lunes, 7 de julio de 2008

UNA SAGA TRISTE

A continuación, reproduzco un fragmento del ocho veces centenario (o cuatro veces bicentenario) "Libro del Abismo". Lo escogí porque juzgué que algo tenía que ver con nuestra actualidad, aunque todo es cuestión de debate, que espero en sus comentarios. Que lo disfruten.


Cuenta el Hávamall, según la versión del Diácono Amadio de Salles (Turingia, s. XIII), que el rey Njöfrd Kirshnasonn había emprendido una empresa naval hacia las regiones más frías, dejando en su lugar a la reina Kreishtin. Ella era una mujer frívola, proveniente de las zonas marginales de la aldea, hija de padres porqueros, pero que había logrado, muchísimos años atrás, cautivar al rey. Su humilde origen, que siempre intentó ocultar, quizás fuera la causa de su exagerada ostentación, que en la vida cotidiana de la aldea no generaba ni siquiera reprobaciones de carácter moral. Antes bien, provocaban la risa de los pobladores, ante el contraste con los atuendos más prácticos exigidos por las actividades cotidianas del pequeño enclave perdido en las zonas rurales de la Escandinavia medieval. La profusa utilización de abundante maquillaje proveniente de la India, de complejas joyas hechas con cuentas de monedas bizantinas y de ámbar, y de elaboradas alforjas itálicas del más fino cuero, habían hecho de la dama un personaje literario, que sus súbditos, para evitar la represión de la guardia real, sintetizaban en la palabra norresa "Thýllingh".

En fin, lo cierto es que el rey Kirshnasonn había utilizado una ingeniosa treta para ver cómo se comportaban los pobladores en su ausencia. Pero en realidad no había partido hacia ningún sitio, sino que se había escondido con sus fieles secuaces el gnomo Dellig y el enano Bardy de Persia, en una cabaña ubicada en el desusado puerto de los maderos, en la margen Sur del río Hylfasti.
El rey, aquejado de demencia, había comenzado años ha con conductas extravagantes que causaban simpatía, pero como la locura y el poder son un cóctel especialmente cruel, esas conductas con el tiempo también lo fueron, y se manifestaron en escarnios y caprichos insólitos.

Lo cierto es que apenas transcurridas dos jornadas del embuste, el rey ya se encontraba muy intranquilo en su escondite, perturbado por la falta de reacción de la población a su ausencia. Nadie hacía nada fuera de lo común, la vida continuaba como siempre. Incluso, si algo podía decirse de esa pacífica situación, es que podía atisbarse en la población un cierto gesto de alivio ante la partida de su monarca, y pese a los altibajos emocionales de la reina, todos confiaban en que ella podía proveerlos a todos del tan deseado sosiego, luego de años de tormentos propinados a diestra y siniestra por el despótico rey y sus ataques de cólera.

Estos viquingos también están algo fuera de época.

Justamente toda esa situación perturbaba sobremanera al bueno de Njöfrd (si se me permite la utilización del término "bueno" para referirme a este monarca), que poco tardó en hacer llamar a sus ministros al escondite del puerto del Sur del río Hylfasti, y a atiborrarlos de instrucciones que, en su discurso, pretendían conjurar sórdidas urdimbres nacidas de sus delirios más frenéticos. Así, utilizó como un ariete desestabilizador al moreno Patt Otter para provocar la reacción del cándido mancebo que la reina tenía al cuidado de la Hacienda Real.

De resultas de toda esa trifulca, el mancebo determinó un incremento del impuesto a las patatas. Esa medida resultó sumamente desafortunada, desde que se proveyó en el momento más crudo del invierno escandinavo, cuando la mayoría de los alimentos se ha reducido para afrontar las espesas nevadas, y sólo los tubérculos, más algunos quesos que se obtenían del ganado que habitaba dentro de las cabañas con las familias, eran la única esperanza alimentaria de la aldea.

Ernest Bornain en el papel del enano Bardy de Persia cuando Hollywood llevó esta saga al cine.

Pero Njöfrd era codicioso, y la docilidad de sus súbditos ante sus anteriores ataques de cólera lo llevaba a doblar la apuesta. Ante el descontento social, desde su escondite dio órdenes para aumentar el tenor de las provocaciones, y seguir probando la tolerancia y lealtad de su pueblo, que según su óptica, debía estarle particularmente agradecido por haber provisto, luego de difíciles años, a la comunidad de un bienestar apenas menor que el que se experimentaba en las épocas del reinado de su tío abuelo.

Claro que la comunidad no compartía exactamente la misma óptica. El acrecimiento de los terrenos reales, creando enormes cotos de caza sobre fundos que antes se dedicaban al pastoreo comunal, y la tala indiscriminada de los bosques circundantes para la ampliación del palacio real, dejaron a la población sin suficiente hacienda y leña para el invierno. A ello se sumaba una creciente escasez también de los otros alimentos, ya que la producción total del reino era todavía menor que la registrada diez años antes, y la población había crecido, de forma tal que había menos para cada uno. Un bardo latino de la época llamó a esa situación minusvalia pebeius per cápita.

Las casas de la oligarquía aldeana.

A todo esto, cada vez que tímidamente alguno de sus consejeros se acercaba a comentarle, el rey respondía con una consabida y tajante frase: "que emigren; somos demasiados". Con el correr de las horas, subía su enojo y se veía necesitado de salir al balcón de su pomposo palacio y fustigar hacia los oscuros y sórdidos demonios que, para variar, conspiraban contra el bienestar de todos. Esa receta, curiosamente, le sirvió durante un tiempo bastante largo.

Pero en esta ocasión la situación se desbordó. Al depauperamiento generalizado se sumó esta nueva y abusiva exacción, y el descontento general se hizo carne en las calles del pueblo.

El rey Kirshnasonn recurrió entonces a los mercenarios tártaros. Se trataba de un auténtico ejército deshilachado de menesterosos que vagaban por las estepas en busca de algo para saquear, que el rey en su euforia consideró mano de obra barata para sus turbios propósitos.

Cuando todo el pueblo pedía la convocatoria urgente al Allthing (el Consejo plenario de la aldea), los tártaros, guiados por el gnomo Dellig y el enano Bardy de Persia, interpusieron sus carpas de campaña entre la muchedumbre crispada que avanzaba hacia la plaza mayor y el palacio real, donde la reina Kreishtin, en un estado de profunda depresión, apuraba el enésimo cuerno de hidromiel para quedar sumida en los delicados cojines de sus sueños de grandeza y lujos orientales, y en novelescos viajes a Lutetia, Londinium y Mediolanum, míticos parajes donde las leyendas cuentan que se consiguen las más finas telas y los más delicados paños de algodón egipcio.

Muchos efectos especiales

El anciano alcalde, en nombre del ayuntamiento, y preso de la más absoluta ignorancia respecto de los enjuagues pergeñados en el puerto de los maderos, exigió a los forasteros tártaros el levantamiento de ese campamento inconsulto y su ubicación fuera de los limes de la ciudad, tal cual ordenaba la más antigua costumbre. Recibió a cambio un planazo de cimitarra que casi le hundió el pómulo, y un desmayo que fue minimizado enseguida por el jefe de la guardia real (éste sí, sabedor de la confabulación real).


Finalmente, se reunió el Allthing, con sus consejeros condicionados por la brutalidad de los tártaros, amedrentados con múltiples amenazas o sospechosamente tentados con abundantes joyas del mar Negro. Los 50 ancianos votaron, 25 a favor del impuesto extraordinario, 24 a favor de su abrogación y el restante seguía desmayado por el planazo que le hubo propinado un tártaro horas antes. Hubo jolgorio en el palacio. La reina consideró que era una ocasión propicia para abrir un nuevo tonel de hidromiel, y tambaleando, con la cara empastada de colorines y el olor a alcohol disimulado por incienso y perfumes babilonios, se fue feliz a dormir la mona.

Los agudos consejeros del rey, el jefe de la guardia real, los gnomos y los enanos, y también los tártaros, ese día comieron patatas hasta hartarse.

