viernes, 31 de enero de 2014

Chestertoniana (2)

Otra vez sobre el onano-progresismo:

"El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias.

"De ahí que algunos cientistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de allí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco de una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía. En realidad, por ser tan humano, es enemigo de la raza humana". [G.K.C., Ibídem, p. 22]

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Y otra vez sobre el relativismo (¡termina coincidiendo con el concepto de "último hombre"!):

"Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón y la fe. La razón en sí misma es un objeto de fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pensamiento no tiene relación alguna con la realidad". [pág. 25]. 


 

Contra el relativismo

[Contra el relativismo obsesivo, neurótico, desmesurado y nihilista. Dirás que, con tanto relativizarlo todo, ya se ha negado hasta a sí mismo. Cierto. Sin embargo, qué tremenda agonía debemos padecer en términos prácticos los mortales, envueltos en la trama siniestra de la onano-progresía, su afán de destrucción y su admiración libidinosa por todo lo abyecto, lo retorcido, lo feo y lo dañino.] 


"Los modernos maestros de la ciencia insisten, sobre la necesidad de basar toda investigación, en un hecho. Los antiguos maestros de la religión, se mostraron igualmente entusiastas de esa teoría. Empezaron basándose en el hecho del pecado; un hecho tan evidente como las papas. Fuera posible o no fuera posible que el hombre se purificara con ciertas aguas milagrosas, no cabe duda de que necesitaba purificación. Pero algunos caudillos religiosos de Londres, relativamente materialistas, comenzaron en nuestros días a negar, no la discutible milagrosidad del agua, sino a negar la indiscutible existencia de la mancha".

"Si es cierto (como evidentemente lo es) que un hombre puede hallar exquisito placer desollando un gato, el filósofo religioso puede llegar a una de dos conclusiones. Debe, o negar la existencia de Dios, que es lo que hacen los ateos; o bien negar la inalterable unión entre Dios y el hombre, que es lo que hacen los cristianos. Parece que los nuevos teólogos piensan llegar a una solución altamente racionalista negando el gato...".

Gilbert. K. Chesterton, Ortodoxia, Editorial Porrúa, México, 2007 (1ª Ed.: 1908), p. 8.   


Esta gatita se llama Venus, y es real.
  

jueves, 8 de agosto de 2013

Curiosamente




"El Papado tendrá nuevas normas. Lo malo de ayer dejará de serlo. La misa será protestante, sin serlo. Los protestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en viajes y llegará a América, en tanto la humanidad caerá".
Benjamín Solari Parravicini (que también es argentino), profecía de 1938 


Es curioso que la mayor parte (y la más bullanguera) de quienes propugnan por una “apertura” progresista de la Iglesia sean asimismo personas completamente alejadas de la religión católica. Bien profesantes de otros cultos, bien ateos. Siempre pendientes de novedades concernientes antes al plano político-material de la vida terrena, que al plano sacerdotal-espiritual que debería regular y orientar la vida de la institución eclesiástica.
Decimos que es curioso, porque siglos ha insumido al pensamiento moderno consagrar la separación definitiva de la Iglesia respecto de los asuntos del mundo. Desde la reserva interior que aceptaba Spinoza para el súbdito (innovando así respecto de Hobbes, que esperaba de éste la adhesión integral de cuerpo y alma), a la progresiva independencia de las monarquías respecto del papado (llegando a los extremos de las iglesias nacionales, de las que la anglicana es el ejemplo paradigmático), a la libertad de culto y la creación de instituciones civiles laicas en los Estados nacionales, a la directa indiferencia del poder político respecto de todos los cultos, e incluso, a la prohibición de cualquier alusión religiosa en los asuntos públicos de que hacen gala los más recientes avances (eliminación de crucifijos y de cruces de banderas, juzgados, edificios educativos, de la invocación de Dios como fórmula documental, etc.).
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con ese axioma táctico la Iglesia avanzó en la antigua Roma, para obtener primero la tolerancia hacia la desobediencia de los fieles respecto de cualquier exigencia de juramento a la autoridad política, luego la propia consagración como autoridad religiosa oficial con Constantino, y un siglo después, con la prohibición de los cultos paganos y su persecución con Teodosio. Con la debacle e implosión final del Imperio Romano de Occidente, la Iglesia ocupó el pináculo de la auctóritas, pasó a ser fuente y fundamento del poder terrenal. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico había de ser consagrado y entronizado por la autoridad católica para gozar de legitimidad, cuestión que luego se prolongó a las monarquías que cobraban progresivo vigor como fuerzas de unificación nacional: París bien vale una misa, dijo con pragmatismo el austero protestante Enrique de Navarra, al convertirse al catolicismo para acceder a la corona de Francia.


