martes, 15 de septiembre de 2009

Esclavos de Salamina

Crítica literaria.


En un fragmento publicado de forma póstuma, titulado El Estado Griego. Prólogo a un libro que no se ha escrito (1871) Friedrich Nietzsche sostenía:

“Los modernos tenemos respecto de los griegos dos prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia: me refiero a esas dos frases la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo. Todo se conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano), seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves filosofías le atribuyen”.

He decidido transcribir todo el extracto, para no restarle significado. Pero lo que aquí nos interesa, evidentemente, es la visión nietzscheana que luego será la clave del conocimiento y el pensamiento más brillantes del siglo XX, a saber: Los desvelos de una civilización, su preocupación por un determinado o varios determinados tópicos, señalan, en definitivas, la situación opuesta. El hombre moderno “oye la palabra esclavo con angustia” porque “ha nacido en un mundo esclavo”.

En la misma línea, Jean Baudrillard, en Olvidar a Foucault (Galilée, 1977) ha hecho de esta concepción epistemológica un auténtico método exegético: Cuando se refiere al análisis “microfísico” del poder que hace Foucault, dice que el mismo “es también un discurso de poder” (p. 8 de la edición española, Ed. Pre-Textos, Madrid, 1994). “En una palabra, el discurso de Foucault es el espejo de los poderes que describe. Ésa es su fuerza de seducción, y no su ‘índice de verdad’…” (p. 9).

Yendo un poco más lejos, Baudrillard aplica ese mismo método para juzgar las “conquistas” de la modernidad con esa misma lucidez implacable que conduce hacia su evidente reversibilidad: Así como lo que nos aterra es aquello que tan bien conocemos, aquello que respiramos cotidianamente, aquello con base en lo cual nos comportamos, sentimos, vivimos y pensamos; lo que hemos puesto bajo la lupa del entomólogo, en la mesa de disección para estudiarlo, descomponerlo en mil fragmentos, volverlo a armar, comprenderlo, apropiárnoslo, es lo que irremisiblemente se nos está escurriendo entre los dedos, como una fina arena de un reloj que, como todo medidor del tiempo, nos señala el tránsito hacia la muerte.

La reflexión de Baudrillard es concluyente: “¿Y si Foucault sólo nos hablara tan bien de la sexualidad … porque esta figura de la sexualidad, esta gran producción (también ella) de nuestra cultura estuviera, como la otra [la del poder], en vías de desaparecer? El sexo, como el hombre, o como lo social, puede no tener más que un tiempo. ¿Y si el efecto de realidad del sexo, que está en el horizonte del discurso de la sexualidad, viniese también él a esfumarse radicalmente dejando sitio a otros simulacros y arrastrando en su caída los grandes referentes del deseo, del cuerpo, y del inconsciente – toda esa letanía tan poderosa hoy? La hipótesis misma de Foucault se abre sobre la mortalidad del sexo a más o menos largo plazo”.

[Menos que más, acoto yo, y aplaudo la clarividencia de una conjetura formulada antes del enseñoramiento de la virtualidad como productora de significado en lugar de la realidad, y de la sublimación del cuerpo por su proyección virtual, es decir, por su imagen descarnada].

“El psicoanálisis, que parece inaugurar el milenium del sexo y del deseo, es quizás quien lo saca a relucir antes de que ya no sea nada. En cierta manera, el psicoanálisis pone fin al inconsciente y al deseo, como el marxismo pone fin a la lucha de clases, hipostasiándolos y enterrándolos en su empresa teórica (Ibídem, pp. 14-15).

