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miércoles, 12 de febrero de 2014

De dioses y de santos



Y de martirios y justicia divina...

La obsesión por atribuir a la Iglesia católica la exclusividad en la comisión de algunos males en la historia, particularmente, la persecución religiosa y la pederastia, alcanza a veces ribetes grotescos. Ello así, más allá obviamente de que tal exclusividad parece ignorar al Sanedrín y los sacerdotes que pidieron a Pilatos que “suelte a Barrabás”, si nos atenemos al Evangelio de Juan; o a los protestantes calvinistas que entre otras lindezas teológicas quemaron en la hoguera en Ginebra al médico (la misma profesión que San Valentín) Miguel Servet, que había tenido la mala idea de sugerir que la sangre circulaba por el cuerpo; o al Islam por hechos tan contemporáneos como públicos y notorios; o a la última de las religiones, el marxismo, y sus 100 millones de muertos. Tampoco le asiste, lamentablemente, exclusividad en el segundo de los vicios mencionados, y los matrimonios mormones con niñas de 10 años, o con niñas aún menores en Yemen, las violaciones de niñas cristianas en el mundo musulmán, las violaciones de niñas en la India o algunas prácticas rituales vinculadas con el pene de los párvulos en la circuncisión, hacen de la centralización de tal ominosa cuestión en una sola institución eclesiástica un cliché sesgado, que no sólo no elimina el flagelo, sino que permite encubrir su incidencia en todos los demás ámbitos no imputados.

Constantino presidiendo el Concilio de Nicea.
 
Sea como fuere, y a gusto de cada consumidor, el elegir el criterio de la exclusividad católica o bien amerarlo con la generalidad con que otras instituciones semejantes incurren en los mismos abusos, lo cierto es que, indudablemente, Geraldine Mitelman en su artículo Amando publicado en la última revista Viva (Clarín, domingo 9 de febrero de 2014), se pasó de la raya al relatar, en un apartado biográfico sobre San Valentín (pág. 22) que “nos referimos a la historia de un mártir ejecutado por la Iglesia católica en el año 270 d.C., durante el reinado del emperador Claudio II”. Evidentemente, Mitelman ignora que Roma no fue católica hasta mucho después. Tras la batalla de Puente Milvio (312 d.C.), que le permitió a Constantino el Grande (que vendría a ser o bien bisnieto, o bien sobrino-nieto –según las diversas fuentes- de Claudio II Gótico; y que para los ortodoxos, grandes tolerantes también, es San Constantino) deshacerse de Majencio e ir consolidando el poder en forma individual, supuestamente con los auspicios de la Cruz, y sobre todo del Edicto de Milán (313 d.C., 44 años después del martirio de San Valentín), el cristianismo pasó a ser aceptado como culto legítimo. Aunque en realidad, a partir de entonces su carácter privilegiado determinó que pronto se pusiera a perseguir a las religiones paganas (mitraísmo, Sol Invictus, etc.), pese a que Constantino en el año 321 dispusiese la observancia, para cristianos y no cristianos, del “venerable día del Sol”. Finalmente, ya rendido ante la insistencia monoteísta, en 326 el emperador dispuso la destrucción de todas las imágenes de dioses y la confiscación de los bienes de los templos (muchos de los cuales fueron ese mismo año también destruidos). 

Perfil de Claudio II Gótico en una moneda
 
Lo cierto es que, si seguimos al erudito historiador judeo-austríaco en lengua inglesa Walter Ullmann, en su obra Escritos sobre Teoría Política Medieval (Eudeba, Bs.As., 2003), que compila sus artículos más medulosos producidos en Cambridge, y a su par francés, no menos erudito en historia medieval, Georges Duby (El Matrimonio en la Sociedad de la Alta Edad Media, en Obras Selectas, Fondo de Cultura Económica, México, 1999, p. 278 y ss.), el matrimonio fue muy mal visto por el cristianismo primitivo, que es justamente aquél que clandestinamente y no tanto se desenvolvía durante el reinado de Claudio II Gótico. En realidad, tal institución era de raigambre pagana, provenía de las “viejas y venerables costumbres” que el cristianismo, con su vocación revolucionaria, venía a destruir. Su esencia era de naturaleza nítidamente genital, es decir, orientada a la estirpe, y de carácter fáctico, más allá de los diversos rituales y tipos de matrimonio que coexistieron o se fueron sucediendo en el milenio de romanidad. Nos dice Duby que en esos primeros tiempos (que fueron más largos de lo que suele pensarse) “la vertiente ascética… la lleva (a la Iglesia) a condenar el matrimonio, culpable de ser a la vez impureza, turbación del alma, obstáculo a la contemplación, en virtud de argumentos y referencias a las Escrituras que en su mayoría están reunidos ya en el Adversus Jovinianum de San Jerónimo” (p. 283). En fin, la naturaleza termina por imponerse sobre la convicción y el fanatismo de los primeros cristianos (sobre todo, las primeras cristianas, que recién convertidas a la fe que pregonaba el inminente fin del mundo, se negaban a mantener relaciones sexuales con sus maridos), y para moderar las pasiones de la carne, la Iglesia termina por aceptar y regular al matrimonio como un mal menor. Ello ocurre progresivamente, aunque de una forma difusa y demorada. En los primeros tiempos de las invasiones bárbaras, la Iglesia no pudo más que “ignorar” piadosamente las turbulentas pasiones de los reyes guerreros germanos, supongo que más por necesidad de sobrevivir que por indolencia. En medio de esa situación bastante libre, en la cual tallaban tanto las costumbres ancestrales romanas cuanto las germanas, los doctrinarios se limitaban a murmurar letanías condenatorias, que no trascendían el ámbito de los monasterios. La regulación, aunque parezca mentira, recién se impone socialmente para el siglo IX, y alrededor del año 1000 el matrimonio cristiano termina por proliferar en todos los ámbitos de la vida civil europea.
También es cierto que el emperador pagano Claudio II Gótico había prohibido el matrimonio (romano) a sus soldados, entendiendo que la vida militar estaba reñida con las obligaciones familiares, y con el objetivo de regenerar una auténtica casta guerrera, que tuviera esa función como norte y centro de la vida militar. Sin embargo, esa prohibición, como vimos, no entraba en contradicción con los preceptos de la Iglesia primitiva, sino antes bien coincidía con la prescripción de “ascetismo para todos” que el cristianismo imponía, y que pronto se haría moda también entre los paganos, de la mano del neo-platonismo.
Así que la cuestión del martirio de San Valentín se nos pone bastante confusa, si vamos a seguir sosteniendo, por empezar, que este médico romano casaba a los soldados en contravención a la prohibición imperial. En realidad, lo que se nos pone confuso no es el asunto ése del martirio –ya que la consecuencia natural de semejante transgresión probablemente fuera la de morir-, sino el tema de la canonización. O sea, por qué un médico romano que casaba bajo algún rito a jóvenes soldados devino en santo. A eso hay que sumar la circunstancia de que, a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica no reconoce a Valentín como santo, simplemente porque pone en duda incluso su existencia histórica.
Probablemente un médico romano haya sido ajusticiado a mediados de febrero de 269 por contravenir una prohibición imperial. También es altamente probable que la Iglesia primitiva, en ese momento en la clandestinidad y en pleno proceso de expansión revolucionaria, haya aprovechado cada muerto del sistema penal romano para proselitismo en beneficio propio.
En fin, no está de más mencionar que el notable emperador que fue Claudio II Gótico durante su breve reinado le valió la divinización apenas muerto (junio de 270), como a su antecesor y tocayo. De modo tal que el Divino Claudio II dispuso como dispuso en vida con la clarividencia de un dios, y ello transforma la muerte del médico Valentín en algo aún más complicado en términos religiosos.          

jueves, 22 de septiembre de 2011

Abusus non est usus, sed corruptela



En memoria de Candela Sol Rodríguez, otra presa más (por dos veces) de la maldad sin límites.