*******

Espero que les haya gustado esta pintoresca historia medieval. Otro día les contaré de la llegada de otro pueblo bárbaro al reino, los ulanos, que trataron de ocupar la plaza mayor, como habían hecho los tártaros antaño, pero se comieron una zarabanda de parte de la guardia real. En esa ocasión quedó bien en claro que la plaza es de Njöfrd, de los enanos y de los tártaros.

También referiré la historia de la vieja bruja Hebefinia, y de su propensión de mandar a todos a la hoguera. Sí, ya sé, parece el cuento de Salem pero al revés. Sin embargo, el bardo lo ha relatado hace siglos, y así parece que es como ha sucedido.

viernes, 4 de julio de 2008

OXIGENADA

El día de la fecha la Presidenta despidió a los atletas que viajará a China. En esa oportunidad les encomendó que a la vuelta trajeran los U$ 20.000 millones que ese país le va a ceder gentilmente a la Argentina en inversiones, según anuncios gubernamentales de 2004.

Como se trata de un paquete muy abultado, puso a disposición de la delegación toda la moderna flota de LAFSA, que se encontraba guardadita en los hangares esperando una ocasión así de propicia para su bautismo aéreo. "Espero que no haya problemas con Aduana", comentó, ironizando sobre el malentendido del ingreso de maletas en vuelo oficial en el pasado.

Asimismo, lamentó el no haber realizado deportes en su juventud, pues hacer deportes oxigena la cabeza y ayuda a pensar bien: “Los admiro y envidio porque me he dado cuenta que debí hacer deporte de chica porque oxigena la cabeza, yo sólo leía”.

Algo conturbados por la confesión, nos ponemos desde ya en campaña: "Por una Presidenta oxigenada".

Advertencia: la fotografía puede no ser verdadera, y obedecer nada más que a una especulación estética.

Sumate con tu voto, que para algo sirve.

Sobre ciertos triunfos formales

Termina la semana, y como todo está por venir, es bueno prevenirse con algunas citas célebres que sirven a la ocasión y a los acontecimientos inminentes, que referirán probablemente a ciertos triunfos formales, tamizados de obediencias automáticas y de exhibición de sobacos, como propaganda de desodorante. Sobre todo, si uno quiere lucirse en alguna tertulia más o menos refinada (se recomienda en cambio no utilizarlas en la toldería pluralista o al lado de la choripanera):

"No se trata tanto de tener un pueblo hambriento sino de impedirle estar malhumorado. No oprimáis más. Cada cual sabrá encontrar su felicidad. Un pueblo que tuviera por cierto que debe su bienestar a quien gobierna, no lo tendrá por mucho tiempo".

Saint-Just, Institutions républicains, París, 1946. (Aclaro que no se trata de San Justo ni de lo que pasa en La Matanza).


"No hay punto final para la invención de justificaciones. Es éste el lado oculto de la política basada únicamente sobre la proclamación de principios y de fines últimos.
"No todas las justificaciones políticas son evidentemente capciosas, sobre todo en atención a que los fines son generalmente buenos. La verdad estriba en que un partido multiplica las justificaciones cuando, en la realización de sus objetivos concretos, es infiel a su causa. Esto es particularmente notable en los partidos de masas, que reclutan militantes ardientes, entusiastas y orientados hacia los fines de que se hacen abogados, pero que exigen a sus jefes, en el caso dado, perdonar las mentiras, las falsificaciones y las contradicciones, y disculpar el cinismo y el crimen".

(Y siempre que sus jefes no sean directos responsables de esas conductas, agregaríamos. Cualquier parecido con D'Elía y sus adláteres y colegas de putsch son pura coincidencia).

Julien Freund, Qu'est-ce que la politique? París, 1965.

"La responsabilidad (la falta tanto como el mérito) está ligada a los actos, es decir se sitúa en el nivel de los medios y las consecuencias, o sea el de los objetivos, donde el hombre político decide, hace las leyes, construye la defensa del país, regla los conflictos sociales y obra en favor de la paz y de la libertad o, por el contrario, toma las medidas que obstaculizan directamente la realización de estos objetos. (...) El hombre político es responsable (lo cual no quiere decir, necesariamente, culpable) de los medios que utiliza y de las empresas odiosas que tolera u ordena".

Ibídem.


"Por todas partes domina el positivismo jurídico, lo cual significa el reconocimiento de la tesis de que el Derecho lo pone quien se impone de hecho. El positivismo jurídico no quiere decir otra cosa, sino la transformación del Derecho en una imposición de imposiciones".

"En los Estados débiles, un gobierno legítimo se complacerá en servirse de los efectos propios de la legalidad de las resoluciones adoptadas por el cuerpo legislativo".

Carl Schmitt, Legalidad y Legitimidad.


"Si la victoria ha sido obtenida con fraude o artificio, es decir contrariamente a la razón de la fuerza, es ineficaz; tarde o temprano, una victoria en sentido contrario, la anulará".

Proudhon, La guerra y la paz.


"La colectividad política exige al hombre político que se comporte como tal, es decir que regle su actividad según los imperativos del objeto específico de la política, y no lo condena salvo que utilice medios moralmente ilícitos por debilidad, que debilite al mismo tiempo a la colectividad".

Freund, op. cit.







jueves, 3 de julio de 2008

MÁS SOBRE COLOMBIA

Estaba viendo hoy a Patricio Etchegaray, presidente del Partido Comunista Argentino (PCA), una suerte de cruza entre museo paleontológico y club de jubilados croatas de Monte Hermoso. El tipo había sido invitado por el programa "Mañana Vemos" que emite, por la mañana, la TV oficial, y que conduce Mex Urtizberea junto a Fanny Mandelbaum y una rubia de nombre Carla, que años antes fue panelista de Juan Castro en el 13.

Evidentemente, el dirigente no aparecía como un recurso ingenioso para captar audiencia, aunque sí resultaba compatible con cierta ideología con olor a naftalina que el programa deliberadamente difunde. Y no es por ponerse incisivo: de forma directa un trompetista al que le dicen "el Pollo" tiene un espacio de 5 minutos (3 por reloj + 2 de yapa) para comentar el Boletín Oficial/12, para bajar línea sobre los conceptos ineludibles de una realidad que cada vez se les escapa más, y por qué no, para atribuir todos los males de la humanidad a la burguesía vampiresca, al imperialismo yanqui y al neoliberalismo. Pero eso no sería indicio de nada, si no fuera porque al espacio de opinión tan promovido se lo anuncia como propio de un hombre "que está a la izquierda de la izquierda de la izquierda...", y "el Pollo" se aparece con un delantal blanco estampado de hoces y martillos rojos (para los más jóvenes, cabe aclarar que la hoz cruzada por un martillo fue el símbolo del comunismo en el siglo XX, e incluso apareció en la bandera de un gigantesco espacio imperialista ya olvidado, al que se llamaba URSS, y que cosechó el trascendente éxito de llevarse muchas medallas olímpicas durante un tiempo). ¡Ah! No me pregunten cómo manejó la URSS el problema checheno o la resistencia afgana. Seguro que Etchegaray tendrá su "lectura" al respecto...

