sábado, 29 de septiembre de 2012

Tucumán x 2



Curiosos paralelismos sucedidos en el mismo lugar con 162 años y 8 meses de diferencia. Sobre todo, cuando los mismos residen en curiosas casualidades que otorgan la victoria a las tropas que se hallan en absoluta desventaja, tanto numérica como de armamento y pertrechos. Victorias providenciales que representan un punto de inflexión en la guerra que se libra, que permiten obtener arsenal de calidad y en cantidad, que elevan la moral propia y llenan al enemigo de dudas y vacilaciones, que devuelven la iniciativa y permiten avanzar y asegurar territorio.

“El triunfo de Tucumán permitió a los rioplatenses o argentinos confirmar los límites de la región bajo su control”, leemos en Wikipedia.


Días atrás gozamos de un nuevo y excepcional fin de semana turístico con la excusa del bicentenario de la batalla de Tucumán (24 de septiembre de 1812), la más importante y decisiva de las que, en el marco de la guerra de independencia, se libraron en el territorio argentino.

Esa conmemoración nos recuerda otra contienda más reciente: la que se librara hace 37 años en el monte tucumano entre el Ejército Argentino (enviado allí por el gobierno nacional democráticamente elegido 2 años antes por la abrumadora mayoría del pueblo argentino) y un ejército internacional que unilateralmente lo había señalado y erigido como su enemigo.
En 1974 el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), brazo político del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) había elaborado un Informe Político Militar de Tucumán en el que consideraba: El enemigo (Ejército Argentino) cuenta en todo el país con 4 cuerpos de ejército, compuestos por 2 ó 3 brigadas con un promedio de 15.000 cada cuerpo. Del total de las 10 brigadas que tienen, 2 son blindadas, una mixta, las otras 7 son de infantería (una de monte, otra de montaña, una aerotransportada y 4 de infantería de llanura), que no pueden emplear en su totalidad por ser en su mayoría guarniciones que defienden ciudades” [Revista El Combatiente, Ediciones del PRT, 1974].


Ya durante los primeros meses de ese mismo año el ERP había enviado en forma escalonada 150 combatientes graduados y perfeccionados en Cuba y en numerosas operaciones especiales y entrenamientos en campo, hacia las localidades de Famaillá y Monteros, cuya población era mayoritariamente campesina y obrera. Allí la empresa Textil Grafonor y los ingenios azucareros Nuñorco, Providencia, Santa Rosa y Fronterita daban trabajo a 3.800 obreros permanentes y dotaban a las poblaciones de escuelas, centros asistenciales y un equipo de fútbol. Era lo que quedaba luego de que, en 1967, su hubieran cerrado 11 ingenios azucareros que dejaron sin trabajo a 15.000 personas.
Siete años antes, esa circunstancia, junto con la de que el país se hallaba gobernado por un régimen de facto, podría haber propiciado las famosas “condiciones prerrevolucionarias” que se afanaban en perseguir los grupos guerrilleros. Pero en 1974 la escala de actividad y poblacional se había adaptado a la realidad acotada luego de los cierres de la década anterior, e intentaba salir adelante perseverando en la producción azucarera nacional, en el marco de un régimen democrático masivamente elegido y apoyado por el pueblo tucumano.
La ruta 38 divide a la provincia de Tucumán (por ese entonces, gobernada por el peronismo, que había accedido al poder con casi el 75% de los votos) en dos regiones: al Este, los altos cañaverales que son como un techo plano e interminable; al Oeste, el monte, muy cerrado, recorrido por senderos angostos y sinuosos, quebradas frías (el sol allí es un privilegio y la tierra se mantiene siempre húmeda, pegajosa y negra) sobre los faldeos de las estribaciones del Aconquija, riachos y arroyos. Una escenografía muy propicia para recrear las fantasías revolucionarias en las sierras boscosas caribeñas. Pero una cosa es una escenografía, en la cual los actores representan sus papeles durante algunas horas, y otra cosa es un ambiente que envuelve, domina, impone y prevalece duramente.
Una cosa es Cuba y otra Tucumán. Una cosa era el Sargento Fulgencio Batista y otra muy distinta era Perón y el peronismo. Santucho, en su entusiasmo y su premura por reproducir como un calco la experiencia cubana, entendió que, confluyendo en un territorio tres factores: caña de azúcar, sierra boscosa y campesinado, alcanzaba para operar un injerto, similar a una franquicia.
Para entrar en el monte, es bien sabido, es imprescindible contar con la asistencia de baquianos, para no perderse en la espesa vegetación donde los senderos se vuelven a cerrar en breve plazo y los huellones se borran enseguida.

Contendientes:
 1. Ejército Argentino                                   









2. Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez
(Ramón Rosa Jiménez era uno de los escasísimos miembros del ERP que tenía origen campesino, por lo que se lo cuidaba y consentía especialmente: fue unos de los primeros seleccionados para viajar a Cuba, donde recibió instrucción militar especializada; cuando fue capturado, en 1971, el ERP facilitó su fuga de la cárcel de Villa Urquiza. Finalmente, fue muerto por la policía tucumana en 1972, y se transformó entonces en el mártir guerrillero-proletario ideal para la propaganda).  