Transcribo a continuación el artículo 119 del Código Penal, para una mejor ilustración:

ARTÍCULO 119. - Será reprimido con reclusión o prisión de seis meses a cuatro años el que abusare sexualmente de persona de uno u otro sexo cuando, ésta fuera menor de trece años o cuando mediare violencia, amenaza, abuso coactivo o intimidatorio de una relación de dependencia, de autoridad, o de poder, o aprovechándose de que la víctima por cualquier causa no haya podido consentir libremente la acción.

La pena será de cuatro a diez años de reclusión o prisión cuando el abuso por su duración o circunstancias de su realización, hubiere configurado un sometimiento sexual gravemente ultrajante para la víctima.

La pena será de seis a quince años de reclusión o prisión cuando mediando las circunstancias del primer párrafo hubiere acceso carnal por cualquier vía.

En los supuestos de los dos párrafos anteriores, la pena será de ocho a veinte años de reclusión o prisión si:

a) Resultare un grave daño en la salud física o mental de la víctima;

b) El hecho fuere cometido por ascendiente, descendiente, afín en línea recta, hermano, tutor, curador, ministro de algún culto reconocido o no, encargado de la educación o de la guarda;

c) El autor tuviere conocimiento de ser portador de una enfermedad de transmisión sexual grave, y hubiere existido peligro de contagio;

d) El hecho fuere cometido por dos o más personas, o con armas;

e) El hecho fuere cometido por personal perteneciente a las fuerzas policiales o de seguridad, en ocasión de sus funciones;

f) El hecho fuere cometido contra un menor de dieciocho años, aprovechando la situación de convivencia preexistente con el mismo.

En el supuesto del primer párrafo, la pena será de tres a diez años de reclusión o prisión si concurren las circunstancias de los incisos a), b), d), e) o f)."

Entonces, ante un texto tan sencillo y directo, ¿por qué, por qué y por qué, me pregunto, todos, absolutamente todos los periodistas, y el silencio aprobatorio de los abogados figurines de los programas de televisión, insisten en hablar del "abuso" cometido a Candela, si lo que reveló la autopsia (y el único testimonio irrefutable del hecho) es que Candela, con sus escasos 11 añitos, no era virgen? De lo que se trata es de una VIOLACIÓN.

El equívoco no se trata de ninguna sutileza. "Abuso" es el tipo que contempla el caso residual. O sea, aquellas conductas que comportan un ataque a "la integridad sexual" (un título más confuso aún que el de "honestidad" de la redacción anterior; pero bueno, todos entendemos a qué se refiere), pero con las cuales no hay aparejados ni penetración, ni "sometimiento sexual gravemente ultrajante". Para hablar aún con mayor simpleza, "abuso" refiere a tocamientos, manoseos, "apoyadas" en el tren o en el colectivo, levantamientos de falda, etc. ¿Se aprecia hasta qué punto llega el error?

Subliminalmente, los opinólogos en todología nos están insinuando que, aun siendo en el caso una criatura, una nena, si ella "consintió" el acto sexual, el asunto no es tan grave. Se trata sólo de un "abuso".

El legislador, en cambio, ha sido bien clarito: por una elemental cuestión de madurez, una persona de cualquier sexo, menor de 13 años (o sea, de 12 años, 11 meses y 30 días para abajo), no puede consentir libremente. Ese parámetro cambia con el tiempo y las culturas. El Código Civil original de Vélez Sársfield habilitaba, si bien con autorización previa, a las mujeres a casarse a partir de los 12 años. 14 tenía Remeditos cuando contrajo enlace con un treintañero San Martín. El mismo Código Penal, en su anterior formulación, que rigió casi hasta el final del siglo pasado, establecía al respecto, para configurar el tipo de violación (acceso carnal sin consentimiento) que el menor tuviera menos de 12 años, o sea, de 11 años, 11 meses y 30 días para abajo.

Parece que, más allá de la evolución social en la tolerancia de cualquier conducta sexual, más allá de la mayor precocidad de nuestros adolescentes respecto de los de la etapa en que rigió la moral cristiana burguesa, más allá de que la educación sexual escolar obligatoria determina que los niños aún no desarrollados sexualmente aprendan a ponerse un forro, la ley más moderna viene a expresar un cierto prurito más acentuado, respecto de su predecesora a la que vino a modificar. Lo mismo acontece con la edad máxima establecida para el estupro, que pasó de 14 años, 11 meses y 30 días (menor de 15) a 15 años, 11 meses y 30 días (menor de 16): "ARTÍCULO 120: Será reprimido con prisión o reclusión de tres a seis años el que realizare algunas de las acciones previstas en el segundo o en el tercer párrafo del artículo 119 con una persona menor de dieciséis años, aprovechándose de su inmadurez sexual, en razón de la mayoría de edad del autor, su relación de preeminencia respecto de la víctima, u otra circunstancia equivalente, siempre que no resultare un delito más severamente penado".

En este caso, el tipo penal exige dos cosas: a) Que una de las dos personas sea menor de 16 años; y b) que la otra persona sea mayor de 21 años. (Afortunadamente para tantos adolescentes que empiezan a copular en la secundaria, la baja en la mayoría de edad a 18 años no afecta a esta norma).

Es interesante el asunto de la "inmadurez sexual" que contiene la ley. Si, como vimos respecto de la violación, la ley presume que antes de los 13 años la persona es tan inmadura que no puede en ningún caso elegir libremente (consentir), en el caso del estupro la ley presume que la persona menor de 16 años es sexualmente inmadura solamente si su pareja es mayor de 21 años; mientras que, por el contrario, esa persona de 16 años es madura sexualmente si su pareja es menor de 21 años. La madurez de una persona la da la edad de la otra persona: Será más madura cuanto menor edad tenga su pareja. Así entonces, una chica de 15 años y 11 meses es inmadura sexualmente si tiene relaciones con un chico de 21 años, mientras que una chica de 13 años es madura sexualmente si tiene relaciones con un chico de 20 años.

Más allá de que suene ridículo, es lo que la ley prevé. Recuerdo porque participé del debate, que la situación que planteaban entonces las geniales doctoras que llevaban adelante (por la prepotencia del número y del tono de voz) una reforma que ellas mismas juzgaban de avanzada, era precisamente la de la chica de secundario y su noviecito compañero de curso. El inductivismo, tan propio de determinadas mentes, había ocupado todo el espacio del debate, que había caído en el ejemplo hasta la exasperación (por ejemplo, en la definición del "acceso carnal"). Pero como tenemos buen gusto, y además valoramos el tiempo del lector, dejaremos esas anécdotas para una buena sobremesa de asado y fútbol.

