Hojeando la revista de viajes Marcopolo en la peluquería, me encontré con un artículo sobre la zona maya de México, en el cual había una sección que hablaba de los indios lacandones.
En el paraje de Yaxchilán (Estado de Chiapas), al Sudeste de las ruinas de Palenque, se encuentra la aldea de Lacanjá, poblada por los lacandones, que forman parte de la familia maya. Los rasgos físicos son innegables. El perfil aguileño coincide milimétricamente con aquél que caracteriza los frisos y bajorrelieves realizados por sus ancestros. La pureza racial originaria persiste, al igual que gran parte del idioma primitivo, y ambos factores fueron tenidos en cuenta en el cásting realizado con población nativa para la película de Mel Gibson, Apocalypto.
La aldea de los lacandones se encuentra enclavada en la Reserva de la Biosfera Montes Azules, de 300.000 hectáreas. Hace tiempo que, según confiesan, los indígenas se han conformado con proseguir con sus primitivas actividades de caza y recolección selvática, ya que finalmente han comprendido que el desmonte no deja tierras fértiles para el cultivo, actividad que, confiesan, nos los seduce demasiado ni practican con idoneidad.
Sin embargo, a la hora de caracterizar a la selva de la que viven, prefieren atribuirle las características de serpiente, antes que las de madre, por ejemplo. Dicen que la selva es una serpiente que rodea con firmeza todo lo humano que emerja entre su musculoso cuerpo. La metáfora es válida, incluso poéticamente bella, pero no deja por ello de resultar inquietante.
Para los lacandones la selva es hija de Chaac, el dios maya de la lluvia, que aparece absolutamente todos los días, y origina abundantes torrentes, en la superficie y subterráneos. Los arroyos que surcan prolíficamente su geografía forman los Sk’inael Toljá (“montañas de agua”), que son los rápidos que se generan al golpear el agua contra las rocas.
El joven Chankayun Kin (“pájaro sol”), junto a la cascada Yatoch Kusam —que los indios atribuyen su formación al acarreo de hojas, ramas y barro por parte del río—, explica los efectos que los numerosos trabajadores sociales, las ayudas humanitarias y la proliferación de misioneros cristianos que, con la excusa de la asistencia a la pobreza, han generado en las poblaciones originales de Chiapas:
“Antes nosotros adorábamos ídolos de barro. Mi abuelo los tenía en su casa, era K’abiran, el dios sol. Ahora somos presbiterianos”.
Lo que no logró el tremendo castellano con su frenesí evangelizador, lo consiguen ahora los misioneros protestantes, en silencio y sin que ninguna de las tantas asociaciones y ONGs indigenistas levante una sola queja. Parece que la aculturación sólo es censurable si viene acompañada de alguna imposición, por más que ése fuera el rasgo cultural unánime en la época colonial, sea de parte de españoles, como de parte de ingleses, franceses, portugueses, rusos, turcos, holandeses y árabes.
El rasgo político-cultural moderno impone la supresión de las fronteras, el libre acceso de todo tipo de sistemas de colonización espiritual y cultural a las zonas en el pasado protegidas, antes por el aislamiento que por cualquier cuestión política o identitaria.
Presbiterianos fueron los pasajeros del Mayflower, que colonizaron los EE.UU. desde Inglaterra y Escocia y trajeron al nuevo mundo las ideas jacobinas. Aquéllos cuyos descendientes festejan con el pavo horneado con salsa de arándanos cada Día de Acción de Gracias.
La nueva ecuación conduce a una nueva relación de poder, que no deja por sus maneras más refinadas de ser colonial. Lo que ocurre es que hoy día ese colonialismo se emite y propaga desde un núcleo único y absolutamente etnocéntrico.
Mientras se socava la unicidad espiritual de las naciones latinoamericanas promoviendo conflictos y reivindicaciones que tienen más que ver con la arqueología que con las tolerantes y progresistas prácticas republicanas de los últimos 5 lustros, la colonización irradiada desde polos cultural y tecnológicamente preponderantes termina llevándose los espíritus para su verde páramo, y todo el discurso de “recuperaciones” y “conquistas”, de restauración de la identidad amenazada, etc., se traduce solamente en artesanías regionales, folklore for export y adquisición de tierras para la tribu.
Cerraré entonces esta breve reflexión transcribiendo las conclusiones del entrevistador de Chankayun Kin en la revista de turismo, que hablando de su tribu es de por sí más que elocuente:
“Desde que les pusieron electricidad, los lacandones perdieron su lugar de contacto y socialización. Antes se bañaban en el río y aprovechaban la ocasión para intercambiar ideas. Ahora se encierran en sus casas a ver la TV”.
Revolviendo entre cosas viejas encontré un libro infantil titulado Fábulas, editado en 1977 en Buenos Aires por Editorial Sigmar. Los textos están adaptados por Julia Daroqui, y las ilustraciones son de Raúl Stévano. Después de hojearlo con el alborozo que suele posarse sobre las cosas cubiertas por un espeso manto de tiempo, no pude evitar comprobar que una sonrisa se había dibujado en mi rostro. Ella obedecía, sin duda, a los tan diferentes criterios pedagógicos que regían 30 años atrás en este tipo de publicaciones para niños; pero también, por qué no, al abismo que se fue pronunciando entre la literatura y la tradición oral clásicas, frente a las modernas ópticas y concepciones acerca de la formación infantil.
No es mi intención formular juicio alguna ante esa constatación empírica (que eliminó de la oferta de juguetes a pistolas, revólveres y ametralladoras, aunque paralelamente incrementó hasta niveles insospechados la violencia explícita y el sadismo en los videojuegos). Sólo voy a compartir con ustedes una de esas fábulas, que pertenece al escritor romano de origen macedonio Gayo Julio Fedro (15 a.C. - 55 d.C.), y se encuentra en las páginas 56 y 57 del libro de referencia. Naturalmente, espero sus comentarios:
EL ÁGUILA, LA GATA Y LA JABALINA
Crecía en el bosque un gran árbol, fuerte, de abundante follaje, y en lo alto de su copa construyó el águila su nido. Allí cobijó a sus hijitos y los aguiluchos se sentían seguros.