Nacionalidad:

 1. Argentina  
1.200 efectivos (100 oficiales, 300 suboficiales y 800 soldados) que rotaban en la montaña, provenientes del Ejército, Gendarmería y la policía provincial [Se emplearon en total 3.600 hombres, a lo largo de un año de operaciones]. En general, las tropas eran de extracción social baja, y provenían casi en su totalidad de Tucumán, Salta, Santiago, Jujuy y Catamarca, a diferencia de sus oponentes, que eran casi en su totalidad universitarios de clase media y media alta y (los que eran argentinos) provenían en su mayoría de la Capital Federal y las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Neuquén y Mendoza.                                           

2. Internacional
Escribe el periodista tucumano Eugenio Méndez en su libro Santucho. Entre la inteligencia y las armas, Ediciones de La Toma, 2001, página 113: «Esto determinó que cuando la instrucción erpiana tocaba su fin y se preparaba un operativo, algunos pobladores reconocieran la presencia de elementos foráneos, extraños en su forma de hablar, que se delataban cuando pedían “libras de azúcar” en los almacenes rurales. Dicha situación determinó que dieran aviso de inmediato a la policía, que inició una investigación».
El pelotón que bajó del monte a la ciudad de San Miguel de Tucumán y asesinó, el 1 de diciembre de 1974, al capitán Hugo Viola, a su hija María Cristina de 3 años, y le voló el parietal derecho a su otra hija María Fernanda de 4 años, estaba integrado por 3 guerrilleros tucumanos, uno boliviano (N.G. “Lyn”) y uno sueco, llamado Svante Graende (V. op. cit., pág. 126).
«Con el militar secuestrado (el mayor Julio Larrabure) tuvieron problemas y contradicciones, que arrancaron desde el primer día cuando se enteraron cuál era su segundo nombre: Argentino. Por él lo sometieron a ironías, golpes y bromas tétricas, como la de intentar hacerlo cantar “La Internacional”» (loc. cit., pág. 135).
«A pesar de su trabajo político, el ERP no logró adhesiones a la causa, ni en la clase media ni en el sector estudiantil universitario, por lo que la mayoría de los combatientes llegaron de otras provincias o países» (cit., pág. 140).
«Una información fue tenida en cuenta: jóvenes que no eran de Tucumán, no hacían negocios allí y tampoco eran viajantes de comercio, aparecían cada 15 días en lugares de diversión nocturna. Tenían ciertas características: provenían de diferentes provincias (por las tonadas), o de otros países, por los modismos como “oye chico”, “polola” (por novia), “los billetes” (por el dinero), la utilización frecuente del “tú”, y manejaban dólares» (pp. 145-6).

«El contingente original de la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” estuvo integrado por cuadros directivos de la organización, muchos de ellos entrenados en Cuba, y por elementos extranjeros (chilenos, uruguayos, bolivianos y cubanos) enviados por la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR)” [Vicente Massot, Matar y Morir. La violencia política en la Argentina (1806-1980), Emecé, Buenos Aires, 2003, p. 233]   


                                                                        
Efectivos:

1. Ejército Argentino: Sus enemigos los apodaban “perros guardianes del imperialismo” (Rev. El Combatiente, en casi todos sus números. También Estrella Roja empleaba esa terminología tan hollywoodense).
Eran en su mayor parte de baja extracción social, y provenientes de la Región del Noroeste Argentino (NOA). En casi ningún caso, dentro de la soldadesca, tenían más que nivel educativo primario. El contingente se componía exclusivamente de solteros sin hijos, y se destacaban los “voluntarios” (aquellos que se conchababan por techo y comida y los que canjeaban alguna sanción disciplinaria por el combate). El ERP intentó, a veces mediante fórmulas de discurso clasista alambicadas y muy académicas y abstractas, convencer a los conscriptos de desobedecer a los suboficiales (exactamente de la misma extracción social que sus soldados), para finalmente traicionarlos y cambiarse de bando. Obviamente, no tuvieron ningún éxito en ese intento. De hecho, tanto en Azul como en Formosa o en Monte Chingolo, la más eficaz y encarnizada defensa de las instalaciones militares fue realizada por conscriptos, y también son los que en mayor medida dieron la vida en los enfrentamientos con la guerrilla.  

2. ERP: Los apodaban “fules” (que es como en el Norte se les dice a los que hacen trampa) y “monos” (porque habían encontrado a comienzos de 1975 documentación del ERP abandonada, redactada de puño y letra por Santucho, en la que sostenía: “El hombre desciende del mono, comenzó la lucha de clases en la época de la cavernas, enfrentando al jefe de la tribu que lo oprimía”. (V. Nota 2, p. 140, loc. cit.).

 
Finalidad:

1. Ejército Argentino: Recuperar para la soberanía argentina el territorio que el adversario pretendía liberar-emancipar. Acabar con el foco guerrillero.