Tan sólo nos sentimos necesitados de formular esta precisión, porque estamos hartos (y el hartazgo se renueva y agrava con cada reiteración) de asistir a esta suerte de consenso universal en el equívoco. Equívoco que, por lo demás, parece bastante más grave de lo que con la trivialización se aparenta. Siempre y cuando, claro está, encontremos alguna virtud en la condición de la infancia. El expansionismo de la adolescencia, hacia las dos bandas, puede reclamar aquí también sus reales.


jueves, 4 de agosto de 2011

De antiguos pájaros y perpetuos fantasmas



“El kakuy es un ave que frecuenta los bosques (...) Kakuy era el antiguo nombre de ese territorio, que los primeros exploradores deletrearon por error ‘Jujuy’, nombre corrupto que por fin le había quedado”.


Guillermo Enrique Hudson, Marta Riquelme.






Escena 1.

Sur de Etiopía, 2007. Una meseta árida, moteada de arbustos achaparrados bajo un sol calcinante, 50ºC a las 3 de la tarde. Una tribu nómada de raza sudanesa, sus pieles de brilloso ébano cubiertas por telas de color naranja, sus pies descalzos, sus frentes perladas de sudor, sus cuerpos extremadamente delgados, constituidos puramente por huesos, nervios y fibra. Sus ocupaciones principales son la caza y el pastoreo. Migran constantemente en busca de mejores pastos para el magro ganado y sobre todo, al ritmo de las presas, antílopes y gacelas, que a su vez van siguiendo el humor de las aguadas y de los cursos de agua esporádicos que se forman con las lluvias también esporádicas. Sus chozas de ramas son por tanto harto precarias, casi simbólicas. Tan sólo proporcionan un poco de sombra para guarecerse de la furia del sol omnipresente en un cielo vacío. Un anciano (tendrá 40 años a lo sumo, la piel cuarteada, las arrugas dibujando una profusa cartografía urbana, tres o cuatro dientes en el comedor) está contento porque pronto va a casar a su hija. El pretendiente es un cazador (como todos los hombres jóvenes de la tribu), y por lo tanto la dote está constituida por dos cabras y un AK-47 Kaláshnikov



Fusil de asalto soviético, fue el arma reglamentaria de los ejércitos rojos durante la Guerra Fría, e inundaron el África en las guerras civiles revolucionarias del siglo XX, otorgando mejores medios a los africanos para matarse en números impresionantes. Teniendo en cuenta que hoy día se trafica profusamente en el mercado negro, es el arma de fuego más utilizada en el mundo. Su difusión es tal, que incluso su silueta engalana una bandera nacional: la de Mozambique. También aparece en el escudo de dicho país, en el de Timor Oriental y en el de Zimbabwe, así como en la bandera del Hezbollah.

En América es arma empleada por las fuerzas armadas de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba y Venezuela, por las FARC de Colombia, y por los carteles narco de México, que la llaman “cuerno de chivo”, por la forma curva de su cargador. También la usan las bandas narco de las favelas de Brasil, y por derivación, la empleó tiempo atrás el Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE) que las combate.



Vuelvo a Etiopía. Cazadores nómadas aislados de la civilización le tiran a las gacelas con AK-47, que ha sustituido a las jabalinas y a las flechas, consideran a ese poderoso fusil un buen elemento para una dote matrimonial, y supongo que cualquier aventurero que cruce la meseta en una 4x4 se puede ver en un engorro si no lleva intérprete… Pero bueno, Etiopía es uno de los países más atrasados del mundo, como su vecina Somalía (o los pedazos que quedan de ella).


Escena 2.

Por oposición, Argentina es uno de los países más progresistas del mundo, siempre presto a consolidar avances normativos de primer mundo, siempre entre los 6 ó 7 primeros países que reconocen nuevos derechos, etc. Lo que naturalmente no quiere decir que sea un país desarrollado, siquiera en lo tecnológico. Mucho menos en lo humano. Altísimas tasas (silenciadas, lo que indica una nula esperanza de solución) de desnutrición y mortandad infantil, de morbilidad general en centenares de miles de habitantes de las provincias del Norte Grande, de marginalidad, analfabetismo, criminalidad y violencia… En el Gran Buenos Aires, a donde fluyen los contingentes de desgraciados expulsados de su tierra de origen, las proporciones más altas de consumo de drogas en población juvenil de toda Latinoamérica.

Pero hemos hablado de “progresismo” y de “silenciar estadísticas”. Ambos términos tienen bastante en común, por más que parezcan en una primera mirada, antitéticos. En efecto, a la progresía le encanta aturdir con números para soportar argumentos. Sin embargo, o quizás por ello mismo, tiene una tendencia irrefrenable a hacer de los números elementos esencialmente manipulables, a mentir con los números. A poner el acento en los números más fútiles para solapar los más acuciantes. Que hay tanto por ciento de fumadores, que el promedio de vida de un fumador es 7 años menor que el de un no fumador, que un fumador pasivo tiene tantas más probabilidades de contraer cáncer del pulmón que… (Hay interesantes trabajos acerca de la preocupante omisión de factores ambientales concomitantes en esas capturas, tales como la presencia de azufre industrial en el aire, plomo, emisiones tóxicas, etc.). Pero no nos interesa abundar. Lo que sí resulta menester poner de resalto es que se aplican las consabidas recetas prohibicionistas sobre una población que por su hábito o vicio padece trastornos mayormente en la vejez, cuando la accidentología, por ejemplo, señala la inmensa mayoría de muertos e impedidos de por vida menores de 35 años por siniestros viales. Como hemos dicho en otra parte, ese más angustiante problema es encarado, en cambio, con gestualidades publicitarias, que poco y nada contribuyen a afrontar el fenómeno: siguen por rutas muy malas y de doble mano circulando catraminas y camiones en pésimo estado, conductores alcoholizados, cruces con caminos vecinales de tierra, etc. Salir a la ruta es para el automovilista más diligente el mismo peligroso albur que hace 30 años, quizás incluso peor, por el crecimiento exponencial del parque automotor.



Sin embargo, tanto progresismo con que se solazan la mediocracia y la intelectualidad porteñas, ha contribuido a instalar la idea general de que hay asuntos que ya han sido superados, que la Argentina “ha evolucionado”. Las constataciones fácticas entonces devienen inconducentes. Basta con aplaudir de pie la ley o el cartelito o el discurso. Como si la sanción de la ley de matrimonio igualitario haya eliminado la angustia social, familiar, existencial, de tantas personas que se intuyen o se saben homosexuales. O haya dado una solución a la orfandad de tantos niños de la calle. Como si una ley de permisión del aborto impida que las pibas sigan quedando embarazadas a los 13 ó 14 años, o la legalización de la falopa haga que los consumidores (rebeldes de la vida, transgresores de novela de Kerouac) pierdan interés en consumir, porque siendo legal pierde atractivo. No importa. Se resuelve la cuestión del reclamo de los grupos activistas, ya no vociferan en la TV, ya no cortan una calle, y por tanto el problema ya no está. No lo vemos, no lo escuchamos: no está.