El mismo árbol presentaba hacia la mitad del tronco, una cavidad, un hueco profundo, que permitió a la gata instalarse en él para tener a sus hijitos. En ese lugar se quedó a vivir con los gatitos.
Por su parte, la jabalina -una cerda salvaje- halló también refugio para su hogar al pie de aquel árbol tan generoso, y sus jabatos crecían felices bajo su protección.
Durante un tiempo las tres familias vivieron dichosas, cada una en su casa, ocupándose las tres mamás de alimentar a sus crías. Pero la ambiciosa gata trajo la discordia. Todo sucedió así:
Un día trepó por el tronco hasta el hogar del águila y le dijo:
-Ten cuidado, ¿sabes? Me he enterado (de) que la jabalina nos quiere mal. ¿No la ves cómo se pasa el día cavando al pie del árbol? Pues lo que quiere es derribarlo, y cuando lo consiga devorará a tus hijos y a los míos.
El águila se sintió aterrorizada y extendió sus alas enormes para cubrir a los aguiluchos.
-Mientras yo esté aquí -respondió- que no se le ocurra a esa maligna cerda acercarse, porque la destrozaré a picotazos.
La gata sonrió para sus adentros, y ni lerda ni perezosa, bajó a la casa de la jabalina.
-¿A que no imaginas a qué vengo? -le dijo-. Pues nada menos que a avisarte que tengas cuidado con el águila. Es mala y poderosa. Todo cuanto espera es que tú salgas de tu refugio para poder robarte a los pobres jabatos y comérselos. ¡Ten cuidado!
-Pues ya puede esperar -respondió la jabalina muy asustada-. No dejaré mi casa, ni solos a mis hijitos.
Así, una vez que consiguió atemorizar a las dos familias, la gata se divirtió enormemente observando que ni el águila ni la jabalina se movían de sus refugios.
Las dos tenían miedo. Se odiaban y temían, y a causa de ello, dejaron de traer alimentos para sus crías.
Aguiluchos y jabatos se fueron poniendo flaquitos, flaquitos, hasta que al fin murieron de hambre.
Al poco tiempo, también el águila y la jabalina se murieron. Entonces la astuta gata quedó dueña del campo y ella y sus gatitos comieron hasta hartarse.
Moraleja: Dar oído a las habladurías es labrar nuestro propio mal.
El sociólogo francés Émile Durkheim, cuyo aniversario de natalicio se cumpliera ayer (15 de abril de 1858-15 de noviembre de 1917), fue considerado por unos cuantos, no sólo el padre de la Sociología moderna, sino el padre del funcionalismo dentro de esa disciplina. Ello así, a partir de la lectura que se hace de una de sus obras fundamentales, El Suicidio, en lo concerniente a la necesidad que tiene toda sociedad de contar con elementos antisociales, y sobre todo, con un volumen funcional de conductas contrarias al consenso social.
La precisión acerca de qué es una sociedad de consenso no es muy clara. Es sabido que el entorno legal presenta, en toda sociedad y en todo tiempo, un nivel de coincidencia con el consenso social bastante alto, pero nunca completo. Es así como las normas evolucionan (o mejor dicho, mutan con el tiempo), en general, varios años luego de que se verifiquen los cambios sociales.
Max Weber situaba ese consenso en el concepto de Einverständnis, es decir, que la sociedad funciona en virtud de un cúmulo de sobreentendidos que cada individuo se forma respecto de las actitudes y procederes naturalmente esperables de sus semejantes. Cuando alguien se sale de la línea, se pasa de rosca, opera sobre sus semejantes de una manera no social (usualmente considerada ilógica, o injusta, o cruel, o demente), se quiebra esa mínima relación de confianza a priori que los individuos establecen entre sí como tibios lazos funcionales, y nos encontramos en presencia del fenómeno del delito.
Es decir, la explicación sociológica weberiana del fenómeno delictual se sitúa un paso antes que la previsión jurídico penal. El Derecho objetivo vendría a respaldar con su accionar punitivo el tramado de relaciones sociales nacidas de ese común sobreentendido sobre cuestiones básicas y elementales de la convivencia.
Es así cómo, las numerosas lagunas penales generadas por la garantía liberal de prohibición de analogía, son completadas en el ideario colectivo de una forma espontánea. Todos recuerdan que, años atrás, la figura penal de la violación protegía tan sólo a la “mujer honesta”, y que el tipo sólo se hallaba configurado por el acceso carnal. De tal forma, una parte importante de la doctrina (nunca menor de la mitad) consideraba que la fellatio forzada era un mero abuso deshonesto, similar a alguna manito desubicada aplicada furtivamente en un colectivo lleno. Sólo cuando esa conducta, abusiva o violatoria, según se la mirara, propasó por su reiteración los límites de tolerancia social, se reflejó en una modificación del Código Penal que receptó el supuesto dentro de la hipótesis de violación, a la par de eliminar la ambigua distinción entre mujer honesta y la que no lo es tanto, que lo único que conseguía era pesquisar a la víctima.
Es claro: todo esto ocurrió en 1998, cuando todavía formaba parte del sobreentendido social una equiparación cualitativa entre una cosa y la otra. Antes de que se pusiera de moda intercambiar entre adolescentes algunos favores sexuales a cambio de $ 5, o de una birra… Ciertamente, debe aclararse que este último cambio social también fue amparado por la previsión penal en su última modificación a los delitos contra la integridad/libertad sexual, al considerar que el sexo entre adolescentes, mientras ninguno de ellos sobrepasara los 21 años de edad (hay que recordar al lector que hay hoy día adolescentes de cerca de 40), ni tuviera menos de 12 de edad mínima, y siempre que mediara consentimiento, no constituía ningún caso pasible de represión penal.
