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jueves, 8 de agosto de 2013

Curiosamente




"El Papado tendrá nuevas normas. Lo malo de ayer dejará de serlo. La misa será protestante, sin serlo. Los protestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en viajes y llegará a América, en tanto la humanidad caerá".
Benjamín Solari Parravicini (que también es argentino), profecía de 1938 


Es curioso que la mayor parte (y la más bullanguera) de quienes propugnan por una “apertura” progresista de la Iglesia sean asimismo personas completamente alejadas de la religión católica. Bien profesantes de otros cultos, bien ateos. Siempre pendientes de novedades concernientes antes al plano político-material de la vida terrena, que al plano sacerdotal-espiritual que debería regular y orientar la vida de la institución eclesiástica.
Decimos que es curioso, porque siglos ha insumido al pensamiento moderno consagrar la separación definitiva de la Iglesia respecto de los asuntos del mundo. Desde la reserva interior que aceptaba Spinoza para el súbdito (innovando así respecto de Hobbes, que esperaba de éste la adhesión integral de cuerpo y alma), a la progresiva independencia de las monarquías respecto del papado (llegando a los extremos de las iglesias nacionales, de las que la anglicana es el ejemplo paradigmático), a la libertad de culto y la creación de instituciones civiles laicas en los Estados nacionales, a la directa indiferencia del poder político respecto de todos los cultos, e incluso, a la prohibición de cualquier alusión religiosa en los asuntos públicos de que hacen gala los más recientes avances (eliminación de crucifijos y de cruces de banderas, juzgados, edificios educativos, de la invocación de Dios como fórmula documental, etc.).
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con ese axioma táctico la Iglesia avanzó en la antigua Roma, para obtener primero la tolerancia hacia la desobediencia de los fieles respecto de cualquier exigencia de juramento a la autoridad política, luego la propia consagración como autoridad religiosa oficial con Constantino, y un siglo después, con la prohibición de los cultos paganos y su persecución con Teodosio. Con la debacle e implosión final del Imperio Romano de Occidente, la Iglesia ocupó el pináculo de la auctóritas, pasó a ser fuente y fundamento del poder terrenal. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había de ser consagrado y entronizado por la autoridad católica para gozar de legitimidad, cuestión que luego se prolongó a las monarquías que cobraban progresivo vigor como fuerzas de unificación nacional: París bien vale una misa, dijo con pragmatismo el austero protestante Enrique de Navarra, al convertirse al catolicismo para acceder a la corona de Francia.


En fin, luego las guerras de religión, e incluso la contrarreforma, adunarán el concepto de separación de Iglesia y Estado, y la progresiva detracción de la Iglesia de los asuntos públicos, como también en Occidente, la decisión del Estado de apartarse absolutamente de la esfera de actuación clerical (concordato de 1966, reconocimiento de la educación libre, o sea religiosa, luego del intento secular de publicizarla en la mayor medida, etc.).
El poder político y la sociedad civil (en tanto sujeto político) se encontraban entonces ya libres y emancipados de la tutela eclesiástica. La Iglesia debía renunciar a su influencia terrena para centrarse en su misión espiritual, que en todo caso, redundaría mediatamente en regulación social de las conductas, estableciendo valores y reglas extra-jurídicas para sus fieles.
Esos valores y reglas, primeramente, fueron aceptados por el poder terrenal como idónea guía ética (en tanto guía del comportamiento ordenado) para la regulación social: recordemos que el peronismo, la principal fuerza política de la historia argentina moderna, reivindica sus raíces humanistas cristianas, y lo mismo hace la mayor parte del antiperonismo, que ha atacado a aquél con un fervor "cruzado" en 1955, si bien entonces hubo asimismo englobado a amplios sectores de ateísmo militante.
En cambio el progresismo, que como el liberalismo en los ’90 ocupa en exclusividad desde el año 2000 el panorama ideológico argentino (tanto en lo relativo a los consensos como en cuanto a los temas de agenda, las cuestiones que a todo el arco político le resultan relevantes), no hesita en proclamarse contrario a esos valores y reglas. En tanto superador (la visión progresista de la historia supone la superioridad moral de lo posterior en el tiempo, la idea de que la humanidad se encamina mecánicamente, por el mero giro de las manecillas del reloj, hacia una mayor madurez, sabiduría, bondad, unidad y capacidad para solucionar problemas) es negador. En tanto relativista, es enemigo de cualquier esquema normativo, sea éste jurídico, sea religioso. Por más que resulte polémico (frente a la utopía progresista que aspira a la supresión del conflicto y a la composición irenista de un tranquilo estanque social de aguas quietas como el aceite, donde la indiferenciación sustituya las discordias nacidas del individualismo o las corporaciones), hay que decirlo: cuando se suprimen las reglas de exclusión, las reglas que condicionan y delimitan las fronteras de las instituciones, éstas desaparecen.
Con la desaparición de las reglas desaparecen las instituciones. De nada sirve postular que “familia” como unidad celular es tanto un grupo constituido por padre-madre-hijos como un grupo constituido por amigos-compañeros de trabajo-un sobrino-el vecino de enfrente. Los márgenes se difuminan, la particularidad diferenciante de la institución se diluye en el estanque. Esta evidencia no obedece a ninguna moralina apriorística. No estamos en contra de que se considere familia, por ejemplo, a todo el grupo de personas que habita bajo un mismo techo, aunque ello habrá de deparar nuevas polémicas. La familia es una construcción social. En las sociedades matriarcales todos los hijos son de todas las mujeres, que viven aisladas de los hombres y los crían hasta cierta edad, en que los varones pasan a vivir en los colegios masculinos. En esas sociedades, la familia es el conjunto de las mujeres, mientras que los colegios masculinos (generalmente, constituidos bajo la invocación totémica de alguna divinidad) son otras instituciones separadas, dedicadas a la caza y a la guerra y al culto particular. Precisamente la Iglesia ha tomado prestados conceptos organizacionales semejantes a los de los colegios masculinos, y también lo han hecho las órdenes monásticas budistas por ejemplo. 


Bertrand Russell estimaba (Matrimonio y Moral, 1929) que en un futuro el Estado suplantaría la figura del padre (como educador, proveedor, preceptor, inspirador e ideólogo) y Aldous Huxley fue aún más lejos en Un mundo feliz (1932), al predecir la desaparición definitiva de la familia a través del monopolio del Estado en la reproducción mediante manipulación extrauterina y la prohibición absoluta de la monogamia: un mundo de individuos que viven una vida despreocupada, matizada de frecuentes relaciones fugaces.
Si la familia es una construcción social, es entonces artificial, y si es artificial, entonces puede ser suprimida. Dentro de ese razonamiento de índole progresista, que parte siempre desde la relativización genealógica de raigambre nietzscheana, pero empleada con propósitos de mera demolición, toda institución es, en cuanto elemento diferenciante, una engorrosa herencia vestigial, que la progresiva iluminación de la razón en el hombre habrá de suprimir.
Hay en ello una drástica diferencia, tanto con el pensamiento tradicional, cuanto con el superhumanismo nietzscheano que detectó su agonía. En ambos órdenes, la institución, como toda creación humana –de por sí, dificultosa, ardua y prolongada por muchas generaciones- era valorada como un tesoro. Un tesoro a preservar en el caso de la tradición; un tesoro que cimentara una evolución, que motivara su perfeccionamiento, en el caso de Nietzsche (quien se tomó el trabajo en Genealogía de la Moral -1887- de recordarle al mundo lo penoso y hasta tortuoso que fue el proceso de domesticación del hombre, para lograr de él una conducta civilizada que hoy puede parecer espontánea, pero que siempre corre el riesgo de perderse: “mata el miedo que guarda el animal, limpia el cuerpo pues dentro de él estás”. [Víd. este artículo]
La artificialidad de las instituciones en cuanto construcciones sociales, debe entonces servir para tomar consciencia de su fragilidad, de la necesidad de preservarlas, antes que para justificar su eliminación. El corrimiento progresivo de la frontera de denotación (qué cosas entran dentro del concepto y cuáles permanecen –todavía- afuera), que va de la mano de la flexibilización en la regulación de las instituciones, es un evidente sistema de dilución de la particularidad en el estanque de la indiferenciación, y por tanto, un mecanismo “poco traumático” de eliminación. La familia es una institución arcaica, vetusta, el último bastión corporativo (el término es usado, como siempre en nosotros, con su acepción clásica o durkheiminiana, es decir, como cuerpo social intermedio -víd. acá-) a ser derribado para dejar desnudo al individuo.
Pero, para preocupación de este esquema tan plano, debemos decir que el individuo también es una construcción social, y entonces también puede ser suprimido. Un individuo formado a partir de la familia como transmisora primaria de valores, y contenido por otras instituciones también axiomáticas, guarda una particularidad que choca contra la pretensión homogeneizadora y minimalista de la modernidad progresista (que pretende la suave superficialidad del homo consumens: ¿la vida despreocupada del “mundo feliz”?). Pero la desindividuación paradójica que esconde la eliminación de las instituciones, ¿acaso no deja nuevamente al descubierto esa animalidad descarnada, o sea, no deshumaniza

