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lunes, 18 de abril de 2011

¿Homoizquierda?

MATRIMONIO (IGUALITARIO) POR INTERÉS.



Parece hoy día patrimonio indiscutible de la izquierda la cuestión del reconocimiento de los derechos de los homosexuales en la sociedad civil. Se produce a partir de ello una curiosa yuxtaposición de posiciones políticas, que deriva frecuentemente en que personas que se asumen homosexuales terminen por simpatizar con posiciones o actores políticos reconocidos como de izquierda, y que militantes de izquierda terminen por enarbolar las reivindicaciones de gays y lesbianas como banderas propias, como parte natural de su plataforma y su praxis políticas. Esa sintonía no resulta de la casualidad. Es más, bien podría sostenerse, ateniéndose uno a la historia y a los textos sagrados de la izquierda como basamento sólido, exactamente lo contrario. Podría además recordarse que la liberación de esas minorías oprimidas estuvo íntimamente emparentada con la caída de los “socialismos reales” en el mundo. La cuestión es antes bien estratégica, y la estrategia no es trazada por las agrupaciones de gays, lesbianas, etc., sino por la izquierda que necesita nutrirse de sujetos activos, ante la despolitización y desmovilización verificadas en los tiempos del sincretismo globalizador que siguió al desmoronamiento del Este.

En el recomendable libro de Jorge Lanata Muertos de Amor (Alfaguara, Buenos Aires, 2007), que trata sobre la curiosa experiencia del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), una suerte de vanguardia que debía preparar el campo en el Noroeste argentino para el arribo del Che Guevara, que se instaló en la selva salteña con una intención foquista en 1963-64, y que fue desarticulada sin presentar combate, habiendo arrojado al cabo sólo un saldo de muertos producto de ajusticiamientos por aplicación de la disciplina revolucionaria entre sus propios cuadros (en general, imputados del delito de flojera y falta de espíritu revolucionario), puede leerse al respecto:

“Los putos no podían entrar en el EGP. El Reglamento lo llamaba ‘delito contra natura’, y se sancionaba con la pena de muerte. Ni los putos ni los adictos, ni los que cagaban a la mujer con una doble vida. El Hombre Nuevo no podría nacer de los vicios del Hombre Viejo: los putos eran traicioneros, y los drogadictos tipos demasiado susceptibles de hablar bajo presión. Según Hermes, el Che mismo les había advertido cuidarse de las minas, ideales para infiltrarse entre la gente. Las órdenes eran claras: si llegábamos a cruzarnos mujeres entre la población debíamos presentar elevada moral, ética intachable y un respeto puritano”. (Pág. 71)



En los primeros tiempos de la revolución soviética, es decir, fundamentalmente durante la década de 1920, el nuevo Estado socialista se abstuvo de inmiscuirse en las relaciones privadas, siguiendo el principio de desligamiento político de la moralidad burguesa. Georgui Chicherin, conocida abiertamente su condición homosexual, fue Comisario del Pueblo para las Relaciones Exteriores desde 1918 hasta 1930. Algunos homosexuales declarados, como la poetisa Sophia Parnok (censurada a partir de 1928), Nikolai Klyuev y Mikhail Kuzmin (amante de Chicherin), tuvieron un papel relevante en la cultura soviética de esos años. Sin embargo, cualquier debate sobre el tema fue progresivamente dejado de lado en las usinas estatales y paraestatales que controlaban la opinión pública, y en el ámbito de la cultura la temática vinculada con el asunto quedó silenciosamente soslayada.



En el ámbito científico, en cambio, comenzaban a adquirir carácter predominante las posiciones cientificistas propias del marxismo. Así, ya en 1923 el Dr. Izrael Gelman consignaba: “La ciencia ha establecido ahora con una precisión que no deja dudas [que la homosexualidad] no es mala voluntad o crimen, sino enfermedad... El mundo de un homosexual masculino o femenino está pervertido, es ajeno a la atracción sexual normal que existe en una persona normal”.

En 1933 se declaró desde el gobierno de la Unión Soviética que el intercurso anal entre hombres pasaría a ser delito. De inmediato, los códigos penales de todas las repúblicas socialistas bajo la unión receptaron la innovación. Según el Artículo 121 del Código Penal de la Federación Rusa de 1934, las relaciones sexuales entre hombres eran punibles con una reclusión de 5 años que, en caso de haberse consumado el hecho mediando fuerza, amenaza, abuso de superioridad, o con un menor, el período de privación de la libertad podría extenderse hasta los 8 años.

Quienes teorizaban la homosexualidad como instrumento de lucha contra el viejo orden familiar burgués, pasaron a ser considerados sostenedores de una desviación doctrinaria y considerados enemigos del pueblo, a sueldo de los fascistas, que tenían por fin propagar la teoría contrarrevolucionaria a favor de la extinción de la familia y el desorden sexual en la URSS.

En 1936 el diario Pravda apuntaba que “el matrimonio es el asunto más serio de la vida”, mientras se construía una fundamentación literal-biográfica que demostraba que Marx y Engels estaban a favor de la familia nuclear.



En una entrevista realizada por Lee Lookwood en 1965, Fidel Castro declaraba: “…Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista”. Para ese entonces, ya habían pasado tres años desde “la Noche de las 3 P”, en la que fueron duramente reprimidos, detenidos y desaparecidos prostitutas, proxenetas y “pájaros”.

El Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de Cuba, en 1971, expresaba entre sus conclusiones finales: “…No es permisible que por medio de la calidad artística reconocidos homosexuales ganen influencias que incidan en la formación de nuestra juventud (…) Se sugiere el estudio para la aplicación de las medidas que permitan la ubicación en otros organismos, de aquellos que, siendo homosexuales, no deben tener relación directa en la formación de nuestra juventud desde una actividad artística o cultural. Se debe evitar que ostenten una representación artística de nuestro país en el extranjero personas cuya moral no responda al prestigio de nuestra revolución”.

En 1978 se realizó una nueva razzia de homosexuales y “otros elementos antisociales” en ciertas áreas de La Habana, a efectos de que éstos no deambularan y perturbasen el Festival Internacional de la Juventud y de los Estudiantes.

En mayo de 1980 se verificó el éxodo del Mariel, por el cual alrededor de 125.000 cubanos abandonaron la isla con destino a EE.UU. En esa ocasión se presionó fuertemente a homosexuales, presos comunes y lúmpenes, para que abandonasen el paraíso socialista y fueran a “contaminar” al vecino gigante capitalista.

Todos estos episodios, y algunos más que reflejan la brutalidad del régimen hacia los homosexuales, están narrados en la película biográfica sobre la vida del escritor Reinaldo Arenas, protagonizada por Javier Bardem (Antes que anochezca, 2000; también está relacionada con el tema la premiada Fresa y Chocolate, 1994).



Inclusive, ya en 1988 la Ley 62, por la que se aprobaba un nuevo Código Penal en Cuba, preveía en su Artículo 303, titulado “Escándalo público” que “Se sanciona con privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas al que: a) importune a otro con requerimientos homosexuales…”.


***

Sin embargo, con el desmoronamiento del comunismo, la doctrina revolucionaria sale a buscar nuevos actores que reemplacen el papel protagónico y motor del proletariado (y en su caso, del campesinado) en el impulso de la revolución. Se detecta entonces en las minorías activas un instrumento de combate, como a principios del siglo pasado se detectó en el mismo papel a los sindicatos.