Pero no nos desviemos del meollo de la cuestión. Aludimos al principio al funcionalismo de Durkheim, y de ello es de lo que hemos de hablar.
Ocurre que el sociólogo francés consideraba que el delito es intrínsecamente natural al cuerpo social, que no hay sociedad sin delito. Por lo tanto, el delito es un hecho social espontáneo y, por su permanencia y difusión sin excepciones, constituye un caso eminentemente social y no asocial, o antisocial, como se lo consideraba tradicionalmente. El asunto, a partir de esa constatación, pasa a ser una cuestión de grados (exceso: anomia; carencia: entropía).
Todo hecho social, como queda prístinamente establecido en la otra obra fundamental del autor, Las reglas del método sociológico, es funcional, es decir, sirve para algo. Cuando deja de servir para algo, desaparece, o permanece en una forma meramente ritualizada o formal. Ejemplo: La venia militar, que resulta un rito nacido del saludo de los caballeros andantes en época medieval, que levantaban la visera del yelmo para mostrar la cara y la mirada a fin de identificarse frente a un par que apareciera en su camino. Otro: El brindis que se efectúa chocando las copas, también nacido en época medieval, en medio de conspiraciones palaciegas. Como en esa época las copas eran de metal, y el veneno abundaba, los comensales las golpeaban fuertemente entre sí para que sus contenidos se mezclaran.
¿Para qué sirve el delito como hecho social? Durkheim le asigna una doble perspectiva: en primer lugar, para afirmar con la sanción general, el consenso primitivo, es decir, para cohesionar a los miembros conformes del cuerpo social, ante la presencia de una amenaza hacia su pacto de vida.
En tal sentido, esa concepción se enlaza con las características definitorias de los cuerpos sociales a través de los opuestos (mejor dicho, de los oponentes) y la amenaza o presencia de conflicto con ellos. Ya hemos citado, en un post reciente titulado 2 de abril, la concepción de Ernst Nolte acerca de la identidad de las naciones, que sigue rigurosamente la línea conceptual de Carl Schmitt y su teoría de la relación amigo-enemigo en el plano del Derecho internacional (hostis). En el caso de Durkheim, la relación germinal de la identidad y la cohesión también se da para el interior de cada sociedad, en una relación socio-delincuente, que puede ser calificada, por el término latino como inmicus (enemigo íntimo, interior).
En definitiva, Durkheim no escapa en esta percepción a la posición filosófica que en el siglo XVII sostuvieran tanto Thomas Hobbes como Baruch Spinoza, acerca de la necesidad que existía de que el estado de naturaleza, la guerra de todos contra todos, permaneciera vigente en el plano internacional, para garantizar la paz en el interior de las sociedades. Es decir, la existencia de una relación reversible entre los conceptos de hostis y de inmicus.
Ciertamente, esa reversibilidad luego fue progresivamente desapareciendo, con la introducción de elementos mercantilistas transnacionales en la evolución de Occidente. Ya al finalizar la Primera Gran Guerra, se dio en Alemania una profunda y unánime condena social hacia los especuladores internos que durante la contienda acaparaban productos y hasta las raciones de comida que repartía el Estado, especulando con la segura alza futura por escasez. Asimismo, importantes intereses norteamericanos, ingleses y franceses promovieron, por cuestiones económicas, el rearme alemán de 1935.
Todo esto Durkheim no lo pudo ver, ya que a su muerte el tablero de Europa estaba todavía en tablas, con una guerra de trincheras absolutamente estática que amenazaba con perpetuarse, y un único ganador hasta el momento: la Alemania de los Hohenzollern, que habiendo firmado por separado la paz con Rusia, se había anexionado numerosos territorios al Este, entre ellos, los tres países bálticos. Sin el polémico ingreso de los EE.UU. del presidente Woodrow Wilson en esa contienda (1917), la solución más posible era la diplomática, a través de una paz westfaliana, y no mediante una imposición unilateral y abusiva de parte de los ganadores en Versalles, que daría lugar a futuras tragedias mayores.
Lo que sí es cierto es que, mientras en las economías occidentales abiertas, de corte capitalista, se propagaba una tendencia hacia la conflictividad simultánea, interior y exterior, y el fenómeno del crecimiento delictual para la guerra (atentados contra diplomáticos extranjeros, tolerancia de abusos contra extranjeros, por ejemplo) o a propósito de ella, en el resto del mundo se estaba estableciendo una tendencia opuesta, que numerosos y talentosos analistas de la época consideraron que iba a imperar unánimemente durante todo el siglo XX en todo el mundo: la idea de la unanimidad social a través del fortalecimiento de los Estados totales, respaldados –o directamente estructurados- por los partidos únicos (v.gr., Mihail Manoilescu, El Partido único, 1937).
A esa tendencia le acompañó, en el campo comunista, un resurgimiento de los presupuestos hobbesianos de la reversibilidad, pero adoptándolos precisamente revertidos: Las naciones resultan en una ficción burguesa, y por tanto la guerra entre naciones también lo es. La única forma de guerra válida será la interior, la guerra civil, entre clases sociales, o mejor dicho, entre una vanguardia revolucionaria que intentaría guiar al proletariado en el camino de la redención y unas fuerzas de seguridad burguesas que intentarían proteger los intereses de la clase dominante. De tal manera, la paz internacional, tan publicitada por el partido bolchevique en 1918, estaría asegurada por la conflictividad interna, promocionada por el mismo partido a través de las sucesivas Internacionales.
