Con el recrudecimiento del conflicto en Oriente Medio, y a raíz de recientes charlas de sobremesa, se me ha dado por profundizar sobre algunas cuestiones subyacentes a la disputa que parece no tener fin, y que posicionan a la mayor parte de los observadores externos en un polo u otro del espectro de opinión: que los palestinos son un pueblo invadido que merece tener su propio país, que Israel es una avanzada de la civilización occidental en una zona copada por terroristas, que se acercan las elecciones en Israel y hay necesidades electorales que se reflejan en la escalada bélica, etc., etc. Ante semejante maremagno de posiciones, he dado con el artículo que en el presente post reproduzco, que me pareció curioso y a la vez interesante. Por su tenor, conviene introducirnos previamente en las características del autor.
Durante 2001-2002, Israel Adan Shamir (Adam Ermash) escribía una serie de artículos que luego fueron compilados en el libro La lluvia verde de Yasuf (Ed. Ojeda, Barcelona, 2004, ISBN: 84-932851-7-X), del cual el texto que a continuación se transcribe resulta ser el primero de la reseña. I. A. Shamir se presenta como "ruso e israelí", nacido en Novosibirsk, Siberia, biznieto de un rabino de Tiberíades (Palestina), naturalizado ciudadano sueco desde 1992.
En 1969 se radicó en Israel, donde sirvió en el ejército y participó de la guerra de 1973. Posteriormente retomó estudios de leyes en la Universidad Hebrea de Jerusalén, hasta que se decidió por el periodismo. Como corresponsal de la BBC, presenció las guerras en Vietnam, Camboya y Laos, y a partir de 1977 colaboró con los periódicos israelíes Maariv, Haaretz (para el que cubrió los sucesos en Rusia de 1989-1993) y el izquierdista Al HaMishmar, vinculado a los partidos socialistas Hashomer Hatzair y Mapam (antecesor del actual Meretz-Yachad), que dejó de imprimirse en 1995. En representación del Mapan, también según su biografía oficial, fue miembro del Kneset (Parlamento israelí); y como traductor posibilitó la difusión en ruso de las obras de Sy Agnon, el único premio Nobel israelí de literatura, y se le publicaron en Londres traducciones de Las guerras árabe israelíes, de Jaim Herzog (sexto presidente de Israel, 1983-1993). También colaboró en el diario ruso Pravda y en el semanario ruso Zavtra.

Enfrentado al exclusivismo israelí en Palestina (lo que le ha valido el mote de "controvertido", polémica que excede nuestra capacidad de conocimiento y nuestra autoridad de opinión), junto a Edward Said, un árabe cristiano nativo de Jerusalén, que ha sido considerado "uno de los académicos más influyentes del mundo" y "una de las mentes más brillantes del siglo XX" (Universidad de Columbia, NY, en donde fue profesor desde 1963, al igual que en Harvard y Yale), postulan, en contra de la partición del territorio en dos Estados confesionales, la idea de la comunidad pacífica de ambos pueblos bajo el paraguas de una república democrática, resumido en el lema "un hombre, un voto, un Estado" (http://www.israelshamir.net/).
A continuación se transcribe el texto mencionado, porque expresa una original posición de concordia respecto del álgido (y cruento) conflicto que enfrenta desde la Década de 1930 a palestinos y judíos.
Oda a Fares o el regreso del caballero
Marzo de 2001
Nadie tiene derecho a entrar o salir de la franja de Gaza. Está rodeada de alambres de púas, sus puertas están con cerrojos y aunque tenga todos los papeles necesarios, tampoco podrá entrar en la mayor cárcel de alta seguridad del mundo, que aloja de todos modos a más de un millón de palestinos. El ejército israelí, famoso antaño por su poder de fuego, está reducido al papel de guardia-cárcel. La formulación de la táctica de las fuerzas de defensa israelí se remonta a los años 30: “No hace falta abatir a un millón de personas. Maten a los mejores y los otros quedarán aterrorizados”. Son los británicos con la ayuda de sus aliados judíos durante la sublevación palestina de 1936, los que emplearon esta táctica por primera vez. Desde entonces, miles de hijos e hijas, de entre los más brillantes de este país, la elite palestina potencial, han sido exterminados. Una vez más, el ejército israelí es utilizado para llevar a cabo el mismo plan: “Calmar la agitación de los indígenas” abatiendo sistemáticamente a los rebeldes en potencia.