                                                                                               Imagen de Banksy, artista callejero británico.
 
Tenemos por un lado al marginal delincuente, generado a los ponchazos, al margen de cualquier atisbo de institución familiar (a lo sumo, la difusa figura monoparental de una madre casi ausente, que colecciona hijos de distinta procedencia y que no tiene la capacidad para criarlos), que se define casi excluyentemente en cuanto consumidor, viviendo el día a día "jugado", sin la mínima capacidad de ahorro ni de previsión, y que carece en absoluto de empatía porque desconoce las bases formativas del amor humano (también artificial). Por eso golpea a los viejos, por eso dispara al vientre de las embarazadas, por eso mata al padre delante de sus hijos.
Por el otro lado, al hedonista centrado en su progreso material, en la disponibilidad de íconos de consumo, electrónica de última generación, autos rimbombantes, viajes exóticos, mujeres de exhibición, esclavizado por el apego material que determina que hasta los hijos sean una adquisición caprichosa, y casi siempre, avergonzado y distante de su familia de origen.
Lo postula Norman O. Brown en El cuerpo del amor (1966): para lograr la universalización total, el paso definitivo hacia la indiferenciación y el igualitarismo, hay que eliminar tanto al individuo cuanto a la fraternidad (que es el concepto a través del cual él abarca tanto a las instituciones como a las corporaciones y también a las naciones, etnias y otras formas de agrupación opuestas al universalismo). Para eliminar al individuo no hace falta más que despojarlo de todo su “ornamento superestructural” (evidente y expresa inspiración marxista en su pensamiento): alma, espíritu, mente individual, personalidad. Despojarlo de todos esos elementos diferenciantes para desnudar su naturaleza animal. Como animales los hombres desindividuados formarían espontáneamente un ser superior, la Humanidad, como las abejas forman la colmena o las hormigas el hormiguero. Ese libro influyó definitivamente en el movimiento hippie. Aunque a título anecdótico, debemos consignar que, previamente a su carrera universitaria en casas de estudio de poco renombre (Róchester y Santa Cruz), Brown perteneció a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. No consta que haya ocurrido en algún momento su desvinculación de la compañía.  
Es curioso entonces también cómo el progresismo, que confía tanto en la capacidad del hombre de auto-iluminarse y alcanzar la perfección y la armonía en una sociedad sin conflictos y sin diferencias, desprecie en tanto artificial, a toda creación humana, y tan sólo valore los fundamentos “naturales”. Toda creación humana, por ese mismo hecho de haber sido creada por el hombre, puede ser eliminada por el hombre. Hemos visto que, si puede ser eliminada, para el progresismo debe ser eliminada para dar paso a lo nuevo, en una suerte de renovación constante, similar al fenómeno tecnológico. Ampliando los límites hasta que los límites abarquen el todo, y entonces el fenómeno particular desaparezca.
Es decir, lo artificial señala la particularidad, diferencia, discrimina, separa las aguas, clasifica… conspira contra la igualdad natural (un principio apriorístico común a todo el pensamiento moderno). Destruyendo entonces todo lo humano, descarnando el muñeco de Dios hasta el tuétano, se llega al paraíso humano. Tiene su lógica: a todo paraíso se accede después de la muerte.
Todos los argumentos que sostienen la ampliación/dilución de los límites respecto de cualquier particularidad diferenciante se sostienen en la autoridad de la Naturaleza. Curiosamente, la autoridad de la Naturaleza (como creación de Dios) fue invocada tantas veces por la Iglesia como fundamento de sus regulaciones civiles. Pasando la Naturaleza de ser creación de Dios a ser creación de la Ciencia, es comprensible que la Ciencia entonces señale o respalde el nuevo paradigma anti-normativo. Pero el problema está, como siempre, en la cuestión ontológica: si el hombre es hijo de la Naturaleza o es su padre. Como hijo de Dios, vendría a ser lo primero, y entonces en todo caso el teólogo sería el naturalista. Pero como padre de la Ciencia, en cambio sería lo segundo. Y en ese segundo caso, solamente un solipsismo cartesiano puede fundar el criterio de Verdad en el sujeto, y ya no hay objeto.
Es el mismo solipsismo característico de la modernidad que funda la utopía de la supresión absoluta y definitiva de las diferencias, de la dilución total en el estanque, en criterios que por subjetivos son artificiales.
Destruir las diferencias por haber detectado en ellas su germen artificial, para conseguir la igualdad en la indiferenciación que procede de un deseo, de un concepto, de una visión, que por tanto es artificial, nos devuelve, en su paradoja, a la sensatez.
Ocurre que mentar a la Naturaleza como fundamento de Verdad es una falacia. Nada hay en el hombre de natural. Todo en él es creación. Si su cuerpo no ha sido por él creado, sí lo ha sido la consciencia y reflexión sobre su cuerpo. El límite de la percepción humana está en la percepción humana. El hombre sólo puede comprender al mundo como hombre y en tanto hombre. Todo lo demás lo excede y lo niega. El mundo entonces, en tanto construcción humana, es artificial. ¿Destruirá entonces el hombre al mundo? En pos del logro de la igualdad absoluta a través de la indiferenciación, eso es posible, si no es ya un proceso en marcha.
Pero volvamos a nuestro tema del principio: el desvelo de aquellos que no son católicos, o que son sólo nominalmente católicos y son progresistas (ésos que no creen ya en ningún dogma, ni obedecen ningún precepto, ni pisan jamás una iglesia, pero que de vez en cuando se persignan, o dicen que “creen en Dios” como un concepto genérico y difuso) es el proceso de apertura de la Iglesia. Cruzan los dedos ante cada posibilidad de un anuncio, ponderan la posibilidad de un cambio, extractan (¿descontextualizan?) cualquier referencia que pueda esperanzarlos… Nos preguntamos acerca del sentido final de esa nerviosa expectativa. ¿Se convertirán en católicos quienes no lo eran y volverán a la Iglesia los que alguna vez lo fueron si la Iglesia difumina (aún más) los límites entre lo que admite y lo que no admite en su seno, hasta hacerlos desaparecer? Y en tal caso, ¿qué diferencia habría entre ser católico y no serlo?
El Concilio Vaticano II (1962-65) avanzó decididamente en ese esquema de apertura. Felipe Pigna, en el último número de Viva, elogia entusiasta a Juan XXIII como “el mejor Papa” que ha tenido la Iglesia. Ya hemos dicho (aquí y aquí), empero, que las opiniones de ese autor son casi una pauta exegética infalible… por opción contraria. Pigna, que evidentemente no es católico, llega a esa calificación por la decisión y convocatoria a ese concilio ecuménico, que él considera (y no está solo en esa apreciación) antecedente del movimiento tercermundista que afectó a Latinoamérica poco después. Lo que nadie dice, pero todos ven, es que muy pocos habrán retornado a la Iglesia por esa apertura sesentista, pero una evidente estadística señala que más bien la Iglesia no ha dejado desde entonces de perder fieles.
En Europa los templos católicos son casi exclusivamente monumentos y museos sostenidos con fines turísticos, mientras una religión fuerte y dogmática como el Islam gana camino a pasos agigantados recabando crecientes adhesiones, ya no sólo de los inmigrantes magrebíes o árabes, sino de los propios europeos de muchas generaciones. Nos enteramos hace poco de la furia que acometió a Frank Ribéry (rubio descendiente de galos o de francos) cuando en un festejo del Bayern Múnich lo bañaron en cerveza. Recién pudieron calmarlo cuando le aseguraron (¿le mintieron?) que la cerveza del festejo no tenía alcohol. Es que Bilal Yusuf Mohammed se convirtió en 2009 a la religión que ya es la mayoritaria en Francia (país en donde hay más mezquitas que en Marruecos y Túnez juntos, incluyendo la que el Estado francés ha ayudado financieramente a construir en Poitiers, la ciudad en que Carlos Martel frenó en 732 la conquista de Europa por el Islam). 