Bueno, en fin, para tratar el tema del rescate de Ingrid Betancourt, en un clima de recatada cara de culo, los hombres de la TV oficial, órgano local de la bolivariana Telesur, habían citado al analista internacional Pedro Briegel y al señor Etchegaray, cuyos méritos para su participación residían en los abundantes y frecuentes contactos con miembros de las FARC precisamente.
Arrancaron con el pobre Pedro Briegel, que tiene que poner todo su prestigio largamente bienhabido al servicio de la programación y de estos personajes. Apenas dijo 6 palabras lo cortaron para dar paso al abrazo emotivo de Ingrid con sus hijos. Cuando quiso retomar la rubia ésa que no recuerdo el apellido le espetó: "un logro para Uribe, que hasta hoy venía muy desgastado y cuestionado".
Etchegaray con Reyes

Briegel le respondió que más vale era todo lo contrario, que mientras todos los políticos se enfrascaban en imposturas humanitarias, el mandatario colombiano exhibía logros concretos en la lucha contra el narcoterrorismo, tales como la detección y destrucción de un campamento militar que jugaba a la rayuela en el límite con Ecuador, la incautación de PCs (no las de Etchegaray, precisamente, sino las que construye el feroz imperialismo capitalista y sus satélites) con información de lazos aceitados comprobados de la guerrilla con Ecuador, Venezuela y Nicaragua, y la muerte de Reyes, el Nº 2 de la organización ilegal.
En fin, ya ese golpe de Colombia había sido contundente, ya que había desnudado la mala fe de sus vecinos, inédita por lo menos en esta parte del mundo. Antes bien, cuando acciones ilegales se producen en un territorio soberano, los países limítrofes colaboran mutuamente en la represión de esas acciones, sobre todo cuando las mismas se proyectan aprovechando las debilidades de los controles de frontera. En esta particular región del mundo, a esas conductas de solidaridad entre Estados vecinos se la ha juzgado con atribuciones fuertemente disvaliosas.
Pero también se ha juzgado con ese mismo reproche la colaboración de Honduras con la guerrilla llamada "contras" en Nicaragua o la colaboración de la República Sudafricana con la guerrilla llamada UNITA en Angola. O sea, que se ha reprochado, por un lado, la colaboración entre Estados soberanos para hacer frente a guerrillas revolucionarias que gravitan en sus territorios; y también se ha juzgado negativamente la colaboración de Estados soberanos con guerrillas que luchan contra sus Estados vecinos... siempre y cuando el Estado vecino agredido por la guerrilla sea de determinado signo político, claro.

Bandera de UNITA. Guerrilla que combatió al gobierno comunista de Angola.

Entonces, la moraleja hasta ahora vigente era la de la "no intervención", y también, la de la "no cooperación", para no caer en presunciones de siniestras confabulaciones entre cúpulas gubernamentales.
Pero volvamos al programa televisivo: Luego de un corte comercial, y habiendo podido emitir unas cincuenta palabras, Briegel, que había concurrido con otra expectativa, o que se sintió algo forreado, hizo discreto mutis por el foro, y quedó sólo Etchegaray, en una disertación monologar, mucho más apropiada a la "tolerancia" presente en el canal.
Patricio Etchegaray. 30 años atrás, su Partido Comunista lo defenestraba al Che.

Así, el bueno de Patricio no pudo ocultar su bronca por cómo Uribe los había madrugado otra vez, ni siquiera pudo disfrazarla con la alegría por "el triunfo de la vida" y esas cosas lindas, y empezó con la consabida perorata: Que es una pena que haya fracasado la "salida negociada" y que a partir de ahora primará la "opción militar". Que este éxito en realidad implica el posicionamiento del imperialismo yanqui como cuña en la política de integración latinoamericana de nuevo signo que se venía produciendo. Que sirve a los propósitos de un codicioso Uribe que seguramente va a ir por la re-reelección... En un momento, daba la impresión de que quería que la devolvieran a la pobre Betancourt y los otros 14 rehenes al medio de la selva.

Seis años enterrada en vida. Después de todo, de ella no se trataba...

Omitió el tratamiento de dos asuntos: 1) Por qué, pudiendo no hacerlo, un Estado soberano va a negociar contra una facción ilegal, es decir, va a ceder, a entregar presos que tanto costó capturar a cambio de rehenes, renunciando a una de las características definitorias y existenciales del Estado, cual lo es, el monopolio de la coerción pública como garantía para evitar la violencia privada.
2) Que fue una operación impecable, de cirugía mayor, hecha sin disparar un solo tiro.
Etchegaray enseguida recurrió al formulismo paranoide, e invocó un "Plan Colombia" (siempre que se habla de "Plan", se alude a siniestras maquinaciones imperialistas urdidas desde Langley). Pero cuando explicó el "Plan Colombia", el mismo resultaba sumamente razonable. Resulta que hace algunos años los colombianos se dieron cuenta que la estrategia tradicional de posiciones fijas, como fortines, en medio de la selva, los exponía a ataques sorpresa reiterados, a la muerte de muchos combatientes y la captura de otros tantos, agigantando el prestigio militar de la guerrilla. Entonces, con el asesoramiento norteamericano, recurrieron a las tácticas de combate de guerrilla en zona selvática ya practicadas en Vietnam, o sea, al uso de la caballería aérea. Las tropas se retiraron de la selva y se concentraron en los centros urbanos, con gran capacidad, a través del empleo de helicópteros, de golpear repentinamente desde el aire y salir tan rápido como llegaron. A eso se sumó un prolijo y eficiente trabajo de inteligencia, que se vio fortalecido por las incautaciones realizadas hace unos meses en la frontera con Ecuador, y con la implementación de figuras como el arrepentido y la recompensa para romper con la cohesión interna de la banda.
Soldados colombianos muertos en campamento Antioquía tras ataque de FARC. Mayo 2002.

A todas esas cosas, el referente del caso les adjudicó una caracterización moralmente negativa. Todavía estoy tratando de entender por qué. Está claro que su simpatía hacia las FARC es evidente, y el hombre se preocupó por dejarla de manifiesto aportando al programa varias fotos en que se lo veía de elegante sport junto a figuras prominentes de la guerrilla.
En fin, ayer todos nos alborozamos con la noticia, y vimos sorprendidos el accionar impecable de un Estado hermano seguro de su fuerza y consciente de su capacidad operativa, exhibiendo resultados concretos en una lucha muy ardua, superior al mayor de nuestros actuales desafíos en materia de seguridad. Eso, creo yo, era ponderable desde cualquier punto de vista. Pero desde el canal que pagamos todos, hoy parecía un velorio. Una gran derrota.
Cabría preguntarse si estamos hablando de los mismos valores. Si a alguno de todos estos comedidos que robaron cámara durante meses invocando preocupaciones humanitarias le preocupaba algo Ingrid Betancourt. La respuesta me parece que debe ser negativa. Y lamentablemente conduce a otras preguntas más álgidas. Si en definitiva, a alguno de estos comedidos les importa algo de lo que realmente a nuestras sociedades lationamericanas, fracturadas por la alienación y la violencia, les pasa.

Paco ya lo había dicho: El sueño de la razón produce monstruos.


miércoles, 2 de julio de 2008

ES POSIBLE

Hace un par de posts atrás consigné una visión absolutamente pesimista del tan manoseado Libertador Bolívar sobre el futuro de Latinoamérica. Sin embargo, debemos como hombres de bien, y en aras de la esperanza, reconocer las poquitas cosas positivas que a veces pasan.


La reciente liberación de Ingrid Betancourt, 3 ciudadanos norteamericanos y 11 militares colombianos que estaban secuestrados por las FARC demuestra que otro planteo a los problemas latinoamericanos es posible. Que no todo debe reducirse a un populismo berreta con milicias y conchabados reclutados de la extrema pobreza e ignorancia para generar fuerzas de choque civiles que repriman todo atisbo de oposición y consoliden democracias meramente formales. Conchabos nacidos de cuantiosas billeteras públicas surgidas de una extrema presión fiscal aplicada justamente sobre los sectores a reprimir.
El modelo populista de izquierda que tiende a imponerse en las repúblicas más pobres de Latinoamérica, y por supuesto, se extiende a nuestra Argentina dependiente, ha demostrado que no tiene soluciones, y que en aras de proclamas ideológicas, es inclusive propenso a pactar y proteger a la narcoguerrilla que tanto dolor causa en su país vecino.