Su tarea no es difícil: es el ejército más grande y más poderoso de Cercano-Oriente, el de un país que dispone de potencia nuclear y que dispone de todos los armamentos posibles cuando los palestinos cautivos no tienen más que piedras y armas livianas. Recientemente, los israelíes interceptaron un cargamento de armas con destino a Gaza. Este ejército proclamó una gran victoria pero también su “preocupación”. Hay de qué. Desde 1973, el ejército israelí raramente tuvo la ocasión de encarar el hacer fuego como respuesta. Los soldados judíos se acostumbraron a un trabajo fácil, como por ejemplo, liquidar a pibes indefensos.
Gaza parece pertenecer a un mundo de ciencia ficción que nos recuerda a El prisionero o alguna otra de la serie B. Sus cerramientos con alambrada ocultan un secreto; la voluntad de un pueblo que permanece intacta. Sí, se parece a una puesta en escena de película de serie B pero los actores, hombres y mujeres, merecen varios Oscars.
Este mensaje secreto nos viene de Palestina en la persona de Fares Ouda, un muchacho de trece años. Él es el pequeño David palestino que vimos enfrentar al Goliat judío en los suburbios de Gaza y que fue inmortalizado por el fotógrafo de Associated Press, Laurent Rebours. Fares el temerario, el que tiró piedras contra el monstruo blindado con la gracia de san Jorge, el santo venerado en Palestina. Afrontó al enemigo con los modos de un pequeño aldeano cazando un perro rabioso. Esa foto fue tomada el 29 de octubre y, algunos días después, el 8 de noviembre, el chico fue abatido a sangre fría por un tirador israelí aislado.
Deja detrás suyo la imagen de un héroe, un póster para colgar junto al del Che Guevara, un nombre para evocar al mismo tiempo que el de Gavroche, el valiente pequeño rebelde de las barricadas de París de la novela de Víctor Hugo, Los Miserables, símbolo del espíritu, que es invencible en el hombre. Viene de otra época donde el heroísmo no era una mala palabra, cuando los hombres se iban a la guerra dispuestos a combatir y a morir por una noble causa. Simbólicamente, su nombre remite a la palabra “Caballero” y su apellido a la noción de “Regreso”. La imagen de este chico evocaba muy bien la del “regreso de los valerosos caballeros de antaño”. Este espíritu es totalmente ajeno al hedonismo comercial barato, a la ideología dominante de nuestra época, alimentada abundantemente por la cultura popular norteamericana.
La herencia de Fares marca el fracaso del plan maestro israelí. Este joven rebelde, había nacido bajo la ocupación militar israelí, y cayó desafiando a los soldados de
Nosotros, los amigos de Palestina, no comprendimos inmediatamente este mensaje de esperanza, acostumbrados como estábamos a la idea del sufrimiento y del martirio palestinos. En nuestros escritos, reproducíamos inconscientemente la actitud un poco afeminada que consiste en presentar a “los nuestros” como desgraciadas víctimas dignas de compasión y de piedad. Pero lo que los palestinos deben inspirarnos es lo contrario: admiración, amor, solidaridad, fe en los héroes, incluso envidia, todo menos la compasión. Si se apiadan de los palestinos, deberían también lamentar el destino de los 300 guerreros del rey Leónidas que cayeron defendiendo las Termópilas contra los persas en el año 480 ante de J.C. o de los soldados rusos que impidieron con sus cuerpos el avance de los tanques de Guderian, incluso el de Gary Cooper en A la hora señalada. Los héroes no deberían provocar lástima. Por el contrario son ejemplos que deberían insuflarnos coraje.
