jueves, 17 de julio de 2008

CRISTINA, COBOS Y VOS

Grandeza.

Hoy a la madrugada presenciamos un gesto de grandeza. Cobró natural relieve, por la tensión y las características cruciales de la definición, la posición adoptada por el Vicepresidente, lo que igualmente no opaca la trascendencia de una actitud muy resuelta y fundada (casi todos fundamentaron oralmente su voto) de una enorme cantidad de senadores que componen la coalición que sostiene al oficialismo, y que sin embargo decidieron hacerse cargo de los imperativos de la hora, y bregar por la pacificación y unión nacional.

Sin embargo, este gesto de grandeza, que era absolutamente necesario para el país, resalta en estos tiempos porque contrasta con tanta mezquindad y posturas soberbias y ególatras. Pero no por ello, hay que decirlo, deja de ser módico.

No es comparable, siquiera en escala de maqueta, con los gestos de grandeza que caracterizan a la Política como el arte que construye y satisface el interés general. Nada tiene que hacer al lado del alea jacta est de César al cruzar el Rubicón, ni con renunciamientos de poder de gobernantes que tenían a tres cuartas partes de las fuerzas armadas de su lado y a más de la mitad del pueblo apoyándolos, pero que decidieron evitar el enfrentamiento entre hermanos, el monstruo de la guerra civil y los baños de sangre. Me refiero a las decisiones adoptadas con grandeza, ante la perspectiva cierta del abismo. Al ejercicio de la decisión como la instancia gravitante y única de la que no hay retorno.

Cayo Julio César.

El episodio de ayer tuvo la estética y la épica de los grandes acontecimientos, y realmente ha sido un placer ver al Senado invistiéndose de la honorabilidad que decora su nombre, con sus 72 miembros presentes y con una defensa individual y enfática de sus convicciones, evitando la dilución anónima y cobarde en el frío número. Y ha sido un placer ver cómo un hombre, enfrentado a su destino, en este contexto tan decadente, decide en orden a sus convicciones y coherencia, y a favor de la supervivencia de la nación como una unidad de valores y principios.

Este tipo de gestos, tan extraños para una sociedad rumbeada hacia la disgregación, fragmentada en facciones e intereses pequeños, son un signo de esperanza y de autoridad, un renacer de la institucionalidad resquebrajada desde la crisis terminal de 2001. Porque la autoridad fue ejercida, contrariamente a la postura imperativa oficialista. Porque la autoridad no puede ser nunca expresada en la claudicación hacia caprichos megalómanos y sectarismos facciosos. La autoridad, sin dudas, es independencia, y justifica todo el andamiaje jurídico de la nación, estructurado en torno a la vituperada figura de la división de poderes.

Por qué, si es tan trascendente y notable en este tiempo, digo que el gesto de grandeza fue sin embargo módico. Porque no podemos perder la perspectiva real y relativa de las cosas. Su real contexto e implicancias.

El Senado del Pueblo de Roma.

Decisión y autoridad.

Cobos ejerció una decisión última, o sea, una decisión, sí, pero lo hizo en un marco lógico a través del cual minimizó los riesgos. Eso habla de una decisión sana, responsable, pero en ningún caso transgresora y creativa. El contexto señala que era la única decisión que podía tomar.

En primer lugar, si bien es retóricamente válido el argumento sustentado en la falta de consenso, no es el Presidente del Senado el habilitado para efectuar esa consideración, desde que su investidura importa el ejercicio de la decisión ante al empate, para evitar que se pueda generar una hipótesis de bloqueo institucional que ponga en juego a la república. Por eso es que se trata del único hombre de toda la cámara que no se puede abstener.

Ahora bien, ¿cuál es la implicancia de esa decisión final? La opción de “vida o muerte”, “gobierno o anarquía”, “todo o nada” provino nada más que del capricho y la impostura de un proceder demencial, sustentado en una lógica perniciosa de doblar la apuesta ante cada renuencia, de someter al adversario y hacerlo morder el polvo por su insolencia.

Por eso es que la decisión de ayer parecía crucial para la supervivencia de la república, como evidenció Pichetto en su discurso-apriete del final, en el cual mostró (o argumentó) una debilidad del gobierno inaceptable. Si un gobierno es débil, busca fórmulas de acercamiento de posiciones, de diálogo y concordia, de forma tal de fortalecerse a través del ejercicio de la política. A nadie en sus cabales se le ocurriría, con un gobierno débil, embestir agresivamente a amplios y plurales sectores de la sociedad, provocarlos hasta dejarlos sin otra alternativa que la claudicación incondicional.

En efecto, la decisión de ayer era crucial para la república pero en el sentido en que se tomó, y no al revés. Al revés ni siquiera era crucial para la supervivencia del gobierno, que paradójicamente sale fortalecido con el final del conflicto. Porque a un gobierno, más que ganar o perder absurdas querellas intestinas, lo que debe guiarlo es la construcción, a partir de unos sólidos cimientos de paz y concordia de sus gobernados, para de allí en más poder hacer aquello para lo que fue llamado. Aquí el verbo se confunde con el sustantivo. El poder es una cuestión fáctica y no formal. ¿Cómo se puede gobernar en provecho del interés general dando la espalda y con la resistencia de más de la mitad de la población, con un país detenido y enfrascado en una puja insólita?

O sea que ayer la decisión era crucial pero admitía un solo sentido. De tal forma, se relativiza su carácter de libremente elegida, es decir, la propia naturaleza decisoria.

Los caprichos y las bravuconadas baratas de un sector del espectro político que compone la coalición gobernante (la ficción cada vez más resistida llamada “PJ normalizado”, que incluye a justicialistas tan coherentes y cabales como Scioli, Cabandié o Alberto Fernández, aliada a grupúsculos fuertemente subsidiados pero de escasa representatividad) no hicieron más que determinar la “decisión”. Las provocaciones y la infantil vocación competitiva sólo dieron por resultado abroquelar de manera cada vez más sólida la voluntad autonomista de las provincias y los ánimos resistentes de casi todo el interior, y también de la mayor parte del conglomerado urbano macrocéfalo que es nuestra capital.


Legalidad y legitimidad.

De forma tal que esos ánimos facciosos, esa embestida absurda, lo único que logró fue aislar al pueblo de su gobierno. Y recordar al pueblo la esencia de la democracia representativa: el control de los actos de sus representantes. Porque la legitimidad de ejercicio no sólo concierne al Ejecutivo. Antes bien, debe ser asumida resueltamente por el Legislativo, que es el poder constitucionalmente instituido para gobernar, o sea, para dictar las leyes cuya ejecución determina el destino de gobierno.

Parece mentira que se haya degradado tanto la institucionalidad en la Argentina como para que se tuvieran que discutir airadamente los límites de la delegación legislativa, y más cuando esos límites conciernen a los derechos constitucionales de los habitantes. Nadie, más que el Congreso, puede poner restricciones a los derechos individuales, y entre ellos, y de forma fundamental en nuestra Carta Magna, el derecho de propiedad. Y esas restricciones están fuertemente condicionadas por el principio de legalidad.

Agregaríamos, porque surge a las claras también del contexto, que la legalidad (con todos sus condicionantes formales) a su vez se encuentra en función de la legitimidad.

Hans Kelsen

Hans Kelsen sostenía que ambos términos, en un sistema parlamentario, son invariablemente sinónimos. Es decir, que la voluntad de los representantes del pueblo, a través de una ficción organizadora (constitución), es la voluntad del pueblo lisa y llanamente. Y todo ello puede ser cierto, a la luz del resultado de ayer, que no hizo más que responder al imperativo emanado –de forma atípica, es cierto, pero contundente- por los electores. Pero puede también no serlo. Es decir, puede haber leyes impopulares. La media sanción de diputados, que casi casi se convierte en ley, lo demuestra. Y las leyes impopulares son el más letal veneno contra la institucionalidad, porque carecen de legitimidad, al punto que pueden resultar por contagio en la descomposición del sistema legal todo. Si una ley, que ha cumplido con todos los requisitos formales para su sanción, es ilegítima, qué garantiza que las otras no lo sean. Entramos en un terreno sociológico, pero que debe ser la guía infalible para el hombre político.