Jean Baudrillard (1929-2007)


Sexual es la metáfora que adopta Javier Cercas en Soldados de Salamina (Tusquets, 2001; 1ª edición argentina en col. Maxi: 2009) para referirse a su propia consciencia. La coloca en el sugestivo regazo de Conchi, una novia algo casual, avenida luego de la terminación de un matrimonio que también es la terminación de una etapa y de una forma de pensar y de escribir del autor. A Conchi la caracteriza como una pitonisa de la televisión de Gerona, que usa de nombre artístico el no menos sugestivo de Jasmine, que no usa bombacha y completa su caracterización física como: “pelo oxigenado, minifalda de cuero, tops ceñidos y zapatos de aguja” (p. 43 de la edición argentina mencionada). La determinación directa y concreta de la sexualidad de Conchi también se prolonga, en la caracterización que el autor hace de la faceta intelectual, al empleo de un elemental sentido común, arraigado solamente en lo intuitivo, y desprovisto de cualquier atisbo de intelectualidad y/o de rigor en el pensamiento. La siguiente anécdota que emplea es por lo demás ejemplificadora: Cuestiona que a una calle le hubieran puesto el nombre y cargo académico de un prehistoriador, argumentando que “Podrían haberle puesto a la calle el nombre de alguien que por lo menos hubiera terminado la carrera, ¿no?” (p. 44).

En fin, cada uno tiene la consciencia que puede, pero no deja de ser plausible la imagen empleada, puesto que, más allá de las proclamas altisonantes, toda consciencia tiene algo de prostituta, y mucho más de visceral, de intuitiva, de… ¿ignorante? Porque después de todo, la conciencia es un compendio de preconceptos inculcados desde la cuna, y reafirmados en el confronte con los preconceptos de los demás.

Para completar la descripción de esta Conchi-consciencia, el autor le atribuye el don de la idolatría, que se presenta en un doble envase: Por un lado, una estatuilla de la Virgen de Guadalupe, que preside el comedor de la casa de la señorita, y flanqueándola, por el otro lado, los dos libros previos del propio autor, que constituyen su confesado desvelo y la sombra bajo la cual se plantea la obra que está escribiendo. Una sombra oscura, casi siniestra. La sombra del fracaso editorial, del anonimato. La sombra de su matrimonio fracasado, y sustituido por este resplandeciente nuevo estilo. El Conchi-estilo.

No es casual que en boca de Conchi (muy ignorante ella, pero no tanto como para ignorar a un tipo al que sólo los aficionados a la literatura ardua, o a la historia también ardua, conocen) aparezca, con el particular escozor de la consciencia que no deja de picar, la gran objeción a la obra que Cercas se propone: “Tiene miga –comentó en efecto Conchi, con un rictus de asco-. ¡Mira que ponerse a escribir sobre un facha, con la cantidad de buenísimos escritores rojos que debe de haber por ahí! García Lorca, por ejemplo. Era rojo, ¿no? Uyyyy –dijo sin esperar respuesta, metiendo la mano por debajo de la mesa: alarmado levanté el mantel y miré-. Chico, qué manera de picarme el chocho” (p. 67).

El libro Soldados de Salamina está compuesto de tres partes. La primera de ellas, llamada Los amigos del bosque, narra las peripecias que ocuparon al autor, metido a periodista y pesquisador, en la búsqueda de los testigos octogenarios y la documentación que pusieran luz al episodio del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas cuando la guerra civil española estaba terminando, el 30 de enero de 1939. En ella aparecen los reparos de la consciencia de Cercas, indefectiblemente “atrapado” por la historia y por el personaje: “Añadiré que, por extraño que parezca, yo creo que sin esa estancia en Cancún nunca me hubiera decidido a escribir un libro sobre Sánchez Mazas, porque durante esos días tuve tiempo de poner en orden mis ideas acerca de él y de comprender que el personaje y su historia se habían convertido con el tiempo en una de esas obsesiones que constituyen el combustible indispensable de la escritura” (p. 48).