2. ERP: Ser reconocido como “Ejército Beligerante” y su “zona liberada” (ver descripción abajo) en territorio soberano, libre de la intromisión argentina. A tal efecto, siguiendo la propuesta cubana, la intención del PRT-ERP conducía a imprimir su propia moneda de cambio, ponerla en circulación entre la población correspondiente a los territorios dominados, imponer peajes a los automovilistas en las rutas que atravesaran la zona liberada, editar un diario en el “territorio propio” y las revistas de costumbre (Estrella Roja y El Combatiente), y designar un representante ante la ONU en Ginebra.
A mediano plazo: Derrocar al gobierno constitucional argentino, derogar la democracia como forma de gobierno, establecer la dictadura del proletariado (o sea, del partido único), eliminar a la burguesía en cuanto clase opresora, derogar la propiedad privada, instaurar un sistema centralizado y dirigista de administración económica y social.



Zona de combate:

“La zona liberada en Tucumán estaría limitada por la ciudad de Lules al Norte; al Sur, el Río Seco; el Este, la ruta 38, y al Oeste, el Monte y la Cordillera del Aconquija, constituyendo un territorio rectangular de 6.000 km2(Méndez, op. cit., p. 136). En el área se incluían 5 ciudades con unos 300.000 habitantes.



Inicio de las operaciones:
1. Ejército Argentino: Febrero de 1975
2. ERP: Principios de 1974.

Debilidades con las que contaba el adversario:
1. Del Ejército Argentino: “Santucho cifraba sus esperanzas de victoria en dos factores humanos: la supuesta incapacidad de los oficiales del Ejército y la pronosticada deserción de la tropa de conscriptos cuando le tocase combatir en la selva; creyó que el talón de Aquiles serían los soldados, quienes, carentes de toda preparación, no iban a resistir el embate de los subversivos largamente entrenados para matar”. [Massot, ibídem].

Nada de eso ocurrió. El Ejército tuvo la iniciativa en todo momento, corrió a los guerrilleros hacia el monte, alejándolos del llano en donde estaban las poblaciones donde se abastecían, y no dándoles cuartel, obligándolos a moverse permanentemente.

2. Del ERP: La estrategia del ERP residía en verdad en alejarse del monte y refugiarse en las ciudades. Cada dos semanas se reemplazaba a un pelotón de 30 hombres que permanecía en la selva, haciendo pintadas y reforzando con su presencia la sensación general de que el territorio estaba efectivamente ocupado. Cuando el Ejército Argentino obligó al ERP a internarse definitivamente en el monte, el frío, el hambre, el sueño y las condiciones sanitarias causaron estragos en los guerrilleros, que además perdieron en todos los combates y escaramuzas que se libraron. La colaboración del pueblo tucumano con las fuerzas nacionales, que así gozaban de la ayuda de los baquianos para moverse en el monte, fue también fundamental para el triunfo del gobierno constitucional. Casi todas las operaciones iniciadas por la guerrilla fueron enervadas por denuncias de los obreros y campesinos locales, que veían movimientos y/o personas extrañas. 


Combate decisivo:
 Manchalá, 28 de mayo de 1975.
 
«Es cierto que cuando un ejército regular debe enfrentar a una guerrilla no hay batallas decisivas. No lo es menos que el resultado de todas las contiendas decide la guerra. En tal sentido, la idea que se había extendido acerca de la capacidad de ERP se hizo pedazos tras enfrentar a la 5ª Brigada de Infantería. En Manchalá, el 28 de mayo de 1975, unos 100 hombres de la Compañía de Monte marchaban en columna hacia Famaillá. Su objetivo consistía en copar el comando táctico, fusilar en la plaza pública a los oficiales que tomaran prisioneros y proclamar una zona liberada en parte del territorio tucumano. Ni la mitad del camino habían recorrido cuando se toparon con un contingente menor de soldados y dos suboficiales que pintaban una escuela. Tras varias horas de lucha, el ERP debió abandonar camiones, municiones, armas y muertos. Desde entonces, perdió definitivamente toda iniciativa y no hizo más que retroceder» (Massot, op. cit., p. 234).   

 En la batalla de Tucumán de 1812, los patriotas tenían todo para perder, y en la confusión del combate, en ningún momento estuvo claro el triunfo argentino. Sin embargo, la providencial aparición de una enorme manga de langostas que se abatió sobre los pajonales, confundió a los soldados y oscureció la visión, acabando de descomponer el frente. Podemos leer en Wikipedia: “Las versiones tradicionales refieren que fue tal la confusión sembrada por aquel enjambre de langostas que hizo parecer a los ojos de las fuerzas españoles, un número muy superior de tropas patriotas, lo que habría provocado su retirada en la confusión”.