Consecuencias de una sociedad de la información, que late al pulso de los issues periodísticos. Si no está en los diarios, no existe. Sólo es “actualidad” (o sea, realidad sociológica), sólo se comenta, se discute, preocupa, entusiasma, lo que está en función de las noticias procesadas y difundidas mediáticamente. Hace un tiempo unos mineros chilenos quedaron atrapados en una mina. Gran incertidumbre. Gran emoción por un rescate de película. A los pocos días, una nena se cayó en un pozo en Florencia Varela. Otro rescate, más módico e improvisado, pero con cámaras en vivo y gobernador incluidos. Luego de ello, ya las minas y los pozos, el inframundo subterráneo, dejaron de ser noticia. Con lo que ya la sociedad supone que no hay pozos ciegos, canteras al aire libre rellenadas de agua, socavones riesgosos, minas peligrosas, grisú explosivo, etc.



Escena 3.

América es un mundo signado por el fenómeno más terrorífico que pueda generar el ser humano: la guerra civil, o sea, la matanza de vecinos con vecinos, hermanos con hermanos, padres con hijos. La guerra sin códigos, sin soldados, el partisanismo. Los infiltrados, la acción psicológica, la quintacolumna, los golpes de efecto, las represalias, la justicia por mano propia, el terror como método, las vidas como moneda de cambio y de contabilidad lúdica…

Pizarro llegó al Perú cuando la guerra civil del bastardo Atahualpa contra el legítimo Huáscar se estaba resolviendo a favor de aquél y comenzaban las purgas y las persecuciones a los vencidos. Cortés llegó a México y desató una rebelión de pueblos sojuzgados por los Aztecas, sanguinarios señores venidos del Norte con un carnicero concepto de la mercancía humana. Luego Pizarro corrió a Almagro, y los asunceños a Álvar Núñez Cabeza de Vaca. La guerra civil americana más importante por su generalización fue la llamada “de emancipación”, en la que se enfrentaron los realistas con los republicanos. Ambos bandos, compuestos casi exclusivamente por americanos. Los criollos tomaron partido en mayor grado por los republicanos, los indios por los realistas, aunque en las dos facciones había de todo. Quizás de lo que menos había en las tropas realistas era de afroamericanos (estrategia plausible de los republicanos para hacerse de un contingente considerable de buenos combatientes, que en general, quedó muerto en el frente). Si bien hubo uniformes y hasta banderas, ello no impidió que se utilizaran las guerrillas, y en un primer momento, se impusiera en el Río de la Plata la política del terror (v.g., Castelli), con fusilamientos sobre el tambor (v.g., Liniers) y persecuciones de vecinos (v.g., Álzaga) por su mera opinión o pensamiento.

En 1816 ya todos los argentinos sabían que la guerra de emancipación había terminado, y se preparaban para nuevos desafíos bélicos. En 1818 Chile también era liberado, y San Martín preparaba la expedición marítima al Perú. Sin embargo, este último hecho hizo que se prolongara la guerra civil de emancipación en la Argentina. Como los argentinos “sabían” que esa guerra había terminado, de hecho ni se enteraron de que en su territorio proseguiría por un buen tiempo y considerables bajas. Bastante lejos de Buenos Aires, es cierto, con lo que no había que darle mucha importancia.

Una vez que el bando de los republicanos se hizo del poder en Chile, se desató la llamada “Guerra a Muerte” contra los focos realistas que, de no ser aniquilados, podrían poner en peligro en el futuro la consolidación del nuevo gobierno. Esos focos estaban integrados por soldados realistas y por numerosos indios, principalmente de las etnias mapuche y pehuenche. A partir de 1818, huyendo de las tropas republicanas, muchos realistas cruzaron la cordillera. En 1819 un contingente de 7.000 vorogas, liderados por los caciques Cañiuquir y Mariano Rondeau, con más de 2.000 guerreros, atacó a los indios pampas argentinos (etnia tehuelche septentrional o günün a künna) en cercanías de Sierra de la Ventana. Curiosamente, en 1824 el héroe de Cancha Rayada (gran derrota republicana en la campaña libertadora de Chile), Gregorio de Las Heras, asumía la gobernación de Buenos Aires, con lo que los protagonistas de aquella guerra de independencia de volvían a encontrar.

Entre 1826 y 1827 la banda de guerrilleros realistas integrada por campesinos de la zona de Chillán, ex oficiales y soldados del Rey y aborígenes trasandinos y liderada por los hermanos Pincheira, también ingresó en territorio pampeano, huyendo de la persecución del Ejército Chileno, y se asentó en Chadileo, asolando la comarca en todas las direcciones, y atacando ferozmente a los indios tehuelches septentrionales, a los que prácticamente aniquiló, en alianza con los belicosos ranqueles (también un grupo heterogéneo, conformado por indios y criollos de frontera, y en ocasiones también por ex soldados y oficiales unitarios, luego de la derrota de Lavalle).



Detrás de los pincheiras llegó una columna del Ejército Chileno, integrada por unas decenas de cazadores de línea al mando del capitán Juan de Dios Montero, y un millar de indios amigos, también vorogas de la familia mapuche, liderados por el legendario cacique Venancio Coñuepán, que por entonces era sargento mayor del Ejército Chileno. Luego de algunas escaramuzas y el rescate de un puñado de cautivas, esa columna se encontró con que los pincheiras junto con otros grupos aborígenes trasandinos les cortaban el camino de regreso a Chile, y pragmáticos y serviciales, se pusieron a las órdenes del gobernador Dorrego bajo bandera argentina, y conformaron el contingente que fundó la ciudad de Bahía Blanca en 1828 (el otro grupo aborigen que colaboró en esa fundación fue el pampa que estaba liderado por el cacique Tetruel, que recibió personalmente a la columna que bajaba desde el Fortín Independencia, actual Tandil, en cercanías de la Laguna Sauce Grande, enarbolando una bandera nacional).



En 1830 los pincheira asesinarían al cacique pampa Tetruel y a toda su gente, y diezmarían a los indios del también amigo Chocorí, determinando el declive definitivo de los pampas (el verdadero “pueblo originario”) en la Argentina. A partir de entonces, los restos de esa etnia se integrarían a la civilización, e incluso algunos grupos pasarían a servir en condición de vasallos de los mapuches hostiles.

Asimismo, en 1836 un ejército de más de 23 caciques y 2.000 guerreros mapuches dirigido por el legendario Calfucurá cruzó la cordillera, y atacó y mató al cacique Venancio y sus vorogas (unos 400 indios amigos). Venancio Coñuepán, gran patriota americano y leal servidor de la Federación, fue amigo personal de O’Higgins y de Rosas, fue ascendido en 1827 por Dorrego al grado de “Teniente Coronel a Guerra al servicio de la Patria”.

César Puliafito, de cuya excelente obra La Bahía Épica (ed. La Nueva Provincia, 2010, ISBN 978-950-881-020-5, p.164) hemos extraído las referencias históricas de esta última parte, apunta sobre ese héroe olvidado y diluido en los simplistas, sensibleros y malintencionados discursos maniqueos de esta aciaga hora, la siguiente descripción: “Si bien el cacique contaba con uniformes para gala y diario, en campaña vestía prendas más cómodas aunque más rústicas, para que aguantaran el gran desgaste que provocaba salir al campo. Vestía una gorra de manga de oficial, una chaqueta corta y los grados militares (teniente coronel). Usaba el sable y un cuchillo ‘verijero’, que además de un lujo era muy práctico para tareas como picar el tabaco o cortar alimentos donde el sable o el facón se hacían incómodos”.