Los más “moderados”, es decir, los que plantean la conquista cultural como prerrequisito de la política, y que se autoinvocan como gramscianos, encuentran en este aspecto en Ernesto Laclau a un inspirador. El pensador argentino radicado en Inglaterra concibe a las minorías étnicas, religiosas y sexuales como los auténticos motores de una “revolución populista”: La diferencia y los particularismos son el punto de partida necesario, pero a partir de él es posible abrir la ruta hacia una relativa universalización de valores que pueda ser la base para una hegemonía popular. Esta universalización y su carácter abierto condenan por cierto a toda identidad a una hibridización (sic) inevitable, pero hibridización (sic) no significa necesariamente declinación a través de una pérdida de identidad”. Este último aserto no se expande en ningún momento precisamente de lo asertivo, una característica frecuente en el pensamiento de la izquierda, tanto la antigua como la moderna, aunque más notable en este caso. La idea-deseo de que la hibridación no acabe con la identidad sólo es respaldada, como era de esperarse, con un “argumento ad hominem preventivo”: ni se te ocurra opinar lo contrario, porque de inmediato serás tachado de rancio conservador. En estos términos lo advierte el pensador: “Sólo una identidad conservadora, cerrada en sí misma, puede experimentar a la hibridización (sic) como una pérdida”. [Todo ello, en Sujeto de la política, política del sujeto, pág. 13].

Pero bueno, a riesgo de ser tachados de conservadores cerrados en nosotros mismos, no hemos podido resistir a la tentación de subrayar esta constante, que a veces, si no estuviera respaldada por la prepotencia de la hora que vivimos, resultaría no sólo risueña, sino sobre todo, jocosa.



Otro sector, que podríamos calificar como de mayor “pureza” revolucionaria, ha consignado respecto del “sujeto homosexual” como motor revolucionario (Wood y otro, Marxismo, Socialismo y las Políticas sobre los Gays y las Lesbianas, en La Alternativa Naranja, 1991):

“La lucha de liberación de gays y lesbianas tiene el potencial de convertirse en una fuerza significativa en la lucha que se está desarrollando para transformar el capitalismo en comunismo. Los sectores más avanzados, los más radicales, del movimiento de liberación de gays y lesbianas representan la vanguardia potencial de la lucha para la emancipación sexual en la transición socialista del capitalismo al comunismo.

[…]
“La precondición teórica necesaria para esta transformación de la liberación de los gays y lesbianas radicales es el desarrollo de un entendimiento profundo de las conexiones entre homofobia, heterosexualidad y capitalismo. Sólo identificando las relaciones entre la opresión de los homosexuales en la sociedad capitalista y el modo capitalista de producción es posible entender:
“1. Por qué la homosexualidad posee una seria amenaza a la reproducción y mantenimiento del capitalismo, por lo que una aceptación y tolerancia de la homosexualidad es imposible dentro del capitalismo.
“2. Por qué las bases para construir una sociedad en la que la sexualidad es libre sólo se pueden lograr aboliendo el capitalismo y desarrollando el comunismo.

“Para apoyar estas afirmaciones, necesitamos lograr los siguientes tres objetivos:

“1. Explicar que la homofobia es algo esencial de la heterosexualidad, la heterosexualidad es una condición superestructural para la reproducción y mantenimiento del sexismo patriarcal, y la importancia de la heterosexualidad y el sexismo patriarcal en la reproducción y mantenimiento de las relaciones de producción del capitalismo.
“2. Contribuir al desarrollo de una teoría marxista de la homosexualidad que sitúa a la liberación de gays y lesbianas en el contexto de la lucha para crear una atmósfera de libertad que aún se asienta en la mera necesidad y demostrar por qué es necesario unir la lucha de liberación de gays y lesbianas a la lucha por el socialismo y el comunismo.
“3. Argumentar que la total libertad de gays y lesbianas para tener relaciones sexuales puede y debe funcionar como una medida del grado en el que el sexo ha sido abolido como una categoría socialmente significativa (sustituyendo a una división sexual del trabajo) y que los seres humanos han progresado hacia la creación de una sociedad (comunista) verdaderamente libre”.


Más allá de lo tortuoso y repetitivo del estilo, está claro que el marxismo, desde su caída en desgracia como opción de poder concreta, ha mudado en su estrategia de disciplina social, desde el puritano moralista que sustentaba al Hombre Nuevo (desapegado de los “vicios” del Hombre Viejo), hacia una búsqueda de afinidad con las reivindicaciones libertarias de ciertas minorías socialmente activas. En verdad, para no incurrir en los vicios de redacción que tanto nos molestan, y hablar clarito: por una nueva clientela de la que explotar su compromiso activista, hacia los propios fines revolucionarios, en procura de una sinergia entre conceptos (para nosotros, no demasiado coincidentes) de “liberaciones”.



Es que, para hablar de “liberación”, primero deberemos ponernos de acuerdo en el concepto de libertad, y no hay dos hombres que en la historia del pensamiento (¡y en la de la intuición y el sentimiento también!) se hayan puesto jamás de acuerdo en ese sentido.

Para cerrar este artículo, conviene no extraviarse en pantomimas que simulan evoluciones lineales, “progresos”, y regresar a las fuentes.

En unas carta remitida a Engels el 17 de diciembre de 1869 Marx le escribe: Strohn va a regresar a Bradford y quiere que le devuelvas el Urnings, o como quiera que se llame el libro del pederasta”. Engels había comentado el libro de Karl Heinrich Ulrichs, en una carta dirigida a Marx el 22 de junio de 1869, en estos términos:

“El Urnings que me mandaste es una cosa muy curiosa. Éstas son revelaciones extremadamente antinaturales. Los pederastas están comenzando a contarse y están dándose cuenta de que son un poder en este estado. Sólo les faltaba organización, pero según esta fuente aparentemente ésta ya existe en secreto. Y como tienen hombres tan importantes en los viejos partidos, e incluso en los nuevos, desde Rosing a Schweitzer, no pueden menos que triunfar… ‘Guerre aux cons, paix aus trous-de cul’ será el slogan ahora [traducido por los editores de las Obras Completas de Marx-Engels como ‘Guerra a las vulvas, paz a los anos’]. Es una suerte que nosotros, personalmente, seamos demasiado viejos para temerle a que, cuando este partido gane, tengamos que pagar un tributo físico a los vencedores. ¡Pero y la generación más joven! A propósito, sólo en Alemania puede suceder que un hombre como éste pueda venir y convertir esa basura en una teoría y ofrecer la invitación introite [de entrar], etc. ... Si Schweitzer es útil para algo es para sacarle a este honorable hombre los detalles de otros pederastas en puestos claves, lo cual ciertamente no le sería difícil puesto que son hermanos de alma”.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Notebooks


Desde Edipo de Tebas, el tabú del incesto roto por circunstancias trágicas que exceden a los protagonistas, ha repicado periódicamente en la literatura. Un punto sin dudas relevante lo marca Seis personajes en busca de autor de Luigi Pirandello, aunque con algunas moderaciones que, cualquier avispado, puede bien enderezar hacia el concepto con sólo omitir el sufijo -stra. Otro caso interesante lo presenta uno de los cuentos de Hierba del Cielo, de Marco Denevi, aunque en clave homosexual, y con la circunstancia de que el padre pretende reencontrarse con su hijo, sabe que es su hijo, mientras que el otro, transformado en un gigoló de hombres, piensa que se trata de un viejo lascivo de ésos que acostumbran pasearse por el bar en el que sirve tragos para levantárselo. Un caso menor en ese repiqueteo, ciertamente olvidable, lo representa la película de Fito Páez Vidas Privadas, cuyo guión fuera escrito en colaboración con Alan Pauls, y que cuenta una sórdida relación masturbatoria entre una mujer de mediana edad, ex detenida-desaparecida, y su hijo, gigoló de mujeres, en la que ambas partes desconocen la identidad de la otra.