Ahora bien, debemos aclarar que esa visión se torna sinuosa a partir de la doctrina del socialismo en un solo país, que se hace patente con el fracaso del proyecto de expansión del comunismo hacia Occidente en el período de entreguerras, y más aún, con la férrea dictadura impuesta por Josef Stalin en los años ’30 (y durante todo su reinado), y la consecuente revalorización de los componentes nacionales (burgueses) como incentivo para que el pueblo ruso hiciera suya la contienda ideológica que se desarrollara durante la Segunda Guerra Mundial. Ya para entonces, los panfletos proletarios fueron reemplazados por “La Madre Rusia te necesita”.
La posición hacia la guerra interior renace luego de finalizada la contienda, con el inicio de la Guerra Fría, y se acentúa a partir de las revalorizaciones de la IV Internacional (de la revolución permanente), con la teoría centro-periferia, que ubica al Tercer Mundo como el nuevo sujeto oprimido (y nuevo motor de la historia, en lugar del proletariado), e impulsa la guerra de guerrillas en Latinoamérica, África y Asia.
De modo tal, que la teoría de la reversibilidad sigue vigente, con sus claroscuros propios de una etapa histórica tan dinámica, pero se perpetúa pese a la caída del comunismo a partir de ciertos tópicos estratégicos rápidamente pergeñados por los EE.UU. en 1991 con la enunciación del New World Order durante la presidencia George Bush(p). A partir de entonces, toda guerra en el mundo será guerra interior, con un propósito punitivo, policial, de parte del Orden Internacional contra algunos renuentes identificados en forma individual. Las feroces guerras de agresión llevadas adelante por la OTAN contra Yugoeslavia en 1991 y contra Servia en Kosovo después, contra Irak en 1992 y otra vez contra el país mesopotámico en 2003, pero esta vez, a través de la entente anglo-norteamericana, al igual que contra Afganistán, la agresión contra El Líbano, etc., son pretextadas en cuestiones “humanitarias” y en la necesidad de establecer la democracia y asegurar los derechos de ciertas minorías internas del enemigo. Los organismos internacionales, en primer lugar la ONU, pero también el Tribunal de Justicia Internacional de La Haya, han acompañado todas esas acciones, convalidándolas ex post y criminalizando tan sólo los actos de los vencidos pero ya no, como en el Juicio de Núremberg, a la guerra de agresión en sí misma, como “el más atroz de los delitos”, padre de todas las calamidades subsecuentes de la guerra (véase el estupendo libro de Danilo Zolo, La justicia de los vencedores, Ed. Trotta, Madrid, 2007).
En definitiva, la paz internacional se encuentra garantizada con estas expediciones de caza, de carácter policial, al interior de los Estados considerados criminales. De tal forma, la posición de la reversibilidad del conflicto intra-extra social, conserva, luego de un siglo turbulento desde su íntegra formulación durkheiminiana, su más pura validez.
La segunda utilidad que Durkheim le encuentra al delito como hecho social funcional, es su carácter innovador. En efecto, una sociedad sin delito es una sociedad anquilosada, en camino de la entropía (no olvidemos la influencia que la segunda ley de la Termodinámica tuvo en la estructura del planteamiento finisecular de nuestro sociólogo). Esa misma preocupación fue manifestada, muchos años después, por el criminólogo abolicionista noruego Nils Christie (Los límites del dolor), al constatar con preocupación el bajísimo nivel de hechos delictivos verificado en los países escandinavos.
El delito, siempre dentro de ciertos niveles funcionales, guarda entonces un eminente carácter de dinamizador del cambio social, y en tal sentido, se encuadra en las teorías aristotélicas del conflicto natural y necesario. Podemos citar como ejemplos de ese influjo innovador, las transgresiones que dieron lugar a que progresivamente se despenalizara la homosexualidad o el adulterio.
Hoy, a ciento cincuenta años, más un año, más un día, del nacimiento de Durkheim, nos debemos situar frente al fenómeno del delito desde esa doble perspectiva. La corrupción estructural ha sido socialmente aceptada, desplazada por la consideración positiva hacia el éxito económico solamente, que desde siempre (nuevamente caemos en Max Weber, Historia Económica General: antes fueron los piratas, los mercenarios y los aventureros; ahora son los hombres de negocios y sus satélites) ha prescindido de toda consideración etiológica sobre el origen de las fortunas.
Asimismo, otra conducta innovadora, aunque si bien, atípica, es decir, no delictual, pero que por su picardía implica un desafío al Einverständnis, al sobreentendido en que se fundamenta el consenso social, es aquélla que se está propagando desde el mismo gobierno general, ampliando hasta el absurdo los límites de tolerancia normativos a los presupuestos de la representación democrática: compra de representantes recién elegidos para representar a la oposición; compra de senadores opositores para que reviertan la posición partidaria, en contra de determinada ley; engaño al electorado con la postulación de candidatos que nunca habrán de asumir el cargo electivo; extorsiones a autoridades locales con el manejo discrecional de la “caja”; presiones a jueces con el manejo discrecional del Consejo de la Magistratura; etc.
Todas esas acciones se encuentran amparadas por la imprevisión o ambigüedad de la ley, cuando no, por leyes ad hoc de carácter dudosamente constitucional, pero rebasan los límites del consenso social. Es decir, ¿en verdad los rebasan? De la certidumbre de la respuesta, dependerá que esta lamentable experiencia presente constituya, o bien, un fecundo punto de partida hacia el saneamiento institucional, o bien, el antecedente o la confirmación de un cambio social hacia un modelo de escasa representatividad pero altísimo poder de manipulación. De la sociedad depende. También puede ser que la sociedad ya se encuentre en un nivel de anomia, de crisis absoluta de sus sistemas normativos y sancionatorios (que no necesariamente son jurídicos). Es claro: anomia es parecida a anemia, y no sé por qué, a mí me suena también pariente de abulia…
De la ópera patria llamada Aurora, se conserva en la memoria colectiva el aria Canción a la Bandera, sobre todo gracias a las imposiciones de la educación pública. Dicha aria, que por comodidad es conocida por el nombre de toda la ópera, ha sufrido una traducción forzada del italiano al castellano, repleta de soluciones jocosas. Algunos ejemplos nos los provee Juan Sasturain, en estos términos:
"En el original italiano, no hay “aurora irradial” (no existe en castellano) sino “aureola irradiale”, es decir: la aureola de rayos del amanecer que, como la que ilumina la cabeza de los santos, ilumina al águila (...) se traduce el verso “il rostro d’or punta de freccia appare” como “punta de flecha el áureo rostro imita”, cuando “rostro” es “pico” en italiano: es decir que el pico del águila, iluminado, parece una punta de flecha, el extremo metálico del asta. (...) el verso “Y forma estela al purpurado cuello” [...] por “porpora il teso collo e forma stello”, que quiere decir (...) que enrojecen (los rayos del sol) el tenso, alargado cuello (del águila) y forman el tallo (“stelo”, no es “estela”), el asta de la bandera".