 
 
Y el Islam gana adeptos de forma irreversible, con una velocidad arrolladora, ocupando una creciente proporción en toda Europa y también en los EE.UU. (donde se ha duplicado la cantidad de mezquitas en los 12 años que pasaron desde el 11-S), con sus preceptos rígidos y estrechos como un corsé, con su liturgia en árabe desde Al-Adhan, con sus prohibiciones absolutas, la exigencia de renunciamientos, de reclusiones (en el hogar o dentro de los vestidos desde la coronilla a la punta de los pies), de ascetismo, de la renuncia a las tentaciones materiales del mundo… su censura al hedonismo y su intolerancia para con los desvíos.
Mientras tanto, la Iglesia, con su complaciente apertura, obedeciendo a una presión obstinada y casi exclusivamente concentrada sobre ella, se ha transformado en una ONG más de buenos propósitos humanitarios. La apertura ha acercado la Iglesia a su entorno local (a través del empleo exclusivo del idioma local, y la adopción de música popular ligera en la liturgia, palmas arriba, moviendo las caderas, las actividades colectivas, los fogones, etc.) y a su entorno social (el trabajo de caridad, los voluntariados en villas y hogares de necesitados, etc.), pero la ha hecho víctima del proceso general de desacralización del mundo que experimenta Occidente. 
Reflexionábamos días atrás, a propósito de este artículo acerca de la necesidad de recuperar el misterio como factor movilizador. El misterio que se ha perdido con las órdenes iniciáticas, pero que increíblemente se sostiene en algunos mitos populares, retoños insospechados de un árbol de paganismo que se creía seco.


lunes, 15 de agosto de 2011

El pueblo, siempre

El 9 de agosto Jorge Asís explicaba a su tío Plinio qué eran las PASO, con estos términos: "Las elecciones más irracionales de la historia. Son como las reales. Pero al mismo tiempo son falsas. Elecciones, digamos, amistosas. Como los partidos de fútbol del verano. No están en juego los tres puntos. Tan caras, en realidad, como innecesarias. Es una suerte de entrenamiento con público obligado a presenciarlo. Sirven para saber cómo están parados los candidatos que ya fueron arbitrariamente elegidos. En el fondo, las elecciones amistosas, 'primarias y obligatorias', simultáneas del 14 de agosto, no tienen el menor sentido".

Luego del aplastante triunfo de ayer del oficialismo, en realidad, las que parecen no tener "el menor sentido", las que resultarán "tan caras como innecesarias", las que serán "irracionales", serán las formales y protocolares del 23 de octubre.

Ello así, habida cuenta de una participación de electores muy alta, superior al 75% del padrón. Si se imagina que esa participación puede aun subir en la próxima elección, digamos, hasta el 81% que se registró en 1983, cuando la población venía ansiosa por votar, en lugar de estar alguito harta de perderse 4 domingos en 3 meses, como en el presente 2011, se agregarían en octubre 1.600.000 electores. Suponiendo que todos ellos escojan una opción diversa de la oficialista, aun así ésta se situaría en el 45% exigido por la Constitución para ganar en primera vuelta. De modo que esos más de 10 millones de votos obtenidos por el FPV le garantizan una victoria inconmovible en cualquier escenario.

Hemos escuchado hasta el hartazgo, de parte de la nueva casta de los encuestólogos, que se viene haciendo una panzada con tantas vueltas y contravueltas electorales, que estas primarias serían "una gran encuesta nacional". Sus resultados, en efecto, deben ser entonces empleados con sentido estadístico.


El peronismo.

Teniendo en cuenta una tasa de mortalidad promedio del 7,5 por mil anual, quedarían aproximadamente 4.740.000 peronistas de los 6 millones que votaron por el PJ en 1983 (y que puede ser considerado el piso histórico del justicialismo). 4.210.000 fueron los votantes que eligieron a candidatos peronistas en las primarias del día de ayer, lo que puede entenderse como que la mayor parte del peronismo histórico quedó abarcado entre las alianzas contingentemente denominadas Compromiso Federal y Frente Popular. Considerando que ese número representa el 20% de los votos positivos de 2011, concluimos en que la fuerza electoral del peronismo ha quedado reducida exactamente a la mitad, en el transcurso de los 28 años de la presente democracia. La renovación generacional, en cambio, se ha volcado por la opción populista encarnada en el FPV, pero que básicamente engloba a la mayor parte del espectro político contemporáneo.


El populismo.

Ese planteo populista, de carácter esencialmente difuso (ya que naturalmente, va orientando las políticas concretas de acuerdo con dos principios complementarios: las necesidades detectadas por las encuestas y las necesidades generadas por el discurso), resulta, bajo el influjo del "rating minuto a minuto", la forma moderna de gestionar, condicionada por las circunstancias. De tal forma, todo el espectro político termina por coincidir en casi todos los puntos programáticos y, ante la eventualidad de una resistencia popular a alguna medida (en general, la historia señala que las medidas que generan esas resistencias son fiscales), surgirá una disidencia también populista coincidente. 

Veamos algunos ejemplos:
 
1) De la segunda hipótesis, claramente, el asunto ése de la Resolución 125, que puso al FPV al borde del abismo, del que sólo pudo levantarse por la increíble estolidez y la carencia llamativa de voluntad de poder de todo el resto del espectro político. En realidad, si el campo no hubiera pataleado, absolutamente ningún político hubiese manifestado su disenso con el incremento del impuesto a las exportaciones del 35% móvil. Las únicas voces que escuché oportunamente (o sea, cuando la medida fue dictada, y no 2 meses después, cuando los tractores salieron a la ruta) provinieron de autoridades jurídicas en materia tributaria o constitucional, y como de costumbre, limitadas a sus estrictos cenáculos doctrinarios.

2) De la primera, o sea, de la tendencia natural de todo el espectro político a coincidir en todo y tan sólo diferenciarse, a veces, en la forma (mayor transparencia, control de la corrupción, normatización por ley, etc.), podemos ejemplificar con Aerolíneas. El Secretario de Estado más impresentable, tanto desde lo moral como desde lo técnico, propuso y defendió sin entusiasmo la estatización de una empresa aérea que hasta entonces estaba en manos de una empresa española. Sólo un puñado de aviones (entre media y una docena), 6 mil empleados y una deuda multimillonaria era lo que se pretendía estatizar, ya que las rutas pertenecen al Estado. Todo el mundo parlamentario concediendo en que era fundamental tener una línea aérea estatal (además de LADE, naturalmente), y divergiendo en punto al asuntito ése de la deuda. Una minucia en verdad, ya que el problema fundamental de esa visión radica en el déficit operativo cotidiano y en el despropósito de gastar fortunas en eso.