Rafael Sánchez Mazas (1894-1966)


La segunda parte, titulada propiamente Soldados de Salamina, es la que relata el episodio, respaldándose en esa prolífica colecta documental y testimonial, que incluye el facsímile de una hoja de una libretita de anotaciones personales que llevó Sánchez Mazas durante todo el período de su cautiverio (que empezó mucho antes que la guerra civil) y las peripecias que ocurrieron en medio (una huida desde Madrid a Barcelona en un carro bajo un colchón de frutas podridas, la salvación milagrosa en el fusilamiento y la cacería humana que le siguió a través de un bosque, la pérdida de sus gafas en una caída dejándole prácticamente ciego, etc.).

En realidad, en esas dos primeras partes está el libro. Y en esas dos primeras partes el libro es muy meritorio. Más allá de los pruritos ideológicos acerca del personaje (Sánchez Mazas, que era abogado titulado pero jamás ejerció, poeta y novelista de talento, fue también uno de los fundadores de Falange Española, y el único que sobrevivió a las persecuciones y los fusilamientos depuradores de los rojos, al cabo de la guerra), puede bien vislumbrarse, apenas solapada por adjetivos de salvaguarda, una leal convicción por la verdad, que no es otra que la que se desprende de la artesanal tarea de hilván propia de un historiador acometida por Cercas, y profusamente respaldada por pruebas concretas y expresas.

En cambio, la última parte, como bien me apuntara ya hace tiempo un amigo cuyo nombre casualmente coincide con el del patrono de España, resulta absolutamente inverosímil (“traída de los pelos” fue el fortuito concepto empleado) y ridícula, tanto por lo sesgada como por lo acomodaticia. En esa última parte, evidentemente agregada mucho después, y tal vez siguiendo un consejo editorial, y sobre todo, la infalible voz de su consciencia, que le recordaba sus anteriores fracasos, abundan las lagunas, las inconsistencias, las fantasías y la falta de rigor histórico. Como si de una obra testimonial, histórico-periodística, interesante por sí misma y por su método de investigación (“Es un relato real. (…) Será como una novela. Sólo que, en vez de ser todo mentira, todo es verdad”; p. 66), se pasara sin solución de continuidad, sin siquiera el mismo estilo literario, a una aventura de cómic al estilo de Aquí la legión, pero además con moraleja, con bajada de línea ideológica que, de tan burda y repetitiva, resulta de veras ominosa.

Lo cierto es que el 30 de enero de 1939, habiendo sido quebrada la línea defensiva del Ejército del Ebro, el General Líster y su V Cuerpo se retiraron con rumbo a los Pirineos para refugiarse en Francia. En esa retirada, se llevaron a todos los presos políticos que tenían cautivos, custodiados por los parapoliciales del SIM, hasta el antiguo santuario de Santa María del Collell; y luego de unos días de espera, cuando los nacionales se aproximaban victoriosos, decidieron llevar a los presos a un claro en el bosque, con la excusa de la comisión de indeterminados trabajos, y sin mediar palabra, los ametrallaron. En el maremagno de cuerpos que caían destrozados por la metralla, quizás Sánchez Mazas encontró fortuito escudo en el cuerpo de otro desdichado, y pudo saltar el cerco, tropezar y caer por el lodo (estaba lloviendo), correr entre la enramada y ocultarse en un hueco formado por las raíces de un árbol, junto a un charco, jadeante y embadurnado de barro para hacerse invisible. Se organizó una batida de búsqueda, y un soldado anónimo dio con él, lo miró a los ojos, y cuando le preguntaron por novedades, levantó la mirada y contestó: “Aquí no hay nadie”. Ese notable episodio, que le pone una pizca de humanidad –y tal vez de reencuentro entre hermanos en la penuria- a una guerra fratricida e implacable, fue el gran motor del libro, y su verosimilitud fue rigurosamente comprobada por el autor en las dos primeras partes.

Fotograma de la película homónima.