En fin, más allá de esos disparates de adaptación libre, lo cierto es que en la parte descriptiva de la enseña patria, Aurora nos dice: Azul un ala, del color del cielo; azul un ala, del color del mar. Si bien es cierto que el cielo aparece omnipresente en nuestra simbología, tanto por el color como por el sol, y que todos recordamos esa imagen bucólica de Belgrano mirando al cielo para inspirarse, y aplicando una gran imaginación para estampar un sol sobre una nube, etc., no es tan cierto que el mar haya tenido una importancia semejante.
Claro que vexilológicamente, por el inequívoco origen de la bandera argentina en el escudo de la Muy Noble y Leal Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires que ideara el Maestre de Campo don Jacinto de Láriz, Caballero del Hábito de Santiago y Gobernador y Capitán General de la Provincia del Río de la Plata en 1646, la franja azul inferior de nuestro emblema corresponde, justamente, al Río de la Plata. Pero no podemos negar que, más allá de las hazañas de corsarios y marinos en la guerra contra el Brasil o en los bloqueos ingleses y franceses, los argentinos no somos precisamente un pueblo marino. Es más, salvo en el próximo Viernes Santo, ni siquiera somos demasiado afines al pescado.
Así las cosas, la actual vexilología argentina, de la mano de algunas imaginativas banderas provinciales, ha comenzado a establecer como el "tercer color" argentino, ya no el rojo del federalismo (que sin embargo está presente en banderas históricas como las de Entre Ríos, Santa Fe y Misiones, o modernas creaciones también fieles a esa tradición, como las de La Rioja y Santiago del Estero), ni siquiera el amarillo ya presente en el pabellón nacional en el sol; sino antes bien, y en marcada paridad jerárquica, el verde.
Este dato constituye sin dudas toda una innovación en nuestra simbología, que puede indicar un rumbo inexorable hacia una nueva identidad. Si el siglo XIX fue mitad rojo punzó, mitad celeste, y el siglo XX fue celeste por completo, el siglo XXI quizás termine por ser verde... esperanza, que es lo único que nos queda.
Quedará entonces para futuros exegetas, de los prácticos o de los poéticos, el atribuir a ese verde que se eleva decidido e impertinente en las astas provinciales más recientes, el cariz romántico de la llanura pampeana o el cariz más práctico de la denostada soja.
De hecho, la productivista, algo bantustanesca, bandera de Buenos Aires La Provincia, ha hecho consideración expresa a ese factor paisajístico (me refiero a la llanura, no a la soja) para justificar que la mitad inferior del paño fuera de color verde. Pero esa lectura no resulta tan aplicable al Chaco, a no ser por la introducción, justamente, del elemento soja, y mucho menos tiene que ver con el paisaje rionegrino, cuya bandera provincial se acaba de estrenar. En todo caso, lo más verde que puede verse en Río Negro, son las manzanas.
En realidad, esta introducción novedosa y cada vez más difundida obedece al tenaz criterio del hombre fuerte de La Provincia por ese entonces, luego hombre fuerte de la Nación toda. A La Provincia, la ha cubierto de verde esperanza, y a la Nación toda, del "viento fresco del Sur".
Los objetivos planteados por el gobierno bonaerense el 29 de diciembre de 1995, a través de la Resolución Nº 6592 de la Dirección General de Cultura y Educación, fueron:
El diseño de la bandera bonaerense será el símbolo identificatorio de la provincia.
Será síntesis de lo historico, lo estetico y lo comunicacional.
Operará como soporte físico y tangible para valorizar y profundizar el sentimiento de identidad.
Contribuirá a afianzar el orgullo de ser bonaerenses.
El nuevo símbolo apuntará a ser distintivo y unificador.
Asimismo, las indicaciones que los alumnos secundarios nacidos entre 1978 y 1984 (los únicos habilitados a presentar propuestas) debían respetar eran:
La bandera bonaerense compartirá en muchas oportunidades el lugar con la bandera nacional, aspecto que obliga a su clara diferenciación.
La bandera de la provincia no deberá parecerse a la nacional. La provincia es una parcialidad de la nación y por ello se recomienda evitar la combinación celeste y blanca.
Se busca que los participantes logren una síntesis formal en sus imágenes, trazos y colores.
Los colores rojo, amarillo, azul, verde y blanco son recomendados como de uso preferente y fundamental por su vinculación con la historia de la provincia.
Franjas verticales y horizontales, en diagonal, cruzadas, círculos, triángulos, rectángulos y la unión de estas figuras son sugeridos como módelos a tener a cuenta en el momento de crear el nuevo símbolo.
Sobre la base de fondo de las franjas se recomienda fortalecer el diseño con imágenes.
Se sugiere que se tenga en cuenta la tendencia moderna en cuanto a la creación de banderas de forma vertical.