En un país muy dilatado como Argentina, la opción de transporte de pasajeros se divide entre los peligrosos micros (que cada día tienen mayores inconvenientes de movilidad, por la saturación del tránsito y por los cortes de rutas) y los improbables aviones (que vuelan cuando las cenizas y las huelgas lo permiten, a un precio del pasaje extremadamente caro, y con elevadísimos subsidios del Estado, a la par que disponen de una oferta de servicios francamente insuficiente). Ni entremos a considerar el impacto ambiental del avión, el factor más contaminante de todos los que nos ha regalado la modernidad. 

En fin, Aerolíneas insume al Estado no menos de $ 3.000 millones al año de déficit operativo, al que hay que sumar los elevadísimos costos de inversión en aeronaves y su mantenimiento, aeropuertos, radares, etc. El presupuesto operativo, nada más, equivale a la construcción de 1.250 km anuales de vías dobles nuevas, con rieles de acero nuevos, durmientes de cemento biblocks nuevos, balasto nuevo, plataformas nuevas, incluso nuevos tendidos que eviten pasar por el centro de los poblados, o que eviten las zonas intrusadas por villas miseria. Con vías absolutamente nuevas, los trenes de pasajeros pueden desarrollar su potencialidad, por más que sean comparativamente obsoletos respecto de casi todo el resto del mundo. Digamos que cualquiera de nuestras vetustas formaciones ferroviarias diesel podría desarrollar una velocidad crucero de 90 km/h constantes, y garantizar así 8 horas de viaje totales para llegar a Córdoba, por ejemplo, contando asimismo con elementos de confort como camarotes, cine y restaurante. 

Pero si encima se decidiere hacer una inversión en equipamiento diésel de altas prestaciones de últimos modelo y tecnología, hay que considerar que el costo de cada formación es aproximadamente la mitad que el de un avión de pasajeros de cabotaje, con el aditamento de que su capacidad de transporte quintuplica la de éste. Para ser concretos, la inversión ferroviaria total de un proyecto Buenos Aires - Rosario - Córdoba, sin Tren Bala, asciende a 10 meses de los costos operativos de Aerolíneas. En estos últimos 4 años, el sistema ferroviario argentino podría haber contado, tan sólo con asignar a ese fin los millones que se pierden por el tubo del gasto operativo aéreo, con 5.000 km de vías nuevas aptas para transitar a la mayor velocidad por fuera de los ejidos de las poblaciones intermedias, y que de tal forma conectara, por ejemplo: Neuquén-Bahía Blanca-Buenos Aires-Rosario-Santa Fe-Córdoba-Tucumán-Salta, y también Buenos Aires-Córdoba-Mendoza y Buenos Aires-Mar del Plata.
 
Con esos destinos conectados, 18 millones de habitantes hubieran quedado de inmediato conectados, y otros 18 millones a una distancia menor a los 300 km de cada nodo terminal o intermedio. Durante 2012, podrían ponerse en marcha, asimismo, los tramos Bahía Blanca-Puerto Madryn y Santa Fe-Formosa.
 
El ritmo de los trabajos depende de la mano de obra involucrada, ya que el trabajo de vías sigue comportando el empleo de enormes números de recursos humanos sin calificación, algo que realmente sobra en este "modelo de inclusión con matriz diversificada".
   
Lo malo de esta opción es que los trabajos de vías dejan un margen exiguo de rentabilidad, siempre, claro está, que se utilicen parámetros universales en la cotización de los componentes (que por supuesto, existen, aunque en Argentina somos renuentes a aplicarlos). Ése, el de la rentabilidad racional, es ciertamente un parámetro reñido con el modelo populista. Quizás por ello tengamos que soportar los dos extremos más patéticos y deprimentes del discurso: el nostalgioso y museológico de Pino Solanas y el faraónico, suntuario y estratosférico del Tren Bala.

Mencionando el ejemplo de Pino Solanas, encontramos otro exponente del populismo, que intuye necesidades y apetencias diversas en la misma población a la que se intenta seducir. Si el populismo oficialista apunta al turismo, el populismo solanista apunta a revitalizar la actividad de los pueblitos de la campiña, por los que ya no pasa el tren. Claro que a esos pueblitos les pasó Internet y la televisión, y la muchachada que migra a estudiar a las ciudades difícilmente regresa. Ése es un factor que el cineasta en blanco y negro parece no considerar. Tampoco debe considerar, seguramente, que hoy en día casi todo el mundo tiene automóvil o camioneta propios, y que un tren que pare en cada pueblito (distantes en promedio, en la Pampa Húmeda, 8 km entre sí) demoraría una vida de Argumedo o de Solanas en recorrer un trayecto que en auto insume 4 ó 5 horas.

Lo mencionamos, para mostrar que los objetivos del populismo pueden ser tan divergentes como las intuiciones de los políticos acerca de qué cositas que a ellos les gustan (o que a ellos les "venden" ingeniosos empresarios) son más "populares" o impactan mejor en la opinión pública. 

Resulta a las claras el camino metodológico opuesto al de un proyecto meditado, trabajado con tesón y con sustancia técnica, a partir de la detección fidedigna de una utilidad pública estratégica. El asunto entonces está, como suele suceder, en la calidad de la pregunta a formularse. Ella no es "¿Estatizamos Aerolíneas?", "¿Compramos trenes usados?", "¿Volvemos a crear Ferrocarriles Argentinos?" sino "¿Qué forma de movilidad resulta más económica en términos de inversión/usuarios beneficiados, su construcción y operación genera más fuentes de trabajo; y a su vez es más segura, ambientalmente menos gravosa, y relativamente más cómoda y más rápida, y siempre en consideración de nuestra particularidad demográfica y geográfica?"  

Creo que a partir de las ejemplificaciones formuladas respecto del populismo, podemos abarcar en ese espacio a casi todo el espectro político, a excepción del exitoso caso de San Luis, y tal vez, de ciertas elucubraciones realizadas en el seno del Movimiento Productivo Argentino, referenciándose en el ejemplo brasilero (repito, tal vez). 


El radicalismo.

Es difícil mensurar el caudal histórico de un partido centenario, tan propenso a las fragmentaciones (yrigoyenistas y antipersonalistas, UCR Intransigente y UCR del Pueblo, etc.) y que ha sufrido los vaivenes de fenómenos no calculados que le han restado clientela, así como de otros que luego le han sumado, aunque sea, provisionalmente.

Si en 1928 Yrigoyen accedía a su segundo mandato con más del 57% de los votos, en 1937 Alvear perdía frente a la Concordancia con el 40%. En 1951, último momento en que estuvo unificada, la UCR se acercó al 32%. En 1958 la UCRP (balbinista) quedaba en segundo lugar, atrás de Frondizi, con el 29%; y en 1963 ganaba, aprovechándose de la proscripción del peronismo, con el 27%. Si en esa ocasión, se sumaban los votos de la UCRP y de la UCRI, el total de votos radicales ascendía al 44,6% de los sufragios positivos. En tanto, en 1973, Balbín obtuvo, frente a Perón, el 24%. Si consideramos que los votos de la Alianza Popular Revolucionaria (integrada protagónicamente por el Partido Intransigente, heredero de la UCRI), de la elección inmediata anterior (frente a Cámpora, 11-3-73) son en su mayoría radicales, y los sumamos al resultado de la UCR balbinista, obtenemos aproximadamente un 30% de los votos positivos de 1973.