En fin, luego las guerras de religión, e incluso la contrarreforma, adunarán el concepto de separación de Iglesia y Estado, y la progresiva detracción de la Iglesia de los asuntos públicos, como también en Occidente, la decisión del Estado de apartarse absolutamente de la esfera de actuación clerical (concordato de 1966, reconocimiento de la educación libre, o sea religiosa, luego del intento secular de publicizarla en la mayor medida, etc.).
El poder político y la sociedad civil (en tanto sujeto político) se encontraban entonces ya libres y emancipados de la tutela eclesiástica. La Iglesia debía renunciar a su influencia terrena para centrarse en su misión espiritual, que en todo caso, redundaría mediatamente en regulación social de las conductas, estableciendo valores y reglas extra-jurídicas para sus fieles.
Esos valores y reglas, primeramente, fueron aceptados por el poder terrenal como idónea guía ética (en tanto guía del comportamiento ordenado) para la regulación social: recordemos que el peronismo, la principal fuerza política de la historia argentina moderna, reivindica sus raíces humanistas cristianas, y lo mismo hace la mayor parte del antiperonismo, que ha atacado a aquél con un fervor "cruzado" en 1955, si bien entonces hubo asimismo englobado a amplios sectores de ateísmo militante.
En cambio el progresismo, que como el liberalismo en los ’90 ocupa en exclusividad desde el año 2000 el panorama ideológico argentino (tanto en lo relativo a los consensos como en cuanto a los temas de agenda, las cuestiones que a todo el arco político le resultan relevantes), no hesita en proclamarse contrario a esos valores y reglas. En tanto superador (la visión progresista de la historia supone la superioridad moral de lo posterior en el tiempo, la idea de que la humanidad se encamina mecánicamente, por el mero giro de las manecillas del reloj, hacia una mayor madurez, sabiduría, bondad, unidad y capacidad para solucionar problemas) es negador. En tanto relativista, es enemigo de cualquier esquema normativo, sea éste jurídico, sea religioso. Por más que resulte polémico (frente a la utopía progresista que aspira a la supresión del conflicto y a la composición irenista de un tranquilo estanque social de aguas quietas como el aceite, donde la indiferenciación sustituya las discordias nacidas del individualismo o las corporaciones), hay que decirlo: cuando se suprimen las reglas de exclusión, las reglas que condicionan y delimitan las fronteras de las instituciones, éstas desaparecen.
Con la desaparición de las reglas desaparecen las instituciones. De nada sirve postular que “familia” como unidad celular es tanto un grupo constituido por padre-madre-hijos como un grupo constituido por amigos-compañeros de trabajo-un sobrino-el vecino de enfrente. Los márgenes se difuminan, la particularidad diferenciante de la institución se diluye en el estanque. Esta evidencia no obedece a ninguna moralina apriorística. No estamos en contra de que se considere familia, por ejemplo, a todo el grupo de personas que habita bajo un mismo techo, aunque ello habrá de deparar nuevas polémicas. La familia es una construcción social. En las sociedades matriarcales todos los hijos son de todas las mujeres, que viven aisladas de los hombres y los crían hasta cierta edad, en que los varones pasan a vivir en los colegios masculinos. En esas sociedades, la familia es el conjunto de las mujeres, mientras que los colegios masculinos (generalmente, constituidos bajo la invocación totémica de alguna divinidad) son otras instituciones separadas, dedicadas a la caza y a la guerra y al culto particular. Precisamente la Iglesia ha tomado prestados conceptos organizacionales semejantes a los de los colegios masculinos, y también lo han hecho las órdenes monásticas budistas por ejemplo. 


Bertrand Russell estimaba (Matrimonio y Moral, 1929) que en un futuro el Estado suplantaría la figura del padre (como educador, proveedor, preceptor, inspirador e ideólogo) y Aldous Huxley fue aún más lejos en Un mundo feliz (1932), al predecir la desaparición definitiva de la familia a través del monopolio del Estado en la reproducción mediante manipulación extrauterina y la prohibición absoluta de la monogamia: un mundo de individuos que viven una vida despreocupada, matizada de frecuentes relaciones fugaces.
Si la familia es una construcción social, es entonces artificial, y si es artificial, entonces puede ser suprimida. Dentro de ese razonamiento de índole progresista, que parte siempre desde la relativización genealógica de raigambre nietzscheana, pero empleada con propósitos de mera demolición, toda institución es, en cuanto elemento diferenciante, una engorrosa herencia vestigial, que la progresiva iluminación de la razón en el hombre habrá de suprimir.
Hay en ello una drástica diferencia, tanto con el pensamiento tradicional, cuanto con el superhumanismo nietzscheano que detectó su agonía. En ambos órdenes, la institución, como toda creación humana –de por sí, dificultosa, ardua y prolongada por muchas generaciones- era valorada como un tesoro. Un tesoro a preservar en el caso de la tradición; un tesoro que cimentara una evolución, que motivara su perfeccionamiento, en el caso de Nietzsche (quien se tomó el trabajo en Genealogía de la Moral -1887- de recordarle al mundo lo penoso y hasta tortuoso que fue el proceso de domesticación del hombre, para lograr de él una conducta civilizada que hoy puede parecer espontánea, pero que siempre corre el riesgo de perderse: “mata el miedo que guarda el animal, limpia el cuerpo pues dentro de él estás”. [Víd. este artículo]
La artificialidad de las instituciones en cuanto construcciones sociales, debe entonces servir para tomar consciencia de su fragilidad, de la necesidad de preservarlas, antes que para justificar su eliminación. El corrimiento progresivo de la frontera de denotación (qué cosas entran dentro del concepto y cuáles permanecen –todavía- afuera), que va de la mano de la flexibilización en la regulación de las instituciones, es un evidente sistema de dilución de la particularidad en el estanque de la indiferenciación, y por tanto, un mecanismo “poco traumático” de eliminación. La familia es una institución arcaica, vetusta, el último bastión corporativo (el término es usado, como siempre en nosotros, con su acepción clásica o durkheiminiana, es decir, como cuerpo social intermedio -víd. acá-) a ser derribado para dejar desnudo al individuo.
Pero, para preocupación de este esquema tan plano, debemos decir que el individuo también es una construcción social, y entonces también puede ser suprimido. Un individuo formado a partir de la familia como transmisora primaria de valores, y contenido por otras instituciones también axiomáticas, guarda una particularidad que choca contra la pretensión homogeneizadora y minimalista de la modernidad progresista (que pretende la suave superficialidad del homo consumens: ¿la vida despreocupada del “mundo feliz”?). Pero la desindividuación paradójica que esconde la eliminación de las instituciones, ¿acaso no deja nuevamente al descubierto esa animalidad descarnada, o sea, no deshumaniza