Todos sabemos que fumar hace mal, y estamos de acuerdo con su prohibición reglada (en determinados ámbitos y circunstancias). Pero si su prohibición se establece como delito, y comienza a procesarse a los fumadores, amenazando su libertad individual, la resistencia popular no tardará en hacerse oír. Un 40% de la población adulta fuma, y sus familiares y allegados que no lo hacen estarán también en contra del castigo penal, generando una oposición unánime que hará imposible la ejecución de la voluntad legislativa. Entonces todo el edificio institucional se desploma.

El oficialismo, en su pulsión de muerte, en su espiral de aceleración cronológica (nuevamente paradójico: un gobierno que retrasa 30 años en todo, sin embargo va muy rápido en su proceso de desgaste, como si tuviera un decidido ánimo de colapsar, y responsabilizar del desastre a la sociedad toda, que no lo entendió o no lo respaldó en sus atropellos y torpezas. Ver la consideración a la responsabilidad colectiva sobre los desaciertos de los gobernantes en Has recorrido un largo camino, muchacho), lleva la discusión sobre cada minucia, sobre cuestiones de detalle técnico desafortunadas, hasta el borde del abismo.


La pulsión de muerte.

En este caso, parece ser que se perseguía que Julio César Cleto Cobos efectivamente saltara. Se habla mucho de que el Vicepresidente debe ahora renunciar, lo que constituye una nueva patraña capciosa. Con seguridad, hubiera debido renunciar si por su voto se sancionaba la ley impopular tan absurda y resistida, si se instauraba un sistema de legalidad ilegítimo y meramente formal, teñido de todo tipo de sospechas acerca de condicionamientos y operaciones tras bambalinas.

Esa pulsión de muerte se expresa nuevamente en el enfático Miguel Pichetto, un cabal soldado “para lo que guste mandar”, principal espada del menemismo duro en la cámara baja en los fustigados ’90. Cuando invoca nuevamente, ante la sugerencia de Cobos de un cuarto intermedio, a “un líder radical” (evitó la imperdonable confusión de Kirchner) que dijo “que se rompa pero que no se doble”. Obviamente, fuera del contexto de las revoluciones de finales del siglo XIX, pero expresando cabalmente la visión oficial de las cosas. Suena parecido a la fase más oscura de Don Cornelio y la Zona en El Rosario en el Muro: “Si ya estás en la azotea, salta”.

Pero Cleto decidió bajar por la escalera, o sea, desescalar el conflicto. La decisión adoptada permite encarar un diálogo maduro y constructivo entre los sectores implicados, que refleje lo que tanto le falta a la Argentina desde hace años: gestión de gobierno. Respuestas meditadas e ingeniosas a los desafíos de la realidad.


Los extremos de la disciplina.

Y sobre todo, un programa de gobierno, definido de forma precisa y concreta. La disciplina de partido sólo tiene lógica cuando el partido tiene una plataforma que cumplir, y las acciones que se plantean son conducentes a los objetivos trazados.

Pero ocurre que aquí, en primer lugar, no había partido. La entelequia que llevó a la actual Presidenta al poder fue un rejunte variopinto amalgamado por variados y circunstanciales intereses, al que se llamó pomposamente “concertación plural”. El PJ normalizado es una creación posterior, digitada por un hombre que meses antes había realizado un “renunciamiento histórico”, rechazando la posibilidad de reelección, y había dejado en su lugar… a su esposa. Sí, ya sé. Una maniobra demasiado berreta, pero parece que a los “plurales concertantes” les alcanzaba con esa ficción y la satisfacción de intereses de corto plazo para “acompañar”.

Parece que ahora ya no les alcanza, cuando sienten la presión de sus representados (porque en definitiva de ellos se trata) soplándoles la nuca.

También aquí, en segundo lugar, es claro que no hay programa. Como genuino producto del peronismo franquiciado, el kirchnerismo es la aplicación más cortoplacista y coyuntural del tantas veces invocado pragmatismo. Sobre la marcha, va construyendo el discurso, mientras los acontecimientos se suceden por otro camino.

El gobierno heredó la solución económica industrialista del dólar alto, y no tuvo que soportar el desgaste del feroz ajuste al bolsillo de los habitantes, fundamentalmente, del sector asalariado y de la clase media (la que en última instancia fue la más castigada, ya que hasta las medidas que atenuaron el impacto del impuesto a las ganancias no contemplaron a los cuentapropistas, y así los $ 2.000 que facturaba un médico soltero en su consultorio se consideraban imponibles de tributo a la renta). El gobierno recibió de la Providencia unas condiciones macroeconómicas inéditas, y de pronto los “términos de intercambio” pasaron a favorecer a las materias primas, luego de haber llegado al fondo del pozo en la década de 1990. Con plata cualquiera es Gardel, y con muchísima plata, incluso es Frank Sinatra. Pero cuando la desmesura y la imprevisión generan las restricciones que se empezaron a ver a partir de 2006, el vacío de gestión comienza a ser determinante.

Tal vez tuvieran razón los antiguos germanos, que en su Edad de Hierro confiaban en la suerte para decidir la idoneidad de sus gobernantes. Si durante el ejercicio de su reinado, la tempestad arrasaba las cosechas, o la peste diezmaba a la población o al ganado, al rey lo decapitaban y ponían a otro, con la esperanza de que fuera más afortunado. Tal vez no nos hemos apartado demasiado de esa convicción supersticiosa. Aunque en este caso la reina, que es bastante yeta, hay que reconocerlo, en cuestiones incidentales, y debe empezar cada acto con un minuto de silencio, tiene desde el contexto internacional condiciones increíbles para un país productor de materias primas como sigue siendo el nuestro. Ello requiere de la generación de medidas que permitan un aterrizaje suave, reacoplando la incubadora del mercado interno a la realidad global. Requiere de empezar a recortar el gasto público, a suprimir subsidios, a fomentar inversión nacional y atraer inversión externa, a obligar a la industria a hacerse competitiva, al menos un poco competitiva, para acompañar al agro, en lugar de expoliar al agro para subsidiar una farsa para el mercado interno, ya demasiado protegida.

Sin embargo, la ausencia de acción política (si por ello se entiende el alto arte de la creación, y no la sucesión de imposturas y manipulaciones) es escalofriante. Las áreas calientes del Estado están reducidas a una mínima expresión. Javier de Urquiza es un pintoresco funcionario de escalafón. Carlos Fernández, un correcto contador según dicen, fue convocado solamente para contar los porotos. Ni siquiera tiene juego como para dedicarse a fernandear, o sea, a charlatanear, como sus compañeros de apellido.

Entonces, en tercer lugar, no hay acción de gobierno, lo que a la larga –o no tanto- significa que no hay gobierno. Porque el gobierno no es –no debe ser- una nómina de muñequitos de torta bajo un sello de agua. Un gobierno se define por la acción, por la creación, por la anticipación a los sucesos, por la capacidad de hacer. Y el kirchnerismo está desnudando en esto su principal debilidad. Su debilidad real, la que quizás intuya Pichetto. Su absoluta incapacidad de gobierno, la inidoneidad de todo el elenco estable, compuesto de verborrágicos licenciados en Todología y feroces “subsidiadores-recaudadores”.

Una repartija de cargos que parece sacada de la Junta Militar de Les Luthiers, en la que el Cabo Primero (con instrucción primaria incompleta) era designado al frente del Ministerio de Educación. Acá un funcionario con experiencia en equipamiento de escuelas provinciales, compra de disquetes y resmas A4, va a ocuparse de Aerolíneas, un subsecretario de puertos provinciales, especialista en la regulación de la captura del calamar, se ocupaba de toda la política de las telecomunicaciones, incluyendo satélites, Internet, tecnología IP, televisión por cable, celulares…

Ese vacío también fue determinante ayer, y por eso la figurita más decorativa de la Constitución Nacional, concentró la atención de todo el país durante horas. Lástima que la conclusión fuera que se esperaría un nuevo proyecto de ley emanado del Ejecutivo, en lugar de asumir la responsabilidad histórica que le toca al Congreso Nacional en esta hora.