Desde que está el peronismo en el mapa, entonces, y entendiendo que tanto Alfonsín como De La Rúa se aprovecharon fundamentalmente del voto independiente, el caudal electoral histórico promedio de la UCR se aproxima al 30%.

En las elecciones de ayer el radicalismo obtuvo el 12,17%. Si a ello le sumamos los votos de la Coalición Cívica y la mitad de los del Frente Amplio Progresista de Binner, llegamos también al 20%. Es absolutamente lógico inferir que el 10% del total (una tercera parte de los radicales históricos) se ha volcado también por la opción del oficialismo populista.


No more, please.     

No hace falta detenerse en los errores de la oposición, en los egos irreductibles, los excesivos personalismos, la tendencia patológica a la fragmentación, la discordia y las antipatías personales antes que las "diferencias ideológicas" (what is this?), la incapacidad de estructurar organizaciones y procesos de selección de candidatos dentro de esas organizaciones (y quien no puede organizar desde el llano, difícil que pueda contribuir a ordenar mínimamente el desorden general de una Argentina parchada de subsidios, prebendas, cuotapartes, donaciones, cooperativas, etc.). Si el "límite" de Binner no hubiera sido De Narváez, igualmente esa opción no habría superado el 20% (porque algunos "progresistas" habrían migrado para el oficialismo o para Proyecto Sur o la Izquierda). Si Rodríguez Saa y Duhalde no se hubieran peleado, y De Narváez no hubiera sido tan atolondrado y ansioso, el peronismo no habría igualmente obtenido más del 21% (sumando al FP y el CF la diferencia de votos de más que FDN sacó en la PBA respecto de Ricardo Alfonsín).

Así entonces, teniendo en cuenta que Binner está exultante con su 10%, y soñará durante 2 años con ser el nuevo emergente político (como alguna vez fue la Ucedé, y luego Carrió); teniendo en cuenta que, fiel a su vocación colaboradora con el oficialismo, ya anticipó que no participará de ningún armado plural de oposición, está claro que no hay siquiera la más mínima posibilidad de que se dé en octubre otro resultado que la elección directa en primera vuelta de la actual mandataria.
 
Y siempre, para enriquecer la perspectiva, teniendo en cuenta el poderoso y aceitado aparato electoral del FPV, el manejo discrecional del Correo y de los medios de comunicación y el abanico de triquiñuelas y manganetas à la carte, hay que considerar que para ganarle, hay que hacerlo por revolcón. Como los boxeadores que van a retar a un campeón yanqui por el título del mundo a los EE.UU. Tienen que ganar por K.O. Si llegan a las tarjetas, por más que al morocho de Harlem le hayan pegado una paliza, se van perdidosos. 

En 1973 Balbín reconoció su derrota y renunció a participar del balotaje frente a Cámpora, teniendo en cuenta el exiguo margen que le faltaba a éste para el 50%. De tal forma, preservó el erario público (las elecciones son costosísimas) y ahorró al ciudadano también el engorro de tener que volver otro domingo a cumplir una obligación cívica formal y superflua.

Una actitud semejante reclamamos semanas atrás al sociólogo melancólico de Flacso, Daniel Filmus, frente a una diferencia irreversible de 20 puntos, con Macri a 2,7% de la mayoría absoluta. Lamentablemente, a ello DF respondió con su latiguillo de "no somos una fuerza testimonial sino una opción de poder", y se dispuso a pasar vergüenza nuevamente, así como a fastidiar a todos los porteños y dilapidar fondos que seguramente tienen mayor utilidad en cosas concretas, techos de escuelas por ejemplo.  

Consecuentes con esa visión, sostenemos desde este espacio la necesidad de proceder a un verdadero acto de generosidad cívica, y omitir los comicios de octubre, reconociendo lo antes posible el triunfo del oficialismo, y disponiendo en consecuencia la reasunción, a partir del 10 de diciembre, de la Presidenta para un nuevo período.

Es lo menos que podemos hacer para cumplir con la Constitución Nacional. ¿Por qué?, se preguntará usted, lector.

Pues bien, vea. La Constitución Nacional contempla, a partir de 1994, en el capítulo dedicado a los Nuevos Derechos y Garantías, formas de democracia semidirecta en los artículos 39 y 40. En particular, este último prescribe: "El Congreso, a iniciativa de la Cámara de Diputados, podrá someter a consulta popular un proyecto de ley. La ley de convocatoria no podrá ser vetada. El voto afirmativo del proyecto por el pueblo de la Nación lo convertirá en ley y su promulgación será automática. 

"El Congreso o el (la) presidente(a) de la Nación, dentro de sus respectivas competencias, podrán convocar a consulta popular no vinculante. En este caso el voto no será obligatorio".

En el término de un mes algunos ciudadanos hemos ido a votar tres veces, a razón de 3 domingos sobre 6. Ni qué hablar de los desdichados a los que les tocó ser autoridades de mesa, y clavarse el día entero allí dentro, mirando una pared y regados por la luz de fluorescentes.

Hemos sido consolados por los diversos opinólogos mediáticos ponderando la bendición que representa para todos el constante ejercicio de la democracia, que hubo generaciones que casi no votaron nunca, etc. etc. 

Ahora bien, yo creo que dista mucho de satisfacer los supremos principios de la democracia (que, recordemos, antes que un sistema formal de representación, es una filosofía política que sostiene la soberanía del pueblo como fuente de verdad) el hecho de ir cada dos por tres a votar por alguno de los consabidos candidatos designados a dedo del staff estable.

Antes bien, me parece que los esfuerzos de organización y económicos puestos en tantos comicios podrían reconducirse a poner en práctica finalmente, luego de 17 años, esas formas de democracia semidirecta. Y someter al pueblo la consulta de aquellas normas que luego son dictadas en el nombre del pueblo, y con aspiraciones populistas. Si tan populistas somos, qué mejor que consultar al pueblo acerca de la estatización del agua y las cloacas, la estatización del correo, la estatización de Aerolíneas, la estatización del fútbol, la estatización de los aportes jubilatorios privados, la ley de medios y la mejor forma como pueden invertirse fondos públicos en diarios y televisión, la necesidad de tener uno o varios canales estatales, y en su caso, los criterios para seleccionar artistas, periodistas, conductores y contenidos; los impuestos que deben cobrarse a los sectores exportadores, los subsidios al transporte, la asignación universal por hijo, las leyes que involucran a la familia y a la salud, las medidas de seguridad, el traspaso de la policía federal a jurisdicción local, los criterios de empleo de las otras fuerzas de seguridad, la forma de controlar el desempeño de los jueces y la composición del Consejo de la Magistratura...

Realmente, entiendo y confío, los ciudadanos nos sentiríamos verdaderamente honrados y protagonistas de nuestro destino teniendo injerencia directa en esas decisiones cruciales que nos afectan en forma directa y definitiva.

No diré, como Fito Páez, que la expresión del 50% de mis compatriotas en las urnas el día de ayer "me da asco". Pero sólo concederé a esa expresión el criterio validador de una gestión de gobierno que reclama el oficialismo, cuando el oficialismo comience a creer en el pueblo, y le dé al pueblo el lugar que a éste corresponde constitucionalmente.

Do ut des, facio ut facias.

  

viernes, 12 de agosto de 2011

Otras definiciones




Respetando la veda electoral, y rescatando del olvido al gran criollo que fuera Tito Saubidet (Vocabulario y Refranero Criollo, Letemendia, Bs. As., 2006), que atisbara ya hace 70 años ese declive final y definitivo de todo aquello que de original, creativo y singular tuvo la cultura argentina, volvemos a su sapiencia nacida de la experiencia directa y entusiasta en los pagos de Tapalqué y más al Sur, y agregamos nuevas llamadas a la acostumbrada sección de este blog dedicada al idioma.