Eugenio Méndez nos cuenta así el desenlace de la batalla de Machalá: “Después de 3 horas de combate y cuando la resistencia de los soldados del Ejército decaía por las bajas y la falta de municiones, se escuchó un intenso ruido, parecido a un tanque de guerra, que provenía de la ruta. Esto motivó gritos de alegría de los defensores y la huida desesperada de los erpianos y del propio Santucho, a través de los cañaverales, ya que creían que llegaban nuevas tropas acompañadas de tanques. En realidad, era un camión Unimog al que se le había roto el caño de escape, con varios soldados que traían la merienda”.

jueves, 10 de mayo de 2012

Caloi y el ridículo

Todos los que me conocen saben desde siempre de mi admiración hacia Caloi (Carlos Loiseau), que junto a Quino (Joaquín Lavado), me parecen no solamente los dos más grandes humoristas gráficos / dibujantes satíricos de la Argentina, sino también del mundo [tal vez, para no ser tan parcial y extremo, agregaría a Caran D'Ache, pero ahí paro de contar]. Será porque el humor constituye un signo cultural que, más allá de su capacidad expansiva y abarcadora, radica de una manera profundamente particularizada en cada pueblo, al punto de significar para mí uno de los datos identitarios más sugerentes y explicativos de los pocos que nos constituyen o nos permiten reconocernos entre nosotros mismos. 

Ambos pasarán a la historia por sus personajes más difundidos: Clemente y Mafalda. Cotidianamente seguidos por millones de personas a través de tiras en los diarios o por la televisión, son para mí, por esa exigencia permanente y esa producción acelerada y casi industrial, tal vez los puntos menos interesantes de sus inigualables talentos, creatividades y capacidades de observación.

Ya hace unas dos décadas que llegó hasta mí una parte importante de su producción humorística gráfica referida a chistes y/o reflexiones unitarios, ajenos al formato de historieta y con una mayor complejidad tanto en las ilustraciones como en los mensajes. He escogido de mi biblioteca al azar (si ello es posible) el Aquí me pongo a cantar... (Buenos Aires, 1975), que contiene algunos de los momentos culminantes de su obra. Valgan entonces, ante la proliferación de evocaciones más superficiales y/o contingentes, esta pequeña selección a modo de sincero y emotivo homenaje. Se lo debo. 

Porque siendo todavía un pibe, y como tal inacabado, maleable y dúctil, en un medio corrosivo y cosmopolita, su franca y simple capacidad de pensar, sentir y vivir lo nacional me acercó a la espontaneidad y la alegría de lo nuestro, de lo natural y fluido, de lo que llevamos con nosotros porque mamamos desde chicos; así como me alejó de lo fútil y de lo estéril, de las abigarradas ornamentaciones inútiles, de los pretenciosos trasplantes intelectualoides, de los disfraces, las pantomimas, las imposturas, las morisquetas robadas del proyector del mainstream... Me preservó del ridículo.

Con el ridículo, precisamente, construyó gran parte de su mejor humor, y van aquí algunos ejemplos elocuentes. Que los disfruten. [Picar sobre las fotos para ampliar]

La aculturación (y las "liberaciones" dictadas por las influencias  foráneas).



La transculturación (que se manifiesta en una uniformización de los medios de expresión, para acercarse a un pretendido "universal", que en realidad, siempre responde al patrón etnocéntrico mundialmente dominante).







El imperialismo culturalmente estéril.






La intelectualidad abstrusa y pomposa (para levantarse minitas, para tapar la mediocridad y la falta de ideas propias)






El furor religioso hacia al Psicoanálisis como panacea.







Los fumadores de hierba, un especimen que empezaba a aparecer por esos tiempos.





Los revolucionarios que hacen de su medio una letrina.






La Facultad, transformada en una pila de basura.

(Un hombre le dice a los basureros, que lo miran con sorna y escepticismo: "En serio, muchachos, yo soy el Decano. Les juro que ahí debajo hay una Facultad").


Algunas entradas relacionadas (aunque sea un poquito):

- Facultad
- Juventud influenciable
- Humor gráfico (bastante precario)
- Imperialismo estéril
- Detalle disonante
- Humor gráfico (Quino y Picasso)
- Descarrilando
- Argentinidad 
- Progresos y otros inconvenientes
- Juventud rebelde
- Quino y la burocracia






jueves, 29 de diciembre de 2011

Karma


Tanto se habla del karma, que uno se ve necesitado de hacer un aporte testimonial, que radicará en una anécdota pequeña, nimia, pero que resalta por su ejemplaridad, la que por otra parte resulta adunada por el funcionamiento casi mecánico del sistema de balance universal: inmediato, inevitable, proporcional, cuando no simétrico.

Resulta que en la noche de ayer, casi 22 horas, voy con mi hermano a hacer una compra de emergencia al supermercado chino más cercano. Se hacía necesario agregar dos vinos espumantes (que si son de Champagne, se llaman “champagnes”, y si son de España se les dice “cavas”) a los que se enfriaban ya en la heladera, habida cuenta que a las razones de siempre para brindar se sumaba que mi hermano había ganado un concurso muy importante en el sistema de salud pública, obteniendo al efecto puntaje perfecto en el examen. Pavada de hermano tiene uno por ahí, y henchido de orgullo de primogénito bajé de las estanterías las dos más primorosas: un brut rosé y un brut nature.

Nos dirigimos a la única caja que estaba abierta, en donde, mientras una persona descargaba sus productos, otra (un señor con un cochecito con un niño) esperaba su turno, y dos pibes más atrás también. O sea, había tres compradores adelante.