Epílogo

La Historia se impone por la fuerza, y arrasa implacable, como los meteoros, con las buenas voluntades y los olvidos.



viernes, 29 de julio de 2011

Tres ejemplos

Intencionalidades, equívocos, tergiversaciones y prostitución semántica, forman parte de nuestro sistema de pensamiento colectivo. En un país y un momento especialmente afines al “relato”, a la forma de contar las cosas, a la forma de calificar los hechos, vayan en esta ocasión tres casos bastante difundidos, y que merecen una sucinta reflexión:


1) Sensación de inseguridad.

Cuando se habla de “sensación de inseguridad”, más allá de la inescrupulosa sugerencia que formula el inventor de la frase, inmoral si se tiene en cuenta que el causante ha sido el encargado de velar por la seguridad ciudadana por tantos y tantos años, en realidad no se está diciendo otra cosa que “inseguridad”. En efecto, esa construcción semántica, que no es más que otra evidencia de la promiscuidad de palabras que inunda el universo del discurso, no tiene significado alguno disímil de aquél que pretende enervar. “Sensación de inseguridad”, por más que pretenda emplearse como herramienta efectista para rebatir “inseguridad”, es simplemente, su confirmación.

La inseguridad no es otra cosa que la falta de seguridad. La seguridad, para el idioma castellano, es la certeza. Para que haya inseguridad no tiene que estar presente una situación de anarquía y guerra civil como en Bagdad o en Trípoli. Alcanza nomás con que el ser humano tenga incertidumbre acerca de su destino inmediato, por más que tome todo los recaudos normales y habituales y respete las normas convencionales. Es decir, si el ciudadano, aun cuando cierra la puerta de calle, o pone alarma al auto, o evita circular por un callejón oscuro en madrugada, o evita los descuidos sobre sus objetos personales, igualmente vive con miedo, es porque ese ciudadano se siente inseguro. Se trata de una percepción, y como tal, está vinculada con la subjetividad. Ahora bien, una percepción generalizada, en todo caso estará vinculada con una subjetividad también general, lo que en las sociedades modernas constituye un estado de situación colectivo, y por tanto, un criterio de verdad en términos sociológicos.

Si una familia iba con el auto los fines de semana a visitar a sus parientes del conurbano, y estacionaba por la mañana y se retiraba a la tardecita, luego de una demorada despedida en la vereda; y luego ocurre a dos cuadras un homicidio con ocasión de robo de automotor, y a la semana siguiente, un secuestro exprés cruzando un vehículo a otro que venía circulando, y días después un tiroteo cuando la policía intenta liberar a un rehén, con ejecución del rehén incluida, todo en el mismo barrio que se acostumbraba visitar, y entonces la familia decide primero no ir más con el auto, y finalmente, espaciar las visitas, porque tampoco es demasiado seguro movilizarse en dos colectivos o en tren y en colectivo, es porque esa familia se siente insegura, por más que pudiera tener la suerte de haberse salvado personalmente hasta el momento de un crimen trágico.

No hace falta falsear estadísticas (que de por sí son esencialmente falsas, desde que la capacidad de aprehender la realidad desde los sistemas de control social formal –estadísticamente incluso- nunca excede del 10% de la realidad en sí misma). No hace falta ejemplificar con ampulosas razzias y operativos. La inseguridad es un hecho social, y como tal, su erradicación un desafío terriblemente arduo, que exige constancia, orden, paciencia y presencia. Y sobre todo, decisión y abandono del efectismo, del electoralismo y de la demagogia. Demasiado. Sobre todo, cuando siempre es más fácil destruir que construir, y un solo hecho violento puede destruir todo el proceso de generación de confianza que se hubo llevado adelante.

Para ello, en el entendimiento íntimo de que la bota de potro no es para cualquiera, y que “cualquiera” preferirá evitar los sabañones, los callos, el pie de trinchera o las piedritas, parece que es más sencillo decirle a la sociedad que está equivocada, que no está insegura sino que se siente insegura, cuando en realidad, como explicamos, se trata exactamente de lo mismo.

Estar enamorado y sentirse enamorado conducen generalmente a cometer los mismos gratificantes errores, o bien por abstenerse, a afrontar las mismas ingratas frustraciones. Estar con miedo y sentirse con miedo nos hace correr bien rápido y sin mirar hacia atrás, evitando perder el tiempo, sobre todo, en disquisiciones inoperantes, propias de quien tiene tiempo, dinero, posición y seguridad suficiente como para no estar ni sentir…


2) Fútbol federal.

Hablar de la necesidad de hacer federal el fútbol aparece como un argumento válido para sostener la decisión de hacer un campeonato con 40 equipos, y en términos generales, mediocrizar aún más la calidad de la competencia. Como ocurriría (y mejor no dar ideas), si al Ministerio de Educación se le ocurriere fusionar el Colegio Secundario con la Universidad.

Pero se omite en cambio considerar que a partir de este campeonato el Fútbol de Primera División va a ser el más federal de toda la historia, desde los Nacionales de Valentín Suárez. En efecto, al terminar el Clausura 2011 descendieron 4 equipos del Gran Buenos Aires (Quilmes, Gimnasia, River y Huracán) y ascendieron 4 del Interior (Rafaela, Unión, San Martín de San Juan y Belgrano), completando un total de 7 equipos del Interior sobre 20 totales, es decir, del 35%. Casualmente también, el último torneo arroja un resultado “perturbador”: Con sólo 3 equipos del Interior en ese certamen, y considerando que si bien Colón tuvo un desempeño irregular, hace tiempo que viene siendo un sólido animador en la Primera; hay que mencionar que Godoy Cruz salió 3º y Olimpo 4º.

No sea cosa que en poco tiempo la AFA deba sufrir la experiencia de que un club del Interior finalmente se consagre campeón de la elite del fútbol argentino por primera vez en la historia. Es decir, se asiste a un proceso decidido de crecimiento de las instituciones de las provincias y de decadencia del fútbol metropolitano. Ese proceso se comenzó a evidenciar hace ya unos cuantos años en el Nacional B, que arrancó, a partir de 2003 con 20 equipos, 10 del Interior y 10 de la AFA. Al poco tiempo, los únicos que descendían o iban a promoción eran los de la AFA. Entonces la AFA decidió que los del Interior, en materia de descensos, jugaran su propio torneo, y otro tanto los metropolitanos. Llegó a darse el caso de que el club metropolitano que descendía fuera el 20º de la tabla general, y el metropolitano que jugaba la promoción fuera el 19º. En tanto, el del Interior que descendía fuese el 14º de la tabla general, y el que jugaba la promoción contra un equipo del Argentino A fuera el 12º. Y eso que estamos hablando siempre de promedios.

¿Por qué en ese momento la AFA no dejó que descendieran los que tenían que descender, lo que hubiera federalizado mucho más el Nacional B, y por tanto, aumentado también más las posibilidades de tener un fútbol de Primera División más equilibrado?