Como puede apreciarse, el verde surge prístinamente de la indicación 4ª. Sin embargo, las he transcripto todas, porque me parecen algunas demasiado risueñas. Los alumnos secundarios no son, lógicamente, ni expertos historiadores, ni expertos vexilólogos. Pero yo creo que contra ellos se han cargado injustamente las tintas a la hora de fustigar contra el adefesio que La Provincia tiene como bandera. Como dice el refrán, la culpa no es del chancho sino del que le da de comer...
Lo que no me queda para nada claro es en qué momento el verde formó parte de la historia bonaerense, a no ser que se entienda comprendida en ella cierta línea interna del justicialismo provincial de ese entonces.
En fin, de todo el paquete de instrucciones, incluyendo las que hablan de figuras geométricas, podría haber surgido, cómodamente, la bandera brasilera.
A continuación, constan las reproducciones de algunos de los 32 proyectos finalistas presentados por los educandos, y seleccionados de entre 81.525 -ni imaginarse cómo era el resto- que por suerte no resultaron ganadores:
Lo que decía, el peligro brasilero...
Demasiado oligarca
África mía
Productivismo al palo
Sin comentarios...
Un poco checoeslovaca
Y más oligarquía...
Y ésta puede estar cómodamente en Medio Oriente
[Fuente de todas las reproducciones precedentes: Jaume Ollé]
En 27 de los 32 proyectos finalistas, y en los cuatro (4) finalistas hasta el final, el verde estaba presente como color dominante, lo que demuestra un inequívoco gusto por ese color, de parte de las autoridades evaluantes.
El resultado de toda esa gigantesca operación de selección fue esto:
[Fuente: Francisco Gregoric]
En tanto, la provincia del Chaco ha seguido un derrotero tortuoso para arribar a su actual bandera provincial. En 1995, un diseñador gráfico creó una bandera provincial que, si bien fue legalmente adoptada (Decreto Nº 707/95), primó la sensatez, o bien, nadie tuvo el coraje de enarbolarla:
Un amigo ingenioso la llama "la bandera de la invasión de los platos voladores"
Lo cierto, es que poco de lo que recomienda la FIAV (Federación Internacional de Vexilología) puede apreciarse, ni en éste ni en el de la provincia de Buenos Aires: En lo posible, no más de tres colores, que se deben distinguir bien entre ellos a la distancia (cosa que no ocurre, por ejemplo, ni entre el verde y el azul; ni entre el blanco y el celeste cuando es muy claro); diseño sencillo y de líneas marcadas, que sea capaz de dibujarse por un niño, que pueda memorizarse y dibujarse luego de una sola mirada...
En 2007 el entonces gobernador Roy Nikisch comisionó a un jurado la selección de la nueva bandera chaqueña, que está bastante bien (a la luz de todo lo que hemos visto), aunque peca por exceso de jeroglíficos. O el sol o el arado. Los dos, son demasiados:
[Fuente: Francisco Gregorich]
Si bien, claro está, y en tanto la bandera, antes que las tradiciones, según la tendencia moderna, simbolice la actualidad, está estudiándose su sustitución por esta otra, también excesiva en jeroglíficos: Puede notarse, más allá de todo, que en el caso del Chaco el verde ya no es igual a los otros colores, sino que resulta preeminente, porque está junto al asta, lo que le da una mayor importancia relativa y una relevancia superior, ya que permanece siempre visible cuando la bandera ondea con el viento y, por un efecto óptico, la franja contigua al asta siempre parece más ancha que las demás, tema que ha abordado la República Francesa, que ha propendido a desigualar las franjas de su bandera, haciendo a la azul más estrecha que la blanca, y a ésta más estrecha que la roja, que se sitúa sobre le batiente, a efectos de que, a la distancia, luzcan las tres iguales.
Finalmente, la recién estrenada (26 de marzo de 2009) bandera de la provincia de Río Negro es, de las tres, la más feliz de todas, aunque, reitero, habría que averiguar qué quiere decir, o qué representa, el verde en este caso.
"Reconocer con quién tenemos cuentas pendientes, aunque se trate de un enemigo, constituye siempre un elemento de claridad. Si, por el contrario, ya no se distingue entre el amigo y el enemigo, inevitablemente surge una confusión y uno termina por preguntarse: 'quién soy yo?' Esta es la situación actual" Ernst Nolte, Intervista sulla questione tedesca, Roma, Laterza, 1993, p. 22.
El jueves 22 de enero de 2009 escribí, en un post titulado "Descenso vertiginoso a (de) la isla socialista", que puede consultar aquí abajo nomás, entre otras cosillas sin importancia, las siguientes palabras:
"Desde que lo único importante en toda la politiquería barata del ámbito local es el diseño de estrategias electorales para ganar los próximos comicios, sinceramente se me ocurre que sería una interesante idea de parte del gobierno adelantar las elecciones legislativas para el próximo domingo. Esta idea de apostar a que la gente se olvide de todos los desastres cometidos en el año que pasó, y poder levantar la imagen ajada con un par de sabias cátedras sobre química y economía política en las consabidas jornadas de perfeccionamiento docente en que se transformaron las comunicaciones presidenciales, sucumbirá inexorablemente ante el avance de una realidad aplastante. No hay demagogia, ni clientelismo, ni fraude electoral que resista los embates de la adversidad económica, de la mishiadura social que ya llegó para quedarse".
No podía entonces ahora perderme la oportunidad de auto-citarme, costumbre tan benemérita como poco reconocida. En realidad, no se adelantaron las elecciones para el próximo domingo, pero casi, teniendo en cuenta que había que dejar al menos 90 días en el medio para permitir a esa deshilachada conjunción de personajes medianitos -por ser indulgente- llamada pomposamente "oposición" hacer aunque sea un poco de campaña.