En un momento, al señor con el cochecito que estaba en segundo lugar, se le sumó una señora algo nerviosa hablando fuerte, lamentándose de que la fiambrería ya hubiera cerrado, y trayendo una canasta de plástico llena de productos alimenticios con apariencia de ésos que son “para salir del paso”.



De inmediato, la otra empleada china que estaba acomodando las verduras, para apresurar el ritmo de atención, y habida cuenta de la hora de cierre, procedió a abrir una segunda caja. Los muchachos que estaban en tercer lugar, a continuación del matrimonio de la señora nerviosa, se fueron hacia esa nueva boca de atención, con los dos o tres artículos que tenían en la mano (a las 22 hs., generalmente todos van al mercadito chino a comprar un par de cositas que necesitan, con lo que el asunto se hace bastante rápido).

Mientras en una caja la china de las verduras atendía a los muchachos, en la otra (la primigenia) se demoraba el proceso de cobro por motivos desconocidos. Supongo que quien estaba comprando tuvo la ocurrencia de pagar con tarjeta de débito. La señora nerviosa comenzó a apretarse contra la señora que presumiblemente pagó con tarjeta de débito, para mostrarle su apuro con el aliento en la nuca, mientras comenzaba a descargar sus comestibles sobre el mostrador de la caja.

En tanto, los muchachos, habiendo terminado con su menester, se alejaban de la segunda caja, que quedaba despejada. Al percibir esa situación, yo miré a la señora nerviosa que me precedía y que se encontraba enfrascada en presionar a la señora de la tarjeta de débito para que finiquite su parsimoniosa compra y, esperando todavía algunos segundos, me dirigí a la caja que había quedado vacía. De repente, una voz chillona y subida de tono me paró en seco:

—¡A dónde vas! Yo estaba primero.

—Usted —yo no tuteo a la gente que no conozco— está esperando en la otra caja…

—No, yo estoy esperando para ambas cajas. La cola es como una y griega. La primera que se desocupa es para el que está esperando primero.

—Así que la cola es una y griega… Primera vez que lo escucho en un supermercado.

—Sí, la cola es una y griega, y vos sos un irrespetuoso.

—Bueno, no sea peleadora. De todos modos, la iba a dejar pasar si me lo pedía.

—Yo no soy peleadora, y no te voy a pedir nada si yo estoy primera, ¡estúpido!

Dicho esto, impetuosa agarró la canasta y sus comestibles apoyados en la primera caja y cruzó el pasillo hacia la segunda caja de la china verdulera, mientras el marido que asía el cochecito miraba el techo con esa expresión inanimada y silenciosamente sufriente de los santos de las iglesias.

Poco tiempo después, la señora de la tarjeta terminó de firmar el papelito y se retiró, dejando la caja original disponible. Yo me adelanté, todavía masticando el insulto, porque por más que ya he ingresando a una senda metafísico-aristocrática algo zen en mis propósitos, sigo conservando un acendrado orgullo occidental-competitivo, que instintivamente me compele a apropiarme de la última palabra. Pero me sofrené, conté hasta diez, y con la mejor sonrisa me dirigí a la empleada china, para que me cobrara mis dos botellas de espumante y cinco botellas de agua mineral que también llevaba aprovechando la compañía de mi hermano.



No miré hacia atrás, pero intuí alguna mirada de soslayo de la nerviosa compradora de la caja vecina. Advertí por unos segundos un denodado afán de su parte por despachar primero su trámite y salir antes que yo del mercadito. Tal vez sólo impresión personal. Pero lo cierto es que en ese momento pude ver que a la derecha de mi mano derecha había una bolsa con ciruelas, una caja de puré de tomate y algún producto comestible más, que en el empecinamiento agresivo por cruzarse de caja, dejó allí olvidados.

La china que a mí me atendía, y que evidencia una inmigración muy reciente, le advirtió a su compañera, la verdulera, en chino, de esa circunstancia. Y la verdulera intentó en vano detenerla a la señora nerviosa, cuando en un veloz movimiento de mawashi-geri (o tal vez de unsu, para entendidos), recibía su vuelto y con el marido sufriente y el cochecito a cuestas, en un santiamén daba la vuelta y escapaba rauda por la puerta de calle.



Pensé por un segundo, para fortalecer mi propio karma, en salir a la calle y advertirle del olvido, que probablemente sería crucial para la preparación de su cena tan tardía como improvisada. Pero, después de todo, un occidental que se sumerge en una cascada metafísica de budismo zen sigue siendo, aun mojado por fuera, un occidental porteño y jodido. Así que terminé de realizar mi compra, lentamente salí en compañía de mi querido hermano por la puerta, miré hacia ambos lados de la cuadra para constatar que la señora nerviosa y su séquito ya no tuvieran oportunidad de regresar, y mientras detrás de nosotros las persianas metálicas empezaban a bajar, me invadió ese beneplácito ligeramente maligno, marcadamente occidental, típicamente porteño, ciertamente jodido, del que todos nos avergonzamos cuando hablamos del karma.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Mitos

En honor, sobre todo y por siempre, al mito más hermoso, el mito de la libertad.