Amadrinado. Animal yeguarizo que sigue fielmente a la yegua madrina y a la tropilla. (Tb., Amadrinao).

Amadrinar. Acto de acostumbrar a un cierto número de animales a andar juntos siguiendo fielmente a una yegua madrina, cuando se trata de una tropilla de caballos, y a un madrino cuando se refiere al señuelo de animales vacunos. (Madrino: Buey manso que lleva cencerro o campanilla, al que siguen los demás del señuelo).

Amadrinarse. Andar juntos los caballos de una tropilla y seguir todos a la yegua que les sirve de madrina. Amadrínanse mejor los caballos si la yegua madrina tiene potrillo.



Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban a su alrededor. Se manearon las madrinas de las tropillas; cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda yerba.
LUCIO V. MANSILLA 

lunes, 8 de agosto de 2011

Un cucú en el nido del pueblo



Hace un tiempo atrás Relato del Presente (que hoy cumple 3 años, y aprovechamos esta ocasión para saludarlo y felicitarlo) publicó un artículo al que ilustró, entre otras, con una de esas curiosas fotos que enriquecen su archivo con pintoresquismo y mucha bizarría (en el sentido anglo-francés del término).

En la foto, jóvenes “militantes” de $ 40.000 per cápita al mes pagados por Juan Pueblo, junto a un variopinto espectro de personajes del elenco estable de Buenos Aires La Provincia, practican el gesto ridículamente gastado e hipócrita de la “V” de “Perón Vuelve” (justamente, la situación menos deseada por el inspirador del nombre de la agrupación juvenil, y la banda de imberbes que se había enquistado en la Administración pública a partir del 25 de mayo de 1973, a la que la vuelta del viejo líder de masas vino justamente a aguarles el asado).

Uno de ellos, llama particularmente la atención. Y ello así, porque luce una remera con la imagen del Brigadier General y General de Campaña de la Provincia de Buenos Aires, Restaurador de las Leyes y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Don Juan Manuel de Rosas.



A partir de Juan José Hernández Arregui, y su intento de amalgamar el socialismo revolucionario marxista (internacional) con el nacionalismo argentino aparece, en esa juventud católica acomodada y acomplejada de procedencia claramente gorila que luego sería el famoso entrismo en el peronismo (el de “Perón y Evita, la Patria socialista”), la revisión de la figura del Restaurador en la historia nacional, que en el nacionalismo ya contaba para entonces, principios de los ’70, con una erudita, documentada y lujosa trayectoria.

En efecto, la historiografía liberal que había literalmente borrado al “Tirano” de la historia, reescribiéndola a partir de Caseros, y sobre todo con Mitre, encontró en el socialismo y el comunismo y los demás partidos tradicionales que integraron el contubernio de la Década Infame, a fervorosos adherentes, que en común consolidaron una historia oficial que no admitía disenso.

Postulado el trío San Martín – Rosas – Perón por el peronismo, y anatematizado Perón como “el Tirano sangriento” luego de la Reacción Libertadura en 1955 (al punto que era obligatorio llamarlo así), el 16 de septiembre de 1955 pasó a ser el equivalente cíclico del 3 de febrero de 1852, y los golpistas a asimilarse a los federales traidores y los unitarios que acompañaron a los brasileros para la derrota nacional en los campos de Morón.

Resultaba el camino evidente para lubricar el proceso de entrismo en un movimiento popular que les era ajeno y a veces incomprensible, la sobreactuación del revisionismo histórico. Así, el término “montoneros” evocaba las montoneras federales que resistieron el proceso centralizador posterior a Pavón, y el empleo de la estrella federal (punzó de ocho puntas) pasó a ser parte de la iconografía obligatoria, en emblemas y grafitos de los grupos marxistas como las FAR.



Hoy día, en este proceso de caretismo e impostura, las consignas y los dibujitos se repiten sin reflexión y en la mayor ignorancia. Aunque, claro está, no falto de intencionalidad, ese método publicitario berreta sostenido en la apropiación de un revisionismo venerable, llevado adelante por grandes y serios historiadores que siempre han perseguido el objetivo exactamente opuesto al de los usurpadores, es decir, la unidad y la nación frente al sectarismo y la facción; a veces es digerido con notable dificultad y litros de Reliverán. Léase al respecto como botón de muestra, la reacción visceral y diarreica del pateta de Horacio González ante el reconocimiento oficial del Día de la Soberanía, en el Boletín Oficial/12 de ese entonces.

El pájaro cucú es el pata de lana de la naturaleza, por lo menos, en la ornitología. Él pone sus huevos en los nidos de otros pájaros, para que éstos los empollen y luego alimenten a los pichones. Para hacerlo impunemente, primero desplaza del nido la misma cantidad de huevos que los que va a depositar en reemplazo, porque los pájaros saben contar. Además, elige especies más pequeñas, de modo tal que cuando el pequeño cucú nace, al poco tiempo arroja para abajo a sus “hermanastros”, para concentrar todas las atenciones de sus involuntarios tutores, a veces de un tercio del tamaño del pichón vividor.

Así venimos alimentando con cantidades ingentes de recursos a los pichones cucúes que prepotentes demandan nuestro atencioso servicio. Pero, claro está, no podemos, más allá de soportar estoicos semejante afrenta, desconocer la evidencia de la impostura. Podemos ser cornudos (de hecho, en varias lenguas, como el francés, se hace mención al cucú cuando se alude a esa infortunada condición), pero no podemos permitirnos al menos manifestar que lo sabemos, y que no lo aceptamos. Si no lo sabemos a esta altura, además de cornudos somos estúpidos. Si lo sabemos y lo aceptamos, somos cornudos conscientes.

Todo pichón de cucú ignora o no comparte esos mismos emblemas, símbolos, epónimos y personalidades con los que disfraza su condición alógena. Con los que decora sus remeras, sus banderas, sus pintadas callejeras. Cuando decimos que “ignora o no comparte”, decimos que “si no ignorara no compartiría”, eso está claro.



Yendo a un aspecto más elemental del intrusaje, detengámonos un momento en el asunto de lo popular. Allí apreciamos una desviación tan enorme que está en el plano de lo antitético.

El concepto de lo popular de Rosas (un gobernante indudablemente popular), por ejemplo, está vinculado con una idea de excelencia, que parte del reconocimiento de las propias esencia, capacidad e historia del pueblo, para potenciar, a través de la organización y la disciplina, las mejores virtudes de ese pueblo.

El concepto de lo popular de estos improvisados populistas, parte de un desconocimiento elemental del pueblo al que pretenden subyugar y seducir a través de sobornos y dádivas, y que por tanto se transforma en una profundización de sus defectos. El camino facilista, que invariablemente potencia las tendencias entrópicas. Lo contrario del adagio peronista de “los hombres son buenos, pero si se los controla, son mejores”. Así entonces, serán “populares” la jarra loca, la promiscuidad irresponsable, la música apologética del delito, la vagancia, el escarnio del que trabaja y del que estudia (el “gil”), la subcultura tumbera, la subcultura villera, la subcultura inmigrante… todos aquellos fenómenos disgregantes del pueblo, a favor de la masa informe y caótica de gente desarraigada y sin destino.

Ilustremos esta reflexión, frente a las actuales lamentables circunstancias, en las que por ejemplo, sólo se puede censar en las villas durante la mañana porque es cuando los malandras duermen, y en que se fomenta deliberadamente la holganza, con las instrucciones para los capataces en el Reglamento de Estancias de Juan Manuel de Rosas de 1825:

“Los capataces de las haciendas deben ser madrugadores y no dormilones; un capataz que no sea madrugador, no sirve por esta razón. Es preciso observar si madrugan y si cumplen con mis encargos. Deben levantarse en verano, otoño y primavera un poco antes de venir el día, para tener tiempo de despertar su gente, hacer ensillar a todos y luego tomar su mate y estar listos para salir al campo, al aclarar. En invierno deben levantarse mucho antes del día, pero no saldrán al campo hasta que aclare bien. En aclarando bien, ya deben salir. Si niebla no saldrán hasta que se quite, y en el acto de irse quitando, ya saldrán. En tanto no se quita la niebla, los entretendrán a los peones en lo que haya que hacer en las casas, si es que hay, y si no, les harán reparar las huascas y defectos que tengan sus recados”.