La tercera, en cambio, titulada Cita en Stockton, está burdamente novelada, con lo que se aparta de la intención inicial y del compromiso con la verdad histórica, la más dura exigencia que puede enfrentar el ser humano; tan dura que Odín sacrificó un ojo –la mitad de la verdad que cargamos en nuestra estructura de convicciones- para conocerla. Cercas, por supuesto, no se atrevió a tanto, y entonces, evidentemente a las apuradas, y urgido antes por los condicionantes del bienpensantismo y del éxito editorial que por la vocación o el entusiasmo, se puso a urdir una trama ficcional bastante pobre. Para ello, se sostiene en un único informador: el poeta chileno y militante trotskista (“Si Don Quijote hubiera escrito un solo libro de caballería nunca hubiera sido Don Quijote, y si yo no hubiese aprendido a escribir ahora estaría pegando tiros con las FARC”, p. 149) Roberto Bolaño (radicado en Cataluña, y… ¿quizás sugerido al autor por la misma editorial?), que demuestra una paquidérmica memoria al narrar con pelos y señales las casuales conversaciones etílicas que mantuviera, más de 20 años antes de la entrevista con Cercas, con un tal Miralles, un catalán exiliado en Francia que, militante también del comunismo, había combatido en la guerra civil española, bajo las órdenes de Líster, y había huido a principios de febrero de 1939 (p. 154): “Sin embargo, [Miralles] apenas llegó al frente se hizo comunista: el hecho de que lo fueran sus compañeros y sus mandos y de que también lo fuera Líster sin duda influyó en su decisión” (p. 153).

En fin, la peripecia luego enlaza, a la manera de las aventuras de Forrest Gump, todos los episodios relevantes de la resistencia francesa en la segunda guerra mundial (en los cuales, obviamente participa este tal Miralles, que se va convirtiendo en el epónimo de la resistencia de la humanidad contra la tiranía): cautiverio en un campo de concentración en Argelès (¡en la Francia libre!), conchabo en la Legión Extranjera, luego se pliega a la columna Leclerc (curioso: porque Miralles teóricamente estaba en el Magreb, y Leclerc en Camerún, pero ya lo dije: salimos del mundo de la historia para entrar en el más complaciente de las historietas), hostiga a los italianos en Libia, ingresa triunfante en París en el ’44 y termina herido en Austria (pp. 154-158). Un auténtico tractor de la causa de la libertad: más de ocho años combatiendo sin respiro.

Claro que, ya encaramados en otra lógica, la ficcional, toda esta epopeya cuasi-solitaria tiene un único asidero: los dichos de terceros. A la manera de otras epopeyas ius-ficcionales, en ningún momento aparece en toda esta tercera parte improvisada un solo dicho de testigos directos, una sola prueba documental, siquiera una foto. Todo se reduce a la memoria entibiada por el alcohol en un encuentro casual en un camping, más de dos décadas atrás, entre el supuesto protagonista de la saga y el exiliado trotskista chileno.

Porque en teoría Cercas logra dar con el protagonista, al que, ya el lector habrá adivinado, Cercas le atribuye el papel en la novela que le corresponde al soldado anónimo perdonavidas; pero en su entrevista con éste, en un geriátrico de la ciudad borgoñona de Dijon, a ninguno de los dos se les ocurre siquiera por un instante evocar alguno de esos notorios sucesos. Y cuando nuestro autor le pregunta al héroe de la libertad acerca del episodio del fusilamiento del Collell, y su presunta piadosa actuación, éste le responde siempre con evasivas y con una sonrisa pícara: “Era usted, ¿no? Tras un instante de vacilación, Miralles sonrió ampliamente, afectuosamente, mostrando apenas su doble hilera de dientes desvencijados. Su respuesta fue: -No” (p. 202).

En fin, hasta la puesta en escena del episodio que le da nombre a la tercera parte, y que alude a una también ficticia ciudad de los olvidados, la Stockton del film Fat City, resulta increíble: “Yo aprovechaba mis pocos días libres [cuenta Bolaño] para ir a Barcelona, pero una vez me lo encontré en el paseo de Castelldefells, nos tomamos una horchata juntos y luego me propuso acompañarle al cine; como no tenía nada que hacer, le acompañé. Ahora puede parecer mentira que en un pueblo de veraneo pusieran una película de Huston, pero entonces pasaban esas cosas” (p. 176).