                                                                                               Imagen de Banksy, artista callejero británico.
 
Tenemos por un lado al marginal delincuente, generado a los ponchazos, al margen de cualquier atisbo de institución familiar (a lo sumo, la difusa figura monoparental de una madre casi ausente, que colecciona hijos de distinta procedencia y que no tiene la capacidad para criarlos), que se define casi excluyentemente en cuanto consumidor, viviendo el día a día "jugado", sin la mínima capacidad de ahorro ni de previsión, y que carece en absoluto de empatía porque desconoce las bases formativas del amor humano (también artificial). Por eso golpea a los viejos, por eso dispara al vientre de las embarazadas, por eso mata al padre delante de sus hijos.
Por el otro lado, al hedonista centrado en su progreso material, en la disponibilidad de íconos de consumo, electrónica de última generación, autos rimbombantes, viajes exóticos, mujeres de exhibición, esclavizado por el apego material que determina que hasta los hijos sean una adquisición caprichosa, y casi siempre, avergonzado y distante de su familia de origen.
Lo postula Norman O. Brown en El cuerpo del amor (1966): para lograr la universalización total, el paso definitivo hacia la indiferenciación y el igualitarismo, hay que eliminar tanto al individuo cuanto a la fraternidad (que es el concepto a través del cual él abarca tanto a las instituciones como a las corporaciones y también a las naciones, etnias y otras formas de agrupación opuestas al universalismo). Para eliminar al individuo no hace falta más que despojarlo de todo su “ornamento superestructural” (evidente y expresa inspiración marxista en su pensamiento): alma, espíritu, mente individual, personalidad. Despojarlo de todos esos elementos diferenciantes para desnudar su naturaleza animal. Como animales los hombres desindividuados formarían espontáneamente un ser superior, la Humanidad, como las abejas forman la colmena o las hormigas el hormiguero. Ese libro influyó definitivamente en el movimiento hippie. Aunque a título anecdótico, debemos consignar que, previamente a su carrera universitaria en casas de estudio de poco renombre (Róchester y Santa Cruz), Brown perteneció a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), antecesora de la CIA. No consta que haya ocurrido en algún momento su desvinculación de la compañía.  
Es curioso entonces también cómo el progresismo, que confía tanto en la capacidad del hombre de auto-iluminarse y alcanzar la perfección y la armonía en una sociedad sin conflictos y sin diferencias, desprecie en tanto artificial, a toda creación humana, y tan sólo valore los fundamentos “naturales”. Toda creación humana, por ese mismo hecho de haber sido creada por el hombre, puede ser eliminada por el hombre. Hemos visto que, si puede ser eliminada, para el progresismo debe ser eliminada para dar paso a lo nuevo, en una suerte de renovación constante, similar al fenómeno tecnológico. Ampliando los límites hasta que los límites abarquen el todo, y entonces el fenómeno particular desaparezca.
Es decir, lo artificial señala la particularidad, diferencia, discrimina, separa las aguas, clasifica… conspira contra la igualdad natural (un principio apriorístico común a todo el pensamiento moderno). Destruyendo entonces todo lo humano, descarnando el muñeco de Dios hasta el tuétano, se llega al paraíso humano. Tiene su lógica: a todo paraíso se accede después de la muerte.
Todos los argumentos que sostienen la ampliación/dilución de los límites respecto de cualquier particularidad diferenciante se sostienen en la autoridad de la Naturaleza. Curiosamente, la autoridad de la Naturaleza (como creación de Dios) fue invocada tantas veces por la Iglesia como fundamento de sus regulaciones civiles. Pasando la Naturaleza de ser creación de Dios a ser creación de la Ciencia, es comprensible que la Ciencia entonces señale o respalde el nuevo paradigma anti-normativo. Pero el problema está, como siempre, en la cuestión ontológica: si el hombre es hijo de la Naturaleza o es su padre. Como hijo de Dios, vendría a ser lo primero, y entonces en todo caso el teólogo sería el naturalista. Pero como padre de la Ciencia, en cambio sería lo segundo. Y en ese segundo caso, solamente un solipsismo cartesiano puede fundar el criterio de Verdad en el sujeto, y ya no hay objeto.