Y ya que hablamos de entropía, enunciaremos brevemente el otro equívoco basal: El que parte de confundir Justicia Social con Igualdad, grave equívoco lamentablemente muy difundido por nuestra creciente incultura política. Para tantos “Mordisquitos” que ofician de pichones de cucúes, vayan entonces estos versos de un cabal peronista, que había entendido y expresado claramente esa esencial diferencia y ese recelo para con la igualdad entrópica, y que consta en el que fuera durante décadas el Himno Social Argentino:

Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor...

Ignorante, sabio o chorro,

generoso o estafador.

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro

que un gran profesor!

No hay aplazaos

ni escalafón,

los inmorales

nos han igualao.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura,

colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!

Enrique Santos Discépolo, Cambalache, 1934.







jueves, 4 de agosto de 2011

De antiguos pájaros y perpetuos fantasmas



“El kakuy es un ave que frecuenta los bosques (...) Kakuy era el antiguo nombre de ese territorio, que los primeros exploradores deletrearon por error ‘Jujuy’, nombre corrupto que por fin le había quedado”.


Guillermo Enrique Hudson, Marta Riquelme.






Escena 1.

Sur de Etiopía, 2007. Una meseta árida, moteada de arbustos achaparrados bajo un sol calcinante, 50ºC a las 3 de la tarde. Una tribu nómada de raza sudanesa, sus pieles de brilloso ébano cubiertas por telas de color naranja, sus pies descalzos, sus frentes perladas de sudor, sus cuerpos extremadamente delgados, constituidos puramente por huesos, nervios y fibra. Sus ocupaciones principales son la caza y el pastoreo. Migran constantemente en busca de mejores pastos para el magro ganado y sobre todo, al ritmo de las presas, antílopes y gacelas, que a su vez van siguiendo el humor de las aguadas y de los cursos de agua esporádicos que se forman con las lluvias también esporádicas. Sus chozas de ramas son por tanto harto precarias, casi simbólicas. Tan sólo proporcionan un poco de sombra para guarecerse de la furia del sol omnipresente en un cielo vacío. Un anciano (tendrá 40 años a lo sumo, la piel cuarteada, las arrugas dibujando una profusa cartografía urbana, tres o cuatro dientes en el comedor) está contento porque pronto va a casar a su hija. El pretendiente es un cazador (como todos los hombres jóvenes de la tribu), y por lo tanto la dote está constituida por dos cabras y un AK-47 Kaláshnikov



Fusil de asalto soviético, fue el arma reglamentaria de los ejércitos rojos durante la Guerra Fría, e inundaron el África en las guerras civiles revolucionarias del siglo XX, otorgando mejores medios a los africanos para matarse en números impresionantes. Teniendo en cuenta que hoy día se trafica profusamente en el mercado negro, es el arma de fuego más utilizada en el mundo. Su difusión es tal, que incluso su silueta engalana una bandera nacional: la de Mozambique. También aparece en el escudo de dicho país, en el de Timor Oriental y en el de Zimbabwe, así como en la bandera del Hezbollah.

En América es arma empleada por las fuerzas armadas de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Cuba y Venezuela, por las FARC de Colombia, y por los carteles narco de México, que la llaman “cuerno de chivo”, por la forma curva de su cargador. También la usan las bandas narco de las favelas de Brasil, y por derivación, la empleó tiempo atrás el Batallón de Operaciones Policiales Especiales (BOPE) que las combate.



Vuelvo a Etiopía. Cazadores nómadas aislados de la civilización le tiran a las gacelas con AK-47, que ha sustituido a las jabalinas y a las flechas, consideran a ese poderoso fusil un buen elemento para una dote matrimonial, y supongo que cualquier aventurero que cruce la meseta en una 4x4 se puede ver en un engorro si no lleva intérprete… Pero bueno, Etiopía es uno de los países más atrasados del mundo, como su vecina Somalía (o los pedazos que quedan de ella).


Escena 2.

Por oposición, Argentina es uno de los países más progresistas del mundo, siempre presto a consolidar avances normativos de primer mundo, siempre entre los 6 ó 7 primeros países que reconocen nuevos derechos, etc. Lo que naturalmente no quiere decir que sea un país desarrollado, siquiera en lo tecnológico. Mucho menos en lo humano. Altísimas tasas (silenciadas, lo que indica una nula esperanza de solución) de desnutrición y mortandad infantil, de morbilidad general en centenares de miles de habitantes de las provincias del Norte Grande, de marginalidad, analfabetismo, criminalidad y violencia… En el Gran Buenos Aires, a donde fluyen los contingentes de desgraciados expulsados de su tierra de origen, las proporciones más altas de consumo de drogas en población juvenil de toda Latinoamérica.

Pero hemos hablado de “progresismo” y de “silenciar estadísticas”. Ambos términos tienen bastante en común, por más que parezcan en una primera mirada, antitéticos. En efecto, a la progresía le encanta aturdir con números para soportar argumentos. Sin embargo, o quizás por ello mismo, tiene una tendencia irrefrenable a hacer de los números elementos esencialmente manipulables, a mentir con los números. A poner el acento en los números más fútiles para solapar los más acuciantes. Que hay tanto por ciento de fumadores, que el promedio de vida de un fumador es 7 años menor que el de un no fumador, que un fumador pasivo tiene tantas más probabilidades de contraer cáncer del pulmón que… (Hay interesantes trabajos acerca de la preocupante omisión de factores ambientales concomitantes en esas capturas, tales como la presencia de azufre industrial en el aire, plomo, emisiones tóxicas, etc.). Pero no nos interesa abundar. Lo que sí resulta menester poner de resalto es que se aplican las consabidas recetas prohibicionistas sobre una población que por su hábito o vicio padece trastornos mayormente en la vejez, cuando la accidentología, por ejemplo, señala la inmensa mayoría de muertos e impedidos de por vida menores de 35 años por siniestros viales. Como hemos dicho en otra parte, ese más angustiante problema es encarado, en cambio, con gestualidades publicitarias, que poco y nada contribuyen a afrontar el fenómeno: siguen por rutas muy malas y de doble mano circulando catraminas y camiones en pésimo estado, conductores alcoholizados, cruces con caminos vecinales de tierra, etc. Salir a la ruta es para el automovilista más diligente el mismo peligroso albur que hace 30 años, quizás incluso peor, por el crecimiento exponencial del parque automotor.



Sin embargo, tanto progresismo con que se solazan la mediocracia y la intelectualidad porteñas, ha contribuido a instalar la idea general de que hay asuntos que ya han sido superados, que la Argentina “ha evolucionado”. Las constataciones fácticas entonces devienen inconducentes. Basta con aplaudir de pie la ley o el cartelito o el discurso. Como si la sanción de la ley de matrimonio igualitario haya eliminado la angustia social, familiar, existencial, de tantas personas que se intuyen o se saben homosexuales. O haya dado una solución a la orfandad de tantos niños de la calle. Como si una ley de permisión del aborto impida que las pibas sigan quedando embarazadas a los 13 ó 14 años, o la legalización de la falopa haga que los consumidores (rebeldes de la vida, transgresores de novela de Kerouac) pierdan interés en consumir, porque siendo legal pierde atractivo. No importa. Se resuelve la cuestión del reclamo de los grupos activistas, ya no vociferan en la TV, ya no cortan una calle, y por tanto el problema ya no está. No lo vemos, no lo escuchamos: no está.