Un modelo cuyo éxito sostiene en la privilegiada cotización de sus commodities. Allá en el Norte estatizados; acá en el Sur, estatizada su rentabilidad. Un modelo que amplía la brecha entre pobres y ricos porque necesita a los ricos para sus negocios y a los pobres para los actos, las elecciones y la presión política. Un modelo de políticos empresarios, que acumulan fortunas personales incalculables mientras generan odio y violencia de cara a sus propias sociedades. Que aíslan a sus sociedades del mundo y promueven con el ejemplo la más honda decadencia moral y cultural.
Esos modelos, que no son capaces de asegurar la mínima seguridad a sus propias poblaciones, que son testigos mudos de las escaladas de violencia, miran para afuera cada vez que necesitan distraer la atención de todos para que las fichas sigan cayendo en el reloj del taxi político, sin hacer absolutamente nada. Modelos que permiten que crezcan las violaciones a niveles increíbles, que por un par de zapatillas se asesine, que secuestren y desaparezcan testigos protegidos, que acribillen a balazos a periodistas opositores. Modelos que miran escandalizados por sobre la medianera del vecino, que tratan de sacar rédito político haciendo turismo en la selva colombiana o en la glamorosa París.
Hoy ha triunfado un gobierno bastante más serio, que tiene una imagen positiva abrumadoramente superior que la del resto de los mandatarios sudamericanos, que ha ganado elecciones por un porcentaje de votos astronómico, pero que al no ser extravagante no concita la atención permanente de los medios de comunicación. Un gobierno que no habla y proclama por cadena nacional día por medio, ni lanza eternas peroratas para competir con la elocuencia aburridora de su admirado Fidel Castro. Hoy ese gobierno ha ganado con coherencia y eficacia, algo que lamentablemente no abunda por estos lares.
Ha ganado apostando a la fórmula más elemental y más racional. Apostando a fortificar el poder de acción de sus fuerzas legales y a atacar frontalmente los problemas, sin demagogia, mientras desde este lado del mundo estamos acostumbrados, y asistimos mudos, a una doble contradicción nunca puesta de manifiesto: a) estamos muy bien, crecimos muchísimo, todo el mundo está contento; b) el delito, que no para de crecer exponencialmente, obedece a causas sociales. Así que crucémonos los brazos, y veamos si con más dádivas logramos que paren de robar.

Y justamente lo ha hecho un día como hoy, en que todos los refulgentes líderes de Costa Pobre, con sus uniformes bermellones, llenos de medallas doradas, con sus trajecitos de confección y sus joyas encandilantes, se solazan en discursos floridos de naderías, se autocomplacen de su verba inflamada y del empleo de vocablos propios de sus especialidades profesionales. Y mientras con tanta verborragia comandantes y princesas coherentizadas celebran sus jaculatorias sinalagmáticas, Colombia le demuestra al mundo que se pueden hacer las cosas como la gente, y que mientras toda Lationamérica construye su relato cada vez más macondiano, y articula su demencia en forma de epopeya revolucionaria, en la tierra del Gabo justamente, hay gente trabajando y produciendo resultados.

MALVINAS: Contra algunos sagrados dogmas

Quiero compartir estas reflexiones, producidas el pasado 2 de abril, y que refieren a dos de los mitos predilectos del discurso imperante sobre la cuestión Malvinas: a) Los chicos de la guerra y b) la derrota como factor para la recuperación de la democracia.

Buenos Aires, 2 de abril de 2008.

He escuchado hoy, y hoy apenas comienza, tantas sandeces edulcoradas y políticamente correctas, tantas opiniones comedidas e ignorantes de ocasión, que me encuentro moralmente necesitado de efectuar las siguientes consideraciones. Cuando apelo a la moral para explicar mi necesidad, podrá apreciarse que no hago de tamaña palabra el uso corriente de estos aciagos tiempos, vinculado a la hipocresía, la saña y la mentira, sino que hablo del compromiso inquebrantable para con la verdad y para con uno mismo, para con la coherencia y para con la condición de persona y no de mequetrefe interesado, lábil y resentido.

En esas condiciones, y respondiendo a un imperativo realmente impostergable, haré de las siguientes, si no martillazos, como los razonamientos de pensadores más contundentes y sólidos, al menos golpes a la cara, cachetazos para los infames traidores en que todos nos hemos convertido.

Los chicos de la guerra

En primer lugar, cabe preguntarse cuál es la edad ideal para el soldado. No hablo de los generales ni de los almirantes ni de los mariscales de campo. No hablo de la experiencia y la sagacidad que necesariamente llegan después de mil batallas, de algunos aciertos y muchos más errores, de curtiembres de lomo y de capacidad de resistencia, del espíritu, de los ojos y del estómago. Hablo solamente de la aptitud para ser soldado, para empuñar un arma, correr y saltar a campo traviesa, atacar al enemigo con decisión, tener cierto desprecio a la muerte vinculado mucho con la condición metabólica y hormonal, y sobre todo, justamente por lo contrario que lo dicho para generales, etc.: por la inexperiencia, por esa distancia vital con la muerte, por esa indiferencia hacia algo que se juzga aún demasiado distante e improbable; y por el espíritu lúdico que aún se conserva.

No casualmente todos los deportes se practican a determinada edad. Tiene que ver con una capacidad física pero también con una predisposición espiritual. A veces hay que ser extremadamente irresponsable para construir las grandes gestas deportivas. Si los mismos autores de esas gestas quisieran repetirlas años después, cuando son atildados señores llenos de responsabilidades y de compromisos con cadenas de TV y grandes marcas, que exceden la soledad existencial de sus propias personas e intereses, seguramente fracasarían sin apelantes, les pesaría demasiado el desafío, cada una de las características coyunturales serviría de impedimento, de lastre, de pesada mochila, de miedo escénico. O sea que los buenos soldados, los bravíos combatientes, están siempre cerca de la inexperiencia, de la irresponsabilidad, del desprecio a la muerte, de la imprevisión y del ludismo... Cerca de la locura. Porque la guerra, la más antigua de las artes humanas, es como arte patrimonio de locos vehementes. Y como el más antiguo de los juegos humanos, es como juego patrimonio de hombres niños. Y como la más antigua de las tragedias humanas es como tragedia patrimonio de hombres irresponsables e inconscientes de su destino.

En definitiva, la respuesta a la pregunta conduce a la juventud. Los romanos habían establecido el coeficiente perfecto entre la plenitud física y la inmadurez comentada en los 18 años, y su decadencia progresiva se prolongaba –de acuerdo con las diferentes fuentes y épocas- hasta 25 años luego, pero siempre en la consideración de que pasados más de 10 años de esa ecuación perfecta el resultado ya distaba de ser el militarmente deseable. Asimismo, para el más grande imperio que ha existido, y para la más perfecta maquinaria militar –no maquinaria de exterminio, como las surgidas en el siglo XX- que ha existido entre los hombres, la guerra era cuestión de jóvenes inmaduros y principal factor generador de la madurez y del conocimiento. Ciertamente que el espíritu de cuerpo, el sacrificio y la disciplina ante situaciones extremas, eran considerados la mejor escuela para el enaltecimiento del espíritu y la generación de códigos de conducta nobles. Es por eso que se exigían en esa época de la humanidad, rigurosamente, los 10 años de servicios militares para con Roma en las legiones, para obtener luego el merecimiento suficiente para acceder a cargos públicos (y qué duda cabe aún hoy que resulta mejor parámetro de idoneidad para el desempeño de una función pública la demostración de un sacrificio previo real y comprobable, que la demostración de múltiples ejercicios de otros cargos jugosamente rentados).

El concepto de desarrollo, si bien tamizado por el espíritu occidental, que persigue la trascendencia a través de la acción, no difiere de la óptica oriental, que persigue la trascendencia a través de la contemplación. Sin embargo, en ambos polos de una capacidad que trasciende la materialidad animal, el concepto de desarrollo humano, que no puede ser otro que el desarrollo espiritual, está vinculado al sacrificio, al paso de una vida animal inocente, irresponsable, despreciativa de la muerte, cruel a veces, a una vida espiritual superior, trascendente, a través del sacrificio y de la situación límite, de la confrontación del ser consigo mismo y con su situación, al conocimiento final de las fibras de que cada uno está hecho, de los miedos reales, del tamaño de su cobardía, de las pulsiones más tremendas y escondidas en lo profundo de una psique que es todavía un mar insondable.

Ese proceso se prolonga hacia todas las culturas y todos los tipos de hombre, desde el África negra hasta las estepas americanas, de los hielos esquimales a los desiertos mongoles, y se ve ritualizado a través de diversas –y nunca sencillas para el postulante- ceremonias de iniciación.