Los demás factores.

Por todo ello, la decisión asumida ayer por Cobos implica un gesto de grandeza, pero que debe ser considerado con la adecuada mesura. Incluso en lo personal, las perspectivas en juego para el Vicepresidente se reducían a: 1) Ir en contra de todo su proceder previo, de sus propias manifestaciones, e incinerarse políticamente, absorbiendo en su persona todo el costo de un montón de errores y procederes que le eran ajenos. 2) O posicionarse como un actor sensato y republicano, intérprete prudente de las exigencias contingentes.

Finalmente, en cuanto a las implicancias de la decisión, sólo cabe decir que, en un caso (el del voto afirmativo) ya se ha hablado de las consecuencias de la sanción de una ley ilegítima. En el otro, es decir, el que finalmente fue, las implicancias son las siguientes: Se esquiva la cuestión de la constitucionalidad de las retenciones, evitando consecuencias terribles para las generaciones futuras. Siguen en vigor los impuestos previos, que por la misma dinámica de los precios internacionales y por la reactivación de la actividad implican un aumento en la recaudación. Se abre la instancia del diálogo entre los actores, abarcando un cúmulo de cuestiones estructurales de tratamiento imperativo. Se descomprime la situación social, y se retoma el ritmo productivo (sobre todo, se siembra, mientras se está a tiempo). Se fortalece la institucionalidad y la confianza de la ciudadanía.

Ahora habrá que ver qué se hace en definitiva con la Resolución 125. Si se cumple con el compromiso de derogarla. (Voy a evitar referirme a consideraciones teórico-jurídicas al respecto). Si predomina la pulsión de muerte o impera la mesura. Después de todo, si el riesgo país sigue subiendo, si la inflación galopa como Leguisamo o Falero, si sigue habiendo desabastecimiento especulativo de parte de los comerciantes, no será ya culpa ni del campo ni del kirchnerismo. La culpa la tendrá Cobos… Porque después de todo, en un país enfermo de victimismo, lo único que importa es sólo eso: quién va a tener la culpa.


INSERT: Trastorno Victimista (Wikipedia)

El victimismo es un trastorno de la personalidad muy común en la que el sujeto adopta un rol de víctima a fin de, por un lado, culpar a otros de conductas propias, y por otro, enarbolar la compasión de terceros como defensa a supuestos ataques.

Mediante una proyección, en el sentido de Sigmund Freud, el victimista recurre a la estrategia mental de colocar fuera de sí la responsabilidad o los males que realmente le pertenecen. En este sentido, la personalidad de víctima o victimismo, consiste entonces en defenderse de posibles situaciones de malestar a través del no reconocimiento y la proyección externa de una determinada situación. Éstos se muestran débiles y maltratados para encontrar el apoyo de otros y evitar tener que realizar los esfuerzos que su situación de vida, natural o adquirida les requiere.

Como esta mentalidad no siempre logra alcanzar los objetivos ésta conduce a su vez con facilidad a la desesperación, el conformismo ante el infortunio e incluso el resentimiento, la ira o el deseo de venganza contra lo que le rodea; formando un victimsmo agresivo, una forma rabiosa de victimismo que consiste en molestarse por que otros no son como nosotros o como deseamos que sean.

En estos casos la tendencia es a atacarlos, acusarlos, etiquetarlos para dañarlos moral, emocional o físicamente en una demostración de intolerancia excluyente. Por ello en ocasiones surge junto con la megalomanía, ya que el sujeto, donde no se ve continuamente elogiado y aceptado, se ve víctima de supuestas conspiraciones y hostilidades.

miércoles, 16 de julio de 2008

Definiciones

A quienes gustan de las definiciones, vamos a adentrarnos en las formas clásicas y modernas de degeneración de la democracia.

Al efecto, vamos a recurrir a la amiga Wikipedia para extraer algunas consideraciones de los fenómenos indeseables.


OCLOCRACIA.

Ilustres pensadores como Aristóteles, Pericles, Giovanni Sartori, Juvenal, Shakespeare, Lope de Vega, Ortega y Gasset o Tocqueville han advertido de un permanente peligro para la democracia popular: el interés de los oclócratas que ostentan el poder de hacerla degenerar en oclocracia con el objetivo de mantener dicho poder de forma corrupta buscando una ilusoria legitimidad en el sector más ignorante de la sociedad, hacia el cual vuelcan todos sus esfuerzos propagandísticos y manipuladores.

En el desarrollo de esta política, sólo se tiene en cuenta de una forma superficial y burda los reales intereses del país, dirigiéndose el objetivo de la conquista y al mantenimiento de un poder personal o de grupo, mediante la acción demagógica en sus múltiples formas apelando a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos nacionalistas exacerbados; el fomento de los miedos e inquietudes irracionales; la creación de deseos injustificados o inalcanzables; etc. para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la oratoria, la retórica y el control de la población. La apropiación de los medios de comunicación y de los medios de educación por parte de dichos sectores de poder son puntos clave para quien busca esta estructura de gobierno, a fin de utilizar la desinformación.

Así se mantiene un dominio sobre masas en movimiento que hacen valer sus propias instancias inmediatas e incontroladas creando la ilusión de que se impone un legítimo poder constituido sobre la voluntad popular. Sin embargo, tal y como asegura Rousseau en El Contrato Social falta la piedra angular, es decir, la voluntad general de unos ciudadanos conscientes de su situación y de sus necesidades, una voluntad formada y preparada para la toma de decisiones y para ejercer su poder de legitimización de forma plena. De esta forma, en la oclocracia la legitimidad que otorga el pueblo está corrupta, pasando el poder del campo de los políticos al campo de los demagogos.

DEMAGOGIA.

Demagogia (del griego, demaggos, líder popular y demos, pueblo) es una estrategia política que consiste en apelar a emociones (sentimientos, amores, odios, miedos, deseos) para ganar el apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica y la propaganda. Aristóteles la define como "el predominio de los pobres con exclusión de los ricos".

La Real Academia Española define este término como la «práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular» y también como la «degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder».

De esta forma también se considera como demagogia esa oratoria que permite atraer hacia los intereses propios las decisiones de los demás utilizando falacias o argumentos aparentemente válidos que, sin embargo, tras un análisis de las circunstancias, pueden resultar inválidos o simplistas.

La demagogia es frecuentemente asociada con el favorecimiento y la estimulación de las ambiciones y sentimientos de la población, tal como se presentan espontáneamente. Las promesas que suelen realizar los políticos durante las campañas electorales, son habitualmente criticadas como demagógicas, cuando aparecen como irrealizables. Las democracias liberales modernas, han sido reiteradamente cuestionadas atribuyéndoles la condición de sistemas demagógicos, debido a la utilización intensiva de técnicas publicitarias características del marketing, a la personalización de las candidaturas, la manipulación de los medios de comunicación de masas postergando el análisis político escrito, y el recurso sistemático a polarizaciones absolutas (bien-mal, democracia-antidemocracia, atraso-desarrollo, honestidad-corrupción), o conceptos imprecisos ("el cambio", "la alegría", "la seguridad", "la justicia", "la paz").

La demagogia, según Platón y Aristóteles, puede producir (como crisis extrema de la democracia), la instauración de un régimen autoritario oligárquico o tiránico, que más frecuentemente nace de la práctica demagógica que ha eliminando así a toda oposición. En estas condiciones, los demagogos, arrogándose el derecho de interpretar los intereses de las masas como intérpretes de toda la nación, confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una tiranía o dictadura personal.

Instrumentos de la demagogia:

* Falacias: Argumentos que equivocan las relaciones lógicas entre elementos, o bien adoptan premisas evidentemente inaceptables.

* Manipulación del significado.

* Omisiones: Se presenta información incompleta, excluyendo posibles problemas, objeciones, dificultades, lo que resulta en la presentación de una realidad falseada, sin incurrir directamente en la mentira.

* Redefinición del lenguaje.

* Tácticas de despiste: Consiste en desviar la discusión desde un punto delicado para el demagogo hacia algún tema que domine o donde presente alguna ventaja con respecto a su oponente o contrincante. No se responde directamente a las preguntas ni a los desafíos.