En definitivas, cada concepto vertido en esta tercera parte es inverosímil. Y lo grave, es que es inverosímil también para el autor, que se ve obligado a repetir cada cosa varias veces, como intentando que la repetición le otorgue convicción a lo que escribe. Pero un escritor que no cree en lo que escribe tiende a fracasar. Dos ejemplos concretos:

1) La imagen de Miralles junto a cuatro moros y un negro, tan visual como la foto de Iwo Jima, enarbolando “la bandera tricolor de la libertad”. Y como Cercas no es ningún ignorante, y supongo sabe que la bandera tricolor de Leclerc era la misma que la tricolor de Vichy, lo que no muy sutilmente desliza, es que la bandera de la libertad es la bandera de la República: roja, amarilla y morada. Cuando no puede más con la metáfora, directamente lo dice, a centímetros del final: “…llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que sólo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida…” (p. 207).

2) La idea de que, en definitiva, Sánchez Mazas merecía morir ametrallado clandestinamente en el bosque ese 30 de enero de 1939: “Porque por culpa de Sánchez Mazas y por la de cuatro o cinco tipos como él había pasado lo que había pasado… Porque si alguien mereció que lo fusilaran ése fue Sánchez Mazas (p. 200 y tb. p. 190). Una idea que legitima el delito de opinión como el más atroz de los delitos, como aquél que primeramente debe ser castigado con la pena más severa, la muerte. Porque Sánchez Mazas jamás disparó un tiro en su vida, era un intelectual refractario a la violencia física (siempre según el libro comentado) que pasó toda la guerra, y desde varios meses antes de que ésta comenzara, en prisión.

Pero esa idea tremenda ya se atisba con mayor profundidad en otra parte del libro: “No sé quien dijo que, gane quien gane las guerras, las pierden siempre los poetas; sé que poco antes de mis vacaciones en Cancún yo había leído que, el 29 de octubre de 1933, en el primer acto público de Falange Española, en el Teatro de la Comedia de Madrid, José Antonio Primo de Rivera, que siempre andaba rodeado de poetas, había dicho que ‘a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas’. La primera afirmación es una estupidez; la segunda no: es verdad que las guerras se hacen por dinero, que es poder, pero los jóvenes parten al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras, y por eso Sánchez Mazas, que estuvo siempre al lado de José Antonio y desde ese lugar de privilegio supo urdir una violenta poesía patriótica de sacrificio y yugos y flechas y gritos de rigor que inflamó la imaginación de centenares de miles de jóvenes y acabó mandándolos al matadero, es más responsable de la victoria de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de aquel general decimonónico que fue Francisco Franco” (p. 49). No se puede ser más claro. Merece morir por opinar, porque las opiniones (y más si su vehículo es la poesía) son eminentemente peligrosas.


Pero, luego de esta poco exitosa síntesis, no crea el lector que nos hemos olvidado de la consciencia de Cercas, que se manifiesta en esta parte en toda su magnitud y sinceridad. Así Conchi-consciencia nuevamente, infalible, omnipresente, luego de las muy recomendables dos primeras partes, lo devuelve a nuestro autor a la realidad, lo posiciona nuevamente en la senda del logro de sus objetivos editoriales, y por qué no, lo reconcilia, en un diálogo imperdible, que paga la obra como quien dice, con su propia Conchi-Consciencia (p. 166):

“-Si no fuera porque sé que eres un intelectual, diría que eres tonto. ¿No te dije desde el principio que lo que tenías que hacer era escribir sobre un comunista?

“-Conchi, me parece que no has entendido bien lo que…

“-¡Claro que he entendido bien! –me interrumpió-. ¡La de disgustos que nos hubiéramos ahorrado si me llegas a hacer caso desde el principio!”.