Saliendo de la más visitada línea del tabú, a saber, la de los ascendientes y descendientes, también se ha oteado en la línea de los hermanos. Sugerida frecuentemente como amenaza que se cierne entre los enamorados protagonistas en esos culebrones de televisión en que la larga e intrincada trama sucede puertas adentro de la imponente mansión, en un marco endogámico, pletórico de engaños y relaciones paralelas, y que para el alivio de las amas de casa, no resulta en otra cosa que un opresivo malentendido; ha encontrado una más perturbadora alternativa en una película como Ángeles e Insectos, situada en la Inglaterra victoriana y que presenta una relación incestuosa entre dos hermanos rubios, que a espaldas del guampudo entomólogo morocho, hacen niñitos rubios, casi albinos, a razón de no menos de uno por año. Se me ocurre también, aunque en ésta no concurre la circunstancia del desconocimiento del vínculo, la estupenda El Castillo de la Pureza, del gran Arturo Ripstein.



Claude Lévi-Strauss ha detectado en el tabú del incesto el umbral de transición entre Natura y Cultura (entendiendo que una vez ésta enseñoreada en la vida humana, la otra cae definitivamente en el crepúsculo). Esto allí, porque el tabú del incesto, presente en la totalidad de las etnias humanas, aun en aquéllas más aisladas y distantes, representa por ello mismo una regulación de carácter natural. Pero asimismo, en atención a su carácter eminentemente variable en cada formulación particular, tiene una nota típicamente cultural. Se trataría entonces de una norma natural con un contenido cultural. En efecto, así como en algunas culturas solamente concierne a las relaciones entre ascendientes y descendientes, y hermanos, en otras se proyecta hasta los tíos y primos, o incluso se proyecta hasta el más lejano parentesco por línea paterna y admite en cambio grandes cercanías por línea materna, o viceversa, como ocurre en diferentes culturas de la Polinesia y Melanesia.

Dejaremos fuera de la enunciación, en cambio, el caso de las nupcias entre hermanos de carácter sagrado, tales como las que se verificaban en Egipto o en la familia Inca, puesto que éstas sólo conducían a reafirmar en lo simbólico el carácter supra-humano del soberano y de su sangre, emparentado con el sol o con el plano superior de lo divino, y por tanto, insusceptible, en su investidura, de contraer matrimonio con una mortal. Es tan claro que Tutankamón no era hijo de Akenatón y Nefertiti, sino del faraón y de una manceba; como que Cleopatra VII (de 18 años) no tenía relaciones con su hermano y esposo Ptolomeo XIII (de 12 años de edad); y como la función que cumplían las vírgenes del Sol en la dinámica sucesoria del Inca.



En fin, el fin expreso y primordial que perseguía la institución romana del matrimonio era evitar la turbatio sanguinis.

Y a ello vamos con todo este introito. Después de todo, como consigna el título, la idea de este post está en esbozar algunos trazos de cuentos más o menos circulares más o menos entretenidos, a la par que actualizados a la realidad que nos circunda y condiciona. Borges y Bioy, en sus Cuentos Breves y Extraordinarios, realizan una compilación de estructuras argumentales sintéticas, y a través de muchas de ellas, rescatan el valor literario de las notebooks, género que resulta entonces en la simple y directa belleza de una gema desnuda de ornamentos.

Se va la primera:

Un matrimonio de hombres entabla una amistad con un matrimonio de mujeres, en el seno de una comunidad subcultural de ésas que suelen establecerse en algunos círculos urbanos modernos. Si bien ambos matrimonios puede adoptar, optan por reproducirse con sus propios genes, como también es costumbre en esos círculos de marras, muy a pesar de la teatral proclama de Pepito Cibrián en el Congreso de la Nación con su inmortal “¡Marica!”.

Así los hombres vierten en un recipiente sus simientes mezcladas, en un acto de comunión propio de su sacrosanto amor, y la mezcla va a parar a sendas jeringuillas, para ser aplicada, en porciones aproximadamente iguales, en la matriz de cada una de las mujeres, que como suele acontecer en las parejas de mujeres, tienen sus ciclos sincronizados y se encuentran ovulando.

Ambas mujeres resultan fertilizadas, y tras nueve meses, entregan una criatura a los hombres (un varón) y se quedan con el otro bebé (que resulta ser una nena).

Con el tiempo los matrimonios se separan. Los varones se dirigen a Ámsterdam, en donde uno de ellos consiguió un atractivo empleo, y las mujeres permanecen en Buenos Aires. Pasan los años, los chicos crecen, y se vienen a encontrar ya jóvenes adultos, en Madrid, en donde se enamoran, copulan y engendran.



Comentario:

La literatura, para ser tan fecunda al menos como estas tres parejas, a fecunda en premios internacionales me refiero, debe contener un mensaje, manifestar un compromiso. Como sabemos, la cultura occidental es siempre antes sartreana (Premio Nóbel, 1964; con rechazo magnánimo incluido) que borgeana (eterno campeón moral en esas lides vinculadas con el reconocimiento académico). Es por ello que en esta ocasión rescataremos como relevante el mensaje positivo, que viene a enervar el argumento retrógrado y cavernícola de los reaccionarios de siempre, que conducía a sugerir que los niños criados por homosexuales también resultan homosexuales.

Variante:

Empero, para evitar cualquier ataque o susceptibilidad, y poder entonces sí dar rienda suelta a la libertad creativa, se puede plantear la siguiente variación:

Un matrimonio heterosexual que no puede tener hijos luego de años de intentarlo, decide consultar a médicos expertos en infertilidad. Allí los convencen, a cambio de una abultada suma de dinero, de someterse a una fecundación in vitro: se extrae un óvulo de la mujer y se toma una muestra de semen del marido, y se produce la fecundación fuera de los cuerpos, para luego depositar un par de embriones en el útero. Otro par se congela, ya que destruirlos está legalmente prohibido. La mujer queda embarazada y da a luz a un niño. Los otros embriones congelados son luego utilizados de forma espuria por el personal que custodiaba su depósito, y colocados en una segunda mujer. Una ingenua pareja, que en verdad era estéril sin remedio, se come el sapo y tiene y cría a una nena que asume como propia. Pasados unos cuantos años, ambos jóvenes, ya adultos, se encuentran, se enamoran, y no sólo copulan, sino que incluso se casan. Y encima, no tienen la mala suerte de sus respectivos padres y enseguida les regalan un nietito. Los cuatro abuelos comentan alborozados en el mismo sanatorio ese viraje providencial en la suerte reproductiva de la familia.



Comentario:

Nuevamente se impone la necesidad del mensaje positivo, del compromiso intelectual del autor con su tiempo y con el progreso de la sociedad. Aquí lo que se puede rescatar es la crítica solapada al dogma de la existencia de la persona desde la concepción. Si en efecto, los embriones no utilizados se hubieran destruido de inmediato, se hubiera evitado el ulterior incesto. De paso, esa línea de razonamiento abre las puertas a un nuevo avance de la sociedad en su carrera de progreso indetenible, hacia la felicidad completa del ser humano mediante la consagración como derechos de todos sus caprichos. Nos referimos, claro está, a la legalización del aborto, que sólo puede prosperar en tanto se modifique el concepto de persona que, con prejuicios inaceptables y preconceptos religiosos, estampara el Torquemada de Vélez Sársfield en nuestro vetusto e indignante Código Civil.

martes, 4 de mayo de 2010

Obliteración por el olvido



Hay más de un par de grandes escritores argentinos a los que poco a poco, en este implacable proceso de aculturación y olvido que experimenta nuestro país, los va cubriendo el polvo de la segunda muerte. Escritores que en vida han gozado del reconocimiento y la popularidad merecidos, cuyos libros casi todos los que leían han leído, pero que no sostuvieron un compromiso político nítido y específico que les permitiera ser adoptados luego como bandera por los monopolios de la cultura, son condenados primero a las bateas de las librerías de saldos, y luego a los recónditos escaparates de las librerías de viejo, donde los que buscan saben a qué van, y donde las cosas son revalorizadas como parte de un acervo secreto, sólo accesible para el esotérico grupo de iniciados que se transforma siempre en una minoría silenciosa en resistencia, en una resistencia que a veces se limita a la intimidad de la bóveda del cráneo (que no por nada los normandos asociaban con la bóveda del universo).
Silvia Corvalán [fotografíacorvalan.blogspot.com]

Paradojas. No los nombro porque temo olvidarme yo también de unos cuantos (son demasiados). Me centraré en uno de ellos, fallecido hace menos de 12 años, algunas de cuyas obras han sido traducidas a muchos idiomas, alguna de ellas filmada en Hollywood, otra acá en Argentina, en la época de oro de nuestro cine, con un inolvidable Juan Verdaguer en el aclamado papel de Camilo Canegato.