* Estadística fuera de contexto: Consiste en utilizar datos numéricos para apoyar una hipótesis o afirmación, pero que estando fuera de contexto no reflejan la realidad. Aquí también se cuenta el uso tendencioso de estadísticas, también conocido como demagogia numérica.

* Demonización: Esta aproximación consiste en asociar una idea o grupo de personas con valores negativos, hasta que esa idea o grupo de personas sean vistos negativamente.

* Falso dilema: También conocida como falsa dicotomía, hace referencia a una situación donde dos puntos de vista alternativos son presentados como las únicas opciones posibles. Como ejemplo tenemos el típico: "estás conmigo o contra mí". Supone una definición simplista de la realidad y de esa forma se consigue evitar la toma en consideración de las demás posibilidades.


CLEPTOCRACIA.

Cleptocracia (del griego. clepto: quitar; y cracia: fuerza = dominio de los ladrones) es el establecimiento y desarrollo del poder basado en el robo de capital, institucionalizando la corrupción y sus derivados como el nepotismo, el clientelismo político, el peculado, de forma que estas acciones delictivas quedan impunes, debido a que todos los sectores del poder están corrompidos, desde la justicia, funcionarios de la ley y todo el sistema político y económico.

En una cleptocracia los mecanismos del gobierno de un estado se dedican casi enteramente a gravar los recursos y a la población del país (por medio de impuesto, no retribuibles a ellos; desvíos de fondos, etc). Los dirigentes del sistema, amasan grandes fortunas personales, en especial el presidente o el mayor cargo de jefe de estado, junto a los más allegados como los ministros y asesores personales. En la cleptocracia el dinero es lavado o se desvía a cuentas bancarias secretas, por lo general en paraísos fiscales, como encubrimiento del robo.

La cleptocracia se da generalmente en dictaduras o una cierta forma de gobiernos autocráticos, puesto que en la democracia se hace más difícil encubrirla, aunque ha habido casos de gobiernos en apariencia democráticos que han sido considerados cleptócratas, como los de varios países de América Latina.

Las economías de los regímenes cleptocráticos tienden a decaer constantemente, pues la corrupción sistemática engendrada por el gobierno significa que la economía está subordinada a los intereses de los cleptócratas. Además las economías basadas en la extracción de materias primas (ejemplo, los minerales y el petróleo) pueden ser particularmente propensas a ser cleptócratas.

Es de hacer notar que la ideología o supuesta ideología, tiene poco que ver para ser cleptócrata, así se puede mencionar a socialistas como Milosevic, o capitalistas como Suharto, ambos calificados como cleptócratas.

Fuente: Transparencia Internacional (2006). Argentina junto a Bolivia, Paraguay, Ecuador y Venezuela en Sudamérica. Por suerte todavía no llegamos -o no nos enteramos- al grupito en el que están Afganistán, Birmania, Sudán, Somalía, Guinea y Haití.


PLUTOCRACIA.

Una plutocracia (πλουτοκρατία, del griego ploutos -riqueza- y cracia -gobierno-) es un sistema de gobierno en el que existen influencias desequilibradas en la toma de decisiones a favor de los que ostentan las fuentes de riqueza.

Suele incluirse como un tipo de oligarquía en su visión clásica promovida por las experiencias en algunas ciudades griegas y ciudades-estados de Italia medieval (Génova, Venecia y Florencia). No hay que confundir la plutocracia con sistemas donde el ejercicio de la ciudadanía está vinculado a una riqueza mínima, correspondiendo en hecho a un supuesto interés para la colectividad, por ejemplo, los sufragios censitarios que exigen una contribución mínima a las finanzas públicas (censo). Estos sistemas no son plutocráticos, porque las contribuciones no pasan a fomentar un partido.

La democracia moderna puede ser también vista como una farsa deshonesta empleada para evitar la agitación de las masas frente a los abusos de poder o incluso como hostigadora de dicha agitación en beneficio propio. Asimismo puede animar a los candidatos a realizar clientelismo político, ofreciéndoles, por ejemplo, leyes favorables si resultan elegidos.

El control de los medios de comunicación por parte de unos pocos puede llevar a una distorsión más específica del proceso electoral, de modo que los medios son un elemento vital en unas elecciones. Ciertos grupos sostienen que la crítica a la situación del momento o a una agenda concreta tiende a ser ocultada a través de grupos mediáticos para así proteger sus propios intereses. Los partidarios contestan que la cobertura mediática en las democracias simplemente refleja las preferencias del público, y no supone censura.

Los marxistas, socialistas y anarquistas sostienen que las democracias liberales son parte integrante del sistema capitalista, además de que se basan en la división en clases sociales y no son plenamente democráticas o participativas. Es una democracia burguesa donde sólo los más poderosos mandan. A causa de esto es vista como un sistema desigual que funciona de modo que facilita la explotación económica.

Por el contrario, para Pareto la plutocracia dominante no es tanto el gobierno de los hombres de negocios como el gobierno de los políticos expoliadores que apelan al poder público para su beneficio personal. Si la minoría dominante en realidad es un conjunto de grupos cuyos intereses por momentos divergen, la competencia política puede en ciertas circunstancias inducir a los líderes a buscar el apoyo de la mayoría promoviendo los intereses de ésta.


CLIENTELISMO POLÍTICO.

El clientelismo político es un sistema extraoficial de intercambio de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones, obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral.

En un sistema de clientelismo, el poder sobre las decisiones del aparato administrativo del Estado se utiliza para obtener beneficio privado; el patrón –sea directamente un funcionario él mismo, u otra persona dotada de suficiente poder como para influir sobre los funcionarios- toma decisiones que favorecen a sus clientes, y que éstos compensan con la perpetuación en el poder del funcionario implicado o de su entorno. La relación puede fortalecerse mediante la amenaza de utilizar esa misma capacidad de decisión para perjudicar a quienes no colaboren con el sistema.

En general, los sistemas clientelares aparecen donde la necesidad de integrar rápidamente un elevado número de participantes a un sistema político sin tradición organizativa, lleva al desarrollo de sistemas de mediación informal entre la acción estatal y las necesidades de las comunidades.

En el clientelismo los bienes públicos no se administran según la lógica imparcial de la ley, sino que bajo una apariencia legal se utilizan discrecionalmente por los detentadores del poder político; normalmente se corresponde con figuras penadas jurídicamente como prevaricación o corrupción. Sin embargo, existen pocos incentivos para que los participantes busquen acabar con el sistema clientelar, puesto que éste se halla institucionalizado –en el sentido sociológico del término- como patrón regular de interacciones, conocido, practicado y aceptado (si bien no necesariamente aprobado) por los actores.

La relación de los clientes con el patrón no se apoya únicamente en su interés por los favores que pueden recibir a cambio de su adhesión, sino que está basada en la concepción que éstos se forman a partir de su experiencia del funcionamiento del poder, y en las expectativas que así desarrollan. El elemento material y puntual de intercambio del clientelismo tiene así un efecto persistente sobre las expectativas sociales y políticas de los participantes; si bien la relación entre cliente y patrón se inicia a través de un "favor fundacional", mediante el cual el patrón –posiblemente a través de un puntero o mediador- brinda una prestación al cliente, no es éste el factor más importante en la constitución del sistema, sino el conjunto de creencias, presunciones, estilos, habilidades, repertorios y hábitos que la experiencia repetida, directa e indirecta de estas relaciones provoca en los clientes.

Cada participante del campo clientelar tiene objetivos propios. Los clientes buscan respuestas a sus necesidades básicas inmediatas, los mediadores pueden motivarse por diferentes cuestiones –desde adscripción partidaria o ideológica hasta el mantenimiento de un empleo estatal-, y patrones buscan a su vez acumulación política, como objetivo estratégico, y acumulación electoral, como objetivo coyuntural.

La acumulación política incluye tanto la búsqueda de adhesiones que legitimen su rol de dirigentes políticos como la construcción de aparatos que otorguen la posibilidad de acrecentar su poder político. El patrón no obtiene recursos económicos de la red, sino que amplía su base de sustentación para mantener su carrera. Esa acumulación debe concretarse, hacerse visible, en un momento concreto: los comicios, cuando el poderío del patrón debe ratificarse.