En un primer momento, no habíamos ubicado correctamente la imagen de Fares. El esquema elegíaco apelaba a la imagen del pequeño Mohammed Durech, muriendo encogido ante nuestros ojos, compañero de desgracia de la pequeña vietnamita corriendo desnuda con todas sus fuerzas para escapar del infierno de los bombardeos con napalm.
La imagen del regreso del Caballero Fares Ouda pertenece a un registro distinto: este niño es un héroe emblemático. Habría que mostrarlo al lado de la imagen de los Marines de Iwo Jima o en una iglesia junto a su compatriota, san Jorge. Después de todo, el santo mártir fue enterrado en tierra de Palestina, no lejos de Fares, en la cripta de la antigua iglesia bizantina de Lydda.
Pareciera que los adversarios de Palestina comprendieron mejor esta realidad que sus partidarios. La prensa norteamericana, dominada por los judíos, no ahorró esfuerzos para borrar el recuerdo de Fares, porque sobre todo no quieren que se extiendan las vocaciones heroicas. MSNBE.com organizó un concurso estúpido para encontrar “la imagen del año”, permitiendo elegir entre la foto de Mohammed Dureh el mártir y unas fotos de perros (siempre nos dan para elegir, pero siempre es entre dos malas opciones). El cónsul de Israel en Los Ángeles hizo publicidad para la foto de los perros y numerosos partidarios de Israel votaron por ellos, mientras que los partidarios de Palestina votaban por la foto de Mohammed. Pero la foto que verdaderamente importaba, el ícono de Fares, no fue sometida al voto del público.
Pero esto no alcanzaba y el Washington Post envió a Lee Hockstader, su corresponsal en Palestina, para desalojar el recuerdo del niño derribado. Este pasquín a sueldo de
Hockstader no dejó de justificar las incursiones israelíes contra las poblaciones civiles escribiendo que los portavoces del ejército israelí afirman que estas incursiones son limitadas y esencialmente defensivas. Sin embargo, el gobierno israelí ve las cosas con más amplitud, haciendo notar que estas incursiones les dan flexibilidad a los comandantes militares locales para “enfrentar un enemigo difícil de cernir”. Este corresponsal adopta “una visión más amplia” de las acciones de Israel, y en sus artículos, los palestinos se convierten en “simples terroristas frenéticos”. “Los palestinos han amenazado con hacer pagar el precio de lo que consideran como una guerra de agresión. El movimiento de la resistencia islámica, más conocido bajo el nombre de Hamas, convocó a nuevos atentados suicidas y a tiros de mortero contra Israel”. Alguien que comprende claramente a Hockstader, como cierto François Smith, difundió el siguiente mensaje por Internet: “Considero como un insulto que este tipo me crea lo bastante estúpido como para creerle. Desconfíen de Hockstader. En mi opinión, tiene un programa definido”.
No hay dudas en cuanto a eso: Hockstader tiene como objetivo el reforzamiento de la supremacía de los judíos y denigrar a los palestinos. La idea de destruir la leyenda de Fares encaja perfectamente en su proyecto. Hockstader fue a Gaza y volvió contando que el pequeño Fares le desobedecía a su papá y a su mamá y que se hacía la rata en vez de ir al colegio, y que este adolescente era “un arriesgado que no soñaba más que con hacerse matar. Un tirador de elite judío comprensivo simplemente le permitió realizar su anhelo”. Hockstader no se olvidó de nada: el chico fue abatido justo cuando se preparaba a tirar una piedra y por lo tanto efectivamente había que abatirlo. Su gloria póstuma deriva del “barullo que se produjo después de su muerte. De todos modos, su madre cobró un cheque de 10.000 dólares del presidente irakí, Saddam Hussein”.
Hockstader apostaba con su ganancia… Si había llegado a dar por sobreentendido que los colonos, padres del bebé muerto en Hebrón, deseaban la muerte de su hijo y si se había atrevido a calificar a la reacción israelí de “barullo”, si incluso se había conformado al mencionar el cheque consiguiente que el carnicero de Sabra y de Chatila les había hecho llegar personalmente, Hockstader no habría salido vivo de Israel y Katherine Graham, propietaria del Washington Post, lo lamentaría hasta el fin de sus días.
