió el último equipo nacional que tuvo un desempeño más que decoroso en un torneo internacional, en el Mundial de Alemania 2006. Que le ganó bien al cuco de Costa de Marfil, que aplastó a Serbia y Montenegro (que había mandado nada menos que a España a repechaje) en la mejor actuación de Argentina en los últimos 20 años, y que se fue a casa luego de perder por penales en Cuartos nada menos que con el local, enorme potencia que en los últimos mundiales salió Subcampeón, Subcampeón, Campeón, Quinto, Séptimo, Subcampeón, Tercero y Tercero; perjudicado ostensiblemente por un arbitraje más que parcial. Con un equipo que no tenía ni por lejos los nombres que tiene éste (recuerden: Maxi Rodríguez, Saviola, Crespo ya mayorcito…). A Pekerman, que conocía muy bien esa camada de jugadores que él mismo había formado, y que cuando decimos que “conocía”, nos referimos también a sus caracteres, motivaciones y debilidades, le aceptaron fríamente la renuncia una vez regresado a casa. No hubo para con él la más mínima contemplación. Grondona comprendió que, para evitar su propio desgaste, debía cargar sobre las espaldas de “un ídolo” toda responsabilidad. De ahí en más, basta de DTs con perfil bajo y vocación de trabajo. A apelar a las grandes vacas sagradas campeonas en el cada vez más distante México 86.

La Selección se ha transformado en un rejunte de figuritas con figuración en algún club de Europa. No importa si en ese club juegan (como el caso de Milito, que calienta el banco en el Barcelona y se nota), ni importa si ese club juega cosas importantes (como Tévez o Sabaleta, peleando el 4º ó 5º puesto de la Premier League con el City; o Pastore, navegando en la mitad de tabla con el Palermo). Tampoco importa mucho la posición, y entonces podemos improvisar a Zanetti de 3 ó a Banega de 10.

Menos importa la identidad futbolística argentina. Evidentemente, nuestro proceso de desintegración popular ha cancerizado también el fútbol. Ya no sólo no sabemos qué es la argentinidad, sino que nos hemos olvidado de lo que es el fútbol argentino. El fútbol argentino: esa identidad cultural marcada en el código genético de los jugadores (jugadores que se encontraban todos los domingos en las canchas argentinas, como compañeros o como rivales), que hacía las cosas bien sencillas. Todos sabían cómo se iba a jugar, hacia dónde picar, cómo tirar un pase al vacío, una pared de memoria…

Hemos pasado de un extremo a otro. De una cerrazón autista hasta el colapso de 1958, con goleada checoeslovaca incluida; a una progresiva apertura “globalizadora” en la que nuestra identidad y nuestras características diferenciantes se han diluido por completo.

Un pibe empieza a moverla que da espanto en un potrero, o en las inferiores de un club del interior, y enseguida aparece un “representante” que compra sus piernas a un padre necesitado por $ 10.000. De ahí, aún preadolescente, a México, o a Ucrania, o a Grecia, incluso a la Segunda División del fútbol español o italiano. ¿Quién forma a ese pibe? ¿Quién le da las nociones básicas de nuestro fútbol, que también son nociones culturales y axiológicas? Inclusive, ¿quién le da esas nociones aquí mismo en Argentina (evocamos por ejemplo a Griguol, que les enseñaba que con la primera plata había que construirse la casita en lugar de gastar en el coche, ahora que vemos los lujosos importados estacionados junto a la cancha de Bánfield, de Arsenal o de Colón de Santa Fe)? ¿Quién se preocupa por ablandar la dureza de los pataduras que son altos (recordamos a Zubeldía, poniendo a Artime horas y horas después de los entrenamientos a patear con la zurda contra un frontón para fabricarle un shot con la de palo tan potente y certero como espontáneo y letal)?¿Quién se preocupa por proteger estos "bienes culturales", como por evitar la fuga de cerebros?

¿No es acaso este proceso, que la FIFA fomenta y que la Argentina, país desvastado y colonizado hasta el paroxismo, tolera pasivamente y hasta incentiva con la organización de nuestro fútbol, una demostración patente de nuestra cruel derrota?


miércoles, 28 de abril de 2010

Deportivas breves

Maradona ya tendría definidos los 11 para enfrentar a Aruba.