Marco Denevi, que de él se trata, tiene una prolífica bibliografía, que excede por mucho sus célebres Rosaura a las diez, Ceremonia secreta, Asesinos de los días de fiesta o Falsificaciones. De entre sus novelas, en Manuel de Historia (Corregidor, Buenos Aires, 1985), encontré este extracto que quizás le pertenece, o tal vez a su alter ego monstruoso y anagrámico Ramón Civedé, o quizás a su otro alter ego Sebastián Hondio, o incluso, por qué no, al becario estadounidense que en la ficción futurista se llama Sidney Gallagher.


Habla de la Argentina de aquellos años de la edición, más explícitamente, de 1984 (año propicio para ensayar distopías, ciertamente), pero la tesis general del libro es que la Argentina no cambia, y que sustancialmente se hunde en la insignificancia hasta su desaparición como nación soberana (y como nación al fin, enmarañada en la despersonalización, la prostitución espiritual y el arginglés). Veamos, antes de pasar al extracto citado, algunas precisiones que al respecto hace Civedé a su curioso interlocutor extranjero:

"Sí, es imposible comprendernos si no se parte de la triple premisa que postula el manuelisma: un pasado mítico, un futuro utópico y, entre ambos, la cancelación del presente. No necesito aclararle que el manuelisma no es el nombre de ninguna enfermedad mental sino un mero recurso literario" (p. 56).

"Hay algo que nadie puede negar. Los políticos dirán lo que quieran, podrán descargar toda la artillería de la retórica, pero la realidad es esta: si en un país riquísimo la mayoría de los habitantes vive en la pobreza y muchos niños se mueren de hambre, es porque allí reinan la maldad y la estupidez" (p. 58).

"Quizá seamos buenos e inteligentes en la vida privada, pero la vida privada no hace la Historia. (...) La Historia no pasa por la intimidad de los hogares sino por los foros y las ágoras. La maldad y la estupidez argentinas no han proliferado en la vida íntima sino en la vida pública. Pero como por desgracia desde la vida pública, desde el gobierno, desde el Estado, el Poder domina cada día más la vida privada, también en la vida privada se infiltran cada día más la maldad y la estupidez. Lord Acton creía que el Poder corrompe a quienes lo ejercen, y no se equivocaba. Ahora corrompe incluso a quienes lo soportan" (p. 59).

Y no podemos entonces dejar de recordar la observación acerca de la Microfísica del Poder que hiciera Michel Foucault (justamente fallecido en ese año 1984), de su permear desde el plano de los palacios y las cortes a cada una de las actividades sociales humanas, como una laguna formada sobre arena, que se escurre por los intersticios. El agua no desaparece, lo que desaparece es la laguna.


Ahora sí, en este ejercicio de memoria, permitamos que el olvidado Denevi nos permita recordar, que en este bendito terruño, no es otra cosa que superponer perturbadoramente las vivencias (pp. 74-75):

"Presenció, por casualidad, dos mitines políticos. Aunque de distintos partidos, los dos lo impresionaron de la misma manera. Oyó arengas exultantes de petulancia, de infatuación y de una retórica ampulosa y hueca. La multitud invocaba los nombres de líderes muertos hacía muchos años o coreaba estribillos monótonos, repetitivos como ideas fijas, que siempre amenazaban a alguien. Grupos de muchachones percutían tamtames tribales, otros grupos pintaban en las paredes, con alquitrán, sentencias de muerte. ¿Qué había, detrás de esas ceremonias al mismo tiempo belicosas y fúnebres? ¿Odio o terror? ¿Los argentinos se odiaban entre sí o estaban aterrados? ¿Desahogaban el odio o querían exorcizar el terror que los dominaba?


"Frente a un teatro, dos bandos de jóvenes se habían trenzado en una batalla furiosa. Preguntó por qué peleaban y alguien le informó que el motivo de la discordia era la representación de una obra de un autor marxista. A pocos metros de esa gresca, una manifestación de mujeres enarbolaba pancartas que decían: 'Viva el clítoris, muera el falo', 'Sí al placer, no a la maternidad'. Todo era grotesco, anacrónico y ridículo.

"En bancarrota, endeudada hasta los ojos, Argentina no tenía ni la humildad ni la dignidad de su pobreza. Fanfarroneaba, se dedicaba a los negocios sucios, a las tramoyas y a las ilusiones del azar y, en cuanto podía, tiraba la casa por la ventana. Leyendo los periódicos o gracias a la televisión Sidney aprendió que los gobernantes y en general todos los políticos se entretenían en fórmulas recitadas como conjuros mágicos, redoblaban pases magnéticos de una pasmosa puerilidad y mientras tanto el país seguía empeorando día a día, pero ellos persistían, sin desarmar el falso rostro de reyes magos, en sus alquimias medievales".

En un país tan desmemoriado y con pasado mítico, al olvido automático y compulsivo se lo rellena con construcciones más o menos arbitrarias, siempre sesgadas, de reemplazo. El texto recién transcripto proviene de la época alfonsinista. Alfonsín ya ha sido entronizado en el panteón mítico, y no es nuestra intención sacarlo de allí para llevarlo a la ominosa revisión necrófila/necrófoba de siempre. Porque además la intención de Denevi no fue nunca el trivial cuestionamiento de la coyuntura cotidiana, sino la profundización sobre las taras constantes que nos detienen y nos sumergen como colectivo imposible: la maldad y la estupidez.

"Olvido" proviene del sustantivo latino "oblitus", y éste del verbo también latino "oblitare", que vuelto al castellano es "obliterar": anular, tachar, borrar. Eliminar todo vestigio escrito para impedir el recuerdo. Y la mejor manera de eliminar lo escrito, claro está, es olvidando...

miércoles, 14 de octubre de 2009

Slumdog Millonaire



Slumdog Millonaire. Gran película del implacable Danny Boyle (Trainspotting, 28 days later), con su humor corrosivo característicamente irlandés, que permite sortear con esa pizca de indolencia existencial frente a la inconmensurable magnitud paradojalmente insignificante del fenómeno de la vida, los más escabrosos y terribles escollos de la anécdota lúdica de nuestro paso por el mundo.

Y esos escollos pueden ser de imponente estatura en un país como la India, en el cual el régimen de castas ha determinado desde siempre que los chandalas (los descastados o viles, hijos de un matrimonio mixto, en el cual el padre fuera sudrâ, es decir, esclavo o siervo) sólo pudieran realizar los trabajos considerados impuros, no pudieran habitar en las ciudades, ni bañarse en los ríos, y no beber de otra agua que la de los charcos y sumideros. Un país en el cual todavía es preocupante el nivel de infanticidios de recién nacidos de sexo femenino, que pueden acarrear la ruina de las familias, por el costosísimo sistema de dotes que conlleva luego el tener que “ubicar” a la niña en un matrimonio.