Consecuencias de una sociedad de la información, que late al pulso de los issues periodísticos. Si no está en los diarios, no existe. Sólo es “actualidad” (o sea, realidad sociológica), sólo se comenta, se discute, preocupa, entusiasma, lo que está en función de las noticias procesadas y difundidas mediáticamente. Hace un tiempo unos mineros chilenos quedaron atrapados en una mina. Gran incertidumbre. Gran emoción por un rescate de película. A los pocos días, una nena se cayó en un pozo en Florencia Varela. Otro rescate, más módico e improvisado, pero con cámaras en vivo y gobernador incluidos. Luego de ello, ya las minas y los pozos, el inframundo subterráneo, dejaron de ser noticia. Con lo que ya la sociedad supone que no hay pozos ciegos, canteras al aire libre rellenadas de agua, socavones riesgosos, minas peligrosas, grisú explosivo, etc.



Escena 3.

América es un mundo signado por el fenómeno más terrorífico que pueda generar el ser humano: la guerra civil, o sea, la matanza de vecinos con vecinos, hermanos con hermanos, padres con hijos. La guerra sin códigos, sin soldados, el partisanismo. Los infiltrados, la acción psicológica, la quintacolumna, los golpes de efecto, las represalias, la justicia por mano propia, el terror como método, las vidas como moneda de cambio y de contabilidad lúdica…

Pizarro llegó al Perú cuando la guerra civil del bastardo Atahualpa contra el legítimo Huáscar se estaba resolviendo a favor de aquél y comenzaban las purgas y las persecuciones a los vencidos. Cortés llegó a México y desató una rebelión de pueblos sojuzgados por los Aztecas, sanguinarios señores venidos del Norte con un carnicero concepto de la mercancía humana. Luego Pizarro corrió a Almagro, y los asunceños a Álvar Núñez Cabeza de Vaca. La guerra civil americana más importante por su generalización fue la llamada “de emancipación”, en la que se enfrentaron los realistas con los republicanos. Ambos bandos, compuestos casi exclusivamente por americanos. Los criollos tomaron partido en mayor grado por los republicanos, los indios por los realistas, aunque en las dos facciones había de todo. Quizás de lo que menos había en las tropas realistas era de afroamericanos (estrategia plausible de los republicanos para hacerse de un contingente considerable de buenos combatientes, que en general, quedó muerto en el frente). Si bien hubo uniformes y hasta banderas, ello no impidió que se utilizaran las guerrillas, y en un primer momento, se impusiera en el Río de la Plata la política del terror (v.g., Castelli), con fusilamientos sobre el tambor (v.g., Liniers) y persecuciones de vecinos (v.g., Álzaga) por su mera opinión o pensamiento.

En 1816 ya todos los argentinos sabían que la guerra de emancipación había terminado, y se preparaban para nuevos desafíos bélicos. En 1818 Chile también era liberado, y San Martín preparaba la expedición marítima al Perú. Sin embargo, este último hecho hizo que se prolongara la guerra civil de emancipación en la Argentina. Como los argentinos “sabían” que esa guerra había terminado, de hecho ni se enteraron de que en su territorio proseguiría por un buen tiempo y considerables bajas. Bastante lejos de Buenos Aires, es cierto, con lo que no había que darle mucha importancia.

Una vez que el bando de los republicanos se hizo del poder en Chile, se desató la llamada “Guerra a Muerte” contra los focos realistas que, de no ser aniquilados, podrían poner en peligro en el futuro la consolidación del nuevo gobierno. Esos focos estaban integrados por soldados realistas y por numerosos indios, principalmente de las etnias mapuche y pehuenche. A partir de 1818, huyendo de las tropas republicanas, muchos realistas cruzaron la cordillera. En 1819 un contingente de 7.000 vorogas, liderados por los caciques Cañiuquir y Mariano Rondeau, con más de 2.000 guerreros, atacó a los indios pampas argentinos (etnia tehuelche septentrional o günün a künna) en cercanías de Sierra de la Ventana. Curiosamente, en 1824 el héroe de Cancha Rayada (gran derrota republicana en la campaña libertadora de Chile), Gregorio de Las Heras, asumía la gobernación de Buenos Aires, con lo que los protagonistas de aquella guerra de independencia de volvían a encontrar.

Entre 1826 y 1827 la banda de guerrilleros realistas integrada por campesinos de la zona de Chillán, ex oficiales y soldados del Rey y aborígenes trasandinos y liderada por los hermanos Pincheira, también ingresó en territorio pampeano, huyendo de la persecución del Ejército Chileno, y se asentó en Chadileo, asolando la comarca en todas las direcciones, y atacando ferozmente a los indios tehuelches septentrionales, a los que prácticamente aniquiló, en alianza con los belicosos ranqueles (también un grupo heterogéneo, conformado por indios y criollos de frontera, y en ocasiones también por ex soldados y oficiales unitarios, luego de la derrota de Lavalle).



Detrás de los pincheiras llegó una columna del Ejército Chileno, integrada por unas decenas de cazadores de línea al mando del capitán Juan de Dios Montero, y un millar de indios amigos, también vorogas de la familia mapuche, liderados por el legendario cacique Venancio Coñuepán, que por entonces era sargento mayor del Ejército Chileno. Luego de algunas escaramuzas y el rescate de un puñado de cautivas, esa columna se encontró con que los pincheiras junto con otros grupos aborígenes trasandinos les cortaban el camino de regreso a Chile, y pragmáticos y serviciales, se pusieron a las órdenes del gobernador Dorrego bajo bandera argentina, y conformaron el contingente que fundó la ciudad de Bahía Blanca en 1828 (el otro grupo aborigen que colaboró en esa fundación fue el pampa que estaba liderado por el cacique Tetruel, que recibió personalmente a la columna que bajaba desde el Fortín Independencia, actual Tandil, en cercanías de la Laguna Sauce Grande, enarbolando una bandera nacional).



En 1830 los pincheira asesinarían al cacique pampa Tetruel y a toda su gente, y diezmarían a los indios del también amigo Chocorí, determinando el declive definitivo de los pampas (el verdadero “pueblo originario”) en la Argentina. A partir de entonces, los restos de esa etnia se integrarían a la civilización, e incluso algunos grupos pasarían a servir en condición de vasallos de los mapuches hostiles.

Asimismo, en 1836 un ejército de más de 23 caciques y 2.000 guerreros mapuches dirigido por el legendario Calfucurá cruzó la cordillera, y atacó y mató al cacique Venancio y sus vorogas (unos 400 indios amigos). Venancio Coñuepán, gran patriota americano y leal servidor de la Federación, fue amigo personal de O’Higgins y de Rosas, fue ascendido en 1827 por Dorrego al grado de “Teniente Coronel a Guerra al servicio de la Patria”.

César Puliafito, de cuya excelente obra La Bahía Épica (ed. La Nueva Provincia, 2010, ISBN 978-950-881-020-5, p.164) hemos extraído las referencias históricas de esta última parte, apunta sobre ese héroe olvidado y diluido en los simplistas, sensibleros y malintencionados discursos maniqueos de esta aciaga hora, la siguiente descripción: “Si bien el cacique contaba con uniformes para gala y diario, en campaña vestía prendas más cómodas aunque más rústicas, para que aguantaran el gran desgaste que provocaba salir al campo. Vestía una gorra de manga de oficial, una chaqueta corta y los grados militares (teniente coronel). Usaba el sable y un cuchillo ‘verijero’, que además de un lujo era muy práctico para tareas como picar el tabaco o cortar alimentos donde el sable o el facón se hacían incómodos”.


Epílogo

La Historia se impone por la fuerza, y arrasa implacable, como los meteoros, con las buenas voluntades y los olvidos.