Patrón y mediadores no aportan privadamente los recursos que sustentan los intercambios, sino que los toman del ámbito estatal; generalmente, patrón y mediadores también están allí insertos. Las prestaciones sociales –en particular aquéllas que no están disponibles universalmente, como planes diferenciales de subsidios o becas- son los recursos generalmente considerados como medios típicos de la redistribución clientelar.

Los patrones suelen ser gobernantes o legisladores; los mediadores, parte de la plantilla de ministerios, municipios o legislaturas (ver nepotismo). Esa es otra característica propia del clientelismo: se ejerce a partir de la estructura burocrática o del aparato público estatal. Del Estado provienen por lo general los recursos que aceitan los intercambios clientelares, y es también el ámbito de actuación de patrones y mediadores; el clientelismo moderno tiene su base en él, constituyéndose en una variante de privatización de lo público.


NEPOTISMO.

El nepotismo es la preferencia que algunos gobernantes o funcionarios públicos tienen para dar gracias o empleos públicos a familiares. En países donde se practica la meritocracia su uso es generalmente negativo y se considera corrupción, mientras que en países más pequeños y donde las relaciones personales son más estrechas es un factor clave para la designación de cargos de confianza. Un ejemplo de nepotismo sería que el encargado de recursos humanos (contratador) en una empresa o incluso el empresario, contratara a su pariente en lugar de alguien más calificado sólo por el hecho ser familia.

POPULISMO.

El populismo no aboga por ideologías precisas o por la concientización y el debate o consenso de tesis políticas o económicas claras sino que aboga por los sentimientos de aceptación masiva de un grupo en el poder y de una ideologización superficial pero intensiva. Por lo cual el populismo no es de "izquierda" o de "derecha" (si es que tal cosa puede ser diferenciable), puesto que es una práctica del grupo en el poder y no un movimiento ideológico propiamente dicho.

lunes, 14 de julio de 2008

Teórico del gasto público

Jorge Ávila en su página www.jorgeavilaopina.com consignó un cuadro muy sugestivo, que grafica la evolución del Gasto Público Primario Consolidado (es decir, el gasto de Nación + Provincias + Municipios, antes de pagar deuda) como porcentaje del PBI, entre 1961 y 2008. No hace falta detenerse a explicar demasiado al respecto:


Desde 2005, el gasto público primario promedia el 32% del PBI. En cambio, el ponderado del resto de la serie (promedio histórico 1961-2005) se sitúa en el 23,6%. Esa feroz estampida culminaría en los U$ 100.000 millones en 2008, el gasto más alto verificado al menos desde 1980.

Resulta trascendente resaltar las ocasiones en que el gasto público ha superado la barrera del 24% del PBI: En 1974 superó el 28% y fue seguido por el "rodrigazo"; en 1980 se acercó al 26% y sucedió la publicización de la deuda privada o "cavallazo", en 1987 llegó al 24% y siguió la hiperinflación; en 1994 superó el 24% y hubo situación recesiva; en 2001 superó el 25% y siguió el default, la devaluación y el corralito.


Gasto público consolidado.

Evolución reciente (2001-2007):

2001: $ 95.959 m
2002: $ 91.711 m -4,44%
2003: $ 110.819 m +15,47%
2004: $ 129.381 m +34,82%
2005: $ 168.796 m +75,89%
2006: $ 211.602 m +120,49%
2007: $ 248.000 m +158,42%
2008: $ 290.000 m +202,21%

PBI
(en millones de dólares)

1998: 288.195
1999: 279.215
2000: 276.089
2001: 263.916
2002: 97.865
2003: 127.297
2004: 152.001
2005: 181.487
2006: 212.480
2007: 256.951
[Fuente: Clarín]

De estos someros datos, lo primero que se viene a la mente es si en verdad estamos viviendo el momento más maravilloso de la Argentina en los últimos cien años, tal como se pregona desde las más altas esferas oficiales, y si el alabado crecimiento sostenido del "modelo" es tal, o si se sigue tratando del menos encomiable "efecto rebote".

Evolución del PBI 1993-2007 (pico en 3º Trimestre de 1998)

Veamos, también, el tema de la evolución del PBI per cápita (en U$):

1960: 5.026
1968: 5.943
1970: 6.599
1974: 7.145
1978: 6.873
1982: 6.605
1985: 6.238
1989: 5.912
1994: 7.298
1998: 7.983

2000: 7.485
2001: 7.079
2007: 6.538

O sea, que a la fecha el PBI per cápita argentino es el mismo de 1970, lo que implica que en 38 años el desarrollo de la economía no ha superado el crecimiento vegetativo de la población (que asimismo ha ido en disminución década a década).

Ni hablemos de la devaluación del dólar. De que el dólar de ahora no es el dólar de antes, y todas esas yerbas. A ese PBI per cápita, aplíquele ahora usted la merma que se produce por el gasto público, es decir, cuánto retiene el Estado de su renta (todo muy macro, todo promedio, claro, pero es al sólo efecto visual). Redondeemos en un 24% de detracción en 1998 y un 31% en 2007. Así, el PBI per cápita de 1998, detraída la captura de la renta efectuada por el sector público (gasto público) arroja un resultado de U$ 6.067; en tanto que en 2007 esa misma operación concluye en U$ 4.511.

Respecto del aumento del gasto público José Marcos Bulacio (Causas del Crecimiento del Gasto Público, Universidad Nacional de Tucumán, 2002), señala entre otros factores, por su especial relevancia, el efecto burocracia, en los siguientes términos:

Quienes sostienen esta teoría presentan a la burocracia como un factor de poder dentro del gobierno que busca maximizar la porción de presupuesto que administra. Esta conducta tiene paralelo con la de una firma que opera en los mercados tratando de maximizar su tamaño porque con ello aumenta sus beneficios. En la visión de Niskanen el objetivo de la burocracia al maximizar el presupuesto a su cargo es mejorar su sueldo, las prerrogativas de su cargo, imagen ante la opinión pública y poder. Cuando más grande es el departamento o agencia gubernamental que cada uno maneja mejoran las perspectivas de promoción dentro del escalafón del gobierno. Por ello los funcionarios compiten entre ellos por la distribución de los fondos. Otro factor que genera un aumento del gasto en personal es el estímulo a la creación de más puestos de trabajo en un contexto de alta desocupación. Ello beneficia a los allegados directos a la burocracia dominante que administra las políticas del gobierno, particularmente cuando no existe una administración de personal independiente y con reglas estrictas para el ingreso al servicio público.

Quino y la burocracia.

Evidentemente, William Niskanen, al escribir su Burocracia y Gobierno Representativo en Chicago y en 1971, no podía prever algunas desviaciones a los mismos abusos burocráticos que se han hecho patentes en los últimos años, mediante el uso y abuso de planes sociales en lugar de la promoción del empleo (el "estímulo a la creación de fuentes de trabajo" para bajar los números del desempleo), los sobreprecios en los contratos de obra pública, las obras que se inician y se suspenden luego del pago de los anticipos (que son cada vez más altos), la pauta publicitaria oficial, los aportes directos no reintegrables a organizaciones sociales, etc., etc.

En el mismo sentido se ha pronunciado, también en 2002, otro teórico del gasto público, Néstor Kirchner, en una disertación realizada en la provincia de Santa Fe:

Pero ahora qué pasa. A ustedes les están yendo (sic) 500 millones de dólares de Santa Fe para bancar la burocracia nacional. Lo mismo nos está pasando a nosotros allá [en Santa Cruz]. Entonces por qué tenemos que seguir nosotros soportando la burocracia del Estado nacional ineficiente que no llega a ningún lugar del país.