En fin, volviendo al principio, la palabra tiene una sórdida y sugestiva implicancia, más allá de su denotación, por su propia existencia. Edgar Allan Poe le otorga un sentido mágico, inaugural, a aquello del Génesis de que “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios./Él estaba al principio en Dios./Todas las cosas fueron hechas por él (por el verbo)/…”. Y ese mismo sentido mágico lo seguimos atribuyendo a las palabras cuando nos inhibimos de pronunciar alguna que trae mala suerte, o cuya mera mención puede provocar la ocurrencia de alguna fatalidad; y si la decimos, al instante nos cruzamos los dedos, o tocamos fierro, o alguna parte ubicada a la izquierda del cuerpo…

Para Nietzsche, las palabras que más nos atormentan son las que definen a nuestro mundo, más allá del velo interpuesto sobre nuestros ojos que mansamente se limitan a interpretar de la forma en que les indica la razón.

Para Baudrillard, las palabras que más nos motivan, que mueven nuestro deseo, son aquéllas que en realidad denotan la muerte del deseo, y la paradoja existencial. No ha habido en la historia asesina más cruel e implacable que la causa de la libertad, y nunca se han puesto tantas cadenas, tantas cortinas de hierro, tantas persecuciones, tantos gulags y koljoses compulsivos, como en aquellos regímenes que han hecho de la proclama de libertad una bandera para silenciar y asfixiar a esclavos igualados en la miseria.

Javier Cercas se autocritica en la voz de Conchi y con ello critica a la frustrada obra literaria que con este libro pretende dejar atrás: “Es sólo que, en fin, querido, me parece que la imaginación no es tu fuerte” (p. 66). Se lo dice la misma mujer enamorada que pone en un pedestal, envueltos en papel celofán, los dos libros anteriores flanqueando la imagen de la Virgen.

Sin embargo, ha debido él también claudicar a los imperativos de su tiempo y de su mundo, y volver a embarrarse en el fango de la ficción, como Sánchez Mazas evitando la metralla.

Así ha vuelto a ser esclavo de aquello de lo que huía. Por más que su libro termine con un “siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante”. Pero huir es una forma de acercarse, y no ha tardado mucho, no más de 138 páginas (las de las dos primeras partes) en reencontrarse con el punto de partida. Ayudado por la consciencia. Para “ahorrarse disgustos”.

El resultado es muy alentador. Dice un cartelito impreso en la portada: “Más de 1.000.000 de ejemplares VENDIDOS”.

4 comentarios:

Destouches dijo...

Creo que es excelente el análisis, el cual comparto casi en su totalidad. Es evidente la crisis de mala conciencia que atacó al autor y lo llevó a acometer esa tercera parte, completamente descolgada de las dos anteriores. No sea cosa que Sánchez Mazas termine como un mártir, eso no podría tolerarse (aunque es claro que Sánchez Mazas no fue un mártir y el libro, en sus dos primeras partes, no dice eso). A mí, el libro, de todas formas, me gustó. Evidentemente, Occam, como el Jorge Asís de "Lesca, un fascista irreductible", usted se ha interesado últimamente en los fundadores de Falange, esos "malditos" de la historia española reciente.

Occam dijo...

Destouches:
No es para tanto. Se ha dado una de esas casualidades de las que he hablado en "Arcadia". Ocurre que se planteó el incidente ése de José Antonio y el juez cuando estaba leyendo este libro. Y bueno, anoche terminé el libro de Cercas, y se me ocurrió escribir un comentario sobre el mismo.
Yo coincido con usted en que es un buen libro hasta la página 138. Incluso, tiene reflexiones dignas de resalto. Pero un libro es un libro enteramente. Y por lo mismo que al autor le parecía insuficiente cuando lo terminó en la página 138, a mí me parece sobreabundante e infeliz en su tardía e improvisada enmienda hacia lo políticamente correcto en la España del aquí y ahora.
En fin, hay que tratar de encontrar lo bueno en cada lectura, y yo lo he encontrado. Y con lo malo, y también bastante de lo bueno, he hecho este post, que es lo más que puede mi humilde capacidad. Así que por mí está perfecto.
Un abrazo.