Y me veo obligado a decir todo esto a la luz de las imbecilidades que nos imponen de manera martillante y uniforme a nuestros oídos. Hoy en el lastimoso canal oficial, en el cual se plasma, en la era de la intolerancia y el discurso único, únicamente la versión oficial de todas las cosas, me encuentro con que un impune generacionalmente inepto esgrime una acusación tajante: cómo puede ser que para una guerra se arranque del seno de su hogar a chicos de 18 años que están para estudiar, para salir a bailar, para noviar, para ver a los amigos... Mientras todos se escandalizan con la evidencia de esta reflexión, que nos conduce maquinalmente a la adolescencia idílica de las películas de Palito Ortega, no puedo dejar de recordar que en el mismo y en los otros canales de aire no dejan de pasar cada semana cámaras testigo de tremendas batallas campales entre estos bucólicos adolescentes, invariablemente drogados o alcoholizados, rompiéndose sin piedad la cara y la cabeza a patadas, trompadas, botellazos, palazos, reventándose contra el asfalto o el cordón cuneta, a la salida o la entrada de los centros de diversión nocturna, quedando desmayados y abandonados por sus compinches de juerga, y muchas veces muertos. No puedo dejar de pensar en las tribus urbanas y sus diferencias irreconciliables, en sus odios viscerales vinculados con la portación de determinado tatuaje, o piercing, o el tocado de sus cabellos, con el estampado de sus remeras o con la música que llevan en el mp3. Sin ir más lejos, evoco las recientes peleas entre “emos” y “cumbieros” en un shopping céntrico, ante las miradas atónitas de todos los paseantes.

Tampoco puedo evitar pensar en el nuevo fenómeno de las sociedades occidentales de consumo, el “bulling”, una actividad ciertamente ruin que consiste en castigar mediante golpes impiadosos convertidos en tortura a un adolescente indefenso, y ejecutada, por supuesto, por otros adolescentes, que graban las palizas en sus celulares para luego “compartirlas” en la “red de redes”. Claro que en general todas estas folklóricas inquietudes, que envuelven a decenas de miles de adolescentes por semana, involucran a menores de 18 años, “chicos” (según la categorización de la nueva ley de menores de la progresista provincia de Buenos Aires, la más parecida en términos de violencia a las progresistas naciones del África Ecuatorial) que no son “arrancados” autoritariamente de ningún lado, sino que van por sus propios medios y voluntad a encontrarse con otros “chicos” para romperse impunemente el alma, sin códigos, sin lealtades, sin piedad y sin honor. A ejercer toda la violencia, la crueldad y la inhumanidad de los animales, todas las pasiones previas a la iniciación.

Está bien. Cualquiera puede entonces venir a decir que con ello, con esa barbarie inorgánica y egoísta, ayudada muchas veces con sustancias psicoactivas y otras por arengas simiescas, se produce también el paso trascendental a la adultez, se cultiva el espíritu... Pero esos mismos perversos, que en estos tiempos abundan, saben de lo grosero de ese razonamiento.

En fin, en 1982 se enviaron miles de jóvenes a Malvinas a encontrar su destino y también a contribuir en la construcción del destino colectivo (qué duda cabe de ello, y será abordado más adelante). En 2008 decenas de miles de jóvenes y adolescentes todas las semanas se encuentran con lo peor de sí mismos, con la crueldad destemplada, con la impiedad, con el egoísmo, con el delito, sin honor, sin compañerismo, sin solidaridad, sin sacrificio, sin sentimientos nobles ni altruistas... ¡Sin motivo! Pero eso no es motivo de masoquismo colectivo, de revisiones bienpensantes de gente que piensa mal. Que piensa mal porque lo hace contaminada de dos subjetivismos: la atemporalidad de cada juicio (sacando a los episodios de su contexto) y el individualismo, es decir, desde su propio interés y cobardía.

La derrota como factor para la recuperación de la Democracia.

En segundo lugar consideraremos por un momento los móviles que ahora, como una verdad revelada, a la que solamente pueden acceder los suspicaces, y que a la sociedad argentina, ciega de chauvinismo, le llevó varios años destilar, parecen ser evidentes como los progenitores de la guerra. Mejor dicho, “el” móvil: ir a la guerra para perpetuar determinado gobierno, o determinado régimen político en el poder.

La experiencia histórica indicaría lo contrario, en todo caso, más allá del resultado de la contienda. Las guerras son tan desgastantes, y producen tantas restricciones al desarrollo social y económico de una nación, que a la larga terminan deteriorando aquello que hoy denominamos “gobernabilidad”. Pongamos primero el ejemplo inmediatamente relacionado con el presente, por locación y por adversario: la contienda, divididas en un par de episodios, en los que la Argentina se enfrentó con la Gran Bretaña. Endiosada para la memoria histórica, cuando la construcción del mito fundacional era todavía más importante que esta suerte de terapia psicológica autoflagelante, en la que revisamos una y otra vez nuestro pasado para con esa excusa permanecer detenidos y justificar nuestras taras actuales, es la que se denomina como “Las Invasiones Inglesas”, y sus episodios, sucedidos en años consecutivos: la Reconquista y la Defensa (1806-1807, respectivamente).

Veamos esos acontecimientos a la luz de los modernos y mediocres conceptos periodísticos, multiplicados a todo el arco de pensamiento político y académico argentino contemporáneo. La legitimidad del gobierno que condujo tanto la Reconquista que desde Montevideo comandara Santiago de Liniers como la Defensa de Buenos Aires al año siguiente frente a las cuantiosas y profesionales tropas inglesas, sería sin dudas puesta en tela de juicio, ya que se trataba entonces de un gobierno monárquico absoluto, y como tal, devenido de una oscurantista tradición teocrática reñida con el iluminismo que se empezaba a enseñorear por los faros de la civilización mundial. Una legitimidad devenida de la herencia y de las alianzas conyugales, y que se proyectaba en designaciones de virreyes a dedo por el arbitrio del monarca, al margen de la sacrosanta y racional voluntad popular que hoy por suerte impera.

Y más aun que esto: una monarquía que prolongaba su despótico dedo hacia administraciones exógenas (de las que el propio Liniers es ejemplo evidente) de posesiones coloniales –mal que le pese a Ricardo Levene-, de las cuales lo único que se pretendía era la expoliación del metal para sostener los caprichos de la metrópoli en sus guerras europeas. Una situación colonial que determinó por ejemplo que hasta 30 añitos antes solamente, 1776, Buenos Aires no fuera puerto autorizado para ninguna operación comercial, y que hubiera debido subsistir del contrabando con el enemigo portugués. Más aun todavía: un régimen político que legitimaba la esclavitud, que discriminaba por origen de cuna y por raza, etc.

En esa coyuntura, sin embargo, nuestra dorada historiografía ha resaltado algunos datos relevantes: El primero, la calidad de voluntarios o de levados, de combatientes no profesionales, de los defensores de Buenos Aires, entre los que se puede mencionar por ejemplo, a propósito de la consideración precedente, al gaucho Juan Manuel de Rosas, quien participó activamente de las acciones bélicas con 13 años de edad. En ese contexto de amateurismo y juventud lozana, en el arrojo y sacrificio desinteresados frente a la cínica posición de profesionales (“privateers”) ingleses y escoceses de los invasores, tiñó a la gesta de la épica del romanticismo y la devoción patriótica, y en el discurso esa misma condición y entusiasmo fueron los factores fundamentales que torcieron la lógica militar que debería haber prevalecido para que una población de 33.000 habitantes rechazara a una poderosa escuadra naval, invencible en todas sus incursiones anteriores por el mundo.

Sin embargo, esa misma condición, de soldados recientemente levados, con escasa preparación bélica, y de voluntarios ingenuamente llevados a ofrecerse a una carnicería insensata, nubladas sus conciencias por la “manipulación mediática” (autocrítica fingida de una prensa que ahora es empresa privada frente a su antecesora estatal, como si la calidad del capital que detenta la propiedad de una empresa periodística pudiera influir éticamente a favor de determinada objetividad y sinceridad... ya hemos visto, y vemos, lo grosero de este aserto), ha llevado a los formadores de opinión dos siglos después a sostener el cruel despropósito de una conducción desalmada que pretendía simplemente llevar carne de cañón al matadero, para cubrir sus propios riñones.

Y enseguida nos imaginamos al cómodo de José de San Martín, militar profesional y capacitado él, empleando en su ejército una gran mayoría de esclavos negros a los que se había prometido la libertad a cambio de servicios militares, que cada vez se prolongaron más y que determinaron que pocos de esos negros conocieran otra emancipación que la que produce la inexorable sabiduría igualadora de la muerte.