¿Cuáles son los efectos esperados con la medida? Yo no me fiaría mucho de los que esgrime el incisivo y jugado beneficiario de contratos oficiales y conductor de A Dos SobresBonelli. Vale decir: Que como cerca del 28 de junio se van a estar liquidando exportaciones (porque el mundo está más dispuesto que nunca a comprarnos todo lo que le querramos vender al precio que le pidamos), el dólar va a estar volando bien bajito, y la caja gubernamental va a rebosar de divisas retencionistas / distribucionistas como para poder abastecer a caciques, punteros y demás adláteres de la nueva Argentina-país en serio.
En realidad, para mí, el adelanto persigue este doble propósito: a) Evitar un éxodo mayor en las propias filas. b) Paralelamente, evitar también el armado de un frente opositor sólido y serio.
Lo que me parece que cae de maduro, desde el más elemental sentido común, es que el ajuste que se va a venir luego de las elecciones, y que resulta a estas alturas inevitable y demasiado urgente como para esperar a noviembre, va a ser como para alquilar balcones. Alguien va a tener que pagar la fiesta sojera de estos 5 años de despilfarro, fantasía e improvisación.
Y ya sabemos quién es el único que siempre siempre, cuando llega la cuenta, permanece sentado a la mesa.
Enfrascado en mis propios combates navales cotidianos, nada épicos y siempre olvidables, he omitido considerar aquí el recuerdo de mi tocayo Brown, quien merece encontrarse en la sección más dorada y alta de nuestro panteón de los héroes. El pasado 3 de marzo se cumplieron 152 años de su muerte.
Tal como aBelgrano, al pobre almirante le tocó morirse en fecha desafortunada para la Patria. Me imagino lo doloroso que debe ser para un hombre que dejó todo por un ideal, que arriesgó su vida, se llenó de estigmas de combate y vio morir a cientos de compañeros fraternos, morir él mismo en circunstancias tan aciagas como las que atravesaba el país luego de la tragedia nacional que fue Caseros. Con dos Estados independientes e ignorantes el uno del otro (salvo para pelearse, claro está), con la estela de claudicaciones ensombreciéndolo todo, con la Banda Oriental definitivamente perdida y bajo el determinante influjo –de ahí en más y para siempre-, junto con el Paraguay y el Alto Perú, del Imperio del Brasil, contra el que tanta sangre argentina se hubo derramado.
En tal sentido, cobra relevancia el panteón de los hombres del Norte, el Walhalla, al que sólo podían acceder aquéllos que murieran combatiendo (los que morían en la cama, por una suerte de conjuro simbólico que consistía en marcar su pecho con una lanza, podían también subir a beber hidromiel con las valquirias). En definitiva, lo importante de ese símbolo era que la muerte en combate era una muerte feliz, sobre todo porque el afortunado no tendría que padecer las consecuencias del tiempo, y enterarse de lo estériles que suelen ser las grandes gestas ante el impío viento arrasador de los cobardes, los lábiles, los que negocian.
Para seguir con las imágenes marineras, en este barco que tiene sus bodegas llenas de agua salada, donde lavarropas y bicicletas chinas se oxidan mientras flotan colchones y cajas PAN, las ratas ya no saben cómo hacer para pasar unas sobre otras y para pasarse, paralelamente, para el otro lado, no importa si hay un madero, un peñón inhabitado, un bajel enclenque o el helado océano. Cualquier cosa parece mejor que quedarse en el pluralista y transversal crucero de la abundancia, que como un ataúd de hierro, amenaza con llevarlos a todos a las profundidades abisales. Porque vamos a decir la verdad: los argentinos somos exagerados para todo. Para el exitismo, para el derroche, para la desmesura y para las cagadas más chapuceras. Pero también para el derrotismo, para el temor amarrete, para el empequeñecimiento espiritual y para el desprecio, y hasta para el odio. Para odiar y defenestrar firmemente a aquellos truhanes a los que antes llenamos de elogios y complacencia, a los que para cada conducta demencial encontrábamos alguna explicación o justificación esotérica.
En fin, las interpretaciones son variadas, como los ropajes de toda la claque que vivió de prestado, con aplausos y apoyos explícitos mientras por la espalda les sacaban el cuero. Los peronistas que traicionaron a su movimiento para migrar a esa entelequia meramente crematística dirán que se dieron cuenta, en medio del hundimiento, de que estos muchachos no eran peronistas de Perón. Los antiperonistas de izquierda, que empezaron a leer arduamente a Jauretche mientras trataban de insertar, con fórceps pero al revés, en una suerte de refrito cambalacheano que denominaban “campo popular” a tipos inmensamente gorilas como Walsh, Paco Urondo y hasta al mismo Santucho; los que seleccionaban, para no defraudar tanto sus conceptos, el “combatiendo al capital” de la marchita; los que decían a dos voces que nunca habían votado a ningún peronista, pero que estos tipos eran distintos, y tenían un “proyecto de país” más justo y distribucionista, más próximo a los ideales de la entente mágica cuya delantera inolvidable formaban Guevara, Evita, Sartre, Hernández Arregui y Jesucristo; esos muchachitos se irán con la frente bien alta, con la dignidad de siempre, defraudados al comprobar que, al final, estos pingüinos eran una peronistas chorros de mierda como todo el resto. En fin, no sé por qué hablo en futuro si esto ya está pasando. Ahora Cogote Bonasso, una de las columnas teóricas del kirchnerismo original, se alejó, llevándose consigo a otras joyitas de la intelectualidad más granada, como es el caso de Victoria Donda.
De más está decir que esas actitudes resultan absolutamente innobles. Porque si les gustó el durazno, ahora tienen que aguantarse la pelusa, como se la aguantaron tantos que fueron mucho más gente que todo ellos juntos en el exilio o la clandestinidad, en la resistencia o muriéndose de hambre, despedidos de sus trabajos y en listas negras. Porque los K a los que tan apasionada, vehemente, hasta agresivamente, acompañaron, no han cambiado un ápice en su manera de ser y de comportarse. Es más, diría que hoy día son más de manual que nunca. Sin embargo, cuatro o cinco años atrás convencían a los escépticos de que ellos eran el camino, y resulta que ahora, con las mismas bravatas e imposturas, aprietes de barricada y demonizaciones de siempre, “defraudan” a los ilusionados compañeros de ruta.