Es el mismo solipsismo característico de la modernidad que funda la utopía de la supresión absoluta y definitiva de las diferencias, de la dilución total en el estanque, en criterios que por subjetivos son artificiales.
Destruir las diferencias por haber detectado en ellas su germen artificial, para conseguir la igualdad en la indiferenciación que procede de un deseo, de un concepto, de una visión, que por tanto es artificial, nos devuelve, en su paradoja, a la sensatez.
Ocurre que mentar a la Naturaleza como fundamento de Verdad es una falacia. Nada hay en el hombre de natural. Todo en él es creación. Si su cuerpo no ha sido por él creado, sí lo ha sido la consciencia y reflexión sobre su cuerpo. El límite de la percepción humana está en la percepción humana. El hombre sólo puede comprender al mundo como hombre y en tanto hombre. Todo lo demás lo excede y lo niega. El mundo entonces, en tanto construcción humana, es artificial. ¿Destruirá entonces el hombre al mundo? En pos del logro de la igualdad absoluta a través de la indiferenciación, eso es posible, si no es ya un proceso en marcha.
Pero volvamos a nuestro tema del principio: el desvelo de aquellos que no son católicos, o que son sólo nominalmente católicos y son progresistas (ésos que no creen ya en ningún dogma, ni obedecen ningún precepto, ni pisan jamás una iglesia, pero que de vez en cuando se persignan, o dicen que “creen en Dios” como un concepto genérico y difuso) es el proceso de apertura de la Iglesia. Cruzan los dedos ante cada posibilidad de un anuncio, ponderan la posibilidad de un cambio, extractan (¿descontextualizan?) cualquier referencia que pueda esperanzarlos… Nos preguntamos acerca del sentido final de esa nerviosa expectativa. ¿Se convertirán en católicos quienes no lo eran y volverán a la Iglesia los que alguna vez lo fueron si la Iglesia difumina (aún más) los límites entre lo que admite y lo que no admite en su seno, hasta hacerlos desaparecer? Y en tal caso, ¿qué diferencia habría entre ser católico y no serlo?
El Concilio Vaticano II (1962-65) avanzó decididamente en ese esquema de apertura. Felipe Pigna, en el último número de Viva, elogia entusiasta a Juan XXIII como “el mejor Papa” que ha tenido la Iglesia. Ya hemos dicho (aquí y aquí), empero, que las opiniones de ese autor son casi una pauta exegética infalible… por opción contraria. Pigna, que evidentemente no es católico, llega a esa calificación por la decisión y convocatoria a ese concilio ecuménico, que él considera (y no está solo en esa apreciación) antecedente del movimiento tercermundista que afectó a Latinoamérica poco después. Lo que nadie dice, pero todos ven, es que muy pocos habrán retornado a la Iglesia por esa apertura sesentista, pero una evidente estadística señala que más bien la Iglesia no ha dejado desde entonces de perder fieles.
En Europa los templos católicos son casi exclusivamente monumentos y museos sostenidos con fines turísticos, mientras una religión fuerte y dogmática como el Islam gana camino a pasos agigantados recabando crecientes adhesiones, ya no sólo de los inmigrantes magrebíes o árabes, sino de los propios europeos de muchas generaciones. Nos enteramos hace poco de la furia que acometió a Frank Ribéry (rubio descendiente de galos o de francos) cuando en un festejo del Bayern Múnich lo bañaron en cerveza. Recién pudieron calmarlo cuando le aseguraron (¿le mintieron?) que la cerveza del festejo no tenía alcohol. Es que Bilal Yusuf Mohammed se convirtió en 2009 a la religión que ya es la mayoritaria en Francia (país en donde hay más mezquitas que en Marruecos y Túnez juntos, incluyendo la que el Estado francés ha ayudado financieramente a construir en Poitiers, la ciudad en que Carlos Martel frenó en 732 la conquista de Europa por el Islam). 