El mito es una intuición prerracional, un reconocimiento de la incapacidad movilizadora de la razón como fuente de los impulsos humanos, un postulado apriorístico que, con el avance de la neurociencia, ha demostrado su verdad: la razón aparece siempre detrás de la acción, justificándola, llenándola de sentido –racional-, creando en el sujeto la ilusión del autocontrol, de la autodeterminación. No hay nada más perturbador ni más sombrío que la certeza de nuestras limitaciones en punto a nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra circunstancia y nuestro destino. A ese hallazgo llegó Sorel a partir de Marx y de Bergson. Apoyándose en el segundo, y revisando al primero, con esa obsesión meticulosa nacida de su firme pertenencia marxista original, enfrentada a una condición constitutiva de su más íntimo ser: la necesidad de ser sincero y verosímil, de ajustar el viejo esquema de mediados del siglo XIX a la realidad dinámica y arrasadora de la Europa de la primera mitad del siglo XX.



De ese viejo esquema, como de las capas de la cebolla, fue desembarazándose el pensador de Cherburgo principiando por los postulados económicos. La llamada “teoría económica marxista”, hija ingenua, esquemática y tal vez demasiado ortodoxa de las vetustas concepciones manchesterianas, de la utopía del mercado puro a la cual la utopía comunista refleja casi con la fidelidad de un bruñido espejo. Liberada la cebolla de esa primera capa, poco tiempo podía esperar la segunda para seguirla en el sumidero de esa cocina en frenético trabajo de reelaboración teórica. Me refiero al economicismo marxista. Al materialismo dialéctico, tan calculador y elemental, que poco tenía que ver con la pasión revolucionaria que desde la actividad sindical encendía las calles y las mentes en esas primera y segunda décadas del vigésimo siglo. Mientras los ojos empezaban a enrojecerse en el despanzurramiento de la cebolla, de ese marxismo revisado, tras todas las capas desechadas, no quedaba ya más que un diminuto núcleo de potencialidad explosiva: el mito de la lucha de clases. Y como mito, debía encender los corazones, con la fuerza que Hölderlin atribuía a los dioses de antaño.

Al no haber ya más lastre racional (y por tanto, esencialmente falaz e hipócrita), la intuición es predisposición a la acción, y la acción es reveladora de verdad. A más de algo peronista, diría Evola que hay algo profundamente medieval en todo eso. Esa visión mítica y metafísica del trabajador como la nueva figura epocal en los términos del primer Jünger, se acerca ciertamente más al caballero andante que a cualquier otro arquetipo. Y completando la idea, la visión mítica y metafísica que del sindicato tiene el sindicalismo revolucionario de Sorel y Lagardelle se emparienta antes con las órdenes ascético-caballerescas medievales que con cualquier organización más reciente, sea ella alguna corporación comercial, alguna hansa, o una cámara empresaria, una bolsa de comercio, o incluso un trust transparente o secreto.



Hace ya mucho que en el ámbito universitario público no hay mucho para elegir, en términos de pluralidad de orientaciones ideológicas. Se debe confiar en la capacidad crítica y en la inteligencia de los estudiantes, en aquel aguijón de rebeldía que suele acicatear a quienes se hartan de la unanimidad activa y vigilante. Será por ello que son pocos, y en tanto pocos, buenos, los que van generando un criterio propio, al margen de la ideología hegemónica que domina desde el CBC, sobre todo, a las Humanidades.



En el reducto de Marcelo T. de Alvear 2.230, siempre enchastrado, empapelado, grafiteado, pintados sus ventiluces con aerosol… Plástica popular para el Cortázar paseandero del París de los ‘60, y bastante alejada de la plástica popular de un Berni, un Guttero, un Spilimbergo (para la suerte de nosotros, los criollos de acá lejos), por ejemplo; y cuya poética popular, siguiendo con el piadoso eufemismo, se repite en unos escuetos versos tan rancios en su modernismo cuanto predecibles en su vehemencia, en los objetivos de sus invectivas, en las proclamas evangélicas evangelizadoras… No hay nada más gracioso y patético a la vez, que lo moderno que envejece, una pendeviejada de carmela y peluquín. En el reducto de Marcelo T. al dosmildoscientos, decía, puede que haya libertad de cátedra, pero no libertad de cátedras, como el chiste de las tres peras.


Alfredo Guttero, Feria, 1929.

Comenzando la carrera de Sociología, por ejemplo, uno se encontraba con una sola opción para la materia Filosofía: Cátedra Rubén Dri, un ex sacerdote del Tercer Mundo que, compromiso va, compromiso viene, decidió finalmente dejar los hábitos, en lugar de arremangárselos un poquito, y en los tiempos de ocio entre libro y libro, “hacer hablar a la boca del fusil” (preferiblemente, del fusil de los otros), fuente de toda verdad y justicia para la monada universitaria inquieta de los ’70. Cuando yo lo conocí, seguía pareciendo un sacerdote, con sus lentes culo de botella que le disminuían los ojitos al tamaño de una lenteja, mientras vestía un eterno pulóver azul marino, una camisa gris o a cuadros que de su cuello redondo asomaba, un pantalón gris de vestir y franciscanas de cuero marrón con medias azules de strech.