Ese desconocimiento del carácter de los combatientes de las guerras de independencia latinoamericana, de la historia de los ejércitos nacionales, del paisanaje pobre y elemental guiado a la victoria por comandantes militares profesionales, terratenientes o burgueses –mal que les pese a quienes viven en un tiempo detenido y ahistórico y aplican categorías caprichosamente-, parece que también se ha proyectado hacia los miles de voluntarios que se ofrecieron para ir a pelear en Malvinas desde el Brasil, Venezuela, Perú, etc., tan desinformados y engañados como los vernáculos, aunque el Plan Cóndor había expirado hacía un tiempo...

Claro que seguramente todas esas objeciones lanzadas a bocajarro por cultivadores de la superficialidad y la ignorancia no afectan el carácter amateur y romántico de los combatientes guerrilleros latinoamericanos –y voluntarios estadounidenses y europeos- durante los 25 años anteriores a Malvinas, contra regímenes tan variopintos como las orientaciones o mudables motivos de esas guerrillas. De otra forma, no podría dejar de acusarse a los comandantes y líderes de esas guerrillas (o mediatamente, incluso a potencias extranjeras que sostenían económica y logísticamente las acciones militares y políticas) de una manipulación conceptual y un empleo cínico de carne de cañón humana, semejante a la que se imputa al Estado argentino en la guerra de Malvinas.

Precisamente, para la turbación espiritual de ciertos muchos formadores de opinión e impunes reflexivos, que tienen un panorama tan claro y tan esquemático de la realidad y de la historia, no debemos dejar de mencionar en todo este decurso el finalmente frustrado Operativo Algeciras, mediante el cual la conducción superior de Montoneros en el exilio había pactado con el gobierno militar argentino la colaboración en la lucha anticolonial, mediante el ataque desde España al Peñón de Gibraltar, hecho que hubiera generado una dispersión de recursos en las necesidades británicas de mantener sus posesiones coloniales y una mayor repercusión internacional frente a las seculares injusticias a las que el Imperio de Su Graciosa Majestad ha condenado a buena parte del mundo conocido. Esa circunstancia y predisposición, de parte de una organización que ha recurrido sistemáticamente a la figura agustina de la “resistencia a la tiranía” para justificar todo su accionar extralegal, no puede menos que conducirnos hacia una reflexión lejana a la forma actual de leer e interpretar los procesos políticos –de los cuales la guerra es la principal, o “última”, que es lo mismo, herramienta. En realidad, a una reflexión “opuesta” a esa lectura mezquina y unidimensional: parece que en la realidad humana a veces existen algunas motivaciones superiores a otras, que en determinadas circunstancias son entendidas como más nobles o más urgentes que otras, consideradas entonces accesorias o postergables.

Así las cosas, la lucha armada o política contra un gobierno militar ilegítimo e impopular parece –eso dice la historia que fue y no la que debió haber sido para los esquemas simplistas, por lo menos- que puede postergarse ante la emergencia y esfuerzo mancomunado y generoso que impone la situación bélica, la amenaza hacia la supervivencia de una Nación puesta en peligro de muerte, y de miles de sus hijos enfrascados en una contienda en la que están en juego cuestiones más urgentes y menos sutiles que, por ejemplo, la organización política de un gobierno.

Y si esto es aplicable a una organización militante que hizo de la resistencia a la opresión su justificación de existencia, qué decir entonces de las fuerzas sociales civiles y pacíficas que estoicamente soportaron el atropello dictatorial del gobierno militar por exactamente seis años. Claro que ya nadie se bancaba ni la falta de libertad ni el deterioro socioeconómico, y que había manifestado masivamente por la vuelta a la institucionalidad, pero es por lo menos de una soberbia infame y de un inmenso desprecio (si no de una profunda vocación antidemocrática) considerar a ese pueblo, que poco después nos devolvió la democracia, como un hato de ovejas necias, que un día protesta y al día siguiente aplaude.

El segundo dato relevado por nuestra épica respecto de las invasiones inglesas está vinculado con el efecto político que produjeron en el pueblo argentino, y se habla de “argentino” y no de porteño, cuando en realidad podría hablarse en términos aun más extensivos, puesto que en las operaciones contra los invasores británicos participaron por ejemplo también tropas de origen paraguayo, además de numerosas de las diversas comunidades españolas y del interior de nuestro país. Lo cierto es que, luego de los dos éxitos militares obtenidos, la historia mítica nacional nos señala que los criollos tomaron consciencia de su poder y su capacidad bélica, cuestiones que germinaron dos años después en la asonada emancipadora conocida como Revolución de Mayo.

Esta posición, aceptada unánimemente por nuestros historiadores, es reconvertida en la lectura actual de los hechos concernientes a Malvinas en un sentido disímil, que considera, o bien, que el pueblo argentino es terriblemente exitista (cosa más que posible, a la luz precisamente de esta histérica “autocrítica” que se ha enseñoreado como pensamiento único en nuestro cielo opacado de estrellas, aunque no de opinólogos estelares), y que al verse derrotado decidió terminar con el régimen que lo gobernaba. O bien, que la derrota fue el factor de caída de ese mismo régimen.

En el primero de los casos, la indignación popular por la incapacidad de su gobierno de obtener la victoria habría conducido al pueblo argentino a operar un cambio de régimen, buscando nuevamente en la democracia la salida a sus problemas. En el segundo, de una manera más o menos parecida que el discurso mítico de las invasiones inglesas, la población habría tomado consciencia de la debilidad de su gobierno militar y habría entonces acometido con toda su fuerza para conseguir la derrota definitiva de ese injusto régimen.

De tal forma, de esos dos razonamientos, se desprenden asimismo dos órdenes de consecuencias: El primero, que la razón determinante del cambio de régimen fue la derrota en Malvinas, es decir, que una victoria en Malvinas hubiera perpetuado a los militares en el poder, lo que conduce sin dudas a sostener que el pueblo argentino, hasta la derrota en Malvinas, estaba conforme, o bastante conforme, o lo suficientemente conforme por lo menos, con su gobierno. De esa observación lógica se deriva, paradójicamente, que entonces el gobierno militar nunca tuvo la necesidad de buscarse una guerra tan riesgosa y difícil para conservar su poder malhabido, situación flagrantemente contradictoria con el aserto de partida, aunque éste provenga de mentes tan racionales y esclarecidas como las que impunemente inundan la sesera de la población y escarnecen a los mismos excombatientes con el salmo de la irracionalidad e injustificación de sus propias vidas o muertes.

El segundo, que el pueblo argentino no consiguió por sí mismo la libertad tan ansiada, sino que se la debe a los ingleses y a las muertes y el dolor que nos infligieron. Esa segunda postura, que sabiamente el Foreign Office ha percibido y acicatea hoy día con insistencia, permite a los invasores de Malvinas sostener el carácter casi humanitario de su misión, y las mezquinas motivaciones domésticas del gobierno conservador de Thatcher como acción altruista y solidaria para con el pueblo argentino oprimido.

En esas circunstancias, lógicamente no debe más que obviarse el juicio a las penosas fallas en la búsqueda de la libertad que significaron los crímenes de guerra británicos, entre los que al pasar, se puede mencionar la ejecución de una veintena de prisioneros o el asesinato del propio Capitán de Fragata Pedro Giacchino (ascendido post mortem, y esperemos que quede en paz ese ascenso, y no forme parte de las histéricas revisiones por la ilegitimidad de origen de quien lo dispuso), el primer muerto de toda la guerra, y el único del 2 de abril (a propósito de cierto intento no inocente de erigir esa fecha como un día de luto, costumbre poco elogiable del santoral laico argentino).