Contundente e inapelable. Claro que en ese momento el teórico mencionado disertaba con un grupo de productores agrarios, a los que se pedía su apoyo electoral y a los que se necesitaba para que mediante su actividad la Argentina mejorara su performance exportadora e ingresaran dólares frescos que pudieran sostener la emisión de pesos devaluados. Con el transcurso de los años, y en forma paralela al crecimiento del gasto público y de los subsidios establecidos para mantener los precios internos (sobre todo al transporte y a la energía, que sostiene su nivel de provisión mediante la importación creciente de hidrocarburos, los que a su vez han subido mucho en el mercado internacional, lo que lleva a que se subsidie 9 de cada 10 partes de las tarifas de gas y eléctrica), se ha descorrido el velo respecto de la verdadera naturaleza oligárquica y golpista de los productores rurales a los que antes se seducía.

También en ese mismo proceso de esclarecimiento de la verdadera naturaleza de los electores (lógica macabra que implica que el gobernante no defrauda al pueblo, sino que el pueblo lo defrauda a él), los impuestos extraordinarios que en 2002 eran criticados por el teórico del gasto público, y que se situaban, según sus dichos, en U$ 500 millones anuales, han pasado a representar a la fecha (5 años luego) U$ 9.000 millones, o sea, un promedio de U$ 1.800 millones anuales. En ese mismo período, han vuelto a Santa Fe en ATN y otras dadivosas contribuciones graciosas del todopoderoso Estado Nacional, U$ 1.000 millones, a razón de U$ 200 millones anuales. El once por ciento (11%).

El resto dónde se habrá quedado, cabe preguntarse, siendo que hasta 2002 no existían retenciones y el Estado nacional se financiaba sustancialmente con IVA y Ganancias. Si volvemos a abrevar en las preclaras fuentes del teórico del gasto público, seguramente se habrán escurrido por las profundas grietas de la burocracia del Estado nacional ineficiente...

Y es allí donde uno empieza a preocuparse. Si el gasto público primario consolidado ha pasado de un 23% en promedio a un 32%, y no se ha verificado un desarrollo exponencial y marcado de la obra pública (de hecho, casi toda la infraestructura pública sigue siendo producto de inversiones realizadas en la década pasada), ni han bajado los indicadores de pobreza (sino que más bien han subido y mucho, al paso de la inflación), ¿cuánto más estará necesitando el Estado nacional para hacer la obra pública que no hizo y para redistribuir lo que ya distribuyó al revés?

Para finalizar, nada mejor que recordar otras palabras más recientes (2008) de nuestro teórico:

Va a haber problemas serios para todos los argentinos y ustedes lo tienen que tener absolutamente claro. Si no fortalecemos un modelo industrial, con la producción y demás, pero un modelo que genere trabajo con valor agregado. Si no hacemos una reconversión productiva donde crezca el trigo, el maíz y lo lácteo (sic), es muy importante, y nosotros consumimos solamente el 5% de soja acá en la Argentina, y no generamos que esos ingresos puedan ayudar globalmente a subsidiar y ayudar en la mesa de los argentinos, evidentemente vamos a pasar situaciones muy difíciles.

Así, nos quedó todo absolutamente claro: Lo único que restaría explicar es, ya que nos vamos hacia "un modelo industrial", y todo eso, es si en el patio de las fábricas van a plantar maíz, trigo, y "lo lácteo".

Tampoco quedó del todo esclarecido el asunto redistributivo: ¿Para qué se va "a subsidiar" la mesa de los argentinos, si con estas políticas tan meditadas y razonables los precios no van a subir?

*********

Aunque no tenga nada que ver, no sé por qué ahora me acuerdo de las Canciones de Hinchadas de Peter Capusoto y sus videos, que con una música comercial cualquiera preestablecida, se cambiaba la letra teniendo en cuenta la utilización de una serie de palabras y frases clave.

http://www.youtube.com/watch?v=413N52qd6bE&feature=related

Una serie de frases aplicables al caso sería:

Modelo industrial
Producción y demás
Trabajo
Valor agregado
Reconversión productiva
Trigo
Maíz
Lácteo
5% de soja
La mesa de los argentinos

¿Te animás a armar tu propio discurso?

Al combate por las ideas y en defensa de la mesa de los argentinos.

Un ejemplo:

El otro día la vi a Karina Jellinek vestida de overol. Me pareció una modelo industrial. Le pregunté por las publicidades que ella hace, las fotos, la producción y demás. Me dijo que estaba cobrando en negro, porque al no tener contador le costaba trabajo liquidar el valor agregado. Le dije entonces: "lo que pasa es que vos tenés que hacer una reconversión productiva. Buscarte un manager, un agente, alguien que se ocupe de esas cosas". Me respondió que buscar a alguien de confianza no era muy sencillo. Que los garcas abundan tanto en este país como el trigo y el maíz. La invité a tomar un licuado en un bar lácteo, o una Ades con un 5% de soja, pero gentilmente me rechazó, arguyendo que en una horita tenía que estar en Bailando por un Sueño, para hacerle compañía a la mesa de los argentinos.


martes, 8 de julio de 2008

Has recorrido un largo camino, muchacho

Ganar tiempo.

Y los corrieron por izquierda, nomás.

Tanto provocar al destino finalmente hace que el destino se presente. Como la vida es una excepción, una negación resuelta al principio de la muerte, que rige con mayor relevancia en el resto del universo. Entonces la vida introduce algunos elementos que para todo el funcionamiento del mundo resultan irrelevantes. El más trascendente es el tiempo. En efecto, la vida es tiempo, y el tiempo es una dimensión sólo concebible en función de ésta. No es posible, en el resto de los aspectos abordados por la física, encontrar en el tiempo alguna singularidad diversa del espacio. Menos en lo referente a la vida. La vida es tiempo que se le gana a la muerte, que es el principio general.

El desafío será entonces saber ganar tiempo (la actual posición, muy cercana a las utopías de Condorcet, que suponía que el progreso de la ciencia podía dar al hombre la eternidad) o saber aprovechar el tiempo (conforme con las cosmovisiones tradicionales, que alentaban la intensidad de la aventura frente al “buen pasar” moderno).

Nicolás Condorcet.

Lo cierto es que el destino tiene una sola cara cierta, y esa cara es la muerte. Para los pueblos que creían que el destino estaba escrito desde siempre, lo único que quedaba claro era el desenlace. El destino, entonces, guarda el único interés de la forma: cuándo y cómo. Pero queda claro el qué, porque es inexorable.

El destino del kirchnerismo está escrito desde un comienzo, y señala que va a terminar siendo corrido por izquierda. Entonces el conglomerado multicolor que se aglutina alrededor de las dos preclaras personas que rigen los destinos de todos los argentinos, tiene por desafío postergar ese inevitable desenlace. Es decir, el módico objetivo de ganar tiempo.



Como toro en el chiquero.

Como todo gobierno cuyos principios fundamentales son la oportunidad y la astucia, éste se desenvuelve en el vaivén de las circunstancias de formas contradictorias. Contra los preceptos maoístas, diríamos que en lugar de “como pez en el agua”, el kirchnerismo se debate contra la realidad como toro en el chiquero, con los pies hundidos en el barro y dando cornadas.

Así las cosas, en el pragmatismo de la corporación política la lectura que se hizo es que la mediocracia y la progresía locales habían tejido alrededor de las posibilidades de gestión dos mallas electrificadas que no sólo no podían ser franqueadas, sino que ni siquiera aceptaban que se las tocara: los derechos humanos (en su discutible versión vernácula) y ciertas concepciones industrialistas, matizadas de estatismo nostalgioso.

Con base en esa lectura, sabiamente el kirchnerismo edificó su “modelo”, y los protagonistas se construyeron de nuevo, desde cero, aprovechando el desconocimiento generalizado de la población hacia las pintorescas figuras que emergían del sur más remoto. Como los hiperbóreos de los griegos, pero al revés: estos hiperaustros aprovecharon el handicap invalorable en la actual decadencia política, y se presentaron en sociedad con nueva piel y nuevo rostro.

Cierto que no podían resistir un archivo. Pero quién podía, luego de que hasta el socialdemócrata más rancio en los ’90 empezaba el discurso de su propuesta diciendo que “la Convertibilidad no se toca”. Pero sobre todo, nadie quería ni mirar los archivos. La complacencia del argentino, su esperanza desaforada y ciega, otorga siempre cheques en blanco. Un pueblo que sabe ser tan crítico e incisivo, cuyos programas de TV versan casi todos en la crítica de otros programas de TV, se comporta como un dócil perro faldero justamente con el nuevo amo y como un doberman enloquecido con el amo viejo. Es claro, para enloquecer se debe comer varios palazos y maltratos, pero a la larga, siempre muerde.