Por el contrario, cuando el proceso de federalización se da naturalmente, por los cauces ya normados desde hace tiempo, y comienza a presenciarse una Primera División con amplia participación del Interior, sale de la galera este engañoso argumento.


3) Las organizaciones sociales.

141 años pasaron desde la sanción de la Constitución Nacional hasta que se reconocieron en ésta los partidos políticos como sujetos del sistema político. Como ya hemos dicho en otros momentos, su reconocimiento fue concomitante con su definitiva decadencia. Ya en las elecciones de 1995 una nueva fuerza que era un rejunte bastante variopinto, el FrePaSo, fue la que disputó la presidencia con el PJ (que a su vez estaba sufriendo disidencias y nuevas incorporaciones desde sectores tradicionalmente no afines, como Oscar Alende, el MPL o la Ucedé, si bien el PI se acercó al “peronismo sin Perón” en la época del Frecilina, que no era un remedio; y el MPL, siendo FIP, acompañó la fórmula Perón-Perón en el ‘73), mientras que la UCR llevó una propuesta casi testimonial, que arrimó un 16% del electorado. Con el Congreso de Lanús, se pone definitivamente la lápida al PJ, que a partir de entonces, más allá de su intervención judicial, se transforma en una confederación de caudillazgos provinciales acomodaticios, dirigida por un poder central gubernamental progresivamente más fuerte y unitario.

Pero más allá de todo eso, lo cierto es que los partidos políticos, a diferencia de los movimientos nacionales o cualquier otro sistema de representación, son, como dice la palabra, “partidos”, es decir, fraccionamientos, parcialidades que, si bien pueden perseguir objetivos generales, lo hacen desde las visiones sesgadas de sus propias plataformas e ideologías. Ello no es ni bueno ni malo. Es así. Es el sistema liberal de organización de la representación que se da en gran parte de Occidente.

Lo que sí trasuntan con su accionar es, en primer lugar, una intencionalidad política parcial, y en segundo lugar, un interés electoral, pues eso hace a la propia esencia de su existencia. Incluso los partidos que nunca ganaron una elección siquiera municipal, y que muy probablemente nunca lo hagan, están concebidos y estructurados para ese fin, y por lo menos persiguen el acceso a algún cargo electivo y sobre todo, al reparto de dinero por votos obtenidos.

Lo importante es que cuando un partido político impulsa una movilización, un reclamo, una denuncia, etc., cuando proyecta su accionar hacia la opinión pública, está obrando “políticamente”, es decir, con un interés concreto por el poder. Dentro del discurso del bienpensantismo, obrar políticamente, obrar en función del poder, es malo, o por lo menos, digno de generar recelo o desconfianza.

De un tiempo a esta parte, esporádicamente durante los ’90, y sistemáticamente en la década pasada, comenzó a denominarse “organizaciones sociales” a los distintos grupos de piqueteros que amuchaban jubilados, desocupados, sin techo, etc. En fin, como no había denominación para esos intereses sectoriales, se optó por una tan equívoca.

Lo cierto es que esas “organizaciones sociales” persiguen fines concretos vinculados con el interés de sus integrantes (planes sociales o su aumento, viviendas gratuitas, escrituración de terrenos, urbanización de villas, dinero en efectivo, etc.), pero también persiguen, aquellas más aventajadas, un fin político, vinculado con la conservación de una situación de hecho favorable. Concretamente, la continuación del gobierno que les otorga los privilegios. De tal forma, también con su accionar público persiguen un fin político y funcional al poder.

Mientras tanto, las “organizaciones sociales” menos aventajadas intentan extorsionar al poder de turno, o acordar con opciones de poder alternativas, o ambas cosas, para obtener los beneficios que ya tienen las aventajadas. Es decir, también operan con su accionar “políticamente”.

Independientemente de ello, el término “organizaciones sociales” ha sido asumido como menos parcial, intencional y electoral que el término “partidos políticos”. Antes bien, su empleo parecería sugerir la ostentación de un reclamo legítimo (aun cuando el adjetivo sea innecesario, como veremos), sustentado en la legitimidad de la necesidad, es decir, en el axioma de “una necesidad, un derecho”. Si una necesidad = un derecho, su reclamo = legítimo. Todo reclamo de una “organización social” deviene legítimo per se, sin consideración acerca de la condición moral o de utilidad social o de contexto normativo de ese derecho. Mientras haya una necesidad insatisfecha, hay un derecho que reconocer, y con ello es suficiente. Se consagra la autonomía de los derechos subjetivos respecto del Derecho objetivo y por tanto, respecto de la moral, de la política y del interés colectivo.

Así entonces, las “organizaciones sociales” obran, para la opinión pública y para los periodistas y cronistas, cada vez intelectualmente más pobres y borreguizados, de una forma siempre legítima, lo que implica: objetiva, aséptica, franca, útil y veraz. La disconformidad podrá plantearse con el medio elegido para la protesta, pero nunca nadie osará, so pena de anatema, plantear objeciones respecto de la legitimidad del reclamo, porque todo reclamo es legítimo.

Lo ridículo de semejante dogma circular (que se suma a otros tantísimos en el nuevo canon surgido al amparo de la “libertad” –otra palabra digna de ser analizada, aunque el espacio y el tiempo en esta ocasión no lo permitan-), es que, hoy por hoy, al periodismo ya le ha dado por bautizar como “organización social” a cualquier grupo de personas que efectúe un reclamo. Por más que ese grupo de personas se embandere con denominaciones inequívocas, más concretamente, invoque la pertenencia a un partido político.

Hoy por ejemplo, sin ir más lejos: Un grupo de personas se aglutinó en las inmediaciones del Obelisco reclamando por la represión policial sobre unos usurpadores de la CCC y de la milicia indigenista Tupac Amaru (más de $ 330 millones en subsidios del Estado Nacional desde 2003), liderada por Milagro Sala, vinculada con los resabios de Sendero Luminoso, las FARC y otras lindezas, que habían intentando colonizar unos terrenos de propiedad del Ingenio Ledesma en Jujuy. Sin importar que el llamado “Combate de Ledesma” (un bautismo romántico, a la manera de los que en los ’70 gustaban tanto a la revista Estrella Roja) fue bastante parejo, y que el saldo recuerda aquél de “murieron 4 romanos y 5 cartagineses” (4 de los 9 heridos de bala son policías, 1 de los muertos por bala también, y 2 de los muertos no-policías lo fueron por balas de armas no-policiales), si uno atiende solamente el juego del Antón Pirulero mediático, imagina un atropello bestial de parte de la policía jujeña frente a tímidos necesitados de viviendas, que casi sin saberlo, pusieron su carpita en ese campo (y que continúan en él después del tole tole). Detrás de esas dos “organizaciones sociales”, se podían ver claramente los carteles del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), el Partido Obrero (PO) y el Partido Comunista Revolucionario (PCR). Pues bien, tal parece que ciertos partidos políticos especialmente quilomberos, pero sin poder de convocatoria como para plantear opciones electorales respetables, y sobre todo, populares, merecen ahora ser llamados “organizaciones sociales”, y sus reclamos por tanto, ser considerados legítimos, desinteresados, objetivos, veraces, etc.




martes, 24 de mayo de 2011

Detalle disonante


El verano pasado conocí la ciudad de Santa Rosa, la moderna capital de La Pampa (segunda de ese territorio), fundada el 22 de abril de 1892 por Tomás Mason, y cuyo nombre homenajea a la santa patrona del de su esposa, Rosa Fouston. En 1900 Santa Rosa fue declarada capital del territorio, en reemplazo de General Acha (decisión ratificada en 1904). Actualmente es una ciudad moderna, atractiva, muy forestada, con cómodas avenidas y hermosos espacios públicos, que supera los 100.000 habitantes. 