En un contexto así, a nadie le correrá un escalofrío por la espalda al enterarse que la película del caso está basada en hechos reales. Ni siquiera cuando esos hechos conlleven prostitución infantil, violencia callejera, la industria del mendigaje, condiciones sanitarias inconcebibles, la provocación deliberada de una ceguera en un chico para que obtenga mayores limosnas, y todo otro tipo de sevicias y lacras sociales.

Y cuando hablo de nadie me refiero, lógicamente, a nadie por aquí, por la Argentina. ¿Quién no ha visto alguna vez a niños mendigos en el subte o en los andenes ferroviarios con alguna extremidad deformada por la temprana atadura de sogas para provocar esa invalidez, método atisbado en la famosa leyenda griega de Edipo (“tobillo”), o directamente con un miembro amputado? ¿Acaso no fue parte de la industria de los juicios contra el Estado la presentación de demandas de parte de abogados que representaban a indigentes que “se caían” del tren y perdían por ello piernas o brazos, y los millones que demandaba la reparación pecuniaria, máxime cuando la víctima era un niño con un “promisorio” y largísimo futuro por delante (léase, lucro cesante)?

¿Quién puede hacerse el zonzo ante la certeza de la prostitución infantil en torno a la Villa 21, atrás de la cancha de Huracán, en La Quemita, en las inmediaciones de Estación Buenos Aires, practicada por nenas y nenes de 10 años o menos, a cambio de $ 5 para comprar poxi o paco, y que encuentra en taxistas y camioneros a sus más fervorosos clientes?

¿Acaso puede uno escandalizarse por las pilas de basura, por las aguas servidas pestilentes, por los ríos empantanados de mugre y contaminación, cuando tiene el Riachuelo a 20 ó 40 cuadras de su casa?

¿Y queda todavía en algún porteño o habitante de las adyacencias algún atisbo de curiosidad o de sorpresa al contemplar los obsoletos trenes indios saturados de pasajeros, que viajan colgados de los pasamanos exteriores, entre los vagones, sobre el techo de las formaciones? La verdad a mí, la única sorpresa me la ocasionó la estación ferroviaria de Bombay, cuyos andenes estaban limpios, y sobre todo, sus solados impecables. Hasta un reloj antiguo muy bonito, de madera y vidrio, colgaba dando la hora puntualmente poco más alto que las cabezas de los peatones, y a nadie se le había ocurrido romperlo o robarlo.

Comparado con la estación Constitución, eso era Primer Mundo. O Segundo, a lo sumo. Y no es poco. Significa el nada despreciable detalle que puede ser el principio de una diferencia. El respeto y el orden.

Aun en una sociedad tan multitudinaria que es de difícil aprehensión mental (más de 27 veces los habitantes de la Argentina), aun partiendo desde el último de los subsuelos, con problemas gravísimos que atender, empezando precisamente por la superpoblación (y una superpoblación de pobres misérrimos), la India cuenta con esas dos armas: el respeto y el orden.

El respeto por las viejas, endebles, precarias cosas que componen el acervo público, que como en la película Made in Argentina de Juan José Jusid (refiriéndose al destartalado Peugeot 403), hay que cuidarlo “porque todavía tiene que durar unos años más”; el orden devenido de un sistema de vida tradicional que puede ser revisado, actualizado, morigerado, pero que no ha sido drásticamente puesto en crisis por el influjo foráneo de entelequias cientificistas generadoras de resentimientos, y de ficciones especulativas, y frustraciones ante la falta de concreción de los futuros dorados que esas entelequias prometen. Frustraciones que generan el peor de los desórdenes, que no es de naturaleza material sino espiritual: el descrédito generalizado en las normas, las instituciones, la autoridad, el destino común.



Así se encuentran en pomposa visita oficial, dos realidades que sólo en forma pasajera se asemejan. La de una nación pobre en ascenso y la de una nación rica en decadencia. La de una nación pobre cuyos nacionales han aprendido la humildad y el sacrificio a fuerza de privaciones y de rigores, y la de una nación rica cuyos habitantes no han aprendido nada, o es decir, han desaprendido las humildades y objetivos concretos y realistas que les trajeron sus abuelos empobrecidos por guerras, hambrunas y miserias desde Europa. Gente que valora todo lo poco que tiene, cada ápice que consigue, y gente que desprecia todo lo bastante que tiene y aspira a lo demasiado que nunca podrá tener, reclamando, invocando derechos ilusorios a un Estado que sólo ilusoriamente es rico y puede proveérselos, con altivez y urgencia, con desplazamiento de su responsabilidad individual. Con la prepotencia del servido, frente al agradecimiento del que sirve.

Slumdog Millonaire puede traducirse (libremente) como “muerto de hambre millonario”, o tal vez mejor, como “De muerto de hambre a millonario”. Es una película sobre el destino, y el destino es un factor cultural muy importante en la India. Pero también es una película sobre el aprendizaje que dan los golpes, que es quizás el aprendizaje más implacable y por tanto, más inolvidable. En cierta medida, es una película sobre la India, o puede serlo… el tiempo lo dirá.

Sobre la Argentina, en cambio, la película, hoy, es El Polaquito, de Juan Carlos Desanzo.

martes, 15 de septiembre de 2009

Esclavos de Salamina

Crítica literaria.


En un fragmento publicado de forma póstuma, titulado El Estado Griego. Prólogo a un libro que no se ha escrito (1871) Friedrich Nietzsche sostenía:

“Los modernos tenemos respecto de los griegos dos prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia: me refiero a esas dos frases la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo. Todo se conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano), seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves filosofías le atribuyen”.

He decidido transcribir todo el extracto, para no restarle significado. Pero lo que aquí nos interesa, evidentemente, es la visión nietzscheana que luego será la clave del conocimiento y el pensamiento más brillantes del siglo XX, a saber: Los desvelos de una civilización, su preocupación por un determinado o varios determinados tópicos, señalan, en definitivas, la situación opuesta. El hombre moderno “oye la palabra esclavo con angustia” porque “ha nacido en un mundo esclavo”.

En la misma línea, Jean Baudrillard, en Olvidar a Foucault (Galilée, 1977) ha hecho de esta concepción epistemológica un auténtico método exegético: Cuando se refiere al análisis “microfísico” del poder que hace Foucault, dice que el mismo “es también un discurso de poder” (p. 8 de la edición española, Ed. Pre-Textos, Madrid, 1994). “En una palabra, el discurso de Foucault es el espejo de los poderes que describe. Ésa es su fuerza de seducción, y no su ‘índice de verdad’…” (p. 9).

Yendo un poco más lejos, Baudrillard aplica ese mismo método para juzgar las “conquistas” de la modernidad con esa misma lucidez implacable que conduce hacia su evidente reversibilidad: Así como lo que nos aterra es aquello que tan bien conocemos, aquello que respiramos cotidianamente, aquello con base en lo cual nos comportamos, sentimos, vivimos y pensamos; lo que hemos puesto bajo la lupa del entomólogo, en la mesa de disección para estudiarlo, descomponerlo en mil fragmentos, volverlo a armar, comprenderlo, apropiárnoslo, es lo que irremisiblemente se nos está escurriendo entre los dedos, como una fina arena de un reloj que, como todo medidor del tiempo, nos señala el tránsito hacia la muerte.

La reflexión de Baudrillard es concluyente: “¿Y si Foucault sólo nos hablara tan bien de la sexualidad … porque esta figura de la sexualidad, esta gran producción (también ella) de nuestra cultura estuviera, como la otra [la del poder], en vías de desaparecer? El sexo, como el hombre, o como lo social, puede no tener más que un tiempo. ¿Y si el efecto de realidad del sexo, que está en el horizonte del discurso de la sexualidad, viniese también él a esfumarse radicalmente dejando sitio a otros simulacros y arrastrando en su caída los grandes referentes del deseo, del cuerpo, y del inconsciente – toda esa letanía tan poderosa hoy? La hipótesis misma de Foucault se abre sobre la mortalidad del sexo a más o menos largo plazo”.