La culpabilidad colectiva y el ilustre desconocido.

Los aciertos del gobierno entrante en 2003 en materia de construcción de poder son innegables: De una buena lectura de la contingencia, se desprendieron dos conclusiones preliminares. La primera, que la sociedad estaba aterrorizada con la perspectiva de la anarquía, y eso la colocaba en bandeja al servicio del amo que llegara, más propensa a aceptar al déspota que al demócrata, con tal de que consolidara la autoridad en crisis.

La segunda, que el desconocimiento del recién llegado otorgaba un largo tiempo de complacencia, un crédito abierto. Entonces, a la primera característica contingente se respondió con arrebatos de cólera dirigidos a sectores debilitados y desprestigiados, sin mayor riesgo y, por el contrario, con una enorme potencialidad para capitalizar el “arrojo y valentía, la determinación y el coraje”, políticamente.

Respecto de la segunda característica contingente, el gobierno debutante mudó sus ajados ropajes y se puso la brillante capa de la “nueva política”. No es que nadie conociera ya el pasado iniciado en abrupto enriquecimiento usurario sustentado en la circular 1050 del Proceso (ahora transformado en lo discursivo en “dictadura genocida”, pero antaño colmado de genuflexiones y conspicua convivencia en la militarizada región austral), seguido por invariables cargos públicos que habían acrecentado notablemente ese patrimonio inicial.

No es que nadie conociera el abrupto “acrecimiento preventivo” del patrimonio al ingresar en la primera magistratura, que pasó de $ 1,8 millones a $ 7 millones en la declaración jurada ante la OA. No es que nadie conociera su pasado verticalista voceando “Isabel conducción, lo demás es traición” en un acto del crapulosamente olvidado Luder, en los albores de la democracia (situación que después se revertiría, promoviendo desde la secretaría comandada por el “Duhalde bueno” una miserable persecución judicial sobre la antigua referente). No es que nadie conociera su papel en la privatización de YPF, o la desaparición forzada de los billonarios fondos provinciales. No es que nadie conociera las manipulaciones de la justicia local, la insólita composición de su legislatura, etc., etc.

Todos conocían esos datos. Eran de dominio público y fueron bastante difundidos. Lo que pasaba es que a nadie le importaba. La ficción colectiva, el espejismo, es producto de una encantación mayor. Es producto de un sobreentendido que permea a todas las capas de la “respetable audiencia”. En el teatro todos vemos el escenario, todos sabemos que los actores representan un papel, pero elegimos creernos la trama como si fuera real. Lo mismo pasa con los actos de los ilusionistas.

Ese encantamiento colectivo parte de una culpa entendida también como colectiva, por un fracaso tan mayúsculo que provoca inconscientemente el ansia de castigo. Una suerte de resurgir, en medio de la decadencia, de una especie de regresión totémica. Si nos hemos portado mal, debemos ser castigados. Y el castigo tenía ahora encarnadura, en un rostro severo, en una mirada desconcertante.


Si la sociedad hubiera leído a Freund, sobre todo cuando dice:

“¿Puede afirmarse que la sociedad política es responsable de sus desgracias por haber elegido mal a sus dirigentes o por haberles tolerado exacciones inhumanas? De hecho, una consulta electoral, por ejemplo, no es una decisión en el sentido propio del término, sino que indica solamente, por el juego de la mayoría y de la minoría, que un hombre o un partido aparecen como los más aptos para desempeñar la tarea correspondiente a las exigencias del bien común. La mayoría puede equivocarse, y toda la colectividad sufrirá las consecuencias del error. ¿Se trata igualmente de una responsabilidad colectiva, en el sentido de culpabilidad colectiva? ¿El error de apreciación es susceptible de ser asimilado conceptualmente a una falta? Donde hay organización, hay también reglas de juego. Sería irrazonable identificar el error de juzgamiento del electorado en la aplicación de una regla, a una falta moral. No es el cuerpo electoral quien fija los objetivos ni quien decide. Se limita a brindar su confianza a tal o cual formación política, que pueden no estar a la altura de su misión. La responsabilidad entendida como culpabilidad colectiva escamotea simplemente la existencia del gobierno que tiene a cargo la acción política, y lo trata como una entidad despreciable o una institución puramente formal, es decir, reduce a la asociación política al rango de cualquier otra”.

Sin embargo, en nuestros intelectualmente humildes pagos, donde abundan los intelectuales, pero donde poquísimos están a la altura de los tiempos, y muchos se han quedado en Sartre y su responsabilidad individual por los destinos de la humanidad, se ha negado toda atribución de responsabilidad ante el desgobierno de la Alianza. Ese hato de irresponsables que creyó que gobernar era como vender una marca a través de publicidad. Ese hato de pequeños hombres mezquinos que renunciaron a sus responsabilidades, que huyeron cuando la historia comenzó a complicarse para salvar sus inservibles molleras.

Bueno, lo cierto es que la sociedad absorbió toda la culpa ante la inimputabilidad de un gobierno definitivamente incapaz. Y esa conciencia colectiva culposa sirvió para que toda la sociedad disfrutara masoquista de cada corruptela evidente, del nombramiento de funcionarios insólitamente sospechables: que la esposa del ministro cajero va a controlarlo, que el primo del presidente hará obra pública, que la hermana del presidente distribuirá subsidios, que el compinche de juerga del presidente también distribuirá subsidios… Todo estaba permitido en el masoquismo culposo. Y Kirchner, que es muy vivo para eso, no perdía oportunidad de acicatear la culpa colectiva, desde el púlpito pastoral del Salón Blanco, recordándonos que festejamos los goles de Kempes en el ’78, que aplaudimos cuando recuperamos las islas en el ’82, que vivimos felices en el 1 a 1 y votamos con el voto cuota en los ’90, etc., etc.

Así, mal que bien, se fueron cuatro años y medio, aunque la sociedad, ya al final, considerando que ya estaba purgada su culpa con los flagelos monacales, empezó a recordar que la legitimidad del régimen fue la más baja de la historia de la Argentina, que tenía arrebatos antidemocráticos, que no hubo gestión en absoluto, que se comieron el presupuesto en futilidades y sobreprecios mientras la inversión caía y caía, que había vuelto a asomar el fantasma de la inflación, que…

Y entonces se decidió la suplantación por la señora esposa. Y el modelo del “ilustre desconocido” volvió a repetirse. Esta vez venía la señora de la verba florida, de los neologismos a flor de labio, a construir el relato, a articular las políticas, a coherentizar, a profundizar el cambio y avanzar en lo institucional, a insertarnos en el mundo con el distingo incontrastable de tanto trajecito de confección y cartera italiana y joyería rutilante. El resto de la historia es bien conocida, y más lamentable todavía.


El industrialismo humanista.

Pero volvamos al principio. A las dos imposiciones matriciales de la progresía y los mass media: los derechos humanos y el “industrialismo” con estatismo nostalgioso.

En realidad, el “industrialismo” había comenzado con el compañero Duhalde, piloto de tsunamis que aceptó subirse al barco de hierro macizo que le propició Techint a través de la UIA y los colosos sesentistas del Plan Fénix, sólo para diferenciarse del riojano que lo había postergado por dos veces.

El industrialismo fue la salida elegante al endémico déficit fiscal y para evitar –otra vez- el ajuste en el gasto público y las reformas estructurales: fiscales, burocráticas, de seguridad, de capacitación laboral, etc., etc. Entonces todos los empleados del Estado (que son muchos) se comieron casi felices un recorte salarial del 70% cuando año y medio antes habían salido indignados a protestar porque Machinea les ajustó el 13%. Como bien decía Cavallo, el argentino es un tipo culturalmente dispuesto a la inflación. Cuando se le sacó la herramienta cambiaria como panacea para todos los males de la economía, no fue capaz de generar una sola idea creativa para crecer, salvo, claramente, en el área vitivinícola, que se tecnologizó y es la única que crece genuinamente y de cara al mundo, prestigiando año a año la “marca país” que en lo demás, con suerte, es sólo un espejismo.