En Sociología General, la otra materia obligatoria e ineludible al ingresar, ya que de ella dependen todas las correlatividades, había dos cátedras, pero no competían en el mismo segmento horario. En resumidas cuentas, si uno laburaba, tenía que elegir la de Lucas Rubinich. Me acuerdo que allí, en carácter de Jefe de Trabajos Prácticos, daba clases, en todo lo referido al marxismo, el Lic. Christian Castillo, últimamente candidato a Vicepresidente de la Nación por el Partido Obrero. En ese momento, muchos años más joven que ahora, se parecía al Muñeco Gallardo. Ahora, por lo que he visto en afiches y en la tele, tiene más pinta de Jairo. En verdad, el Partido Obrero resulta una usina de la docencia plural argentina, y en particular, en la Facultad de Sociales. No olvidemos que Pablo Rieznik, un importante referente de ese espacio, monopoliza en el mismo ámbito la cátedra de Economía. Lo cierto es que el joven Christian se autoadjudicaba el carácter de “marxista marxiólogo, experto en Economía Marxista”. Por ese entonces, teniendo yo ya 7 años de educación universitaria pública sobre el lomo, y 2 años de docencia en el mismo ámbito (y dando clases sobre temas en los que la doctrina marxista estaba siempre presente, tanto en bibliografía como en debates y ponencias), era la primera vez que escuchaba algo así como “Economía Marxista”. Algo así como un oxímoron. Sin desmerecer, naturalmente, entendía que la economía era sencillamente economía, es decir, una disciplina humana con pretensiones cientificistas, con unos 2 siglos de existencia, y que en la óptica sociológica marxista las diversas formas de organización social eran estudiadas bajo su lupa, más allá de su morfología. De hecho, siempre me pareció que el marxismo (al menos, el político) postulaba, dentro de su utopía emancipadora del individuo, la supresión de la economía a través de la gestión totalizada, centralizada y planificada, supresión que en su lógica conduciría al fin de la conflictividad social. Una sociedad sin clases es una sociedad sin necesitados y por tanto, sin necesidades a las que atender económicamente.


Jacques Gouverneur nos enseña, con sólo postular el título de su libro, que el marxismo es, como teoría económica, un análisis económico de la economía capitalista. El Seminario Latinoamericano de Economía Marxista realizado en la Universidad Bolivariana de Venezuela (picar en la imagen para ampliar) aborda un tema, el tema central, el gran y único tema para el análisis económico marxista: "Crisis capitalista: causas y consecuencias".

Recuerdo un pibe en la cátedra de Filosofía de Rubén Dri, que tenía que hablar (bien) de la razón cartesiana, como soporte de las ulteriores razones kantiana y hegeliana… hasta llegar, claro está, a la suprema razón marxista, que es aquella que Sorel tiró al sumidero cuando decidió salvar algo de aquel vetusto legado museológico (pobre Sorel, el único revolucionario leal a un esqueleto que los políticos abandonaban, el único revolucionario que quedaba en un mundo occidental que se iba haciendo cínico y reformista, preludio de tantos Zapateros sin zapatos). El pibe, un honesto auxiliar docente, arrancó con esa consideración tan cronocéntrica de la modernidad, que abarca con un galicismo (el ancien régime) 5.000 años de historia del hombre, una somera introducción que, para la Sociología que nos provee la educación pública, no debe insumir más de 20 minutos. Entonces habló de los mitos, en el sentido más convencional del término. O sea, como leyendas e imágenes conceptuales de las antiguas religiones. Pero como estábamos en Filosofía, y la filosofía es dialéctica al menos desde Sócrates, yo me permití respetuosamente intervenir, para señalarle que aun la modernidad y el racionalismo (y sobre todo, la modernidad y el racionalismo) están soportados sobre la figura del mito. Y ejemplifiqué con los dos primeros fenómenos que se me vinieron a la mente: la ciencia como esperanza soteriológica de la humanidad, como patrón de verdad y por tanto como Deus ex machina neutral e infalible; y la lucha de clases… Para qué. Una joven desde la otra punta del aula me increpó con una voz tan estridente cuanto indignada: “¿Cómo decís que la lucha de clases es un mito?”. Enseguida, un coro de rumores aprobatorios de su valiente intervención. Y mi respuesta, tal vez demasiado piadosa, que intentaba explicar lo evidente. O sea, que la lucha de clases es un mito porque constituye un sistema ideal y apriorístico de acción política, nunca una situación empíricamente demostrable en cualquier ámbito, lugar o tiempo. La cancha de fútbol, las tribus musicales, o la eficacia convocante de los nacionalismos (incluso del estalinismo, que debió apelar a la figura nacional y patriótica de la Madre Rusia en los momentos más aciagos para movilizar a su pueblo… ni qué hablar de nuestro socialismo nacional) vienen a patentizar esa verdad. Pero ya no había lugar para el diálogo. La pregunta que formuló la joven era retórica. No pedía explicaciones, sino que daba pie a una rebelión patotera. Enseguida el diálogo se trasladó a una presunta interna dentro de ese grupo, entre “radicales y moderados”: “-Bueno, tranquilizate, es un gorila forro boludo, que quiere provocar”. “-¡Qué me voy a tranquilizar! ¿No ves que es un hijo de puta? ¿Qué hace acá?”.