Pero lo más grave de esa posición, en uno u otro sentido, lo constituye el considerar entonces al pueblo argentino como un conjunto informe de cobardes y acomodaticios, incapaz de labrarse su futuro. Algunas cosas que nos ha deparado el decurso de la democracia parecerían incidir a favor de esa percepción, que ha sostenido por ejemplo el prestigioso periodista Jorge Lanata en más de un reportaje sobre el tema Malvinas. Pero lo grave de la misma es que deja sin contenido a la democracia como sistema que sabiamente conduce, a través de la expresión legítima de la voluntad popular, a la satisfacción de los objetivos colectivos. Es decir, ¿cómo puede prosperar una democracia con un pueblo ignorante o débil, o cobarde o mezquino y transigente, o todas esas cosas a la vez? Una pregunta filosófica para los grandes filósofos demócratas, que a mí me queda grande, pero que a tipos como Sarmiento, por ejemplo, les era de fácil respuesta: no puede. La democracia exige del compromiso permanente y militante de los gobernados, del control popular sobre los actos de gobierno, de la permanente ratificación o referendo del poder delegado. Y para eso, requiere de gobernados libres e inteligentes, educados y sabedores de sus deberes, de la Constitución y del entramado jurídico que rige las relaciones de poder y de derecho en una sociedad.

Tal vez sea esa visión de las cosas, últimamente tan difundida, la que ha conducido a que precisamente nuestra democracia fuera degenerando en forma paulatina, haya perdido su sistema de partidos, y mucho antes que ello las convicciones y las ideas, y un poco después, a los ciudadanos, convertidos en números aglutinados en colectivos rentados. La tétrica profecía se ha cumplido, y el pueblo se ha transformado en vulgo.

O sea, que no hay democracia conseguida con el sacrificio y la determinación del pueblo argentino, sino que hay democracia: o bien, porque se perdió en Malvinas, y entonces el pueblo impugnó a un gobierno que en caso de haber ganado, o incluso de haber terminado en tablas, hubiera seguido sosteniendo o soportando; o bien, porque se perdió en Malvinas, y entonces un pueblo cobarde, dubitativo y mezquino, gracias a la victoria inglesa decidió salir a la calle y reclamar por la democracia perdida seis años atrás.

En definitiva, sea cual fuere la respuesta a ese doble interrogante que plantea la posición oficial, oficialista, paraoficial y única del mainstream vernáculo, la solución va a ser la misma: ¡menos mal que perdimos!

Ese desprecio estructural hacia el “ser nacional” (ese dudoso concepto que pensadores optimistas y denodados trataron de erigir hace más de medio siglo) impide siquiera la mínima concesión hacia un pueblo al que paralelamente se lo invoca, se lo idolatra como fundamento de cualquier atropello, y no se lo comprende y olímpicamente se lo desprecia. Porque después de todo, el pueblo sigue siendo el convidado de piedra en un banquete de alternancias extremas que una vez lo proscribió, muchas veces lo apaleó y ahora lo desprecia y reduce por el hambre y la ignorancia.

Pero ocurre que vuelve a imperar sobre estas elucubraciones el peso inexorable de la realidad. Y la realidad señala que luego de la derrota de Malvinas transcurrió nada menos que un año y medio (18 meses) hasta la entrega del poder a un presidente elegido democráticamente. O sea que el proceso de democratización, iniciado bastante antes de Malvinas, siguió su paso parsimonioso hasta su culminación el 10 de diciembre de 1983. Entonces Malvinas pierde su trascendencia definitoria para transformarse en un episodio más a considerar, en la perspectiva del cambio de régimen. Porque la misma capacidad determinante que se le adjudica a Malvinas podría atribuírsele mucho antes a alguna medida desafortunada (por supuesto que económica, porque en la visión estrictamente interesada y acomodaticia del pueblo argentino que se formula, sólo lo que toca el bolsillo puede ser determinante) del gobierno de Bignone... al menos la inmediatez en el tiempo daría la razón a esa posición. Ni un Lanusse poderoso y lleno de dobleces y artimañas pudo soportar año y medio en el poder.

Si la concertación de partidos hubiera decidido aprovechar la debilidad del gobierno militar, hubiera generado las condiciones para la revolución democrática en el momento más álgido de la contienda bélica, a no ser que tuviera información confidencial de alta sensibilidad, inaccesible para nadie en Argentina, que sugiriera que la guerra se perdía. O que tuviera el don de gentes que señala que nunca hay que aprovechar para sacar ventajas de las desgracias, que eso en el derecho penal se lo llama “robo calamitoso”, y se trata de una de las conductas más ruines del ser humano. Pero sin embargo, no deja de tener referencias en la historia. Si no, recordemos el golpe menchevique (con la consabida participación marginal de la fracción bolchevique) de octubre de 1917, mientras la “Madre Rusia” se debatía denodadamente por no perder posiciones territoriales con la hierática y expansionista Alemania prusiana.

martes, 1 de julio de 2008

34 AÑOS

Un día como hoy, fallecía el Presidente Juan Domingo Perón. Indudablemente, para adeptos, para adversarios y para neutrales, fue para la Argentina la personalidad más señera y gravitante del siglo XX. Como todo gran hombre, y más en lo relativo a estas Pampas, cometió el desatino de morirse a destiempo. Si hubiera tirado un añito más apenas, es muy probable que se hubiera evitado el baño de sangre que después vino y que todavía nos atormenta.
Porque el general debió asumir funciones de manera excepcional, para evitar la traición que se estaba consumando a los principios de su movimiento, y esa pesada carga, agravada por los asesinatos y los hostigamientos, seguramente precipitó su muerte.
Es que lo que pasó a fines de 1973 debió haber pasado en 1970, o a lo sumo 1971, cuando dentro de la interna castrense se había resuelto la asunción de Aramburu para pacificar al país mediante el simbólico abrazo y la transmisión de mando a Perón. Así se había arreglado en París en 1970 entre los dos ex compañeros de armas, pero el sugestivo asesinato del golpista, cometido por una organización hasta entonces desconocida que se autosindicaba como "peronista" pero que obedeció a oscuros propósitos, truncó su regreso triunfal.
Porque su acción política siempre estuvo signada por los principios de la concordia y de la unidad nacional; y esos principios son los que venimos a rescatar un día como hoy, sumergido en una etapa muy triste de nuestra Patria, para que no sean olvidados.
A continuación, entonces, se transcriben algunos fragmentos de Conducción Política provenientes de la edición de 1966 (obviamente, sin cita de editorial porque regía la proscripción y la quema de libros). Entre paréntesis al final de cada texto, las referencias al paginado. Los resaltados son del original. Los escasos subrayados son nuestros. Alguna acotación que nos hemos permitido figura entre paréntesis, en cursiva.
LOS OBJETIVOS SIN VALOR

Otro asunto que a menudo olvidan los hombres en la conducción –y ustedes han de haberlo observado mil veces- es que hay personas que tienen temas fijos. Se ocupan de cosas sin importancia, se ven atraídas por un objetivo que no tiene valor, y por él desprecian los verdaderamente importantes.

Eso es muy común en los hombres, porque el hombre no solamente tiene criterio para discernir, sino que tiene también pasiones que lo arrastran; y las pasiones lo llevan, generalmente, hacia los objetivos secundarios. Muchas veces un político, por perseguir a otro, ha perdido toda su acción política. Se hundió é por otro, sin alcanzar el objetivo que persiguió; perdió todo lo que buscaba.

Esto es un asunto muy importante, porque contiene la razón misma de ser de la conducción. Y también está en la naturaleza del hombre. El hombre suele ser pasionista por naturaleza y aun por costumbre. Y el conductor no puede tener esa clase de defectos. (Pág. 178).

Otra relación con los hermanos uruguayos fue posible...

EL CONDUCTOR Y EL CAUDILLO

[El conductor de pueblos] tiene que ser, además de un hombre que conduzca, un hombre que sepa enseñar, que sepa formar al pueblo, que sepa organizarlo y que sepa, finalmente, conducirlo. Por eso creo que los conductores de la política, en la Argentina, han sido muy pocos.

¿Por qué pienso así?

Porque hemos llegado hasta esta altura y vemos que el pueblo argentino no está todavía ni formado, ni instruido, ni organizado para posibilitar esa conducción.

Nosotros hemos tenido caudillos, no hemos tenido conductores. Si hubiéramos tenido conductores, el pueblo ya estaría educado, formado, organizado, y sería fácil conducirlo. Por eso no lo podemos conducir ahora con un sentido técnico. Somos capaces de hacer una diablura o una acción popular, pero no somos capaces de construir una obra perfecta a través de los años.