 
 
Y el Islam gana adeptos de forma irreversible, con una velocidad arrolladora, ocupando una creciente proporción en toda Europa y también en los EE.UU. (donde se ha duplicado la cantidad de mezquitas en los 12 años que pasaron desde el 11-S), con sus preceptos rígidos y estrechos como un corsé, con su liturgia en árabe desde Al-Adhan, con sus prohibiciones absolutas, la exigencia de renunciamientos, de reclusiones (en el hogar o dentro de los vestidos desde la coronilla a la punta de los pies), de ascetismo, de la renuncia a las tentaciones materiales del mundo… su censura al hedonismo y su intolerancia para con los desvíos.
Mientras tanto, la Iglesia, con su complaciente apertura, obedeciendo a una presión obstinada y casi exclusivamente concentrada sobre ella, se ha transformado en una ONG más de buenos propósitos humanitarios. La apertura ha acercado la Iglesia a su entorno local (a través del empleo exclusivo del idioma local, y la adopción de música popular ligera en la liturgia, palmas arriba, moviendo las caderas, las actividades colectivas, los fogones, etc.) y a su entorno social (el trabajo de caridad, los voluntariados en villas y hogares de necesitados, etc.), pero la ha hecho víctima del proceso general de desacralización del mundo que experimenta Occidente. 
Reflexionábamos días atrás, a propósito de este artículo acerca de la necesidad de recuperar el misterio como factor movilizador. El misterio que se ha perdido con las órdenes iniciáticas, pero que increíblemente se sostiene en algunos mitos populares, retoños insospechados de un árbol de paganismo que se creía seco.


viernes, 19 de julio de 2013

Unidad de los Vencidos

VAE VICTIS

"¡Ay de los vencidos!", contaban los romanos que dijo el caudillo galo Brenno en 387 a.C., luego de incendiar Roma, cuando al exigir a los romanos un elevado rescate en metálico, ante la queja de éstos porque las balanzas estaban amañadas, puso su pesada espada sobre la bandeja de contrapeso, para hacer el pago aun más gravoso para los vencidos. 



"Todo había cambiado con la pérdida. Nadie estaba ileso. No sólo las casas se habían transformado en ruinas. Con el reverso de la guerra, la paz, salían crímenes a la luz, que ahora se invertían y, con violencia a posteriori, hacían de los culpables víctimas". Günther Grass, Pelando la cebolla, Alfaguara, Buenos Aires, 2007, pág. 255.

"La antigua lucha agónica era entre hermanos; se desarrollaba con arreglo a normas; limitada en objetivos, y limitada en el tiempo, en una alternación necesaria de paz y de guerra; los hermanos se necesitan entre sí a fin de volver a combatir otro día.
"La nueva guerra es total: aspira a poner fin a la guerra, un fin a la fraternidad". Norman O. Brown, El cuerpo del amor, Planeta-Agostini, Barcelona, 1986, pág. 27.


EN UNIÓN Y LIBERTAD

"Nothing can be sole or whole
"That has not been rent"

[Nada puede estar íntegro o entero
si no ha estado roto]. William Butler Yeats, Juana la Loca: "Crazy Jane Talks with the Bishop".

A veces los lemas nacionales contienen un programa. "Por la razón o la fuerza" fue puesto en práctica en la Guerra del Pacífico. "Orden y Progreso" aparece como un contrapeso volitivo, casi tozudo, contra las naturales tendencias a la molicie y a la simpática anarquía que propicia el clima tropical y la dulzura de la fruta, de la música, del idioma, de la pinga... diría José Ingenieros.

Nuestro "en unión y libertad" tiene entonces mucho que ver con la reflexión de Yeats: hemos estado rotos tanto tiempo, esparcidos en fragmentos de los que ni siquiera coinciden las rebarbas de la fractura, como para siquiera pensar en volver a unirnos. Sin embargo, la unión es el primer principio de nuestro programa. Aun a nuestro propio pesar, aun en contra de la natural tendencia a odiarnos apasionadamente, a derramar generosamente toda la sangre que fuere posible.

Nuevamente Brown (op. cit., p. 28): "La lucha civil es desmembramiento".

"O let me teach you how to knit again
"This scattered corn into one mutual sheaf,
"These broken limbs again into one body."

[Ah, permíteme enseñarte a enlazar nuevamente
este grano esparcido en un haz solidario,
estos miembros dispersos nuevamente en un cuerpo.] William Blake, Night I, 1-21.

Cómo volver a la antigua contienda fraternal. O sea, cómo recuperar la fraternidad, que lejos está de la paz absoluta de los vencedores absolutos (la paz de los sepulcros). Las peleas (o amores) de gatos que mentaba Perón, en lugar del exterminio meticuloso e implacable de la política de "el tiro en la nuca", como decía Trotski.

En primer lugar, recuperando la autoridad. Auctoritas viene de augeo: crecer. Margaret Mead (Sex and Temperament/Sexo y temperamento en las sociedades primitivas, Laia, Barcelona, 1973, pág. 65) nos precisa ese significado etimológico: La autoridad de uno se adquiere haciendo crecer al otro. Siempre la autoridad será reflejo de los "padres de crianza", y sólo tendrá virtualidad cuando la criatura crece, si evoluciona, si se hace adulta, culta, responsable, idónea, si desarrolla su intelecto que es también el desarrollo (¿la gestación?) de su alma.