[Menos que más, acoto yo, y aplaudo la clarividencia de una conjetura formulada antes del enseñoramiento de la virtualidad como productora de significado en lugar de la realidad, y de la sublimación del cuerpo por su proyección virtual, es decir, por su imagen descarnada].

“El psicoanálisis, que parece inaugurar el milenium del sexo y del deseo, es quizás quien lo saca a relucir antes de que ya no sea nada. En cierta manera, el psicoanálisis pone fin al inconsciente y al deseo, como el marxismo pone fin a la lucha de clases, hipostasiándolos y enterrándolos en su empresa teórica (Ibídem, pp. 14-15).

Jean Baudrillard (1929-2007)


Sexual es la metáfora que adopta Javier Cercas en Soldados de Salamina (Tusquets, 2001; 1ª edición argentina en col. Maxi: 2009) para referirse a su propia consciencia. La coloca en el sugestivo regazo de Conchi, una novia algo casual, avenida luego de la terminación de un matrimonio que también es la terminación de una etapa y de una forma de pensar y de escribir del autor. A Conchi la caracteriza como una pitonisa de la televisión de Gerona, que usa de nombre artístico el no menos sugestivo de Jasmine, que no usa bombacha y completa su caracterización física como: “pelo oxigenado, minifalda de cuero, tops ceñidos y zapatos de aguja” (p. 43 de la edición argentina mencionada). La determinación directa y concreta de la sexualidad de Conchi también se prolonga, en la caracterización que el autor hace de la faceta intelectual, al empleo de un elemental sentido común, arraigado solamente en lo intuitivo, y desprovisto de cualquier atisbo de intelectualidad y/o de rigor en el pensamiento. La siguiente anécdota que emplea es por lo demás ejemplificadora: Cuestiona que a una calle le hubieran puesto el nombre y cargo académico de un prehistoriador, argumentando que “Podrían haberle puesto a la calle el nombre de alguien que por lo menos hubiera terminado la carrera, ¿no?” (p. 44).

En fin, cada uno tiene la consciencia que puede, pero no deja de ser plausible la imagen empleada, puesto que, más allá de las proclamas altisonantes, toda consciencia tiene algo de prostituta, y mucho más de visceral, de intuitiva, de… ¿ignorante? Porque después de todo, la conciencia es un compendio de preconceptos inculcados desde la cuna, y reafirmados en el confronte con los preconceptos de los demás.

Para completar la descripción de esta Conchi-consciencia, el autor le atribuye el don de la idolatría, que se presenta en un doble envase: Por un lado, una estatuilla de la Virgen de Guadalupe, que preside el comedor de la casa de la señorita, y flanqueándola, por el otro lado, los dos libros previos del propio autor, que constituyen su confesado desvelo y la sombra bajo la cual se plantea la obra que está escribiendo. Una sombra oscura, casi siniestra. La sombra del fracaso editorial, del anonimato. La sombra de su matrimonio fracasado, y sustituido por este resplandeciente nuevo estilo. El Conchi-estilo.

No es casual que en boca de Conchi (muy ignorante ella, pero no tanto como para ignorar a un tipo al que sólo los aficionados a la literatura ardua, o a la historia también ardua, conocen) aparezca, con el particular escozor de la consciencia que no deja de picar, la gran objeción a la obra que Cercas se propone: “Tiene miga –comentó en efecto Conchi, con un rictus de asco-. ¡Mira que ponerse a escribir sobre un facha, con la cantidad de buenísimos escritores rojos que debe de haber por ahí! García Lorca, por ejemplo. Era rojo, ¿no? Uyyyy –dijo sin esperar respuesta, metiendo la mano por debajo de la mesa: alarmado levanté el mantel y miré-. Chico, qué manera de picarme el chocho” (p. 67).

El libro Soldados de Salamina está compuesto de tres partes. La primera de ellas, llamada Los amigos del bosque, narra las peripecias que ocuparon al autor, metido a periodista y pesquisador, en la búsqueda de los testigos octogenarios y la documentación que pusieran luz al episodio del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas cuando la guerra civil española estaba terminando, el 30 de enero de 1939. En ella aparecen los reparos de la consciencia de Cercas, indefectiblemente “atrapado” por la historia y por el personaje: “Añadiré que, por extraño que parezca, yo creo que sin esa estancia en Cancún nunca me hubiera decidido a escribir un libro sobre Sánchez Mazas, porque durante esos días tuve tiempo de poner en orden mis ideas acerca de él y de comprender que el personaje y su historia se habían convertido con el tiempo en una de esas obsesiones que constituyen el combustible indispensable de la escritura” (p. 48).

Rafael Sánchez Mazas (1894-1966)


La segunda parte, titulada propiamente Soldados de Salamina, es la que relata el episodio, respaldándose en esa prolífica colecta documental y testimonial, que incluye el facsímile de una hoja de una libretita de anotaciones personales que llevó Sánchez Mazas durante todo el período de su cautiverio (que empezó mucho antes que la guerra civil) y las peripecias que ocurrieron en medio (una huida desde Madrid a Barcelona en un carro bajo un colchón de frutas podridas, la salvación milagrosa en el fusilamiento y la cacería humana que le siguió a través de un bosque, la pérdida de sus gafas en una caída dejándole prácticamente ciego, etc.).

En realidad, en esas dos primeras partes está el libro. Y en esas dos primeras partes el libro es muy meritorio. Más allá de los pruritos ideológicos acerca del personaje (Sánchez Mazas, que era abogado titulado pero jamás ejerció, poeta y novelista de talento, fue también uno de los fundadores de Falange Española, y el único que sobrevivió a las persecuciones y los fusilamientos depuradores de los rojos, al cabo de la guerra), puede bien vislumbrarse, apenas solapada por adjetivos de salvaguarda, una leal convicción por la verdad, que no es otra que la que se desprende de la artesanal tarea de hilván propia de un historiador acometida por Cercas, y profusamente respaldada por pruebas concretas y expresas.

En cambio, la última parte, como bien me apuntara ya hace tiempo un amigo cuyo nombre casualmente coincide con el del patrono de España, resulta absolutamente inverosímil (“traída de los pelos” fue el fortuito concepto empleado) y ridícula, tanto por lo sesgada como por lo acomodaticia. En esa última parte, evidentemente agregada mucho después, y tal vez siguiendo un consejo editorial, y sobre todo, la infalible voz de su consciencia, que le recordaba sus anteriores fracasos, abundan las lagunas, las inconsistencias, las fantasías y la falta de rigor histórico. Como si de una obra testimonial, histórico-periodística, interesante por sí misma y por su método de investigación (“Es un relato real. (…) Será como una novela. Sólo que, en vez de ser todo mentira, todo es verdad”; p. 66), se pasara sin solución de continuidad, sin siquiera el mismo estilo literario, a una aventura de cómic al estilo de Aquí la legión, pero además con moraleja, con bajada de línea ideológica que, de tan burda y repetitiva, resulta de veras ominosa.

Lo cierto es que el 30 de enero de 1939, habiendo sido quebrada la línea defensiva del Ejército del Ebro, el General Líster y su V Cuerpo se retiraron con rumbo a los Pirineos para refugiarse en Francia. En esa retirada, se llevaron a todos los presos políticos que tenían cautivos, custodiados por los parapoliciales del SIM, hasta el antiguo santuario de Santa María del Collell; y luego de unos días de espera, cuando los nacionales se aproximaban victoriosos, decidieron llevar a los presos a un claro en el bosque, con la excusa de la comisión de indeterminados trabajos, y sin mediar palabra, los ametrallaron. En el maremagno de cuerpos que caían destrozados por la metralla, quizás Sánchez Mazas encontró fortuito escudo en el cuerpo de otro desdichado, y pudo saltar el cerco, tropezar y caer por el lodo (estaba lloviendo), correr entre la enramada y ocultarse en un hueco formado por las raíces de un árbol, junto a un charco, jadeante y embadurnado de barro para hacerse invisible. Se organizó una batida de búsqueda, y un soldado anónimo dio con él, lo miró a los ojos, y cuando le preguntaron por novedades, levantó la mirada y contestó: “Aquí no hay nadie”. Ese notable episodio, que le pone una pizca de humanidad –y tal vez de reencuentro entre hermanos en la penuria- a una guerra fratricida e implacable, fue el gran motor del libro, y su verosimilitud fue rigurosamente comprobada por el autor en las dos primeras partes.