Los judíos han llegado a intimidar a sus enemigos y de ninguna manera por la sola magia del discurso. En la época de Lord Moyne, ministro de Estado británico para el Oriente Medio, oficiales y simples soldados británicos así como centenares de dirigentes palestinos fueron asesinados por judíos preocupados por afirmar su supremacía sobre
Todavía hoy, en San Francisco, dos militantes por la paz, el sacerdote católico Labib Kobti y el rabino totalmente judío Michael Lerner, siguen recibiendo amenazas de muerte de parte de grupos terroristas judíos y las toman muy en serio.
Los palestinos son agricultores y ciudadanos más bien pacíficos. Saben cuidar a los olivares y los viñedos y saben fabricar el zir, esa jarra que guarda fresca el agua aún cuando sopla el “khamsin” más ardiente. Sus magníficas construcciones de piedra y maçonnerie alegran al menor rincón de Palestina. Los palestinos escriben poemas y veneran las tumbas de sus santos. No son guerreros y mucho menos asesinos. Por eso, sienten estupor e incredulidad cuando se inclinan hacia el espejo de una prensa dominada por los judíos, donde se ven bajo los rasgos de terroristas ávidos de sangre.
Sin embargo, estos simples campesinos son todavía capaces de darnos a todos una lección de heroísmo, cada vez que un enemigo trata de apoderarse de su tierra. Por otra parte, los palestinos han probado su coraje hace siglos y siglos, en la época legendaria de los “Jueces”, cuando sus ancestros combatieron a los “invasores del borde del mar”.
En los años 30, un judío ruso, ferviente nacionalista y fundador del partido político de Sharon, Vladimir Zeev Jabotinsky, escribió una novela histórica (en su lengua materna, el ruso), titulada Sansón, en la que retomaba el relato bíblico del instigador del atentado suicida que, matando a tres mil hombres y mujeres (Jueces, 18-27), había perecido con sus enemigos. Hace algunos años, esa novela fue publicada en Israel, traducida al hebreo moderno y un crítico literario del diario Davar habló de ella en términos de “interesante aberración”.
Según Jabotinsky, los británicos no eran otros sino los filisteos de la época moderna mientras que los israelitas se convirtieron en los judíos que conocemos hoy en día. A los ojos del lector israelí contemporáneo, esta novela glorifica, sin embargo, al combate de los palestinos contra el dominio de los israelíes. Los filisteos, herederos de una importante civilización y poseedores de una tecnología militar superior, los invasores que venían del mar, habitantes hedonistas de la planicie del litoral y belicosos intrusos en las Tierras Altas le recordaban al crítico a los judíos israelíes actuales. En tanto el pueblo de Sansón, la “gente de la tribu de Israel” nativos de las Tierras Altas, le hacían pensar en los campesinos de las colinas de Palestina, nuestros contemporáneos. Como ellos, están convencidos de la profundidad de sus raíces y de la victoria ineludible de su atadura a la tierra frente al poderío militar del invasor.
Todo esto es lógico puesto que los palestinos son los auténticos descendientes del Israel bíblico, del pueblo indígena que abrazó la fe de Cristo o la de Mahoma, y que permaneció por siempre sobre
Los israelíes quisieran ser los verdaderos palestinos. Hemos adoptado su cocina y servimos sus falafels y sus humus como si se tratase de nuestros propios platos tradicionales. Hemos adoptado el nombre del cactus local, sabra, que crece en medio de sus pueblos destruidos, para designar a nuestros hijos, chicas y varones, nacidos sobre esta tierra. El hebreo moderno que hablamos vio la luz integrando cientos de palabras palestinas. Simplemente deberíamos pedirles perdón, que los abrazáramos tal como a hermanos que creíamos perdidos desde hace largo tiempo y que les dejáramos que nos enseñen lo que saben. Ahí está el único rayo de esperanza que conseguirá atravesar las actuales tinieblas.
Así como lo establecieron los estudios arqueológicos israelíes, hace tres mil años, las tribus de las Tierras Altas (las Banu Israel de