En otra parte, ya hace unos años atrás, hemos evocado a Marco Denevi, creo que en las crónicas de Trapalanda. Hemos hablado allí de la "adolescentización". Del permanente retraso madurativo que nos caracteriza como sociedad. Será por ello que no podemos construir como pueblo autoridad, y debemos en cambio soportar pequeños déspotas gritones, niñeras del montón que no soportan y maltratan a las criaturas a su cargo... 

En segundo lugar, restableciendo la unidad. Para ello, hay que deshacerse de los turbios engendros que han medrado de la lucha civil, es decir, aquéllos intrínsecamente implicados en el desmembramiento, que son desmembrados en sí mismos, disociados, bígamos, solapados, hipócritas, dobles... Los delatores, los traidores, los obsecuentes y los conversos.


lunes, 5 de noviembre de 2012

El verdadero sentido de la Lealtad

Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino.
Juan Domingo Perón

Este año se cumplen, el próximo 19 de Noviembre, 40 años del abrazo de Perón y Balbín, el proyecto fallido de la reconciliación, la concordia y la unidad. Esa aspiración loable y generosa fue sustituida por el egoísmo agresivo, violento, cobarde y mezquino, la división entre santos y demonios, entre justos y réprobos, la concepción del todo o nada, de la unicidad, del sólo nosotros... El impulso de autodestrucción y sectarismo que siempre vuelve.



Tiempo atrás Jorge Asís calificaba aquí al Gallego De La Sota como "portador de la indescifrable cultura peronista", ésa que desconcierta al principalísimo ideólogo oficial, apodado el Chino, quien considera al peronismo "la ideología 'nacionalista burguesa' que combate desde que militaba en las adyacencias pro-chinas del Partido Comunista Revolucionario". Por entonces, creo que por twitter, Asís le aconsejaba a De La Sota dirigirse a la militancia antes que a la dirigencia. Una está tan harta como huérfana, condenada a mascullar en el silencio, a tener que aclarar cosas demasiado claras, a tener que separar la paja del trigo en un contexto político sin política triguera... La otra está demasiado desvelada por mantenerse dentro de una estructura cada vez más acotada, refractaria y sectaria, que la provoca, la humilla, la hace cargar con costos impensados (como la pesificación de los bonos provinciales) y en cuanto puede la descarta y la reemplaza por la entusiasta tropa de la juventud renovadora.

Parece que J.M. De La Sota le hizo caso, y el pasado 17 de Octubre pronunció el discurso que, por su claridad expositiva y varios aciertos conceptuales, creemos propicio reproducir a continuación:

 
 
 Acto en Córdoba por el Día de la Lealtad  
(Texto completo) 
 
«Durante la pasada dictadura militar, un anónimo compañero escribió en una
pared, jugándose el pellejo, la frase “Perón ¡cuánto te extraño!”. Y esto es lo 
que hoy, estoy seguro, sienten también todos ustedes y todos los compañeros
a lo largo y a lo ancho del país.
 
Extrañamos a Perón, al mejor Perón. A ese Perón que hacia el final de su vida,
logró dejar de lado todas las humillaciones, proscripciones y persecuciones
sufridas, para venir a la Argentina a buscar la reconciliación de todos los
argentinos. A ese hombre que aprendió, luego de años de reflexión en el exilio,
y retornó para advertirnos del abismo que se abriría bajo nuestros pies si no
aprendíamos a dialogar, a convivir, a ser pluralistas y amantes de la libertad.
Por eso estamos hoy aquí reunidos todos los peronistas que aprendimos, y que
hace rato preferimos pasar del viejo enfrentamiento del 5x1 al sueño de una
Patria para todos: El 5+1, y así sumar compañeros, sumar argentinos y sumar,
sumar y sumar al infinito. El peronismo es Amor y el que nos insta al odio, no lo
es, nunca lo fue o ha dejado de serlo.
 
Recordamos en este Día de la Lealtad al Perón que escribiera el “Modelo Argentino
para el Proyecto Nacional”, el verdadero modelo, el único que existe para nosotros
los peronistas. Emprender esa tarea, en este día, es para mí una obligación moral y
un mandato político que no podía postergar. Y quiero hacerlo en estos momentos,
cuando han vuelto a circular entre nosotros, personajes que invocan un Perón
falsificado, a una caricatura de Perón cuya insignia no es la de la paz, sino la de la
lucha de clases y del resentimiento. Nosotros no podemos permitir que se confunda
de esa manera a la ciudadanía, especialmente a los jóvenes; no podemos permitir
que se adultere así el testamento que el Presidente Perón nos legara.
El Perón que aprendió, que evolucionó, que se autocriticó, fue un visionario y, a mi
juicio, un visionario aún incomprendido por muchos que se dicen peronistas. Tal vez
porque se quedaron en el pasado, no aprendieron y su bandera es la venganza.
 