Es decir, somos luchadores de montonera; no somos luchadores constructivos de una organización permanente.

Por eso tenemos todavía el sentido gregario y no el sentido técnico de la conducción.

¿Para qué es ese sentido técnico? Para dar continuidad a las obras y a la existencia misma de la organización y de la conducción dentro del país. Sin esa educación el pueblo no irá muy lejos; cambiará de caudillo, pero no hará nada permanente.

Si los hombres de la conducción no fueran capaces de organizar una acción permanente dentro del pueblo, no serían conductores, serían caudillos.

La diferencia que existe entre el caudillo y el conductor es natural. El primero hace cosas circunstanciales y el segundo realiza cosas permanentes. El caudillo explota la desorganización y el conductor aprovecha la organización. (Pág. 181).

VALORES ESPIRITUALES DEL CONDUCTOR (Fines y Medios. Media vuelta de tuerca a Maquiavelo)

En cuanto a los valores espirituales del conductor, lo que puede afirmarse en ese sentido es que un conductor puede carecer de preparación, pero no puede carecer de valores morales.

Si carece de valores morales, no es un conductor, porque los valores morales, en el conductor, están por sobre los intelectuales, porque en la acción la realización (fin) está siempre por sobre la concepción (medios).

Muchas veces una mala concepción (medios) realizada sistemáticamente y tenazmente llega a un buen resultado, pero una buena concepción (medios) con una mala realización (fin) no llega nunca a nada.

Esa es la razón por la cual, en el hombre de arte y en el conductor, la acción está siempre por sobre la concepción. Puede tener carencias intelectuales, pero lo que no puede tener son carencias morales, porque sin valores morales no hay conductor. (Pág. 183)


TRABAJAR PARA LOS DEMÁS

Quiere decir que esta complicada personalidad del conductor presupone muchas cosas que son muy difíciles de cumplir.

Es indudable que el conductor debe saber, en política, que él trabaja para los demás.

En esto, hay dos clases de hombres: aquellos que trabajan para sí mismos y los que trabajan para los demás.

El conductor que trabaje para sí mismo no irá lejos.

El conductor siempre trabaja para los demás, jamás para él.

Porque si él se obsesiona con su conveniencia, abandona la conveniencia de los demás, y cuando ha abandonado la conveniencia de los demás, falta poco tiempo para que los demás lo abandonen a él.

Por esa razón son dos las condiciones fundamentales del conductor: su humildad para hacerse perdonar por los demás lo que no hace por ellos; y su desprendimiento, para no verse nunca tentado a trabajar para sí.

Estas condiciones, que parece que no tuvieran importancia, la tienen –y extraordinaria- en el conductor político.

No ocurre lo mismo en un conductor militar, para quien son secundarias.

En el conductor político esto es quizá lo más fundamental. (Págs. 185-186).


EL ARTE DE CONVIVIR

El conductor político nunca es autoritario ni intransigente.

No hay cosa que sea más peligrosa para el político que la intransigencia, porque la política es, en medio de todo, el arte de convivir, y, en consecuencia, la convivencia no se hace a base de intransigencia, sino de transacciones.

En lo que uno debe ser intransigente es en su objetivo fundamental y en el fondo de la doctrina que practica.

Pero debe ser alta y profundamente transigente en los medios de realizarla, para que todos, por su propio camino, puedan recorrer el camino que les pertenece.

El conductor político nunca manda; cuando mucho, aconseja; es lo más que se puede permitir.

Pero debe tener el método o el sistema necesario para que los demás hagan lo que él quiera, sin que tenga que decirlo.

Quien conduce en política de otra manera choca siempre, y en política el choque es el principio de la destrucción del poder.

En ese orden de cosas, creo que la base es la lealtad y la sinceridad.

Nadie sigue al hombre a quien no cree leal, porque la lealtad, para que sea tal, debe serlo a dos puntas: lealtad del que obedece y lealtad del que manda.

El engaño es un arma muy traicionera, en política, y por otra parte, como dicen los italianos: “le bugie anno le gambe corte”.

En esa lealtad y sinceridad, el conductor debe tener grabado profundamente en su alma el amor al pueblo y a la Patria, porque ésa es la base para que él tenga en su alma un sentido perfecto de la justicia. (Págs. 186-187)


LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES

Entiendo que el conductor debe tener encarnada en sí mismo la verdadera justicia, la justicia humana, la justicia de los hombres, con todos los defectos y virtudes.

Eso no debe conocerlo, sino sentirlo, porque en sus manos está el discernir los honores y la dignidad a quien le corresponda, porque, como decía Aristóteles: “La dignidad no está en los honores que se reciben, sino en los honores que se merecen”.

De manera que el conductor debe comprender claramente que su justicia es la base de las buenas relaciones, del respeto que por él tengan y de la aglutinación natural de la masa que conduce.

Sin este sentido innato de la justicia, nadie puede conducir.

Si el conductor debe ser también un maestro, debe enseñar; y debe enseñar por el mejor camino, que es el del ejemplo.

No delinquiendo él, no formará delincuentes.

Porque, en la conducción, de tal palo ha de salir tal astilla.

[El conductor] debe inspirar respeto por el respeto que él guarde a los demás, que es la mejor manera de ser respetado.

Un respeto cariñoso, pero respeto.

Respeto en lo que el hombre tiene de respetable; porque algunos respetan las formas; yo soy partidario de respetar el fondo de las cosas y de los hombres. (Págs. 187-188).

LUCHAR POR UNA CAUSA

Por esa razón, el conductor, que debe ser un luchador, no lucha nunca en forma personal.

Él lucha por una causa.

Por eso, cuando algo anda mal, él no se debe ofender personalmente.

Él debe mirar, desapasionada, inteligentemente, cómo corregir el error en beneficio de la causa que persigue.

Cuando algunos políticos reaccionan violentamente y luchan entre sí, no están trabajando por la causa de todos: están trabajando por la causa de ellos. (Pág. 189).

En política no hay por qué enojarse, puesto que uno no persigue intereses personales.

No hay en esto por qué tomar las cosas a la tremenda; no conduce a nada. (Pág. 190).

La pasión es, generalmente, producto de un sectarismo.

Cuando el hombre que conduce toda la política se sectariza, pierde la mitad de las armas que tiene para defenderse.

En segundo lugar, cuando obedece a su pasión, abandona la conducción de todos, para dirigirse a un sector que es el que lo apasiona.

Ése no es un conductor. (Ibídem).

El buen conductor es siempre reflexivo y profundo.

El audaz y el impulsivo no tienen las condiciones del conductor, porque debe manejar hombres, y no hay nada más difícil que manejar a los hombres (Perón, obviamente, se refiere a manejar hombres prescindiendo de las dádivas y los subsidios).

Es necesario emplear toda la ciencia, todos los valores morales y toda la conciencia que uno tiene para poder manejarlos bien. (Pág. 193).

SISTEMA DE LA CONSTRUCCIÓN

(…) Eran más bien de una orientación de fondo marxista, y como tal pugnaban un tipo de revolución distinto al nuestro.

Se inclinaban más hacia la lucha de clases y la destrucción de un sinnúmero de valores que la nacionalidad tenía creados.

Yo no compartía esas ideas.

Creía que la lucha de clases es un agente de destrucción y no de construcción, y, la humanidad para ir a un puerto seguro no debe emplear nunca el sistema de la destrucción, sino el de la construcción. (Pág. 290).

Todos los conflictos y luchas dentro de una colectividad destruyen y no construyen.

De manera que el secreto está en asegurar la justicia, que es la única forma de suprimir la lucha.

Señores: Cuando yo fui a la Secretaría de Trabajo y Previsión, repito, la gente que iba conmigo no quería ir hacia donde iba yo; ellos querían ir a donde estaban acostumbrados a pensar que debían ir (hacia la lucha de clases).

Yo no les dije que tenían que ir a donde yo iba; yo me puse delante de ellos e inicié la marcha en la dirección hacia donde ellos querían ir; durante el viaje, fui dando la vuelta, y los llevé a donde yo quería… (Pág. 291).