Fotograma de la película homónima.

La tercera, en cambio, titulada Cita en Stockton, está burdamente novelada, con lo que se aparta de la intención inicial y del compromiso con la verdad histórica, la más dura exigencia que puede enfrentar el ser humano; tan dura que Odín sacrificó un ojo –la mitad de la verdad que cargamos en nuestra estructura de convicciones- para conocerla. Cercas, por supuesto, no se atrevió a tanto, y entonces, evidentemente a las apuradas, y urgido antes por los condicionantes del bienpensantismo y del éxito editorial que por la vocación o el entusiasmo, se puso a urdir una trama ficcional bastante pobre. Para ello, se sostiene en un único informador: el poeta chileno y militante trotskista (“Si Don Quijote hubiera escrito un solo libro de caballería nunca hubiera sido Don Quijote, y si yo no hubiese aprendido a escribir ahora estaría pegando tiros con las FARC”, p. 149) Roberto Bolaño (radicado en Cataluña, y… ¿quizás sugerido al autor por la misma editorial?), que demuestra una paquidérmica memoria al narrar con pelos y señales las casuales conversaciones etílicas que mantuviera, más de 20 años antes de la entrevista con Cercas, con un tal Miralles, un catalán exiliado en Francia que, militante también del comunismo, había combatido en la guerra civil española, bajo las órdenes de Líster, y había huido a principios de febrero de 1939 (p. 154): “Sin embargo, [Miralles] apenas llegó al frente se hizo comunista: el hecho de que lo fueran sus compañeros y sus mandos y de que también lo fuera Líster sin duda influyó en su decisión” (p. 153).

En fin, la peripecia luego enlaza, a la manera de las aventuras de Forrest Gump, todos los episodios relevantes de la resistencia francesa en la segunda guerra mundial (en los cuales, obviamente participa este tal Miralles, que se va convirtiendo en el epónimo de la resistencia de la humanidad contra la tiranía): cautiverio en un campo de concentración en Argelès (¡en la Francia libre!), conchabo en la Legión Extranjera, luego se pliega a la columna Leclerc (curioso: porque Miralles teóricamente estaba en el Magreb, y Leclerc en Camerún, pero ya lo dije: salimos del mundo de la historia para entrar en el más complaciente de las historietas), hostiga a los italianos en Libia, ingresa triunfante en París en el ’44 y termina herido en Austria (pp. 154-158). Un auténtico tractor de la causa de la libertad: más de ocho años combatiendo sin respiro.

Claro que, ya encaramados en otra lógica, la ficcional, toda esta epopeya cuasi-solitaria tiene un único asidero: los dichos de terceros. A la manera de otras epopeyas ius-ficcionales, en ningún momento aparece en toda esta tercera parte improvisada un solo dicho de testigos directos, una sola prueba documental, siquiera una foto. Todo se reduce a la memoria entibiada por el alcohol en un encuentro casual en un camping, más de dos décadas atrás, entre el supuesto protagonista de la saga y el exiliado trotskista chileno.

Porque en teoría Cercas logra dar con el protagonista, al que, ya el lector habrá adivinado, Cercas le atribuye el papel en la novela que le corresponde al soldado anónimo perdonavidas; pero en su entrevista con éste, en un geriátrico de la ciudad borgoñona de Dijon, a ninguno de los dos se les ocurre siquiera por un instante evocar alguno de esos notorios sucesos. Y cuando nuestro autor le pregunta al héroe de la libertad acerca del episodio del fusilamiento del Collell, y su presunta piadosa actuación, éste le responde siempre con evasivas y con una sonrisa pícara: “Era usted, ¿no? Tras un instante de vacilación, Miralles sonrió ampliamente, afectuosamente, mostrando apenas su doble hilera de dientes desvencijados. Su respuesta fue: -No” (p. 202).

En fin, hasta la puesta en escena del episodio que le da nombre a la tercera parte, y que alude a una también ficticia ciudad de los olvidados, la Stockton del film Fat City, resulta increíble: “Yo aprovechaba mis pocos días libres [cuenta Bolaño] para ir a Barcelona, pero una vez me lo encontré en el paseo de Castelldefells, nos tomamos una horchata juntos y luego me propuso acompañarle al cine; como no tenía nada que hacer, le acompañé. Ahora puede parecer mentira que en un pueblo de veraneo pusieran una película de Huston, pero entonces pasaban esas cosas” (p. 176).

En definitivas, cada concepto vertido en esta tercera parte es inverosímil. Y lo grave, es que es inverosímil también para el autor, que se ve obligado a repetir cada cosa varias veces, como intentando que la repetición le otorgue convicción a lo que escribe. Pero un escritor que no cree en lo que escribe tiende a fracasar. Dos ejemplos concretos:

1) La imagen de Miralles junto a cuatro moros y un negro, tan visual como la foto de Iwo Jima, enarbolando “la bandera tricolor de la libertad”. Y como Cercas no es ningún ignorante, y supongo sabe que la bandera tricolor de Leclerc era la misma que la tricolor de Vichy, lo que no muy sutilmente desliza, es que la bandera de la libertad es la bandera de la República: roja, amarilla y morada. Cuando no puede más con la metáfora, directamente lo dice, a centímetros del final: “…llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que sólo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida…” (p. 207).

2) La idea de que, en definitiva, Sánchez Mazas merecía morir ametrallado clandestinamente en el bosque ese 30 de enero de 1939: “Porque por culpa de Sánchez Mazas y por la de cuatro o cinco tipos como él había pasado lo que había pasado… Porque si alguien mereció que lo fusilaran ése fue Sánchez Mazas (p. 200 y tb. p. 190). Una idea que legitima el delito de opinión como el más atroz de los delitos, como aquél que primeramente debe ser castigado con la pena más severa, la muerte. Porque Sánchez Mazas jamás disparó un tiro en su vida, era un intelectual refractario a la violencia física (siempre según el libro comentado) que pasó toda la guerra, y desde varios meses antes de que ésta comenzara, en prisión.

Pero esa idea tremenda ya se atisba con mayor profundidad en otra parte del libro: “No sé quien dijo que, gane quien gane las guerras, las pierden siempre los poetas; sé que poco antes de mis vacaciones en Cancún yo había leído que, el 29 de octubre de 1933, en el primer acto público de Falange Española, en el Teatro de la Comedia de Madrid, José Antonio Primo de Rivera, que siempre andaba rodeado de poetas, había dicho que ‘a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas’. La primera afirmación es una estupidez; la segunda no: es verdad que las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes parten al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que estuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de centenares de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de la victoria de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de aquel general decimonónico que fue Francisco Franco” (p. 49). No se puede ser más claro. Merece morir por opinar, porque las opiniones (y más si su vehículo es la poesía) son eminentemente peligrosas.