Ante todo, Perón intuyó con claridad que el único camino para lograr la liberación y
el progreso de las naciones del Tercer Mundo –mucho antes del derrumbe del
bloque comunista y del agotamiento del neoliberalismo- era que sus gobiernos no
se apartaran de la Tercera Posición. También nos señaló que cualquier desviación
en uno u otro sentido –a derecha o a izquierda, real o fingido- necesariamente iba a
terminar en un aumento de nuestra dependencia ya que, como él bien nos
aconsejó, “el bienestar de los Pueblos se halla por encima de las concepciones
políticas dogmáticas”. Y sostenía que la Argentina debía apartarse del “juego
pendular entre el liberalismo y el estatismo”. Paralelamente, tuvo muy en claro que
el mundo se orientaba hacia una etapa de creciente integración internacional, de
“universalismo”, y que en el futuro no tendrían cabida los nacionalismos extremos
ni el patrioterismo, ni era concebible el aislamiento de pretender vivir sólo con lo
nuestro. Perón siempre sostuvo la necesidad de una creciente integración
continental –que en alguna medida hemos realizado ahora gracias al Mercosur-
para emprender desde allí la integración universal. 
 
Una y otra vez, el Presidente nos recuerda que el justicialismo no puede sino
proponerse realizar una revolución en beneficio de los más humildes, pero una
revolución en paz. También nos aclara que “Todo debe hacerse dentro de la ley y
que nada debe realizarse fuera de su alcance”. Su principio fundamental era lograr
que los argentinos pudiéramos vivir en una “democracia social” poniendo iguales
acentos en la palabra “social” –es decir, equitativa- como en la palabra
“democracia”. Y -adelantándose décadas a su tiempo- vislumbró que el mundo
actual ingresaría en un período de creciente preocupación por el agotamiento de los
recursos naturales, esenciales para la subsistencia de la humanidad. Como si hoy
conviviera con nosotros, nos dijo: “la definición de una política estable para el agro,
constituye una responsabilidad ineludible de las generaciones de hoy para con las
del futuro
 
Otra de las grandes visiones de nuestro líder fue su preocupación por que los
argentinos cuidáramos nuestro medio ambiente y elaboráramos una política de
cooperación internacional destinada a evitar los usos ecológicamente indebidos de
los avances tecnológicos. Trató como tema prioritario un tema de estricta
actualidad en estos días: la necesidad de establecer controles en todos los niveles
de la administración. Dicho en otras palabras: para Perón no podía existir un buen
gobierno, honesto y eficiente, sin la trasparencia absoluta de los actos de sus
funcionarios en todos los niveles. 
 
El pensamiento del Perón de 1974 se ubicaba en las antípodas de cualquier forma
de autoritarismo. Afirmó su rechazo a los sistemas de partido único, y sostuvo que
su ideal era el pluralismo. Otro aspecto del pensamiento Perón, que hoy adquiere
relevancia, es su recomendación de respetar a rajatabla la pluralidad informativa.
Así dijo: “La opinión pública está lo suficientemente preparada para criticar la
información que recibe”. Y agregó, “No es posible ‘venderle’ ideas al Pueblo”.
En esos años Perón manifestó también una profunda preocupación por la
organización interna del movimiento y del Partido Justicialista. “El hombre no vence
al tiempo; lo único que puede vencer al tiempo es la organización”, nos dijo
reiteradamente. El ya sabía en los años '70, que pasaría a la historia como el único
y el último “hombre providencial” de los trabajadores y los humildes de nuestro
país. Para él la única salida viable era que el movimiento quedara en manos de los
peronistas, de todos los peronistas, actuando orgánicamente, respetando la
democracia interna y la voluntad del pueblo. Sin duda el mayor consejo paternal
que el General supo dejarnos es que, ante todo, el Justicialismo seguiría existiendo
como una gran fuerza política sólo en la medida que supiéramos defender a los más
humildes y a la democracia que tanto nos costara recuperar después de años de
luchas y sacrificios.
 
Seguramente, si hoy viviera, nos diría que no es peronista quien intenta
dividir al pueblo, quien trata como enemigo al adversario, quien ignora los
verdaderos problemas del país o intenta acallar a sus críticos bien
intencionados. Hoy los argentinos, además de los muchos problemas que
quedan por resolver en materia de inflación, inseguridad o empleo; vivimos
en un clima de tensión. Parece que lejos de estar Unidos, estamos
Dominados. Dominados por un estado de crispación que nos divide.
Dominados por una trampa absurda que enfrenta a argentinos contra
argentinos. 
 
El peronismo está muy lejos de la sociedad bipolar que nos quieren imponer.
Somos un gran movimiento popular cuyos pilares son la unión nacional, la justicia
social y la independencia económica. Y no hay un solo compañero o compañera del
peronismo, capaz de bajar la cabeza y resignarse a este presente lleno de conflictos
innecesarios. Los verdaderos peronistas, tenemos un solo enemigo: la miseria, la
desigualdad, la pobreza. Y el amor que tenemos por la Patria, será el motor de los
cambios que se vienen.
 