Es por un nuevo partido preparatorio para Sudáfrica 2010, luego de los exigentes cotejos contra Panamá, el Sub 20 de Costa Rica, Haití y Canadá.

Los convocados esta vez por el astro argentino, en su mesurada y sesuda gestión como DT del Seleccionado Nacional, son: el Chino Garcé, el Burrito Ortega, René Houseman, el Lobo Cordone, el Ogro Fabbiani, Horacio Guarany, el Facha Martel, Pitty Álvarez, Pomelo y Fatigatti.



Con 110.000 habitantes dispuestos en sus 193 km2, el combinado de Aruba se presenta como un rival de fuste para medir la potencialidad de nuestra selección mayor, aun más si se tiene en cuenta que, a diferencia de Haití por ejemplo, no ha sufrido en los últimos años un terremoto devastador, centenares de miles de muertos, hambre y falta de agua potable (aunque ese bien no abunde tampoco en la ex colonia holandesa), con lo que puede suponerse que el combinado arubeño vendrá a la Argentina respetablemente alimentado y físicamente apto como para sostener un cotejo de 90 minutos.


viernes, 19 de febrero de 2010

Colores de La Boca

El pasado 14 de febrero (día de los enamorados, y no es casualidad) Claude publicó aquí un artículo sobre la historia de la camiseta del Club Atlético Boca Juniors. La cuestión de la elección de los colores azul y oro a partir de la observación de un buque de bandera sueca llamado Drottning Sophia, merced a una iniciativa de Juan Brichetto, es a estas alturas conocida por todos. Lo que tal vez no sea tan conocido es el impacto visual que en los jóvenes fundadores produjo la nave en cuestión, y que sirve incluso para explicar el porqué de la disposición de los colores en la casaca que estaban por crear.

He aquí una foto coloreada datada en 1915, cuya reproducción me ha sido facilitada hace un tiempo por el caracterizado vexilólogo mendocino (radicado en Nueva York) Gustavo Tracchia.


Drottning Sophia

El buque en cuestión pertenecía a la empresa naviera sueca Johnson, cuya bandera se aprecia en el mástil posterior derecho, y que a continuación también reproduzco:


Por otra parte, gente muy querida ha tenido ayer para mí un gesto impagable: Me han conseguido un libro sobre banderas argentinas que engloba, de forma sistemática y meticulosa, toda nuestra historia vexilológica. Pese a que la intención fue aprovechar la ocasión del Bicentenario para su publicación (auspiciada por ALUAR y FATE), el compendio excede los 200 años de republicanismo, e incluye tanto las banderas de las invasiones inglesas, como incluso algunas banderas que ondearon en Buenos Aires en el siglo XVIII. Después de todo, aunque cueste aceptarlo, siempre será más lógico y coherente, desde el punto de vista historiográfico, encarar el proceso formativo de nuestra nación al menos desde 1776, que desde 1810.

En fin, ese meritorio trabajo, jalonado de todas las reproducciones y extensas explicaciones correspondientes a cada una de las banderas, tiene por autores a los eruditos y consagrados expertos Juan Manuel Peña López y José Luis Alonso González, también autores del célebre La Guerra Civil y sus banderas. 1936-1939 (referido, naturalmente, a la guerra civil española, y que ha logrado en esa tierra tan exquisita y susceptible respecto de la época consignada, el merecido reconocimiento).


Le he prometido a quien me ha hecho el honor de considerarme digno depositario de la joya mencionada, hacerle saber si encontraba algún faltante en semejante catálogo. Sin ánimo quisquilloso, y solamente a efectos anecdóticos, aprovecho entonces este medio y la ocasión -que como se verá, es más que propicia- para reproducir también aquí a continuación la bandera de la República de La Boca de 1882, cuyo torpes trazos corresponden a mi autoría:


Buen fin de semana en Nueva Venecia (en casa seguro que ya cortaron la luz, así que más vale por allí es la Vieja Venecia, la Venecia del Dogo).


Bandera de Boca Juniors, dibujada para FOTW Flags en 2006 por Francisco Gregoric.