Pero, luego de esta poco exitosa síntesis, no crea el lector que nos hemos olvidado de la consciencia de Cercas, que se manifiesta en esta parte en toda su magnitud y sinceridad. Así Conchi-consciencia nuevamente, infalible, omnipresente, luego de las muy recomendables dos primeras partes, lo devuelve a nuestro autor a la realidad, lo posiciona nuevamente en la senda del logro de sus objetivos editoriales, y por qué no, lo reconcilia, en un diálogo imperdible, que paga la obra como quien dice, con su propia Conchi-Consciencia (p. 166):

“-Si no fuera porque sé que eres un intelectual, diría que eres tonto. ¿No te dije desde el principio que lo que tenías que hacer era escribir sobre un comunista?

“-Conchi, me parece que no has entendido bien lo que…

“-¡Claro que he entendido bien! –me interrumpió-. ¡La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado si me llegas a hacer caso desde el principio!”.

En fin, volviendo al principio, la palabra tiene una sórdida y sugestiva implicancia, más allá de su denotación, por su propia existencia. Edgar Allan Poe le otorga un sentido mágico, inaugural, a aquello del Génesis de que “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios./Él estaba al principio en Dios./Todas las cosas fueron hechas por él (por el verbo)/…”. Y ese mismo sentido mágico lo seguimos atribuyendo a las palabras cuando nos inhibimos de pronunciar alguna que trae mala suerte, o cuya mera mención puede provocar la ocurrencia de alguna fatalidad; y si la decimos, al instante nos cruzamos los dedos, o tocamos fierro, o alguna parte ubicada a la izquierda del cuerpo…

Para Nietzsche, las palabras que más nos atormentan son las que definen a nuestro mundo, más allá del velo interpuesto sobre nuestros ojos que mansamente se limitan a interpretar de la forma en que les indica la razón.

Para Baudrillard, las palabras que más nos motivan, que mueven nuestro deseo, son aquéllas que en realidad denotan la muerte del deseo, y la paradoja existencial. No ha habido en la historia asesina más cruel e implacable que la causa de la libertad, y nunca se han puesto tantas cadenas, tantas cortinas de hierro, tantas persecuciones, tantos gulags y koljoses compulsivos, como en aquellos regímenes que han hecho de la proclama de libertad una bandera para silenciar y asfixiar a esclavos igualados en la miseria.

Javier Cercas se autocritica en la voz de Conchi y con ello critica a la frustrada obra literaria que con este libro pretende dejar atrás: “Es sólo que, en fin, querido, me parece que la imaginación no es tu fuerte” (p. 66). Se lo dice la misma mujer enamorada que pone en un pedestal, envueltos en papel celofán, los dos libros anteriores flanqueando la imagen de la Virgen.

Sin embargo, ha debido él también claudicar a los imperativos de su tiempo y de su mundo, y volver a embarrarse en el fango de la ficción, como Sánchez Mazas evitando la metralla.

Así ha vuelto a ser esclavo de aquello de lo que huía. Por más que su libro termine con un “siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante”. Pero huir es una forma de acercarse, y no ha tardado mucho, no más de 138 páginas (las de las dos primeras partes) en reencontrarse con el punto de partida. Ayudado por la consciencia. Para “ahorrarse disgustos”.

El resultado es muy alentador. Dice un cartelito impreso en la portada: “Más de 1.000.000 de ejemplares VENDIDOS”.

martes, 28 de abril de 2009

Colonización e Indigenismo

Hojeando la revista de viajes Marcopolo en la peluquería, me encontré con un artículo sobre la zona maya de México, en el cual había una sección que hablaba de los indios lacandones.

En el paraje de Yaxchilán (Estado de Chiapas), al Sudeste de las ruinas de Palenque, se encuentra la aldea de Lacanjá, poblada por los lacandones, que forman parte de la familia maya. Los rasgos físicos son innegables. El perfil aguileño coincide milimétricamente con aquél que caracteriza los frisos y bajorrelieves realizados por sus ancestros. La pureza racial originaria persiste, al igual que gran parte del idioma primitivo, y ambos factores fueron tenidos en cuenta en el cásting realizado con población nativa para la película de Mel Gibson, Apocalypto.

La aldea de los lacandones se encuentra enclavada en la Reserva de la Biosfera Montes Azules, de 300.000 hectáreas. Hace tiempo que, según confiesan, los indígenas se han conformado con proseguir con sus primitivas actividades de caza y recolección selvática, ya que finalmente han comprendido que el desmonte no deja tierras fértiles para el cultivo, actividad que, confiesan, nos los seduce demasiado ni practican con idoneidad.

Sin embargo, a la hora de caracterizar a la selva de la que viven, prefieren atribuirle las características de serpiente, antes que las de madre, por ejemplo. Dicen que la selva es una serpiente que rodea con firmeza todo lo humano que emerja entre su musculoso cuerpo. La metáfora es válida, incluso poéticamente bella, pero no deja por ello de resultar inquietante.

Para los lacandones la selva es hija de Chaac, el dios maya de la lluvia, que aparece absolutamente todos los días, y origina abundantes torrentes, en la superficie y subterráneos. Los arroyos que surcan prolíficamente su geografía forman los Sk’inael Toljá (“montañas de agua”), que son los rápidos que se generan al golpear el agua contra las rocas.

El joven Chankayun Kin (“pájaro sol”), junto a la cascada Yatoch Kusam —que los indios atribuyen su formación al acarreo de hojas, ramas y barro por parte del río—, explica los efectos que los numerosos trabajadores sociales, las ayudas humanitarias y la proliferación de misioneros cristianos que, con la excusa de la asistencia a la pobreza, han generado en las poblaciones originales de Chiapas:

“Antes nosotros adorábamos ídolos de barro. Mi abuelo los tenía en su casa, era K’abiran, el dios sol. Ahora somos presbiterianos”.

Lo que no logró el tremendo castellano con su frenesí evangelizador, lo consiguen ahora los misioneros protestantes, en silencio y sin que ninguna de las tantas asociaciones y ONGs indigenistas levante una sola queja. Parece que la aculturación sólo es censurable si viene acompañada de alguna imposición, por más que ése fuera el rasgo cultural unánime en la época colonial, sea de parte de españoles, como de parte de ingleses, franceses, portugueses, rusos, turcos, holandeses y árabes.

El rasgo político-cultural moderno impone la supresión de las fronteras, el libre acceso de todo tipo de sistemas de colonización espiritual y cultural a las zonas en el pasado protegidas, antes por el aislamiento que por cualquier cuestión política o identitaria.

Presbiterianos fueron los pasajeros del Mayflower, que colonizaron los EE.UU. desde Inglaterra y Escocia y trajeron al nuevo mundo las ideas jacobinas. Aquéllos cuyos descendientes festejan con el pavo horneado con salsa de arándanos cada Día de Acción de Gracias.

La nueva ecuación conduce a una nueva relación de poder, que no deja por sus maneras más refinadas de ser colonial. Lo que ocurre es que hoy día ese colonialismo se emite y propaga desde un núcleo único y absolutamente etnocéntrico.

Mientras se socava la unicidad espiritual de las naciones latinoamericanas promoviendo conflictos y reivindicaciones que tienen más que ver con la arqueología que con las tolerantes y progresistas prácticas republicanas de los últimos 5 lustros, la colonización irradiada desde polos cultural y tecnológicamente preponderantes termina llevándose los espíritus para su verde páramo, y todo el discurso de “recuperaciones” y “conquistas”, de restauración de la identidad amenazada, etc., se traduce solamente en artesanías regionales, folklore for export y adquisición de tierras para la tribu.

Cerraré entonces esta breve reflexión transcribiendo las conclusiones del entrevistador de Chankayun Kin en la revista de turismo, que hablando de su tribu es de por sí más que elocuente:

“Desde que les pusieron electricidad, los lacandones perdieron su lugar de contacto y socialización. Antes se bañaban en el río y aprovechaban la ocasión para intercambiar ideas. Ahora se encierran en sus casas a ver la TV”.

Indio de cotillón sólo ve televisión...