El futuro está adelante. Y el progreso para todos, también. Si dejamos de pelear
por cosas que no tienen sentido. Si decidimos aprovechar la enorme oportunidad de
crecimiento que tenemos al alcance de nuestras manos. Si respetamos al otro, más
allá de si piensa igual o distinto que uno. Si somos valientes para reconocer que
muchas cosas podrían hacerse mejor y que no importa tanto quién las haga, sino
resolver los problemas con los que la gente se despierta todos los días. Hoy en
nuestro país parecen sobrar peronistas y faltar peronismo. Esto que hoy pasa, no
tiene nada que ver con lo que aprendimos de Perón. Del mejor Perón. Hay amigos
que ya no se encuentran a tomar un café, porque parecería que las diferencias de
opinión son cosas de vida o muerte. Por culpa de la mala política, hay familias que
dejaron de compartir la mesa los domingos. Es como que prefieren esperar hasta
que volvamos a la normalidad, porque la bipolaridad los obliga a discusiones al todo
o nada. Y todos sentimos que el país, así, no es normal.
 
Este peronismo de pie. Lleno de amor. Determinado a progresar, tiene hoy una
nueva misión histórica. Que nadie se confunda. Estamos vivos y llenos de la
energía de nuestra militancia. Que se escuche en todos los rincones del país. Que
sepan del primero al último de nuestros compatriotas. Que aquí está el peronismo
pensando en el porvenir. Un peronismo que rechaza el maltrato, la soberbia y el
aislamiento como forma de gobernar. Que rechaza el autoritarismo unitario, que
discrimina y posterga a las provincias. Y que le dice BASTA a la división entre los
argentinos. Este peronismo incansable, que mira el futuro lleno de esperanzas,
asume la responsabilidad democrática de la hora. Nuestro grito de unión nacional
es una convocatoria a todos los argentinos. Es la defensa de la libertad, el
federalismo y la democracia social.
 
CON TODAS NUESTRAS FUERZAS LE DECIMOS: Sí a la integración regional,
afianzando el proceso con los países hermanos del Mercosur. Sí a la defensa
permanente de los derechos humanos sobre la base de la verdad, la justicia y la
reconciliación. Sí al acuerdo entre el capital y el trabajo para el crecimiento
sostenido de nuestra economía y una justa y simultánea distribución de las
riquezas. Sí al diálogo, la convivencia y el respeto de todos los sectores sin
exclusiones. Sí a la defensa irrestricta de las libertades públicas, y sí a la más plena
libertad de expresión. Sí a la democracia y al federalismo como único sistema de
gobierno. Sí a la construcción de una sociedad plural y solidaria. Sí a las políticas
sociales universales y no clientelistas para ayudar a nuestras familias más
humildes. Sí a la justicia social, la independencia económica y la unión nacional.
Eso es peronismo. Eso es lealtad. A la Patria y al Pueblo Argentino.»


[Dedicado por este blog a la memoria de Leonardo Favio.]

martes, 16 de octubre de 2012

Consumo Personal

«Si se quiere alterar o anular una pirámide de números en relación serial, se altera o se elimina el número base. Si queremos aniquilar la pirámide de la droga, tenemos que empezar por la base de la pirámide: el adicto de la calle, y dejarnos de quijotescos ataques a los llamados "de arriba", que son todos reemplazables de inmediato. El adicto de la calle que necesita la droga para vivir es el único factor insustituible en la ecuación de la droga. Cuando no haya adictos que compren droga, no habrá tráfico. Pero mientras exista necesidad de droga, habrá alguien que la proporcione». [Resaltado en el original]


William S. Burroughs
El almuerzo desnudo 
(Nked Lunch, 1959)
Anagrama, Barcelona, 1996.
ISBN: 978-84-339-2008-9


lunes, 8 de octubre de 2012

Más bolivarianos que nunca


"...los pueblos son como los niños que luego tiran aquello por que han llorado".

"Mañana se matan unos a otros, se dividen y se dejan caer en manos de los más fuertes o más feroces".

"Desde aquí estoy oyendo a esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también. Y después ¡qué hombres! Unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar".

"V. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos-primitivo, este sería el último período de la América".

SIMÓN BOLÍVAR
(Carta al Gral. Juan José Flores, 9 de noviembre de 1830)





En este aciago tránsito que asuela a una república hermana, me limitaré a decir una única cosa: Solamente en un mundo regimentado por la mentira puede aceptarse hablar tanto de "democracia" y de "voluntad del pueblo" ante la evidencia de naciones fragmenadas y enfrentadas en facciones irreconciliables, ante 100.000 milicianos fuertemente armados que ejercen la prepotencia y el despotado de partido, y que no son controlados ni siquiera por las fuerzas armadas, ante la amenaza explícita y sin pruritos de desencadenar un baño de sangre en la eventualidad de una derrota, ante el condicionamiento económico hacia al menos la mitad de los electores del país (2,5 millones de empleados públicos: con que cada empleo impacte en 3 votantes, son 7,5 millones de clientes). Aceptado esto, hablemos de una vez con la franqueza y la verdad con la que hablaba Simón Bolívar, la figura de nuestra América quizás más bastardeada. América que en cada acto de su historia, sólo confirma su más oscuro desencanto.