Casi como autómatas, sin pensar siquiera en discutir el derrotero del primer paseo por la ciudad, y una vez que dejamos las valijas en el hotel, nos dirigimos a la plaza principal, que como reflejo del antiguo modelo indiano de urbanismo, sigue siendo en casi todas las ciudades argentinas que no han crecido demasiado, el meollo de la vida de la ciudad, y por supuesto, el marco en el que se levantan sus más importantes y valiosos edificios.


Como no podría ser de otra manera, la ciudad es un fiel reflejo de la modernidad planificada. Sin ir más lejos, el Centro Cívico (que incluye la Terminal, la Gobernación, los Tribunales y los Ministerios) corresponde a la autoría de Clorindo Testa (primer premio, 1956), el arquitecto argentino más importante de la segunda mitad del siglo XX, padre de la Biblioteca Nacional, el Banco de Londres, el Hospital Naval, el Centro Cultural Recoleta, entre tantas otras obras relevantes.


Pero sin dudas el edificio que más llama la atención, y de hecho domina la Plaza San Martín, es la Catedral, obra del arquitecto pampeano Santiago Swinnen, que temió por mucho tiempo aquello de "no ser profeta en su tierra", y hubo de insistir hasta con ingeniosos métodos (como el de emplazar una gigantesca maqueta del proyecto a la vista de todos) para lograr su ansiada concreción.

El resultado arroja un interior sobrio, austero y luminoso, que exalta la realeza divina, según la intención confesa del arquitecto, y que aloja los restos del fundador de Santa Rosa, el citado Mason. 


Pero sin dudas su originalidad y contundencia están expresadas en el pórtico, constituido por 12 rombos del mismo tamaño que simbolizan a los Apóstoles, y coronado por otros dos rombos, uno con una corona encima que representa a la Virgen María, y uno mayor, con la cruz, que simboliza al Cristo. Una idea interesante, con un resultado impactante, que insinúa monumentalidad a la par que disimula las seguras estrecheces presupuestarias del lugar y de la época.


Inicialmente, según pude enterarme hace un rato, el concepto estaba signado por la fuerza del cemento concreto, como elemento que otorga estabilidad y permanencia (atributos de la religión y de la Iglesia); aunque luego toda la edificación fue pintada de blanco, lo que, si bien resalta los perfiles y las aristas, confiere a la estructura un carácter de liviandad rayana con la endeblez, y bien puede el desprevenido imaginar que ella está elevada por caprichosos juegos de moldes, a partir del yeso u otro tipo de elemento maleable.


En fin, a mí me pareció una obra íntegra, honesta, original y feliz en su equilibrio y su desarrollo, en gran medida sustentada en esa organización en rombos, tan equilibrados y emparentados con la cruz como símbolo y como signo.

Sin embargo, me pareció horrible el campanario que nítidamente surge por detrás, hecho de metal (incompatible con los elementos y concepto general de la obra), que a la distancia y por su escaso espesor, bien puede parecer de simple chapa (antes amarilla, ahora también blanqueada, lo que le otorga una apariencia de palomar o cobertizo), y que asemeja un carillón improvisado por alguna necesidad momentánea. De hecho, es frecuente ver hoy día en las iglesias que a una exquisita escultura de un santo le ponen al lado otra más improvisada y moderna (o sea, en general, precaria), para acordarse de otro santo, aunque sin considerar el equilibrio estético. O que junto a un lienzo del siglo XVII, se pega con cinta scotch un póster de un Cristo new age, con estrellas y lucecitas saliéndole por detrás de los hombros.


Como yo entiendo bien poco de arquitectura, y menos aun de arquitectura moderna, me guardé para mí la apreciación de ese detalle disonante, y me limité a compartir con mis compañeros de viaje el para nada impropio calificativo de "raro" para todo el conjunto. Pero, como se dice mucho hoy en día, a mí el carillón ése "me hizo ruido".

En la última edición del programa Teleproyecto, que emite Canal Metro desde hace 20 años y se dedica a la arquitectura, pude ver un reportaje a Lucas Swinnen, hijo del autor de la Catedral, arquitecto como el padre, aunque de mayor renombre, con larga trayectoria en Europa, pero con un corazoncito pampeano que lo hizo instalarse, luego de haber conocido tantas delicias en la tierra más prolífica de ese arte, en su tierra natal (cuestión que atrajo justificadamente varias preguntas durante la entrevista).  

Lucas Swinnen (derecha)

El asunto de la Catedral de Santa Rosa, estando el padre probablemente muerto, a juzgar por el tenor del diálogo, ocupó también un tiempo importante, si se quiere, el de mayor duración, del interviú. A partir de éste, en el que me detuve porque me encontraba con las respuestas, a sólo 4 meses de surgidos los interrogantes, pude establecer, con un énfasis indubitable, que el campanario del caso constituye, no sólo un detalle disonante para mi humilde percepción, sino para la de toda la autorizada familia Swinnen. 

Al menos tres veces repitió el talentoso Lucas que, para él, "habría que sacarlo". Y eso que la pregunta que le formuló el interlocutor (un periodista aficionado, probablemente arquitecto como él) fue hecha con la mayor prudencia, sin anteponer al tema del campanario ninguna adjetivación, siquiera esas introducciones ominosas, que como pidiendo disculpas, clavan el puñal antes de interrogar. 

Posada Piedras Blancas, obra de Lucas Swinnen, en piedra.

Así que a mí, afirmado en mi intuición estética, antes que en los módicos conocimientos que abrigo en la materia, ello me sugirió la siguiente reflexión:

Por más que pretendan esconderse en sofisticaciones modernistas (que siempre son sofismas), los detalles disonantes no sólo aparecen a la vista de cualquier paisano, sino que encima gritan su presencia. De últimas, puede ocurrir que el paisano calle esa presencia por cautela, por prurito (el paisano suele ser reservado, sobre todo, porque no ha sido narcotizado con los humos de la soberbia intelectualoide), pero todos terminan por ver, aunque nadie lo diga, que el rey tiene la bragueta abierta.


 

miércoles, 27 de abril de 2011

Arte y propaganda

Hemos hablado en otra ocasión del compromiso revolucionario volcado como imperativo de partido a la actividad artística, y sus lamentables resultados en términos estéticos, e incluso en cuanto a la riqueza, consistencia, complejidad y finura del contenido.