Pluralismo, universidad pública, libertad de cátedra… En medio del alboroto, el docente auxiliar, entre las exclamaciones de odio y anatema, se encontraba en mis ojos y reconocía la naturalidad inocente del concepto apuntado, lejos, en un mundo medianamente racional, de cualquier intención polemógena. Las aspiraciones explícitas de la cátedra eran liberales en cuanto a favorecer, incluso propiciar, el intercambio irrestricto de las ideas (supongo), pero la imposición dogmática de “las bases” impedía a los profesores, presas del “consenso”, la “legitimación horizontal” y la “reversión autoritaria”, garantizar esa “libertad de cátedra”… Recuerdos de gobiernos débiles o cómplices (a efectos de sus resultados, tal o cual son lo mismo) frente a los terrorismos, sobre todo cuando los atentados casualmente sirvieron para desembarazarse de algunos oponentes incómodos. En el terreno de las ambigüedades, de las medias tintas, de la clandestinidad y las falsas banderas, o sea en el río revuelto, lo más sensato es mirar el panorama de las lanchas que regresan a puerto, y advertir cuáles vienen atiborradas de pescados. Cuáles son los pescadores que ganaron con el tole tole.


Disfrazados de obreros. "La ridiculez también es revolucionaria".

En fin, yo por esa época trabajaba en dos lugares distintos a la vez, y daba clases en otra facultad de la misma universidad (que al estar más vinculada al mercado del trabajo, tal vez fuera considerada por estos niños de clase media mantenidos, como más reaccionaria y oligárquica), además de prestar en ese marco ciertos servicios profesionales gratuitos para las personas sin recursos. En todos esos ámbitos, por una cuestión de respeto y responsabilidad, tenía que vestirme como un profesional universitario. Tenía que comportarme como tal, tenía que saludar con corrección, ceder el asiento, abrir la puerta del ascensor a las damas, mantener la mesura y el respeto al otro, por más que la situación no implicara reciprocidad. No está en el juramento que se hace al recibir el diploma. No está demasiado claro en los plexos normativos de ética profesional. Pero las obligaciones más interesantes y venerables son aquéllas que uno se impone a sí mismo porque cree que son correctas. Como ha dicho Alain de Benoist alguna vez, sólo es libre aquél que aprende a ser señor de sí mismo.

En esas condiciones, era muy difícil concurrir de noche, cansado luego de arduo trajín, a un ámbito en el que la borregada cursaba con pantalón de jogging cortado a media canilla, zapatillas de lona, polerones apolillados o canguros con la chala verde en el pecho, que fumaba en clase, con las patas sobre el respaldo del asiento de adelante, y que lo detectaba a uno como la jauría al cordero, lo miraba con los ojos inyectados de furia, y estaba al salto de cualquier gesto, el que desde ya, antes de ser, era censurado a partir del prejuicio. Una borregada sostenida por los papis (en ningún laburo hubieran admitido la facha con que iban a la facu), que se llenaba la boca con las viejas consignas del trabajador explotado, la alienación de aquél que vende su fuerza laboral, etc., en un mundo que encima estaba yendo en el rumbo de la maquinización y tecnificación intensivas… un mundo concebido a partir de la condena bíblica del “ganarás tu pan con el sudor de la frente”, y por tanto un mundo que para liberar al hombre de su carga, progresivamente expulsa la fuerza laboral sencillamente porque ya no la necesita, porque el descanso, el entretenimiento y el consumo, son salud.



En fin, así como el mundo expulsa al hombre del trabajo en procura de la automatización, así terminé yo saliendo de Sociales, para favorecer el bálsamo pacifista de la unanimidad ideológica y militante. Terminando primero, y con la máxima calificación, las materias que había empezado (y llevándome una nutrida bibliografía para seguir con aquello desde la autodidáctica y el disfrute solitario). Sin una violencia explícita y acuciante, claro está. Es más, sin que esa violencia generara en uno algo más allá de la diversión. Pero es incómodo, convengamos, ir a un lugar en donde todos te miran feo, todos putean antes de escuchar tus argumentos, los asientos están sucios y rotos, las paredes y los pasillos también, hay olores y vahos, y colas eternas para fotocopias, y tantas cosas que ya uno no soporta. Probablemente en realidad, uno ya se estuviera volviendo burgués. Consecuencias no deseadas (¿o sí?) del ingreso pleno al mundo del trabajo. Y entonces ya no tuviera paciencia para bancarse (otra vez) las folklóricas vejaciones de la “universidad para todos”. Sobre todo para morderse la lengua, tomar apuntes y dejar pasar una, dos, tres, cien, mil, todas, haciendo íntima objeción de conciencia, estableciendo la frontera del cuerpo y del silencio como el único y último baluarte de libertad.





Muchos Mitos, Las Pelotas con el inolvidable Alejandro Sokol.