En cuanto al estatismo melancólico, el kirchnerismo rápidamente supo hacer bandera. Le sacó el Correo a Macri justo cuando empezaba a ser una carga demasiado pesada. La excusa fue que no pagaba los $ 57 millones anuales de canon. Entonces, de la mano del progresista Di Cola, en un tiempito, el nuevo Correo estatal pasó a demandar otros $ 50 millones en aportes del Tesoro para funcionar. Total: un déficit de más de $ 100 millones. La función electoral del Correo gubernamental, por otra parte, quedó bien de manifiesto en octubre de 2007.

También creó la pomposa Enarsa, otro ente confuso que no explotaba ningún tipo de hidrocarburo pero que generaba convenios con la bolivariana republiqueta y rentaba aviones para que bolivarianos amigos vinieran a hacer turismo de 6 horas a Buenos Aires, pero con valijas como para quedarse toda una vida… Y también creó Lafsa, una entelequia sin aviones pero también con importante presupuesto para llevar a través de SW también gordas valijas, esta vez a Barajas…

Con todas esas “joyas de la abuela” recuperadas, la culpabilidad colectiva se atenuó. Podíamos seguir usando teléfonos que anduvieran y autopistas con peaje porque ya estaba el Estado en posesión de las añoradas empresas de cartón pintado.

También se estatizaron los riesgos empresarios de amplios sectores de la “burguesía nacional”. Así, empresarios de categoría “incobrables” en el Banco Nación pudieron acceder a créditos de $ 700 millones para producir material ferroviario que el Estado luego les pagaría a los precios que ellos establecieran. Toda la actividad ferroviaria (otro sentimiento nacional invadido de culpa) empezó a funcionar a base de subsidios cada vez más cuantiosos. En el caso del FC Belgrano Cargas el Estado pagaba toda la operación; en el caso de las ferroviarias de la región metropolitana, el Estado volcaba $ 2.000 millones anuales que nunca más se vieron, ni se olieron… Lo único que ven y huelen los usuarios son las pestilentes e inhumanas condiciones en que viajan.

Y todo el discurso de izquierda, la gran impostura para conjurar la culpabilidad colectiva, fustigada agudamente por los medios, que no paraban de acusar a cada hijo de esta patria de entreguista al neoliberalismo, fue consolidándose como mascarada para toda esa sucesión de conductas poco transparentes.

Así las víctimas de los sangrientos ‘70 fueron muchas veces resarcidas (sí, ya sé, el sufrimiento no halla reparación posible, pero a un trabajador que se murió de cáncer por haber llenado de asbesto sus pulmones por 20 años lo arreglaron por $ 80.000 y las víctimas de la delincuencia que crece al amparo de la ineficiencia y los viejos prejuicios progres no obtienen absolutamente nada… ni siquiera que la seguridad mejore). Así a cada arrebato fiscalista para seguir sosteniendo el modelo “industrial” altamente subsidiado se cubrió de un manto de revolución agraria y lucha contra la oligarquía. Así alimentaron a organizaciones prebendarias para que crecieran en sus trece, generando “militantes” en lugar de trabajadores; “autoconvocados” en lugar de estudiantes, “organizaciones sociales” en lugar de sociedad organizada.

Ahora los corren por izquierda. Es que la brecha entre ricos y pobres nunca ha crecido más que en estos últimos seis años. La concentración de la riqueza es fabulosa y el modelo redistributivo es altamente regresivo: un IVA altísimo castiga sobre todo a los pobres para subsidiarle los servicios y el combustible entre otras cosas, a los ricos. La inflación galopante agrega millones de nuevos pobres y de nuevos miserables anualmente. Ya no hay trabajo que aguante. La regresión moral es terrible. Si como saldo de la transformación de los ’90 la pobreza se podía imputar al desempleo, ahora la pobreza es más estructural. La padecen los que trabajan, que cada vez están peor. Si antes la salida era generar fuentes de trabajo, ahora no hay salida. Una puerta más que se cierra en el cada vez más estrecho abanico de posibilidades de la Argentina.

Perón, sobre todo el tercer Perón, el más brillante y preclaro (el diablo sabe por viejo) y a la vez el más fustigado y defenestrado. Ése que fue acusado de gagá, de cornudo, de entornado, había visto claramente que la única posibilidad de la Argentina estaba en mirar hacia fuera, en insertarse realmente en el mundo, en ampliar los estrechos márgenes de su decrépito mercado interno.

Pero estos supuestos seguidores, al mundo lo despreciaron. Lo apartaron, para que no contamine la pequeña aldea endogámica del capitalismo de amigos, una Santa Cruz apenas ampliada. Actualmente, sin acceso al crédito, perdiendo día a día nuevos mercados, observados con recelo y compasión por los que se acuerdan de mirar el mapa más debajo de San Pablo, nos hundimos inexorablemente.

Los “cuellos de botella” con los que pretenden justificar la inflación fueron generados por el propio “modelo”. El industrial argentino, ya lo había dicho en los ’70 Mastrorilli, es vago y acomodaticio, prebendario y cobarde. No tiene en absoluto el fuego sagrado del emprendedor. Es un tipo que la que gana se la lleva afuera o se compra un campito. El riesgo empresario en todo momento debe estar absolutamente minimizado, en lo posible publicizado en el Estado. El Estado, que somos todos, es el principal cliente, el principal consumidor y el principal inversionista. El gasto público ha crecido tanto que se ha situado en el doble que en el peor momento de la década de los ’90, y ocupa en la actualidad (sólo el correspondiente al Estado Nacional) más del 45% del PBI. Con un Estado que abarca un tamaño tan grande de la torta nacional, no queda espacio, no hay oxígeno suficiente, para el crecimiento del sector privado, que entonces, a la vez cada vez más agobiado por impuestos para sostener al monstruo, se asfixia y decrece.

A Menem la izquierda le reprochó los indultos, hasta transformarse en la principal bandera contra su figura. A Kirchner la izquierda le exige mucho más. Le exige la misma tolerancia que él tuvo con sus bandas de piqueteros del conurbano, cuando los usaba de fuerza de choque para escrachar y presionar a las petroleras y otros “enemigos”. Sin ir más lejos, le exige la concesión del mismo derecho de instalar sin permiso carpas políticas en las plazas públicas. Pero también le exige, ya que está, que colectivice las tierras, que cree granjas colectivas, y si es posible, que implemente una NEP similar a la de 1922. “Ni con el gobierno burgués entreguista ni con los kulaks”. La nueva tercera posición. Un día de estos nos desayunaremos con que son el nuevo peronismo…


Es que, como ya había dicho el doctrinario socialista Radbruch, lo que el Estado de Derecho concede en beneficio de la clase dominante, por su generalidad, luego redunda en beneficio de todos los demás, incluso de sus propios adversarios.

Ayer hasta Tinelli, en medio de nalgas redondas y brillantes y de frívola algarabía, se sorprendía de la disparidad de criterios en el tratamiento del asunto éste de acampar en las plazas de Buenos Aires, y que vuelve a demostrar la estrechez de mira del gobierno. Una picardía, el "copamiento", la "toma", como en los idílicos tempranos '70, es una caja de Pandora que se abre. Como pasó con los cortes de ruta, y un superado Ministro de Justicia y Seguridad, cayendo en flagrantes contradicciones: que "si la justicia no se pronuncia tenemos las manos atadas", cuando la Unión Ferroviaria de Sobrero cortaba las vías de tren cualquier día a cualquier hora. "En caso de flagrancia, el gobierno puede actuar sin necesidad de orden judicial", un par de años después cuando los piquetes molestaban.

Ayer vimos casi al mismo tiempo una batalla campal violentísima en Plaza de Mayo, unos escraches de los chacareros hacia sus diputados en Tucumán, que a su vez emplean sus propias fuerzas de choque rentadas para protegerse. Desorden por todos lados. Caos y falta de esperanza en las instituciones.

“Has recorrido un largo camino, muchacho”, y por fin llegaste… al punto de partida.