No era ése ciertamente el caso del famoso Guernica de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso (más conocido, simplemente por Pablo Picasso: "si yo me llamara así, pintaría como Picasso", decía con picardía el agudo Salvador Dalí... picardía que no por ingeniosa puede leerse como peyorativa, porque, al igual que nosotros, guardaba un genuino respeto y admiración por el pintor malagueño). En efecto, siendo ese enorme lienzo con propósitos murales una obra propagandística, una suerte de afiche único y exclusivo, detenta, al contrario de la enormidad de casos que corroboran la inconveniencia de su utilización como vehículo de propaganda, una cualidad inigualable, una factura equilibrada y proporcionada, una dinámica interna verdaderamente rítmica y un incomparable uso de los grises, de las luces y de las sombras, reconcilia la innovación con la mejor tradición negra española, con la tauromaquia, con los penitentes, con Goya y con Velázquez. Nada menos.


Esa característica excepcional del Guernica, como una exótica pieza en la que, finalmente, podían convivir y alimentarse mutuamente el arte y el compromiso, es quizás lo que despierta en la obra mayor interés. No creo que solamente de nuestra parte. Creo que todo el mundo ha quedado realmente fascinado porque una pintura con bajada de línea e intencionalidad políticas pudiera llegar a semejante grado de excelsitud... Y en ese "todo el mundo" anteponemos sobre todo a aquéllos que han hecho de la obra maestra un símbolo y una bandera. Después de todo, habiendo tantas y tantas producciones pictóricas generadas por el imperativo de la lid política de los titanes totales del siglo XX, sólo ella convoca a multitudes, en el recinto especialmente emplazado para su exhibición, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Multitudes que, por lo general, pasan displicentes frente a los coloridos afiches de brazos levantados, puños cerrados, fusiles y bayonetas caladas, saludos "agarrándose el cuerno" y estrellas rojas que cuelgan de las paredes de los salones contiguos.

Sin embargo, el periódico Levante-El Mercantil Valenciano, consignaba en la página 20 de su edición del Jueves 4 de septiembre de 1997, la siguiente nota, que reproduzco en imagen, y que debe ser ampliada para su lectura (cliquear sobre la imagen):

Cliquear sobre la imagen para leer la nota.


Un 27 de abril como hoy, pero de 1937, se producía el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica, cuyas circunstancias, propagandísticamente noveladas en un escenario bucólico, y sus consecuencias, propagandísticamente amplificadas, son tomadas como inspiración y motivo (formales, como hemos visto) de la obra de arte que se expuso con ese nombre en la Exposición Internacional de París de 1937, en el stand de la II República Española.

Si bien fue publicitada por el gobierno republicano como una auténtica masacre contra la población civil, destinada a minar la moral combatiente, lo cierto es que los más modernos y exhaustivos estudios precisan la cifra de muertos en 126, menos del uno por mil (1 ‰) de la población presente en ese momento en la localidad (unos 5.000 habitantes más un gran número de tropas que iba en camino de Bilbao para su defensa): Vicente del Palacio y José Ángel Etxaniz, historiadores de la Asociación Gernikazarra, Diario El Correo, 27-04-2008; y Jesús Salas Larrazábal, la opinión más autorizada e irrefutada sobre la materia, que sin embargo atribuye a esa cifra "de máxima" de 126 víctimas fatales la probabilidad de que esté engordada con un par de decenas de decesos no atribuibles al bombardeo. Los importantes daños materiales (el 71% de los edificios destruido por el fuego durante la noche), en cambio, son menos atribuibles a los aciertos de la aviación germana (una hora luego del ataque sólo el 18% de la villa estaba en llamas) que a la inoperancia de los bomberos de Bilbao, que tardaron varias horas en recorrer los 30 km que los separaban de la zona de catástrofe, y estuvieron presentes sólo por un rato, retirándose sugestivamente cuando la mayoría de lo que estaba incendiándose seguía ardiendo.

Al respecto, consigna Pío Moa que, al revés de las demás estafas históricas de propaganda, ésta tuvo su origen en la derecha conservadora británica, preocupada por azuzar a la opinión pública inglesa en contra de las tendencias pacifistas de los laboristas, y atribuyendo (atinadamente) a Alemania el carácter de peligro principal para Inglaterra. Un indicio claro de ese origen sobre la cuestión lo aporta el corresponsal británico C. L. Steer, que además de exagerar notablemente el episodio e inventarse unos cuantos cientos de muertos de más en la publicación del diario conservador The Times, "negó la participación de aviones italianos, que sí intervinieron en Guernica, y, mintiendo deliberadamente, atribuyó a los alemanes el bombardeo de Durango, de autoría italiana y que causó más víctimas" [Un mes antes, casi 300 muertos]. Por ese entonces, mientras el conservadurismo británico tenía una recelosa actitud hacia Alemania, en cambio miraba con simpatía hacia la Italia fascista.

Sea como fuere, el número y el mito suelen ser dos componentes esenciales de la propaganda de guerra, y suelen inflarse sincronizadamente. Así las víctimas, sucesivamente, pasaron a ser 850, luego 1.500... e incluso 3.000, si atendiéramos la proclama inflamada de los nacionalistas vascos.

También explica Salas Larrazábal que "irónicamente, en Guernica se fabricaban bombas incendiarias del mismo tipo que las que la destruyeron [y que contribuyeron también a amplificar el incendio]. Había tres cuarteles de gudaris, uno por batallón; y existían siete refugios antiaéreos, prueba en sí misma del reconocimiento de Guernica por parte de los defensores de su carácter militar... Guernica era objetivo militar" (Ed. Rialp, Madrid, 1987). También en el artículo pertinente de Wikipedia puede leerse que "(Guernica) de hecho constituía un objetivo militar vital en ese momento (cortar la retirada y aprovisionamiento de las tropas del frente popular en la campaña de Vizcaya). Sin embargo, gracias a la calificación como 'ataque a la población civil', la repercusión internacional que alcanzó este bombardeo, unida a su utilización propagandística, ha hecho que sea una masacre mundialmente conocida y considerada como un icono antibélico".


Sólo comprendiendo ahora el verdadero sentido del cuadro, como una escena de tauromaquia pintada en virtud de un encargo hecho en México en 1935, luego adornada y matizada con los propósitos propagandísticos que la hora y la filiación política le exigían al pintor en 1937, puede entenderse en su verdadera dimensión, la siguiente frase, formulada con una cándida intención exaltatoria y apologética:

"Cuando Picasso comienza a pintar, de su cabeza y de su mano van a surgir en tropel cientos de ideas, de sentimientos, su propia historia, sus tradiciones, sus mitos y sus temas preferidos. Lo más chocante del cuadro es que Guernica no muestra la guerra, sólo el nombre puede asociarse a un hecho de la guerra de España. No representa un bombardeo, ni hay armas convencionales, no hay soldados, no hay vencidos ni vencedores. Hay un toro cuyo rostro representa las facciones de Picasso, un caballo herido por una lanza, la cabeza y los brazos de un hombre con una espada rota, una madre con su hijo muerto, una mujer corriendo, otra mujer en llamas y una tercera que alumbra la escena desde una ventana. ¿Como, entonces, puede tener esa extraordinaria potencia? ¿Cómo es capaz de recordar en toda su magnitud el drama? Este es uno de los misterios más sugestivos del cuadro".



El misterio, como vimos, se ha develado. Y mientras, nosotros desvelados (aunque no tanto) seguimos esperando las excepciones que confirmen la regla (aunque no tanto)...

Uno de los chistes gráficos más graciosos que conozco (de Joaquín Lavado, "Quino")
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