Mensajero dijo...

"No dejes que la verdad te arruine una buena crónica", es una frase que se le atribuye al pensador argentino Chiche Gelblung y que parece confirmar los objetivos que la motivan en el millón de ejemplares vendidos del libro que reseña.

Soy un fetichista de las palabras y a menudo, intentando compartir mi vicio con otros obsesivos, encuentro que mucha gente se pierde en la difusa frontera que separa a la poesía o el pensar poéticamente, del pensamiento mágico.

Hace pocos jugueteaba una noche garabateando un "Mínimo Tratado Intuitivo de Hechicería":
Un acto típico de brujería consiste en pronunciar una palabra que enferma, o una palabra que cura.
Esta operación es muy delicada para el hechicero;
la víctima podría descubrir que se trata de la misma palabra, o aún de cualquier otra.

Copio y pego extractos de otro texto de Baudrillard:
"Nada (ni siquiera Dios) desaparece ya por su final o por su muerte, sino por su proliferación, contaminación, saturación y transparencia, extenuación y exterminación, por una epidemia de simulación, transferencia ala existencia secundaria de la simulación. Ya no un modo fatal de desaparición, sino un modo
fructual de dispersión."

"Ha habido una orgia total, de lo real, de lo
racional, de lo sexual, de la crítica y de la anticrítica, del crecimiento y de la crisis de crecimiento. Hemos recorrido todos los caminos de la producción y de la superproducción virtual de objetos, de signos, de mensajes, de ideologías, de placeres. Hoy todo esta liberado, las cartas están echadas y nos reencontramos colectivamente ante la pregunta crucial: ¿QUE HACER DESPUÉS DE LA ORGIA? "

Un gran saludo.

Occam dijo...

Mensajero:
Muchas gracias por pasar y por entender. Brillante la cita que hace usted de Baudrillard. Casi un compendio de su pensamiento. En un mundo de palabras, la palabra crea y la palabra destruye, sobre todo por repetición, por saturación. Hasta que pierde el sentido. Hasta que sólo es un sonido vacío.
Por eso es que las grandes palabras, para las religiones, por ejemplo, no podían ser pronunciadas, o se podían pronunciar con cuentagotas y en excepcionales condiciones o por personas excepcionalmente habilitadas.
Por eso hay un terror mágico por la magia de los poetas, curiosamente, furiosamente, en auge en el racionalismo, cuando la magia teóricamente ya no existe.
En fin, John Gray sostiene en Perros de Paja que la consciencia humana -y la razón- está sumamente sobrevalorada, cuando ocupa menos del 1% de las actividades de nuestro cerebro. El otro 99% de lo que hacemos, lo hacemos sin reflexionar sobre ello, o incluso sin darnos cuenta... Por eso el crítico inglés también dice que las culturas tradicionales aplicaban diversos métodos para huir al encanto de la consciencia y alcanzar la comprensión de la verdad. Quizás el más disparatado y genial de esos métodos sea la poesía que es el arte, junto con la música (E.M.Cioran dixit) más abstracto, pero en el primer caso, paradójicamente, alcanza la abstracción con la palabra. Esa fuerza, ese color y ese suprasignificado de la palabra, avizorado tan bien por Rimbaud por ejemplo, es aquél que perturba. La razón procede al procedimiento de la repetición, de la sobreabundancia orgiástica, para desgastarla, disecarla, privar a la palabra de todo otro contenido que aquél que concierne a su denotación. Pero en ese ejercicio de destrucción, probablemente -o eso al menos parecen decirnos algunos pensadores- también el concepto denotado perezca...

Mis cordiales saludos.