Un par de posts atrás dije que todos los argentinos de bien debemos vigilar que ninguno de todos estos facinerosos y advenedizos saque los pies del plato. Sin embargo, en un rapto de generosidad, admirando ese dominio olímpico de la garrocha, como diría Asís, voy a evocar a continuación algunos de los casos curiosos que nos brinda nuestra historia patria, que a lo mejor sirven de referencia para futuras argumentaciones.
Aurora Venturini nos proporciona, en un valioso artículo titulado “Literatura Rojiceleste durante la Santa Federación” (Rev. I.I.H.J.M.R., Nº 39, abril/junio 1995, pp.72-85), algunos ejemplos de oportunismo político que, por su apasionamiento, merecen ser rescatados del prudente manto de silencio con que los cubrió nuestra farsa que llamamos historia.
Rivera Indarte.
El Oscar evidentemente se lo lleva José Rivera Indarte, cordobés y eufórico rosista en su juventud, desde enero de 1835 publicó el “Diario de Anuncios y Publicaciones Oficiales, para Apoyar a Rosas”, y es autor también del “Himno a los Restauradores”. Unos versos en rojo punzó servirán para ilustrar tan apasionado partido:
¡Oh! gran Rosas tu pueblo quisiera
Mil laureles poner a tus pies;
Mas el gozo no puede avenirse
Con el luto y tristeza que ves.
¡Aguilar y Latorre no existen!
Villafañe, el invicto, murió…
Y a tu vida tal vez amenaza
De un malvado el cuchillo feroz.
En palabras de la citada autora, podemos decir de Rivera Indarte que “durante más de un año rindió homenaje en verso al Restaurador, hasta el paroxismo politiquero que los propios federales denunciaban excesivo”.
Luego un lamentable episodio truncó su carrera de adulador: fue sorprendido cometiendo robo sacrílego en una iglesia, y exiliado en Montevideo. De él Pedro De Ángelis escribió: “Fue ladrón de bibliotecas públicas, ladrón de bolsillos y falsario de yapa. Tan acostumbrado está al crímen que le parece cosa muy llana, eso de limpiar los bolsillos agenos; arrebatar alhajas del tesoro de una reina, llevarse una pacotilla de encerados y seguir robando libros y manuscritos de los archivos y de los Ministerios de Gobierno”.
En fin, ya en Montevideo, y sin poder adquirir jamás inspiración ni numen poético, como diría el Dr. Saldías, encontró la oportunidad de congraciarse con los unitarios: Dedica entonces “Al Tirano Juan Manuel de Rosas” unas estrofas decididamente celestes e iracundas: “tiene dentro de su alma / Aposentado el infierno”.
Más tarde, a pedido de Londres, confeccionará la macabra lista de muertos por culpa del Tirano Sangriento, que se titulará “Tablas de Sangre”. (Los ingleses, en guerra con la Argentina, ya por entonces habían visto las ventajas de la propaganda difamatoria contra el enemigo, que luego replicarían hasta el absurdo, si es que hubiera lugar para el absurdo en la cándida entelequia llamada “opinión pública”). Como la casa editorial de Londres le pagaba un chelín a razón de cada muerto, Rivera Indarte se fue en vicio: anotó entre las víctimas hasta a los propios soldados federales y partidarios de Rosas fallecidos en la guerra civil contra los unitarios y en las batallas contra peruano-bolivianos, ingleses y franceses. El argumento fue precursor: el Tirano, en su infinita maldad, había decidido presentar batalla a sus enemigos, y entonces era responsable directo por la vida de sus soldados que murieron por esa decisión.
Pedro Lacasa
Ayudante de campo del General Juan Galo Lavalle desde fines de 1839, acompañó los restos del caudillo unitario hasta la catedral de Potosí. A su regreso, a fines de los años 1840, Rosas le dio un empleo.
La gratitud hacia el caudillo federal, ahora, le inspiró sonetos y canciones rosistas que publicó en la Gaceta Mercantil y en el mentado Diario de Avisos. En agosto de 1851 estrenó en el Teatro Argentino su obra dramática “El Entierro del Loco Traidor, Salvage Unitario Urquiza”.
Luego de Caseros, operó un prudente cambio de musas, y recordó su pasado junto a Lavalle, que le inspiró su “Vida Militar y Política del General Don Juan Lavalle” y también una biografía de Miguel Estanislao Soler.
De su etapa punzó queda para el recuerdo el “Soneto al 5 de Octubre de 1820”, de dudosa calidad poética y factura bastante forzada:
El suelo de la Patria conmovido
Sobre débiles bases bamboleaba
Y del Plata en la orilla se escuchaba
De un Pueblo grande, el infeliz gemido:
De la discordia el monstruo embravecido
A los porteños todos devoraba
Y en sus sangrientas garras nos mostraba
Sus entrañas y pecho dividido.
Al sud de la República, un valiente
Viendo el estado de la Patria amada,
Cortóle la cabeza a la serpiente,
Blandiendo entonces, la fulgurante espada.
Desde entonces, ¡oh patria! Independiente
A Rosas debes la quietud preciada.
Claro que a los pusilánimes del presente no se les cae una estrofa, ni siquiera alguna frase medianamente inspirada. Pero por lo menos, abrigando la esperanza de salvar a nuestro idioma de un sustantivo tan patético como “borocotazo, esperamos que estos fecundos ejemplos sirvan de inspiración a próximos tránsfugas más literarios.
Argentino, y en términos aristotélicos, politikon zoon, o sea, político animal, sobreviviendo en el corral de los lobos, el mundo que supimos construir. Después de todo, homo homini lupus (est).